DISCLAIMER: qué depresión. Puse en la carta a Papá Noel que me trajera los derechos de Adventure Time with Finn and Jake, pero me ha traído un bajo (que es igual de guay). Bueno, en definitiva, no me pertenecen.

No tengo perdón. Es decir, ¿un especial de Navidad el 26 de diciembre? Pues no fue por no tenerlo escrito a tiempo. No, lo que pasó fue que a mi Internet se le fue la pinza y no he podido conectarme con el ordenador hasta ahora. Mirad que me he frustrado un montón con eso…


Second Feast Day.

Happy Christmas!

Jingle Bells. Jingle Bells. Jingle all the way! What fun it is to ride. In a one-horse open sleigh. Hey! —cantaba un grupo de personas, pidiendo el Aguinaldo de casa en casa. Eran las seis de la tarde, pero ya era totalmente de noche.

Cuando terminaron la pegadiza canción, Maren Abadeer les dio a cada uno un billete de cinco dólares y cerró la puerta deseando felices fiestas. Volvió al salón y se encontró con su hija Marceline y el señor Petrickov echando una Brisca en la mesa de té con la baraja de cartas española que trajo su ex marido la última vez que había estado allí. En Nochebuena solamente estaban ellos tres. Primero, porque Hunson casi no pasaba por casa, trabajando en su empresa de automóviles muy lejos de la ciudad, y ella y él no podían estar ni en el mismo cuarto sin discutir; segundo, porque Simon era un gran amigo de la familia desde hacía muchos años y siempre invitaban al anciano a cenar porque era viudo y no tenía hijos ni nietos con los que pasar las fiestas; y tercero, porque su familia vivía lejos de allí y ellas preferían quedarse en casa en vez de irse al quinto pino.

—Sota de Bastos —dijo Marceline, echando la carta mencionada, su última carta. Era la última mano que quedaba por jugar para finalizar la Brisca.

Simon observó su carta. No podía ganar. No había estado muy atento a ese juego y la adolescente se estaba volviendo muy buena. Finalmente, echó el Cinco de Copas, sintiéndose derrotado. Marceline, en cambio, puso cara de impresión. ¡Vaya con el viejo! ¡Se tenía resguardada una Pinta, eh!

—¿Por qué pones esa cara? —preguntó Simon—. No tengo una carta mejor.

—¿Una carta mejor? —repitió la morena. Sin embargo, al darse cuenta de que su amigo no era consciente de su valor, largó a reír—. Simon, ¡Copas era la Pinta! ¡Tenías una Pinta!

—¡¿Copas era la Pinta?! —exclamó el viejo—. Vaya, no me acordaba. Es que yo no me entiendo con estas cartas españolas.

—Pues a mí me gustan más. Es más fácil de comprender su nivel jerárquico. Por valores de mayor a menor: As, Tres, Rey, Caballo, Sota, Siete, Seis, Cinco, Cuatro y Dos —recitó, sonriendo.

—Bueno, sea como fuere, esta baza es mía —afirmó Simon, llevándose ambas cartas.

Los dos cogieron sus respectivos montones de bazas ganadas y empezaron a contar sus puntos. Mientras, Maren comprobaba en la cocina el asado de cordero que tenía en el horno. Quedaba poco para que estuviese en su punto, y avisó de ello desde allí. Aunque ambos dieron señas de haberse enterado, estaban demasiado concentrados contando sus puntos como para que les importase lo más mínimo.

—Cincuenta y ocho puntos —concluyó Simon—. ¿Cuántos tienes tú?

—Sesenta y dos —sonrió Marceline—. Gané. Estás flojo, Simon. Es la tercera partida que te gano.

Llamaron a la puerta enérgicamente, dándole una y otra vez al timbre. Marceline dejó el montó de cartas sobre la mesa, se levantó y fue a abrir, encontrándose con un niño de diez años rubio de ojos azules embutido en un anorak relleno de plumas, una bufanda alrededor del cuello, un gorro hasta las cejas y las mejillas enrojecidas por el frío. Sí, aún de estar tan abrigado, Finn estaba helado.

—Hola, Marcy —saludó el niño—. Felices fiestas.

