Notas de autora aquí, notas de autora al final, notas de autora tendrás que soportar. En serio, no sé cuál es mi problema. Hay gente que solo viene y deja su historia, no sé porque yo no puedo ser igual. xD

Gracias a: AbSeLunita, AlexaSakurita-chan, SoyUnDinosaurio, Kamy, Annabelle Abberline, , 3597, TatikYao, amygumms, LilyMalfoy-Hansy, Yumiko Phantomhive, karura999 y a Angelitho-Negro por comentar/seguir/colocar en favoritos.

Para TatikYao, lo lamento mucho. A mí me gusta jugar con la dominancia de los personajes. No quiero que me dejen de leer, pero no voy a cambiar mi fic solo porque me lo pidan. Sí lo que te preocupa es la penetración, puedes tranquilizarte: Ciel no penetrará a Sebastián en este fic (eso vendrá para otro proyecto que tengo en mente), pero sí habrá más momentos donde Ciel es dominante. Así que es tu decisión si sigues leyendo o no, que nadie te está obligando ;) Va para todos los que tenían esa duda. En fin:

¡Disfruten!


-.-

Acercamientos peligrosos.

-.-.-.-

-.-.-

-.-

Había pasado una semana, y eso significaba que tendríamos que irnos prontamente a Francia. Era martes, nos habíamos levantado muy temprano para empezar a ordenar mi equipaje. O bueno, para que ellos empezaran a ordenar mi equipaje. En ocasiones me vestía a mi mismo (desde que tenía quince años), esta semana lo hice y redujo en cantidad los malos pensamientos. Pero Sebastián seguía bañándome, por mera costumbre. Curiosamente, él bañándome no es tan vergonzoso como el vistiéndome, quizás porque en la bañera puedo cerrar los ojos y pretender que es otro sirviente, como Tanaka. Siempre tiene su grado de incomodidad, es cierto, pero esta vez no fue tan incómodo como en otras ocasiones, considerando como había sido esa semana.

Después de mi desayuno, Sebastián y los demás sirvientes se encontraban arreglando mi equipaje mientras yo pasaba de mi cuarto a observarlos, del pasillo para estirar mis piernas, y luego al cuarto a observarlos de nuevo. Podía observar a Sebastián con su delicadeza y empeño de siempre, mientras doblaba ciertas prendas para introducirlas en una maleta.

¡Una semana sin esos asquerosos sueños! Era un alivio que los sueños hubieran desaparecido. Probablemente fue solo una horrorosa etapa que había llegado a su fin. Sí, eso debía ser.

Nos iríamos en barco, porque cuando yo tenía diez años cometí la estupidez de decirle a Sebastián que utilizara sus poderes en lo mínimo posible, y el método más rápido no-sobrenatural para ir de Inglaterra a Francia era por agua. El barco partía a las once de la mañana. Apenas eran las ocho. A Sebastián y a mí nos gustaba ser puntuales, aunque para el idiota de Sebastián ya se ha vuelto una obsesión. Creo que su mejor habilidad es exagerar por todo.

Pero eso no importa, ¡porque ya no tengo sueños eróticos de él y mi persona! Ni uno. Ni siquiera un desliz. Nada. Ni un malo pensamiento fuera de lugar…

Bueno, si hay que ser sinceros, había pensado mucho en nuestra relación. Aun así, eso no era muy importante. Por la razón previamente descrita. Alrededor de las ocho y media, mientras me encontraba tomando una taza de té en mí estudio, Sebastián volvió para avisarme que todo estaba preparado:

- Todo guardado joven amo. Partimos cuando esté listo.

Cuya traducción era: Es mejor que estés listo cuando antes porque me pondré extremadamente pesado si nos retrasamos. Así que terminé de tomar mí té de la manera más rápida que pude sin tomármelo de golpe, y Sebastián se dedicó a limpiar todo para de seguro dirigirse a lavar la vajilla antes de nuestra partida.

Después de mucho ruego de parte de mis sirvientes, decidí ser generoso y dejar que nos acompañaran a despedirse en el puerto. Las lágrimas de Mey-rin y Finnian mojaban mi pecho, pero me conmovía en un muy pequeño sentido que se preocuparan tanto por mí. Sebastián me miraba desde lejos, casi burlándose de mi debilidad, de que me conmoviera la preocupación de mis sirvientes, por lo cual me separé instantáneamente de ellos, despidiéndome de Bard, quien era mucho más "serio" (ponerlo entre comillas era imperante) que los demás.

