Ch 3 Un encuentro inesperado
Camino hacia el bosque, toda mojada y muerta de frío. Estoy un poco confundida, mareada por el revoltijo que sentí bajo el agua. Pero más me llama la atención las voces que siento. En los años que vine al bosque con mi padre y luego sola, jamás había visto a nadie. Ahora, a la distancia, los veo. Están corriendo como diablos entre los árboles, parecen dos o tres. Es difícil darse cuenta, porque están vestidos todos de verde, como si estuvieran camuflados.
Realmente no entiendo nada. La única vez que vi gente así vestida fue … ¡Claro! En los libros de historia que usé en la Academia de Agentes de Paz, en donde mostraban fotos de los rebeldes del Distrito 13. En la zambullida debo haberme golpeado la cabeza porque estoy segura que son alucinaciones. Camino un poco confundida cuando, unos disparos me vuelven a la realidad. Acto seguido, se materializan cinco o seis hombres vestidos de blanco, Agentes de Paz, por lo que veo. Pero necesito parpadear y fregarme los ojos para darme cuenta, realmente, que no estoy alucinando. El uniforme de los Agentes de Paz, que es blanco, pero es un modelo viejo, como hace más de , ¿setenta años?
A mi alrededor, todo parece normal. Los árboles presentan los primeros brotes de la primavera, el aire está cargado con el olor de las nuevas flores y los tréboles. Me toco la cabeza para chequear si tengo algún chichón, pero no me duele nada. Mi pulso está acelerado, pero lo atribuyo a la carrera y al estado de shock en el que estoy. Sin embargo, no puede entender qué es lo que está pasando a mi alrededor.
A un costado, hacia delante, siento un estruendo, la tierra se mueve y, delante de mí pasa un convoy de hombres en uniformes verdes, primero una gran camioneta, seguida por otros montados en motocicletas y, finalmente, un par a caballo. Están vociferando órdenes, pero no puede entender lo que dicen.
¿Será que al Capitolio se les ocurrió filmar una dramatización de la lucha contra los rebeldes del Distrito 13? Me parece raro que Gale no me haya avisado, quizá necesitaban extras y podría haber participado. Entonces, como no quiero estropear la filmación, introduciendo una nota de falsedad histórica en la escena, trato de moverme hacia otro lado.
Me siento a tomar un poco de aire y, un poco más tranquila, trato de retomar el camino hacia la pequeña cabaña, buscar mis cosas y volver al Distrito 12. Pero me sorprendo al notar que hay más árboles que antes, en realidad más arbustos, que comienzan a raspar la piel de mis piernas desnudas. Además, mis botas están mojadas y hacen bastante desagradable mi caminar.
Sigo caminado entre los árboles cuando una mano me agarra el brazo y me detiene. Evidentemente, sea quien sea, estaba escondido entre los troncos, camuflado entre ellos. Rápidamente, otra mano me tapa la boca y siento que soy arrastrada contra un árbol. Presa del pánico, comienzo a sacudir los brazos, intentando zafar de los fuertes brazos que me sostienen. Sin mucho éxito, bajo la mirada para notar cierta familiaridad en la forma de la mano y el antebrazo que me sujetan a la cintura. En un nuevo intento, sacudo la cabeza para librarme de la mano que tapa mi boca y poder dar vuelta mi cabeza para identificar al captor.
- ¡Gale!- digo sorprendida- ¿Me seguiste hasta acá?
Instintivamente mi cuerpo se relaja al ver la cara familiar de mi esposo, aunque el alivio va siendo lentamente reemplazado por fastidio. ¿De dónde había sacado la idea de hacerme una broma así? ¿Por qué no me pidió venir conmigo? ¿Habrá acompañado al equipo de filmación y quería sorprenderme?
Gale me suelta, pero al inspeccionarlo más sigilosamente, siento algo raro. No es sólo que lleva un uniforme de Agentes de Paz muy antiguo, sino también su olor y algo más que no puedo explicar. Se me eriza la piel.
- Usted no es Gale- lo increpo.
- No- asiente mientras comienza a estudiarme con considerable interés - Aunque tengo un primo que se llama así. Dudo, sin embargo, que sea él con quien me ha confundido, señora. No nos parecemos mucho.
No tengo idea de qué primo está hablando, pero no dudo un instante en pensar que éste hombre podría ser el gemelo de Gale. La similitud es sorprendente. La misma altura, pelo negro liso, piel aceitunada, incluso los mismos ojos grises. La única diferencia es que el pelo está cortado aún más corto, casi rapado y su piel luce un profundo bronceado de meses, no, años de exposición a la intemperie, mucho más oscuro que nuestro tono oliváceo.
-¿Quién es usted? -exijo saber, ya muy inquieta.
Estoy segura de que ésta persona no es pariente de Gale. No es que conozca a todos, pero si hubiera tenido un pariente en el Distrito 12, estaríamos quedándonos con él, ¿no? Lo hubiéramos visitado y hubiésemos hablado sobre el ya legendario Jack Hawthorne el Negro. El hombre delante de mí enarca una ceja, como sorprendido por mi pregunta.
- ¿Quién soy yo? Debería hacerle la misma pregunta, señora, y con mucha mayor razón.
En el momento que comienza a mirarme de pies a cabeza soy consciente por primera vez de mi estado: mi musculosa blanca, todavía mojada, está adherida a mi cuerpo dejando muy poco a la imaginación. Los shorts de jean, también mojados, son tan cortos que dejan una gran cantidad de mis piernas expuestas. Claro, quería tomar sol. Él hombre me sigue mirando con insolencia y se detiene, con expresión divertida, en mis piernas. No llego a comprender el significado de su mirada, pero inmediatamente comienzo a sentirme nerviosa e, instintivamente, comienzo a caminar hacia atrás hasta chocar con un árbol.
Consciente de mi reacción, el hombre aparta su mirada y se mueve a un lado. Una bocanada de aire sale por mi boca, como si me hubiese liberado de una presión desconocida. Se da vuelta y se agacha para levantar su casco, le sacude las hojas y lo veo con claridad: es blanco, como el que uso yo, pero de un diseño, ¿viejo? Debe ser un actor del Capitolio, de los que participan en la filmación junto al grupo que vi hace un rato. ¿Actor? Pero el arma que lleva con él no parece de utilería, parece tan real como la que llevo yo cuando estoy de servicio.