—Felices fiestas —respondió la morena, algo extrañada—. ¿Qué haces aquí, Finn? ¿No deberías estar en tu casa?

—Sí, pero es que hay un sitio al que tenemos que ir —dijo.

Marceline se cruzó de brazos y enarcó una ceja. Murtons resultaba muy sospechoso, y aunque era un amor de niño —casi todas las niñas, adolescentes, madres y ancianas del vecindario se derretían de lo buenecito y adorable que era—, lo mismo le había dado por devolverle alguna de las jugadas que le había hecho Abadeer a lo largo de los años. Que sí, que Finn Murtons era un sol, pero que un duende bromista dormitaba en sus sobacos, y cuando se lo despertaba, gastaba unas bromas brutales.

—¿Adónde? —preguntó Marceline, desconfiada.

—A un sitio. ¡Venga, vamos! —insistió Finn, tirando de la mano de la adolescente.

—¡Vale, vale! —aceptó finalmente Abadeer, zafándose del niño—. Pero espera, que me pongo el abrigo.

Cerró la puerta antes de que Finn pudiera decir nada más. Subió corriendo las escaleras al segundo piso, entró en su cuarto y cogió su cazadora violeta oscuro, que estaba tirada sobre la cama. Bajó a la primera planta a trote poniéndose el abrigo. Su madre, con un paño de cocina en las manos, preguntó que adónde iba. «Con Finn, el niño de los Murtons —respondió, abriendo la puerta—. Tranquila, que volveré antes de la cena.» Maren miró al techo, frustrada, y la dejó ir.

—Es un buen niño —dijo Simon—. No te preocupes por ella.

—No, si preocuparme por ella no me preocupo —suspiró Maren, sentándose al lado del anciano—. Lo que me preocupa es que la cena se quede fría.

Ante ese comentario, el señor Petrickov soltó una jovial carcajada. Qué guasa tenía Maren, estaba bastante claro a quién había salido en esos aspectos Marceline; Hunson era un hombre más bien serio.


Flame llegó corriendo a la puerta de la casa pintada de colores pasteles y decorada con todo tipo de adornos navideños más bien orientados hacia los dulces —como bastones de caramelo gigantes en el jardín o muñecos de jengibre en las ventanas— y llamó tocando el timbre, haciendo que el "ding-dong" resonase con fuerza en el interior. Abrió la puerta un hombre rubio rojizo se ojos verdes; el padre de Bonnibel y maestro pastelero del barrio, Gustav Bubblegum.

Guten Tag. Frohe Weihnachten! —sonrió. La familia de los Bubblegum había venido al vecindario hacía ya una década desde Alemania, pero el hombre seguía saludando y felicitando las fiestas en su lengua natal—. ¿Qué se te ofrece, querida?

—¿Puedo hablar con Bonnibel? —preguntó la pelirroja.

—Claro —Se volvió hacia el interior de la casa y llamó a su hija en alemán, y ella respondió en el mismo idioma. Luego miró a la niña de nuevo—. Ahora viene. A propósito, ¿de qué conoces a Bonnie?

—Mmh… Ella pertenece al Club de Artes Varias del Centro Social… y yo también —balbuceó. No era mentira, pero en realidad habían hablado pocas veces dado que Flame era del departamento de dibujo y Bonnibel, del de literatura; eso sin tener en cuenta que se llevaban cinco años.

En ese momento, apareció la chica de cabello rosa. Gustav le sonrió y se metió adentro, mientras que Bonnibel se quedaba extrañada de ver a Flame Princess allí. Había visto a esa niña de apellido principesco reiteradas veces en el Centro Social y en La Pastelería Königreich Candy junto al niño rubio y al castaño claro, pero casi no habían hablado. Ni siquiera pensaba que ella fuera a saber dónde vivía, aunque su familia era bastante conocida por los dulces de su padre y su madre.

—Emm… Hola. ¿Qué querías? —preguntó.

—¿Podrías venir un momento a un sitio conmigo? Hay algo muy importante que te tengo que enseñar —informó, con una sonrisa.

—¿Eh? ¿Adónde?

—A un lugar increíble. Tú sólo confía en mí.

