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.•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 1 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.

Valle de Montana, 1879

Por fin, la pequeña llegaba a casa. Junto a la carreta, Kuki esperaba que la diligencia girara en la última curva del camino. Estaba tan excitado que casi no podía quedarse quieto. La nube de polvo que bajaba de la colina le indicó que estaba cerca. Estaba impaciente por verla. Se preguntó si habría cambiado mucho en los últimos meses, y luego rió de tan tonta idea. Cuando se marchó al colegio el año anterior, Candy Rose ya estaba bien desarrollada. Aparte de adquirir unas pecas más en el puente de la nariz, o el cabello un poco más largo y rizado, no era de esperar que hubiese cambios demasiado significativos.

Señor, cuánto la echaba de menos. Todos ellos. Y aunque la vida en el rancho los mantenía ocupados desde el alba hasta el atardecer, era a la hora de la cena cuando todos sufrían por la ausencia de la chica, que trataba de obligarlos a comer un plato nuevo que había preparado para ellos. Era una excelente cocinera cuando no se le ocurría apartarse de las comidas conocidas, pero a ninguno de ellos le gustaban esas salsas francesas tan elegantes que vertía sobre todas las cosas.

La diligencia llevaba más de una hora de retraso, y ,eso significaba que el conductor era el viejo y rudo Clive McGregor.

Tendría que poner a Candy Rose al día con todas las novedades antes de arrancar. Clive le exigiría atención absoluta, y conociendo el tierno corazón de su hermana, Kuki sabía que no lo apresuraría.

Eran amigos íntimos, aunque nadie en Blue Belle entendía por qué.

Clive McGregor era un viejo pajarraco avinagrado, siempre ceñudo, cortante y quejoso y, en opinión de Kuki, un hijo de perra muy desagradable. Además, era feo como el pecado. Los caminos del pueblo se despejaban apenas aparecía, salvo que Candy Rose estuviese cerca. Entonces, se producía una transfonnación mágica: Clive se convertía de feroz en sumiso. No sólo actuaba como si fuese el mejor amigo de todo el mundo, sino que también lucía, de la mañana a la noche, una ridícula sonrisa que parecía decir: "la vida es grandiosa". McGregor parecía un completo estúpido por la adoración que demostraba a la muchacha, y sólo porque ella lo adoraba a él. En verdad, quería al viejo bobo. Lo cuidaba cuando necesitaba cuidados, se aseguraba de que lo incluyesen en las cenas de los días de fiesta, y le remendaba personalmente toda la ropa. McGregor siempre enfermaba una vez al año, generalmente por la época del rodeo, pero a veces, hasta un mes antes. Aparecía en la puerta de su casa, con el sombrero en una mano y un pañuelo sucio en la otra, preguntando cómo curar su última enfermedad misteriosa. Por supuesto, era una farsa. Pero Candy Rose instalaba de inmediato al viejo Clive en el cuarto para huéspedes y lo malcriaba durante toda una semana, hasta que se sentía bien otra vez.

En el pueblo, todos llamaban la semana de la enfermedad de McGregor a ese escape anual, y por el modo en que el viejo se secaba las comisuras de los ojos y se sonaba la nariz con el pañuelo mientras frenaba a los caballos, Kuki dedujo que ya estaba pensando en su próximo descanso.

La diligencia casi no había dejado de moverse cuando la portezuela se abrió y Candy Rose saltó al suelo.

-Por fin estoy en casa -gritó.

Se alzó las faldas y corrió hacia su hermano. El sombrero voló de su cabeza y fue a caer en tierra, tras ella. La muchacha reía de puro gozo. Kuki intentó mantener la expresión sombría, porque no quería que McGregor difundiese el rumor de que se había enternecido: le gustaba que todos los del pueblo le temieran. Pero la risa de su hermana resultó contagiosa, y no pudo controlar su reacción. Primero sonrió, y después estalló en carcajadas. Que las apariencias se fueran al diablo.