Tratando de recomponer mi confundido estado, me recuesto un poco sobre el árbol que tengo detrás. Inspirando fuerte para tomar fuerzas, me cruzo de brazos y lo encaro con voz decidida.
- ¿Quién demonios es usted? – lo increpo.
El tono de voz delata que estoy asustada, sin embargo, él me ignora, mientras termina de ajustar su cinturón, como si no me hubiera escuchado. Al terminar, vuelve su rostro hacia mí y declara.
- Yo, señora, soy Cato Hawthorne, capitán de la Delegación de Roanoke, fuerza de Agentes de Paz de Panem.
Mi cuerpo se da vuelta antes de darme cuenta y comienzo a correr entre los árboles presa del pánico. Las ramas de los árboles y los pastos altos se me clavan en la piernas, pero no dejo de moverme. Oigo que está gritando detrás de mí, pero no hay lugar en mi mente para un pensamiento racional; necesito escapar de aquel hombre. En mi huída, no puedo ni ver por dónde voy hasta que siento que algo muy pesado me golpea la espalda y caigo hacia delante con tanta fuerza que me saca la respiración. Mi cuerpo se estremece. Todo lo que he experimentado desde que caí al lago confirma que éste hombre que se hace llamar Cato Hawthorne es, en efecto, el abuelo de Gale. Y, aunque trato de luchar contra esa conclusión, no logro formular ninguna otra teoría que encaje con los hechos.
Unas manos extrañamente conocidas me dan vuelta y, sin mucho sobreaviso, el capitán Cato Hawthorne se lanza sobre mí, con la respiración agitada por la carrera. A diferencia del anterior encuentro, noto en sus ojos que está muy enojado.
- ¿Por qué demonios salió corriendo de esa manera? – me pregunta.
Aplastada por todo su peso, muy similar al de Gale, comienzo a luchar para liberarme, pero mis movimientos parecen ser malinterpretados y me doy cuenta que su ira es reemplazada por una mirada lujuriosa.
- ¿Con que eso es lo que quieres? – me dice con una carcajada - Bueno, me encantaría complacerte, preciosa, pero ocurre que has elegido un momento inoportuno.
Utiliza todo su peso para presionar mis caderas contra el suelo, haciendo que una piedra se clave en mi espalda. Mientras trato de apartarle, el vuelve a mover las caderas con fuerza hacia mí, tratando de aumentar el roce de su entrepierna contra mi cuerpo. Abro la boca para emitir un quejido, pero no llego a expeler sonido ya que antes de eso su boca se estrella contra la mía. Su lengua penetra mi boca descaradamente y comienza a explorarme con increíble confianza. Y tan rápido como comienza, se aparta, acariciándome la mejilla.
- Muy agradable, preciosa. Tal vez más tarde, cuando tenga tiempo de atenderte como corresponde.
Habiendo recuperado el aliento y el uso de mi boca, le grito con toda la fuerza que tengo al oído. Él se sobresalta como si le hubiese clavado un cuchillo. Aprovechando el efecto sorpresa y mis conocimientos de lucha, levanto mi rodilla y se la hundo en un costado, haciéndolo caer en un colchón de hojas. Con torpeza, logro incorporarme nuevamente, mientras él rueda por el suelo y se detiene a mis pies. Miro a mi alrededor con desesperación, tratando de encontrar una vía de escape. Pero es como si lo árboles hubieran formado una pared. De repente, se pone de pie y me atrapa entre tres troncos.
- ¿Con quién estabas? – me pregunta autoritariamente - ¿Con ese Gale no sé cuántos? No tengo ningún hombre con ese nombre en mi compañía. ¿Acaso se trata de alguien que vive por aquí? No hueles a estiércol, así que no has estado con ningún campesino o un rebelde. De todos modos, pareces demasiada cara para ellos.
Siento la bilis y la furia dentro mío, no me gusta nada de cómo me está tratando.
- ¡No tengo ni la menor idea de qué está hablando y le agradecería que me dejara pasar de inmediato! – le contesto como me enseñaron en la Academia cuando tengo que dar órdenes.
Pero mi tono sólo parece divertir al capitán Hawthorne, que menea la cabeza y vuelve a mirarme de pies a cabeza como si fuera a devorarme:
- Todavía no, preciosa. Me pregunto, ¿por qué una puta casi desnuda lleva sus botas puestas. Botas de muy buena calidad, por cierto.
- ¿Una qué? – le grito.
Sus ojos se clavan sobre mi cara e ignora por completo mi pregunta. Da un paso hacia delante y me toma el rostro por la barbilla. Yo lo tomo de la muñeca y lo aparto.
- ¡Suélteme!- grito.
Pero sus dedos parecen de acero y, sin soltarme, mueve mi rostro de un lado a otro, inspeccionándome.
- Tu piel está cuidada, como una señora del Capitolio, lo juraría – murmura.
Se acerca otro poco y hunde su nariz en mi pelo e inspira, para olerme.
- Y hueles bien, muy bien.
Me suelta descaradamente e, instintivamente, paso mi mano por dónde había puesto la suya, como tratando de quitar la sensación.
- Me han hablado de las putas caras que hay en el Capitolio, las que parecen damas, pero que, en realidad, vuelven realidad cualquier fantasía. Pero hace demasiado tiempo que estoy en éstas tierras llena de forajidos.
- Quítese de mi camino. Mi marido me está esperando y si no regreso en diez minutos, vendrá a buscarme.
-¿Tu marido?
Me mira sorprendido, aunque el efecto dura poco.
- ¿Cómo se llama tu marido, pues? ¿Dónde está? ¿Y por qué permite que su esposa ande sola por los bosques desiertos casi desnuda?
A medida que recobro mis facultades, me doy cuenta que no puedo contarle a éste hombre sobre Gale, ni develarle mi identidad. Descartando toda posibilidad de responder a su pregunta, lo empujo para poder pasar. Él me bloquea la salida con uno de sus musculosos brazos, extendiendo la otra mano hacia mí. De repente, oigo un fuerte silbido proveniente de arriba, seguido de algo borroso y un ruido seco. Acto seguido, el capitán Hawthorne está tirado en el suelo, a mis pies, debajo de un jadeante cuerpo vestido de verde camuflado. Él hombre de verde alza un puño y golpea contra una parte ósea del capitán, a juzgar por el sonido resultante y puedo ver cómo se aflojan las piernas inquietas del capitán.