—¿Cómo quieres que confíe en ti si casi no te conozco?

—Soy una niña de diez años, no tramo nada malo.


Unos días antes de Nochebuena, Finn, Jake y Flame estaban sentados en círculo en la habitación de este primero. El rubio había acabado olvidando el insólito suceso de Halloween entre su niñera y la chica de pelo rosa, pero cuando esa misma tarde comentó que desde el lunes que siguió al treinta y uno de octubre Marceline estaba muy alicaída y él no tenía ni idea de por qué, a Flame se le encendió la bombilla.

—¡Yo sé lo que le pasa! —exclamó, eufórica.

—Yo también me lo imagino. Será un mal de amores o algo así… Algún chico que no la corresponde, seguramente —afirmó Jake, que siempre se las había dado de entendido con las chicas.

Flame negó con la cabeza. Irguió el dedo índice, levantó el mentón, cerró los ojos y, muy solemnemente, dijo:

—Sí, mal de amores. Pero por una chica, no por un chico —Relajó su postura. Jake y Finn la miraban con los ojos muy abiertos—, específicamente por la chica que placaste en Halloween, que se llama Bonnibel y es la hija de los pasteleros.

—¿Pero cómo lo sabes? —preguntó el rubio, boquiabierto—. Tú conoces a Marcy menos que yo.

—Ya, pero eso era lo que tú querías saber y yo no te dije cuando ellas terminaron de hablar —explicó—. Sólo que como tú no tienes ni idea de estas cosas, no te enteraste de que Marceline se estaba declarando y quería su respuesta el lunes.

Finn y Jake se miraron, luego a Flame, y de nuevo entre sí. Acababan de llegar a una conclusión: las chicas eras muy extrañas y complicadas, tanto para el castaño como para el rubio.

—O sea que… ¿Bonnibel le dijo que no? —preguntaron al unísono.

—No creo —negó la pelirroja, cruzándose de brazos—. A mí me parece que no le ha dado una respuesta aún.

—¡Pero cómo puedes saberlo! —gritó Finn, cada vez más confundido. Realmente se estaba haciendo un verdadero lío. Su amiga simplemente se encogió de hombros, como queriendo decir que era una corazonada.

—Pues si tienes razón, Flame —suspiró Jake—, Marceline ya ha pasado más de un mes en vela. No puede seguir así, ¿no creéis?

—Pues sí, supongo —admitió el rubio—. Pero ya se acerca la Navidad, no me apetece centrarme en eso, sino en las vacaciones y en Santa Claus. Ya habéis visto que en mi casa todavía falta por poner el árbol, y sin árbol no hay regalos.

La pelirroja abrió los ojos desorbitadamente al encendérsele la bombilla, apretó los labios y cogió del brazo a su amigo de ojos azules con una mano mientras que con la otra "aleteaba" intentando controlar su emoción. Los otros dos la miraron como quien mira una loca.

—¡Ay! —se quejó el que tenía el brazo aprisionado en un agarre muy fuerte—. ¿Qué te pasa ahora?

—¡Finn, eres un genio! —chilló sonriente, tomándolo bruscamente por la cara y dándole un beso en la mejilla. Lo soltó, dejando al pobre niño aún más aturdido de lo que lo estaba ya—. ¡Tengo una idea para juntarlas!

—No me digas —fue la respuesta sarcástica de Jake. Finn aún estaba alucinado; no por el beso (que también), sino por todo en general. El castaño, al ver que su amigo no reaccionó cuando le pasó una mano por la vista, continuó—: Yo también tengo una idea. ¿Y si les enviamos cartas de amor a cada una en el nombre de la otra y así arreglan todo?

—Puf, no —rechazó la pelirroja, moviendo la mano despectivamente—. Así empezarían a salir por una mentira, y no queremos eso… Y como decía, yo tengo una idea genial.

—¿No os parece que nos entrometemos demasiado en las vidas de los demás? —murmuró Finn al salir de su estupefacción. Flame y Jake le dirigieron miradas extrañadas, como queriendo decir que de dónde narices sacaba esa idea tonta—. Bueno, yo sólo decía que… —No terminó la frase y dejó escapar un suspiro—. En fin, si no puedes vencerlos, únete a ellos: ¿qué se te ha ocurrido, Flame?

