A/N: Hola a todos. Os traigo el tercer capítulo. Como dije en el anterior, éste y el siguiente contendrán pequeños saltos en el tiempo en los que se narrará lo más importante de la relación de Jean y Armin desde que Jean llegó a Lebucquière (Francia) en invierno de 1938 hasta lo que pasa en el capítulo dos, que están en el verano de 1939. Espero que os guste.

Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertencen, sino a Hajime Isayama

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[III]

Armin dejó que la carcajada ascendiera por su garganta y se escapara entre sus labios. Apoyó su espalda en el respaldo de la silla y soltó todo el aire retenido en sus pulmones. El sonido de su voz se fusionó con la de Eren mientras Connie emitía un suspiro de resignación, sabedor de que, una tarde más, había sucumbido ante el ingenio del rubio en las cartas.

—¿No se suponía que lo tuyo era el ajedrez? —protestó el chico, tomando su jarra de cerveza fría.

—No es mi culpa que no cuentes las cartas —respondió Armin, tomando con entusiasmo las monedas que Connie tanto había insistido en apostar y que había terminado por perder.

Tras depositarlas en el bolsillo de su pantalón de pinzas, Armin colocó sus manos alrededor de la taza contenedora de un café con leche bien caliente. Aquel invierno estaba siendo especialmente duro. La ausencia de lluvia para la zona en la que se encontraban había instalado un frío seco que provocaba en Armin grietas en la piel de sus finos y delicados dedos. Pero definitivamente, no había nada mejor para combatir el frío que la calurosa sensación que le provocaba estar en compañía de aquellos a los que consideraba su familia.

—Erwin lleva mucho tiempo reunido —comentó Eren, terminando de barajear las cartas para repartirlas de nuevo.

—Es increíble que haya venido alguien hasta aquí pidiendo refugio. ¿Tan seria está la cosa fuera de Francia?

—Deberías leer más el periódico, Connie —Armin tomó su mano de cartas y las observó con detenimiento—. Dicen que en Berlín se ha descubierto la fisión nuclear.

—Fi-¿qué?

—Fisión nuclear —repitió Armin—. Al parecer, el uranio puede producir grandes cantidades de energía.

—Pfffttt… —Eren rodó los ojos— ¿Y para qué demonios van a usar eso?

—Si por ti fuera, Eren, nadie haría nada y la humanidad seguiría destinada a vivir como cavernícolas.

—Eso no es cierto —replicó el castaño, siguiendo la jugada de Connie—. Seguro que lo usan para la guerra. ¿De que si no huiría el tipo que ha venido?

—Creo que es belga, no alemán —intervino Connie.

—Eso no tiene nada que ver. Dicen que Hitler tiene deseos expansionistas. Podría invadir Bélgica en cualquier momento. Ya ha invadido países como Austria y Polonia durante este año. Supongo que el tipo que ha venido hasta aquí querrá darle a su hijo una vida mejor.

Las miradas de los tres se dirigieron a una de las esquinas del local de Hanji. Sentado en una banqueta había un niño de cabello negro y mejillas pobladas de pecas. Hanji le había puesto un poco de leche caliente y algo de pan con azúcar que todavía no había tocado.

—Me sigue pareciendo una tontería hacer eso —añadió Eren—. Hay que luchar contra esa gente. Yo lo haría. Se ha desplazado cientos de kilómetros hasta aquí con un niño pequeño. ¿Cuántos años tendrá? ¿Cinco? Es una locura… Para que luego Hitler decida quedarse en su casa y no invadir Bélgica.

Armin miró a su mejor amigo de reojo y frunció ligeramente el ceño. Eren nunca cambiaría.

—Armin —el rubio se giró al escuchar la voz de Hanji dirigirse a él—, Erwin quiere verte.

—¡Estamos en medio de una partida! —protestó Connie.

—Me temo que no puede esperar. Necesita que le ayudes con unas cosas. Tiene que ver con el muchacho que ha venido pidiendo refugio.

¿Muchacho?, pensó Armin mientras se ponía en pie. Mientras se dirigía hacia la puerta del bar, echó un último vistazo al crío. Hanji se acababa de referir al belga como 'muchacho', pero, por mucho que aquel niño no tuviera más de siete años, su padre debía de ser más mayor que él.

Contuvo un gemido al sentir el frío sobre su piel. Escondió parte de su rostro tras su bufanda de lana, dejando solo a la vista sus ojos, y caminó por las ya oscuras calles de Lebucquière hacia el ayuntamiento, a un par de casas del bar. El edificio, para su desgracia, mantenía el frío del exterior en su interior, así que se apresuró a subir las escaleras hacia el despacho, donde sabía que Erwin tenía una prodigiosa estufa de carbón que había despertado la envidia del pueblo durante mucho tiempo.

