Cokeworth, agosto 4, 1999.
Es miércoles; una Media Luna se muestra en una pasajera abertura de las nubes, en leve irradiar.
Los brillos lunares no llegan muy lejos. Apenas rozan los tejados angulosos de la ciudad, encendiendo con tonos blanquecinos, las chimeneas rectangulares. Un gato lento en mancha ágil deambula sobre las tejas. La luz de la luna se difumina en las fachadas, donde las ventanas de los pisos superiores encienden la sombra; hacia las aceras es oscuridad, excepto por cuadros de luz esporádicos.
Estoy de pie, tan callado como la noche, y llevo tu carta en una mano.
No puedo negar que tienes razón en cada uno de tus consejos, expresados en tu lenguaje poético-mágico. Y siempre que escribes, como cuando hablas, presiento la corriente de dulzura y misterio de tus pensamientos. Tu manera de desentrañar los recodos de las relaciones, el significado de los hechos con la misma claridad de quien observa verdades en el mensaje de los astros.
¿Te intriga saber qué me provoca el poema que me envías? No creí, o mejor dicho, no quise creer que volverías a darme un fruto de tu sensibilidad. Me leíste entre líneas, pues en efecto quería saber si habías roto los que te llevaste. Pero veo con alivio que los conservas, que al mismo tiempo has vuelto a escribir estas perlas de tu corazón.
Cuando al leer me acercaba a tu poema fue ver una estrella en el medio de una noche oscura... Te sentí tan cerca que creí respirar de nuevo tu aroma a maderas y que me bastaría con buscarte bajo la Luna, para admirar el dibujo de tus labios… Nuevamente me atrapaste en los ecos que se entretejen en cada sílaba, en los cosmos vivientes de cada frase, donde compones una música que primero se insinúa y un segundo después da vuelco a las emociones por haber creado mundos perfectos de ritmo y de belleza. Te decía que tu mayor hechizo son las palabras y lo que siento es que abriste aquella puerta de la que yo me preguntaba si existía, y al abrir esa puerta de una casa en la campiña, no veo el horizonte de montañas, sino un cielo de estrellas.
Mi antiguo amor… sí, tú eres mi antiguo amor de cada día del tiempo sin final. Lo fuiste cuando yo no lo admitía y te veía cerca, como lo admito hoy cuando estamos lejos uno del otro, tú en la ciudad clara y yo en la ciudad de tinieblas… Admito que cuando la penumbra de la biblioteca se abrió aquella noche que yo hacía una ronda, y vi de lejos la luz de la vela con que te iluminabas al escribir, no imaginé que era el inicio de un camino lleno de sorpresas, de congojas y misterios al ritmo de tus poemas.
Yo no había conocido a una bruja poetisa. Conocí a brujas semejantes a sirenas, otras a hidras y algunas más que formulaban hechizos de medusas. Las había casi invencibles y otras que negaban su rostro, por preferir los aquelarres donde brillaban por los fuegos sus máscaras devoradoras de la muerte. Mas no a una que tuviera fuerza en la delicadeza de una canción, como tú. Conforme me acercaba a ti, extrañado de ver a deshoras a una becaria, no pensé que daba pasos hacia aquel umbral.
Y algo más.
En tu carta me llamaste… mi amor.
Esa frase, de la que dicha por otros me he burlado en múltiples ocasiones y que hoy sigue pareciéndome incomprensible, dicha por ti revela mi injusticia, pues con ella despertaste una campanada de Luna que reverberó en mi mente, haciendo sonar un llamado.
¿Por qué no corro hacia ti? Sencillamente porque estoy en un limbo y no quiero dar un paso que rompa este encuentro al cabo de las tinieblas y del fuego, un paso que nos deje vernos, pero no encontrarnos. No sé si al acercarnos encontremos puentes caídos sobre abismos. Y tampoco quiero perderte en mis abismos.