Candy no había cambiado nada. Era tan expresiva y desinhibida como siempre, y que el Cielo los amparase, mataría a todos los hermanos por el modo en que siempre tenía el corazón a flor de piel.

Se arrojó en sus brazos. Tenía un abrazo de oso, para ser tan pequeña. Kuki le devolvió el abrazo, la besó en la coronilla, y luego le sugirió que dejara de reírse como una loca.

No se ofendió. Se apartó y, con los brazos en jarras, procedió a hacer una detallada inspección de su hermano.

-Eres tan apuesto como siempre, Kuki. ¿Has matado a alguien mientras yo estaba en el colegio?

-Por supuesto que no -le espetó. Cruzó los brazos sobre el pecho, se apoyó en la carreta y trató de mirarla, ceñudo.

-Me parece que has crecido unos centímetros. También estás más rubio. ¿Cuándo te has hecho esa cicatriz en la frente? ¿Te metiste en una pelea?

Antes de que pudiese responder las preguntas de la hermana, ella se volvió hacia McGregor.

-Clive, ¿mi hermano ha matado a alguien mientras yo no estaba?

-No, que yo recuerde, señorita Candy -le respondió el viejo.

-¿Peleas a cuchillo? -preguntó.

-No lo creo -respondió Clive.

Candy Rose se convenció, y volvió a sonreír.

-Estoy feliz de estar de vuelta. Ya lo he decidido: no me iré nunca más: Adam no me obligará a ir a ningún otro sitio, por bueno que sea para mi mente o para mi alma. Ahora ya soy refinada, y tengo documentos que lo demuestran. Señor, qué calor hace para ser primavera, ¿no? Amo el calor, la tierra, y el viento y el polvo. ¿Charlie se metió en alguna pelea en el pueblo? No importa -agregó, precipitadamente-. Si hubiese hecho algo malo, vosotros no me lo diríais. Pero Adam sí me lo dirá. Me dice todo. De paso, me ha escrito más que tú. ¿Está terminado el cobertizo nuevo? El mismo día que terminaba el colegio, recibí carta de Mamá Rose. El correo llegó justo a tiempo. ¿No es magnífico? Vivimos en una época muy moderna. Y qué pasó con...?

Kuki no podía seguirle el ritmo a su hermana, que hablaba tan rápido como un político.

-Más despacio -la interrumpió-. Sólo puedo responder una pregunta cada vez. Recupera el aliento mientras ayudo a McGregor a descargar tu equipaje.

Minutos después, el baúl, las cajas y las tres maletas estaban acomodadas en la parte de atrás de la carreta. Candy Rose trepó sobre la plataforma y empezó a rebuscar entre las cosas.

Kuki le dijo que esperase hasta que llegaran a la casa para encontrar lo que buscaba, pero Candy Rose no le hizo caso. Cerró una caja y se dedicó a otra.

McGregor estaba cerca de la carreta, sonriendo a la muchacha.

-Sí que la he echado de menos, señorita Candy -susurró.

Se sonrojó como un escolar y lanzó una mirada fugaz a Kuki, para estar seguro de que no se reiría de él.

Kuki fingió no haber oído la confesión, y se dio la vuelta antes de poner los ojos en blanco. Era obvio que a su hermana la complacía la adoración de McGregor.

-Yo también te he echado de menos, Clive. ¿Recibiste mis cartas?

-Ya lo creo -le contestó-. Y las leí varias veces.

Candy Rose le sonrió.

-Me alegra saberlo. No me olvidé de tu cumpleaños. Todavía no te marches. Tengo algo para ti.

Diligente, buscaba en el baúl hasta que al fin encontró la caja que estaba buscando.

Se la dio a Clive.

-Es para ti. Prométeme que no la abrirás hasta llegar a tu casa.

-¿Me ha traído un regalo?-Estaba abrumado.