Dio dos toquecitos en la puerta de madera y, al otro lado, escuchó la profunda voz de Erwin invitándole a entrar. Armin abrió la boca para preguntarle al alcalde qué deseaba, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta cuando, al hacer notar su presencia, unos ojos color miel se posaron sobre él. Armin sintió que su corazón se detenía, que lo que había a su alrededor se desvanecía. Hanji había tenido razón en calificar al misterioso belga como muchacho. No era mucho más mayor que él.

Ese fue su primer encuentro con Jean Kirschtein.


Armin se aseguró de que la cara camisa de seda, que algún día perteneció a su abuelo, estuviera perfectamente doblada. Sonrió satisfecho del resultado y cuidadosamente la tomó con ambas manos para colocarla con delicadeza en uno de los cajones de su cómoda. A continuación, se sentó sobre el colchón y comenzó a doblar la enorme montaña de pares de calcetines que, durante un par de semanas, nadie se había atrevido a tocar.

—Armin.

Erwin asomó la cabeza tras la puerta de la habitación. El muchacho levantó la vista de su tarea y le miró con curiosidad.

—¿Puedes hacerme un favor? —no respondió, pero aquello no impidió que Erwin prosiguiera— He pedido a Jean que vaya a ordeñar a una de las vacas, ya que esta mañana estaba incómoda por el tamaño de sus ubres. Pero hace tiempo que el chico no aparece. ¿Vas a echar un vistazo?

Armin se limitó a asentir, dejando un calcetín huérfano sobre la colcha, en espera de que el rubio encontrara su otro par. El alcalde le sonrió a su paso y le dio unas palmaditas en el hombro.

Todavía quedaba alrededor de una hora hasta que el sol comenzara a ocultarse por el horizonte. No obstante, el cielo azul, carente de nubes, engañaba a aquellas alturas del año. Armin tomó su abrigo, a sabiendas de que el frío del invierno seguía presente, y salió de la casa frotándose las manos ante la repentina e inusual sequedad de ambiente en aquella zona de Francia.

No muy lejos de la casa se encontraba el viejo establo en el que Erwin Smith guardaba su escueto, pero suficiente ganado. Tuvo que hacerse paso entre los animales para llegar hasta la puerta y, nada más entrar, se percató de las dificultades que Jean Kirschtein estaba teniendo para ordenar a la vaca. El castaño farfullaba improperios que Armin no llegaba a comprender mientras intentaba apretar las ubres de la vaca. Sin embargo, el animal se revolvió y Jean perdió el equilibrio de la banqueta, cayendo de espaldas al mullido suelo de paja. Aquella escena hizo reír a Armin a carcajadas, haciendo notar inmediatamente su presencia.

—No te rías —protestó Jean, volviendo a colocar el taburete.

—No se te dan muy bien los animales, ¿verdad? —cuestionó aún sonriente. Como respuesta, Jean chasqueó la lengua y Armin se acercó hasta él— No se deja ordeñar porque no lo estás haciendo bien. ¿Es que no has tratado con animales domésticos? Erwin piensa que sí.

—Dejémoslo en que mentí un poco en las cosas que sabía hacer —el chico se rascó la nuca incómodo, haciendo reír de nuevo a Armin.

—La vaca tiene que ser consciente de que va a ser ordeñada —le explicó Armin—. Llámala por su nombre. El de ella es Muriel. A la vez que le hablas, tienes que acercarte a su parte trasera y acariciarle el lomo.

—¿En serio tengo que hablarle? —Jean hizo una mueca.

—Pues claro —replicó Armin con cierto tono resabiado—. Los animales pueden entenderte.

Jean suspiró con resignación e hizo tal cual Armin le había indicado. Poco a poco, la vaca, que había estado tensa, comenzó a relajarse. Mientras tanto, Armin llenó un cubo con agua en el pilón y lo calentó durante unos minutos al fuego de la casa. Cuando regresó, Jean le miraba interrogante.

—Hay que lavar las ubres y los pezones de la vaca con agua templada. Pero no uses mucha —Jean fue siguiendo sus pasos—. Toma ahora el pezón con el dedo gordo y el índice y oprímelo… No. Así, no—. Armin se agachó tras dejar el cubo bajo las ubres y le demostró cómo debía hacerse. En cuanto presionó ligeramente, un fino chorro de leche salió de la ubre y cayó en el fondo del cubo—. Ahora tú —soltó el pezón y dejó que esta vez fuera Jean—. Con esto se consigue que la leche de la ubre baje al pezón y, al mismo tiempo, que no se retire hacia la ubre de nuevo. Utiliza el resto de dedos para oprimir también sobre el pezón, así saldrá la leche disparada hacia el cubo.

