UN PIRATA HONRADO

Capítulo tres: Una noche en el burdel.

Billy se levantó y le indicó a Lou que lo siguiera. Gritó las órdenes de recoger las velas para detenerse y antes de acercarse demasiado al arrecife soltaron el ancla y el Walrus se detuvo por completo. El movimiento de la tripulación aumentó. Empezaron a descargar la canela en los pequeños botes para llevarlo al puerto y la mayoría se dispuso a pasar una buena noche en la taberna, rodeados de mujeres bellas y dispuestas.

Entonces el capitán Flint salió de su camarote y se entretuvo en una conversación con el señor Gates y el señor Dufresne, ajustando cuentas y sacando porcentajes de la recompensa que obtendrían por la canela. Flint tenía que hablar con Eleanor para hacer el negocio, pero al ver a Louise Wilmer recordó que la situación no era tan sencilla.

-Llévala al burdel –le ordenó a Billy-. Nos reuniremos en lo de Eleanor para deliberar.

Billy asintió y condujo a Lou hacia uno de los botes en el que iba el señor Dufresne y el señor Gates. Ninguno de los dos le dirigió ni siquiera una mirada a la joven Wilmer, cosa que ella agradeció internamente.

-¿Quién es Eleanor? –preguntó Lou dirigiéndose a Billy.

-Eleanor Guthrie, está a cargo del comercio del mercado negro en Nueva Providencia.

-¿Guthrie? ¿Es pariente del señor Richard Guthrie?

Gates, Dufresne y Billy intercambiaron una mirada de asombro.

-Es…posible… ¿la conoces? –preguntó Billy.

-A ella no, pero estoy segura de que alguna vez oí a mi padre mencionar al señor Guthrie en sus negocios –respondió Lou, pensativa.

Malas noticias, pensó Billy. Si Louise conocía a Richard Guthrie, ponía en peligro toda la operación. Si Samuel Wilmer se enteraba de que la mantuvieron prisionera en Nueva Providencia, en donde Richard Guthrie era el mandamás, no dudaría en declararle la guerra a todo Nassau y, tratándose de un hombre tan influyente, tendría el apoyo de toda la armada inglesa. Valiéndose del pretexto de rescatar a Louise, se dedicarían de lleno a acabar con la piratería en las Bahamas.

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Charles Vane, como en muchas otras ocasiones, no estaba en buenos términos con Eleanor Guthrie. Llámese pleito casado, diferencias ideológicas o sentido común, a Vane no le agradaba del todo que la rubia pasara más tiempo del que debería en compañía de la prostituta francesa. Sospechaba que incluso le daba más importancia al burdel que al comercio que le confería a Vane y a su tripulación. Siempre llevaban buena mercancía y sus ingresos a la isla eran de primera. No había, pues, pretexto alguno por parte de Eleanor para no hacer lo que le correspondía respecto a su relación.

Mientras Charles deliberaba qué tal vez ambos necesitaban un tiempo a solas, se decidió por zarpar para ir de cacería. Jack y Bonnie lo habían estado presionando para irse de aquel puerto, pero no fue hasta que Eleanor le dio con la puerta en las narices, que tomó sus cosas y se dirigió al Ranger.

En el camino se topó con Flint y algunos miembros de su tripulación, y para sus malas pulgas se dio cuenta de que traían un buen botín.

Quiso empezar una discusión con el capitán del Walrus, pero se vio ignorado no como si Flint quisiera evitar una pelea o trajera prisa, sino como si ni siquiera existiera.

Vane se encogió de hombros y siguió su camino. Para ser honesto, él tampoco estaba de humor para eso.

Billy lo vio caminar frente a él escoltado por Jack y Bonnie y rehuyó la mirada de esta última. No sabía por qué, pero Anne Bonnie lo intimidaba de una manera muy particular. Lou no pasó por alto esto y sonrió.

-¿Te asustan las mujeres, señor Bones?

-Claro que no.

-¿Y esa chica?

-No es sólo una chica –intervino el señor Gates-. Anne Bonnie es una pirata, y de las más temibles con las que me he topado.

-Silencio –ordenó Flint.