—¿Recordáis el árbol de Navidad que están montando en el centro comercial? —preguntó la niña. Los otros dos asintieron con la cabeza—. ¿Y si hacemos que queden allí y las obligamos a decir lo que sienten?

—Es una buena idea —admitió Finn—. Pero quedaría más mágico si fuera en Nochebuena… No sé… ¿En plan milagro navideño?

—Oye, ¿no se suponía que tú eras igual de romántico que un palo de madera? —le cuestionó Jake, arqueando una ceja. El rubio se encogió de hombros.

—Es que pensé que… bajo el árbol de Navidad se reciben regalos y… la respuesta sería el regalo para Marcy —balbuceó—. ¿No os parece?

—Awwww, qué mono —expresó Flame, haciendo que Finn se ruborizara—. Pues ya está. En Nochebuena Finn y yo arrastraremos a Bonnibel y a Marceline hasta el árbol de Navidad del centro comercial.

—Eh, ¿y por qué yo no participo en ese plan? —exclamó Jake, enfadado.

—Porque tú siempre nos fastidias los planes —respondió Finn antes de que Flame lo hiciera—. Como en el trabajo colectivo de Conocimiento del Medio, o como cuando jugamos a capturar la bandera en Educación Física, o como en Halloween. De hecho lo mismo habría sido mejor no contarte nada, por si nos lo chafas de todos modos.

Flame le dio la razón a Finn; eso era justo lo que iba a decir. El castaño farfulló por lo bajo, pero no podía rebatir los argumentos del rubio. La señora Murtons tocó la puerta y entró en la habitación con una bandeja en la que llevaba un plato repleto de galletas y tres vasos de zumo de naranja.


Marceline se metió las manos en los bolsillos de su abrigo y miró inquisitiva a Finn. El niño parecía buscar algo entre el gentío que corría de un lado a otro para hacer las compras de última hora navideñas. Carraspeó y preguntó por novena vez qué era lo que hacían en el centro comercial, pero de nuevo el rubio le dijo que esperara. Flame no aparecía por ninguna parte, y eso empezaba a preocupar a Finn. ¡Habían quedado a esa hora! ¿Y si la pelirroja no había sido capaz de convencer a Bonnibel? Era una posibilidad muy probable. Princess no conocía tanto a Bubblegum como Murtons a Abadeer, y según lo que había oído, la adolescente de pelo rosa no era nada confiada.

La morena suspiró pesadamente e hizo un ademán de irse, pues veía que Finn la había traído allí para nada, pero el rubio se lo impidió tirándose al suelo y enganchándose a sus piernas. Marceline se quejó e intentó soltarse; sin embargo, el niño era más fuerte de lo que parecía, y lejos de zafarse, ambos acabaron en el suelo. La chica volvió a exigirle que la soltara, pero Finn sólo respondía con negativas y estrechaba más fuerte las piernas de la joven en su abrazo. La gente se paraba a mirar, pero al ver lo que pasaba, suponían enseguida que era una pataleta entre hermanos y volvían a sus atolondradas compras.

—¡Finn, te doy un ultimátum! Si no me sueltas ahora mismo, no me hago responsable de lo que pueda pasarte —advirtió Marceline, más que enfadada.

El rubio tragó saliva, pero volvió a negar. Siendo honestos, le daba más miedo el enfado de Flame al ver que había dejado escapar a Abadeer, que el de Marceline al no soltarla. Uy, sí, la pelirroja cabreada no era ninguna broma. Y aunque él era valiente…, Princess era… demasiado terrorífica incluso para el más bravo. Finn prefería rotundamente mantener las cosas en paz y calma con Flame.


—¡Puedes soltarme! ¡No voy a salir corriendo! —exclamó una chica de pelo rosa que era prácticamente arrastrada por una niña de trenza pelirroja.