Jean se armó de paciencia para terminar su tarea. No sin dificultades, consiguió ordeñar a la vaca, primero las ubres traseras y, por último, las delanteras. No era un trabajo nada fácil y Jean terminó sintiendo ciertas molestias en su espalda tras tensar sus músculos por la incertidumbre que le producía realizar mal el trabajo.

—No ha estado tan mal —sonrió Armin, recogiendo el cubo.

—No te burles de mí.

—Lo estoy diciendo en serio —el rubio sonrió, vertiendo con cuidado el líquido en una botella de vidrio—. Por cierto, hay que limpiarle las ubres al terminar. Para evitar infecciones.

Jean asintió y mojó la toalla en el agua. Con cuidado, limpió las ubres del animal. La vaca pareció inquietarse, pero Jean le acarició el lomo y susurró su nombre, tranquilizándola con más éxito del que en realidad él esperaba.

—¿De qué trabajabas en Bélgica?

—¿Qué? —preguntó Jean, clavando sus ojos sobre Armin.

—En Bélgica, ¿de qué trabajabas?

—¿Qué te hace pensar que no trabajaba en el campo?

—Tienes brazos fuertes, sí, por lo que podrías haber labrado la tierra, pero tienes mucha inexperiencia en otras cosas —Armin colocó el tapón en la botella—. No se te dan bien los animales y protestas por los bichos que hay en el campo. Y eso que ni siquiera estamos en verano.

—Era ingeniero.

—¿Ingeniero? Así que fuiste a la universidad… —los ojos de Armin se iluminaron— No todo el mundo puede permitírselo.

—Ya… Bueno… Tú también has tenido que ir si eres el maestro.

—No. Yo no fui —Jean enarcó una ceja—. Estudio por mi cuenta. Nunca dejo de estudiar —Armin sonrió con orgullo—. Debías ganar mucho dinero.

—No creas. Era un principiante —Jean se puso en pie y se acercó a la puerta para intentar meter al resto de vacas en el establo, que se habían creído en libertad para hacer lo que quisieran—. ¿Y no has pensado en ir?

—¿Adónde?

—A la universidad.

—N-No… Bueno, no he salido nunca de Lebucquière.

—¿Lo dices en serio? —Jean parpadeó sorprendido, a lo que Armin asintió— Y supongo que sueñas con ir a la universidad.

—M-Me gustaría mucho —confesó Armin en un susurro, mirando para otro lado.

—Pues, ¿sabes qué? —Jean recuperó la atención del rubio— En realidad no te pierdes nada.


Armin y Sasha recogieron la lana de las ovejas esquiladas y comenzaron a apilarlas a un lado. El rubio la inspeccionó, asegurándose de que era de buena calidad y sonrió para sus adentros. Podrían tejer varios jerséis con ella para el invierno. Sasha se apoyó a su lado y suspiró. Armin la miró de reojo y se percató de que no tenía un buen aspecto, seguramente a causa del trabajo duro, aunque aquella no fuera la primera vez que lo realizaban.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, claro.

—Pues estás pálida.

Sasha emitió una risita nerviosa. La chica jugueteó con sus dedos y se acercó hasta la puerta del establo. Asomó la cabeza por la puerta, como si intentara asegurarse de que no había nadie alrededor, y cerró la puerta lentamente. Cuando se giró, se quedó apoyada sobre la puerta y Armin frunció ligeramente el ceño.

—¿Es que pasa algo?

—Te voy a contar algo, pero no quiero que se lo cuentes a nadie.

—Vale.

Sasha suspiró y dio unos saltitos antes de decirlo a gran velocidad.

—Estoyembarazada.

Armin guardó silencio. Sasha había cerrado los ojos y los apretaba con fuerza, sin poder creerse que acababa de confesar en voz alta su mayor secreto.

—¿Qué?

—Que estoy embarazada —repitió la chica, bajando el tono de voz a pesar de que estaban solos.

—¡Eso es fantástico, Sasha!

—¿Estás de broma? ¡Connie va a morirse cuando se entere!

—¿Es que no es suyo!?

—¿¡Qué!? ¿¡Cómo no va a ser suyo!? ¿¡De quién demonios va a ser entonces!? —Sasha se revolvió el pelo tras propinar a Armin un puñetazo en el brazo, despeinándose la coleta— ¡El problema es que va a quedarse de piedra! ¿De verdad crees que está preparado para algo así?

