Capítulo tres

Encuentros

Nunca digo adiós, no dejo que las personas más cercanas a mí se vayan.

De pie delante del espejo, Sakura estudiaba la foto que tenía en la mano: ella a los dieciocho años. Luego miró la imagen que le devolvía el espejo y se fijó en cuáles eran las diferencias. El cambio más obvio era que ahora tenía pómulos afilados en lugar de mofletes. También el pelo: antes, unas greñas que apenas le tapaban las orejas, mientras que ahora lo llevaba recogido en una espesa trenza que le llegaba hasta la cintura. Lo único que no había variado eran los ojos, verdes claro. Sin embargo, siempre podía ponerse gafas de sol cuando pensara que cabía la posibilidad de que se cruzara con Li y, de ese modo, ocultarle indefinidamente su identidad.

Había considerado el asunto desde todos los puntos de vista posibles y había decidido que no podía confiar en la buena disposición de Li. Este era impredecible, volátil. Lo mejor sería evitarlo siempre que fuera posible e intentar que Clow no la presentara ante su propio marido como «una antigua amiga de tu pueblo».

Al parecer, Syaoran iba a acudir a la revista esa mañana. El día anterior habían dejado caer la noticia de la venta de la revista: Li Syaoran había dejado su trabajo de enviado especial y a partir de ese momento dedicaría su tiempo y su talento a la prensa escrita de actualidad, aunque ocasionalmente todavía elaborara algún reportaje para la televisión. Los periodistas veteranos se sentían de repente incómodos, hojeaban su currículum, revisaban sus trabajos y los comparaban con el estilo periodístico de Li, directo y mordaz. Y si Sakura no había oído comentar cien veces a las mujeres de la redacción lo guapo que era Li Syaoran, no lo había oído ninguna. Incluso compañeras que estaban felizmente casadas se sentían emocionadas ante la idea de trabajar con Li. Era algo más que un buen periodista: era un famoso.

Sakura ya estaba cansada de todo aquel revuelo. Lo primero que haría esa mañana sería ir a ver a Clow para que la mandara a cubrir una noticia, lo que fuera, hasta que las cosas se hubieran calmado. Ya llevaba tres semanas sin que le asignaran ningún reportaje, así que a nadie le parecería raro que estuviera impaciente por marcharse. Faltaba más de un mes para el baile benéfico de Hong Kong, y no sería capaz de quedarse tranquilamente sentada a su mesa tanto tiempo.

De repente se dio cuenta de lo tarde que era. Echó una ojeada apresurada a su imagen en el espejo: una figura delgada, de aspecto pulcro y competente, con pantalones azul oscuro y una camisa de seda del mismo color. Llevaba el pelo hacia atrás, recogido en una coleta y, como toque final, se había puesto unas gafas de sol. Respondería a quien le preguntara que le dolía la cabeza y la luz le hacía daño en los ojos. Las gafas no eran tan oscuras como para no poder trabajar con ellas puestas si hacía falta.

Tenía que darse prisa. Como el ascensor de su edificio era bastante lento, bajó las escaleras de dos en dos y llegó a la parada justo cuando el autobús acababa de cerrar sus puertas. Empezó a vociferar y a aporrear el cristal, y el conductor le sonrió.

-Me preguntaba dónde estabas -bromeó.

Era cierto, era de las que siempre aporrean las puertas de los autobuses.

Consiguió llegar a la revista justo a la hora y se dejó caer en su silla, asombrada de seguir con vida. Al cruzar la calle, habían estado a punto de atropellarla al menos en seis ocasiones. El pulso le latía a toda velocidad y sonrió: ¡si su método habitual para llegar al trabajo a la hora empezaba a parecerle emocionante, era que necesitaba un poco de acción!

-Hola -saludó Takashi-. ¿Deseosa de conocer a El Hombre?

-Deseosa de que me manden a alguna parte -replicó-. Llevo demasiado rato pegada a la silla, me están saliendo telarañas. Voy a hacer una visita a Clow en su guarida para ver si me da algo que hacer por ahí fuera.

-Estás loca -le dijo Yamazaki con franqueza-. Hoy Clow está acelerado, mejor que esperes hasta mañana.

-Tentaré a la suerte -contestó ella alegremente.

-¿No es eso lo que sueles hacer siempre? Oye, ¿y esas gafas? ¿Es que quieres ocultar que te han puesto un ojo morado? -inquirió Yamazaki con ojos curiosos. No descartaba la posibilidad de que Sakura se hubiera visto envuelta en una pelea en alguna parte.