Asomando por la ventana a la luz de esa Media Luna que pronto se irá, robada por el techo de nubes al cerrarse, me pregunto si veré espectros malignos con nombres de estrellas, riendo por las calles bañadas de rocío… Si la negra estrella en carcajada enloquecida volverá como el eco de un mal sueño, o en medusa embriagada por la luz cercenada de la Luna… Pero la acera se extiende frente a los edificios de ventanas ciegas, y nadie aparece. Sólo el viento, intocable al susurro platinado de la noche.
Y esta noche se disuelve, huyendo del presente hacia mi recuerdo, y con los fragmentos de la Luna aparece el día siguiente, éste, jueves de mañana fría, cuando sigo con la carta, y puedes verme atravesando las aceras invadidas de neblina, entre las fachadas de rojo ladrillo y altos muros que aprisionan umbrales. La enorme chimenea de la fábrica abandonada se pierde entre los retazos de niebla. Es temprano, tanto que el rocío empapa mi casaca y cabellos, al andar a paso vivo. Tu carta me ha sugerido ir a una cita no agendada.
Vagando en el abismo de este limbo de cielos perpetuamente nublados, voy a Domhain End, la calle más al norte de la ciudad.
En las esquinas encuentro a niños que no juegan. De suéter, con cabello corto, peinados de fleco, serios, me ven pasar sin quitarme la vista de encima. Las calles se proyectan en su invariable mutismo entre casas donde chicas adolescentes en conciliábulo, unas de pie, otras sentadas en el borde de los muros, llevan un diálogo mudo de rebeldías y conflictos mientras fuman, hoscas.
Más adelante, una muchacha de vestido blanco, rubia como el oro, me observa a través de su ventana enmarcada por una cortina descorrida, contra el fondo oscuro de su hogar... Siempre me ha sorprendido la manera en que Cokeworth esconde su ser íntimo: desde fuera nunca se vislumbra el interior de las casas, aunque las cortinas están abiertas; esconden en su halo oscuro también los sonidos, los movimientos. La penumbra de los días fríos oculta las palabras y todo atisbo de calidez. No recuerdo a un solo vecino en La Hilandera. A veces creo que la ciudad hace mucho ha muerto, pero los habitantes no nos hemos dado cuenta. O habitamos una ciudad fantasma, que boga llevando náufragos por el Mar de los Sargazos. Nadie en compañía, sino cada uno aislado tras sus puertas de sentimientos mutilados, en estos edificios densos de chimeneas y pesadumbre. Esos niños que me ven asomando por otra esquina y que echan a correr cuando me acerco, deben temer a un espectro.
Salgo de la ciudad, atravesando Domhain End, y el aire se hace más ligero o más desolado, pero el limbo es bueno para mí. Un soplo helado se extiende por el cielo desnudo que ha olvidado el azul, para adoptar el húmedo de días despojados de emociones, un cielo desgarrado por desnudas ramas de árboles, entre los que se fuga el camino de tierra salpicado de abrojos.
A medio kilómetro, el amplio cielo desnudo muestra las líneas del oscuro y torcido molino desvencijado, de huecos en su edificación, con láminas levantadas y aspas rotas en la larga ribera de hierba feraz y reseca.
El viento apenas me agita los cabellos al acercarme rápidamente. El molino es un espectro de tiempos remotos, olvidado, contrastado contra el firmamento helado.
Ningún barlovento ni sotavento anima esos brazos extendidos al vacío. Eran otros tiempos cuando los habitantes de Cokeworth traían los granos para la molienda, antes que las casas rústicas fueran demolidas y reemplazadas por los bloques de edificios y éstos ensuciados por el humo de la fábrica voraz que destruyó el pasado hurtando las risas de todos para no devolvérselas. Cuando fabricó anonimato y llanto ese molino machacó las espigas de la vida, dejando esta Cokeworth en el estupor de su propia existencia escindida.