La muchacha le sonrió:

-Dos regalos -corrigió-. Hay otra sorpresa metida dentro de la primera.

-¿Qué es? -preguntó Clive.

Parecía un niño en la mañana de Navidad.

Candy Rose lo tomó de la mano y saltó de la carreta.

-Es una sorpresa –respondió-. Por eso lo metí en una caja con ese papel tan bonito. Gracias por traerme -agregó, con una reverencia-. Ha sido un paseo encantador.

-¿No está molesta porque no la dejara ir en el pescante, conmigo?

-No, no estoy molesta -le aseguró.

McGregor explicó a Kuki:

-Me pidió que la dejara ir sentada aquí, conmigo, pero no me pareció correcto que una joven tan digna viajara así.

Kuki asintió.

-Tenemos que irnos, Candy Rose.

No esperó a que accediera, sino que se volvió y ,se puso de pie. Levantó las riendas y le pidió a su hermana que dejara de remolonear.

Candy Rose tuvo que recuperar antes el sombrero. Clive sujetaba el regalo con ambas manos, y volvía lentamente a la diligencia. Se comportaba como si llevara un tesoro inapreciable.

Por fin, iban camino de casa. Kuki respondió las preguntas, mientras la muchacha se deshacía de toda prueba de que era una dama refinada. Primero, se quitó los guantes blancos, después, las horquillas que sujetaban el decoroso moño en la nuca. No se sintió a gusto hasta que la melena espesa y rubia flotó por su espalda.

Dejó escapar un suspiro de placer y se pasó los dedos entre los rizos.

-Estoy harta de ser una dama -dijo-. Para ser sincera, es un gran esfuerzo.

Kuki rió. Candy Rose sabía que él no le demostraría la menor compasión.

-No te reirías si tuvieras que usar corsé. Aprieta el cuerpo como si fuera un resorte. No es natural.

-¿Te hacían usar una cosa de esas en el colegio?

La idea horrorizó a Kuki.

-Sí. Pero yo no lo usaba. Y como no me vestía en público, nadie lo sabía.

-Espero, por Dios, que no.

Tuvo que frenar a los caballos cuando empezaron a subir la primera loma, y la joven se dio la vuelta para poder cerciorarse de que el baúl no se hubiese caído de la carreta.

Cuando llegaron a cresta, se volvió otra vez. Candy Rose se quitó la chaqueta azul marino, la colgó del respaldo del asiento, y comenzó a desabotonar los puños de la blusa blanca almidonada. El cuello de la camisa le apretaba, y se desabrochó los tres primeros botones.

-En la escuela pasó algo extraño. Yo no sé qué pensar de eso.

-¿Qué pasó?

Candy Rose se encogió de hombros.

-Tal vez no sea nada.

-De todos modos, cuéntamelo. Percibo la preocupación en tu voz.

-No estoy preocupada -repuso-. Sólo que me pareció raro. La madre de esa chica nació y se crió en Inglaterra. Ella pensó que me conocía.

-No es posible que te conozca -dijo Kuki-. Jamás has estado en Inglaterra. ¿No podrías haberla encontrado en algún otro sitio?

Candy Rose negó con la cabeza.

-Estoy segura de que lo habría recordado.

-Dime lo que pasó.

-Yo estaba cruzando el refectorio. Por cortesía, les sonreí a los recién llegados para hacerlos sentir bienvenidos y, de pronto, la madre de la chica lanzó un grito tan fuerte como para asustar a las gárgolas de piedra que hay sobre el edificio Emmet. A mí también me asustó.

-¿Por qué?

-Me señalaba y no dejaba de gritar -explicó Candy Rose-. Me sentí muy incómoda.

-¿Qué sucedió luego?

-Se oprimió el pecho con las manos y daba la impresión de que iba a desmayarse.

-Está bien, Candy Rose. ¿Qué hiciste tú?

