¡Saludos, lectores!
Después de tanto tiempo vuelvo a asomarme por estos lares (¡vergüenza debería de darte, ya ni lectores debes tener!, escucha la autora a lo lejos, pensando que el dúo dinámico empezará otra vez con sus acostumbradas interrupciones). Ejem, me disculpo por mi prolongada ausencia. Pero para compensarlos, y como regalo de mí-para-mí por mi segundo cumpleaños, les traigo una mega-actualización, 6capítulos6, de la cual forma parte este capítulo final de Después (para encontrarse de nuevo).
Allpheratz: Muchas gracias por tus comentarios y por leer este desvarío. Lo de la armadura viene en este capítulo. Sí, Shuncito se defiende de la desconfianza de Shiryu (¡se pasa el Dragón, muy rígido), y la incomodidad con Saori, que llegó a quitarle al menordomo de encima. Espero te agrade el desenlace con la aparición del Fénix… A ver cómo se pone el asunto con los hermanos; ninguno está contento.
SakuraK Li: Sí, en buen lío me había metido, pero bueno, Shunny es noble y la diosa es comprensiva. Muchas gracias por leer y por tus palabras, espero te agrade este final de fic, con el cuñado de muchas, el que me ha nombrado su enemiga número uno en más de una ocasión. A ver qué te parece el capítulo, espero esté a la altura.
Tot12: Muchas gracias por seguir comentando. Ya verás cómo se da el regreso del Fénix, pues además tiene muuucho que explicar. Y bueno, Shunny seguro está feliz, pero tiene sus dudas… Espero te agrade este desenlace.
InatZiggy-Stardust: Amiga, muchas gracias por tus comentarios, por seguir leyendo todos mis desvaríos. Pobre solitario Shun, tienes razón, la incomodidad de que lo auxilie la persona a quien atacó antes, pero bueno, Saori lo conforta y el menordomo ahora sí no se salió con la suya. Espero te agrade este final entre los hermanos, hay mucha duda y el Fénix le debe una buena explicación a su hermanito.
Yhemira: Amiga, miles de gracias por leer y dejar tu huella por acá. Pobre Shun, se siente tan solo, pero lo bueno es que esta vez no se dejó del menordomo; la ocasión anterior tuvo sus razones, ahora es distinto. Y bueno, Saori que intenta aliviar a su caballero de Andrómeda, tanto ayudándolo como intentando que se sienta mejor anímicamente, ¡ah, mi bello Shunny! Espero que te guste el capítulo en el que hace su triunfal aparición Ikki, debe muchas explicaciones…
Por cierto, no me gustó que lo mataran en el Omega, aunque fue emotivo, pobre Shun, sufriendo de nuevo la muerte de su niisan.
Alyshaluz: Gracias por leer y comentar… Sí, Shunny se siente incómodo, pero bueno, quizá muy en el fondo le agradó a Saori lo que pasó en su habitación, ja, no sé. Lo bueno es que ella no le reclamará más, y tampoco hay peligro, la nobleza de Shunny es enorme. Aquí está el final, espero te guste la aparición de Ikki.
Crys: Gracias por leer, aquí está el desenlace, el tan esperado Fénix hace su aparición, espero te guste.
A todos, miles de gracias por acompañarme estos dos años de desvaríos y experimentos locos. Ojalá les guste este final, Shunny e Ikki, hay mucho qué decirse, el Fénix debe unas cuantas explicaciones…
Copyright a Kurumada por sus personajes, que nos presta para atormentar un poco (¿un poco?, grita Ikki a lo lejos), ahora sí, buen provecho que hay más celebración (la autora hace una reverencia, Mascara de Muerte grita que seguro el lugar está vacío, carcajadas de él y de Ikki).
3.- Ikki niisan
Entro. Esta habitación parece distinta ahora, después del ataque del caballero de la llama. Observo el espejo, acaricio la pared; sí, necesito convencerme, comprobar la solidez de estas cuatro paredes. Necesito también tocar la urna de mi armadura, las piezas que Hyoga le arrebató al Cisne Negro durante la pelea con mi hermano y sus hombres.
