No le temas a la oscuridad... teme a las sombras...


La Sombra, Capítulo Segundo


La esperanza de salvarse está a unos cuantos metros. Sólo necesita exigir a sus piernas un último esfuerzo para poder escapar de la horrible abominación que la estaba persiguiendo. Dio un rápido vistazo hacia atrás esperando ver a la espantosa criatura, pero la misma no se hallaba por ningún lado. Sin embargo, Videl no se permitió saborear detalles que pudieran retrasarla: reanuda su carrera hacia el poblado que significaba una esperanza...

Pero a medida que avanza hacia el fijado destino, algo comienza a inquietarla. Y esa preocupación fue aumentando su grosor a cada segundo.

El pueblo no tenía una sola luz prendida o señal de vida alguna. Quiso suponer que se debía a lo tardío de la hora, aunque tal deducción no la satisfacía por completo. Pero no era únicamente la falta de señales de vida lo que la inquietó: algo raro había en la atmósfera, algo inexplicable y turbio, como si una miasma emanara desde algún lugar desconocido...

... O tal vez provenía desde el mismo pueblo que tenía por delante...

Detuvo su correr. Miró hacia atrás nuevamente, pero no vio por ningún lado a la macabra imitación de mujer que la perseguía. ¿Realmente la habría dejado atrás? ¿O el horripilante monstruo sólo estaba jugando con ella como un felino lo hace con una presa? Un deleznable pesar la atacó cuando comprendió que la segunda pregunta era a la vez una respuesta.

Pero si realmente era así, si aquel ente diabólico pensaba que sería una presa fácil, entonces se equivocaba completamente. No se dejaría atrapar. Lucharía por todos los medios para mantenerse con vida. Por su amado novio tenía que hacerlo. También por su padre.

"Oh Gohan, sólo espero que estés bien..." rogó porque así fuera.

Cerró los puños, insufló a sus pulmones de aire y decidió proseguir el rumbo hacia el extraño pueblo. No tenía más opción que hacerlo, pues mantenerse donde estaba, en las afueras, no auguraba nada bueno. Y dirigirse nuevamente hacia el bosque era incluso peor opción. Por lo menos en aquel lugar podría encontrar alguien que pudiera ayudarla y armas con las cuales defenderse; aunque sólo hallase un simple cuchillo, aquél le sería muy útil de todos modos.

A medida que se acercaba a la villa nuevamente le llamó la atención la falta de ruido alguno. El silencio era anormal, incluso para la noche misma. No se escuchaba el ruido de grillos siquiera. Nada. Era un silencio absoluto y descomunal.

... Antinatural...

De todos modos prosiguió su caminar hasta que llegó a algo que la hizo detenerse: apoyada en postes de madera había una alambrada de afiladas púas, de un metro y medio de altura, que circundaba todo el pueblo. No obstante, la puerta, hecha de alambre trefilado, estaba abierta hasta atrás...

¿Para qué tener un sistema de seguridad como una enredadera de púas si la entrada estaría abierta de todas formas? No divagó mucho en la pregunta por temor a la respuesta. No quería cambiar de opinión y desear internarse en el bosque nuevamente.

Sus ojos azulados, por mero capricho o intención, vagaron brevemente a través de la cerca y encontraron un letrero de madera clavado en el poste más próximo. En la superficie, desgastadas letras verdosas indicaban el nombre del pueblo: "Bosque Silente"

Tal nombre, sin duda alguna, le quedaba muy bien puesto a la localidad...

Dudó en ingresar a la pequeña comunidad. Volvió a pensar en que la turbiedad yacente en la atmósfera no era normal. Pero volver al bosque definitivamente no era una alternativa que resultara más atrayente. Finalmente avanzó través del húmedo prado que hacía de antesala, hasta que llegó al poblado mismo. Videl, entonces, se detuvo a escrutar en forma atenta y ávida.

Sólo había una calle; una ancha hecha de tierra negra. Casas la rodeaban a cada costado y, a juzgar por el pequeño tamaño, la localidad ni siquiera merecía tener el nombre de "pueblo", más bien era un poblado, una aldea, una villa o incluso algo más pequeño que tales opciones. Sólo unas cuantas familias debían vivir allí, alejadas completamente de la civilización.