Sasha gimoteó y se dejó caer hasta el suelo, quedando hecha un ovillo. Armin, sin embargo, no pudo evitar sonreír. Sasha y Connie habían sido inseparables desde pequeños. Habían sido los dos alborotadores oficiales del pueblo y, ahora, sus futuros hijos seguirían la estela de sus padres. Armin creía que era maravilloso, que aquello era motivo para ser feliz, así que no alcanzaba a comprender el malestar de su amiga.

—¿De cuánto estás? —le preguntó, acercándose hasta ella y poniéndose de cuclillas para quedar a su altura.

—N-No lo sé. Pero tengo un retraso de dos semanas y las tetas se me han puesto enormes —Sasha se sonrojó tras decir aquello, por lo que Armin rio.

—Pero es fantástico. Vas a ser madre y, encima, junto a Connie, Sasha.

—Ya, pero… —la chica bajó la vista— ¿Quién nos querrá casar, Armin? Seré la furcia del pueblo. Hablarán de mí a mis espaldas.

Armin presionó sus labios en una fina línea. Cómo odiaba todos aquellos prejuicios, cómo los detestaba y cómo, también, callaba siempre. Odiaba la Iglesia, odiaba sus sermones y odiaba lo mucho que les recordaba que estaban pecando y cómo eso les conduciría a una vida infeliz llena de desgracias. Pero Sasha iba a ser madre, estaba embarazada del chico con el que había estado toda su vida y, aun así, se sentía desdichada.

—Sasha, mírame —la chica levantó la vista para posar sus grandes y redondos ojos sobre Armin—. No eres una furcia. No vuelvas a decirlo. Eres una excelente mujer y serás una gran madre.

—Pero me juzgarán…

—Que lo hagan entonces —Armin le sonrió con complicidad y tomó sus manos para besarlas—. Sabes que ni Eren ni yo, y mucho menos Connie, te juzgaremos. Lo que opinen los demás, que no te importe. Nos tienes y nos tendrás siempre a nosotros.

Sasha asintió y se puso en pie.

—Soy una tonta —la chica soltó una carcajada.

—¿Entonces vas a decírselo a Connie?

—Ni en broma.

Armin suspiró y rodó los ojos. Todo a su debido tiempo, suponía.


Armin dibujó una mueca en su rostro. No había tenido mejor idea más que sentarse entre Eren y Jean, quienes eran un polvorín. Cualquier cosa, por pequeña que fuera, encendía la chispa entre ambos y, como era de costumbre, él se veía atrapado entre ellos. Los dos chicos estaban inclinados sobre Armin, estrujándole por completo, ajenos a lo molesto que el rubio estaba. Los dos gritaban por encima de las voces del bar, lanzándose una clase de insultos que Armin jamás pensó que escucharía salir de la boca de su mejor amigo.

—¡Ya está bien! —gritó Hanji, acercándose a la mesa para poner paz— Vais a espantarme a la clientela.

—P-Perdón —se disculpó Armin mientras Eren y Jean se sentaban apropiadamente.

—¿Por qué te disculpas? —preguntó Sasha.

—Sí. Casi te aplastan —añadió Connie.

Armin se encogió de hombros, sin llegar a comprender del todo por qué había reaccionado de aquella manera. Hanji emitió una carcajada y se apoyó en la mesa, de brazos cruzados.

—Eren, ¿la has traído? —preguntó la mujer.

—Ah, sí —Eren rebuscó en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó un papel. No obstante, cuando empezó a desdoblarlo, Armin se percató de que no era un papel cualquiera, sino una fotografía—. No he encontrado ninguna mejor —el chico puso la fotografía sobre la mesa. Armin sonrió, reconociendo al instante aquel rostro. Mikasa lucía igual de sombría que siempre. Sin embargo, las comisuras de sus labios estaban curvadas ligeramente hacia arriba en una especie de sonrisa tímida. Llevaba puesto el vestido de color azul que a Armin tanto le gustaba y el sobrero de paja con una cinta de color rosa que había pertenecido a su madre, por lo que Armin pensó que era una pena que las fotografías fueran en blanco y negro. Aquel vestido le sentaba de maravilla.

—Va a quedar preciosa cuando la ponga en el marco —Hanji estiró su brazo para tomar la fotografía, pero alguien se le adelantó. Jean la sostenía, sus ojos abiertos de par en par, un brillo en ellos que Armin no supo reconocer.

—Q-Qué pelo tan bonito —balbuceó finalmente, ajeno a las miradas que le dedicaba el resto—. Es preciosa.

