Este fic participa en la actividad "Amigo invisible" del Foro !El cometa de Sozin!

Hola, hola. Me tardé, lo sé, lo siento.

En el capítulo anterior apareció un OC (dícese de un personaje que no pertenece a la serie). Bien, él es Yama (यम ). En la mitología hindú (y en casi todas las religiones influenciadas por el hinduismo), Yama es un demonio o espíritu encargado de juzgar las almas. Es el rey del infierno, guardián del mundo de los muertos, su piel es azul, va montado sobre un toro.

Disfruten. Salud!

Capítulo 3

-No- dijo el cancerbero

-¿No?, Hiciste un juramento, ¿vas a romperlo?-.

-No puedo darte el alma del Avatar Aang-.

-¿Por qué?-.

-El impulso vital del alma del Avatar Aang está siendo usado por la vida del actual Avatar. No hay forma de que el alma del maestro aire tenga la fuerza necesaria para sostener un cuerpo en el mundo de los vivos-

-Debe haber alguna forma- replicó Iroh

- La hay, ambas almas, la tuya y la de Aang, pueden compartir tu impulso vital, pero el tiempo que les daré en el mundo de los vivos se reducirá algunas horas. No tengo manera de saber cuánto.- informó el guardián.

-Bien, estoy conforme. Tráeme al Avatar- dijo Iroh

Cuando Aang abrió los ojos y vio a estos dos singulares personajes, quedó sorprendido. Cada vez que su espíritu era invocado, esperaba ver al Avatar Korra. Encontrarse con un hombre viejo y un demonio azul era completamente inesperado, y se sobresaltó aún más cuando el enorme toro detrás de él lamió su rostro, llenándole la barba de babas.

-MOOOOooo!- dijo el animal

-¿Qué ocurre aquí?- preguntó.

-No hay tiempo que perder, te explico en el camino- dijo Iroh pegando el conjuro en la frente del Avatar.

De camino al portal que divide al mundo material del mundo de los esprítus, Iroh contó Aang lo sucedido, y de cuanto tiempo disponían. El Avatar se sentía algo aturdido. Desde hacía años, cuando sintió aproximarse su muerte, se había hecho a la idea de que no volvería a ver a sus seres queridos, y que el mundo ya no sería su lugar. Esta posibilidad, que aparecía de forma repentina, agitaba en él toda clase de sentimientos angustiosos y felices por igual. Además, sentía haber sido cómplice de una estafa contra el pobre Yama.

No obstante, cuando Iroh cruzó el portal que divide los mundos, Aang lo siguió. En torno al conjuro de papel que estaba en su frente, se empezó a agolpar una vorágine de energía y materia, que le dieron forma al cuerpo temporal con el que el Avatar sería capaz de caminar en el mundo de los vivos. Iroh pasó exactamente por el mismo proceso, y ambos necesitaron unos segundos para adaptarse al peso, a las fuertes impresiones sensoriales que herían a sus almas, y a la tan extraña necesidad de respirar. Habían olvidado lo agotador que era darle vida a un cuerpo, sostenerlo y hacerlo andar.

Aang miró sus manos y ser sorprendió de verlas tan pequeñas. Volteó hacia dónde estaba Iroh, y éste era definitivamente más alto.

-¿Qué me pasó? ¿Porqué soy un niño?- preguntó el Avatar.

-Es más fácil dar vida a un cuerpo pequeño que a uno grande. Y cómo estamos compartiendo mi energía supongo que a Yama ese cuerpo de niño le pareció más conveniente- respondió Iroh -¿Te molesta?-

Aang dio un salto, y haciendo uso de su aire control dio cuatro vueltas en el aire y volvió a caer ligero sobre sus pies.

-¡Hacía mucho que no me sentía tan ligero!- respondió riendo y corriendo al rededor de Iroh -vamos al Templo del aire!- dijo mientras la emoción se apoderaba de él. El reposo de las almas es tranquilo y nada perturba el estado de ánimo. Pero la vida, el sólo hecho de respirar y existir entre la materia, provoca euforia por sí misma.