No me gustaba sentirme débil. Sebastián era experto en hacerme sentirme débil y sin poder, y eso definitivamente, no me gustaba.

Agradecía que Elizabeth no estuviera allí para despedirse, o que ni siquiera hubiera podido estar en la cuidad. Elizabeth había viajado a América por unos negocios de los Middford que obligó a toda la familia a irse para allá, por lo cual me fue imposible despedirme de ella. Aunque cuando es Elizabeth la que da muestras cariñosas, Sebastián no suele mostrar ninguna expresión. Quizás porque comprende que se trata de mis deberes como prometido. En cuanto a Elizabeth, cada cierto tiempo me mandaba cartas que me contaban sus travesías.

Aburridas en su mayoría.

Así que Sebastián bajó todo el equipaje (ligero para la ocasión, solo tres maletas) y lo llevaba con facilidad, como si no pesara más que una pluma. Justo antes de abordar volteé mi mirada y Mey-rin se despedía agitando un pañuelo, mientras Finnian no hacía más que llorar y Bard se despedía con un simple ademán preocupado.

No entendía porque tenían que exagerar todo. No es como si estando con Sebastián me pudiera pasar algo de gravedad. Recalcaba gravedad, porque a él le encantaba verme en situaciones de peligro.

Ya estando en mi camarote privado podía relajarme en paz. Sebastián me servía otra taza de té mientras se quejaba sobre lo malo que es para mi salud tomar tanto té.

- Ya te lo he dicho mil veces Sebastián. No me interesa. ¿Es Twinings?

- Acertó como siempre joven amo-. Dijo sonriendo, probablemente ante mi testarudez. Decidí ignorarlo –por mi propio bien-.

A partir de allí el viaje fue algo pesado. Trataba de recordar mi francés mientras Sebastián solo estaba sentado en un asiento cualquiera de manera muy incómoda, que francamente, me perturbaba.

- ¿Y si mejor conseguimos un traductor? Así no tengo que aprender este idioma tan molesto.

- Ese no debería ser la actitud de un líder como usted, joven amo. ¿No le parece mejor poder comprender por usted mismo lo que la persona quiere decir?- Su cuerpo parecía estar inclinado hacia mí, y yo simplemente le miraba de mala manera- ¿O quiere que le recuerde el incidente con la bruja Sieglinde Sullivan?

Bufé hastiado. No, no quería recordar ese incidente. Muchas gracias.

- De todas maneras, se supone que no debes mentir, pero tienes mucha habilidad en omitir cosas. Por tu culpa es que me meto en tantos aprietos-. Dije mientras cruzaba mis brazos sobre mi pecho.

Una suave risa salía de sus labios. No era tan burlona como divertida. Era casi amigable. O más bien "te seduciré para que me des todo lo que te representa" amable. Sí, probablemente.

- Le ruego me disculpe si en algún momento actué como usted acusa. Le recuerdo que todo lo hago por su bien- dijo mientras su mano estaba empuñada sobre su boca, tratando de esconder una sonrisa.

- Mentiroso. -Me apoyé de la silla para inclinarme hacia adelante y su cuerpo parecía volver a erguirse, volviendo a su estado de perfecto mayordomo.

- Yo jamás miento, joven amo. - Una sonrisa maliciosa cubrió su cara, dándole un toque maligno que francamente me asustaba. El recordar su supuesta honestidad me asustaba. Significaba que había algo que no me decía. No que el demonio que vivía chupándome las energías me contara las cosas que pasaban por su mente.

Me acomodé en el respaldar de mi silla y cruce las piernas. Juraría que su mirada bajo para percatarse del movimiento, pero supongo que era algo normal. Sus hermosos ojos escarlatas tenían un brillo peculiar.

Si, sus ojos eran hermosos. Era lo único que podría admitir que me gustaba de Sebastián. Ojos tan profundos, ojos color sangre. Los ojos de la bestia, acechándome de noche y de día, esperando mi caída. Sebastián era un demonio sin sentimientos y tenía que recordar eso. Confiar en Sebastián con mis más profundos temores era una pérdida de tiempo. Yo mismo me burlaba de mis debilidades, no necesitaba que el demonio también lo hiciera. Decidí cambiar el tema, ya que sus ojos eran hechizantes y podría jurar que me estaba inclinando hacia él otra vez.