Lou le dirigió una última mirada a Bonnie y siguió a Billy y a los otros al burdel.

El lugar estaba a rebosar de piratas y hombres del pueblo. El alcohol salpicaba de los barriles y de las jarras, las mujeres bailaban alrededor o estaban sentadas en las piernas de algún cliente, susurrándole cosas al oído o riendo a carcajadas cuando sus faldas y vestidos eran levantados para manosear sus muslos.

Lou se sonrojó por las visiones y trató de seguir su camino sin voltear a ver a nadie, pero era difícil ignorar la música, las carcajadas y los gritos de júbilo a su alrededor.

-Te acostumbrarás –le dijo Billy al oído.

Lou vio que el señor Gates y el señor Dufresne se dirigían a la barra para pedir una ronda de bebidas, así que sólo quedó ella con Billy y el capitán Flint. Trató de imaginárselos a ellos en el lugar del resto de los clientes, pero no pudo. De alguna forma ni Billy ni Flint parecían pertenecer a ese lugar. En el barco eran perfectos, pero no en el burdel.

Eleanor Guthrie los recibió y después cerró la puerta. Primero intercambió una mirada silenciosa con Flint, y cuando vio a Billy y a Lou sus ojos se abrieron como platos. Era obvio que una joven hermosa y vestida como Lou en compañía de dos piratas del Walrus no era buena señal.

-¿Qué es esto?

Flint volteó a ver a Lou sin decir nada y luego se recargó en el marco de la ventana que daba hacia la playa.

-Tengo un cargamento de canela que quiero vender.

-¿Canela? ¿Eso es todo?

-Son días difíciles, Eleanor.

-Dímelo a mí. No he recibido nada bueno en meses. La mercancía es mediocre, y todos esperan que les pague como si me estuvieran trayendo las joyas de la corona.

-¿Cuánto puedes darme?

La desesperación en la voz de Flint era notable, aunque trató de ocultarla.

-Descarguen todo y llévenlo a la bodega. Le diré al señor Scott que haga el inventario y revise la demanda en el mercado.

Flint asintió. Eleanor volteó a ver a Lou, como esperando que se presentara o le dijera qué demonios estaba haciendo ahí.

-Louise Wilmer, Eleanor Guthrie. Eleanor, Louise Wilmer –dijo Flint.

-¿Wilmer? Es una broma, ¿verdad?

-Billy creyó que sería una buena idea secuestrar a esta joven que se dirigía a Liverpool para pedir un rescate a su padre.

Eleanor abrió la boca con asombro. Se dejó caer en la silla y se pasó la mano por el cabello.

-De todos los piratas con los que he tratado en mi vida, jamás te habría relacionado con los que secuestran, Billy Bones –Billy iba a decir algo pero Eleanor siguió hablando-. Dime que no es la hija de Samuel Wilmer.

Al ver que ninguno contestaba nada, se levantó y empezó a pasearse por la habitación, claramente angustiada.

-¿En qué carajos estabas pensando? –le gritó a Billy-. Su padre y el mío tienen negocios importantes. ¿Tienes idea del lío en el que estás metido, en el que está Flint y en el que estoy yo? Espero, por tu propio bien y por el de todos en esta maldita isla, que no le hayan hecho nada a esta pobre chica.

Billy parecía asombrado, no sabía que sus acciones tendrían consecuencias tan desastrosas.

-¿Qué me recomiendas? –le preguntó Flint sin voltear a ver a ninguno de los presentes.

Eleanor suspiró y se sirvió un vaso de ron. Lo apuró de un trago y se sirvió otro.

-Esto es malo, muy malo.

-¿Qué me recomiendas, Eleanor? –repitió Flint con calma.

-Pedir un rescate no es una opción –sentenció la rubia-. No dudarán en tomar represalias, sin contar que no estarán dispuestos a hacer un trato con piratas.

-Si no hay rescate, ¿qué haremos con ella? –preguntó Billy.

-Dentro de dos días llegará un navío que se dirige a Inglaterra. La mandaremos de regreso y fingiremos que todo fue un malentendido.

-¿Tendrá pasaje seguro?

-Sí, son personas de fiar, no son piratas.

-¿Y luego? –intervino Flint.

