Disclaimer: Este fic es una adaptación de un libro llamado " Tristan e Isolda" de Joseph Bedier
III
EN BUSCA DE LA BELLA DE LOS CABELLOS DE SEDA
Había en la corte del rey Hashirama cuatro barones, de lo más felón que imaginarse pueda y que odiaban de muerte a Minato por sus proezas y por el tierno amor que el rey le profesaba. Recuerdo sus nombres: Tomoeda, Daiki, Masato y Hisashi. El duque Tomoeda era, como Minato , sobrino del rey Hashirama. Comprendiendo que el rey procuraba envejecer sin hijos para dejar su tierra a Minato , se agudizó su envidia y con mentiras incitaba contra Minato los sentimientos de los personajes de Konohagakure.
—¡Cuántas maravillas en su vida! —decían los traidores—. Pero vosotros sois hombres de gran juicio, señores, y sin duda sabréis demostrarlo. Que haya triunfado de Takuma, es un gran prodigio; pero, ¿por qué suerte de hechizos ha podido, casi moribundo, bogar solo por el mar? Los magos pueden hacerlo, decimos. Además, ¿en qué embrujado país ha podido encontrar remedio a sus llagas? Ciertamente, es un hechicero. ¡Sí, su barca, su espada y su arpa están encantadas y cada día vierten venenos en el corazón del rey Hashirama! ¡Cómo ha sabido domar este corazón con poder y artes de brujería! ¡Será rey, señores, y vosotros tendréis vuestras tierras a feudo de un mago!
Convencieron por fin a la mayor parte de los barones, pues muchos hombres ignoran que lo que parece poder de magos, el corazón puede alcanzarlo por la fuerza del amor y de la osadía. Y fue por esto que los barones instaron al rey Hashirama a tomar por esposa una hija de rey, que le diera herederos; si rehusaba, retiraríanse a sus fortalezas para hacerle la guerra. El rey se resistía y juraba en su corazón que mientras viviera su amado sobrino ninguna hija de rey entraría en su lecho. Pero, a su vez, Minato , que soportaba con gran vergüenza la sospecha de amar a su tío con interesado amor, le apremió diciéndole que se rindiera a la voluntad de la baronía; si no, abandonaría la corte, e iría a servir al rico rey de Naka. Entonces Hashirama fijó un plazo a sus barones: pasados cuarenta días, expresaría su pensamiento.
El día señalado, solo en su cuarto, el Rey esperaba la llegada de los barones y pensaba tristemente:
«¿Dónde encontrar hija de rey tan lejana e inaccesible a quien pueda fingir, pero fingir tan sólo, que la quiero por esposa?»
En aquel instante, por la ventana abierta al mar, dos golondrinas que hacían su nido entraron jugueteando; luego, espantadas, desaparecieron. Pero de sus picos había escapado un largo cabello de mujer, más fino que un hilo y brillante como el fuego
Habiéndolo cogido Hashirama, hizo entrar a Minato y a los barones y les dijo:
—Para complaceros, señores, tomaré mujer, siempre que vosotros queráis buscar a la que he escogido.
—Ciertamente, la buscaremos, buen señor; pero, ¿quién es la elegida?
—Escogí aquella a quien perteneció este cabello y sabed que no quiero a ninguna otra.
—¿Y de dónde, buen señor, os viene este cabello de seda? ¿Quién os lo ha traído? ¿Y de qué país?
—Viene, señores, de la Bella de los cabellos de seda; dos golondrinas me lo han traído: ellas saben de qué país.
Los barones comprendieron que eran víctimas de una burla y un engaño. Miraban a Minato con desdén; porque sospechaban que él había aconsejado tal astucia. Pero Minato , habiendo examinado el cabello de oro, acordóse de Kushina la Pelirroja. Sonrió y habló así:
—Rey Hashirama, hacéis muy mal; ¿no veis que las sospechas de estos señores me avergüenzan? Pero en vano habéis preparado esta burla; yo iré a buscar a la Bella de los cabellos de oro. Sabed que la busca es peligrosa y que me será más difícil regresar de su país que de la isla donde he matado a Takuma; pero de nuevo quiero poner por vos, buen tío, mi cuerpo y mi vida a la ventura. Para que vuestros barones comprendan que os amo con amor leal, empeño mi fe en este juramento: O moriré en la empresa o conduciré a este castillo de Meiji a la Reina de los cabellos de seda.
Equipó una hermosa nave y la abasteció de trigo, vino, miel y toda clase de buenos manjares. Hizo subir en ella, además de Jiraiya, a cien jóvenes caballeros de alta alcurnia, escogidos entre los más audaces, vistióles con cotas de buriel y capas de tela basta, de tal modo que parecían mercaderes; pero bajo el puente de la nave ocultaban las ricas vestiduras de tisú de oro, de cendal y de escarlata que corresponden a los mensajeros de un rey poderoso.
Cuando la nave se hubo hecho a la mar, el piloto preguntó:
—Buen, señor, ¿hacia qué tierra navegamos?
—Amigo, ve con rumbo a Uzushiogakure, derecho al puerto de Naoya.
El piloto se estremeció, ¿Ignoraba Minato que desde la muerte de Takuma el rey de Uzushiogakure perseguía las naves de Konohagakure, apresaba a los marineros y los colgaba en la horca? El piloto obedeció, no obstante, y alcanzó la tierra peligrosa.
