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Capítulo 3: Aquella noche de cielo estrellado

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Mikasa abrió los ojos y ahogó un grito. Sintió una gran opresión en el pecho y se le estaba dificultando el poder respirar. En lo más profundo lo intuía pero se rehusaba a considerar esa posibilidad; entregarla en matrimonio para evitar una guerra.

Su madre le había asegurado, desde que tuvo uso de razón, que tendría la plena libertad de escoger al que sería su compañero de vida, como afortunadamente ella y su padre lo habían hecho. Pero ahora se había dado cuenta de que aquellas promesas no pasaron de ser más que palabras carentes de sentido.

Por esa razón nadie se atrevía a comunicar el motivo de la llegada de los reyes del imperio María, por esa razón sus padres no habían estado presentes durante todo el día, porque todos en el castillo estaban plenamente conscientes de la reacción que tendría la muchacha al enterarse que su destino había sido dejado en manos de terceros, privándola de toda posibilidad de albedrío.

Apoyó una mano en la cristalera, intentado no perder el equilibrio, al momento en que las lágrimas comenzaban a caer por sus mejillas, sin poder contenerse. Escuchaba a Jean murmurar palabras ininteligibles, en un intento por consolara ante tal revelación; pero el soldado desconocía que nada lograría calmarla en ese instante.

La joven no aguantaba el ser testigo de la felicidad de sus padres al vender a su hija prácticamente a un desconocido. Sí, había conocido a Eren un par años antes, pero verse obligada a convivir con él por el resto de sus días era algo completamente diferente y que jamás estuvo en sus pensamientos.

No pasaría por alto aquel acto de traición, y tendría que transcurrir bastante tiempo para que, quizás algún día, fuese capaz de perdonarlos.

Dolida por toda la farsa que sus padres y los de Eren habían montado, bajó los peldaños a trompicones y corrió hacia el jardín trasero, ignorando las llamadas de su amigo, en un intento desesperado por huir de lo que pronto sería su inesperado destino.

Perdida en su tristeza, Mikasa se dejó caer en unos elaborados bancos de madera, ubicados frente a una gran fuente de agua. Inconscientemente había llegado al lugar donde años atrás había vivido unas de sus noches más importantes.

Si le hubiese sabido que el chico con el que había dado su primer beso sería su futuro esposo, se habría ido de espaldas.


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Reino de Rose. Ocho años atrás.

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Para su cumpleaños número cuarenta, el rey Ackerman quiso festejarlo en grande, por lo que organizó una de las más grandes ceremonias que jamás se había visto en el palacio. Alrededor de cuatrocientos invitados de alta alcurnia, nobles, empresarios, personas acaudaladas y cómo no, los mismísimos reyes del imperio María fueron invitados a la magna celebración.

A petición de la madre de Mikasa, los Jaeger llegaron al castillo con su primogénito, ya que la joven princesa no tenía amigos de su edad con los que pudiese compartir, y tampoco se le permitía salir del castillo, por lo que su rutina se limitaba entrenar, tener diversas clases a la semana, dormir y comer.

El día de la celebración, su madre la dejó acostada en su habitación, antes de bajar al salón principal. Lucía bellísima, más de lo habitual con ese vestido amarillo, el elaborado peinado y sutil maquillaje realizado sus criadas.

—¿Por qué no puedo ir? —preguntó la joven.

—Porque eres muy pequeña para estas fiestas, cariño –respondió su madre, acariciándole el pelo—. Descansa, ¿sí?

Depositando un beso en su frente, procedió a apagar las velas del candelabro y se dirigió hacia su puerta, regalándole una última sonrisa antes de cerrarla por completo.

Pero Mikasa no lograba conciliar el sueño.

Invadida por la curiosidad, se puso de pie, cambió su pijama por un vestido más cómodo y se escabulló hacia la escalinata, teniendo cuidado de no ser vista por alguien.

Ya en el primer piso, giró hacia derecha, encaminándose hacia las grandes compuertas que resguardaban el salón principal.