Las viviendas, todas hechas de madera, lucían bien cuidadas. Aquel detalle le causó alivio: por lo menos no se trataba de un pueblo fantasma abandonado hace años. Por lo bien mantenidas que lucían la mayoría de las estructuras se deducía que gente debía estar viviendo aquí.

Avanza otro poco y escruta las casas que están por delante de sus ojos. Comprobó que no había ninguna uniformidad en ellas. Todas eran de diferentes tamaños y formas. La más grande estaba ubicada en la zona céntrica de la calle y más parecía una iglesia que una casa por su cuidada arquitectura de marcado estilo gótico y los tres pisos que alardeaba. Sin lugar a dudas, era muy extraño encontrar algo de esa clase perdido en medio de un bosque que nadie visitaba...

De no ser por la falta de alguna figura religiosa o una cruz cristiana, Videl habría pensado que efectivamente se trataba de una iglesia.

Su mirada siguió viajando y notó que al medio de la calle, en una especie de pequeña plaza, había una estatua de bronce. La figura esculpida era un perro a tamaño natural. Por un momento, Videl recordó al pastor alemán llamado Jazz que acompañaba a Gohan en la caverna. ¿Cómo estarían ambos?

No se permite pensar en ello más de la cuenta. Necesita concentrarse en la situación actual si realmente quería salir con vida. Sin reflexionar más y dejando suspicacias de lado, decide invocar la ayuda que tanto precisaba.

— ¡Auxilio! ¡Socorro! — gritó a lo que más pudieron dar sus cuerdas vocales y esperó que la ansiada ayuda llegase pronto. No obstante, lo deseado no aconteció en lo más mínimo.

Repitió el pedido de ayuda intentando aumentar el volumen de su grito, pero simplemente era imposible. Ya había alcanzado el máximo. Aun durmiendo, nadie podría haber ignorado sus desesperados llamados de ayuda.

Pero nuevamente nadie acudió. Absolutamente nadie.

¿Habría alguna persona en este asentamiento?

— ¡¿Hay alguien aquí!? — se atrevió a endurecer el tono de su voz, buscando una respuesta. Espero prudentes segundos, pero nada llegó. Nada. — ¡¿Hay alguien aquí!? — repitió, pero sucedió exactamente lo mismo otra vez. Nadie contestó.

Definitivamente nadie había... o por lo menos, eso parecía...

La carencia de vida del lugar —que se suponía una esperanza— cambia radicalmente sus planes. Dio cuenta que estaba sola, completamente sola ante un ente desconocido que la estaba depredando entre las sombras de la noche...

De haber sabido que nadie había, simplemente no habría gritado. Sus potentes exclamaciones podrían generar el efecto contrario al deseado: en vez de ayuda, quizás había revelado su posición a la aberración inhumana...

Cierra los ojos unos instantes para pensar sin distracciones; mientras lo hace, su diestra agarra los dedos de la mano opuesta y los aprieta con fuerza.

¿Habría un arma en alguna de las casas? ¿Habría un rifle o revólver con el cual defenderse?

Tal pregunta sólo obtendría respuesta de una manera: debía hurgar minuciosamente en cada hogar...

No perdería el preciado tiempo. Tenía que adentrarse en alguna casa antes que el monstruo con forma de mujer le diera alcance. Observa atentamente cada vivienda. Bajo la oscuridad de la noche, cada una de ellas lucía peligrosa y amenazante. Escrutó cada esquina, cada casa y cada techumbre esperando ver a la cosa malévola que la rondaba furtivamente. ¿Dónde estaría en ese momento? ¿Qué estaría planeando y qué estaría esperando? Detrás de cada vuelta, detrás de cada rincón podría estar ocultándose para atacarla...

Entrar en alguna de las viviendas significaba peligro tras cada recoveco. Pero la otra opción tampoco lucía tentadora: sin algún arma no tendría modo de enfrentar a la maldita bestia infernal.