También la fábrica murió, y con seis metros de alto, el molino abandonado es una torre de desolación elevada al cielo inhóspito. Hace años que yo no venía. Primero me causaba dolor, después odio, más tarde huía de sus recuerdos de sentimientos contradictorios y finalmente no tuve tiempo, ni interés; sin embargo, aquellas aspas inmóviles continuaron girando y cortándome en pedazos.
Venir al molino en estos días de la encrucijada podría hacer pensar que me haría estremecer. Nadie debe confiar en que yo sienta demasiado ciertas encrucijadas. Yo no estoy hecho para eso. En mí, el llanto puede ocurrir dos o tres veces en la vida. No puedo acongojarme permanentemente aunque quisiera. No sé dejarme llevar por la música, ni por los tonos del horizonte, tampoco por esos amaneceres y nocturnos que los bardos cantan una y otra vez. El viento, la noche y el crepúsculo habitan en mí. Yo solamente hablo de ellos.
Me detengo a la orilla del ancho río. Sus heladas aguas generan pocos rizos, engañosos de la fuerte corriente inferior. El viento me roza la frente, congela la cicatriz de piel trozada en mi cuello, aligerando el dolor.
Mis padres vivían cuando yo visité por primera vez esta ribera. Él, el torpe patán ebrio y nauseabundo que debió morir mucho antes de lo que hizo el favor de hacer. Es de las personas que una vez muertas quisiera ver morir de nuevo. Diferente era ella, quien me inyectó la fortaleza que yo necesitaba para afrontar las horas por venir. Aun así, a mi madre por mucho tiempo no le perdoné lo que consideraba su debilidad para deshacerse de su ruin marido. Y pensando en ello encuentro que albergo varios odios. Me congratula pensar que tengo favoritos con quiénes hacer intercambio de maldiciones. A otros los felicito por haber dejado de pisar este planeta. James, Sirius. Sus razones no me bastan para admitirlos. Otros tuvieron lo que se ganaron a pulso. A Lupin lo comprendo recién. Más arrastrado por sus fantasmas y perdido en sus laberintos que responsable de mezquindades. Lamento su muerte.
El río corre, como siempre, taciturno... Asteria, ¿a dónde van los fantasmas de los seres significativos? ¿De los seres amados, de los seres odiados, de los que pasaron por nuestras vidas como tragos amargos? ¿Dónde estará tu padre, al que vi esa vez en la puerta de tu casa y que me habló con calidez? ¿Dónde estará mi madre? ¿Podrá escuchar mis pensamientos de no haber podido estar con ella cuando falleció, hace casi ocho años? De ver en lo que me he convertido, en un ser sin certezas, ni heredad, ¿todavía pensaría que soy un príncipe? ¿Estaría orgullosa de mí?
Me desabotono el cuello de la camisa, soltando un bufido burlón. La piedad no es lo mío. Estos pensamientos deben ser producto de la leve fiebre que va y viene. Asquerosa víbora. Es la hora que no sé quién de los tres la partió con la Espada y no deseo saber, pues le invitaré a que sea más ingenioso y se quede con esta cicatriz quemante que me obsequió. Es más real el frío que adormece el ardor en el cuello, que cualquier reconciliación.
Camino alrededor del molino, que se eleva al cielo deslucido. Desde lejos debo parecer una sombra sólida en torno a un derrotado gigante de madera.
Dentro, la sensación de hueco elevándose a los inservibles rotores de las aspas, tiene algo de ensordecedor. Dentro del molino vacío hace más frío que afuera y en él flotan partículas de aserrín y tierra. El molino agoniza lentamente o mejor dicho, no acaba de morir. Debería prenderle fuego para liberar a su daimonion.
Mas ha sido útil. En el centro del molino hago un pase e inclinado exploro la parte excavada: hay un arcón en el fondo.
Soplo en él, para liberarlo de gránulos de tierra.