Con la misma rapidez con que apareció, quedo enfrentada a unos ojos verdes cuyas motas doradas se parecen al color del que están delineados. La poderosa mano que me ha librado de las indeseables atenciones del capitán Hawthorne me sujeta el brazo como unas tenazas.
-¿Y quién demonios es usted? – le pregunto.
Frente a mí, hay un joven bastante atractivo, unos centímetros más alto que yo, delgado, con pelo corto, color castaño, con la única concesión de un delineador de ojos dorado aplicado con generosidad, que brilla aún más sobre su piel chocolate.
- Por aquí- me dice tirando de mi brazo.
Aunque no lo he visto nunca, su voz me trae calma y, sin preguntarme mucho por qué, lo sigo obedientemente. Él se abre camino a través de los árboles y arbustos con rapidez hasta llegar a una saliente rocosa. Me indica nuevamente que lo siga a la derecha hasta encontrar un sendero cubierto de tojos y brezos, tan zigzagueante se hace imposible ver hacia dónde vamos. Por la ubicación del sol, estoy segura que nos estamos alejando del lago, pero sospecho que es en dirección opuesta al Distrito 12. Ahora comenzamos a subir por una colina, totalmente desconocida para mí y la ladeamos hasta encontrar el sendero que marca el descenso.
- ¿A dónde vamos?- pregunto.
Pero no me contesta.
- ¿Adonde diablos vamos?- le grito.
El hombre se vuelve hacia mí con el rostro enfurecido y me empuja fuera del sendero. Intento abrir la boca para protestar, pero él me la tapa, me tira al piso, con él encima. Esa parece ser la constante desde que salí del agua, hombres calientes que se me tiran encima. Mientras me retuerzo para tratar de liberarme, logro escuchar lo que aparentemente él había escuchado antes que yo: voces, muchas voces que gritaban, pasos y chapoteos. Quiero liberar mi boca y, en el intento, logro clavarle mis dientes. Pero, evidentemente, esa no es buena idea porque, segundos después, siento que algo me golpea en la nuca y todo se vuelve negro.
La cabaña de piedra se materializa ante mí, de pronto, en medio de la niebla nocturna. Es similar a la que conozco cerca del lago, pero mucho más grande, más armada, con ventanas y todo. Los postigos de madera están cerrados y sólo dejan pasar un hilo de luz. No puedo calcular cuánto tiempo estuve inconsciente, sé que cuando caí al agua debían ser las tres de la tarde y había estado huyendo por treinta o cuarenta minutos. Pero no sé cuánto hace que se puso el sol. Tampoco sé cuánta distancia habíamos recorrido ni hacia dónde quedaba el Distrito 12. Y para colmo, ¡estoy arriba de un caballo! Sólo había visto caballos en la ceremonia de las carrozas, en la apertura de los Juegos del Hambre. Pero no recordaba haber visto a nadie usarlos como medio de transporte común. En éste momento, estoy sentada delante de mi captor, con las manos atadas a la silla de la montura. Y, aunque estoy seca, mi piel está toda erizada por el frío de la humedad ambiente. Miro hacia delante, pero no puedo ver ningún camino por la niebla y me llama la atención que el caballo va a un paso sorprendentemente lento.
Hago un rápido análisis de mi condición, muevo los dedos de los pies, de las manos, muevo un poco el cuello, abro y cierro los ojos, la boca. Evidentemente, no tengo síntomas de contusión ni malestar alguno por el golpe, excepto dolor en la nuca. Mi captor, un hombre de pocas palabras, contesta mis preguntas, exigencias y comentarios ácidos siempre con un mismo sonido: "Mmmmfm". A medida que retomo la consciencia, mis ojos se adaptan a la penumbra y noto que nos acercamos a la cabaña.
Frenamos frente a la puerta. Mi captor me desata las manos de la montura y me mira con desconfianza. Sé que si intento huir, seré cazada en breve y recibiré un golpe nuevamente. Le hago una seña con la cabeza indicando mi aprobación y me extiende la mano para ayudarme a desmontar.
Son pocos los pasos los que nos separan de la entrada y cuando él abre la puerta para que entre, me paraliza la resplandeciente claridad de la cabaña. Al recobrar la visión, descubro que todo lo que sería la sala está iluminada sólo por una lumbre, varios candelabros y una lámpara de aceite de aspecto antiguo y peligroso.
-¿Qué traes ahí, Cinna?- pregunta una voz gruesa de hombre.
Mi joven captor, del cual ahora sé el nombre y que debe tener sólo unos diez años más que yo, me toma del brazo y me empuja un poco hasta que me acerca al fuego.
- Parece ser una mujer del Capitolio, por cómo habla Haymitch.
Haciendo una inspección rápida de la habitación, veo que hay varios hombres y todos me están mirando, algunos con curiosidad, otros con inconfundible lujuria. Bajando la vista noto que mis piernas están todas rasguñadas como consecuencia de las caídas y la huida. Pero también mi musculosa está rasgada y puedo ver la curva de un seno a través de un corte y estoy segura de que los hombres allí reunidos también lo ven. Pero si intento cubrirme, llamaré aún más la atención. Trato de elegir un rostro al azar y le clavo la mirada con descaro, en un intento por distraerlo.
- Del Capitolio o no, es bonita - responde el hombre, un de mediana estura, piel olivácea y pelo oscuro, típico de La Veta.
Tiene un trozo de pan en la mano y ni se molesta en dejarlo cuando se levanta, se dirige hacia mí y me toma de la barbilla como para inspeccionarme. Algunas migas de pan caen en el escote roto de mi musculosa, raspándome un poco. De a poco, los demás hombres comienzan a acercarse y me miran como si fuera un bicho raro. Todos están vestidos en forma similar, pantalones del tipo militar color verde o marrón camuflados con camisas haciendo juego. Otra cosa que es común en todos es el fuerte aroma a alcohol y sudor. ¿Acaso es la reunión de un regimiento clandestino?
- Acérquese, mujer – me indica un hombre que está sentado junto a la mesa, también de piel olivácea, pecho fuerte, cabello oscuro y ojos grises al que éste Cinna ha llamado Haymitch.
Por su aire de autoridad, parece ser el jefe del grupo. Cinna me conduce hacia la mesa al tiempo que los otros hombres se apartan para dejarme pasar, con desgano, como respetando su derecho de captor. El tal Haymitch me mira de pies a cabeza, estudiándome atentamente, como si fuera un animal, con expresión inmutable. Comparado con el otro que me tiró el pan, es más apuesto y no me mira con odio. Sin embargo, su rostro inspira miedo, no parece el de alguien que uno quiera provocar.