Mordió el dorso de su diestra a causa de los nervios. No tuvo que pensar mucho por cuál alternativa optar. Si seguía huyendo esa cosa maldita la mataría sin remedio. No quedaba duda de que era mucho más rápida, ágil y, con toda seguridad, también más fuerte. Si no la asesinó durante la travesía en el bosque fue sólo porque estaba jugando con ella...

Y muy probablemente lo seguía haciendo...

Dirigióse a la primera casa de la esquina, pintada de marrón y cuidadosamente barnizada; su puerta tenía colgado un tierno osito de peluche de color blanco y de nariz magenta; en sus manos portaba un cartel que decía lo siguiente en inglés: "Welcome". En el suelo, a los pies de la puerta, había una pequeña alfombra en la cual sacudir los pies antes de entrar. Dio cuenta que el hogar no tenía ningún número que sirviera para el correo... aunque de todos modos, ¿qué cartero vendría a un lugar tan alejado e inhóspito como éste? Parecía que los habitantes de "Bosque Silente" hubieran querido perder, a propósito, todo tipo de contacto con la civilización...

Videl trató de mirar por las ventanas antes de tocar, pero las cortinas cerradas le impidieron ver hacia el interior. De todas formas, aún con las cortinas abiertas no habría sido capaz de ver algo: los vidrios estaban empañados gracias a la humedad propinada por la reciente niebla.

Antes de intentar forzar la cerradura se dispuso a empujar la puerta, pero apenas puso sus manos en ella ésta se abrió sola, pronunciando un inconfundible y preocupante chirrido de desgaste...

A través de tal sonido las bisagras gritaron lo oxidadas que estaban. Pero aquello era un detalle menor en comparación a lo realmente sorprendente: la puerta prácticamente se había abierto sola. Como si la casa misma tuviera alma y la estuviera invitando a entrar...

Quiso pensar que el viento o que ella misma con su primer toque había empujado la puerta lo suficiente para que se abriera, pero tal explicación rebuscada no la convenció en lo más mínimo.

Dudó en entrar. Lo dudó varios segundos. Incluso meditó que era mejor opción ir hacia otra casa. La sórdida oscuridad que aquella vivienda albergaba en su interior realmente asustaba. Y lo estrecho del vestíbulo era un lugar ideal para acometer una terrorífica emboscada...

¿Estaría acaso la maléfica criatura en el interior? ¿Estaría detrás de aquella puerta para matarla de un salvaje golpe?

No, definitivamente no ingresaría. No debía entrar. Ahora más que nunca tenía que confiar en su instinto y aquél le insistía que no se introdujera allí.

Iría a la segunda casa.

Camina por la calle cuidando de no hacer ruido y observa detenidamente las construcciones nuevamente. La gran casona que parecía una iglesia fue la que paralizó su mirar. Por lo grande que lucía dedujo que sus habitaciones eran amplias. Y era precisamente eso lo que necesitaba para poder maniobrar en caso de una emboscada: espacios anchos.

Sí, iría hacia ella. Recorre el trayecto silenciosamente hasta quedar frente a la puerta que más parecía un pórtico. No había un osito —como en la anterior casa— o algo más adornando la entrada. Tampoco había una alfombra en la cual sacudir los pies. Lucía más descuidada que la anterior, pero de todas maneras eso era lo menos importante. Llevó una mano para tratar de empujar la gruesa puerta y nuevamente sucedió lo mismo: se abrió prácticamente sola.

Tragó saliva e imploró que la calma no la abandonara. Pero le fue difícil no perderla: no podía ser tanta la coincidencia. El viento, que apenas soplaba, no podía lograr algo así. Y aún teniendo la intensidad necesaria, no podría alcanzar tal nivel de sincronización con su mano.

Un frío sudor recorrer su frente con premura y un desagradable escalofrío hace lo mismo con su nuca. Todos sus vellos corporales y cabellos se enervaron. Nuevamente pensó en retroceder e ir hacia otra casa, pero desechó la idea de inmediato. La hórrida criatura en cualquier momento podría aparecer y esta vivienda, por lo amplia que se veía, era el único lugar en que tendría posibilidades de evitar una letal asechanza.