Sospechó que su hermana no le contaba todo. Tenía la costumbre de meterse en líos, y siempre quedaba perpleja por las consecuencias inevitables.

-No hice nada malo -exclamó-. Me comportaba como una perfecta dama. ¿Por qué tienes que sacar la conclusión de que yo tenía la culpa del lamentable estado de esa pobre mujer? -preguntó, ofendida.

-Porque sueles ser responsable -le recordó -En ese momento, ¿llevabas la pistola?

-Por supuesto que no -repuso-. No corría ni hacía nada incorrecto. Ahora sé comportarme como una dama cuando hace falta, Kuki.

-Entonces, ¿qué le pasaba a esa mujer?

-Cuando al fin se calmó, me dijo que me había confundido con una mujer que ella conocía. Dijo que se llamaba lady Agatha algo. Dijo que yo era la viva imagen de esa mujer.

-No es nada fuera de lo común -concluyó -Muchas mujeres tienen cabello rubio y ojos verdes. No es algo del otro mundo.

-¿Acaso estás diciendo que soy común?

No pudo resistirse:

-Sí, creo que sí.

Por supuesto, era mentira. Candy Rose era todo lo contrario de una persona común. Era realmente bella, o por lo menos eso le habían dicho una y otra vez todos los hombres disponibles del pueblo. Pero Kuki no veía a su hermana desde ese punto de vista. Era dulce y de buen corazón casi siempre, y una pequeña gata salvaje el resto del tiempo. Solía ser una malcriada, pero suponía que ahora, ya crecida, no sería tan fastidiosa.

-Adam asegura que soy bonita -protestó, empujando al hermano con el hombro-. Y él siempre me dice la verdad. Además, tú sabes que lo que en verdad importa es lo que hay dentro del corazón de una mujer. Mamá Rose opina que soy una hija bella, y ella nunca me ha visto.

- Candy Rose, ¿has terminado ya de comportarte como una vanidosa?

La muchacha rió.

-Sí.

-Yo, en tu lugar, no me preocuparía por la coincidencia de parecerme a alguien.

-Pero ahí no terminó la cuestión -le explicó-. Más o menos un mes después, me llamaron a la oficina del director. Había un hombre mayor esperándome. También estaba la rectora, que tenía mi carpeta sobre el escritorio.

-¿Cómo sabes que era tu archivo?

-Porque es la más gruesa del colegio -le respondió -Y tiene la cubierta rota.

Miró a su hermano, y al instante supo lo que estaba pensando.

-Ya puedes acabar con esa sonrisa tuya que significa "lo sé todo", Kuki. Admito que el primer año en el colegio no me fue muy bien. Tuve problemas para adaptarme. Es que tenía añoranzas de nuestro hogar, y trataba de que me echaran, así hubieseis tenido que ir a buscarme. Sin embargo -se apresuró a añadir-, desde ese momento, tuve un comportamiento perfecto, y eso debería compensar.

-Háblame del hombre que estaba esperando en la oficina.

-Era abogado -le dijo-. Me hizo toda clase de preguntas acerca de nuestra familia. Quería saber cuánto hacía que vivíamos en Montana, y por qué nuestra madre no vivía con nosotros. Quería que le describiese el aspecto de mis hermanos. No respondí a ninguna de sus preguntas. No creí que fuese de su incumbencia. Después de todo, era un absoluto desconocido. No me gustó nada.

A Kuki tampoco.

-¿Explicó por qué te hacía todas esas preguntas?

-Me dijo que se trataba de una gran herencia. Creo que se fue convencido de que yo no era una pariente perdida hacía mucho tiempo. Te he preocupado, ¿verdad?

-Un poco -concedió Kuki-. No me gusta que alguien haga preguntas sobre nosotros.

Candy trató de reanimarlo.