Mi hermano. Aún no puedo creerlo. Sonrío sin querer, Ikki está vivo, vivo sin explicación. Es como si mi ataque nunca hubiera sucedido, como si fuera una pesadilla el momento en el que lo arrojé contra aquel peñasco, el momento en el que cayó y el alud de rocas y polvo lo enterró, haciéndolo desaparecer de mi vista.
Pero junto a mi sonrisa está ese remordimiento luego de levantar mi puño en su contra. Y la duda: ¿por qué lo hizo, por qué me engañó? No me atrevo a preguntárselo, no me atrevo a reclamarle.
Debe ser otro, por supuesto, o no me habría salvado de la muerte en medio de aquella hoguera. Aun así…, no sé, todavía no quiero ir a la sala, donde a Saori se le ocurrió hacer un brindis. En cuanto descansen, dijo, me gustaría que nos reuniéramos con Hyoga, Seiya y Shiryu para celebrar. Para celebrar…
Sigo pensando en mi hermano mientras entro al baño y abro la regadera. Quizás el agua me aclare las ideas, quizás el vapor en el espejo… Pero no, tengo tantas dudas. Lo cierto es que preferiría quedarme aquí siempre, cerrar la puerta, que se olvidaran de mí y regresaran a la mansión.
Ikki, susurro una vez fuera. Los pantalones, los calcetines, los zapatos, me aliso los mechones húmedos, me veo en el espejo que está junto a la puerta. Mi espalda, todavía escucho el eco de los golpes de Tatsumi pero ya casi no se notan, o eso creo. Si me acercara al espejo podría distinguir algún rasguño leve, alguna cicatriz… No alcanzo a comprobar si persisten mis heridas porque mi hermano empuja la puerta y me interrumpe.
–Shun…
Su voz parece más un golpe a la pared que un saludo o un llamado. Permanezco en silencio, dándole la espalda al espejo, la cabeza vuelta hacia el dintel, donde Ikki sigue de pie, ahora tan callado como yo.
–Hermano…
Sacudo la cabeza, es raro llamarlo como cuando éramos pequeños. Y eso no me gusta; se trata de mi hermano, así que esa palabra debería ser tan natural como la respiración.
–¿Qué estás haciendo?–, Ikki rodea la cama, llega junto a mí, se alza el silencio durante unos segundos; un silencio muy pesado y muy ancho. Al fin agrega: –¿Quién te azotó?
–N-no…
No quiero que se entere.
–Esas son marcas de cinturón. O de fusta.
Veo mi hombro, la cicatriz rosada que baja por el brazo derecho. Seguro tengo más cicatrices que no puedo ver, pienso. Luego encuentro la mirada de roca de mi hermano. Y voy de sus ojos al muro, a mi reflejo, después volteo hasta quedar frente a frente.
–¿Fue Tatsumi?
Lo evito, no sé qué responder.
–¡¿Y por qué diablos dejaste que te golpeara?!–, grita.
Una bofetada, otra, la tercera la detengo alzando la mano.
–Ya no eres un niño, ¿por qué no te defendiste?
El mentón de Ikki tiembla y yo cierro las manos en un puño. De pronto siento ganas de reír.