Introduce lentamente un pie y luego otro. Por suerte el piso, a pesar de estar hecho de madera, no rechinaba su pisar. Podría seguir avanzando sin delatar su ubicación y eso le provocó algo de alivio entre el estrés.

El siguiente objetivo sería encontrar algún modo de alumbrarse. Observó que no había corriente eléctrica ni interruptores de luz. Parecía que la gente que vivía aquí se hubiera quedado estancada en la edad media. ¿Cómo se iluminaban en la noche? Lo más posible es que usaran velas o algún candelero para lograrlo.

Da unos pasos más al interior de la casa y, al ver por el rabillo de su ojo izquierdo un movimiento sombrío, un inevitable grito de miedo escapó de sus cuerdas vocales. Llevó las manos al corazón y se sintió genuinamente tonta: lo que la había asustado había sido su propio reflejo...

Un espejo estaba adosado a un costado de la pared. ¿Por qué rayos había gente que ponía espejos en las entradas? ¿No sabían que aquello daba mala suerte? Bueno, en honor a la verdad, tales afirmaciones eran sólo supersticiones sin fundamento real... Pero después de ser perseguida por una aberrante criatura desconocida, ahora sería capaz de creer cualquier cosa por más inverosímil que pudiera resultar...

Videl dejó el artículo de vanidad atrás y el miedo ancestral a la oscuridad se hizo más presente que nunca. Necesita urgentemente algo con que iluminarse. Tras buscar un poco cerca de un armario, encontró un fino candelabro de plata. Por suerte, allí mismo, también había un par de velas y cerillas artesanales con las cuales prenderlas. Videl sólo usaría una vela, la segunda la gastaría después si eso era menester. Friccionó una cerilla contra la pared hasta encenderla y prendió la vela que ubicó en el brazo más largo del candelabro.

Cumplida ya la primera meta, el siguiente paso sería encontrar un cuchillo o un arma; ¿dónde habían cuchillos en una casa? La cocina era la respuesta más común y evidente.

Tenía que ir hacia allá. Avanzó un poco y encontró una amplia escalera que dirigía hacia los pisos superiores. Pero no subiría todavía. De hecho, no creía subir a menos que fuera totalmente necesario. Sigue caminando y dos largos pasillos se asoman delante de sus ojos: ¿cual sería el corredor que la llevaría a la cocina? Da un suspiro profundo y se adentra en el de la derecha sin dilaciones. La luz temblorosa de la vela le permite ver algunos cuadros de óleo que colgaban en las paredes. Todos lucían bellos paisajes naturales: una luna llena, un bosque, un lago, un río. Nada que pudiera considerarse anormal. Videl entendió que un pasillo que lleva hacia una cocina no tendría pinturas colgadas, de modo que, presurosa, retrocede y toma el pasillo opuesto.

El nuevo camino no tenía cuadros en las paredes, indicativo de que debía ir en la dirección correcta. Sin embargo, aquí la madera rechina como no lo hacía en otras partes de la casa y aquel sonido infame logró crispar sus nervios todavía más.

A cada paso que da, a tientas por el corredor oscuro, se estremece con los crujidos de las tablas y el retumbar de sus pasos amplificados de la noche. Videl, lentamente, siente el latigazo del miedo en la espalda. El caminar por unas tinieblas que apenas retroceden ante el débil fulgor de las velas le causa una sobredosis de adrenalina. De pronto, como un obsequio, apareció una ventana que adentraba un poco de la luz lunar. Se aproxima para echar una mirada al exterior, pero la humedad le prohíbe el primer intento de hacerlo. Cuando llevaría su mano al vidrio para despejar lo borroso, tuvo que llevarla a su boca para no gritar aterrada. Entre lo difuso del vidrio y la oscuridad de la noche, en medio de la calle, distingue una silueta imprecisa que vaga como un alma en el purgatorio...