Armin sintió que su corazón se detenía. Instintivamente, se llevó su mano al pecho, conteniendo las punzadas incesantes de dolor que le habían causado aquellas palabras de Jean.

—¡Tú, pervertido! —la voz de Eren le hizo sobresaltarse— ¡Esa foto es para Hanji! ¡Aparta tus sucios dedos de la fotografía de Mikasa!

—¿¡Qué has dicho!?

Y, una vez más, los dos muchachos se enfrentaron, apretujando ambos cuerpos contra el de Armin, quien solo pudo gemir por la incomodidad de verse de nuevo en medio de una pelea entre los dos.


Pasar su tiempo libre en el bar, en compañía de Jean, había terminado por volverse una costumbre. Jean había terminado por unirse a su pequeño grupo de amigos, a pesar de que los encontronazos con Eren eran más frecuentes de lo que a Armin le gustaría. No obstante, se sentía pleno de felicidad al ver que el chico comenzaba a integrarse en el pueblo. Poco a poco, se estaba convirtiendo en uno más.

Aquella noche, Armin suspiró mirando por una de las pequeñas ventanas del local. Era de noche, pero no podía verse ni una sola estrella debido a las nubes que amenazaban tormenta desde hacía varias horas.

—Ten —Armin se giró, percatándose de que Jean se había sentado frente a él y había puesto sobre la mesa una taza de café recién hecho acompañado de un par de pastas—. Invito yo.

—Gra-Gracias —Armin sonrió, rodeando la taza con sus manos para entrar en calor.

Los dos permanecieron en un silencio cómodo. Armin aprovechó que Jean jugueteaba con un trozo de servilleta para observarle con atención. Tenía el rostro alargado y, aunque algunas líneas de su rostro estaban más marcadas, su expresión resultaba incluso afable si el chico no fruncía el ceño, cosa que solía hacer a menudo, especialmente si Eren estaba cerca. Tenía las cejas finas, casi tanto como sus labios. Y el color de sus ojos se teñía de tonos amarillentos cada vez que la luz incidía sobre ellos. Quizás no fuera especial para otras personas, pero Armin encontraba a Jean de una belleza arrebatadora. Seguramente porque aquella actitud chulesca, aquella abrumadora confianza en sí mismo que mostraba le atraían como una polilla a la luz.

—¿Cómo va Marco?

Armin dio un respingo al verse sacado de sus pensamientos por la voz del propio Jean. El chico carraspeó antes de contestar.

—Bien. El cambio no parece estar afectándole —Jean sonrió al escuchar a Armin decir aquello—. Quizás es un poco sucio… Deberías ver su cuaderno. Qué desastre. Así no puede estudiar.

Jean emitió una sonora carcajada. Armin sintió que el tiempo se detenía.

—En eso no se parece a su padre —tras pronunciar esa frase, el rostro de Jean se entristeció, pero Armin no sabía adivinar por qué.

—B-Bueno. No siempre nos parecemos a nuestros padres.

—Afortunadamente —Jean rodó los ojos y apoyó su codo sobre la mesa, mirando por la ventana—. Vaya día de mierda que ha hecho hoy. Y la noche no pinta mejor.

—Ya. Es una pena. Hoy no pueden verse las estrellas —Jean miró a Armin de reojo. Tras varios segundos, el rubio se percató de ello y de la ceja enarcada de Jean, de forma escéptica—. ¿Q-Qué? ¿No te gusta ver las estrellas?

—¿No es eso un poco cursi?

—¿Cursi? —Armin jugueteó con los dedos— Yo… Yo… —¿Es que eso había sonado poco masculino quizás?

—No hace falta que te pongas así. Me parece bien.

—Ya, bueno… —Armin se revolvió tímidamente en su silla— .Mis padres también eran así. Les gustaba investigar y entre las cosas que les gustaba investigar estaban las estrellas. Sé muchas cosas sobre ellas gracias a todos los libros que tenían.

Jean apoyó su codo en la mesa de madera, posando su cabeza sobre la palma de su mano. El chico observó a Armin con sus labios curvados ligeramente hacia arriba mientras el rubio continuaba relatándole las bondades del espacio, galaxias y estrellas, que, verdaderamente, no le interesaban a Jean lo más absoluto. Pero los ojos de Armin brillaban tanto mientras compartía su entusiasmo con él que Jean se veía incapaz de borrar aquella sonrisa que amenazaba con tatuarse en su rostro.

—¿Sabes qué? —le interrumpió Jean— Eres un tipo de lo más raro.

Armin abrió la boca, pero se había quedado mudo por la repentina frase de Jean. Y no pudo evitarlo. Sus mejillas le delataron al tornarse de color carmesí.


~ ¡Nos leemos!