–¿Ahora qué sigue, vas a actuar como el hermano protector que eras antes, cómo mi hermano mayor? ¡¿Y entonces el monstruo de Reina Muerte qué, dónde está?! O ya no existe porque acabas de salv…
El puño de Ikki deshace mi sonrisa chueca y me lanza hacia atrás. No hay un muro a mi alcance, termino sentado en el suelo de madera luego de golpearme la cabeza contra la cómoda. No puedo evitarlo, lágrimas de coraje recorren mi rostro y van a diluir la sangre de mi nariz, la que escurre de la comisura de mis labios. Empiezo una letanía que parece un collar de perlas roto:
–Sí, el mayordomo de los Kido fue el que me azotó, y sabes qué, ni siquiera debió inmovilizarme, yo se lo permití, apoyé las manos en el árbol donde entrenábamos siendo niños y cerré los ojos y apreté los dientes para no quejarme, y la hebilla de Tatsumi me hirió no sé cuántas veces, a cada instante con más saña. Sí, aun pudiendo defenderme decidí permitírselo. ¿Y sabes por qué? Por ti, porque allá en Valle de la Muerte me atreví a levantar el puño contra la persona que se hizo cargo de mí desde siempre, contra el hermano que fue padre y amigo y un consuelo durante las horas de entrenamiento, durante los castigos en la habitación oscura. Me atreví a atacarte con la totalidad de mi cosmos a ti, que varias veces sufriste en la piel los golpes a mí destinados, todavía lo recuerdo, no sé por qué la maldita amnesia no se llevó eso. ¿Y sabes también por qué dejé que Tatsumi me azotara? Porque le falté a respeto a Saori, porque me aproveché de una mujer, yo… Yo… No, no es algo de lo que pueda enorgullecerme. Merecía ser castigado, Ikki, por lo de Saori, por lo del Valle de la Muerte y por haber asesinado a un grupo de marinos que defendían su nave. ¿Me ves así, te asombra que tu hermanito tenga un cosmos tan agresivo y tan poderoso, similar al tuyo, y que se haya valido de él para matar a varios inocentes y para atacar a su hermano, te asombra que un adolescente se haya comportado como un aprovechado en la recámara de una joven? No deberías sorprenderte, Ikki, pues tú fuiste el arquitecto de ese ser de manos sucias, nadie, sólo tú, de tus dedos es que brotó la persona que soy ahora, la llena de remordimientos y de dudas, la atenazada por la culpa… ¿Por qué, Ikki, por qué tenías que engañarme en la Isla de la Reina Muerte? Tus hombres me llevaron contigo, luego me diste tu nombre y me pusiste aquella máscara, ¿por qué, Ikki?, desde atrás de esa expresión de demonio yo… Y nunca creí ser capaz de actos semejantes, Ikki, ¿por qué?... ¿Por qué?...
En este punto mi voz se encuentra húmeda de sollozos, no puedo evitarlo. Sólo quiero saber las razones de mi hermano. Volteo para mirarlo. Su rostro, aunque no sangre, como el mío, es el de alguien que ha soportado puñetazo tras puñetazo.
–Shun…
No dice más. Está desarmado. Podría devolverle por lo menos la primera de sus bofetadas, pero no me atrevo.
De pronto mi hermano es una estatua arrodillada. Yo… N-no merezco…, susurra, una y otra vez, y yo termino sentado junto a él, de rodillas, pendiente de cada palabra; no me gustaría dejar escapar ninguno de sus susurros. No debería vivir, dice, no lo merezco, repite, abusé de tu desmemoria, dice, me observa, inicia un relato dentro del que no me reconozco.
Empieza con un ataque a un barco, mitad de pasajeros mitad de carga y correspondencia. Hay muertos en cubierta, dentro de sus camarotes, hay una quilla rota de lado a lado y un prisionero de ojos vacíos que sólo camina y se deja conducir por sus captores, que no opone resistencia y se abandona en el rincón hasta el que lo guían esos extraños, esas sombras sólidas, quizá reflejo de cuerpos que habitan otro mundo. Hay un cambio de planes, un regreso al lugar de origen, a la Isla de la Reina Muerte. Hay un desembarco, una prisión y una plática acerca de las habilidades sobrehumanas del bulto que apresaron durante el ataque al barco. Hay una armadura negra y una de bronce que termina oculta, una máscara que liberó la oscuridad de su nuevo portador y un asombro, pues la creían un segundo rostro y nada más. Hay, al final, una confesión a retazos:
–Se me ocurrió… yo… siendo tan poderoso, podía usar tu cosmos… para mis fines… para robar la armadura de oro…
Hay lágrimas semejantes a las mías, pues también son de agua y sal y como las de los demás, ponen un halo rojizo en torno a los párpados de la persona que llora.