-No fue tan terrible -le dijo-. Yo no había estudiado para el examen de inglés, porque Anny me tuvo despierta la mitad de la noche, quejándose de su última pena. Como yo estaba en la oficina, tuve que esperar al día siguiente para hacer el examen.

-Creí que ya no ibas a soportar a Anny.

-Te juro que no lo hice -repuso Candy -. Pero ninguna otra la aceptaba como compañera de cuarto, y la rectora casi me suplicó de rodillas que yo lo hiciera. Pobre Anny. Tiene buen corazón, de verdad, pero casi siempre lo oculta. Sigue siendo una prueba para la paciencia.

Kuki sonrió. Anny había sido el único pliegue en la vida casi perfecta de la hermana. Candy era la única alumna de la escuela que soportaba la presencia de la otra muchacha. A los hermanos les encantaba oír historias sobre ella. Las hazañas de la muchacha les parecían estrepitosamente divertidas, y cuando alguno de ellos necesitaba reírse un poco, había que traer a colación alguna anécdota sobre Anny.

-¿Estaba tan irritable como siempre?-preguntó, esperando que su hermana tuviese alguna anécdota nueva que contar.

-En efecto -admitió Candy -. Yo me sentía culpable por contarles cosas de ella, pero Charlie me convenció de que, como no le hacía ningún daño, y ella jamás lo descubriría, estaba bien. Realmente, a veces resulta indignante. ¿Sabes que se fue de la escuela una semana antes que nadie? Ni se despidió. Pasaba algo malo con su padre, pero no me dijo de qué se trataba. Lloró cinco noches seguidas hasta quedarse dormida, y después, se marchó. Me habría gustado que confiara en mí. Si yo pudiese la habría ayudado. Su padre no estaba enfermo. Después de que se fuera, le pregunté a la directora. Pero no me dijo nada, y frunció los labios, como hace cada vez que algo, realmente, le desagrada. El padre de Anny iba a donar una suma importante de dinero para que la señora pudiese construir otro dormitorio. Pero me dijo que ya no lo donaría. ¿Sabes qué me dijo? Que había sido estafada. ¿Qué crees que quiso decir?

-Podrían ser muchas cosas.

-La misma noche que Anny se fue, le dije que si alguna vez me necesitaba, lo único que tenía que hacer era venir a Rosehill.

-¿Por qué le dijiste eso? -preguntó Kuki.

-Porque lloraba como una criatura, y me dio pena -le explicó Candy -. Pero no creo que aparezca por el rancho. Este es un lugar muy poco civilizado para ella. Es muy sofisticada. Pero me dolió que no se despidiese de mí. A fin de cuentas, yo era su única amiga. Sin embargo, no fui muy buena para ella, ¿no?

-¿Por qué crees eso?

-Tú sabes por qué -contestó-. Yo cuento anécdotas de ella, y eso no es muy agradable. Los amigos no deberían contar cosas del otro.

-Sólo nos contaste incidentes que, en realidad, sucedieron, y la defendiste ante todos, en la escuela. Allí, nunca hablaste de ella, ¿no es así?

-No.

-Entonces, no veo qué es ló que está mal. Nunca la criticaste, ni siquiera ante nosotros.

-Sí, pero...

-También procuraste que la invitaran a todas las fiestas. Gracias a ti, nunca la hicieron a un lado.

-¿Cómo sabes que hice eso?

-Te conozco. Siempre estás cuidando a los inadaptados.

-Anny no es una inadaptada.

-¿Ves? Ya estás defendiéndola otra vez.

La muchacha sonrió.

-Después de comentarte algunas cosas, siempre me siento mejor.¿Realmente crees que el abogado dejará de hacer preguntas sobre nosotros?

-Así lo creo.

Candy suspiró.

-Te eché de menos, Kuki.

-Yo también te eché de menos, pequeña.