-De eso nada -para convencerlo, se quitó las gafas un momento y se las puso otra vez-. Me duele la cabeza y me molesta la luz.

-¿Tienes migrañas? -preguntó él con preocupación-. A mi hermana le dan de vez en cuando y no soporta la luz.

-No creo que sea una migraña -protestó-. Seguro que es una reacción nerviosa por llevar tanto tiempo sin salir a la calle.

Takashi se rió y ella aprovechó para levantarse y dirigirse al despacho de Clow antes de que llegara Li.

A medida que se acercaba a la puerta abierta del despacho, oyó que Clow estaba hablando por teléfono. Su tono era cortante, impaciente, y Sakura enarcó las cejas al escuchar lo que decía. Clow era impaciente por naturaleza, pero casi siempre se mostraba razonable. Su actitud en ese instante, sin embargo, no era precisamente razonable. Yamazaki tenía razón, Clow estaba más acelerado de lo que era habitual en él, nervioso e irascible, y no le cabía la menor duda de que se debía a la llegada inminente de Li.

Cuando oyó que daba bruscamente por terminada la conversación y estampaba el auricular en la base del teléfono, asomó la cabeza por la puerta.

-¿Una café te facilitaría las cosas?

Clow levantó la cabeza al oír la voz de Sakura y su boca se curvó en una mueca.

-Ya estoy nadando en café -gruñó-. No sabía que en esta revista trabajaran tantos idiotas. Te juro que si recibo otra llamada de uno de esos tontos...

-Todo el mundo está nervioso -trataba de apaciguarlo.

-Tú no -señaló él-. ¿Y esas gafas? ¿Es que ya eres tan famosa que tienes que viajar de incógnito?

-Tengo mis razones -replicó Sakura-, pero por ser tan listo no pienso contártelas.

-Como quieras -refunfuñó—. Anda, largo de aquí.

-Necesito que me mandes a cubrir alguna noticia -apuntó ella-. Yo misma estoy a punto de abofetear al que se cruce en mi camino.

-Creía que querías estar presente para saludar a tu antiguo vecino -respondió Clow-. Además, ahora no tengo nada para ti.

-No seas así -suplicó ella-. Tiene que haber algo. ¿Es que no hay manifestaciones, desastres naturales, secuestros? ¡En algún rincón del planeta debe haber una historia para mí!

-Mañana tal vez -replicó él-. No tengas tanta prisa. Por amor de Dios, Saku, quizá te necesite aquí si El Hombre se pone difícil. Siempre resulta agradable tener a mano a una vieja amiga...

-¿Para echarla a los leones? -lo interrumpió ella secamente.

Contra todo pronóstico, Clow sonrió.

-No te preocupes, muñeca, no te hará pedazos, sólo jugará un rato contigo.

-Clow, no me estás escuchando -gimió ella-. Llevó aquí encerrada tres semanas. Necesito salir.

-No eres sensata -señaló él.

-Y tú no tienes compasión -replicó ella-. Clow, por favor...

-¿Por qué tanta prisa? -gritó de repente-. Maldita sea, Saku, el nuevo amo está a punto de aparecer por aquí, y no es precisamente un corderito. Hoy no va a ser un día divertido, así que deja de darme problemas, ¿quieres? Además, puede que quiera verte y, en ese caso, quiero que estés aquí.

Sakura se dejó caer en una silla y gimió al darse cuenta de que tendría que contarle la verdad a Clow. Sólo de ese modo la mandaría fuera de la redacción, y tal vez no fuera tan malo que estuviera al tanto. Al menos, así dejaría de pensar en usarla para apaciguar a Li. Y la verdad era que Clow tenía derecho a saber cuáles eran las circunstancias y las complicaciones que podía crear su presencia allí ese día.

-Clow, creo que deberías saber que tal vez Li no esté tan encantado de verme -dijo con voz tranquila.

Él se puso alerta inmediatamente. -¿Por qué? Pensaba que erais amigos... Ella suspiró.

-La verdad es que no puedo decir si éramos o no amigos. Hace siete años que no lo veo; aparte de en la tele, claro. Y hay algo más. No iba a contártelo, pero debes saberlo. Sabes que sigo casada, aunque lleve años separada de mi marido, ¿no?

Clow asintió con la cabeza y se puso repentinamente rígido.

-Sí, pero nunca has dicho quién es tu marido. Usas tu apellido de soltera, ¿verdad?