-Convencer a la señorita Wilmer de que le diga a su padre que no tome represalias contra el Walrus ni contra Nassau. Echarle la culpa a alguien más.

Lou contuvo la respiración cuando todas las miradas se posaron en ella. No podía creer que después de todo le estuvieran pidiendo que guardara silencio.

Eleanor se acercó a ella y la tomó de las manos.

-Sé que no estamos en posición de pedirte algo así, pero por favor, reconsidéralo. Billy Bones no es un mal muchacho, y estoy segura de que el capitán Flint te ha tratado bien.

Lou intercambió una mirada con los aludidos y luego se mordió el labio. Sería casi justicia divina ver a Singleton obteniendo su merecido, pero Eleanor tenía razón, ni Billy ni Flint habían sido malos con ella.

-Sólo quiero ir a casa –respondió.

-Lo harás –dijo Eleanor con una sonrisa tranquilizadora-. En dos días estarás zarpando de regreso a Liverpool.

-¿Sería mucho pedir que se quede aquí hasta entonces? No está segura en el barco –dijo Billy.

-Le diré a Max que le dé una habitación con sábanas limpias.

-Gracias –respondió Lou.

Billy volteó a ver al capitán y éste le ofreció un asentimiento de cabeza, indicándole que podía retirarse y que dejaba a Lou a su cargo.

Cuando Eleanor y Flint se quedaron solos, este último se acercó a la mesa y se sirvió un vaso de ron con toda la confianza del mundo. Eleanor se dejó caer en su asiento y se recostó. Flint se puso atrás de ella y le dio un masaje en los hombros.

-Relájate.

-Esto es serio, Flint.

-Ya está solucionado. La chica regresará a su casa, sana y salva.

-Espero que sea así y que no les guarde rencor.

-Está interesada en Billy, se le nota a leguas, no hará nada que lo perjudique.

-¡Billy la secuestró!

-Y debiste verlos cuando estaban pescando, nunca vi una pareja más feliz y desigual.

Eleanor asintió. Si Flint estaba tan seguro de eso, tenía que creerle.

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Billy llevo a Lou a la taberna para que comiera algo. El guisado no era exquisito, pero las cocineras eran mucho más hábiles que el señor Randall haciendo puchero. Se sentaron en una mesa del fondo para no ser molestados.

Había un silencio incómodo entre los dos. Billy sabía que tenía que disculparse de algún modo con Lou, pero se sentía tan idiota que no sabía por dónde empezar.

-Así que regresas a casa…

Lou le lanzó una mirada asesina por recalcar lo obvio, cuando el autor de sus desgracias era él y nadie más.

-Escucha, no soy bueno para pedir disculpas, la verdad no recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice, pero si de algo sirve a estas alturas, lamento haberte secuestrado del Marcela.

-Creo que es un poco tarde para eso.

-Dentro de dos días zarparás rumbo a Liverpool y con suerte nunca más tendrás que volver a estas aguas.

-Eso espero.

Billy asintió. Las palabras de Lou fueron más duras de lo que esperaba, y le calaron profundamente. Había sido un tonto al pensar que lo perdonaría sin más ni menos. No lo odiaba, eso era obvio, pero estaba seguro de que le guardaba rencor por todo.

-Creo que no te agradecí por haberme salvado hoy en la cubierta –dijo Lou después de una pausa.

-¿Hablas de Singleton?

Lou asintió.

-No fue nada –respondió Billy dándole un trago a su cerveza-. Hice lo que debía hacer. Te dije que no estarías a salvo con ellos.

-Pero tú te encargaste de que así fuera –replicó Lou-. Ni siquiera me agradas, Billy Bones, pero eres un buen pirata.

-Un buen pirata –repitió Billy con una sonrisa-. No existe tal cosa.

-Entonces uno de los dos está equivocado.

Billy no respondió nada. Observó a Lou terminarse su comida y un rato después Max se les acercó.

-Hace tiempo que no te veía, Billy –saludó la morena.

-Hola Max.

-Tú debes ser Louise. Acompáñame, te llevaré a tu habitación.

Billy también se puso de pie, pero Max le puso la mano en el pecho para que se sentara.