- ¿Cómo se llama? – me pregunta con voz suave para alguien de su tamaño.
- Katniss... Katniss Everdeen – balbuceo.
En segundos había decidió utilizar mi nombre de soltera, el mismo que utilizo en la fuerza de los Agentes de Paz. Si iban a pedir un rescate por mi secuestro, no quería guiarlos hacia Gale, es muy arriesgado para mí. Además, no quiero que ellos averigüen quien soy antes de averiguar quiénes son ellos
- ¿Qué cree que...?- intento protestar.
Haymitch me ignora, estableciendo un comportamiento que me está cansando.
- ¿Everdeen? – sus espesas cejas se enarcan y el resto de los hombre muestran sorpresa - Apellido inglés ¿verdad?
- Sí, es cierto – le contesto, aunque no se de qué me está hablando.
- ¿Dónde has encontrado a esta mujer? –pregunta Haymitch a Cinna, que está a un costado bebiendo de una cantimplora de cuero.
Mi captor se encoge de hombros.
- Cerca del lago, en la zona de los remansos. Estaba intercambiando unas palabras con un capitán de Agentes de Paz con quien tuve un breve encuentro – agrega mientras levanta una ceja haciendo un gesto – Por lo que pude escuchar, discutían sobre si ella era una dama o una prostituta.
El jefe del grupo, Haymitch, me observa cuidadosamente, ésta vez, tomando nota de los detalles de mi vestimenta.
- Entiendo- dice seriamente - ¿Y cuál era la posición de la dama en esta discusión? – pregunta haciendo un sarcástico énfasis en la palabra dama.
Sus dudas me enfurecen. A medida que los escucho, me doy cuenta que tienen el típico acento de los viejos habitantes del Distrito 12, bien marcado. El tal Cinna, parece divertido con las acotaciones de su jefe, me doy cuenta cuando sus labios finos esbozan una sonrisa torcida.
- Dijo que no lo era. Sin embargo, el capitán no estaba muy convencido, pero sí dispuesto a poner a prueba su teoría.
-Podríamos hacer lo mismo, ya que estamos – dice el hombre al que le había clavado la mirada al principio.
El hombre se me acerca con una sonrisa burlona mientras apoya sus manos en su cinturón. Trato de alejarme lo más que puedo, que no es mucho, dado el tamaño de la cabaña y la cantidad de hombres que hay adentro.
-Ya basta, Thom – lo reprime Haymitch, que aún me mira, ceñudo.
Evidentemente es la autoridad acá adentro, porque Thom desiste de tirarse encima mío como un perro en celo y adopta una cómica expresión de desilusión.
- No me gustan las violaciones y de todos modos, no tenemos tiempo- añade.
Aunque me alegra escuchar que no me van a violar, los rostros lujuriosos me siguen poniendo nerviosa. Me siento como si hubiera aparecido en público en ropa interior. De lo único que estoy segura es que estos hombres son muy peligrosos, aunque sea en su aspecto. Como consecuencia, me muerdo la lengua para reprimir una serie de comentarios no muy juiciosos que pugnan por salir a la superficie.
-¿Qué te parece, Cinna? - pregunta Haymitch a mi captor - Por lo menos ya sabemos que no le gusta Thom.
-No es prueba suficiente – objeta Cinna - No le ofreció nada. Ninguna mujer aceptaría a alguien como Thom sin un pago sustancial... por adelantado – agrega irónicamente, provocando una carcajada en sus compañeros.
Con un gesto brusco y decidido, Haymitch hace callar a todos y señala la puerta con la cabeza. Uno de los hombre, todavía sonriente, obedece y se pierde en la oscuridad luego de salir por la pequeña puerta. Cinna, que no había participado de la algarabía general, tiene el entrecejo fruncido mientras me observa, meneando la cabeza.
- No- dice decidido- No sé qué o quién será, pero apostaría mi mejor camisa a que no es una ramera .
En mi interior, ansió que su mejor camisa no sea la que tiene puesta, que está vieja y sucia.
- Bueno, si tú lo dices. Las conoces muy bien – interrumpe el tal Thom, pero Haymitch lo hace callar.
- Lo resolveremos luego – informa Haymitch con brusquedad - Tenemos un largo camino por delante esta noche y primero debemos hacer algo con Peeta. No puede seguir adelante así.
Aprovecho el cambio de tema para esconderme en las sombras, cerca de la chimenea con la esperanza de pasar inadvertida. Tal vez pudiera escapar mientras estaban ocupados en otra cosa. Ahora, toda la atención de los hombres se centra en un joven agazapado en un banco en un rincón. Apenas había levantado la vista durante mi aparición e interrogatorio. Había mantenido la cabeza agachada mientras se sujetaba con una mano el hombro contrario, como meciéndose de dolor. Haymitch se le acerca y, con suavidad, aparta la mano que le cubre el hombro. Cinna saca un manto que lo cubre, dejando expuesta una camisa verde sucia y manchada de sangre. Por detrás, aparece Thom que, sujetando la camisa por el cuello, la corta con un cuchillo descubriendo el hombro del muchacho. Al verlo, me quedo sin aliento, al igual que todos ellos. Un surco profundo y desgarrado cruza la parte superior del hombro y la sangre corre por su pecho. Pero lo que más me impresiona es la articulación, que es un bulto se eleva en el lugar del hombro, mientras que el brazo le cuelga en un ángulo imposible. Haymitch gruñe.
- Mmfm. Se le ha salido el hombro, pobre muchacho.
Por primera vez, el joven levanta su cara. A lo lejos, veo una mata de rizos rubios y su cara, a pesar de la tensión del dolor y de la incipiente barba rubia, tiene aspecto apacible.
- Caí con la mano extendida cuando la bala me tiró del caballo. Todo el peso cayó en la mano y ¡paf!, así quedó.
-Claro – dice Haymitch mientras examina el hombro pese a los gestos de dolor del muchacho - La herida está bien, es limpia. La bala salió por el otro lado. Y la sangre fluye bien.
El jefe del grupo toma un pedazo de tela sucio de arriba de la mesa y veo que lo utiliza para tratar de detener la hemorragia
- No sé qué hacer con la articulación. Necesitaremos un cirujano para devolver el brazo a su lugar. No puedes montar así, ¿verdad, Peeta?- le pregunta.