-Sí, no quería deberle nada a nadie ni aprovecharme de su apellido. Es un hombre muy conocido. Bueno, ya lo habrás adivinado: es Li Syaoran.

Clow Reed tragó saliva y abrió mucho los ojos. Volvió a tragar. Sakura nunca mentía, sabía que era brutalmente sincera, pera... ¿Li Syaoran? ¿Ese hombre tan duro e implacable y su reportera de aspecto frágil y mirada risueña?

-¡Por Dios, Sakura! -dijo con brusquedad.

Sakura soltó una carcajada.

-¡Así es!. En fin, quería qué supieras por qué necesito que me mandes fuera. Cuanto más lejos esté de Li, mejor. Llevamos siete años separados, pero lo cierto es que sigue siendo mi marido, y las relaciones personales en el trabajo pueden llegar a ser problemáticas.

Clow la miraba con incredulidad, aunque sabía que lo que decía era verdad. Le resultaba difícil de creer. ¿Sakura?, ¿la pequeña Sakura Kinomoto con ese hombretón? Tenía el aspecto de una cría, vestida toda de azul y con su trenza por la cintura.

-¿Qué pasó? -preguntó.

Ella se encogió de hombros. -Que se aburrió de mí.

-¿Que se aburrió de ti? -ahora sí que no la creía-. ¡Anda ya!

Ella se volvió a reír.

-En esa época no era la que soy ahora. Era un ratoncito acobardado, no me extraña que Li se largara. Yo no soportaba que su trabajo lo obligara a ausentarse de mi lado. Me angustiaba muchísimo y luego se lo echaba todo en cara; y al final acabó marchándose. No lo culpo, lo raro es que me aguantara tanto tiempo.

Clow sacudió la cabeza. Le resultaba imposible imaginarse a Sakura tímida. A veces pensaba que incluso era demasiado temeraria. Siempre estaba dispuesta a embarcarse en lo que fuera, y cuanto mayor era el peligro, más disfrutaba ella. No fingía. Cuando las cosas se ponían difíciles, se le iluminaba la cara y le brillaban los ojos.

-Vamos a ver -murmuró-. ¿Li sabe que trabajas aquí?

-No creo -respondió alegremente-. Llevamos seis años sin ningún contacto.

-Pero seguís casados, así que tendrá que mandarte el dinero de la pensión... -se calló.

Al notar la mirada ofendida de Sakura y suspiró-. Has renunciado a la pensión, ¿verdad?

-En cuanto fui capaz de mantenerme yo solita. Cuando Li se marchó tuve que empezar a buscarme la vida, y me fui curtiendo. Me gusta ser independiente.

-Pero ¿no le has pedido el divorcio?

-Bueno..., no -admitió, arrugando la nariz, algo confundida-. Nunca he querido volver a casarme, y supongo que a él le ha pasado lo mismo, así que no hemos llevado las cosas hasta el final. Seguramente a él le viene bien estar casado; así siempre tendrá una excusa para librarse de las admiradoras que quieran llegar más lejos.

-¿Y a ti te molesta tener que encontrarte con él? -preguntó Clow sin rodeos, más preocupado de lo que estaba dispuesto a admitir con la idea de que Sakura fuera la mujer de Li.

-¿Con Syaoran?Hace mucho que lo superé -reconoció con toda sinceridad-. No me quedaba otro remedio, tenía que sobrevivir. A veces, incluso me parece irreal haber estado..., bueno, estar casada con él.

-¿Y a él?, ¿le molestará tener que volver a verte? -insistió Reed.

-Por el lado emocional, desde luego no.

Para él también debe estar todo olvidado. Al fin y al cabo, fue el que se marchó. Pero Syaoran tiene su carácter, y a lo mejor no le hace gracia que su mujer trabaje para él, ni siquiera con diferente apellido. Y tal vez no le guste tenerme cerca, le parezca que puedo cohibir lo. No tengo intención de meterme en su vida personal, pero eso él no lo sabe. Así que, como ves, sería una buena idea que me mandaras por ahí a cubrir algo para no ponerme a tiro de Li, al menos al principio. No quiero perder mi trabajo, coronó su perorata con una sonrisa y Clow sacudió la cabeza.

-De acuerdo -murmuró-, te encontraré algo. Pero si llega a descubrir que eres su mujer, yo no sé nada del asunto.

-¿De qué asunto? -preguntó ella haciéndose la sorda, y Clow no pudo contener la risa.

Sakura sabía bien que era mejor no agotar la paciencia de su jefe, así que se despidió.

-Gracias -dijo llevándose una mano al corazón, y se marchó a su mesa.