-A no ser que quieran compartir habitación, creo que podemos encargarnos nosotras –dijo con una sonrisa.

-Se supone que debo tenerla vigilada.

-¿Por qué?

Billy no sabía hasta dónde Max estaba enterada del problema en el que estaban metidos respecto a Louise Wilmer. Si bien era sabido que Eleanor compartía con Max más que relaciones de negocios, también podía ser muy discreta cuando se lo proponía. Lo mejor era suponer que Max no sabía la identidad de Louise y dejar que se la llevara para instalarla en la habitación como si se tratara de un huésped sin importancia.

-Sólo decía.

-Estaremos bien –respondió Max.

Lou le dirigió una última mirada Billy antes de seguir a Max hacia la parte de arriba del burdel. Desde la habitación que le asignó Max podía verlo perfectamente desde la ventana, pero decidió mantenerla cerrada para evitar inconvenientes.

-¿Quieres que te ayude con la ropa?

-Estoy bien, gracias.

-Pídele lo que quieras a cualquier chica, Eleanor nos dio indicaciones de atenderte bien esta noche.

-Eso no será necesario.

-Espero que puedas dormir bien. Las noches suelen ser muy ruidosas en este lugar.

Max le sonrió y salió de la habitación.

Lou se quitó el vestido y quedó sólo en camisón. Aunque le gustaba pasear en Liverpool, se sentía exhausta en el transcurso de dos días. Se dejó caer sobre la cama y enterró la cara en la almohada, tratando de ahogar sus pensamientos respecto a cierto pirata que aguardaba en la parte de abajo y en la conversación que habían tenido antes de que llegara Max.

¿De verdad era Billy un buen hombre? Su apariencia, su amabilidad y su actitud le decían que sí, pero su oficio y sus acciones del día anterior le decían que no. A veces la molestaba sin razón alguna, pero la defendió cuando fue necesario. La mente de Lou era, pues, un mar de contradicciones, y ella se sentía como un náufrago en medio de la tormenta.

Dos días. Dos días tenían que bastar para aclarar sus pensamientos. En dos días zarparía a Inglaterra y no tendría que verlo nunca más. Hablaría con su padre de lo sucedido y dejaría que él se encargara de las consecuencias. Si decidían o no atacar Nassau, le tenía sin cuidado, ella estaría en Liverpool, de vuelta con su familia y en su círculo social. Todo esto quedaría sólo como un mal recuerdo, como una pesadilla y un inconveniente mientras viajaba por las aguas de las Bahamas.

Con esta decisión tomada, se permitió relajarse y se metió bajo las sábanas para conciliar algo de sueño. Las carcajadas y los gemidos que se colaban por las paredes le parecieron sólo un murmullo en comparación con los latidos de su corazón. Supuso que se debía a la incertidumbre de estar sola en un lugar desconocido y no al hecho de que estaba pensando en Billy Bones.

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Mientras la joven Louise Wilmer yacía en la cama del burdel, el Dilacerante se abría paso por la misma ruta que había seguido el Walrus. Los hombres levantaron la red que habían lanzado el agua y sacaron una prenda de color rosa palo.

El señor Linus, que ocupaba el puesto del contramaestre desde que había asesinado al anterior, sonrió al reconocer un corsé de señorita y no dudó en llevarlo directamente a ojos del capitán Moria.

El capitán del Dilacerante, Alexander Moria, era un hombre sanguinario. Se dedicaba a la piratería desde que tenía memoria, y se jactaba de haber navegado por los siete mares en más de una ocasión. Tenía apenas treinta años cumplidos, y más cicatrices de las que podía contar. Su inclinación no era precisamente el comercio de mercancía robada, sino el saqueo de puertos prósperos de cualquier continente en el que fijara la vista. Peleaba, violaba y mataba sin miramientos, y cuando pisó la cubierta del Marcela, apenas dos horas después de que el Walrus hubiera terminado de robar el cargamento de canela, descubrió que se habían llevado algo más importante.

-No me interesa la canela –le había dicho al contramaestre-, ya te dije que no soy un comerciante ni un mercader. Quiero el premio que se llevaron, el cual he estado rastreando desde que zarpó de Nueva España.

