como mensione siempre, la historia no me pertenece, ni los personajes tampoco, yo simplemente la adapte al mundo de twilight.
cap 3
Pov Bella
Estoy junto a mi taquilla, después de clase, cuando veo que se acercan mis amigas Angela, Lauren y Irina. Angela me da un abrazo.
- Ay madre, ¿estás bien? -pregunta, apartándose un poco y mirándome detenidamente.
- Dicen que Jacob te protegió. Qué valiente es. Tienes mucha suerte, Bella -añade Lauren, haciendo rebotar sus exclusivos rizos con cada palabra.
- No ha sido para tanto -digo, preguntándome qué diferencias habrá entre el rumor que circula y lo que sucedió en realidad.
- ¿Qué dijo Edward exactamente? -pregunta Irina-. Caitlin les hizo a Edward y a Jacob una foto con el móvil, cuando estaban en el pasillo, pero no pude ver bien lo que estaba pasando.
- Será mejor que os deis prisa si no queréis llegar tarde al entrenamiento chicas -grita Rosalie desde el fondo del pasillo. Desaparece tan repentinamente como ha aparecido. Irina abre su taquilla, que está al lado de la mía, y saca sus pompones.
- Me saca de quicio que Rosalie le bese el culo a la señora Small -masculla.
Cierro la taquilla y me dirijo hacia el campo de entrenamiento.
- Creo que intenta concentrarse en el baile para no obsesionarse con el hecho de que Emmet haya regresado a la universidad.
- Sí, claro. Yo ni siquiera tengo novio, así que no cuenta con mi comprensión -dice Angela, haciendo una mueca.
- Ni con la mía tampoco. Venga, en serio, ¿alguna vez no ha tenido novio? -pregunta Lauren.
Cuando llegamos al campo de entrenamiento, todo el equipo está sentado sobre el césped, esperando a la señora Small. Uf, menos mal que no llegamos tarde.
- Todavía no puedo creer que te hayan puesto con Edward Cullen -dice Rosalie en voz baja cuando encuentro un sitio libre a su lado.
- ¿Quieres cambiar de compañero? -pregunto, aunque sé que la señora Cope nunca daría su aprobación. Lo ha dejado bien claro.
Rosalie saca la lengua en un gesto de asco y me susurra:
- Ni de coña. No quiero tener nada que ver con los de la zona sur. Mezclarte con esa gente solo trae problemas. Acuérdate del año pasado, cuando Alyssa McDaniel salió con uno de esos tíos... ¿Cómo se llamaba?
- ¿Jason Ávila? —añado en voz baja.
Rosalie se estremece al escuchar el nombre.
- En cuestión de semanas Alyssa pasó de ser guay a convertirse en una marginada. Las chicas de la zona sur le cogieron manía por salir con uno de sus chicos, y al final, también dejó de salir con nosotras. La estrafalaria parejita se quedó completamente aislada. Por suerte, Alyssa rompió con él.
La señora Small camina hacia nosotras con su reproductor de CD, protestando porque alguien lo había cambiado de sitio y que por eso llega tarde.
Guando la señora Small nos pide hacer estiramientos, Alice asoma la cabeza por encima de Rosalie para poder hablar conmigo.
- Estás metida en un buen lío -anuncia Alice.
- ¿Por qué?
Alice posee una visión y un oído fuera de lo común: se entera de todo lo que ocurre en Fairfield.
- Se rumorea que Tanya Denali te está buscando -dice mi mejor amiga.
Oh, no. Tanya es la novia de Edward. Intento mantener la calma y no pensar en lo peor, pero Tanya es dura de pelar, lo dice su aspecto, desde sus uñas pintadas de rojo hasta sus botas negras de tacón de aguja. ¿Está celosa porque soy la compañera de laboratorio de Edward o cree que he sido yo quien se ha chivado al director?
La verdad es que no he tenido nada que ver con el asunto. Me han citado en el despacho de Aguirre porque alguien ha sido testigo del incidente en el aparcamiento y del encontronazo en la escalera del instituto y ha ido a contárselo al director. Lo cual ha sido una estupidez porque no ha ocurrido nada.
Aguirre no me ha creído. Habrá pensado que estaba demasiado asustada para contarle la verdad. Aunque en aquel momento no lo estaba.
Pero ahora sí.
Tanya Denali puede acabar conmigo en cuanto se lo proponga. Probablemente sepa manejar armas, y la única arma que yo sé utilizar son mis pompones. Llamadme loca si queréis, pero dudo que mis pompones puedan ahuyentar a una chica como Tanya.
Podría hacer una buena demostración si se tratara de una justa verbal, pero no creo que sea un recurso apreciado en una pelea callejera. Los chicos se pelean debido a algún gen primitivo e innato que les lleva a ponerse a prueba físicamente.
Quizás Tanya tenga algo que demostrarme, aunque, creedme, no es necesario. No represento ninguna amenaza. Pero ¿cómo se lo hago saber? No es que pueda acercarme a ella como si tal cosa
y decirle: «Eh, Tanya, no voy a insinuarme a tu novio ni tampoco he sido yo quien se ha chivado al director Aguirre». Aunque, ¿quién sabe?, puede que funcionase...
La mayoría de la gente piensa que no hay nada que me perturbe. Tampoco quiero hacerles creer lo contrario. He sudado la gota gorda para mantener esta fachada, y no estoy dispuesta a perderla porque un pandillero y su novia quieren ponerme a prueba.
- No me preocupa -contesto a Alice.
- Te conozco, Bella. Estás nerviosa -susurra ella, negando con la cabeza.
Esa afirmación me pone más nerviosa que la idea de que Tanya esté buscándome. Porque me esfuerzo mucho para guardar las distancias con todos... no quiero que sepan realmente cómo soy o lo que es vivir en mi casa. Sin embargo, he dejado que Alice sepa más de mí que ninguna otra persona. A veces me pregunto si no debería alejarme un poco en nuestra relación, asegurándome así de mantener una distancia prudencial.