Takashi había desaparecido y estaba relativamente a solas, aunque sólo una mampara separaba su cubículo de los demás y el repiqueteo de los teclados y el murmullo de voces le llegaban con la misma nitidez que si nada se interpusiera entre ella y el resto de la redacción.

Cuando Yamazaki regresó con una taza de café humeante, ya se sentía más relajada. La promesa de Clow de ayudarla a desaparecer del mapa había calmado su ansiedad. Terminó de escribir el artículo en el que estaba trabajando y se sintió satisfecha del resultado. Le gustaba redactar, organizar ideas. Experimentaba una satisfacción casi sensual cuando remataba una frase a su gusto.

A las diez en punto el murmullo de conversaciones se apagó de repente y se oyeron algunos susurros. Sin necesidad de levantar la vista, Sakura comprendió que Li había llegado. Con precaución, bajó la cabeza e hizo como si buscara algo en el cajón de su mesa. Al cabo de unos instantes, el murmullo recuperó su volumen de costumbre, lo cual significaba que Syaoran se había marchado tras echar un vistazo rápido.

-¡Dios santo! -una voz de mujer se alzó por encima de las demás-. ¿Se dan cuenta? Semejante pedazo de hombre... ¡soltero!

Sakura sonrió levemente al reconocer la voz de Yano Megumi, una exuberante y sexy administrativa con más boca que cerebro. Aun así, no cabía duda de que Yano tenía razón en lo que se refería al físico de Li. Sakura sabía tan bien como cualquiera el efecto que su marido causaba en las mujeres.

Quince minutos más tarde su teléfono sonó y ella se abalanzó para contestar, un gesto que hizo que Yamazaki la mirara con asombro.

-Lárgate, sal del edificio -murmuró Clow-. Va a darse una vuelta para saludar a todo el mundo. Vete a casa. Intentaré mandarte a alguna parte esta noche.

-Gracias -respondió, y colgó. Se puso de pie y agarró el bolso-. Hasta luego -dijo a Takashi.

-¿Vuelas, cereza? -preguntó, como siempre hacía.

-Eso parece. Clow me ha dicho que vaya haciendo el equipaje -agitó la mano en señal de despedida. No quería entretenerse, Li estaba de camino.

Salió al pasillo y el corazón casi se le paró cuando las puertas del ascensor se abrieron y apareció Li acompañado por tres hombres a los que no conocía y por el antiguo propietario de la revista, el señor Wen. En lugar de avanzar hacia ellos, se dirigió a las escaleras, cuidando de mantener la mirada baja y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, pero notó que Syaoran se paraba y la miraba. El pulso se le aceleró y bajó las escaleras sin vacilar. ¡Por los pelos!

Encerrada en su apartamento, esperando que Clow la llamara, casi se vuelve loca de impaciencia. Caminó durante un rato de arriba abajo; luego, trató de quemar energías limpiando el frigorífico y ordenando armarios. Ninguna de las dos cosas le llevó mucho tiempo, ya que no tenía ni demasiada comida ni muchos cacharros que ordenar. Por fin encontró la manera perfecta de matar el tiempo: haciendo la maleta. Le encantaba hacer el equipaje, seleccionar lo fundamental y guardarlo en la bolsa de viaje: la libreta de notas, lápices y bolígrafos, una grabadora, un diccionario muy sobado, varios libros de bolsillo, un sacapuntas, una calculadora, pilas de repuesto y una linterna. Esos objetos indispensables la acompañaban dondequiera que fuese.

Acababa de guardarlo todo en su sitio cuando sonó el teléfono y, al descolgar, oyó la voz de Clow, anunciándole que ya tenía un reportaje para ella.

-Es lo mejor que he podido encontrar, al menos te permitirá marcharte de Tokio -gruñó-. Tienes una reserva en un vuelo a Osaka mañana por la mañana.

La mujer de un senador está haciendo mucho ruido. Un asunto de información confidencial en una fiesta en la que todos habían bebido demasiado.

-Suena bien -comentó Sakura.

-Voy a mandar a Yukito Tsukishiro contigo -continuó Clow-. Habla con la mujer del senador. Es lo más que podrás acercarte al general. Le daré a Yukito un resumen sobre el tema para que lo hojees. Os encontraréis en el NRT a las cinco y media.

Ahora que sabía adónde se dirigía, Sakura podía terminar de hacer el equipaje. Metió varios vestidos de corte convencional y un traje de chaqueta pantalón. No era su ropa preferida, pero tenía la sensación de que un atuendo modosito haría que la mujer del senador se sintiera más cómoda durante la entrevista y confiara en ella...