¿Una bala?¿Cirujano? ¿Montar? Empiezo a evaluar el lugar en dónde he caído. El tal Peeta, menea la cabeza. Se lo ve pálido.
-Me duele mucho sentado. No podría montar a caballo.
Veo que cierra los ojos y muerde su labio inferior, como conteniendo el dolor. Cinna habla en tono impaciente.
- Bueno, no podemos dejarlo, ¿no? Los Agentes de Paz no son buenos para rastrear rebeldes durante la noche, pero tarde o temprano van a encontrar este lugar, con o sin postigos. Y Peeta no pasará por un inocente campesino con ese agujero que tiene.
-No te preocupes - terció Haymitch - No pienso dejarlo. No tenemos otra alternativa que tratar de encajarle el hombro por la fuerza. Cinna, Thom sujétenlo. Voy a intentarlo.
Consciente de mis conocimientos médicos, me da impresión ver cómo toma el brazo del muchacho y comienza a forzarlo hacia arriba. De lejos, es evidente que el ángulo no es el correcto, acción que le debe estar causando un dolor insoportable. Puedo ver cómo el sudor baña el rostro del joven, pero permanece en silencio estoicamente. De repente, cae pesadamente hacia delante y no cae al suelo gracias a los brazos de los dos hombres que lo sostienen. Cinna destapa una de las cantimploras y se la acerca a los labios. El olor del licor llega hasta donde yo estoy. El tal Peeta tose y se atraganta, pero bebe el alcohol de todos modos, derramando parte del líquido sobre su camisa.
- ¿Listo para otro intento, muchacho? – pregunta Haymitch - Tal vez debería probar Thom – sugiere.
Thom flexiona sus manos como si estuviera listo para lanzar un tronco y toma la muñeca del joven con la clara intención de encajar la articulación por la fuerza. De ese modo, tal operación sólo haría que el brazo se quebrara como un palo de escoba.
-¡Ni se le ocurra hacerlo! – es el grito que sale de mi boca.
Aparentemente, mi primitiva idea de escapar se desvanece frente a la furia profesional que me embarga. Avanzo con determinación, indiferente a las miradas perplejas de los hombres.
-¿De qué habla? –exclama Haymitch irritado por mi intromisión.
- Así le romperá el brazo – le explico - ¡ Quítese del medio, por favor!.
Aparto al tal Thom con el codo y tomo la muñeca de mi nuevo paciente. Peeta parece estar tan sorprendido por mi intervención como el resto, pero no se resiste. Su piel está ardiendo, pero no por fiebre.
- Primero hay que colocar el hueso del antebrazo en el ángulo correcto – les explico mientras levanto la muñeca y empujo el codo.
De cerca, me doy cuenta de que Peeta es muy corpulento y su brazo pesa como el plomo.
- Ésta es la peor parte - le advierto.
Con destreza, coloco la palma de la mano en su codo, y me alisto para tirar hacia arriba y adentro. Por el rabillo del ojo, noto que el joven tuerce la boca sin llegar a esbozar una sonrisa.
- No puede doler mucho más. Adelante- me dice.
Por el esfuerzo, ahora el sudor también cubre mi rostro. Soy consciente que encajar un hombro es una ardua tarea, en el mejor de los casos. Intentarlo con un hombre grande, como éste, horas después de la dislocación, con los músculos hinchados que tiran de la articulación, es una operación que requerirá de todas mis fuerzas. Para males, estamos demasiado cerca de la chimenea y tengo miedo que, después del tirón, caigamos sobre las llamas. Como por arte de magia, el hombro emite un suave sonido y la articulación vuelve a su lugar. Me sorprendo al ver que Peeta está atónito, abre la boca sorprendido mientras pasa su mano para examinar la zona.
-¡Ya no me duele! – dice mientras una ancha sonrisa de alivio ilumina su rostro y los hombres estallan en aplausos y exclamaciones.
-Volverá a doler – le explico.
A pesar de la poca ropa que llevo puesta, estoy sudando por el esfuerzo. Pero no puedo negar que me siento satisfecha por el resultado de mi intervención.
- La articulación se sentirá débil durante varios días. No debe extender el brazo por lo menos durante dos o tres días. Cuando vuelva a utilizarlo, al principio, deberá hacerlo con cuidado. Si al moverlo le duele, siga el reposo. Y tendrá que aplicar compresas calientes todos los días.
Mientras le estoy hablando, por el rabillo de mi ojo veo que los demás hombres me observan con expresiones que van desde el asombro hasta la sospecha.
- Soy médica- les explico, un poco a la defensiva.
Sin ninguna vergüenza, los ojos de Haymitch y los de Thom bajan hasta mis pechos y allí se detienen con morbosa fascinación. Luego se miran entre ellos y luego Haymitch clava la vista en mi rostro.
- Como usted diga –dice enarcando las cejas - ¿Puede curarle la herida para que pueda ir a caballo?
¿A caballo?, pienso. ¿No tienen camionetas?
- Puedo vendarlo – le respondo secamente - Si tienen con qué hacerlo. Pero ¿por qué supone que quiero ayudarles?
Ignorándome, Haymitch se da vuelta y comienza a hablar rápidamente en inglés con una mujer acurrucada en un rincón. Rodeada por aquella masa de hombres, no me había dado cuenta de que estaba ahí, bastante sucia y harapienta. Cuando miro más detenidamente a mi alrededor, descubro que la cabaña no tiene electricidad, como si fuera una vieja casa de La Veta. La mujer hace un gesto con la cabeza y pasa rápidamente junto a Thom y Cinna hacia una cómoda de madera junto al hogar. Luego de revolver un poco, saca un montón de harapos.
-No, no sirven – le explico- Es necesario desinfectar la herida primero. Luego hay que vendarla con un lienzo limpio o gasa esterilizada. ¿No tienen un botiquín de primeros auxilios?
La primera reacción es de desconcierto. Luego, Cinna habla:
- Ah, si, en la camioneta- dice.
- Iré a buscarlo- dice Haymitch, mientras mira hacia fuera por el borde de la cortina.
De repente, la deja caer en su sitio, camina hacia la puerta y desaparece en la noche. Un momento después regresa con una pequeña valijita, mientras menea la cabeza en respuesta a las miradas inquisitivas de los hombres.