Flame hizo oídos sordos y siguió tirando del brazo de Bonnibel entre la gente. Llegaban tarde. Terriblemente tarde. Quién sabe qué artimañas tendría que haberse inventado Finn para mantener a Marceline en el sitio en el que habían quedado. No esperaba que Bubblegum se resistiese tanto en un principio para que la acompañara al árbol de Navidad del centro comercial, y ese fallo le había costado alrededor de diez minutos. Finalmente consiguió convencerla, prometiendo claro comprar pastelillos de los caros en La Pastelería Königreich Candy. Lo que una tenía que hacer para formar parejas… Flame había sacado algo en claro de todo esto: no sería casamentera de mayor.

Vio por encima de las cabezas la estrella del enorme árbol de Navidad, que brillaba con fuerza gracias a la luz eléctrica. Con el alivio de estar llegando, aceleró el paso tirando de Bonnibel, que no paraba de quejarse. A los pocos minutos ya estaban frente al árbol artificial. La estrella dorada rozaba el techo, las ramas estaban cargadas de adornos de toda clase y la base estaba rodeada de cajas de regalos falsos de colorines de casi un metro. Las chicas oyeron unos gritos furiosos al otro lado del árbol, y por ello dieron un rodeo para encontrarse con Marceline Abadeer tirada en el suelo, intentando librarse de Finn Murtons, que estaba firmemente agarrado a las piernas de la morena.

Tras el momento de estupefacción, Flame celebró en silencio que Finn lograra haberla mantenido en el lugar durante tanto tiempo… aunque fuera de esa forma. Por otro lado, Bonnibel empezó a unir puntos. Flame y Finn eran amigos. Marceline era la canguro de Finn. Los dos niños habían presenciado la escena que montaron en Halloween. ¡Intentaban emparejarla con Marceline! Esos niños entrometidos…

Vale, aceptaba que quizás no se hubiera comportado de la manera más madura cuando Abadeer se le declaró. Ni el día en el que lo hizo, ni las semanas que siguieron al treinta y uno de octubre. Tenía la suerte de no coincidir con la morena en casi ninguna clase, así que le había sido fácil evitarla. Cada vez que la veía venir por los pasillos del instituto, daba media vuelta y se escondía en la primera aula que encontrara. Así durante casi dos meses. No era por nada en especial… Simplemente, era que no sabía qué responderle. Aquella noche la había confundido bastante, por no decir mucho. Aquel beso había embotado por completo la mente de Bonnibel, y la había llevado a cosas que nunca se habría planteado hacer, no por lo menos a esa edad y con una mujer. Y aunque Marceline estaba un poco borracha, supo por cómo la trató, por las caricias y besos, que no se arrepentiría de ello y que era algo que llevaba bastante tiempo deseando hacer. El problema era que Bonnibel tampoco se arrepentía…, no del todo. Dos pequeñas partes de ella le decían que no había sido un error: la primera, era una pequeña chispita en el corazón; la segunda estaba situada en el bajo abdomen. Pero la razón le repetía una y otra vez que sí, que la había cagado, pero ella tampoco era capaz de darle una respuesta en claro: ¿le gustaba o no le gustaba Marceline Abadeer?

Y cuando Finn exclamó que se girara y Marceline lo hizo, se le cayó el alma a los pies. La morena clavó sus ojos marrones en los verdes de Bonnibel, y eso causó terror en la de pelo rosa; tendría que enfrentarse a algo que había estado intentando evitar de todas las maneras. Y sabía que tendría que hacerlo porque Flame no la dejaría escapar. Por otro lado, Marceline dejó de retorcerse ipso facto, quedándose estática. No creía lo que sus ojos estaban viendo. Desde Halloween apenas había podido atisbar una larga melena rosa chicle salir corriendo en cuanto ella entrara en su campo de visión. Y ahora la tenía ahí enfrente, parada como una estatua, a lo mejor sufriendo el mismo shock que ella.

Una extraña y cálida sensación, entre nerviosismo y felicidad, se extendió desde su pecho hasta las puntas de los dedos. Antes de que se diera cuenta, Finn se había levantado y le decía con la mirada que fuera hablar con la de pelo rosa. Se lo agradeció en silencio, pues ya comprendía para qué la había traído hasta allí. Se puso en pie y se acercó a Bonnibel, que era incapaz de moverse. Sentía como si sus músculos se hubiesen paralizado por una corriente eléctrica, y no creía que pudiera escapar. Y aunque hubiese podido, Flame Princess la vigilaba por si se le ocurría huir, para detenerla.