Es un arcón dorado, labrado con runas y símbolos de protección, visibles por la luz que se filtra en haces por las partes derruidas en las paredes del molino.
Vuelvo afuera, acercándome a la ribera. Abrojos y árboles resecos son escasos y es lo mismo al otro lado de la corriente traicionera, donde la vegetación apenas puntúa las orillas.
Con una rodilla en tierra, abro el arcón y lo descubro… Al cabo de este tiempo, en medio del aire frío y apartándome los cabellos de la frente, los veo: reconozco los pergaminos, los pliegos marrón claro, resistentes al tiempo y al clima, con los dibujos de tu letra…
Apenas crujen en mis manos y los libero con sentimiento de reencuentro, de elíxir obtenido… Son tus poemas, tus cartas, lo que me dedicaste desde la primera vez que coincidimos en la biblioteca, a deshoras, cuando debería estar cerrada y te encontré escribiendo en un escritorio y luego de ese encuentro formal, con una sonrisa que pasaba sobre mi ceño fruncido, me tendiste el pliego donde estaba el poema que escribiste mientras hablábamos.
Unas aves vuelan por encima, y yo en la ribera admiro cómo el cofre abierto libera tus palabras, que oculté días antes de la muerte del anciano, cuando nos separamos tú y yo, cuando pensé que no quería que tus poemas corrieran riesgo de perderse y sin saber dónde esconderlos, buscando afanosamente protegerlos los traje al molino, sabiendo que era el último lugar donde se buscaría. De perder en la última jugada, daría lo mismo donde estuvieran, pues la ciudad y el molino y el castillo arderían con el mundo y ningún poema volvería a ser escrito. Pero hoy. Pero ahora. El mundo permanece luego del estruendo y puedo sacar el cofre y en este aire helado que me despeina, en libertad, tus poemas vuelven a ver la luz de sol, en un sueño recuperado.
Me siento al margen de la corriente y repaso los pergaminos. Me asombra saber que hice como tú y dejamos que esas confidencias, los pergaminos que hablan de nosotros, fueran protegidos por las sombras de arcones ocultos, así como nuestras cartas de ahora son otros pergaminos, en las sombras de la soledad.
El efluvio de tus palabras asciende en el soplo del aire. Hay algunas cartas mías y los intentos de poema que me animaste a escribir. No me atreveré a releerlos.
Las páginas conservan tu aroma. El aroma de tus manos, ese aroma de maderas y de enigma. ¿Qué me dirán hoy? ¿Puedes ver las que guardaste? ¿Te permiten recordar qué sucedió la primera noche? Yo recuerdo el halo de luz en torno de tu rostro, que apoyabas en tus dedos mientras escribías a mitad de la noche. Tu aire era serio, pero no pesado; notoriamente no estabas ahí, sino en las ideas que plasmaban tu pluma rojo vivo. La luz de la vela te brillaba en el cabello y delineaba tus pestañas y labios. No me oíste llegar. Y ese fue el inicio de la historia que ahora vuelve a mis emociones en mareas.
Necesito algo antes. Me levanto y hago un pase sobre la ribera.
Algunos conjuros de las oscuras artes tienen su inverso y contrainverso. Las oposiciones son comunes porque se trata de tener siempre contraataques, hasta tejer una red donde el enemigo caiga sin piedad, pero ciertos contraconjuros no son negros. Lo oscuro es la intención.
La hierba reseca tiene muchos claros. En esos espacios de tierra oscura, debido a mi conjuro emergen multitud de pequeños pétalos que no son de rosas.
Son plantas que crecen en segundos y llenan de verde los espacios sin hierba. Corren en reguero veloz hasta la base del árbol seco y se extienden por la margen del río. Plantas de tres hojas, pequeñas, que desde nacer, baten en el aire. Son tréboles.