Lógicamente, sé que estoy paranoica. Alice es una amiga de verdad, estuvo junto a mí incluso cuando el año pasado me puse a llorar por la crisis nerviosa que sufrió mi madre, aunque nunca le conté la razón. Me permitió llorar en su hombro, incluso cuando me negué a contarle los detalles.
No quiero acabar como mi madre. Eso es lo que más temo en la vida.
La señora Small nos hace colocarnos en posición, después hace sonar la canción que el departamento de música ha creado para nuestro equipo mientras empiezo a contar hacia atrás. Es una combinación de rap y hip-hop, especialmente mezclada para que encaje con nuestro número, que hemos titulado «Big Bad Bulldogs» porque nuestra mascota es un bulldog. Mi cuerpo se mueve al ritmo de la música. Es lo que más me gusta del hecho de formar parte del equipo. La música tira de mí y me hace olvidar todos los problemas que me esperan en casa. La música es mi droga, lo único que me hace alucinar.
- Señora Small, ¿podemos intentar la posición de Media T para el inicio en lugar de la posición T, como hemos hecho hasta ahora? -sugiero-. Después, cambiamos a la combinación de V Baja y V Alta con Angela, Isabel y Caitlin moviéndose hacia la parte delantera. Creo que así quedará más limpio.
La señora Small sonríe. Es evidente que le gusta mi sugerencia.
- Buena idea,Isabella. Vamos a intentarlo. Empezaremos por la posición Media T, con los codos flexionados. Durante la transición quiero a Angela, Isabel y Caitlin en la fila de delante. Recordad que debéis mantener los hombros abajo. Alice, por favor, haz que tus muñecas sean la extensión de tus brazos en lugar de flexionarlas.
- Sí, señora -contesta Alice detrás de mí.
La señora Small pone de nuevo la canción. El ritmo, la letra, los instrumentos... es una mezcla que se cuela en mi interior y me levanta el ánimo sin importar lo bajo que lo tenga. A medida que bailo con el resto del equipo, en una coordinación perfecta, me olvido de Tanya y de Edward, de mi madre y de todo lo demás.
La canción acaba demasiado pronto. Aún deseo moverme al ritmo de la letra cuando la señora Small apaga el reproductor de CD. El segundo ensayo queda mejor, pero nuestra formación requiere mucho trabajo y a algunas de las chicas nuevas les cuesta mucho pillar los pasos.
- Isabella, enseña a las nuevas los pasos básicos y volveremos entonces a intentarlo en grupo. Rosalie, lidera al resto del equipo para repasar la coreografía -ordena la señora Small mientras me pasa el reproductor.
Isabel está en mi grupo. Se agacha para darle un sorbo a su botella de agua.
- No te preocupes por Tanya –dice-. Perro ladrador poco mordedor.
- Gracias -le digo.
Isabel parece una chica dura, con la bandana roja de los Latino Blood, los tres pendientes en la ceja y las manos plegadas sobre el pecho cuando no estamos haciendo ningún número. No obstante, su mirada desprende bondad. Y sonríe mucho. Su sonrisa suaviza su apariencia, y estoy segura de que estaría preciosa si se pusiera un lazo rosa en el pelo en lugar de llevar esa condenada bandana roja.
- Estás en mi clase de química, ¿verdad? -le pregunto.
Ella asiente con la cabeza.
- ¿Conoces a Edward Cullen?
Asiente de nuevo.
- ¿Son ciertos los rumores que circulan sobre él? -pregunto con cuidado porque no sé cómo puede reaccionar ante mi curiosidad. Si no me ando con pies de plomo, acabaré teniendo una lista enorme de personas que quieren ir a por mí.
La larga y morena melena de Isabel se mueve de un lado a otro mientras contesta:
- Depende de los rumores a los que te refieras.
Cuando estoy a punto de recitar la lista de rumores sobre el consumo de drogas y los arrestos policiales, Isabel se pone en pie.
- Escucha, Isabella -dice-. Tú y yo nunca seremos amigas. Pero tengo que decirte que, pese a comportarse como un gilipollas contigo, Edward no es tan malo como se rumorea. Ni siquiera es tan malo como cree que es.
Antes de que pueda hacer otra pregunta, Isabel vuelve a colocarse en formación.
Una hora y media más tarde, cuando todas, incluso yo, estamos agotadas e irritables, nos dan permiso para acabar la práctica. Decido acercarme a una sudorosa Isabel y decirle lo bien que lo ha hecho en el número de hoy.
- ¿En serio? -pregunta, sorprendida.
- Aprendes muy rápido -contesto. Es verdad. Para ser una chica que no ha cogido un pompón en los tres primeros años de instituto, ha pillado muy rápido los pasos de la coreografía-. Por eso te hemos puesto en la primera fila.
Mientras observo a Isabel, que se ha quedado boquiabierta de la emoción, me pregunto si cree en todos los rumores que habrá oído sobre mí. No, nunca seremos amigas. Pero tampoco puedo decir que vayamos a ser enemigas para siempre.
Después de la práctica, voy de camino al coche con Alice, que está mandando un mensaje de texto a su novio, Jasper. Hay un trozo de papel bajo uno de los limpiaparabrisas. Lo saco y veo que es la papeleta azul de castigo de Edward. Lo estrujo y lo meto en mi mochila.
- ¿Qué es eso? -pregunta Alice.
- Nada -digo, esperando que capte por mi tono de voz que no me apetece hablar del tema.
- ¡Chicas, esperad! -grita Rosalie, quien se acerca corriendo hacia nosotras-. He visto a Jacob en el campo de fútbol. Me ha dicho que le esperes.
