Capítulo III
Entré a la bonita residencia en Brooklyn. Apenas puse un pie adentro de la casa y el olor a marihuana me llegó hasta los pulmones. Adentro había aproximadamente unas 300 personas sin exagerar, quizás eran más. Había una semi-iluminación que permitía ver parejas besándose y agasajándose contra las paredes, otros perdidos en sus trips al ritmo de la música techno, los bebedores solitarios e infelices que se agrupaban para evadir sus penas con charlas que embadurnaban con palabrería refinada para hacer parecer que tenía mucho sentido e importancia, cuando en realidad sólo era matar el tiempo.
Ryan, uno de mis mejores amigos en la universidad y quien me había invitado a aquella fiesta, apenas entró, se perdió con Christina, su amiga con derechos. Yo merodee un rato por la enorme casa con pinturas y figuras decorativas de arte contemporáneo. Fui por una cerveza a la cocina y me uní a un grupito de muchachos del equipo de básquetbol que estaban fumando hierba para que me dieran un poco. Mientras ellos hablaban de cuál de todas las porristas era mejor en la cama yo me perdí viendo a una pareja que se comía a besos en medio de la multitud que bailaba. Pensé en Sam y en que, de haber estado ahí ahora quizás estaríamos como ese par.
Hacía mes y medio que había firmado los papeles de divorcio y el juicio no había sido nada sencillo para él. Lo apoyé hasta donde pude y él quiso pero no era sencillo. Jania lo había lastimado mucho aun sabiendo que él seguía muy enamorado de ella. Por un momento pensé que quizás yo lograría ayudarlo a superarla pero contra un amor como él que le tuvo no se podía competir.
Luego de un rato que me aburrí de estar con los chicos fui a la cocina por otra cerveza. La fiesta había subido de tono, la música se hallaba en su apogeo y cada vez se apreciaban más cuerpos desnudos que se escabullían en el baño, armarios o rincones de la casa. Lo primero que llamó mi atención al entrar fue un chico de cabello rubio y piel muy blanca que estaba recargado junto al lavabo, al lado de él había una muchacha con el cabello rojo cereza, llevaba un maquillaje muy cargado y algo desparramado por sus mejillas, un corsé de cuero negro y una mini falda del mismo color. La chica estaba en completo estado de ebriedad y de no ser por él que la sostenía de la cintura ahorita estaría en el piso. Los miré de reojo y pasé al refrigerador a tomar otra botella de cerveza, justo antes de salir escuché un golpe y al girarme la vi vomitando las botas del rubio a quien había tomado de sorpresa y apenas y podía sujetarla para que no fuera a caer sobre su propio vómito. Sin pensarlo dejé mi cerveza sobre la barra central y fui a quitarle el cabello del rostro a la chica.
— Ven, vamos al baño a lavarte —le dije e intenté sostenerla por la cintura.
— No… —hipó—. Quiero… estar con él… con él…
— ¡Ven! —le mandé y la jalé para que caminara conmigo al baño—. Tú limpia eso antes de que huela peor —el chico sólo asintió.
Si lidiar con una mujer sobria es todo un reto ahora con una ebria es aún más complicado. La chica no dejaba de renegar que quería volver a la cocina mientras yo intentaba limpiarla y lavar su cabello. Tras procurar que el olor a vómito se fuera de su rostro y de su ropa salí con ella de ahí. Sus amigas me alcanzaron en el pasillo, pese a su estado alcoholizado, fueron atentas y se la llevaron a la sala o quizás a una habitación. Yo volví a la cocina por otra cerveza y vi que el rubio me había hecho caso, al menos el piso estaba limpio pero él no estaba ahí.
Subí buscando a Ryan pero al salir a un balcón libre del bullicio y escándalo de la noche pensé que un rato más en la fiesta no me haría daño. Me senté recargada contra la pared y encendí un cigarrillo. Adoraba la combinación del tabaco, la cerveza y ese golpe de aire fresco de las madrugadas de verano. No sé cuánto tiempo estuve así pero ya empezaba a sentirme relajada cuando escuché pasos y al girarme vi el rubio acercándose con dos botellas de cerveza en las manos y una pipa de marihuana.
— ¿Puedo? —indicó el lugar frente a mí y asentí. Me ofreció una botella y enseguida se sentó conmigo en el balcón.
— ¿Cómo está tu amiga? —pregunté para romper el silencio. Él se encogió de hombros y le dio un trago a su cerveza.
— Ni siquiera sé cómo se llama, para ser sincero —sonreí simplemente y dirigí mi mirada a la calle, tan pacífica y oscura—. ¿Cómo te llamas? —al mirarlo, con el reflejo de la luna pegando en sus ojos, noté que eran azules y entonces presté atención a aquél joven y noté que era más guapo de lo que había observado de reojo. Tenía unas facciones muy afiladas, una nariz pequeña, su piel era blanca y parecía de porcelana. Ojos grandes y cejas tupidas. Llevaba la barba algo crecida y su porte rockera lo hacía aún más interesante.
— Kari.
— TK.
— Mucho gusto —por alguna razón no me quitaba los ojos de encima y eso me hizo sentir un tanto incómoda—. ¿Me regalas un toque? —me acercó la pipa.
— ¿A qué te dedicas, Kari?
— Estoy en la universidad a punto de terminar mi carrera como Licenciada en Letras Francesas, actualmente trabajo para una columna de la revista Vogue entre otras cosas.
— ¿Qué cosas? —quiso saber y yo exhalé el humo de la marihuana por la boca. Cómo adoraba esa droga.
— Estoy escribiendo una novela. Espero publicarla algún día.
— ¡Qué genial! Así que eres artista.
— ¿Artista? —me reí—. ¡Para nada! En Vogue me la paso traduciendo y de vez en cuando me dan la oportunidad de publicar una reseña sobre cierto tema pero no tiene nada artístico… ¿tú a qué te dedicas? —decidí cambiar el tema.
— A la música. Toco la batería en una banda —le dio un trago a su cerveza y sonrió.
— Artista.
— Algo así.
Pasamos un buen rato platicando sobre lo que hacíamos, libros que nos gustaban, música en gran parte. Para ser una persona tan atractiva físicamente, TK era bastante sencillo y hombre. El tiempo se nos fue volando entre cervezas y marihuana, y para cuando voltee de nuevo al cielo éste ya estaba aclarando.
— Tengo que irme —me puse de pie y me sacudí el trasero con las manos—. Fue un gusto conocerte, TK —extendí mi mano y él la sacudió en forma de saludo.
— El gusto fue mío, escritora —ambos nos miramos y sonreímos. Entré de nuevo a la casa y enseguida todo dio vueltas. Andaba ebria y drogada, gracias al cielo—. Kari… —me giré al escuchar mi nombre y sin darme tiempo de reaccionar, TK me tomó del rostro y me besó. Sujeté su cintura con mis manos y correspondí el beso con más ganas.
Entre besos y manoseo me empujó hasta que entramos a una habitación. Su cuerpo ardía así como el mío. Paramos en la cama y apresuradamente comenzó a desvestirme e hice lo mismo con él. Pese a que no había mucha luz en el cuarto, su cuerpo parecía esculpido por dioses. Su abdomen estaba muy bien marcado y sus brazos anchos… sus labios buscaban los míos con ansiedad y para cuando terminamos de deshacernos del resto de ropa que llevábamos encima, me penetró. Solté un gemido al sentirlo entrar y enredé mis piernas en su cadera.
Entre gemidos y sudor, TK y yo terminamos. Él me miraba, yo lo miraba, nuestros labios rozaban y sonreímos.
Así nos conocimos.