No trato de hacer amable este sitio que aglomera pasados sobre pasados. Quiero imponer mi voluntad. Si otros lo ven como bueno, bien por ellos. Para mí es que estoy harto de la tiranía de la nostalgia. Harto de las cadenas que te atan a la nada. Harto de los recuerdos áridos. Harto de la vergüenza y del dolor. De mi vergüenza y mi dolor. Es muy posible que no sea la forma más sensata de liberarse, porque lo hago estando harto. Si serán recuerdos que sean vivos, si será recuerdo será sin vergüenza, si fue dolor no lo será más o no lo será tanto.
Los tréboles susurran en el viento húmedo, que promete lluvia para la tarde. ¿Qué pensaría Lily?, me viene a la mente. Mi último abrazo a ella es hoy tributo. Y quisiera pensar que está feliz por saber que tengo una carta en la mano, donde una carismática bruja me llama "mi amor". Me gustaría que se alegrara de saber que por alguna razón que yo mismo no comprendo, coseché un arcón de poemas escritos desde el silencio y los sentimientos. Me gustaría que Lily estuviera tranquila de saber a su hijo vivo y que me olvidara por fin. La conozco, sé que a pesar de lo que nos dijimos no me olvidó del todo. Sé que de abrazarnos hoy nos pediríamos perdón. Así, espero que me olvide, con amor, con dolor, o si así fuera, con indiferencia o con fastidio, no importa. Los finales no tienen obligación de ser bellos. Tienen obligación de ser puertas que se cierran detrás de nuestros pasos.
El agua mansa del ancho río taciturno corre en el margen verde de la ribera. Veo mi imagen en el agua, con los puños en la cintura, de pie entre los tréboles, el molino se sueños rotos y los abrojos en el umbral de mi propia desolación. El cuello desabrochado permite que el viento frío lama la cicatriz de dibujo caótico en mi cuello, aletargando su dolor sordo. Quiero que este río se lleve todo al olvido que es la mar. Que el viento lleve a ti el perfume de nuestras palabras, elevándose más allá de la corriente, al lado del árbol, hacia el manto nuboso y sus aves en vuelo… Que lo lleve por encima de la campiña, rebasando poblados y caminos, hasta Inverness, con sus edificios en agujas y su verde claro bajo el cielo azul, ahí donde estás tú.
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Inverness, agosto 7, 1999.
Nocturno…
Tal vez en esta carta, más nocturno que nunca.
Te confieso que tus palabras me impregnaron melancolía.
Es increíble cómo pareces vivir en la eterna bruma de un invierno que no es de estación.
Hay un frío sin frío que te acompaña como una sombra, por más que el verano esté jugando sus últimas cartas, antes de que todo el paisaje se torne dorado cuando llegue septiembre.
No imaginas cómo deseo que el otoño mágico que tantas veces enmarcó nuestros momentos, te encuentre en el lugar donde debes estar, que es Hogwarts.
Cokeworth, lo único que hace, lejos de inspirarte apego o pertenencia, es convidarte bocados de muerte.
Un entorno doloroso y oscuro, modifica el estado anímico, y los procesos de sanación emocional, se frenan.
El castillo hoy, es una revelación para quienes saben leer los tiempos.
Es la viva imagen de aquello que sufrió, y se reconstruyó. Es el símbolo más poderoso y claro, acerca de la posibilidad de volver a unir las piezas del rompecabezas.
Nunca estamos completos, siempre estamos buscando esas piezas que nos faltan…
Creo que somos como pequeños castillos, rodeados de muros, que intentan protegerse de todo aquello que temen.
Te entiendo bien, aunque me angustie la melancolía de tu herida, no sólo la que llevas en tu cuello.
No sabes cuánto daría por acariciar tu piel lastimada. Déjame fantasear con la idea de que las manos del amor, pueden curar. Déjame creerme que no considerarás un sentimentalismo tonto, a esto que te digo.