Miro el reloj. Son casi las seis y quiero llegar pronto a casa para ayudar a Carmen a hacerle la cena a mi hermana.
- No puedo.
- Jasper me ha contestado -dice Alice-. Nos invita a una pizza en su casa.
- Yo puedo -dice Rosalie-. Me aburro un montón ahora que Emmet ha vuelto a Purdue y puede que no le vea en semanas.
- Pensaba que ibas a verlo el próximo fin de semana -dice Alice que está escribiendo un nuevo mensaje.
Rosalie se queda allí plantada, con los brazos en jarras.
- Bueno, así era hasta que me llamó y me dijo que todos los novatos de la fraternidad tienen que pasar la noche en la residencia para no sé qué loca iniciación. No me importa, siempre que el pene de Emmet quede intacto cuando todo eso acabe.
Al escuchar la palabra «pene», busco las llaves en el bolso. Cuando Rosalie se pone a hablar de penes y sexo, es mejor retirarse porque no hay quien la pare. Y ya que no suelo compartir mis experiencias sexuales (o la inexistencia de ellas) con nadie, me largo de allí. Es el momento perfecto para escapar.
Mientras jugueteo con las llaves entre los dedos, Alice me dice que Jasper la acompaña, de modo que haré sola el trayecto hasta casa. Me gusta estar sola, así no tengo que representar el papel ante nadie. Puedo poner la música a todo volumen si me apetece.
Sin embargo, no dura mucho el momento de diversión, que me brinda la música porque me doy cuenta de que mi móvil está vibrando. Lo saco del bolso. Hay dos mensajes de voz y uno de texto. Todos de Jacob.
Lo llamo a su móvil.
- Bella, ¿dónde estás? -me pregunta.
- De camino a casa.
- Vente a casa de Jasper.
- Mi hermana tiene una nueva cuidadora -le explico-. Tengo que echarle una mano.
- ¿Todavía estás cabreada porque he amenazado al Latino Blood que tienes por compañero de laboratorio?
- No estoy mosqueada, aunque sí algo molesta. Te he dicho que podía arreglármelas sola y no me has hecho ni caso. Además, habéis montado toda una escena en el pasillo. Ya sabes que no pedí que me lo asignaran como compañero -le digo a Jacob.
- Lo sé, Bella. Es que detesto a ese tío. No te enfades.
- No estoy enfadada -aclaro-. Pero no soporto ver que te pones así sin motivo.
- Y yo no soporto ver a ese tío susurrándote al oído.
Intuyo que va a empezarme a doler la cabeza, una migraña de las buenas. No necesito que Jacob haga una escena cada vez que un chico me habla. Hasta ahora nunca te había hecho, y con ello solamente consigue que quede más vulnerable al escrutinio y los cotilleos, algo que no quiero que ocurra.
- Olvidemos lo que ha pasado.
- Por mí bien. Llámame esta noche –dice-. Pero si puedes terminar antes y venir a casa de Jasper, estaré allí.
Cuando llego a casa, encuentro a Carmen en la habitación de mi hermana, en la primera planta. Está intentando cambiarle los pañales, aunque tiene a Jessica en la postura equivocada. Tiene la cabeza donde normalmente debería tener los pies, una de sus piernas está colgando al borde de la cama... es un desastre y Carmen está resoplando como si fuera la tarea más difícil que haya hecho en la vida.
¿Mi madre se habrá tomado la molestia de verificar sus credenciales?
- Ya lo haré yo -le digo a Carmen, apartándola a un lado. Le he cambiado los pañales a mi hermana desde que éramos niñas. No es muy divertido cambiar la ropa interior de alguien que pesa más que tú, pero si lo haces bien no tardas mucho ni se convierte en algo interminable complicado,
Mi hermana sonríe de oreja a oreja al verme.
- ¡Bi!
Jessica no puede articular palabras, por lo que recurre a aproximaciones verbales. «Bi» significa «Isabella». Devuelvo la sonrisa mientras la coloco bien sobre la cama
- Hola, peque. ¿Quieres cenar? -pregunto mientras saco las toallitas de un envase e intento no pensar en tarea que me ocupa.
Mientras le pongo unos pañales nuevos y unos pantalones limpios, Carmen me observa al margen de todo. Intentó explicarle los pasos a medida que lo hago, pero basta con mirarla una sola vez para saber que no me ha escuchando.
- Tu madre ha dicho que podía marcharme cuando llegaras a casa -me dice.
- Está bien -respondo mientras me lavo las manos. Antes de que pueda darme cuenta, Carmen ha desaparecído cual Houdini.
Llevo a Jessica a la cocina en su silla de ruedas, pero cuando llegamos veo que lo que normalmente es una cocina impecable está patas arriba. Carmen no ha fregado los platos, apilados en el fregadero, y tampoco se ha toma la molestia de hacer una tarea tan difícil como fregar suelo después del arrebato de Jessica con el yogur.
Preparo la cena de mi hermana y limpio todo el estropicio.
Jessica dice lentamente la palabra «colé», aunque realidad ha sonado más a «ole», pero sé a lo que se refiere
- Sí, el primer día otra vez -digo mientras mezclo bien su comida y la dejo sobre la mesa. Le meto una cuchara de comida triturada en la boca mientras continúo hablando-. Y a mi profesora de química, la señora Cope, se le daría genial ser monitora en un campamento militar. He leído detenidamente el programa de estudios. No hay una semana en la que no haya programado un examen o alguna prueba. Este año no va a ser nada fácil.
Mi hermana me mira, intentando descifrar lo que le estoy contando. Su expresión de concentración me dice que me apoya y me entiende aunque no pueda expresarlo con palabras. Porque cada palabra que sale de su boca es todo un suplicio. A veces me gustaría decirlo por ella, porque siento su desesperación como si fuera la mía propia.
- ¿No te ha gustado Carmen? -pregunto con dulzura.