Lo empujó otra vez con el hombro. La conversación giró hacia el rancho. Mientras Candy estuvo ausente, los hermanos compraron otro pedazo de tierra. Charlie estaba en Hammond, adquiriendo los elementos necesarios para cercar una vasta extensión, para que los caballos tuviesen un espacio de pasto suficiente para el invierno.

Kuki y Candy llegaron a Rosehill minutos después. Cuando ella tenía ocho años, bautizó al hogar de todos. En la ladera de la colina, encontró lo que suponía rosas silvestres, y declaró que era un mensaje de Dios diciéndoles que nunca tendrían que marcharse, y todo porque su nombre era Candy Rose, y también el de su madre. Adam no quiso apagar el entusiasmo de la pequeña, y por eso no le dijo que las flores no eran rosas sino higuerilla rosada. Además, le pareció que darle nombre al rancho brindaría a su hermana más seguridad. El nombre quedó, antes de un año, todos los habitantes de Blue Belle llamaban al hogar de los White por ese apelativo.

Rosehill estaba situada en mitad de un valle profundo, en el Territorio de Montana. La tierra era llana alrededor del rancho, hasta una distancia de unos cuatrocientos metros a la redonda. Kuki fue el que insistió en erigir el hogar en el centro mismo de un terreno llano, para poder ver a cualquiera que se metiese en sus tierras. No quería sorpresas; ninguno de ellos las deseaba, y en cuanto estuvo terminada la casa de dos plantas, construyó un mirador sobre el ático, para que pudiesen divisar desde lejos a cualquiera que quisiese escabullirse en su propiedad.

El telón de fondo lo constituían majestuosas montañas coronadas de nieve, en los lindes norte y oeste del prado. Al este de la propiedad había montañas menores y colinas, tierras inútiles para los rancheros, que siempre necesitaban pastos para el ganado. Pero los tramperos trabajaban las laderas orientales, pues aún había abundancia de castores, osos y lobos grises. Cada tanto, un trampero cansado y hambriento se acercaba a la casa en busca de comida y conversación amistosa. Adam nunca echaba a un hombre hambriento, y si el huésped necesitaba una cama donde dormir, siempre lo ponía en la barraca.

Sólo había un camino practicable para llegar al rancho, que era el sendero principal que bajaba de la colina, desde el pueblo de Blue Belle.

Para cuando llegaban hasta el embarcadero, sin embargo, los extraños estaban bastante agotados. Si venían en carretas cargadas con todas sus posesiones, por lo general, les llevaba un día y medio llegar a Blue Belle. La mayoría no iban más allá de Perry o de Hammond; sólo los espíritus curtidos, decididos, o los hombres que escapaban de la ley seguían adelante. Si bien había rumores ocasionales de que había oro en las montañas del Norte, hasta el momento no habían encontrado nada, y ese era el único motivo de que la tierra estuviese poco poblada. Las familias decentes, respetuosas de la ley, con la esperanza de establecerse en tierras sin costo alguno, cruzaban los llanos en galeras, o se aventuraban en alguno de los numerosos barcos fluviales que navegaban por el río Missouri. Cuando la mayoría de estas familias llegaban a una ciudad grande, no anhelaban más que quedarse allí. Las grandes ciudades eran algo más civilizadas cosa que, por supuesto, constituía un gran atractivo para las que provenían del este, y eran asiduas concurrentes a la iglesia.

Personas honestas, educadas en la ley y el orden. Grupos de vigilantes, autodenominados policías, oían la llamada y pronto limpiaban de malhechores los alrededores de las ciudades más populosas, como Hammond.

Al principio, esos vigilantes eran una solución, pero luego se convirtieron en un problema más amenazador aún, pues algunos adquirieron el perverso hábito de perseguir a cualquiera que no les agradase. La justicia era veloz y, por lo común, no se cumplía; lo único que hacía falta para sacar a un sujeto a rastras de su casa y colgarlo del árbol más cercano, era un rumor. Ni siquiera llevar una insignia constituía protección suficiente contra el grupo de vigilantes.