Ah… pero que distintas serían tus cartas si me las escribieras desde Hogwarts…
Sé que en el colegio se esconden también los espectros de viejas amarguras, pero te bastaría con mirar el paisaje sublime para que tu mente fuera invadida por la majestuosidad de las montañas simétricas, besadas por el lago, y el aire puro te transportaría aromas agrestes que te aseguro, te llenarían de paz.
Ese es tu sitio, tu hogar, tu profesión, tu excelencia, que es mucho más fuerte que los malos recuerdos.
Estoy segura que tienes la propuesta de regresar como el héroe que eres.
Tal vez mientras leas la palabra héroe, me dediques una media sonrisa irónica, y tu cabeza haga un movimiento de negación.
Me parece verte, y no me importa, porque sé lo que vales, aunque tu espíritu culposo te impida apreciar la verdadera dimensión de tu obra.
No te juzgo, aunque me lastimen tus lágrimas mudas, y esa tristeza maldita que te impide fluir como deberías.
Te acepto, Nocturno, amando inclusive a tus sombras.
Sé por qué no vienes a mí, y es por la misma razón que yo no vuelo ahora hasta Cokeworth a pintarle un poco de sol y de tibieza.
"La lluvia y el sol son solo estados de ánimo"… es la línea de una canción de un muggle muy inteligente…
No nos encontramos, porque aún nos quedan piezas por recuperar.
No estamos completos, necesitamos hablarnos, devolver al presente los códigos que teníamos.
Despertar lo que todavía duerme un sueño de temores.
Abrir los cofres de poesía es un primer paso, importante. Es la voluntad de querer cambiar, de hacer el intento, y como bien dices, para contar con puentes futuros, que crucen esos abismos negros de distancia.
Me emociona imaginar tus manos rozando aquellos pergaminos, pero no te confundas… aún no volví a escribir.
El poema que te envié no es nuevo, es apenas una memoria de miel que quise acunar otra vez, como a una criatura.
Los poemas son como hijos de letras, y sólo deben engendrarse por amor.
Tal vez si comienzo a pensar que lo nuestro puede regresar algún día, las musas ancestrales que guiaban mi pluma roja, se conmuevan y vuelvan entonces a acariciar mi frente.
Fuiste el último hombre que pudo inspirarme, y me hace sentir valorada el hecho de que destaques mi amor por la poesía. Te agradezco que me reserves el apartado que se dedica a seres especiales.
Si me atrajiste, fue porque te sentí selectivo, tal vez tan riguroso como yo, a la hora de brindar tu confianza.
Tenías claro el concepto de que los seres humanos no nacimos para seguir un redil, sino para tener criterio propio.
Soy orgullosa, Nocturno. Orgullosa, temperamental, protectora de las cosas simples y sagradas que me rodean.
Mi casa, mis libros, mis instantes…
Por eso supe que me interesarías, aquella noche, en la que sí, efectivamente, entraste en mi mundo cálido de la biblioteca, como un ladrón sigiloso. Como un digno representante de Slytherin.
Sé que te motivaba saber quién era, como era, la nueva adquisición de Albus.
Querías ver si resultaba ser tan irritante como Pince, o tan complaciente como Charity Burbage…
Querías tratarme mal, y no pudiste.
Y yo, advertida de tu fama de tirano, quería estar a la defensiva, y no pude.
No pudimos porque nos miramos a los ojos, y supimos que era tarde para huir. Que el destino había trabado el lazo.
Unimos nuestras manos en un saludo…
Severus Snape…
Asteria Lessin…
Y te quedaste en silencio. Luego me hiciste preguntas intentando un estilo inquisidor, que lejos de sonar de esa manera, se tradujo en un leguaje académico, algo gélido al principio, sí, y yo, que ante la serenidad y los modos de un docente, tuve que bajar las armas, increíblemente me vi compartiendo mi sagrado té, contigo.