-Sabes, deberías dejar de llamarme joven amo. Después de todo, el año pasado empecé a usar pantalones largos. Soy prácticamente un adulto-. Dije altaneramente, el primer tópico que se me había ocurrido. No me gustaba que me llamara joven amo. Ya no más. Me hacía sentir infantil, que no era merecedor del puesto que cargaba, de jefe, de conde. Y yo lo era, a pesar de cualquier cosa.

Sebastián entrecerró el ceño y me dio una mirada suspicaz. Trataba de adivinar que era lo que pasaba por mi mente. Lo sé porque había visto esa mirada suya antes.

Después de un rato dijo:

- No sabía que le molestara que le llamase así, amo. Me ruego me disculpe-. Me molestaba esa actitud de sirviente arrepentido, y ese tono de condescendencia mezclado con verdadero arrepentimiento. Se había inclinado ante mí, mirando al suelo, en señal de remordimiento.

- No se qué te pasa últimamente Sebastián, pero ahora te disculpas por todo - levantó su mirada y tenía una ceja enarcada- Deja de hacerlo. Y no te lo tomes tan a pecho, llámame de la manera que quieras, idiota-. Me acerqué aun más a su persona y de nuevo, estábamos muy cerca para que fuera una confrontación decente.

- Debería expresarse mejor. "Como quiera" suena muy permisivo para un sirviente. Eso significa que si lo deseo puedo llamarle… - No lo digas.-Ciel…

Se acercó más a mí y me lo susurró sobre el rostro. Mi nombre había salido de sus labios de manera clara y precisa. Su voz era ronca y seductora, su esencia seguía siendo dulce y atrayente.

Mis mejillas se tiñeron de escarlata, mientras cerraba los ojos, tratando de encontrar la fuerza para reclamarle algo.

- No seas…- tuve que suspirar porque su aliento me pegaba en el rostro de nuevo- estúpido. Cuando digo de cualquier forma, me refiero a cualquier forma dentro de los límites de respeto. No te he dado permiso para tutearme Sebastián, y te ordeno que no lo vuelvas a hacer. - Me separé de él unos centímetros -a una distancia considerada aceptable- y podía ver sus ojos brillar de emoción.

¿De qué? ¿De tener cerca a su presa?

La sonrisa seguía plasmada en su rostro, y trataba de acercarse nuevamente a mí.

-Ohh, entonces no quiere que lo llame Ciel- mis piernas temblaban, pero no podía reclamarle, no me estaba tuteando directamente, solo estaba diciendo mi nombre- Pero tiene que ayudarme a decidir. ¿Debería llamarlo joven amo, o mi amo? ¿O sencillamente no le gusta que le llame amo? ¿Preferiría que le llame mi señor?

Recalcaba cada una de esas palabras con seducción y algo… algo que solo podría considerarse maldad. Mis dedos de los pies se contorsionaban dentro de mis zapatos y reuní fuerza para pasar de largo el hecho de que Sebastián parecía hablar como si estuviera teniendo un orgasmo.

- Señor o amo, ambos están bien. Lo que no quiero es el joven. Y si puedes evitar usar el adjetivo posesivo tan seguido, te lo agradecería.

- Pensé que al amo le gustaba sentir que nos pertenecíamos el uno al otro.

Ohh, Sebastián, que insolente eres. Lo dijo maliciosamente, sabiendo que era cierto. Me disgustaba que supiera leerme. Sin embargo, eso no le daba derecho a decirlo en voz alta. Le miré de mala manera y lamenté que las miradas no mataran. Estaba a punto de responderle algo cuando el anuncio del almuerzo me interrumpió, y salí de allí algo ofendido. Trató de decirme algo, pero le ignoré y ya me encontraba lejos de allí para cuando le dije que no me siguiera.

No volví a ver a Sebastián en el camino al comedor, sino cuando ya me encontraba allí, él ayudaba a servir la mesa. Lo ignoré lo mejor posible y me senté a comer con unos hombres que discutían de negocios junto a sus esposas que cotilleaban sobre cualquier hecho noticioso para nada trascendental que ocurriese en Europa.