- No, no hay nadie en las cercanías. Nos iremos de inmediato. Es más seguro.
Al verme, se detiene un instante para pensar. De pronto, asiente. Es evidente que ha tomado una decisión.
- Vendrá con nosotros -anuncia.
Mientras apoya la valijita sobre la mesa a mi lado, escucho hablar al tan Thom:
-¿Por qué no la dejamos aquí?
Haymitch le dirige una mirada impaciente, pero deja que Cinna le explica que.
-No importa dónde estén los Agentes de Paz ahora, llegarán aquí al amanecer, para lo cual no falta tanto. Si esta mujer es una espía del Capitolio, no podemos arriesgarnos a dejarla aquí para que les diga hacia dónde marchamos. Y, en caso que ella no estuviera en buenos términos con ellos, no podemos dejar a una mujer sola aquí. Tal vez podamos pedir rescate por ella.
-Además – agrega Haymitch – Nos resultará útil en el camino. Sabe bastante de medicina. Pero ahora no tenemos tiempo. ¿Puedes montar con una sola mano Peeta?- le pregunta a mi paciente mientras le palmea la espalda.
-Sí.
-Buen chico. Ahora, véndele la herida, rápido. Nos iremos enseguida. Ustedes dos, preparen los caballos, Woof ya tiene lista la camioneta – le ordena a Cinna y a Thom.
- Primero tengo que quitar todo el polvo de la herida y tratarla con un compuesto que elimine gérmenes y facilite la cicatrización. ¿Tienen yodo?¿Mertiolate? ¿Carbólico diluido? – pregunto mientras abro el botiquín y encuentro sólo vendas, que por suerte están limpias - ¿O quizás alcohol?
Instantáneamente todos ponen una expresión de alivio. Entonces Cinna me entrega la cantimplora de cuero. Soy consciente de las limitaciones del Distrito 12, pero esto es casi increíble.
- Miren – digo en un intento por ser paciente - ¿Por qué no lo llevan al pueblo? No debe de quedar muy lejos y estoy segura de que allí habrá un doctor que pueda atenderlo.
La pobre mujer me mira como si estuviera borracha
- ¿Qué pueblo?
Un poco aturdida por todo lo que está pasando, me pongo a trabajar. Necesito vendar la herida de bala lo mejor posible. Desinfecto con el alcohol y uso las gasas limpias del botiquín para hacer una compresa. Luego uso una de las mangas de la camisa de mi paciente para improvisar un cabestrillo. Doy un paso atrás para apreciar el resultado de mi trabajo, cuando de repente choco con Thom quien había regresado sigilosamente. Él observa con aprobación el vendaje.
-Buen trabajo, joven. Vamos. Ya estamos listos.
Haymitch le da unas monedas a la mujer sentada en el fondo de la cabaña y me toma del brazo para conducirme afuera. Veo que Peeta nos sigue con lentitud, todavía un poco pálido. Cuando se levanta del banco en el que estaba, mi paciente resulta ser bastante alto, más de un metro ochenta, sobrepasando por unos centímetros a Haymitch.
Afuera, un tal Woof y Cinna sujetan seis caballos mientras le murmuraban suaves palabras. Más adelante, puedo ver una camioneta grande, como las todo terreno con un tráiler que lleva dos motos. Aunque es una noche sin luna, el resplandor de las estrellas se refleja en las partes metálicas de las monturas y en las partes cromadas de los vehículos. Asombrada, levanto la vista, ya que hacía años que no veía un cielo nocturno tan plagado de estrellas. En el Capitolio, las luces eléctricas no permitían verlas claramente y, estas últimas noches en el Distrito 12, la luz también me lo había impedido. Recorro con la mirada el bosque circundante y entonces comprendo. Al no haber una ciudad cerca que empañara e] cielo con sus luces, las estrellas ejercían un indiscutible dominio sobre la noche. Debería poder ver las luces del Distrito 12 a kilómetros de distancia. La idea de que estoy mucho más lejo de la valla que separa al Distrito 12 del bosque me paraliza. Si no recuerdo mal, la mujer de la cabaña se había preguntado a qué pueblo me refería. Eso me parece muy extraño.
Sin embargo, la oscuridad podría ser mi principal aliada, ya que podría escabullirme entre los árboles, confundida entre las sombras. Pero justo antes de comenzar a moverme, Haymitch me sostiene del codo como si hubiera adivinado mi pensamiento. Con firmeza, me guía hacia los caballos.
- Peeta, monta tu caballo- le ordena- La muchacha irá contigo.
Siento como Haymitch me aprieta el codo.
- Ella podrá llevar las riendas si no puedes manejarlas con una sola mano, pero deben tener cuidado de no alejarse mucho del convoy- explica y luego me mira- Si intenta algo raro, le cortaré el cuello. ¿Está claro?
Aunque Haymitch no suena amenazante, semejante castigo a mi desobediencia, no me deja otra opción que asentir con la cabeza y tengo la garganta demasiado seca para hablar. Por otra parte, estoy tan desorientada que no sé qué opciones tengo: no sé dónde estoy, no sé quiénes son ellos, ni de quién huyen ni hacia dónde vamos. Y no puedo dejar de preocuparme por Gale que, a ésta altura, ya debe estar buscándome.
Notando mi preocupación, Haymitch me suelta el brazo y se agacha a mi lado. Yo permanezco quieta concentrada en mis pensamientos hasta que su voz me saca del trance.
- El pie, preciosa. Deme el pie. ¡El pie izquierdo! –agrega disgustado como si yo no supiera para qué me lo está pidiendo.
Al levantar mi pie izquierdo, siento su mano debajo de él seguida por una rápida elevación de mi cuerpo. Como si lo hubiese hecho mil veces en mi vida, me deposita en la montura delante de Peeta, que me rodea con el brazo sano. Nunca había estado tan cerca de un hombre que no fuera Gale. Siempre fui muy arisca con los extraños. Si embargo, no puedo más que sentirme agradecida por el cuerpo cálido de éste joven. A pesar de que tiene n fuerte olor a leña quemada, sangre y sudor, el frío de la noche me cala los huesos como consecuencia de la poca ropa que llevo puesta. Apoyar mi espalda contra su cuerpo es altamente reconfortante.