—Aún espero una respuesta —dijo Marceline, mirando a los ojos a Bonnibel.

La chica de pelo rosa agachó la cabeza. No tenía respuesta. A lo mejor la morena esperaba un rotundo no; a lo mejor el resto del mundo esperaba un no del tamaño de una catedral, pero ella no esperaba ni un no, ni un sí. Sólo tenía un no lo sé. Intentó pensar algo más que decirle, sacar algo concluso de esa maraña de confusiones, pero cada vez que trataba de abrir la boca y decirle que en su interior se estaba librando una guerra por saber cuál era la maldita respuesta, sus labios se sellaban y se negaban a soltar nada.

Marceline esperó a que dijera algo. Bonnibel Bubblegum le importaba mucho; en realidad era de la única chica de la que se había sentido enamorada. Y era amor de verdad, no como lo que sintió por ese estúpido de Ash. Por eso esperaría lo que tuviera que esperar para que su corazón quedase destrozado o saltase de felicidad. Cualquiera diría —y de hecho sus amigos se lo habían repetido una y otra vez— que debería dejarlo ya, que su paciencia había excedido los límites humanos, pero ella no podía obligarle a su corazón que dejara de latir por Bonnibel. No podía decirle: «Eh, corazón, deja de hacer el estúpido y enamórate de alguien alcanzable». El amor era estúpido en sí, así que le veía el sentido a que ella actuara de forma estúpida. Y eso que no era la mayor estupidez que había hecho en su vida.

—¿Pero va a decir algo? —susurró Finn al oído de Flame. La pelirroja le dio una colleja.

—No seas burro —le recriminó, también susurrando—. Estas cosas llevan su tiempo.

—Ya, pero, ¿tanto?

—Sí.

—¿Por qué?

—No sabrá qué decirle.

—¿Y cómo es eso? Yo creo que es fácil saber cuándo alguien te gusta.

—A lo mejor a los chicos sí, porque sentís lo mismo que un ladrillo, pero las chicas somos más complicadas.

—Ah —Dudó un momento antes de continuar—: Pues me alegro de no ser una chica.

—Pues sí, porque serías una chica horrible. Ahora cállate y déjame escuchar.

—¿Escuchar el qué? Si no están diciendo nada.

Las dos adolescentes habían escuchado la pequeña conversación de los niños, pero Marceline no le había dado importancia. La que sí que le había prestado atención fue Bonnibel. La última frase del chavalín rubio se había quedado prendada en su mente. «Si no están diciendo nada.» Pero no sabía qué responder… «Si no están diciendo nada.» Tampoco había pensado en el daño que podría estar haciéndole a Marceline al guardar silencio. «Si no están diciendo nada.» Y debería hablar, aunque no diese una contestación clara.

—Yo… —balbuceó. Tragó saliva y se abrazó a sí misma—. Yo no lo sé… Te juro que no lo sé. Si lo supiera te lo diría, pero no tengo ni idea.

—¿No lo sabes? —En cierta manera, la respuesta de Bonnibel la había aliviado un poco. Esperaba una negativa. Eso significaba que todavía tenía alguna oportunidad.

—No. Y cuanto más lo pienso, menos estoy segura de lo que siento.

—¿Quieres que te ayude a aclararte? —preguntó la morena, acercándose a la de pelo rosa, que seguía con la cabeza gacha.

Bonnibel subió la mirada, encontrándose con los ojos de Marceline peligrosamente próximos a los suyos. El aliento de zumo de cerezas de la bajista se filtraba en la boca de la estudiante de sobresaliente y viceversa. El corazón de Bonnibel se aceleró al pensar en el inminente beso, y sintió cómo su deseo porque aquello ocurriera se acentuaba. Abadeer llevó delicadamente una mano a la barbilla de Bubblegum y acercó sus labios a los rosados y suaves de su amada. Anhelaba esa boca, la soñaba y sufría por no poder volver a probarla. La sensación que había experimentado al besar por primera vez a Bonnibel era indescriptible, a pesar de que no estaba en plenitud de sus facultades por culpa de las dos cervezas y media. Las chicas cerraron los ojos en cuanto sus labios entraron en contacto.