–Te traicioné. No merezco vivir…
No digas eso, pienso, pienso que pienso. Me doy cuenta de que interrumpí a mi hermano cuando me mira en silencio. En sus ojos veo lágrimas que intenta retener. Y atrás de ellas estoy yo, mi expresión preocupada, la que recuerdo haber puesto cuando Seiya rompía una ventana de un balonazo, cuando Ikki desafiaba las órdenes del señor Kido en boca de Tatsumi y se negaba a entrenar con los demás, a dejarme a solas para que aprendiera a defenderme yo mismo.
No sé qué es lo que ve Ikki en mis ojos pero sonríe un poco, antes de bajar la vista y pedirme perdón desde sus hombros humillados. Yo sonrío, apoyo una mano cerca de su cuello. Ahora me gustaría no haberle dicho nada, no haber reclamado. Perdóname, lo escucho repetir.
–No hay nada qué perdonar, eres mi hermano, y tantas veces me salvaste cuando éramos niños, que en verdad mi vida te pertenece.
–Pero no tenía derecho a pervertirla–, me interrumpe con la voz firme de antes, del niño que aseguró que volverse fuertes era la única posibilidad de sobrevivencia para dos huérfanos.
No sé qué decirle. Por fortuna el llamado en la puerta le responde. Ikki se pone de pie y gira la perilla. Es Tatsumi. La señora los está esperando, dice y se retira. Escucho sus zapatos golpeando los tablones del pasillo y regresa el árbol, mis dedos aferrados a las marcas de los puños de mi hermano, la hebilla. Al voltear a ver a Ikki noto su rostro tenso, el ceño, donde reposa una cicatriz profunda y negra, fruncido, más que cuando me reclamó el no haberme defendido. Vamos a alcanzarlos, digo, voy a enjuagarme la sangre, me pongo una playera y salgo junto a Ikki al pasillo, al ambiente festivo que gira dentro de las cortinas gruesas que separan la cabaña del viento nacido en las cumbres.
Mientras camino al lado de mi hermano pienso que valió la pena soportar la hoguera que el caballero encendió a mi alrededor, que fue bueno que la tontería de Tatsumi guiara al enemigo hasta nuestro escondite. Para traer al Ikki de antes, sí, valió la pena.
–¿Por qué tardaron tanto?–, pregunta Hyoga con una sonrisa. Al fondo de la sala, Tatsumi avanza con una charola, varias copas, una botella. El mayordomo sirve y Saori nos ofrece la bebida, un líquido anaranjado, fresco y de olor dulce.
–Shun…
Es la voz de la anfitriona. Su brazo se alarga hacia mí desde una lejanía brumosa, tanto que parece incierta. Pero sentir entre los dedos lo frío del cristal, su fragilidad, me devuelve a este instante, cuando Ikki me observa tranquilo, cuando Seiya propone un brindis para luego preguntar "¿Estás contento, Shun?", y yo respondo:
–Sí, mucho. Es el día más feliz de mi vida, al fin estamos juntos, hermano, estoy tan…
Y aunque mi voz se quiebre en una lluvia de lágrimas, aunque debajo de mi cuerpo mi espíritu esté atravesado por la culpa, es cierto: es el mejor día de mi vida. Ojalá mi maestro se encuentre a salvo y pueda sentirlo a través de mi cosmos.
¿Contento?, la autora observa a Ikki con el ceño fruncido y luego se cruza de brazos. Parece más alta, el Fénix evade esa mirada molesta.
–Usaste a Shun, por tu culpa hizo algo que nunca haría y pagó las consecuencias…
Silencio del Fénix.
Más allá, Shun se frena en su tentativa de intervenir. Ikki se lo merece, le dijo antes la autora, y él sólo pidió que no fuera tan dura con su hermano.