En realidad no tenía muchas ganas de hablar de negocios –o de nada en realidad- pero cumplí el protocolo social, e hice un nuevo contacto. Era un hombre amigable, alto, de cabello rubio y ojos azules. Aunque sin ningún rasgo que hiciera que realmente resaltara. Parecía un hombre promedio.

Él también se dirigía a Francia a cerrar un negocio e intercambiamos información, por si algún día era necesario. Estaba muy feliz de haber hecho contacto conmigo. Si mal no recuerdo, se apellidaba Jefferson, y era americano. Los americanos podían ser personas muy vulgares, pero sabían hacer negocios.

El barco llegaría a su destino al otro día, ya que tenía que hacer un parada en algún sitio por quién sabe qué; deje de oír a Sebastián en el momento en que me enteré que no llegaríamos a nuestro destino de manera rápida.

Ese martes pasó rápidamente. Estábamos en abril, no era una mala época para navegar, por el cual el viaje fue sin muchos problemas. Me encontraba en la cubierta, por simple curiosidad, teniendo que soportar a los tontos niños asustándose a causa de mi parche, mientras me decidía a observar las olas del océano.

No era algo precisamente interesante, pero estaba muy aburrido. De solo pensar en tener que hablar con gente me daban ganas de vomitar, y sabía que no era por el bamboleo del barco. Eran alrededor de las cuatro de la tarde, y me volvía a mi camarote en un intento de buscar un libro o algo con lo que pudiera distraerme.

Sabía que Sebastián estaba por allí cerca. En algún sitio no visible. Me parece curioso que respetara mi mudo deseo de estar sin él por un tiempo. Aunque empezaba a aburrirme. Entré a mi camarote y me eché sobre la cama tratando de conciliar el sueño para una siesta.

Mi mente estaba muy agobiada. Tendría que volverme a encontrar con otra secta ocultista –como si no tuviera suficiente ya- que estaba matando a mucha gente en los alrededores, chupándoles la sangre hasta dejarlos sin una gota –los crímenes siempre eran los mismo, solo cambiaban unos detalles- que incluía desaparición de personas también –este se podría llamar un caso mixto-. Y por sobretodas las cosas, tenía que soportar a Sebastián con sus impertinencias y sus faltas a mi respeto.

Empecé a recordar el incidente de esa mañana. Fue un tanto confuso. Juraría que Sebastián estaba seduciéndome aunque él siempre se comportaba así conmigo. Y no quería pensar que…

Debía dejar de pensar en eso, simplemente. Tenía que empezar a pensar en el nuevo caso, justo en una carpeta estaba toda la información que Sebastián me había recitado y yo no le había prestado atención. Debía prestarle más atención a Sebastián y no solamente observarle de manera fugaz el culo.

Tenía serios problemas. Pasaba la negación a la aceptación, y no quería aceptar que me gustaba Sebastián, no quería hacerlo.

Y sin embargo… Admitía ciertas cosas. Admitía observarle partes del cuerpo que no debería estarle mirando. Y admitía que el recuerdo de nuestro encuentro en la mañana me acaloraba y me hacía excitarme.

Me volteé para quedar boca abajo y el roce de las telas con mi miembro me hizo gemir. Hundí mi cara en una almohada y traté de pensar en otra cosa.

Pero mi mente seguía recodando la escena de esta mañana. El atractivo rostro de Sebastián. Su penetrante mirada. Su sonrisa peligrosa. Que me hacía querer hacer cosas peligrosas con él.

Su cuerpo delgado y varonil. Y de solo pensar en lo que podría ocultarse bajo esas ropas yo…

Chasqueé mi lengua y me volteé, la erección seguía molestándome, volviendo casi dolorosa. Traté de sobarme por encima del pantalón y eso solo me inquietaba más. Hundí mi cabeza en la almohada y curvé mi espalda mientras metía mi mano bajo el pantalón y agarraba mi miembro firmemente. Empecé a masajearlo con mi pulgar mientras mordía mis labios.