Como de costumbre, le costó conciliar el sueño. Siempre le ocurría lo mismo la noche previa a un viaje. Prefería tener que ir corriendo de la redacción al aeropuerto, sin tiempo para pensar ni preocuparse por que todo saliera bien, sin tiempo para preguntarse qué pasaría si Li la reconocía...

Tsukishiro, el fotógrafo, la estaba esperando en el aeropuerto a la mañana siguiente, y mientras se acercaba, sonriente y saludándolo con la mano, él se puso de pie como si le costara. Le devolvió una sonrisa somnolienta y se inclinó para darle un beso en la frente.

-Hola, preciosa.

La voz, perezosa y grave, hizo sonreír aún más a Sakura. Le gustaba Yukito. No se alteraba por nada, nunca tenía prisa. Era tan tranquilo y relajado como un lago. Incluso relajaba mirarlo. Tenía los ojos marrones y el pelo castaño, y una boca firme pero no obstinada. Su expresión era serena. Y lo más importante de todo, no intentaba ligar con ella. La trataba con cariño, como a una hermana menor, y era protector a su modo, pero nunca le había hecho una insinuación ni le había dado a entender que se sintiera atraído por ella. Era un alivio, porque Sakura no tenía tiempo para historias románticas.

El la miró de arriba abajo y alzó las cejas.

-Eh ...¿Tú con vestido? -dijo con voz ligeramente asombrada, lo cual quería decir que estaba perplejo-. ¿A qué se debe tanta elegancia?

Sakura sonrió de nuevo.

-Nada, cuestión de formas -afirmó-. ¿Clow te ha dado el sobre que me prometió?

-Sí, no te preocupes. ¿Has facturado la bolsa?

-Sí -asintió. En ese momento anunciaron por megafonía la salida de su vuelo y ambos fueron a pasar por el detector de metales para entrar en zona de embarque.

Durante el vuelo, Sakura leyó con atención el informe que le había preparado Clow. Teniendo en cuenta el poco tiempo del que había dispuesto para redactarlo, había incluido muchos detalles y Sakura se concentró en analizar las distintas posibilidades. No era el tipo de reportaje que hacía habitualmente, pero Clow le había dado lo que tenía y ella le devolvería el favor haciendo su trabajo lo mejor posible.

Cuando llegaron a Osaka y se instalaron en el hotel, hacerlo «lo mejor posible» ya no le parecía suficiente. Mientras Yukito se echaba en un sillón y se ponía a hojear una revista, Sakura llamó a la mujer del senador para confirmar la entrevista de esa tarde. Le dijeron que la señora Takarai lo sentía, pero que no podía ver a ningún periodista ese día. Era un modo educado de quitársela de encima, y Sakura se enfadó. No tenía la menor intención de fracasar con el reportaje que Clow le había encargado.

Se pasó una hora al teléfono y utilizó todos sus contactos, pero al cabo de ese tiempo había logrado entrevistar a la anfitriona de la «fiesta de los borrachos» en la cual se suponía que el general había revelado información confidencial. Lo negó todo con vehemencia, excepto que tanto el general como la señora Takarai estaban presentes la noche en cuestión, pero cuando la indignada anfitriona murmuró de pasada «todo se acaba pagando», Sakura empezó a darle vueltas a la idea de si la señora Takarai no sería una mujer despechada.

Era una posibilidad. El general era un hombre apuesto, distinguido, de pelo gris y ojos vivaces. Después de charlarlo con Yukito, que se mostró de acuerdo con su teoría, decidieron explorar aquel punto de vista.

Cuarenta y ocho horas más tarde, cansados pero satisfechos, volaron de regreso a Tokio. Aunque ninguno de los protagonistas, ni el general ni la señora Takarai, por supuesto, habían querido confirmar su teoría, estaba segura de que el despecho era la razón por la que ésta última había acusado al primero de cometer una indiscreción. Habían rastreado la ciudad y encontrado varios restaurantes a los que el general solía acudir acompañado de una mujer atractiva que coincidía con la descripción de la señora Takarai. El esposo de ésta había anulado inesperadamente un viaje al extranjero para quedarse con su mujer. A su vez, la mujer del general, que había adelgazado diez kilos y se había teñido de rubio el pelo canoso, aparecía de pronto junto a su marido más de lo habitual. También estaba el hecho de que nadie más había corroborado la acusación de la señora Takarai, nadie había confirmado su historia y, sobre todo, el general no había sido cesado a pesar del escándalo en la prensa.