Quiso gritar a pesar de la mano que ya tapaba su boca, pero su miedo feroz se encargó de cerrar su garganta para no hacerlo. Se alejó de la ventana y, dando un soplido, apagó la vela. Temió ser localizada por su luz. No sabía que rayos había visto, pero la suposición era muy clara: esa silueta debía pertenecer a la horripilante mujer que la persiguió en el bosque. Y si no lo era, entonces era otra cosa de una magnitud igual de pavorosa...

Estuvo quieta por varios minutos, acuclillada contra la pared de la ventana, esperando que aquella figura de espanto se fuera lejos. Prohibiéndose incluso respirar por varios momentos. Llevó una mano a su pecho con la intención de aplacar los intensos latidos de su corazón que en su mente asustada, se oían como verdaderos bombazos. Una vez transcurrido el tiempo que creyó prudente —pudo ser incluso más de una hora—, deja el candelabro en el suelo y se posiciona entre éste y la ventana para que su cuerpo impidiera que la luz fuera notoria. Prende la vela, dirige su mirada hacia la ventana, y al instante cae inevitablemente de espaldas al suelo: en la humedad de la ventana que ella no alcanzó a borrar, había algo absolutamente terrorífico: la marca de una mano aterradora y grotesca...

La huella de los dedos alargados y deformes, unidos a su tamaño inhumano, le produjeron a Videl escalofríos que iban más allá de lo dantesco.

Ella sabía donde estaba. Lo sabía perfectamente. Sólo era cuestión de tiempo para que se dejara de juegos y le diera caza de una forma que era mejor no imaginar.

Pensar la forma atroz en que moriría la atemorizó todavía más. El solo hecho de imaginarlo la puso a temblar de nuevo. El nivel de estrés y ansiedad aumentó a una velocidad demencial. ¡Necesitaba un arma ya mismo!

Camina más rápido y con menos cuidado gracias a la desesperación. Busca la cocina, más allá del pasillo, por todo el primer piso. No tuvo que pasar mucho tiempo para hallarla. Efectivamente cuchillos carniceros habían allí. De distintos tamaños y formas. Unos con la hoja dentada y otros con la hoja lisa. Muy presurosa, cogió tres. Uno lo llevaría en la mano, los otros dos como repuesto en cada bolsillo de su pantalón. Videl, como experta artemarcialista, también había entrenado el arte de pelear usando armas manuales. Durante su adolescencia había practicado con cuchillas, machetes e incluso katanas. Su maestría en tales ámbitos no era tan grande como en el combate mano a mano, pero sin duda sabía atacar y defenderse muy bien con armas blancas.

Se desplaza a través del amplio corredor, sus sentidos completamente alertas ante el más breve movimiento o ruido. De pronto, una puerta a un costado llamó su atención. Se acerca para abrirla, pero estaba cerrada con llave. Pensó, fugazmente, en forzar la cerradura. Pero un dicho muy conocido afloró con fuerza en las entrañas de su mente: "La curiosidad mató al gato". Tal dicho nunca adquirió más vigor que en este momento. Y probablemente nunca más en su vida llegaría a tener un significado tan intenso...

No abriría esa maldita puerta. Lo mejor era no hacerlo. Continuaría recorriendo.

Siguió su cruzada a través del primer piso y, a medida que lo hacía, un hedor a sangre comenzó a lastimar sus fosas nasales. En un principio era apenas perceptible, pero a cada minuto aumentaba progresivamente su intensidad...

Videl se meció entre hacer lo prudente o hacerle caso a la curiosidad. Para bien o para mal, fue la primera quien ganó la batalla. No quería correr riesgos innecesarios. No obstante, algo cambió radicalmente su decisión. El ruido de pasos provenientes del vestíbulo martilló sus oídos como una maldita tortura. La odiosa criatura la estaba acechando y no le permitiría volver por donde entró.

Muerde sus labios y aferra aún más el cuchillo entre sus manos, dispuesta a luchar con toda ferocidad si era necesario. — El miedo es un estado mental superable. Mi mente es más fuerte que el miedo... — repite una y otra vez en voz baja, cual mantra diseñado para invocar valentía.