Cabe mencionar que Moria sabía el día y la hora en la que el Marcela pasaría a recoger a Louise Wilmer, el lugar exacto en el que cargarían la canela en el polvorín y la ruta que seguiría para ir de regreso a Liverpool.

Pero había un problema. Mientras que él apuntaba hacia la joven Louise, James Flint apuntaba hacia la canela. El primero que llegara se quedaría con el botín que quería, excepto que Flint había decidido llevarse también a la chica.

Moria no tenía nada personal con ningún pirata ni con nadie en particular. Sus saqueos eran aleatorios, casi nunca planeados o por venganza, pero si algo no estaba dispuesto a tolerar era que le quitaran a su presa. Una vez que recuperara a la chica, se aseguraría de matar hasta el último tripulante del Walrus para dejar claro que nadie se metía con él y vivía para contarlo.

Esta idea lo hizo sonreír, y la cicatriz que bajaba de su ceja hasta el mentón se plisó de forma extraña. Sus ojos se tornaron de un azul más oscuro, ese que adquiría cuando estaba impaciente y sediento de sangre.

-Capitán –lo llamó Linus-. Encontramos esto en el agua.

Linus le entregó el corsé y Moria lo examinó con detenimiento.

-Nos estamos acercando –exclamó.

-El rumbo es correcto. El Walrus se dirige a Nassau.

-Y si no me equivoco, llegará a Nueva Providencia para negociar con esa zorra Guthrie –añadió Moria-. Bajen las velas y a toda velocidad. Llegaremos esta noche y reclamaremos lo que nos pertenece.

Los hombres así lo hicieron. Alexander Moria olfateó el corsé y observó las aguas negras que se abrían frente a él para darle paso al Dilacerante. Muy pronto pondría las manos sobre Louise Wilmer, ya casi podía sentir su suave y cálida piel y los latidos de su corazón bombeando en su blanco pecho.

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Billy Bones ya estaba pasado de alcoholes. Seguía sentado en la misma mesa desde que Lou y Max se habían retirado, y lanzaba miradas discretas de cuando en cuando al aposento de la rubia. Tenía que empuñar las manos y hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no ir a buscarla. Dudaba que estuviera durmiendo, o si lo estaba haciendo seguramente se trataba de un sueño en extremo ligero.

Estaba en estas cavilaciones cuando el ruido de la puerta abriéndose con estruendo llamó su atención. Volteó la cara hacia la puerta y vio entrar a tres hombres con armas de fuego y espadas en el cinturón. Max se acercó a ellos y les dio la bienvenida, pero el que estaba en medio y parecía ser el líder la tomó del cuello y la estampó contra la pared.

De inmediato el resto de los presentes se callaron y se pusieron de pie, presintiendo que muy pronto empezaría una pelea. Los dos hombres que acompañaban al agresor pusieron la mano en la culata de la pistola, listos para desenfundar y llenar de plomo al primero que se atreviera a intervenir.

-Estoy buscando al capitán Flint –dijo el hombre con voz calmada.

Max apenas si tocaba el suelo con las puntas de los pies. El hombre vio que le costaba trabajo respirar y por ende hablar y aflojó su agarre pero sin soltarla del todo.

-El capitán Flint no está aquí –respondió Max.

-¿Y en dónde puedo encontrarlo? ¿Acaso está metido debajo de la falda de Guthrie, en su oficina?

Max no sabía qué responder. Le sostuvo la mirada valientemente, pero parecía que quería salir corriendo de ahí o darle una fuerte patada en la entrepierna.

Billy se puso de pie para intervenir pero al final no fue necesario, pues en ese momento entró Eleanor seguida de Flint. El hombre reconoció al capitán del Walrus y soltó a Max, que se alejó de la escena y no tardó en verse envuelta en los brazos de sus compañeras para preguntarle si estaba bien.

-Lárgate de mi puta taberna –gruñó Eleanor.

-Espera, Eleanor –la detuvo Flint-. ¿Quién eres y qué quieres?

El hombre sonrió y se acercó a ellos.

-Alexander Moria, capitán del Dilacerante –explicó-. Me parece que tú tienes algo que me pertenece.