Detrás de mí, siento como hace un chasquido con su boca, mueve un poco las riendas, acción que pone al caballo a caminar. Minutos después, puedo oír el rugido del encendido de los motores detrás de mí. Aunque no iba a gran velocidad, la camioneta con el remolque nos sobrepasó cuando llegamos al camino. A nuestro lado cabalgan Thom, Cinna y Woof, que a su vez llevan un caballo sin montura. Ellos no conversan entre sí, solo se mantienen alertas a la dirección que toma la camioneta. Cuando todos llegamos al camino y se ha abierto cierta distancia con el vehículo, todos comenzamos a trotar. Hasta hoy, nunca había subido a un caballo y me doy cuenta que el traqueteo me incomodaba demasiado como para hablar, aunque siempre fui mujer de pocas palabras. Pero tengo muchas preguntas que no me animo a hacer.
Me llama la atención que, a pesar de no poder utilizar la mano derecha, Peeta parece no necesitarla y muestra gran destreza en el manejo del animal. Siento sus muslos detrás de los míos y percibo sus movimientos y apretones que utiliza para guiar al caballo. Por mi parte, trato de afirmarme a la montura con ambas manos.
Luego de media hora de viaje, noto hacia delante que la camioneta está detenida en un cruce de caminos. Cinna se acerca a Haymitch, que es el que maneja la camioneta, y veo que hablan en voz baja. Peeta suelta las riendas y deja que el caballo camine libremente hasta el borde del camino para que pueda mordisquear hierba. De repente siento que comienza a moverse detrás mío, contorsionándose todo.
- ¡ Cuidado! – le digo- ¡ Si se sigue moviendo así se le va a salir el vendaje! ¿Qué trata de hacer?
- Quiero abrir mi manta para poder taparla – me contesta calmo- Usted está temblando. Pero no puedo hacerlo con una sola mano. ¿Me puede ayudar?
Sorprendida por el gesto, roto un poco mi cintura y estiro mi brazo hacia un costado hasta alcanzar la manta doblada sobre el final de la montura. Con un movimiento rápido y eficaz, Peeta la estira y la deja caer sobre sus hombros. Luego la pasa por los míos y la sujeta debajo de la montura, de modo que ambos quedamos cubiertos.
-¡Listo! - exclama- No queremos que se congele antes de llegar.
-Gracias por el abrigo – contesto - Pero ¿a dónde vamos?
Aunque estamos muy cerca y puedo rotar mi cuerpo, en un lugar más confiando ahora, por la oscuridad no puedo ver su rostro. Él, por su parte, hace un largo silencio antes de darme una respuesta.
- Si le soy franco, no lo sé- me dice con una voz que delata una risa- Supongo que lo averiguaremos cuando lleguemos, ¿no?
Sin saber por qué, sus palabras me relajaron. Aunque el aspecto de Peeta es de un hombre tan peligroso como los otros, no me asusta tanto. Lo veo joven, incluso más joven que yo y, además, me resulta difícil tenerle miedo a alguien a quien había atendido recientemente.
A medida que el calor vuelve a mi cuerpo, trato de reseñar todo lo que me ha sucedido. Apenas recobré el conocimiento, toda mojada a orillas del lago, pensé que estaba sumergida en un sueño más vivido que los de costumbre. Pero el beso de Hawthorne, casi familiar y totalmente físico, disipó tal impresión. Tampoco fue un sueño el golpe en la cabeza de Cinna. Y nunca había soñado con el olor de la sangre, ese aroma cálido, similar al cobre, que emana en el hombre que está sentado detrás de mí. Parece increíble, pero todos los hechos indican que me encuentro en algún lugar donde las costumbres y la política son las mismas que las de los Días Oscuros y , de no ser por las heridas de Peeta, podría pensar de algún tipo de documental hecho por el Capitolio. Su herida está causada por una bala, muy real por cierto. Además, el comportamiento de los hombres en la cabaña no parecía ser una actuación, sus armas son muy reales.
Me muevo un poco sobre la montura y miro hacia atrás, como buscando señales de civilización. Y se me hiela la sangre, porque a mi alrededor no hay nada más que las copas emplumadas de los pinos, negras e impenetrables contra el tapiz de estrellas. ¿Dónde estaban las luces de Distrito 12? Aunque terminara admitiendo de que me encuentro en otra época, el Distrito 12 llevaba cientos de años en el mismo lugar. Evidentemente está allí, aunque sin electricidad, cosa que no es tan inusual.
Aproximadamente una o dos horas después, entre lo caballos a mi alrededor, comienzan a pasarse las cantimploras y a beber. Cuando me llega a mí, me niego, indicando que ya me es bastante difícil mantenerme en la montura estando sobria. Cuando le llega a Peeta, puedo sentir el olor del licor ardiente cuando lo bebe. Particularmente no tengo sed, pero cuando siento el suave aroma de la miel, mi estómago me recuerda que no ha recibido alimento desde pasado el mediodía emitiendo un sonoro y humillante gruñido.
- ¡Epa, Peeta! ¿Así que tienes hambre, muchacho? ¿O acaso llevas una gaita contigo? -grita Thom al confundir el origen del ruido.
-No, pero me comería una gaita de buena gana – le contesta Peeta sin corregirlo, en un acto de caballerosidad.
De repente, siento su mano que me ofrece la cantimplora.
- Será mejor que beba un sorbo -me susurra - No le llenará la barriga, pero le hará olvidar el hambre.
Sin pensarlo dos veces, tomo la cantimplora de su mano y comienzo a beber. Y tengo que decir que Peeta tiene razón; porque el dulce licor enciende un reconfortante fuego en mi estómago y sofoca los retortijones de hambre.
De ésta forma, tunándonos para sostener las riendas y la cantimplora, recorremos varios kilómetros, más o menos otra hora y media de viaje. En ese momento, siento cómo cambia la respiración de Peeta, que se vuelve irregular y sibilante. Al principio no me doy cuenta por qué nuestro precario equilibrio, un bamboleo permanente como consecuencia del paso del caballo, comienza a ser más irregular. Hago un análisis de mi estado y compruebo que no estoy borracha y no creo que él lo esté. Entonces me doy cuenta.
- ¡ Paren!¡ Necesito ayuda!- grito en medio de la noche - ¡ Peeta se está cayendo!
Puedo ver que unas siluetas oscuras se mueven delante de mí y comienzan a rodearme justo en el momento que Peeta se desliza cabeza abajo hacia delante, cayendo en los brazos de alguien. Mientras logro desmontar, entre Cinna y Thom ya lo han tumbado en el suelo.