Abriéndola ligeramente, observó con asombro todo lo que ocurría: Mujeres hermosas, hombres de traje impecable, algunos con copas en sus manos, otros riendo. Logró divisar una pequeña orquesta, encargada de ambientar la celebración, y a unos sirvientes que se paseaban alrededor de los invitados con bandejas llenas de exquisitos manjares que nunca había visto antes.

Un grupo de mujeres le obstruyeron la vista y cerró la puerta, asustada de que pudieran descubrirla.

Se apoyó en la puerta y soltó un suspiro, cuando vio de reojo a un joven dirigirse directamente hacia el sector de las cocinas.

Sin dudarlo, Mikasa fue tras él y lo encontró justo en el momento que tomaba una de las tantas bandejas que se encontraban ubicadas sobre una amplia mesa de madera.

—¿Qué haces? —preguntó la joven, observando cómo el muchacho tomaba una botella de sake y se la colocaba bajo el brazo.

—No pretendo quedarme en mi habitación toda la noche —respondió, mientras llenaba rápidamente la bandeja que tenía en la mano con más bocadillos—. ¿Vienes? —la invitó Eren, volteándose para mirarla.

Mikasa dudó por un segundo. Su corazón latía fuerte, ya que casi nunca se atrevía a desobedecer a sus padres, pero debía reconocer que tampoco era usual que se presentaran situaciones de ese tipo.

Ya ubicaba a Eren pero no solían compartir demasiado, más que para cosas netamente formales. Esta podía ser una buena oportunidad para conocer al chico rebelde, cómo era apodado por sus padres.

Asegurándose de que no fueran vistos —no entendía como aún las cocinas estaban vacías— tomó otra bandeja y la botella más cercana y se adelantó al castaño, pues era ella quien dominaba todos los recovecos del palacio mejor que nadie y salieron con rumbo hacia el patio exterior.

Grandes jardines con árboles perfectamente pulidos, piletas y estatuas adornaban el jardín trasero. Afortunadamente, la fiesta se estaba llevando a cabo al otro extremo de donde estaban ubicados, por lo que era muy difícil que lograran localizarlos en ese lugar.

La joven dejó su bandeja y la botella encima de una banca de madera, frente a una fuente de agua que se encontraba funcionando en ese momento.

Ambos tomaron asiento, y sin más preámbulo, el chico destapó la botella y le dio un sorbo. Mikasa abrió los ojos, sorprendida por tal osadía, sin embargo, no dijo nada y se limitó a tomar un bocadillo de la bandeja, dándole un pequeño mordisco.

Se deleitó con su sabor, aunque a estas alturas, no sabía si de verdad el panecillo era un manjar de los dioses, o tenía tanta hambre que hasta cualquier basura podría alcanzar un exquisito sabor.

—¿Quieres? —preguntó Eren, pasándole la botella.

Mikasa negó con la cabeza, mientras terminaba de tragar.

—Nunca he bebido…

—De verdad, sabe muy bien —insistió.

La joven princesa dudó por unos segundos. ¿Qué tal malo podía ser tomar un sorbo?

—No te hará nada —la instó el ojiverde, como si le hubiese leído la mente.

Finalmente, terminó cediendo ante la presión. Aceptó la botella, inhalando el fuerte aroma que emanaba de la botella. Se la llevó a la boca y tragó nerviosa, antes de beber un pequeño sorbo. Sintió como el licor quemaba su garganta, y estuvo a punto de devolverlo, pero se contuvo.

Eren rio al ver el rostro de desagrado de Mikasa. Una vez pasado el trago amargo –literalmente– dejó la botella a un lado y lo observó con extrañeza.

—¿Qué? —preguntó ella, algo avergonzada.

—Si te hubieras visto, también te reirías.

—Oye, tengo catorce años, ¡No tengo la misma tolerancia que tú! —se defendió, dándole un pequeño golpe en su brazo—. ¿Desde cuándo bebes?

—Hace un par de años… —confesó el castaño, tomando nuevamente la botella, dándole un sorbo—. Siempre me arranco en los eventos del palacio y robo comida. Una vez lo probé y de ahí que no lo he dejado.

—Yo no suelo ser tan rebelde como tú. Esta es la primera vez que salgo —reconoció Mikasa, mientras se decidía por otro bocadillo.

—Mejor, así te ahorras varios castigos.