Esto está mal, pensé mientras mi mano bombeaba mi longitud. Es dejar que las memorias de Sebastián intoxiquen mi ser y me hagan actuar irracionalmente. Sin embargo no me detuve, sino que me desbroché completamente el pantalón y aceleré el ritmo, mientras mis caderas se movían conforme al movimiento, mi flequillo se pegaba a mi frente por el sudor.

Se arqueaba mi espalda por el placer proporcionado y mi mente se seguía llenado de Sebastián. De Sebastián sobre mí. Dentro de mí. Bajo de mí. Sebastián arriba, abajo, dentro, fuera, por todas partes. Sus labios, su risa, sus ojos. Su voz suave y penetrante que está hecha para decirte obscenidades al oído mientras te lleva suavemente a la locura.

Y con eso, la culminación llegó, con un grito mudo de mi parte. Mi espalda seguía arqueada y solo podía ver puntitos blancos, mientras gemía a causa del esfuerzo. Al terminar no grité su nombre, cosa que me daba consuelo, pero ya no había vuelta atrás. Me levanté para sentarme sobre la cama, tratando de tranquilizar mi respiración.

Mi mano estaba pegajosa y eso me asqueaba. Me limpié descuidadamente la mano del regazo y cerré el cierre del pantalón. Estaba algo exhausto, tenía pensado ir al baño a limpiarme, cuando un sonido me distrajo. Alguien tocaba la puerta, y solo había un posible sospechoso.

Cerré mis piernas y esperé lo peor. Sebastián entró poco después, con su correcto caminar de siempre.

- Señor, lo he estado buscando. Considero que…- Se detuvo bruscamente, porque al parecer empezó a notar algo en la habitación.

Su mirada se posó sobre mí y notó mi estado. Yo estaba sudado, con el cabello pegado a mi frente, y mi entrepierna pegajosa. Una sonrisa peligrosa se formó en sus labios e inclinó su cabeza a un costado mientras me miraba de arriba abajo.

Traté de mover las piernas y de sentarme correctamente.

- Sebastián no es lo que…- me detuve al ver que se acercaba hacia a mí. Olfateaba lentamente, como un perro que encontró un olor peculiar, casi diría que le agradaba.

Se arrodilló al lado de la cama y acercó su mano hacia la mía. Me sonrojé al darme cuenta que agarraba la mano con la que me había masturbado. Me besó el dorso de la mano brevemente y luego pasó su lengua por la palma de mi mano.

- Ohh, cuan sucio es mi joven amo.

-.-.-.-

-.-.-

-.-


N/A: Parece que Ciel no se equivocaba al adivinar que era lo que decía Sebastián cuando veía que amanecía abochornado.

Hoy no hubo sueños, solo masturbación de la buena y antigua. Le pregunté a un amigo, que aseguró que es cierto, masturbarse es prácticamente necesario para un joven en crecimiento. Para las chicas de la audiencia, ustedes saben que nosotras tenemos la menstruación ¿no? Así el cuerpo se deshace de lo que no necesita. Pues los hombres se deshacen de lo que no necesitan mediante la polución. Sí, son unos malditos bastardos suertudos. Nosotras sufrimos y ellos gozan.

Claro, es una exageración. Por una semana sin eyaculación no va a pasar nada, pero ajá, si el hombre no se masturba –en un tiempo- por eso hay sueños húmedos. El cuerpo se deshace de lo que no necesita mediante una polución nocturna. En fin, yo simplemente exagero todo, para que sea más divertido. Y claro, que Ciel es un joven particularmente hormonal. xD

Créanlo o no, este fic tendrá trama. Trama que por cierto, podría ser hecha sin que sea un fic con lemon, pero, yo quiero ponerle lemon porque… es mi fic y puedo hacerlo. xD

Los jóvenes de antaño empezaban a usar pantalones largos más o menos al cumplir quince. Así que lo siento chicas, si pensaban que Ciel estaba vestido de lindo shotita como siempre. Hice esa escena para recordarles cuan crecido esta Ciel realmente.

No sé como soportan esta palabrería. Esto ya se está convirtiendo en un blog. xD Mi beta esta ocupada, por lo que tendrán que soportar mis fails por un tiempo, pero luego re-subiré todos los capítulos.

Ya saben, un review me haría muy feliz y me haría traer la actualización más rápida. También adoro sus favs y follows.

Nos vemos, ;)