Fue un beso suave, tierno y lleno de cariño. Contrastaba con todos los besos que habían compartido en la noche de Halloween, que habían sido fogosos, pasionales, llenos de deseo y lujuria. Éste fue lento y largo, amoroso. De esos besos que prenden el corazón, y que al separarse despiertan hambre por más. La boca de Bonnibel sabía a galletas de jengibre, ese sería un recuerdo que a Marceline se le quedaría grabado en la memoria por siempre, al igual que todos los detalles de ese beso tan cálido y novelístico.

Marceline y Bonnibel se separaron lentamente. La morena tuvo que morderse el labio inferior para aguantarse las ganas de volver a besarla, porque quería oír la respuesta de la chica de pelo rosa, que ya tenía claro cuál iba a ser su contestación.

—¿Y bien? —preguntó Abadeer, temerosa. Si después de ese increíble beso, en el que había puesto su alma, le decía que no, ella no sabría qué hacer.

—Sí —se apresuró a contestar Bonnibel—. Por Albert Einstein: ¡claro que sí!

Marceline dibujó una enorme sonrisa de oreja a oreja en su cara. Volvió a besar a su amada, esta vez permitiéndose colar su lengua en la boca de la chica de pelo rosa. La gente se detuvo a mirar el fogoso beso entre Abadeer y Bubblegum, algunos murmuraban de desaprobación, porque aun en pleno siglo XXI ver a dos chicas besándose suponía un escándalo. Pero al cuerno todo, ellas disfrutaban de la sensación de sus labios al unirse y la de sus lenguas al entrelazarse.

Sonó un chillido al estilo fangirl por parte de Flame. La pelirroja abrazó a Finn en un intento de controlar su emoción, mientras que el niño se quedaba sin aire. El rubio no comprendía del todo por qué su amiga se emocionaba tanto con el beso, pero de alguna manera se alegraba de que Marceline hubiese obtenido lo que quería. Era muy raro verla triste, y a Finn no le iba el rollo drama.

Aquella Nochebuena, frente al enorme árbol de Navidad del centro comercial, Santa Claus había decidido dar su regalo.


Recordad que todavía queda el especial de San Valentín. La historia no ha acabado, eh, no os creáis lo contrario. ¿Sabéis? Me encantó la conversación que tienen Finn y Flame antes de que Bonnibel confiese su confusión. Creo que es la parte que más me gusta de todo el capítulo, por detrás del beso, claro. Y sí, creo que en el beso me pasé comiendo turrón Suchad y bombones Lindor porque me ha quedado tan dulce que lo mismo me llega una demanda porque a alguna lectora le ha dado un coma diabético…

Y ahora pasaré a responder a los reviews que todavía no he contestado...

Cuchufletoide: bueno, ya lo has leído. El lunes no pasó nada en especial, Bonnibel la estuvo evitando durante casi dos meses. Nah, me gusta el nombre; es como el que puse a mi equipo en la yincana que celebré en mi décimo cumpleaños. Y si creen que estoy loca... allá ellos... yo me siento muy cuerda (suena un reloj de cuco por detrás y Cristina se pone un sombrero de copa como el del Sombrero Loco de Alicia en el País de las Maravillas).

Guest: pues no. Al final actualicé el 26 de diciembre... por problemas técnicos. Lo siento mucho (Cristina pone ojitos de Gato con Botas). En serio, lo siento mucho... Pero el especial de San Valentín te prometo, no, te juro, que lo subiré el 14 de febrero, como dije al principio.

mary11: ¡son el dúo dinámico! Jeje. A mí también me encanta la pareja que hacen, aunque sea todavía como amigos (Cristina enarca las cejas. "Todavía"...). Espero que te haya gustado este especial tanto como el anterior.

En fin, gentecita a la que tanto adoro, espero veros en el especial de San Valentín, que, palabra, lo subiré en el día prometido. En serio, es que no podía conectar en Internet… Fue frustrante.

BESOS, RODOLFITOS (no se me ocurría nada mejor, ¿vale?).

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