Los verdaderos inadaptados y los que se trenzaban en luchas con armas de fuego, buscando dinero fácil, y tenían la suficiente velocidad y astucia para escapar del linchamiento, abandonaban las ciudades como Hammond y se instalaban en los alrededores de Blue Belle.

Por eso el pueblo tenía una bien merecida reputación de inmoralidad. No obstante, había un puñado de buenas familias que vivían allí. Adam decía que sólo se debía a que se habían instalado antes de comprender su error.

A Candy Rose jamás se le permitía ir sola a Blue Belle. Y como Adam jamás salía del rancho, los encargados de acompañarla en sus incursiones eran Charlie, Tom o Kuki. Los hermanos se turnaban, y si no convenía que ninguno de ellos abandonara sus tareas, Candy Rose se quedaba en la casa.

Kuki frenó a los caballos cuando llegaron a la cima de la colina que separaba, del camino principal, al pueblo de la propiedad White.

Candy le pediría que se detuviese en el instante en que llegaran a la última curva que iba hacia el valle.

Fue tan predecible como siempre.

-Por favor, deténte un minuto. He estado lejos mucho tiempo.

Detuvo los caballos y esperó, paciente, la próxima pregunta. Le llevaría uno o dos minutos. Primero tenía que ponerse sensible, y luego se le llenarían los ojos de lágrimas.

-¿Lo sientes? En este mismo instante, ¿sientes lo mismo que yo?

Kuki sonrió.

-Me haces la misma pregunta cada vez que te traigo a casa. Sí, lo siento.

Sacó el pañuelo y se lo dio. Hacía mucho tiempo que había aprendido la conveniencia de llevar uno para ella. Una vez, cuando aún era pequeña, usó la manga de su camisa para limpiarse la nariz. No estaba dispuesto a permitir que eso se repitiera.

Tenían una vista panorámica del rancho y de las montañas que lo circundaban. Por mucho que lo recordara, cada vez que volvía al hogar, la primera vez que veía semejante belleza, se sentía transfigurada. Adam le explicó que eso se debía a que glorificaba la creación de Dios, y se sentía humillada ante ella. No estaba segura de eso, pero la vibración de la vida que surgía de la tierra la emocionaba como ninguna otra cosa. Quería que sus hermanos también sintieran ese vínculo entre Dios y la naturaleza, y Kuki era capaz de admitir que sí, que sentía el pulso de la vida latiendo alrededor... pero sólo ante ella. Aunque la tierra nunca era la misma de una vez a otra que se contemplaba, siempre estaba ahí.

-Está tan viva y es tan bella como siempre, Candy Rose.

-¿Por qué Adam y tú siempre os referís a Montana como si fuese una mujer?

-Porque actúa como si lo fuese -respondió Kuki sin sonrojarse ni sentirse incómodo por semejante tontería, porque sabía que su hermana lo comprendía-. Es caprichosa y vana, y nunca se deja domesticar por ningún hombre. Ya lo creo que es una mujer, y la única que jamás amaré.

-Me amas a mí.

-Tú no eres una mujer, Candy Rose: eres mi hermana.

La muchacha rió. El sonido rebotó entre los pinos. Kuki alzó las riendas y fustigó a los caballos para que bajaran la suave cuesta.

Ya se habían demorado bastante.

-Si es una mujer, nos ha acogido en su seno. Me pregunto si mis rosas ya están empezando a despertar.

-Ya deberías saber que esas flores que encontraste no son rosas. Son higuerillas rosadas.

-Sé lo que son -respondió-. Pero se parecen a las rosas.

-No.

Ya estaban riñendo. Candy suspiró, contenta, con su atención concentrada en el hogar. Dios, estaba dichosa de volver a ver el rancho. La casa de madera era bastante modesta, pero a ella le parecía hermosa. El porche, o galería, como a Adam le gustaba llamarlo, abarcaba el contorno de la casa en tres de sus lados. En verano, se sentaban afuera todas las noches, y escuchaban la música nocturna.