- Está respirando- dice Cinna.
-Bueno, qué gran ayuda - le espeto mientras buscaba el pulso de Peeta en la negrura.
Luego de un momento de búsqueda, le encuentro el pulso, acelerado, pero fuerte. Colocando mi mano en su pecho y bajando mi oído hasta su boca, puedo percibir que su respiración es regular.
- Sólo se desmayó- le comunico- Necesito que le eleven los pies con algo y si tienen agua, tráiganme un poco.
Sin cuestionar mi órdenes, unos momentos después, han sacado unos bolsos de la camioneta para elevar la piernas de Peeta. Aparentemente, él es importante para ellos. Lentamente, mi paciente abre los ojos, que parecen dos pozos negros a la luz de las estrellas. En la penumbra, su rostro parece una calavera con la piel blanca estirada sobre las facciones angulosas.
- Estoy bien – murmura mientras intenta sentarse- Algo mareado, nada más.
- ¡Quédese quieto!- le ordeno al tiempo que le apoyo una mano sobre el pecho para empujarlo hacia abajo.
Me arrodillo para hacer un examen rápido de la condición general de mi paciente y me vuelvo hacia una silueta grande, que sospecho que debe ser el jefe, Haymitch
- La herida de bala ha comenzado a sangrar otra vez y además, el idiota se ha dejado clavar un cuchillo. Aunque es serio, ha perdido bastante sangre. La camisa está empapada, pero no sé si es toda suya. Necesita descansar. Deberíamos acampar y esperar por lo menos hasta la mañana.
-No- me contesta la sombra sacudiendo la cabeza- Aunque estamos lejos de los Agentes de Paz, hay que tener cuidado con la Guardia. Todavía nos faltan unos doscientos cuarenta kilómetros por delante y a éste ritmo necesitaremos más o menos cinco horas más, con suerte. Podemos quedarnos aquí un rato hasta que detenga la hemorragia y vuelva a vendarlo, pero nada más.
Mientras Cinna me alcanza el botiquín con más vendas y cinta adhesiva, Haymitch manda a otra de las siluetas a cuidar los caballos junto al camino. Luego, me miran trabajar al tiempo que descansan y beben de sus cantimploras. A mi lado, Cinna me ayuda pasándome los insumos, buscando agua y levantando a Peeta para colocarle el vendaje, porque le he prohibido al paciente que se mueva, a pesar de que no cesa de repetir que está bien.
- Usted no está bien- lo regaño - ¿Qué clase de idiota recibe una cuchillada o un balazo y ni siquiera se detiene a curarla? ¿Acaso no se dio cuenta de que sangraba mucho? Tiene suerte de no estar muerto después de galopar toda la noche y tirarse del caballo...¡Quédese quieto, imbécil!
Las vendas se me escapaban en la oscuridad y, a pesar del frío, las gotas de sudor me corrían por el cuello. Por fin, logro atar un extremo y cazar el otro, que insiste en deslizarse por la espalda de Peeta.
- Vuelve aquí... ¡Mierda! – protesto en voz alta.
-¡Cielo santo! – oigo exclamar a Thom - Jamás oí a una mujer hablar así.
- Entonces no conoces a mi tía Grisel –responde Woof haciendo reír a todos.
- Su marido debería domarla, preciosa – me dice Haymitch- "Dejad que una mujer guarde silencio y...- comienza a citar.
- Métase en sus asuntos – le gruño- Dese vuelta hacia la izquierda. Y si mueve un sólo músculo lo hago trizas- le advierto a mi paciente.
- Sí, señora – me contesta con voz dócil.
Los demás rieron por mi intercambio y noté un leve movimiento, como el de una risa contenida.
- Estese quieto o le haré daño.
- ¿Acaso es una amenaza? – me pregunta con descaro - ¡Encima que la he invitado a beber!
Luego de haber pasado por todos los hombre, Haymitch se arrodilla a mi lado y acerca la cantimplora a los labios de Peeta para que beba. El fuerte y caliente aroma del licor llega a mis narinas y levanto una mano para detener la acción.
-No más alcohol -ordeno-. Necesita té o en el peor de los casos, agua. Pero no alcohol.
Pero Haymitch me ignora totalmente y vuelca una generosa cantidad de licor en la boca de mi paciente, que comienza a toser.
-¡Ya basta! ¿Quiere que esté tan borracho que no se pueda poner en pie?
Pero Haymitch me aparta de un codazo.
- Una mujercita con carácter, ¿verdad? – dice Peeta, divertido.
- Ocúpese de su trabajo, mujer – me ordena Haymitch-. Todavía tenemos un largo viaje por delante. Necesitará toda la fuerza que el licor pueda darle.
Cuando el vendaje está listo, Peeta intenta sentarse, pero yo lo empujo hacia abajo y le apoyo una rodilla en su pecho para mantenerlo allí acostado un poco más.
- No se mueva por un rato- siseo con fiereza.
Unos minutos despúes, aparece Haymitch otra vez:
- Bueno, ¿puedes sentarte en la montura, muchacho?
-¡No puede ir a ninguna parte! -protesto- Debería estar en un hospital. De hecho, no puede...
Pero ambos me ignoran como si de mi boca no saliera ningún sonido.
-¿Puedes montar a caballo? – pregunta nuevamente Haymitch.
-Sí, si me quitan a la chica de encima y me traen una camisa limpia.
Cinna y Thom nos ayudaron a montar nuevamente y nos cubrieron con la manta. No hubo más sobresaltos durante el resto del viaje, a pesar de lo extraño que me resulta saber que estoy cabalgando doscientos cuarenta kilómetros por un territorio agreste, desconocido, de noche, a campo traviesa, rodeada de hombres extraños armados hasta los dientes y compartiendo el caballo con un hombre herido. Por suerte, no nos emboscaron, ni nos topamos con ninguna bestia salvaje, ni se desencadena una lluvia.
Casi seis horas después, las primeras luces del amanecer dejan ver nuestro destino por delante: una gran tranquera de madera, compuesta por dos grandes pilares y un gran cartel que los cruzan aproximadamente a los dos metros de altura que dice "Hacienda Lynch".
Frases de Forastera, de Diana Gabaldon, Ediciones Salamandra, 1999, de Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre", "Sinsajo". Editorial Del Nuevo Extremo en itálicaen itálica
