Capítulo 2.

Mina recorría una pradera extensa durante un atardecer, disfrutando la fresca brisa de la tarde. Había estado recorriendo aquel territorio durante varios días, intentando evitar las poblaciones humanas, enfrentándose a youkai de diversas formas y habilidades, aunque siempre resultaban ser inútiles. Lo más entretenido de estar en aquel territorio tan lejos de su hogar era el cambio de aire. De donde ella provenía el aroma del mar era mucho más fuerte que en el campo. No era que tuviera una preferencia por las fragancias del aire, pero el cambio era bien recibido.

Habían pasado varios días desde que se había encontrado con el hanyou llamado Inuyasha, y la sacerdotisa que lo acompañaba y el pequeño cachorro de zorro demonio. Aquel enfrentamiento había sido aburrido también, aunque mejor que muchos de los que había tenido con los demonios de baja clase que se habían creído capaces de vencerla y salían a enfrentarla a su camino. Sin embargo, aún albergaba la esperanza de que el hanyou dominara aquella espada de él, con la que se suponía podría vencerla de un solo ataque. Quizá ya era hora de ir a ver si había progresado un poco en sus habilidades de lucha…

Mina había cambiado su ropa, pues si había sido maltratada en aquel enfrentamiento; uno de los costados a la altura de su vientre había sido desgarrado por las garras de Inuyasha. Ahora poseía un kimono nuevo, de un tono violeta pálido decorado con pétalos rosas de cerezo. Al igual que el anterior, le llegaba a medio muslo, y lo llevaba levemente abierto en el pecho, dejando entrever una decente visión de una pequeña parte de sus pechos. Nada exagerado, pero que la mantenía fresca durante el día. No era la mejor manera de llevar una prenda como aquella, según las "normas" de vestimenta, las que ella consideraba inútiles, pero le daba igual.

Se detuvo en su andar y miró hacia la puesta de sol, en la distancia, percibiendo los aromas a su alrededor, que eran arrastrados por el viento. Podía olfatear muchas cosas; youkais, humanos, animales, plantas… nada fuera de lo habitual verdaderamente, y nada tan interesante como un aroma en particular mezclado con los demás.

Concentrándose un poco en lo que le indicaba su nariz, esbozó una muy leve sonrisa.

- Vaya coincidencia… - murmuró para si misma.

El olor de Inuyasha llegaba hasta ella, diluido en el aire y mezclado con la escencia de su sangre híbrida. También detectaba el aroma de la sacerdotisa, que se llamaba Kagome, si mal no recordaba, y el pequeño zorrito. Pero en conjunto con el olor del hanyou también estaba la fragancia de otros dos humanos, el inequívoco aroma de un gato y el hedor de un demonio.

- Un grupo bastante inusual, la verdad… - dijo, y ascendió lentamente en el aire, desplazándose para seguir el rastro.

Tras todos aquellos días, el hanyou pudiera haber dominado su arma, y la pelea que ya habían tenido mejoraría aquella segunda ocasión. La idea la emocionaba un poco. No era particularmente fanática de la lucha, pero no soportaba dejar asuntos inconclusos. El hanyou la había desafiado y no iba a dejarlo pasar; pero si tenía la oportunidad de enfrentarse a alguien de nivel decente sería mucho más divertido que volver a avergonzarlo en la lucha.

Esperanza era lo único que tenía, de todas maneras.

Su olfato le adelantaba que no tardaría mucho tiempo en llegar con el hanyou; antes del anochecer, sin dudas. Salvo algo la desviara de su camino. Y el destino es arrogante.

El potente hedor de la sangre llegó hasta su nariz; sangre humana en enormes cantidades. En aquella época en que los humanos se encontraban en guerra no era algo del otro mundo sentir aquello; pero la diferencia aquella ocasión era que el olor de la matanza estaba mezclado con el olor de un youkai. Un olor familiar debido a la especie de aquel demonio desconocido. Era de su misma clase; un Inu Youkai.

Entre un encuentro con un hanyou y un grupo de humanos y otro youkai, autóctono de aquel territorio, además, ciertamente prefería ir a ver si se encontraba con alguien interesante.

Cambió su rumbo para seguir el rastro de la sangre y ver qué se encontraba.

Tras poco menos de media hora de viaje, comenzó a descender hasta aterrizar frente a un templo humano en estado deplorable. El aroma a sangre provenía desde el interior; también el del youkai. Mina avanzó, segura de si misma, pero con la guardia en alto. La puerta de ingreso al templo estaba derribada y lo sagrado del territorio se había agotado hacía mucho tiempo.

Entró en el viejo templo y comenzó a encontrar rastros de una masacre; miembros mutilados de humanos, parcialmente derretidos, y mucha sangre esparcida por todo el piso y las paredes. Sus pasos hacían crujir la madera, algo que no le molestaba pues de nada le serviría intentar entrar a escondidas. Seguramente ya habían detectado su aroma al llegar.