No vio a su hermano mayor trabajando afuera.

-Apuesto a que Adam está trabajando con los libros.

-¿Por qué lo dices?

-Es un día demasiado hermoso para pasarlo metido dentro, salvo que haya trabajo que hacer con los libros -dedujo-. Estoy impaciente por verlo. Date prisa, Kuki.

Estaba ansiosa por reencontrarse con los hermanos. Tenía regalos para todos, incluso una caja llena de libros que Adam disfrutaría, papel de dibujo y lápices nuevos para Kuki, que estaba diseñando una edificación nueva para agregar al rancho; medicinas y cepillos para Tom, para usar con los caballos, un diario nuevo para Charlie, que llevaba la historia de la familia, varios catálogos, semillas para el jardín que ella misma sembraría detrás de la casa, bajo la supervisión de Adam, chocolates, y camisas de franela para todos ellos.

La reunión fue tan maravillosa como imaginó. La familia permaneció conversando hasta altas horas de la noche. Kuki no le habló a sus hermanos del abogado que había visitado el colegio de Candy hasta que la muchacha se fue a acostar. No quería preocuparla, aunque él sí estaba preocupado. Ninguno de ellos creía en las coincidencias, y comentaron cuanto motivo se les ocurrió para que el abogado hubiese buscado información sobre la familia White. Cuando jóvenes, tanto Tom como Kuki habían cometido delitos, pero el tiempo y la distancia de aquellos malhechores que fueron los habían convencido de que los delitos ya estaban olvidados. La preocupación real era por Adam. Si el abogado había sido contratado por los hijos de su antiguo dueño, les aguardaban dificultades.

Todos ellos sabían que el asesinato no sería perdonado. Adam había arrebatado una vida para salvar otras dos. Fue accidental, pero a los hijos no les importarían las circunstancias. Un esclavo había golpeado a su padre.

No, esa muerte no sería olvidada ni perdonada. Sería vengada.

Pasó una hora de discusión en susurros, y luego Adam, como cabeza de familia, declaró que era una tontería afligirse y especular. Si, en verdad, había una amenaza, tendrían que esperar para averiguar de qué se trataba.

-¿Y entonces? -preguntó Kuki.

-Haremos lo que sea necesario para protegemos -dijo Adam.

-No dejaremos que nadie te cuelgue, Adam. Sólo hiciste lo que tenías que hacer -dijo Charlie.

-Estamos advertidos -dijo Adam-. Mantendremos la guardia alta y esperaremos.

La discusión acabó.Pasó un mes entero, pacífico y trabajo marchaba como siempre, y Charlie y Tom empezaban a creer que nada saldría del interrogatorio del abogado.

Pero, al fin, la amenaza se presentó por sí misma. Su nombre era William Albert Andrew, y era el hombre que iba a desgarrar sus vidas.

Era el enemigo.

12 de noviembre de 1860

Querida Mamá Rose:

Tu ijo quería te muestre mi escritura y por eso te escribo esta carta a ti. Todos trabajamos en gramatica y hortografía, dezpués que Candy Rose va a acostarce. Tu ijo es un gran se riie cuando hacemos error y siempre tiene algo vueno que decir cuando termina la jornada. Como ahora somos hermanos, creo que también eres mía.

Tuyo, Kuki..

CONTINUARA

Chicas, estoy triste porque la pagina no me deja leer sus comrntarios... La descripcion fisica de Candy de esta historia, no le he echo cambios, es rubia, con rizos y pecosa, solo cambie el color de ojos de azules a verdes.

Ya crecieron, esta novela cuenta con 700 pag, es larguita.

Espero que nos guste mucho, hasta el momento a mi me ha fascinado, es que hasta la personalidad de la pecosa es igual.

Un abrazo.

Aby