Mi hermana niega con la cabeza. Y no le apetece hablar de ello, lo sé por la manera en la que se le tensan los labios.
- Ten paciencia –digo-. No es fácil llegar a una casa nueva y no saber qué hacer.
Cuando Jessica termina de comer, le traigo las revistas para que pueda echarles un vistazo. A mi hermana le encantan las revistas. Mientras se entretiene hojeándolas, me hago un bocadillo de queso y me siento en la mesa para ponerme con los deberes mientras como.
Oigo que se abre la puerta del garaje justo en el momento en el que saco la hoja de papel que la señora Cope me ha dado para escribir la redacción sobre el respeto.
- Bella, ¿dónde estás? -grita mi madre desde el vestíbulo.
- En la cocina -respondo yo.
Mi madre entra desenfadadamente en la cocina con una bolsa de la tienda Neiman Marcus colgada del brazo.
-Toma, esto es para ti.
Cojo la bolsa y saco una camiseta azul claro del diseñador Geren Ford.
-Gracias -digo, intentando no darle mucha importancia frente a Jessica, quien nunca recibe un regalo de mi madre. Aunque tampoco le importa. Está demasiado absorta mirando las fotos de las famosas mejor y peor vestidas, y de su brillante bisutería.
-Pega muy bien con esos vaqueros negros que te compré la semana pasada -añade mientras saca del congelador unos filetes y empieza a descongelarlos en el microondas-. Dime... ¿cómo le iba a Carmen cuando llegaste a casa?
- No muy bien –digo-. Tienes que enseñarle a hacer las cosas.
No me extraña que mi madre no responda. Mi padre entra por la puerta de la cocina un minuto después, quejándose del trabajo. Es el dueño de una empresa de producción de circuitos integrados y ya nos ha explicado que este es un año flojo, y pese a ello, mi madre sigue saliendo y comprando de todo, y mi padre me ha regalado un BMW por mi cumpleaños.
- ¿Qué hay para cenar? -pregunta mi padre mientras se afloja la corbata. Parece cansado y ajado, como de costumbre.
- Filetes -contesta mi madre sin apartar la vista del microondas.
- No me apetece una cena pesada -dice él-. Solo algo ligero.
-¿Huevos? ¿Espagueti? -resopla mi madre, apagando el microondas y enumerando sugerencias a oídos sordos.
Mi padre sale de la cocina. Incluso cuando está aquí físicamente, sé que su mente sigue en el trabajo.
- Me da igual, pero que sea ligero -vocea.
Es en momentos como estos cuando siento lástima por mi madre. Mi padre no le presta mucha atención. Cuando no está trabajando, está de viaje de negocios o simplemente no le apetece estar con nosotras.
- Haré una ensalada -digo mientras saco la lechuga del frigorífico.
Por su sonrisa, diría que mi madre agradece la ayuda, preparamos la cena juntas, pero en silencio. Pongo la mesa mientras mi madre trae la ensalada, unos huevos revueltos y pan tostado. Masculla algo sobre no ser valorada; supongo que quiere que la oiga pero que no haga ningún comentario al respecto. Jessica sigue absorta en sus revistas, ignorante de la tensión que hay entre nuestros padres.
- El viernes me voy a China y estaré allí dos semanas -anuncia mi padre al regresar a la cocina en pantalones de chándal y camiseta. Se desploma sobre su asiento, el que preside la mesa, y se sirve
algo de huevos revueltos en el plato-. Nuestro distribuidor de allí está repartiendo material defectuoso y tengo que averiguar la cantidad.
- ¿Y la boda de DeMaio? Es este fin de semana y ya hemos confirmado nuestra asistencia.
Mi padre deja caer el tenedor y mira a mi madre.
- Sí, estoy seguro de que la boda del hijo de los DeMaio es más importante que mantener a flote mi negocio.
- Charlie, yo no he insinuado que tu negocio sea menos importante -rebate mi madre, dejando también caer el tenedor sobre el plato. Es increíble que no tengamos todos los platos desportillados-. No obstante me parece una grosería cancelar ese tipo de cosas en el último momento.
- Puedes ir tú sola.
- ¿Y qué la gente empiece a cuchichear sobre la razón por la que no me has acompañado? No, gracias.
Esta es la típica conversación durante la cena de los Swan. Mi padre hablando sobre lo duro que es su trabajo, mi madre intentando fingir que somos una familia feliz y Jessica y yo manteniéndonos al margen de todo.
- ¿Cómo te ha ido el instituto? -pregunta finalmente mi madre.
- Bien -respondo, omitiendo el hecho de que me hayan puesto a Edward de compañero-. Tengo una profesora de química muy dura.
- No tendrías que haber cogido química -interviene mi padre-. Si no consigues un sobresaliente, tu nota media se vendrá abajo. Es muy difícil entrar en una universidad como Northwestern, y no van a levantar un dedo solo porque sea mi alma máter.
- Lo entiendo, papá -digo, terriblemente deprimida. Si Edward no se toma en serio nuestro proyecto, ¿cómo voy a sacar un sobresaliente?
- La nueva cuidadora de Jessica ha empezado hoy -le informa mi madre-. ¿Te acuerdas?
Mi padre se encoge de hombros porque cuando la última cuidadora se marchó, él insistió en que Jessica debería vivir en algún tipo de residencia en lugar de en casa. No recuerdo haber gritado más en mi vida de cómo lo hice entonces, porque nunca permitiré que manden a Jessica a un lugar donde la descuiden y no la comprendan. Yo tengo que estar pendiente de ella. Esa es la razón por la que entrar en Northwestern es tan importante. Si estoy cerca de casa, puedo vivir aquí y asegurarme de que mis padres no la ingresen en un centro.
