Los minutos que tardó en llegar hasta la habitación de Ginny se le antojaron eternos, porque, él, Harry Potter, el niño que vivió, había escalado hasta la más alta torre del castillo para rescatar a su princesa tras matar al dragón. La guerra había durado siete años y la última batalla había sido encarnizada pero allí estaba de nuevo a los pies de su amada.

Se tomó unos minutos para contemplar a la chica. Ella, de espaldas a la puerta, ni había notado la entrada de Harry, tan absorta como estaba mirando como los primeros rayos del sol inundaban los arruinados alrededores de Hogwarts. El amanecer de una nueva era sin magos tenebrosos rondando a sus amigos y su familia.

A contra luz, el pelo de Ginny se le antojaba una gran antorcha que lo llamaba a hundir su nariz en él, y perderse en el aroma de la joven Weasley. Se acercó despacio y puso una mano en su hombro intentando no asustarla. Aún así, la chica pegó un brinco.

– ¡Harry!¡Qué sigiloso! – dijo ella volviéndose de golpe con una gran sonrisa –. No te he visto venir.

– Esa era la idea – y acercándose puso ambas manos sobre la cintura de ella –, mi día no habrá acabado aunque amanezca, hasta que no sepa que todo entre nosotros está bien.

– Claro que está todo bien – dijo levantando la vista hasta que sus ojos se encontraron –. ¿Por qué no iba a estarlo?

– Bueno esa es la cuestión. Sé que estamos bien. Pero quiero que estemos bien con lo nuestro – Harry no vaciló en el tono, ni hizo casi pausas entre una palabra y otra –.

Estaba tan cerca de su rostro que notaba el aliento agitado de Ginny, la cual levemente sonrojada no era capaz de apartar los ojos del chico. Lentamente las manos de Harry se movieron hasta envolver a la chica en un cálido y profundo abrazo. A pesar del cansancio que denotaba el rostro de Harry, esperaba claramente esperanzado la respuesta de la chica.

– Harry… yo… –las palabras se atravesaron de puro nerviosismo en la garganta de la joven–, sólo sé que estaré bien si estás conmigo. No deseo nada más.

Ginny se alzó sobre las puntas de los pies alzando los brazos hasta el cuello de Harry y, cerrando los ojos, ambos se abandonaron a un dulce beso. Aquel beso era un resumen perfecto de armonía, amor y pasión. Todo lo que durante tanto tiempo habían deseado y les había sido negado. Separaron los labios quedando trabados en el abrazo, perdiéndose en los ojos del otro sin esperar más que una vida de ordinaria felicidad en la compañía del otro.

– Te quiero, Harry, desde siempre desde que tengo uso de razón , desde que te conozco. Jamás he querido a nadie más – Soltó Ginny al fin, tras tanto tiempo, visiblemente conmovida, con una pequeña lágrima rodando por su mejilla derecha –.

– Yo también te quiero, pequeña – limpió la fugaz lágrima con los dedos, con delicadeza y dulzura al mismo tiempo – . Hoy hemos puesto punto y final a una aventura, pero la nuestra está a punto de empezar. Bésame, Ginevra.

La luces se volvieron tenues en la habitación acompañando a dos de las personas que más merecían el premio de estar juntos, tras terrible tragedia que había asolado el mundo mágico. La vida no iba a ser un camino fácil. El mundo no se pondría a sus pies como en las películas. Pero todo eso no importaba porque en aquel momento infinito, Harry y Ginevra se tenían el una al otro, el mundo volaba bajo sus pies y Vivian el comienzo de un nuevo sueño. Juntos. Como debieron estar siempre.