Por supuesto, Harry Potter no me pertenece. Es propiedad de su autora, nuestra querida JKR, quien con sus inmensos aciertos y sus grandes fallos, ha construido una saga que nos ha acompañado durante tantos años, y que ha dado vida y forma a nuestra niñez y adolescencia. Este escrito es sólo por diversión.
Capítulo III
Cuando Hermione despertó, a la mañana siguiente, no podría haber afirmado con seguridad si los sucesos que recordaba de la noche anterior habían sido reales o simplemente un sueño. Tampoco tuvo tiempo para averiguarlo.
Dorea la arrastró fuera de la cama dos segundos después de haber abierto los ojos. Minerva la observaba entre severa y comprensiva junto a la puerta, ya arreglada y con la mochila sobre la espalda.
— ¡Deprisa, Hermione! —la encomió la pelirroja, colocando las manos en su espalada y empujándola hacía el baño—. Llevamos media hora intentando despertarte... ¡Y las clases empieza en cinco minutos!
— ¿Cinco minutos? —aquello basto para despertar a Hermione—. ¡Dadme solo dos!
Quitándose el pijama sin dejar de correr, llegó hasta el baúl, y sacó el uniforme y los libros. Se colocó la ropa mientras seleccionaba estos últimos y los introducía en su propia mochila. Después, cogió la bolsa y la arrojó frente a la puerta, mientras se escurría por el baño y sacaba el cepillo de dientes.
Necesitó, al menos, medio minuto para hacer un buen trabajo con estos. Al terminar, apenas le quedaba tiempo para ocuparse de su enmarañada y espesa melena. Demasiado agobiada para acudir a la magia, recurrió al método tradicional. Envolvió todo el cabello en un coleta y la aseguró con dos vueltas. El efecto no era del todo malo.
Sin dejar de correr, introdujo el peine en el cajón derecho y el cepillo de dientes en el izquierdo. Con todo arreglado, salió de allí, y se detuvo frente a las dos chicas un minuto cincuenta y cinco segundos más tarde de haber despertado. Ambas las miraron asombradas. Dorea exteriorizó la sorpresa. Minerva sonrió y Hermione le devolvió la sonrisa. No había tiempo para desayunar. Las tres juntas se dirigieron a su primera clase.
El profesor Dumbledore los esperaba con un extraño sombrero de bienvenida, largo, granate, y con una bola peluda en lo alto, según dijo, por ser el primer días de clases. Sin embargo, no les aburrió con un largo y tendido discurso sobre los TIMOS, como hubiera sido habitual por ser quinto año. Fue conciso y al grano, algo que todos agradecieron.
El resto de la clase la dedicaron a repasar los conceptos aprendidos durante el año anterior, y aunque Hermione no recordaba nada, tal inconveniente no se reflejó en su magia. Ella y Minerva fueron las únicas en convertir su tortuga en una tetera, lo cual les valió diez puntos para Gryffindor por cada una.
— ¿Ahora que toca?
— Pociones... hay que bajar a las mazmorras. No te preocupes, el profesor es... simpático. Bueno, tú seguro que le caes bien.
— ¿Y eso por qué?
— Slughorn es... aficionado a la gente lista, por decirlo de algún modo, y tiene una especial habilidad para detectar alumnos con futuros brillantes. Tom Riddle es su favorito, por supuesto. Aunque también lo es de muchos otros profesores.
Pareció que Minerva fruncía un poco el ceño al pronunciar su nombre, pero Hermione no reparó en ello. La mención del nombre de Tom había atraído a su cabeza todos los recuerdos de la noche anterior, así como algunos otros que no sabía de donde provenían.
"Hola, Tom. ¿Te importa si me siento?"
"A ti no te gusta tu nombre, ¿verdad Tom?"
"Eres muy valiente."
"¿Quién anda ahí?" "Soy Hermione"
"Te buscaba"
"Eso es algo, que yo también me he preguntado."
Tan sumergida había estado en las clases, tratando de memorizarlo todo y dar su mejor intento, que incluso había llegado a olvidarse de él. O eso había creído.
Ahora se daba cuenta de que no. Jamás podría olvidarse de él, pues él estaba siempre rondando en su cabeza, al punto, de ser la única cosa que recordaba de sus dieciséis años de vida. Y la había besado, la noche anterior. ¿Qué significaba eso? ¿Qué habría impulsado a Tom a besarla? ¿Y por qué ella no se había apartado?
No tenías esas respuestas, al menos, no todas, pero necesitaba encontrarlas.
— ¿Tom va a nuestra clase? —preguntó, tratando de aparentar desinterés—.
Minerva la observó un instante, suspicaz, pero respondió igualmente.
- Si, Pociones, Defensa, y Cuidado de Criaturas Mágicas las compartimos con los Slytherin, por lo que Riddle también estará presente.
— Ah, um...
Hermione fingió distraerse examinando una armadura cercana. Temía haber sido demasiado evidente, y, por otro lado, tampoco quería que Minerva la considerase una de esas chicas tontas que babean por el primer tío bueno que se cruza por su camino. Ella no era así, y por eso mismo, no comprendía la inherente necesidad que sentía, que la obligaba a estar día noche junto a Tom, ya fuera en pensamiento, o físicamente.