A las nueve llama Irina para quejarse sobre Rosalie. Opina que ha cambiado durante el verano y ahora se lo tiene creído por estar saliendo con un universitario. A las nueve y media llama Rosalie para decirme que sospecha que Irina está celosa porque sale con un universitario. A las nueve y cuarenta y cinco llama Alice diciéndome que ha hablado con Irina y Rosalie y que no quiere entrometerse. Yo estoy de acuerdo con ella, aunque creo que ya es demasiado tarde.
Son las once menos cuarto cuando por fin termino mi redacción sobre el respeto para la señora Cope y puedo ayudar a mi madre a acostar a Jessica. Estoy tan cansada, siento que no puedo ni mantener levantada la cabeza. Cuando me acuesto, después de haberme puesto el pijama, marco el número de Jacob.
-Hola, guapa -dice-. ¿Qué haces? -No mucho. Estoy en la cama. ¿Os habéis divertido en casa de Jasper?
- No tanto como lo habría hecho si hubieras estado.
- ¿A qué hora has vuelto?
- Hace una hora. Me alegro de que hayas llamado.
Tiro de mi enorme edredón rosa hasta la barbilla y hundo la cabeza en mi mullida almohada.
- ¿De verdad? -le pregunto, esperando un cumplido, y con un tono de voz cariñoso, aniñado-: ¿Por qué?
Hace mucho tiempo que Jacob no me dice que me quiere. Ya sé que no es la persona más cariñosa del mundo. Mi padre tampoco lo es. Pero es algo que necesito oír de Jacob. Quiero que me diga que me quiere, que me echa de menos, que soy la chica de sus sueños.
Jacob carraspea antes de decirme:
- Nunca hemos tenido sexo telefónico.
Vale, esas no son las palabras que esperaba. No debería sentirme ni decepcionada ni sorprendida. Él es un adolescente y soy consciente de que los chicos solo piensan en el sexo y en divertirse. Esta tarde, cuando leí la nota de Edward en la que hablaba de tener sexo duro, me esforcé por ignorar la extraña sensación que se me instaló en la boca del estómago. Lo que él no sabe es que soy virgen.
Jacob y yo nunca hemos mantenido relaciones sexuales. Ni telefónicas ni reales. Estuvimos a punto de hacerlo en abril del año pasado, en la playa, detrás de la casa de Alice, pero me eché atrás. No estaba preparada.
- ¿Sexo telefónico?
- Sí. Tócate, Bella. Y después me dices lo que estás haciendo. Eso me pone un montón.
- Y mientras me toco, ¿qué vas a hacer tú? -pregunto.
- Pelarme la banana. ¿Qué crees que voy a hacer, los deberes?
Me río. Es más una risa nerviosa porque no nos hemos visto mucho los dos últimos meses. Tampoco hemos hablado demasiado, y ahora quiere que en un solo día pasemos del «Me alegro de verte después de todo un verano separados» al «Tócate mientras me pelo la banana». Tengo la sensación de estar en medio de una canción de reguetón.
- Vamos, Bella -me dice Jacob-. Piensa que es una práctica antes de que lo hagamos de verdad. Quítate la camiseta y tócate.
- Jacob...-digo.
- ¿Qué?
- Lo siento, pero no me apetece. Al menos, ahora no.
- ¿Estás segura?
- Sí. ¿Estás enfadado?
- No -dice-. Pensé que sería divertido darle un toque picante a nuestra relación.
- No sabía que te aburrieras.
- Las clases... el entrenamiento de fútbol... los mismos sitios a los que vamos. Supongo que después de un verano lejos de aquí ahora me agobia la misma rutina. Me he pasado las vacaciones haciendo esquí acuático, piruetas con tabla de surf y deportes de motor fuera de pista. Son cosas que hacen que se te acelere el corazón y la sangre te circule muy rápido, ¿sabes? Es un puro subidón de adrenalina.
- Suena genial.
- Lo fue, Bella.
- Sí.
- Y estoy preparado para ese subidón de adrenalina... contigo.
Pov Edward
Empujo al chico contra un Camaro lujoso y brillante, un cochazo que probablemente cueste más de lo que mi madre gana en un año.
- Este es el trato, Blake -le digo-. O me pagas ahora o te rompo algo. Y no me refiero a tu jodido coche... sino a algo que lleves permanentemente adherido al cuerpo. ¿Lo pulas?
Blake, más delgado que un poste de teléfono y pálido como un fantasma, me mira como si acabara de pronunciar su sentencia de muerte. Debería habérselo pensado mejor antes de coger toda la cocaína y largarse sin pagarla.
Como si Aro fuera a permitir que sucediera sin más. Como si yo fuera a permitirlo.
Cuando Aro me envía a recaudar deudas, obedezco. Puede que no me guste hacerlo, pero lo hago. Él sabe que no me involucraré en el tráfico de drogas, ni destrozaré la casa de nadie, ni me mezclaré en asuntos de robos. Sin embargo, se me da bien recaudar... sobre todo, deudas. A veces me mandan a buscar directamente a personas, aunque esos son asuntos complicados, sobre todo porque sé lo que les pasará en cuanto les arrastre hasta el almacén donde tienen que dar la cara frente a Cayo. Nadie quiere enfrentarse a Cayo. Es mucho peor que enfrentarse a mí.
Blake debería sentirse afortunado de que haya sido yo la persona asignada para venir a buscarlo.
Decir que no vivo una vida impoluta es un eufemismo. Intento no darle muchas vueltas al trabajo sucio que hago para los Latino Blood. Lo cierto es que se me da bien. Mi trabajo es asustar a la gente para que nos pague lo que nos debe. Técnicamente, mis manos están limpias de drogas. Bueno, el dinero que viene de las drogas cae en mis manos con bastante frecuencia, pero lo único que hago es dárselo a Aro. No lo gasto, solo lo recaudo.