Era medio día en Ciudad República. Éste lugar había cambiado mucho desde los tiempos de Aang, y le resultaba desconocida a Iroh. Ambos hombres, recién salidos del mundo espiritual observaban hacia arriba la majestuosidad de los altos edificios de la metrópoli, mezclados con la esencia salvaje de las raíces del enorme árbol que conectaba todo el mundo. Era un contraste maravilloso: como si en este punto de la tierra, en donde la industria había llegado a su apogeo y en donde el ser humano parecía haber dominado a la naturaleza, ésta no dudara en recordarle al ingeniero, al letrado, al político y al negociante, de dónde provenía, y a dónde habría de volver cuando su tiempo acabase.

Anonadados por la arquitectura y la capacidad destructiva de las raíces, estuvieron cerca de ser atropellados varias veces por uno se esos Satomóviles. Y después de caminar algún rato por las calles y callejones, y de distraerse en cuanta tienda veía, finalmente Aang logró ubicarse.

-Allá está el Templo del Aire- dijo Aang- …Ahí debe estar mi hijo Tenzin- susurró para sí.

-¿Qué esperamos?- dijo Iroh- necesito que alguien me diga dónde encontrar a mi biznieto-

A diferencia de Aang, Iroh no quería desperdiciar ni un segundo, quería conocer ya mismo al joven que llevaba su nombre, quería conocer su legado, y poder amar al muchacho aunque fuera por unas horas, igual que había a amado a su hijo e igual que había amado a su sobrino. Iroh era un viejo, había vivido ya mucho, cometido grandes hazañas y grandes errores. Había tomado muchas tazas de té, suficientes, más bien demasiadas, pero tenía que tomarse una con este muchacho. Quería ver su rostro, besar su frente y sentirse orgulloso de él.

Caminaron en dirección al muelle. Aang quiso congelar el agua para formar un camino por el cual cruzar hacia el templo, pero no pudo. Los poderes del Avatar le pertenecían ahora a Korra, y como un nómada del aire común y corriente, sólo tenía su aire control.

-Tendremos que esperar a que aparezca una embarcación que pueda llevarnos- dijo Iroh un poco frustrado.

-Eso es aburrido. ¡He pasado los últimos veintiún años haciendo nada! Literalmente nada. Hay que moverse!- dijo Aang y se lanzó de cabeza al agua.

-¡¿Qué?! No! No quiero mojarme, ah! Ya estoy muy viejo para esto- dijo Iroh, pero mientras hablaba Aang ya se había puesto a nadar en dirección a la isla.

-¡Que rayos! -dijo -el tiempo es valioso- y se zambulló en el agua, siguiendo a Aang.

Al llegar a la costa de la Isla, Aang se quedó inmóvil. Había tanta nostalgia en su corazón, tantos recuerdos en esta isla, tantas cosas que quería saber de sus hijos, de su esposa. Y de pronto sintió que esto era una mala idea. Que estaba desafiando los designios de la naturaleza y cambiando el devenir al estar en un lugar que ya no le correspondía. La primera impresión que provocó el movimiento de los vivos empezaba a perder fuerza en el alma de Aang, y éste se encontró un poco más consciente de sí mismo: la duda crecía poco a poco dentro de él.

¿Qué pensarían sus hijos? Sólo tenía unas horas, sin contar el tiempo que le tomó llegar hasta acá. Unas horas para saludar, hablar, ponerse al día y despedirse... despedirse. ¿sería igual de doloroso que la vez en que murió? ¿Estaba exponiendo a sus hijos a un sufrimiento innecesario por un capricho suyo?

-Vamos Aang, no tenemos tiempo que perder- dijo Iroh

-No deberíamos estar aquí- murmuró el Avatar, y dio media vuelta para regresar de donde había venido antes de causar el alboroto que sabía provocaría su singular visita.