—Al menos tienes algo emocionante en tu vida. Yo no paso de más allá de las clases y entrenamientos —soltó en un tono melancólico.

—¿No has hecho más amigos?

—Es… complicado —murmuró la joven.

Un sentimiento de tristeza invadió a Mikasa en ese momento. No entendía por qué lo que debía ser un encuentro divertido —y también emocionante— le estaba provocando desconsuelo.

Agachó su cabeza, tratando de que contener las lágrimas que estaban a punto de brotar. No podía mostrarse débil ante su amigo, menos cuando las oportunidades que tenían para verse eran muy escasas.

—Yo tampoco tengo muchos amigos —intervino el ojiverde, sacándola de su ensimismamiento—. De hecho, sólo tengo a Armin.

La joven despegó su mirada del piso, enfocándose en Eren, quien tenía la mirada fija en frente. Volviendo a tomar otro trago, Mikasa comprendió que él sentía exactamente lo mismo, pero no quería dejarlo en evidencia.

Ambos habían sido bendecidos por el destino; tuvieron el privilegio de nacer en el seno de familias importantes, crecieron rodeados de lujos, tantos que un simple mortal hubiese matado por tener aunque fuese un décimo de lo que ellos obtuvieron por el simple hecho de existir.

Pero gozar de esos privilegios conllevaba mayores restricciones y sobretodo, mayores responsabilidades.

No podían circular libremente por la ciudad, sin tener un ejército de diez hombres que les cuidaran las espaldas, por lo que conocer gente y hacer amigos era una misión casi imposible, lo que equivalía a vivir una infancia muy solitaria, y también muy estricta, o al menos así era para Mikasa; debía esforzarse diariamente para cumplir a cabalidad con todas sus obligaciones y no defraudar a sus padres y subordinados.

Aquella carga que les había sido impuesta antes de su nacimiento era recordada cada uno de sus días.

La muchacha miró hacia al frente, prestándole atención al agua que fluía constantemente por la fuente. Estiró la mano para tomar un panecillo, y se asustó cuando tocó la mano de Eren, quien al parecer tenía el mismo propósito que ella.

—Tómalo —murmuró.

No se había percatado de que el muchacho tenía las mejillas un poco sonrojadas, ignorando si fue producto del acto anterior o porque ya había bebido demasiado.

La joven tomó el bocadillo sin chistar y procedió a comerlo, aprovechando de ocultar su propia vergüenza.

Era el primer contacto físico que tenía con un chico. Bueno, Jean también era un chico pero prácticamente se habían criado juntos, ella lo consideraba como un hermano, así que no era lo mismo.

—Creo que tendré que bajarme esa botella solo —comentó el chico, sacándola de sus cavilaciones, en un tono algo más relajado de lo habitual—. Ya me demostraste que las niñitas buenas no beben.

—¿Es un desafío? —inquirió.

Y en acto impulsivo, poco habitual en Mikasa, destapó la otra botella y procedió a beber.

Esta vez fue Eren quien se sorprendió por el repentino acto de la adolescente. Se quedó boquiabierto cuando la joven tragó lo que debió ser más de un tercio, y al parecer, no tenía intenciones de parar.

—¡Oye, anda con calma! —le dijo, arrebatándole la botella de las manos—. ¡No es una competencia!

—No pasa nada —respondió la muchacha, no creyendo en sus propias palabras.

Se limpió los labios con la manga de su vestido y le sonrió. Un leve escalofrío recorrió su cuerpo y la hizo temblar.

—Esto no va a terminar bien —expresó el castaño, pero al contrario de lamentarse estaba sonriendo, expectante.

—Eso es para que no vuelvas a llamarme así. El capitán Levi me ha entrenado muy bien.

—¿Ah, sí? —comentó el chico, alzando una ceja—. No te imaginas como es Hange.

—¿Me estás retando? —Mikasa soltó una risotada—. Levántate ahora y muestra tus habilidades.

La princesa se incorporó y sintió enseguida como el mundo daba vueltas bruscamente en torno a ella. Eren tuvo que agarrarla del brazo para que no cayera de bruces al pasto.

—Estoy bien, estoy bien —dijo la pelinegra, riéndose.