Aun así, no pudo contener la excitación que se acumuló en su estomago, mientras se acercaba a la mazmorra de pociones. Pronto lo vería, y quizá, examinando su rostro o sus expresiones, pudiera encontrar una explicación a su extraño comportamiento la otra noche. Al de ella, y al suyo.
Pero se llevo una decepción. Al entrar en clase, Tom Riddle ya estaba allí, sentado con sus compañeros Slytherin, y aunque ella no despegó los ojos de su espalda, él no se volvió ni una vez a mirarla.
¿Qué es lo que había cambiado? ¿Acaso Tom solo se había divertido con ella?
— Hermione, ¿a quién miras? —cuestionó divertida Dorea, que acababa de llegar, mientras tomaba asiento entre las dos morenas—.
Hermione se sonrojó y apartó la vista.
— A nadie —contestó, tal vez, demasiado deprisa—.
La pelirroja rió sin creerla, pero el profesor entró en el aula en ese mismo momento y ya no tuvieron tiempo de hablar nada más.
Hermione trató de concentrarse, y respondió correctamente todas las preguntas, asegurándose un buen puesto en el club Slugh, pero una parte de su mente no pudo apartarse de aquel chico pálido, de ojos negros, ni un solo segundo.
Al terminar la clase, Hermione abandonó el aula con parsimonia, tal vez tratando de provocar un encuentro. Pero no lo logró. Tom Riddle pasó prácticamente rozándola, seguido por toda la cuadrilla Slytherin, y ni siquiera pareció reparar en ella. La morena sospechó que lo había hecho a propósito.
Pues bien, sabía captar una indirecta. Si Riddle no quería verla, ella no lo buscaría más. Se olvidaría de esa estúpida sensación que surgía en la punta de su estómago con solo pensar en él, de ese beso que nunca debió haber correspondido, de los absurdos recuerdos, y de todo lo demás respecto a él. Más allá de unas difusas memorias, lo conocía desde hacía dos días. No podía ser tan difícil sacarlo de su cabeza, y de... su corazón. Pues ahí era donde lo tenía por sobre todo metido.
Hermione suspiró.
El Gran Comedor bullía de gente y excitación, pero la morena no sentía ningún apetito, a pesar de haberse saltado también el desayunado. Aun así, se obligo a comer algo, en parte para no inquietar de más a sus amigas – especialmente a Minerva, que la observaba con gesto preocupado –, en parte para no morir de inanición.
Se sirvió un puñado de patatas asadas y un par de salchichas con una tostada, y trato de engullirlo todo ayudada con la ayuda de un buen vaso de zumo de calabaza. Le costó bastante. Cada bocado le sabía seco y sin gusto, y se le hundía en el estómago, pero entendía que aquello nada tenía que ver con la comida, era solo cosa suya.
A su alrededor las conversaciones eran bastante animadas, y Hermione se esforzó por introducirse en alguna de ellas, sin éxito.
Entonces lo vio.
Con una elegancia casi aristocrática, Tom Riddle abandonaba la mesa Slytherin.
Contuvo el aliento.
Los ojos negros del joven se volvieron, y capturaron los suyos un solo instante. Uno solo.
Perdió la razón.
Se incorporó, y sin siquiera disculparse o poner una excusa, lo siguió.
Sabía que era una locura, que debería dejarlo marchar. Sabía que hacía solo unos minutos había decidido olvidarlo, que él la había besado, y después ignorado. Sabía que era un error seguirle. Pero el poder que una simple mirada de esos ojos negros ejercía sobre ella... no podía controlarlo.
Iría, y lo encararía una vez más. Obtendría respuestas, pues las necesitaba. Y después... quizá, cuando las adquiriese, fuera capaz de recuperar la cordura y alejarse de él.
Tom detuvo sus pasos bajo la sombra de un gran haya, a las orillas del Lago, y esperó. Sabía que ella vendría.
Así fue. Medio minuto más tarde, Hermione se detuvo ante él. Los separaban apenas un par de metros. El joven permaneció mudo unos instantes, quizá esperando a que fuese ella quien rompiera el silencio, pero cuando quedo claro que eso no iba a ocurrir, habló.
— ¿Qué es lo que quieres?
Sus ojos negros, fuera de lo acostumbrado, resplandecían con fuego propio y no se apartaron un instante de los suyos castaños. Hermione sintió como si una extraña corriente abrasara su interior, cautivándola, y tuvo que esforzarse para no caer en su embrujo. Aun así, cuando habló, su voz sonó firme y decidida, fuera de todo temblor.
— La verdad.
— Hay muchas verdades en este mundo —replicó él, sonriendo— demasiadas para conocerlas todas.
— Yo me conformaré con la tuya.
Tom amplió la sonrisa. Pero no era una sonrisa cínica, divertida, o cruel. Era una sonrisa que reflejaba fascinación. Toda la fascinación que siempre había sentido por ella, y que se ampliaba con cada palabra suya.