Tras una maltratada cortina, ingresó a un amplio salón que albergaba más muertos y al que ahora identificaba como el responsable de aquella matanza. Sentado en el saliente de uno de los muros, el youkai que había olfateado volvió su rostro para mirarla cuando entró, analizándola con un par de ojos dorados y fríos. Tenía cabello largo y plateado, extrañamente familiar. Su rostro estaba adornado con un par de marcas de color magenta en cada mejilla y una luna creciente de color azulado en la frente. Tenía una armadura que le cubría el abdomen y el pecho, y una protección con picos que le rodeaba el antebrazo izquierdo. Una gran estola blanca sobresalía sobre su hombro derecho, combinando con sus ropas blancas y haciendo que la sangre que manchaba su mano derecha, provista de filosas garras, destacara a sobremanera. Portaba una katana en su cintura.

- Oh, ¡una intrusa! – exclamó un youkai pequeño y verde que portaba un largo bastón con caras, a quien había detectado antes, pero que no le había dado importancia.

Mina siguió mirando al youkai, quien se puso de pie lentamente y con elegancia, volviéndose para encararla. Su forma humana era bastante más alta que la de ella; por lo menos un metro con ochenta y cinco centímetros, mientras que ella ascendía hasta un metro con sesenta y cinco.

- Hola. – saludó Mina, tranquilamente. El rostro de él permaneció imperturbable, al contrario del pequeño youkai verde.

- ¡Que insolencia! – se indignó el pequeño. - ¡Hablarle de esa manera a Sesshomaru-sama!

- Silencio, Jaken. – ordenó Sesshomaru, con voz grave, pero tranquila, y el youkai verde calló de inmediato. - ¿Quién eres?

- Me llamo Mina. – se presentó la mujer.

- ¿Y qué has venido a hacer aquí?

- Oh, iba rumbo a otro sitio cuando sentí el olor de la matanza y decidí venir a investigar. – respondió la youkai, como si nada.

- ¿Viniste a vengar la muerte de estos deplorables humanos? – quiso saber Sesshomaru.

- Para nada. – aseguró Mina, mirando los cadáveres esparcidos por el lugar. – Tienen apariencia de bandidos; seguramente se merecían lo que les pasó.

- ¡Verdaderamente lo tenían! – interrumpió Jaken, molesto y sin poder contenerse. – Creyendo que podían enfrentarse a Sesshomaru-sama…

Sesshomaru le dio una patada en la parte de la trasera de la cabeza al pequeño, dejándolo inconsciente. La mujer miró aquello sin mucho interés antes de centrarse de nuevo en él, notando entonces que le faltaba su brazo izquierdo.

- También he tenido encuentros con humanos idiotas. – dijo Mina, negando con la cabeza.

- No eres de por aquí.

- No. Llegué hace algunos días a este territorio y me he dedicado a explorarlo. Eres el primero de nuestra especie con el que me he cruzado. – explicó Mina. – No es que haya estado buscando a aquellos de los nuestros, la verdad.

- Ya veo. – dijo Sesshomaru, serio. Y luego dejó de mirarla y comenzó a caminar hacia ella, pasando a su lado hacia la salida.

- ¿A dónde vas? – preguntó Mina, con curiosidad.

- Eso es asunto mío. – respondió él, severo. Mina no hizo comentarios al respecto.

La mujer si miró a su lado, hacia abajo, para observar al kappa, inconsciente.

- ¿Vas a dejar a tu… sirviente aquí tirado? – preguntó, en voz alta. No obtuvo respuesta.

Volvió a mirar al pequeño youkai y se encogió de hombros, antes de dirigirse a la salida. Cuando llegó al exterior, Sesshomaru no estaba donde pudiera verse, pero su olor indicaba que se había alejado volando en la dirección contraria a la que ella seguiría para encontrar a Inuyasha.

- Vaya sujeto más serio. – opinó Mina, antes de elevarse por los aires y retomar el rastro del hanyou.

La noche ya estaba bien entrada cuando, abajo en el suelo, vislumbró en la distancia el tenue brillo de una fogata. Su olfato le indicaba que el hanyou y sus acompañantes se encontraban allí, situados en el campamento junto a un pequeño río. Además de los olores que ya había percibido antes, ahora se les unía el aroma de carne asada. Los encontraría cenando, al parecer.

Comenzó su descenso en diagonal, directamente hacia el sitio donde se encontraban sus objetivos. Ya estando más cerca, distinguió las figuras del hanyou, sacerdotisa y el zorrito a los que ya conocía, pero además había otros dos humanos; una mujer y un monje. Y un demonio anciano y un pequeño gato mágico. El olor de la sangre del hanyou ya no podía olfatearse.