No había dado dos pasos en dirección contraria al templo, cuando desde el cielo una maestra aire descendió frente al él, y lo miró con una mezcla de curiosidad y espanto. Aang la miró a su vez y no pudo evitar notar una resemblanza, un parecido consigo mismo. Era su rostro, sus mismos ojos, pero su presencia era infinitamente más apacible: sólo al estar frente a ella, sentía que su alma descansaba de todas sus angustias y preocupaciones. Ella era como una bocanada de aire fresco. Y cuando finalmente habló, Aang supo que no había vuelta atrás en este viaje.

-¡¿Aang?!…- dijo Jinora sorprendida.

El Avatar le ofreció una sonrisilla apologética y se encogió de hombros. Ya no había marcha atrás, alguien lo había reconocido.

Cuando Jinora salió de su estupor sólo pudo susurrar -¡Abuelo…!- Y los ojos de Aang estuvieron a punto de salirse de sus órbitas. Antes de que pudiera decir o preguntar cualquier cosa, Jinora lo abrazó.

Al separarse de ella, quiso buscar apoyo en Iroh, pero éste ya no estaba con él. Lo divisó a lo lejos en dirección a la entrada del templo. Y encontrándose sin ayuda, volvió su atención a su nieta

-Hola…- dijo un poco nervioso. Toda esta situación tenía algo de incómoda, de sorprendente, de extraña -No creo que sea buena idea que le cuentes a otros que estoy aquí…- empezó a hablar el joven Avatar, y antes de que pudiera decir algo más, desde el aire descendieron tres niños más.

-¿Quién es este?- preguntó Meelo.

-¡Es el abuelo Aang!- respondió Jinora entusiasmada, y luego se dirigió a Aang -Abuelo, nosotros somos tus nietos-.

-¡Eso no es posible- respondió Meelo – es sólo un niño!- resopló.

-Pero mira sus tatuajes- dijo su hermana Ikki- nadie tan joven en la isla tiene tatuajes- señaló

-Sólo hay una manera de comprobarlo- dijo Rohan, el menor de los hermanos- ¡Carrera!- y montando una bola de aire se alejó veloz.

Aang no lo dudó un instante. Toda su vida había imaginado como hubiera sido todo si él no fuera el Avatar, si no hubiera pasado cien años congelado en medio del mar, si su cultura no hubiera sido exterminada por completo. Esto era un sueño hecho realidad: era un niño otra vez, ya no era el Avatar, y tenía con quien jugar estos juegos que sólo los nómadas del aire pueden jugar.

Olvidando todas sus obligaciones, los cuatro niños se la pasaron jugando con Aang toda la tarde detrás del templo, dónde nadie los viera. Y cuando al fin estuvieron todos exhaustos, se tumbaron en la arena.

-¡Ustedes son geniales!- dijo Aang – no puedo creer que sean mis nietos. Es maravilloso- suspiró nostálgico.

-Tenemos que contarle a papá- dijo Ikki

-¿Dónde está él?- preguntó Aang

-Volverá en unos días. Está de viaje en el sur con nuestros tíos-

-Oh, supongo que no podre verlos: no estaré aquí mucho tiempo, sólo son unas horas… y deberé volver al mundo de los muertos...- dijo algo triste -...no quiero que se hagan falsas esperanzas-

-Pero la abuela Katara está aquí con nosotros- informó Ikki

-¡¿Katara!?- dijo Aang sorprendido- ¡¿Katara está aquí?!-

Y antes de que pudieran responderle, la anciana se aproximaba a ellos.

-¡Niños!- dijo la anciana- los he buscado en todas partes. ¿Qué están haciendo aquí escondidos? ¿Qué están traman…- se quedó petrificada al ver al niño con los tatuajes en la cabeza. Pensó que estaba soñando. Que era una alucinación.

Jinora se llevó a rastras a sus curiosos hermanos para darle algo de privacidad a sus abuelos.

El niño de los tatuajes se puso de pie frente a ella, y tomó sus manos. El sol empezaba a hundirse en las aguas y su tenue luz teñía el cielo de cálidos colores.

-Hola Katara, ha sido mucho tiempo- dijo Aang sonriendo, con los ojos llenos de lágrimas.

La leyenda de Korra pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.