-Estoy seguro de que no es así, pero escucharé lo que tengas que decir afuera –respondió Flint fulminándolo con la mirada.

-Eso no será necesario. Verás, no es ningún secreto de Estado. He venido a recuperar mi botín que te llevaste del Marcela.

Billy se tensó en su lugar al escuchar el nombre del barco en el que viajaba Louise. Flint sonrió con sorna.

-¿Tu botín? Pareces algo perdido, así que déjame explicarte cómo funcionan las cosas en Nassau. Las presas son del primero que llegue. Llegué primero al Marcela y me apoderé de su cargamento, ya cerré el trato con la señorita Guthrie.

Moria escupió al suelo, muy cerca de los pies de Eleanor.

-No me interesa la estúpida canela ni los tratos que hayas hecho con tu puta personal. Vine por lo que me pertenece, y lo tomaré de una forma u otra.

Flint tensó la mandíbula al escuchar cómo le había hablado a Eleanor, pero se contuvo de golpearlo porque iniciar una pelea no era buena idea, mucho menos con hombres necios como aquellos.

-Si no te refieres a la canela entonces me confundes con otro. Mis hombres tomaron el cargamento del polvorín y nada más.

-No juegues conmigo, Flint. El capitán Wilson dijo que se llevaron a la chica.

Flint no fue tan estúpido como para intercambiar una mirada con Billy, pero éste entendió que tenía que sacarla de ahí cuanto antes. Billy se escabulló entre las mesas y corrió a las escaleras sin que lo vieran. Llamó un par de veces a la puerta, pero no hubo respuesta. Entró sin avisar ni hacer ruido y se acercó a la cama donde reposaba el cuerpo de Lou. Tomó su vestido de la silla y la sacudió de los hombros.

-Louise, Louise, ¡despierta!

Lou se incorporó de golpe y se encontró frente a frente con la cara de Billy.

-¿Qué sucede? ¿Qué estás haciendo en mi habitación?

-No hay tiempo para explicaciones –respondió Billy arrojándole el vestido a la cabeza y caminando hacia la puerta para asomarse-. Vístete, tenemos que irnos.

-¿Irnos? ¿A dónde?

-A donde sea, ¡pero ya!

-No iré a ningún lado contigo, Billy Bones –exclamó Lou cruzando los brazos.

Billy cerró la puerta y dio largas zancadas hasta llegar al lado de Lou.

-Voy a salir contigo de un modo u otro, así que te sugiero que te vistas si no quieres que lo haga por ti.

Lou bufó molesta pero obedeció la orden. Se puso los zapatos y se acercó a Billy, que estaba asomándose nuevamente por la puerta. Escucharon de pronto algunas botellas rompiéndose y el ruido sordo de una mesa al caer.

-¿Qué fue eso? –preguntó Lou alarmada.

-No hagas ruido y sígueme –dijo Billy jalándola del brazo.

Bajaron las escaleras y llegaron a la barra a tiempo para ver a Flint y a Moria envueltos en una pelea. Flint era fuerte, pero Moria era más rápido. Los dos tenían sangre chorreándoles de la nariz y de la boca, pero el intercambio de golpes no cesaba. Flint lo estampó contra la pared y en cambio recibió una fuerte patada en la entrepierna que lo hizo doblarse de dolor. Moria lo agarró del cabello y le dio con la rodilla en el rostro.

-Vamos, abuelo, podría seguir toda la noche.

-Es suficiente –dijo Eleanor poniéndose entre los dos, pero recibió un revés por parte de Moria.

-No te metas –escupió Moria.

Eleanor se puso la mano en la mejilla y estaba a punto de regresárselo sin pensar en las consecuencias, pero Flint se levantó justo a tiempo y lanzó un puñetazo que encajó limpiamente con la mandíbula de Moria.

-No vuelvas a tocarla.

Moria se limpió la sangre con el dorso de la mano y sonrió. Sacó el revólver de su cinturón y le apuntó a Flint directamente entre los ojos.

-Última oportunidad –sentenció-. ¿Dónde está la chica?