Se acerca hacia el lugar que despedía el olor a sangre y finalmente llega a una puerta. Estaba segura que del otro lado encontraría algo poco agradable de ver, puesto que el repulsivo olor a sangre lo colmaba todo. Posa su mano en la perilla, la gira y comprobó que no estaba cerrada con llave. Aunando valentía desde todos los rincones de su alma, se atreve a abrir la puerta y dar el paso decisivo. Fue entonces que todos sus sentidos fueron fulminados por el más terrible espanto: en la cama había el cadáver de un hombre mutilado de manera desquiciada. Estaba cortado por la mitad, a la altura de las caderas. Las piernas y el resto del tronco no se veían por ningún lado. Los intestinos que colgaban en vomitivos jirones, todavía destilaban sangre sin coagular, prueba fehaciente de que había sido asesinado poco tiempo atrás. En la ventana más próxima estaban estampados chorros del líquido vital, que se desplazaban en pequeños y numerosos ríos divergentes. De sus ojos caían lágrimas de sangre que corren a través de sus mejillas. Evidentemente la desgraciada víctima había sido asesinada de una manera horrendamente bestial. Sus pupilas, aún más allá de la insondable barrera de la muerte, seguían expresando un pánico y horror sin parangón...

Videl no quiso seguir presenciando un horror tan visceral e inhumano. Sale de la habitación, cierra la puerta tras ella y pega su espalda a la misma. Su estómago se retuerce como un torbellino. La fulminante adrenalina que el espanto provocó hizo mella en su aparato digestivo. Trata de vomitar, pero debido a que no había comido en un lapso prolongado solamente logra escupir trazos de saliva.

La muerte no fue tan sorprendente como la forma en que se había presentado. Aquel hombre había sido mutilado de una manera atroz y su sangre desperdigada con la brutalidad de un huracán infernal.

¿Acaso esa criatura espantosa había masacrado a toda la comunidad que aquí residía? ¿Cuantos cadáveres más habría en total?

Si Videl lograba sobrevivir a esto, durante el resto de su existencia nunca olvidaría la imagen bestialmente demoníaca que acababa de presenciar. No cabía duda que en muchas noches, lo que vio acudiría a visitarla en forma de viles pesadillas...

Se acuclilla, afirma su espalda en la puerta y se abraza a sí misma como una niña pequeña buscando consuelo. Ella no quería morir así. Nadie, ni siquiera el criminal más aborrecible, merecía morir de esa manera tan horripilante. ¿Acaso ese era el cruento destino que le aguardaba? Quiso sollozar, quiso pensar que todo era una pesadilla de la cual pronto despertaría, pero inevitablemente entendió que nada ganaría con evadir la realidad de los hechos. Incluso meditó, por un breve momento, quitarse la vida. Simplemente no quería morir de esa manera tan terrible e inhumana. Pero una persona en las redes de su mente acudió para prohibir tal pensamiento: Gohan. No podía provocarle un dolor así. No podía sucumbir ante la muerte sin luchar. Por él, y también por su padre, tenía que continuar.

Se endereza a duras penas. El calcañar de sus pies arde como si balas los hubieran atravesado. Hace un esfuerzo para regular lo agitada de su respiración y calmar los violentos retorcijones de su estómago. Tras muchos segundos lo consigue.

"Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. No puedo imaginarme mi existencia sin ti. Eres tú quién me inspira y quien motiva mi vida entera. Tú eres el motor de mi corazón. Te amo demasiado Videl"

— Gohan siempre llevo tus palabras de amor en mi ser. Las recuerdo tan claras como el agua más pura. Por ti no voy a morir aquí; por ti no puedo fallecer. ¡No moriré aquí!

Pensar en su amado y recordar sus palabras es lo único que le da fuerzas en este momento de severo y maligno estrés. Es él quien le da la valentía necesaria para continuar esta travesía infernal. Tenía que salir de la pesadilla y rindiéndose no lo conseguiría.

Medita unos momentos en dos opciones: escapar definitivamente del pueblo o intentar conseguir un arma de fuego. La primera opción resulta mucho más tentadora que la segunda. Seguir hurgando era demasiado peligroso y ni siquiera tenía la seguridad que hubieran armas o municiones para poder usarlas. No lo duda más, saldrá de ese pueblo maldito a cualquier costo.

