-Le dije que debíamos apurarnos-
-Y yo te dije que cerraras tu maldita boca-
Ladeó los labios, poniendo uno de sus dedos en ellos mientras lo miraba con burla. Con el cabello pegado a las mejillas por la lluvia que los había sorprendido minutos antes, con la ropa sucia de lodo por haberse caído al correr sin mirar dónde pisaba , lucía totalmente desamparado. La fiereza de su mirada, los labios en ese eterno mohín de nobleza, estaban fuera de foco, luchando por recordarle sus posiciones.
-Debo recordarle que mi boca no es lo único maldito que tengo, Señorito- enseñando sus colmillos, arrugando la nariz. Había aprendido a no guiarse por su primer instinto y burlarse de más- llegando prepararé el baño y mientras termina de asearse, calentaré un poco de leche-
-Tú también vas a entrar a la bañera conmigo- sentenció, recargando su cabeza en su mano, apoyando su codo en el filo de la ventanilla del carruaje- Y sí, es una orden-
El protocolo establece la jerarquía. Sus medias habían quedado arruinadas por un raspón en su pantorrilla, las separó del resto de la ropa, examinando que ninguna otra prenda hubiera sido rota, doblando cada una para dejarla en el cesto, viéndolo caminar en la cuerda floja imaginaria, un pequeño tic que le dejara su breve paso por el circo. Un aristócrata, sentándose a la orilla de la bañera, un dedo para medir el calor del agua, su pie va siendo absorbido hasta la rodilla invitando a su compañera, su cintura. No debería estar ahí y aquél pensamiento puede desembocar en otros miles que le llevarán a la misma conclusión. Afuera la lluvia seguía como si acabara de comenzar y Sebastian se lamentó por no haber puesto más inclinado el breve techo para que se resguardaran sus mascotas. Sentía el aire enfriando su ropa sobre su cuerpo, contrastando con el vapor de la bañera.¿Qué papel esperaba que interpretara para él? ¿En qué momento dejó de tocar para unirse a su danza? Cómo era posible. Lo vio recoger sus rodillas contra su pecho, mirándolo con esa fría altanería que hacía una burla sus años.
-Te di una orden- sus labios se movían dolorosamente lento, retándolo, conteniéndolo al mismo tiempo. No había ni un rastro de inocencia ahí. De puertas afuera podía fingir para los demás tan puramente como quisiera y a quien quisiera, podía confundir y despistar tan grácilmente como para dejarle con la boca abierta. Pero la intimidad de un destino compartido, de una desnudez mucho más expuesta que la descarada blancura que se ofrecía bajo el agua, le obligaba a no engañarse. No se trataba de control, no se trataba de poder. Se trataba de destruirse sólo para mostrar quién de los dos estaba más envenenado. Ese era el juego que habían elegido y aunque podía cubrirlo con mil alientos diferentes, ahí estaba, interpretando su papel para que él no perdiera su máscara. Naturalmente iguales. Se deshizo del chaleco antes de comenzar a desabotonar su camisa, doblando su ropa fuera del cesto, al menos guardando la sombólica distancia en su jerarquía imaginaria. Esperaba realmente verlo dudar, asustarse o sonrojarse al escuchar el cuero de su cinturón aflojando su agarre, desvelando para él un límite por borrar. Ni siquiera pestañeó, más bien aburrido por el tiempo que le estaba tomando desnudarse.
-Este cuerpo no se enferma, no es necesario que tome un baño después de mojarme- recordó en voz alta para él antes de comenzar a quitarse los guantes.
-Si me haces repetirlo una vez más...- giró su cabeza, hundiéndola y saliendo de nuevo, esperando. Entonces caminó hasta la bañera, viendo su volumen amenzar con verter agua fuera, la temperatura chocando por sus diferencias, sus piernas rozando con las de Ciel ya que la bañera estaba pensada individual. Sonreía mientras buscaba el shampoo.
-Acérquese para que pueda al menos bañarlo apropiadamente- al moverse por fin vio el agua salir en una ola, sintiendo a Ciel pegar su espalda a su pecho, su coxis rozar su entrepierna en ese mismo oleaje coordinado. Suspiró, dejando la botella en el piso , extendiendo la porción de shampoo en sus palmas antes de esparcirla por su cabello, recogiendo agua en su mano para limpiar el shampoo. Su cercanía se iba cerrando, más relajado. Sus dedos en las hebras azules, el agua y el shampoo entorpeciendo su tacto pero dándole la excusa para estarlo tocando, regando la espuma por su cuello y sus hombros- no se quede dormido- sonrió al verlo cerrar los ojos, suspirando. Su mano fue a su delgado vientre mientras la otra vertía agua en su hombro. Su piel contra el agua era seda pura entre sus dedos. Ladeó el cuello y Sebastian lo tomó como una invitación. Sus labios fueron solos a su mejilla, suave y aterciopelada. Esperó un insulto, otra orden que fijara un límite pero lejos de eso, Ciel se removió para quedar más cerca a él. Encogió las rodillas, sentándolo en su regazo, rodeando su cintura. Otro beso en su quijada, estaba bordeando los protocolos, su cabello se pegaba a su pecho al estar recargando su cabeza. Debió inclinarse hasta sentir alguna vértebra tronar , buscando con sus labios el calor de su cuello, el latido reflejado ahí. Abrió los labios sobre la piel de Ciel, probando el sabor jabonoso enviciando su lengua al delinear su cuello. Las uñas de Ciel se cerraron en sus piernas al sentirlo. Subió sus manos a su pecho y a su mentón, acercando sus labios a su oído- si está de acuerdo con ello, me gustaría proponerle continuar este encuentro en su dormitorio, Señorito. He prometido hacerme cargo de esta clase de inquietudes suyas y justo ahora creo que puedo adivinar sus deseos-