Eso hace que solo sea un peón, lo sé. Siempre y cuando mi familia esté a salvo, no me importa. Además, soy un buen luchador. No tenéis ni idea de la cantidad de gente que se echa a llorar ante la amenaza de romperle los huesos. Blake no es diferente de otros tíos a los que he amenazado, lo sé por el modo en que finge despreocupación pese a que sus larguiruchas manos no dejan de temblarle sin control.
Y dicho esto, puede que penséis que sería capaz de intimidar a la Cope, pero no os equivoquéis, a esa tía no hay quien la acojone, ni con una granada en las manos.
- No tengo el dinero -espeta Blake.
- Esa respuesta no te va a servir de mucho, tío -interviene Dimitri, que hasta ahora se ha quedado al margen. Acompañarme le divierte mucho: cree que somos una especie de poli bueno y poli malo. Excepto que en realidad no somos una pareja de policías, sino de pandilleros, y uno de nosotros es malo y el otro aún peor.
- ¿Qué miembro quieres que te rompa primero? -pregunto-, Seré amable y te dejaré elegir.
- Venga, Edward, sacúdele ya y acabemos con esto de una vez -dice Dimitri, aburrido.
- ¡No! -grita Blake-. Lo conseguiré, os lo juro. Mañana.
Lo empujo otra vez contra el coche y presiono el antebrazo contra su garganta lo suficiente para asustarle.
- ¿Y qué, voy a fiarme de ti así, por las buenas? ¿Crees que somos idiotas? Necesito una garantía. Blake no responde. Miro el coche.
- No, el coche no, por favor, Edward.- Saco mi arma. No voy a dispararle. No importa lo que soy ni en lo que me he convertido, jamás mataria ni dispararía a nadie. Sin embargo, eso Blake no lo sabe. Cuando ve la pistola, saca las llaves del coche.- Dios mío, no, por favor. Le quito las llaves de la mano.
- Mañana, Blake. A las siete en punto detrás de las viejas vías en el cruce de Fourth con Vine. Ahora, lárgate de aquí -le digo, agitando el arma en el aire para que salga corriendo.
- Siempre he querido tener un Camaro -dice Dimitri después de que Blake se haya ido.
- Es tuyo... hasta mañana -digo, lanzándole las llaves.- ¿De verdad crees que conseguirá cuatro mil dólares en un solo día?
- Sí -digo con total seguridad-. Porque este coche vale mucho más de cuatro mil dólares.
Cuando volvemos al almacén, pongo a Aro al día. No le hace mucha gracia que no le hayamos traído la pasta, pero sabe que Blake conseguirá el dinero. Yo siempre cumplo con mi trabajo.
Por la noche, estoy en mi habitación y no puedo conciliar el sueño porque mi hermano Luis no deja de roncar. Por cierto, duerme tan profundamente que no parece tener inquietudes en la vida. Yo sí las tengo. No me importa amenazar a camellos de pacotilla como Blake, aunque preferiría estar luchando por cosas que verdaderamente merecen la pena.
Una semana más tarde estoy sentado en el césped del patio del instituto, almorzando junto a un árbol. La mayoría de los estudiantes de Fairfield comen fuera hasta finales de octubre, cuando el invierno de Illinois les obliga a refugiarse en la cafetería a la hora de la comida. Pero aún podemos disfrutar de cada minuto de sol y de aire refrescante, lo que nos permite pasar un rato agradable en el exterior.
Mi amigo Lucky, con su camiseta roja demasiado ancha y sus vaqueros negros, me da una palmada en la espalda mientras aparca el trasero a mi lado con una bandeja de la cafetería en la mano.
- ¿Listo para la siguiente clase, Edward? Me apuesto lo que quieras a que Isabella Swan huye de ti como de la peste. Me troncho cada vez que la veo mover su taburete para alejarse todo lo que puede de ti.
- Lucky -le interrumpo y, señalándome, añado-: Es una chiquilla y no va a sacar nada de este hombre.
- Corre a decirle eso a su madre -dice Lucky, riendo-. O a Jacob Black.
Me recuesto sobre el tronco del árbol y me cruzo de brazos.
- El año pasado coincidí con Black en Educación Física. Y créeme, no tiene nada de lo que pueda alardear.
- Todavía estás cabreado con él porque el año siguiente de que le ganaras en la carrera de relevos frente a todo el instituto te destrozó la taquilla, ¿verdad?
Joder, sí, todavía estoy cabreado. Aquel incidente me costó una pasta gansa porque tuve que comprarme libros nuevos.
- Eso es agua pasada -le digo a Lucky, manteniendo la fría apariencia de siempre.
- Pues tu amiguito está sentado justo allí, con la tía buena de su novia.
Me basta una sola mirada a la señorita Perfecta para que se dispare todo mi sistema de alarma. Cree que soy un drogata. Todos los días tengo que superar el temor de lidiar con ella en clase de química.
- Esa tía tiene la cabeza llena de pájaros, tío -añado.
- He oído que esa petarda te ha faltado el respeto delante de los suyos -dice un tío llamado Pedro mientras él y un grupo de chicos toman asiento junto a nosotros con sus bandejas de la cafetería o la comida que han traído de casa.
Niego con la cabeza, preguntándome lo que habrá dicho Isabella de mí y qué medidas deberé de tomar para tenerlo todo bajo control.
- Tal vez me desee y no conozca otra manera de llamar mi atención.
Lucky ríe con tanta fuerza que todos los que están a pocos metros de nosotros nos miran.
- Ni de coña, Isabella Swan no se acercaría a menos de sesenta metros de ti por voluntad propia, así que ni hablemos de salir contigo, colega -dice-. ¿Te acuerdas de la bufanda que llevaba la semana pasada? Pues puede que esa prenda cueste tanto como todo lo que hay en tu casa.