Lou observaba la escena desde las escaleras con las manos en la boca para no gritar. Nunca había visto tanta sangre en su vida, mucho menos una pelea entre dos hombres.

-¿Dónde está Louise Wilmer? –repitió Moria.

Lou contuvo la respiración y tuvo que agarrarse del brazo de Billy para no desfallecer. Flint estaba recibiendo una paliza por su culpa, y aun así se negaba a entregarla. No podía dejar las cosas así, tenía que hacer algo al respecto.

-¡Déjalo en paz! –gritó Lou.

Billy le tapó la boca y la detuvo, pero fue demasiado tarde. La mirada de Moria se posó sobre ellos y con un asentimiento de cabeza les indicó a sus dos hombres que fueran por ella.

-¡Billy, corre! –gritó Flint.

Billy se quedó estático un momento y luego se echó a correr hacia la habitación llevándose a Lou consigo. Los hombres que estaban en la taberna fueron lo suficientemente rápidos como para interponerse y una nueva pelea surgió entre los gritos y alaridos. Flint le dio un manotazo a la pistola de Moria y ésta salió volando y se perdió en medio del tumulto. Arremetió contra él y lo golpeó tantas veces que fue imposible llevar la cuenta. Moria se defendió como pudo y finalmente logró zafarse del agarre de Flint y salió corriendo de la taberna.

-¿Estás bien? –Eleanor se acercó a Flint y examinó sus heridas.

Flint la apartó de sí y asintió.

-¿Dónde está Billy?

-Corrió hacia la habitación –respondió Eleanor viendo hacia las escaleras que estaban vacías.

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Segundos antes de que Moria escapara de la taberna, Billy entró con Lou a la habitación y cerró la puerta.

-Tenemos que salir de aquí –exclamó.

Se acercó a la ventana y la abrió. El tejado alrededor de la casa les permitiría escapar, pero estaba muy alto como para saltar sin lastimarse.

-Yo iré primero.

Salió por la ventana y se agarró al tejado para descender lo más abajo que podía sin soltarse. Su complexión alta le era muy útil. Lou no dejaba de mirar alternadamente hacia Billy y hacia la puerta detrás de ella en caso de que Moria apareciera. No es que pudiera hacer algo para defenderse, pero era peor ser tomada desprevenida.

Cuando escuchó que Billy cayó se apresuró a salir también por la ventana. Sintió vértigo cuando se asomó a ver lo alto que estaba, pero sin perder tiempo se agarró al tejado y dejó caer su cuerpo cuan largo era. Billy estiró los brazos y la atrapó en el aire antes de que tocara el suelo.

Lou se estremeció por la cercanía y sintió el calor subiendo a sus mejillas. Los labios de Billy estaban a unos cuantos centímetros de los suyos, podía contar sus pestañas si se lo proponía y ver el tono azul de sus ojos en la oscuridad de la noche.

-¿Estás bien? –susurró Billy.

Lou asintió y Billy la puso en el suelo. Los latidos acelerados de su corazón retumbaban en su pecho, tan intensamente que seguramente despertarían a todo el vecindario. Billy carraspeó y desvió la mirada con incomodidad.

-Hay que irnos –dijo jalando a Lou del brazo e internándose en las calles de Nueva Providencia.

-¿A dónde iremos?

-No lo sé, ese sujeto no descansará hasta llevarte con él.

Lou suspiró angustiada.

-No lo permitas, por favor. Sé que no es tu obligación encargarte de mí, Billy Bones, pero si ese hombre…

Billy la tomó de la cintura y acunó su rostro con la mano izquierda al tiempo que sellaba sus labios con un beso. Lou no tuvo tiempo de sorprenderse, cuando supo lo que estaba pasando cruzó ambos brazos detrás de la nuca de Billy y profundizó el beso.

El cuerpo de Lou se amoldaba a la perfección al de Billy. Ambos cerraron los ojos y se entregaron al momento bajo la luz de la luna. Billy saboreó su esencia y se embriagó con su aroma delicado, mientras que Lou se sintió más segura que nunca entre los brazos de Billy.

El tiempo se detuvo para ellos dos, pero no para el capitán Alexander Moria, que los observaba fijamente a unos cuantos metros de distancia.

Continuará…