Los efectos del alcohol comenzaban a producir sus primeros estragos en la mente y cuerpo de Mikasa, y no darían marcha atrás por un largo tiempo.

—Claramente no lo estás —el príncipe bebió un poco más de la botella, divertido por la escena.

—¡Que sí! —debatió, acercándose a él, en un intento por arrebatarle la botella, pero Eren descubrió sus intenciones y la alzó para que no pudiera alcanzarla.

Un pequeño forcejeo se produjo entre ambos. El joven heredero al trono perdió el equilibrio producto de la fuerza de Mikasa y cayeron juntos al pasto.

—Ouch —se quejó el castaño.

Pero la chica había caído sobre él, llorando de la risa por la estupidez que acaban de hacer. Él se quedó observándola y no pudo evitar unirse a ella.

Después de unos segundos, rodó hacia su costado izquierdo y quedó tendida en el pasto, mirando el cielo nocturno, al momento que el castaño se sobaba el sector donde había sufrido el impacto. La chica pesaba más de lo que creía, y poseía bastante fuerza para su edad. Los entrenamientos estaban dando muy buenos resultados.

—¿Has besado alguna vez? —comentó la princesa, sin despegar la mirada.

—¿Por qué preguntas eso ahora? —cuestionó Eren, extrañado por semejante pregunta.

–No lo sé, tú eres mayor que yo, así que pensaba que lo habías hecho ya.

—¿¡QUÉ!? —se sobresaltó el castaño. Si un tercero hubiese escuchado esa parte, se habría ganado una mirada de desaprobación, pero afortunadamente sólo estaba Mikasa, quién no era consciente del doble sentido de aquellas palabras.

—Yo… nunca he besado —comentó la joven con añoranza.

La pelinegra intentó incorporarse, lo que se le dio bastante difícil, tanto que Eren tuvo que ayudarla, tomándole las manos para que pudiera mantener el equilibrio.

—¿Puedes besarme? —preguntó sin rodeos, mirándolo directamente a los ojos.

Eren se quedó paralizado ante aquel sorpresivo requerimiento. Una mezcla de vergüenza y desconcierto lo embargó en ese instante, negándose rotundamente a su petición, alegando que por culpa de su embriaguez no era consciente de las cosas que estaba haciendo.

Pero ella insistió.

—Dicen que un beso nunca es malo —le respondió acercándose un poco más a él, suplicándole con la mirada.

El príncipe desvió rostro, el cual se había vuelto completamente rojo.

—¡No puedes darle besos a cualquier persona! —exclamó exaltado.

—No pienses que me voy a enamorar ni nada. Sólo quiero saber que se siente —le imploró, tomándole el brazo.

Eren la observó y tragó con nerviosismo. En sus cortos dieciséis años, jamás se había visto envuelto en una situación tan embarazosa. Los ojos grises de la muchacha brillaban con intensidad en medio de la noche, esperando su aprobación.

Esperó unos segundos, pero nada sucedió. Resignada, soltó el brazo del muchacho y realizando un esfuerzo sobrehumano, dio unos pasos hacia la banca, cabizbaja. No faltaban más de un par de pasos para llegar a su destino cuando la voz del príncipe la obligó detenerse.

—De acuerdo —dijo cruzándose de brazos, mirando hacia el lado—. ¡Que conste que tú lo pediste!

El rostro de Mikasa se iluminó. Intentó dar unos pasos hacia él, pero éste acortó la distancia en un abrir y cerrar de ojos.

—Cierra los ojos —le pidió, posando sus manos en sus hombros.

La princesa obedeció, sin evitar reprimir una sonrisa por haber accedido a su estúpida petición.

—¡No te rías! —la reprendió el castaño.

Disminuyó la distancia lo más que pudo, hasta que sintió la respiración de la muchacha muy cerca suyo. Se percató que Mikasa no sobrepasaba de su nariz, por lo que se vería obligado a bajar su rostro para cumplir la solicitud.

Inspiró profundo y sin más, la besó.

La joven se sorprendió al sentir los labios del muchacho presionando los de ella durante unos pocos segundos. Había sido tan efímero que no alcanzó a procesar nada de lo ocurrido.