La noche anterior, Sakura le había contado todo eso a Clow por teléfono y él se había mostrado de acuerdo. El artículo debía aparecer en el número de esa semana, así que apenas le había quedado tiempo para escribirlo y entregarlo.

Clow no hizo ningún comentario sobre el tema Li, dijo sólo que a éste «le gustaba mover las cosas de sitio», y ella dedujo que estaba haciendo cambios. Habría preferido que la mandaran a investigar otra noticia inmediatamente, pero no había nada, y ella tenía que volver para escribir el informe y rellenar la hoja de gastos. Afortunadamente, ya era fin de semana y todavía le quedaban por delante dos días antes de tener que volver a la oficina.

El lunes por la mañana, llegó a trabajar con nervios en el estómago, pero para alivio y asombro suyo, el día pasó sin que su marido apareciera por la redacción, aunque todo eran rumores sobre los cambios que iba a hacer en el formato de la revista. Ella evitó subir a los pisos superiores, incluso cuando se le ocurrió una idea que debía consultar con Clow. En lugar de ir a verlo, lo llamó por teléfono, y Takashi comentó que nunca la había visto quedarse tanto tiempo en un mismo sitio.

El martes fue igual. Era el día que la revista llegaba a los quioscos y Clow la llamó para felicitarla.

-Acabo de hablar con Syaoran -le soltó. Ahora se refería a él de ese modo-. El senador Takarai lo ha llamado a casa esta mañana.

-¿Estoy despedida? -preguntó Sakura.

-No. El senador se lo ha contado todo y nos va a dar una nota en la que su esposa se retracta de las acusaciones al general. Has dado en el blanco, preciosa.

-¡Lo sabía! -exclamó alegremente-. ¿Puedo hacer algo más?

-Sólo tener cuidado. Conozco a varios editores furiosos porque hayas sido tú la única en darte cuenta de lo que cualquiera habría podido ver.

Ella se rió y colgó, pero saber que su intuición había funcionado la dejó flotando para el resto del día. Yukito se pasó a verla, a la hora del almuerzo y le propuso que fueran a comer un sándwich. Había una pequeña cafetería en el edificio. Tenía sopas, sándwiches, café y refrescos para los que no podían salir a comer fuera, pero la exigua oferta era más que suficiente para ella. Se sentó con Tsukishiro en una mesita y hablaron de trabajo mientras tomaban dos cafés bien cargados.

Justo cuando estaban acabando, surgió un murmullo de las otras mesas y la nuca de Sakura se puso tensa.

-Es el jefe -la informó Yukito con naturalidad-. Con su chica.

Sakura apenas podía reprimir el deseo de volver la cabeza. Por el rabillo del ojo vio que las dos figuras recorrían la barra de la cafetería y elegían su almuerzo.

-Me pregunto qué hacen aquí -murmuró Sakura.

-Testar el servicio de cafetería -respondió Yukito, y volvió la cabeza para mirar directamente a la acompañante de Li-. Ha revisado y testado todo lo demás, no sé por qué iba a pasar por alto la comida. Ella parece conocida, Saku. ¿Te suena?

Sakura achicó los ojos y se concentró en examinar a la mujer, aliviada por no tener que mirar a Li.

-Tienes razón, es conocida. ¿No es Meiling Dao, la modelo? -estaba casi segura de que era ella. No había muchas chinas así de perfectas.

-O sea, que es ella -gruñó Yukito.

Entonces Syaoran se dio la vuelta. Su bandeja se balanceaba mientras se dirigía a una mesa y Sakura se apresuró a bajar la mirada, pero casi se queda sin respiración. No había cambiado. Seguía estando ágil y en forma; el mismo pelo, igual de castaño oscuro, y la misma expresión sardónica en su rostro de facciones marcadas, curtido por el sol. La mujer que lo acompañaba era todo lo contrario: muy exuberante y pálida.

-Vamos -dijo en voz baja a Yukito mientras se ponía de pie. Notó que Syaoran volvía la cabeza hacia ella y se giró cuidadosamente para darle la espalda sin que pareciera que estaba huyendo. Yukito la siguió, pero ella notaba que Li la observaba mientras salían de la cafetería. Era la segunda vez que se quedaba mirándola fijamente. ¿La habría reconocido? ¿Por la manera de andar?, ¿por el pelo? La trenza era muy llamativa, pero no quería cortarse el pelo. Entonces sí que resultaría reconocible...