La bufanda. Como si los pantalones y la camiseta de diseño que lleva no fueran lo suficientemente modernos, se pone esa bufanda, puede que para alardear de lo rica e intocable que es. Seguro que es toda una profesional eligiendo el tono exacto para que encaje con sus ojos de color chocolate.
- Joder, te apuesto mi RX-7 a que no eres capaz de conseguir sus bragas antes de las vacaciones de Acción de Gracias -me desafía Lucky, interrumpiendo mis perversos pensamientos.
- ¿Quién querría hacer algo así? -rebato. Puede que también sean de diseño y lleven sus iniciales bordadas en la parte delantera.
- Todos los tíos del instituto.
No hacía falta recalcar lo que ya es evidente.
- Es una pija.
No salgo con nenas malcriadas, ni tampoco con niñatas cuya idea del trabajo duro es pintarse sus largas uñas de un color diferente cada día para que peguen con el conjunto que llevan puesto. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo enciendo, haciendo caso omiso de la política del centro que prohíbe fumar en el recinto del instituto. Últimamente he fumado un montón. Dimitri me lo hizo notar anoche cuando salimos a dar una vuelta.
- ¿Y qué pasa? Vamos, Edward. No seas idiota. Mírala.
Echo un vistazo. Tengo que admitir que está buena. Tiene el pelo largo y brillante, una nariz aristocrática, los brazos ligeramente bronceados y algo musculados en los bíceps (me preguntó si hará ejercicio). Y unos labios carnosos que cuando sonríen te hacen pensar que la paz mundial sería posible si todo el mundo sonriera como ella.
Aparto esas ideas de mi mente. ¿Y qué pasa si está buena? Es una petarda de primera.
- Demasiado flaca -espeto.
- Te gusta -dice Lucky, recostándose sobre la hierba-. Pero sabes que, como el resto de chicanos de la zona sur, nunca podrás tenerla.
Hay algo en mí interior que se enciende. Llamémoslo mecanismo de defensa. Llamémoslo prepotencia. Antes de que pueda desconectarlo, digo:
- En dos meses habré catado a esa tía. Si de verdad quieres apostar tu RX-7, acepto.
- Estás pirado, tío -dice Lucky, y al ver que no contesto, añade frunciendo el ceño-: ¿Hablas en serio, Edward?
El tío va a echarse atrás, quiere más a su coche que a su madre.
- Claro.
- Si pierdes, me quedo con Julio -dice Lucky, y su expresión ceñuda se transforma en una sonrisa malvada.
Julio es mi posesión más preciada: una vieja Honda Nighthawk 750. La rescaté del depósito y la convertí en una moto de líneas depuradas. Hacerlo me llevó un montón de tiempo. Es la única cosa en mi vida que, en lugar de echar a perder, he mejorado.
Lucky no va a rajarse. Ahora me toca a mí rechazar o aceptar el reto. El problema es que nunca me he echado atrás... ni una sola vez en toda mi vida.
Estoy seguro de que la blanquita pija más popular del instituto va a aprender un montón de cosas saliendo conmigo. La señorita Perfecta ha declarado que nunca saldría con el miembro de una banda, pero apuesto a que ningún Latino Blood ha intentado colarse alguna vez en esos pantalones de diseño.
No resultaría más imposible o inverosímil que un encontronazo entre las bandas rivales de los Folks y los People, un sábado por la noche.
Apuesto a que todo lo que necesito para ligarme a Isabella es un poco de coqueteo. Ya sabéis, un juego de palabras, un toma y da que aumenta tu percepción del sexo opuesto. Puedo matar dos pájaros de un tiro: devolvérsela a Cara Burro quitándole a su chica y devolvérsela a Isabella Swan por haberse chivado de mí al director, y por dejarme en ridículo delante de sus amigas. Puede ser divertido.
Me imagino a todo el instituto siendo testigo de la inmaculada niña pija babeando por el chicano al que ha profesado odio eterno. Imagino su culo blanco y apretado cayendo al suelo cuando haya acabado con ella.
Le tiendo la mano a Lucky.
- Trato hecho.
- Tendrás que demostrarlo con pruebas. Le doy otra calada al cigarrillo.
- Lucky, ¿qué quieres que haga? ¿Arrancarle un jodido pelo púbico?
- ¿Cómo sabremos que es de ella? -pregunta Lucky-. Quizás sea rubia de bote. Además, probablemente tendrá las ingles depiladas a la brasileña. Ya sabes, cuando se les queda todo...
- Hazle una foto -sugiere Pedro-. O un vídeo. Apuesto a que podemos sacar una pasta con eso. Podemos titularlo «Isabella se va de paseo al sur de la frontera».
Son este tipo de conversaciones estúpidas las que nos dan una mala reputación. No es que los niños ricos no hablen de estupideces, estoy seguro que sí. Sin embargo, cuando mis amigos empiezan, no conocen el límite. Si os digo la verdad, creo que mis colegas se lo pasan bomba cuando se ríen de alguien. Aunque si es de mí, ya no me hace tanta gracia.
- ¿De qué habláis? -pregunta Dimitri, que se une a nosotros con un plato de comida de la cafetería.
- He apostado mi coche con Edward a que no consigue acostarse con Isabella Swan antes de Acción de Gracias. Y él ha apostado su Julio a que sí.
- ¿Estás pirado, Edward? -dice Dimitri-. Hacer una apuesta como esa es un suicidio.
- Déjalo, Dimitri -le advierto. No es ningún suicidio. Una estupidez, puede, pero no un suicidio. Si conseguí salir con la tía buena de Tanya Denali puedo salir con la galleta de vainilla de Isabella Swan.
- Isabella Swan está fuera de nuestro alcance, colega. Puede que seas un chico mono, pero eres cien por cien chicano y ella es más blanca que el pan.
Una alumna de penúltimo curso llamada Leticia González se acerca a nosotros.