El chico se separó de ella y se dio media vuelta, antes de que abriese los ojos y se percatase de lo avergonzado que estaba.

Sin embargo, Mikasa se quedó plantada unos segundos más, hasta que se dio cuenta que él ya no estaba a su lado.

—¿Y eso es todo? —preguntó, algo decepcionada.

Eren se indignó por el comentario. Ya con la botella de sake en su poder —la cuál había quedado rezagada en el pasto— la miró escandalizado.

—Pensé que sería diferen-hip —se tapó la boca con sus manos, intentando contener el hipo.

—Creo que deberíamos irnos —comentó él. Se tomó lo que quedaba de la botella y la tiró a un lado.

—¡Hey!... hip… yo también quería —reclamó mientras caminaba hacia él, dando tumbos.

—Te llevaré adentro —dijo el ojiverde, tomándola por la cintura y pasando un brazo por su cuello, ya que era evidente que en ese estado sería capaz de dar siquiera dos pasos.

Recorrieron el mismo sendero que habían tomado en un comienzo, pero el alcohol no solo estaba afectando a Mikasa, quien se reía desenfrenada; Eren tuvo que detenerse a mitad del trayecto, porque tampoco se estaba sintiendo bien.

—¡MIKASA!

Ambos se voltearon simultáneamente al escuchar la voz de Jean, quién se acercaba a ellos rápidamente.

—¡Jean! —exclamó la pelinegra, soltándose del agarre de Eren. Dio unos pasos hacia adelante—. Ven a... hip… beber con nosotros… —y volvió a reírse.

Horrorizado por la extraña actitud de su amiga, fulminó a Eren con la mirada.

—¡Que le hiciste, bastardo! —exclamó furioso, tomando al futuro heredo por el cuello de su camisa.

Pero el príncipe no pudo responder. Todo el esfuerzo que había empleado para controlar su mareo fue en vano. Manteniendo su cordura por unos pocos segundos, agachó la cabeza y devolvió casi todo lo que había bebido durante esa noche.

Mikasa quedó impactada, y sin saber qué hacer, simplemente atinó a acariciarle la espalda, en una demostración de apoyo total.

Una vez que éste se detuvo, la chica tomó por la cintura a un incapacitado Eren, e intentó llevarlo a rastras, pero había olvidado que tampoco estaba en sus cinco sentidos, por lo que miró a Jean con fastidio.

—¡Ayúdame! —exclamó molesta.

Su amigo accedió y entre los dos lo llevaron hasta el dormitorio donde se estaba hospedando. Posteriormente, se aseguró de que la princesa llegara a la suya y no saliera de ahí, en búsqueda de una nueva entretención.

Cuando despertaron al día siguiente, tenían plena consciencia del gran sermón que les esperaba en un par de minutos más. Pero a pesar de la gran resaca que comenzaba a emerger en esos precisos instantes, no se arrepentían de nada de lo ocurrido durante aquella noche de cielo estrellado.


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N/A: Eremika is in the air!

Tuve que cortar este capítulo, no pensé que esta escena me quedaría tan larga! Aproveche que estaba en la temporada de creatividad y esto fluyó tan bien, que si incluía todo lo que tenía planeado inicialmente hubiese quedado excesivamente largo.

Así que ahora saben que Eren y Mikasa compartieron un momento muy especial, aunque ambos estuviesen algo borrachos, hay que entender el contexto; básicamente no tienen más amigos y tampoco muchas oportunidades para experimentar aquellas cosas que surgen cuando eres adolescente.

Quiero agradecer a Ilianka por ser mi beta y darse el tiempo de ayudarme con esta historia, no es su obligación y aun así amablemente se da el trabajo de leerme. No sabes lo agradecida que estoy! De paso, aprovecho de instarlos que lean sus escritos. Si son amantes del Eremika los amarán, y si no, igual los disfrutarán ;)

También quiero darle las gracias a todos los que siguen Broken Crowns y a los lectores silenciosos, los invito a dejar algún comentario. De verdad, me alegra el día leer sus reviews, y me da la motivación para seguir escribiendo.

Está demás decir que estoy abierta a todo tipo de comentarios. Por favor, no sean tímidos!

Los estoy leyendo! :D