— ¡Ah! Eso simplifica las cosas. ¿Y sobre que tema en concreto deseas que te informe con mi verdad?
Hermione se hartó del juego. Fue directa al grano.
— ¿Por qué me basaste anoche?
Los ojos de Tom se oscurecieron un tanto, de un modo que no supo interpretar.
— Tú correspondiste ese beso —señalo con calma—.
— Si —aceptó— Y conozco las razones que me impulsaron a ello, aunque no las comprenda. Ahora necesito saber las tuyas.
— ¿Y si yo no deseo contestarte? —inquirió él, con el semblante sumamente serio—.
— Entonces, yo habré descubierto mi respuesta.
Tom suspiró y desvió la vista al horizonte. La morena comprendió que aquella era su sentencia, no había más. Ahora, debía marcharse de allí. ¿Pero por qué diablos dolía tanto? ¿Por qué su corazón se desgarraba con tan solo pensarlo?
Al margen de recuerdos difusos, que bien podrían ser invenciones, lo conocía solo desde hacía solo dos días, y su presencia se había vuelto ya tan necesaria como el oxígeno en sus pulmones. ¡No era justo! No lo era...
Sin percatarse, sus ojos se habían llenado de lágrimas a punto de ser derramadas, y al dolor se le unía ahora la humillación. Quería correr, desaparecer, morir... cualquier cosa antes que seguir allí, antes que hacer frente a esos ojos negros que pronto se girarían, descubrirían su llanto y se burlarían de ella.
Pero eso no ocurrió.
Cuanto Tom se giró, sus ojos solo portaban melancolía y pena, y cuando se percató de sus lágrimas, la mirada que le dedico fue tan dulce, preocupada y tierna, que a Hermione se le heló el corazón. ¿Cómo podía alguien contemplarla de ese modo, como si su piel fuese delicado cristal y, ella misma, el más preciado de los diamantes?
— Me jure a mi mismo que nunca te dejaría llorar —susurró, rozando su mejilla con delicadeza y limpiando sus lágrimas con la yema de los dedos—. No soporto la idea de ser la causa de tus lágrimas.
— No puedo evitarlo —se disculpo Hermione, en un llanto ahogado—.
— Lo se —suspiró él—. ¿Podría la Luna olvidarse del Sol, cuando lo necesita para seguir viviendo, para irradiar su luz? ¿Podría el Sol ignorar a la Luna, la única criatura en los cielos capaz de llamar su atención? —por un momento, Tom sintió unos desgarradotes deseos de abrazarla, de aferrarse a ella y olvidar todo lo demás, pero se contuvo—. Incluso la Luna ardería si se acerca demasiado al Sol, incluso ella sucumbiría a sus llamas, y él nunca se perdonaría haberla perdido.
Era el modo más sutil de advertirle, pero ella no se asustó.
— A veces —advirtió, acercándose un paso a él, y con las lagrimas ya secas en sus mejillas—, también suceden eclipses, y los astros brillan más hermosos que nunca. No me harás daño.
Avanzó un poco más, pero él la detuvo con sus palabras.
Tom Riddle era una persona sumamente egoísta y no se avergonzaba de ello. Si deseaba una cosa, al final la alcanzaba, y ni siquiera se fijaba en si alguien caía por el camino. Pero con ella no podía ser así, porque su dolor, le afectaba más que el suyo propio. Se obligó a resistir, sin embargo, Hermione, no tenía ninguna intención de ponérselo fácil.
— No me conoces, Hermione. Lo que puedas recordar de mi es una parte extinta de mi ser. Soy otra persona.
— Contemplé tu mirada hace dos días, en el Caldero Chorreante, y para entonces, ni siquiera recordaba haberte conocido antes. Eres tú quien me hechiza, no unas memorias.
— Soy peligroso —insistió, y ese era su último aviso—.
Hermione no sonrió, pues sabía que había más en Tom Riddle de lo que él mostraba al mundo. Pero tampoco se detuvo. Estaba más allá de su elección.
— No me importa —afirmó con rotundidad—. A mi no me harás daño.
Tom no pudo contenerse más tiempo, porque ella también lo hechizaba, con la intensidad de la mismísima gravedad, necesitaba unirse a ella, tocarla, abrazarla, y no soltarla jamás. Era la única cosa verdaderamente real en su mundo, y por ese mismo motivo, Tom se juró a sí mismo que mataría, y moriría, solo porque a ella no le sucediese ningún daño.
— Hermione —murmuró, atrayendo con fuerza su cuerpo hacia su pecho— eres la luz en un mundo de sombras.
— Te quiero, Tom. Mi amor por ti es lo único que tengo seguro en un mundo que me confunde.
La joven cerró los ojos, sumergiéndose en su abrazo y se dejo llevar...
— No me dejes nunca, por favor…
No fue sólo una declaración. Ese último ruego enmarcaba los más profundos deseos del uno y del otro. Y sus labios volvieron a unirse, atrayéndose hacia sí con más intensidad aún que la noche anterior. Porque con ese beso, con ese simple contacto, con ese roce de labios... ambos se pertenecieron por completo y sellaron sus destino para siempre.