- Hola, Edward -dice, lanzándome una sonrisa antes de sentarse con sus amigas. Mientras los otros chicos babean por Leticia y sus amigas, Dimitri y yo nos quedamos solos junto al árbol.
Dimitri me da un codazo.
- Mira, Leticia es una chicana preciosa, y sí está a tu alcance.
Pero yo no tengo puesto el ojo en Leticia, sino en Isabella. Ahora que el juego ha empezado, voy a centrarme en el premio. Es hora de empezar el coqueteo, aunque con ella no me funcionará ningún piropo facilón. De algún modo, creo que ese tipo de comentarios ya se los dice su novio y los otros gilipollas que intentan llevársela a la cama.
Voy a optar por una nueva estrategia, una que ella no esperará. Voy a hacer que caiga rendida antes de que se dé cuenta. Y empezaré en la próxima clase, cuando esté obligada a sentarse a mi lado. Nada como unos cuantos preliminares en la clase de química para provocar que se encienda la chispa.
- ¡Mierda! -exclama Dimitri, lanzando su comida al plato-. Creen que pueden comprar un trozo de pan en forma de u, llenarlo de cosas y llamarlo taco, pero estos tipos de la cafetería no distinguirían un taco de carne de un pedazo de mierda. Esa es la razón por la que sabe así, Edward.
- Tío, me están entrando ganas de vomitar -digo. Miro incómodo la comida que he traído de casa. Ahora, gracias a Dimitri todo me parece un pedazo de mierda. Asqueado, guardo el resto de la comida en la bolsa de papel marrón.
- ¿Quieres probarlo? -pregunta Dimitri con una sonrisa mientras me tiende el taco de mierda.
- Acerca eso un centímetro más y te arrepentirás -le amenazo.
- Me cago de miedo.
Dimitri zarandea el taco ofensivamente, provocándome.
Deberla tener más cabeza.
- Si algo de eso me cae encima...
- ¿Qué vas a hacer, pegarme? -canturrea Dimitri con sarcasmo, todavía agitando el taco. Quizás debería darle un puñetazo en la cara, dejarlo inconsciente para no tener que aguantarlo más.
Mientras barajo la idea, noto que algo me gotea en los pantalones. Bajo la mirada sabiendo lo que voy a encontrarme. Sí, un pedazo de falsa carne de taco, húmeda y pegajosa, me ha dejado una macha enorme justo encima de la bragueta de los vaqueros desteñidos que llevo puestos.
- Joder -se lamenta Dimitri. En un instante, su expresión ha pasado de la alegría a la conmoción-. ¿Quieres que te lo limpie?
- Si tus dedos se acercan lo más mínimo a mi pene, me encargaré personalmente de meterte un tiro en los huevos -gruño entre dientes. Aparto con el dedo la misteriosa carne que me ha caído encima. Me ha dejado una mancha grande y grasienta. Me vuelvo hacia Dimitri.
- Tienes diez minutos para conseguirme unos pantalones nuevos.
- ¿Y cómo cono voy a hacer eso?
- Improvisa algo.
- Coge los míos -sugiere Dimitri que se levanta y se lleva los dedos a la cinturilla de los vaqueros, desabrochándose los pantalones allí, en medio del patio.
- Tal vez no me he explicado con claridad -matizo, preguntándome cómo voy a aparentar ser un tipo guay en clase de química cuando parece que me he meado en los pantalones-. Lo que quiero decir es que me consigas unos pantalones nuevos de mi talla, imbécil. Eres tan bajo que podrías presentarte a una audición para hacer de duende de Santa Claus.
- Voy a tolerar tus insultos porque somos hermanos.
- Nueve minutos y treinta segundos.
Dimitri decide no malgastar más tiempo y echa a correr hacia el aparcamiento del instituto. No me importa una mierda cómo consiga los pantalones, solo quiero que los encuentre antes de que empiece la siguiente clase. Tener la bragueta mojada no es el mejor modo de demostrarle a Isabella que soy todo un seductor.
Espero junto al árbol mientras los otros tiran los restos de comida y se dirigen a las puertas del instituto. De repente, suena la música por los altavoces y no veo a Dimitri por ningún sitio. Genial. Ahora tengo cinco minutos para llegar a la clase de Cope. Apretando los dientes, camino hacia la clase de química con los libros estratégicamente colocados delante de la bragueta. Llego dos minutos antes. Me siento en el taburete y me acerco todo lo que puedo a la mesa de laboratorio para esconder la mancha.
Isabella entra en clase, con su pelo de anuncio cayéndole sobre el pecho, terminando en unos perfectos ricitos que se mueven a medida que avanza. Una perfección que en lugar de excitarme, me hace desear levantarme y arruinársela.
Le guiño el ojo cuando me mira. Ella resopla y aleja su taburete del mío todo lo que puede.
Recuerdo la política de tolerancia cero de la señora Cope y me quito la bandana, colocándomela directamente sobre la mancha. Después, me giro hacia la chica de los pompones que se sienta a mi lado.
- Tendrás que hablar conmigo en algún momento.
- ¿Para qué tu novia tenga la excusa perfecta para apalearme? No, gracias, Edward. Prefiero que mi cara se quede como está.
- No tengo novia. ¿Quieres una entrevista para el puesto? -pregunto mirándola de arriba abajo, concentrándome en las partes de las que ella se vale tanto.
Hace una mueca con el labio superior pintado de rosa y me sonríe con desprecio.
- Ni muerta.
- Nena, no sabrías que hacer con tanta testosterona en tus manos.
«Eso es, Edward. Tómale el pelo para atraer su atención. Morderá el anzuelo». Ella se aparta de mí.
- Eres asqueroso.
- ¿Y si te dijera que haríamos una pareja genial?
- Pues te diría que eres un imbécil.
espero sus comentarios :*