Terminó de descender y aterrizó con suavidad detrás de la sacerdotisa y la otra mujer, quienes estaban sentadas frente al monje y al hanyou, junto al anciano demonio y al zorrito mágico. El híbrido fue el primero en notar su presencia; frunció el entrecejo y se puso de pie rápidamente, sujetando la empuñadura de su espada.

- Hola. – saludó Mina, con calma. – Veo que sigues con vida.

El monje también reparó en ella, y las dos muchachas, el anciano y el cachorro se voltearon para mirarla, sorprendidos por su súbita aparición.

- Tú de nuevo… - murmuró Inuyasha. - ¿Qué haces aquí?

Kagome y la otra mujer se pusieron de pie y se alejaron, resguardándose junto a los varones jóvenes. El zorrito fue con ellas, temeroso. El anciano pareció no percatarse de lo que sucedía.

- Pues sentí su rastro y quise venir a ver si has progresado con el dominio de tu espada. – respondió Mina, sincera. Miró a la sacerdotisa y a los demás humanos, que la observaban con cautela. – No planeo atacarlos. Calma.

No se calmaron nada.

- Bah, este niño no es nada bueno. – dijo el anciano, respondiendo a su interrogante. – No logrará dominar la Tessaiga ni en 100 años.

Mira miró al viejo, ladeando la cabeza, antes de volver a mirar a la sacerdotisa y al hanyou.

- ¿Quién es el anciano? – preguntó.

Y sin bajar la guardia, Kagome le explicó que se trataba del herrero que había forjado la espada de Inuyasha.

- ¿De verdad la conocen, Kagome-san? – preguntó la mujer a la sacerdotisa, quien asintió.

- Si. Le ganó una pelea a Inuyasha hace algunos días y… bueno, en lugar de matarnos, nos entregó un fragmento de la perla que le había quitado a unos bandidos. – explicó la muchacha.

- ¿Qué quieres decir con que me ganó? – preguntó Inuyasha, irritado. – Se retiró antes de que la pelea terminara.

- Créeme, hanyou, si hubiéramos continuado no habría habido ninguna diferencia. – aseguró Mina. Aquello sólo irritó más a Inuyasha.

- ¡Ahora verás!

- ¡Abajo!

El hanyou se dio de cara contra el suelo antes de poder sacar su espada. Una movida inteligente por parte de la sacerdotisa. La youkai miró la escena, algo divertida y se volvió hacia el anciano, que comía una porción de un cerdo asado.

- ¿Así que no ha dominado la espada? – quiso asegurarse.

- Para nada. Es una pena ver una de mis obras maestras en manos de alguien tan incapaz. – se lamentó el herrero. Mina suspiró.

- Qué decepción… - comentó.

- ¡Ya dejen eso! – exigió Inuyasha, poniéndose de pie de un salto y gruñendo. – ¡Lograré usar el verdadero poder de Tessaiga! ¡Ya lo verán!

Mina miró al hanyou y reprimió una risa.

- No sabría decir si eres muy entusiasta o sólo un testarudo. – comentó.

- ¡¿Qué dijiste, maldita…!?

- Pero al menos tu corazón está en el lugar correcto. – finalizó Mina, y se volteó para retirarse. – Si debo esperar 100 años, supongo que puedo hacerlo.

- ¿Ya te vas? – preguntó Kagome.

- Bueno, ciertamente no tengo nada que hacer aquí. – dijo la youkai.

- ¿Por qué no nos acompañas a comer? – ofreció Kagome, a lo que Mina alzó una ceja, sorprendida por el ofrecimiento. – Bueno, nunca pudimos agradecerte que nos entregaras ese fragmento de la perla… y porque no nos mataste la última vez que nos vimos.

- ¿Qué estás haciendo, Kagome? – preguntó Inuyasha, enojado.

- Le debemos una, Inuyasha. – aseguró la sacerdotisa, volviendo a mirar la youkai. - ¿Qué dices?

Mina ladeó la cabeza.

- No estoy habituada a la comida humana. – explicó. Usualmente se alimentaba de animales y carne de otros youkai, en su verdadera forma. No había convivido con humanos como para haber probado lo que ellos comían.

- No es tan mala. – dijo el anciano, quien ya había devorado medio cerdo asado.

Y así, no teniendo nada mejor que hacer, Mina se quedó con aquel extraño grupo y compartió parte de su cena. Para su opinión, la carne asada no estaba nada mal. Terminó conociendo mejor a los presentes. Le extrañó que los humanos se terminaran desenvolviendo tan libremente, aunque con cautela, alrededor de demonios como ella y el viejo.

Y después de comer, los humanos, el zorrito y el anciano cayeron en un profundo sueño impulsado por sus estómagos llenos. Inuyasha, sentado y con los ojos cerrados, permaneció alerta a los alrededores, vigilante. Mina tampoco durmió, no lo necesitaba aún, y miró las estrellas en silencio hasta el amanecer. Ninguna amenaza se acercó a ellos aquella noche, quizás alejados por la presencia de ella allí.