Me mirabas como a un hallazgo, y te preguntabas que hacías ahí, a altas horas de la noche, sin deseos de volver a las mazmorras.
Te quedaste a escucharme, y cuando quisiste obligarte a creer que lo de los poemas tal vez era un intento mío para darme importancia, es cierto que te regalé aquel, el primero.
Mis palabras nacieron espontáneas cuando te miré. Fue como leer un libro, o los mensajes de tus ojos de ónix. Mi libro oscuro, sombrío, mi libro tesoro…
Temí que la intensidad de mis primeras líneas te incomodara, pero lejos de ello, sentiste que algo fuerte, profundo, y mágico había nacido entre los dos, en ese preciso instante.
¿Recuerdas? Fuiste un poema viviente esa noche, mi especial Nocturno…
El dolor
es el inquilino de sus ojos
aunque en vano intente
quitar protagonismo a su mirada,
con una expresión serena.
Igual se pasea,
vulnerando a la clara expresión
de sus pupilas.
Algunos saben verlo
y entender,
mientras otros
son inmunes a sus rastros,
y prefieren comprarse
al tirano de ficción.
Pasaron muchas guerras
con la bandera del llanto
izada en el mástil de las noches
y los días.
Llovió tanto,
que cuando el sol quiso asomar
no fue recibido con honores.
Solamente como un cambio;
y la tenue oportunidad
de volver a andar el verde
y hospedar en el cuerpo
la calidez emotiva del verano y niñez.
El dolor es la marca de la ausencia,
aunque la herida ya no sangre,
y el olvido se archive como
una causa perdida.
Se lleva en la piel,
indeleble
invisible
casi siempre recuerdo,
casi siempre lágrima traidora
casi siempre incomprensión,
casi nunca empatía.
Demasiada dureza,
y poco corazón.
Aunque el dolor nunca pudo…
asesinar a su amor.
El dolor es tu enemigo recurrente, yo lo sé, y aunque me desespera, te entiendo.
El dolor se disfraza de nombres.
Se viste con los malos tratos grises de tu infancia, con las calles que mencionas, con el símbolo del molino añejo que muere todos los días un poco.
A veces toma los rostros de los seres que te hicieron sufrir, y siempre, no sólo a veces, regresa con la niña de la plaza.
No soy quien para opinar acerca de Lily, nombre que pronuncio voluntariamente, con ternura, y despojada de todo juicio o preconcepto.
Sólo importa lo que tú sientas por ella. Tu sentir, te pertenece.
Eso sí, permíteme decirte, que cuando las personas parten, se vuelven habitantes de otros planos, y de la única manera en la que pueden hablarnos, es a través de nuestra propias memorias.
La ventaja, es que de ese modo, podemos modificar esas memorias y elegir así, que ese diálogo con aquellos que se fueron, no sea una llaga destinada a sangrar eternamente.
No se trata de olvidar, como una sentencia inapelable, sino de seguir el camino, brindándole al ser que partió, el sitio que debe ocupar.
No es un ser que se pierde, sino que se transforma, y toma otro significado. La sabiduría está en encontrárselo, para que del vacío, pueda surgir un aprendizaje.
La vida no se trata de fantasmas amados u odiados, sino de cuerpos con almas que se aferran a la posibilidad de transitar el tiempo que corresponda, de la manera más plena.
Eso es sanar, eso es dejar que las aguas del río se limpien y tomen la ruta hacia el mar de un destino más diáfano.
Sanar es poner la tristeza en palabras, para que el viento se las lleve lejos.
Escribes con una intensidad que estremece mi piel, confirmando que precisamente las palabras, siempre fueron nuestras.
Fuimos dos hechiceros de palabras, aún lo somos.
Los viajeros del arcón escondido, dos sombras clandestinas que a pesar de todo, se sienten.
Ojalá, mi amor, pudieras volver a tu lugar…
Ojalá tus letras pudieran limpiarse como ese río…