Dedujo que debía haber una puerta salida por el lado contrario del vestíbulo, precisamente el lugar hacia donde se dirigía. Retoma su caminar con menos miedo que antes. Quizás su cuerpo y su mente ya estaban acostumbrándose a tal emoción. Pensar en Gohan también la ayudaba en ello.

Sin embargo, a pesar de las fuerzas renovadas, el ambiente se va tornando poco tranquilizador. Progresivamente denso, tanto que daba la impresión de poder tocarse con las manos. Como si los nervios comprimidos se hubieran vuelto tangibles justo por delante de su vista.

A medida que camina, sus ojos galopan atentamente de rabillo a rabillo. De izquierda a derecha y viceversa.

De súbito, un ruido cercano la sobresaltó e hizo palpitar su corazón a una velocidad anormal. Todas las alertas rojas de su mente se encendieron. Rápidamente adopta una posición defensiva, colocando el cuchillo en la mejor posición para poder atacar rápidamente. Su vista se posó en la dirección del sonido y una puerta apareció para perturbarla...

¿Sería el monstruo que imitaba a una mujer lo que estaba detrás de esa puerta? ¿Habría llegado por fin la hora del enfrentamiento?

Su cuerpo se tensó, se tensó más de la cuenta. Enfrentaría a la muerte cara a cara muy pronto. Sus nervios, por lo mismo, se volvieron afiladas agujas que pulsaban por emerger a través de su carne temblorosa.

La muerte más desquiciada que se pueda imaginar, comienza a rondar a Videl con sus afiladas zarpas...

Recordó a su padre. Y también a Gohan. Sabiendo perfectamente que podían ser sus últimos momentos de vida, cerró los párpados un breve instante y se despidió de su padre mentalmente.

"Papá, gracias por cuidarme a través de los años y hacer de mí lo que soy. Sé que cuando murió mamá el mundo se derrumbó para ti. Pero a pesar de tu sufrimiento me diste lo mejor de ti. Gracias por eso. Te amo y, esté donde esté, siempre será así"

Acto seguido, también le diría adiós a aquél que se adueñó de su corazón. Aquél que la hizo más feliz que nadie en el mundo. Aquél por quien habría dado todo sólo por verlo una vez más...

"Gohan, gracias por iluminar mi vida y por el gigantesco amor que me brindaste siempre. Si muero aquí, tú serás lo último que llevaré en mi corazón y mi alma cuando parta al otro mundo... Te amo como una loca, y si hoy pierdo la vida, desde el más allá te juro que lo seguiré haciendo"

Vuelve a poner el cuchillo por delante, presta como nunca antes para atacar. La adrenalina pulsaba a mil por segundo. Su corazón estaba desbocado. Presentía que iba a morir, de algún modo intuía ese fatal destino, pero si era así no lo haría huyendo como lo hizo en el bosque... lo haría como la guerrera que siempre había sido. Moriría como la orgullosa y valiente Videl Satán.

Abre la puerta de un golpe y aquello que vio sobrepasó cualquier expectativa antes esbozada. Lo que vio la congeló completamente. Absolutamente petrificada, quedó. Tanto es el asombro que el cuchillo en sus manos cae sin poder evitarlo. Trató de mover un músculo, pero simplemente no pudo hacerlo. La apatía estática que se apoderó de sus hombros fluye hasta sus pies. Estaba totalmente petrificada. Toda su sangre se infectó de hiriente gelidez...

Realmente camino a través de todos y cada uno de los escaños que conforman aquello que se denomina como miedo...

A un lado de una ventana, iluminado de manera fantasmal por la luz selenita, había un cadáver de un hombre ensangrentado. Pero eso no fue lo que causó aquella enorme sorpresa en Videl... Aferrada por debajo del brazo del difunto, dándole la espalda, había algo que parecía ser una niña llorando... pero una que tenía un aspecto extremadamente lúgubre...

... Incluso siniestro...


Continuará.