Minato supo persuadir a los hombres de Naoya de que sus compañeros eran unos mercaderes de Kirigakure venidos para comerciar en paz. Pero como estos raros mercaderes pasaban el día en los nobles juegos del chaquete y del ajedrez y parecían más hábiles en manejar los dados que en medir el trigo, Minato temió ser descubierto y no sabía cómo iniciar su empresa.
Cierta mañana, al rayar el alba, oyó una voz tan espantosa que se hubiera podido confundir con el grito de un demonio. Jamás había oído chillar a una bestia de un modo tan horrible y maravilloso a la vez. Llamó a una mujer que pasaba por el puerto.
—Decidme —exclamó—, señora, ¿de dónde viene esta voz que he oído? No me lo ocultéis.
—No, señor, os lo diré sin engaño. Sale de una bestia fiera, la más horrorosa que pueda haber en el mundo. Cada día baja de su caverna y se para en una de las puertas de la ciudad. Nadie puede entrar ni salir sin haber entregado al dragón una doncella; y así que la tiene entre sus garras la devora en un santiamén.
—Buena dama —dijo Minato —, no os burléis de mí, pero decidme si sería posible a un hombre nacido de madre vencerle en batalla.
—No sé, hermoso y dulce señor; lo cierto es que veinte esforzados caballeros han intentado ya la aventura; porque el rey de Uzushiogakure ha hecho proclamar por sus heraldos que concedería su hija Kushina la Pelirroja a quien aniquilara al monstruo; pero el monstruo los ha devorado a todos.
Minato deja a la mujer y vuelve hacia la nave. Se arma en secreto, y ¡qué asombro habría causado ver salir de aquel bajel mercante a un guerrero tan ricamente ataviado y tan apuesto caballero! Pero el puerto estaba desierto, pues acababa de apuntar el día, y nadie vio al valiente cabalgando hasta la puerta que la dama le había mostrado. De súbito bajaron por el camino cinco hombres, que espoleaban a sus caballos, sueltos los frenos, y huían hacia la ciudad. Minato asió a uno de ellos por la roja melena trenzada, con tanta fuerza, que le derribó sobre la grupa de su caballo y le mantuvo inmóvil.
—¡Salve, buen señor! —dijo Minato —, ¿por dónde viene el dragón?
Y cuando el fugitivo le hubo enseñado el camino, Minato le soltó.
El monstruo se acercaba. Tenía cabeza de bicha, los ojos rojos corno carbones encendidos, dos cuernos en la frente, las orejas largas y peludas, garras de león, cola de serpiente y el cuerpo escamoso como el de un grifo.
Minato arrojó contra él su corcel con tal furia, que éste, a pesar del miedo que le dominaba, arremetió contra el monstruo. La lanza de Minato chocó contra las escamas y voló hecha añicos. Al punto el osado saca su espada, la levanta, la descarga sobre la cabeza del dragón, pero... ¡ni llega a cortar la piel!... El monstruo ha sentido el golpe y se enfurece, lanza sus garras contra el escudo, las hinca en él y hace volar las ligaduras. A pecho descubierto Minato le hostiga todavía con la espada y pega, por fin, sobre sus flancos un golpe tan violento que hace retumbar el aire. Todo en vano: no puede herirle. Entonces el dragón vomita por las ventanas de la nariz un doble chorro de llamas venenosas; la cota de Minato se torna negra como un carbón apagado, su caballo se desploma y muere. Pero el héroe, levantándose de súbito, hunde su buena espada en la garganta del monstruo: la clava entera y le parte el corazón en dos pedazos. El dragón lanza por última vez su horrible rugido y muere.
Minato le cortó la lengua y la metió en su jubón. Después, aturdido por la acre humareda se encaminó, para calmar su sed, hacia un estanque que brillaba a lo lejos. Pero el veneno que destilado por la lengua del dragón le impregnaba ardía por su cuerpo y, entre las altas hierbas que bordeaban el pantano, el héroe cayó inanimado.
Sabed, pues, que el fugitivo de la roja cabellera trenzada era el cobarde Shinnosuke el Rojo, el senescal del rey de Uzushiogakure, que codiciaba a Kushina la Pelirroja. Pero tal es la fuerza del amor, que cada mañana se emboscaba, armado, para atacar al monstruo; sin embargo, con sólo oír de lejos su grito, el valiente huía.
Aquel día, seguido de sus cuatro compañeros, osó desandar el camino. Encontró al dragón derribado, el caballo muerto, el escudo roto y pensó que el vencedor acababa de morir por allí cerca. Entonces cortó la cabeza del monstruo, la llevó al rey y reclamó el hermoso salario prometido.
El rey desconfió un tanto de su proeza; pero queriendo hacerle justicia, ordenó a sus vasallos que acudieran a la corte al cabo de tres días. Ante la baronía reunida, el senescal Shinnosuke exhibiría la prueba de su victoria.
Cuando Kushina la Pelirroja supo que sería concedida su mano a aquel cobarde, soltó primero una larga carcajada y luego se deshizo en lamentos. Pero a la mañana siguiente, sospechando la impostura, tomó consigo a su paje, el rubio y fiel Haru, y a Mikoto, su joven sirvienta y compañera, hasta que Kushina notó en el camino unas huellas de caballo de forma singular; sin duda éste no era del país. Después encontró el monstruo descabezado y el caballo muerto: no iba enjaezado según la costumbre de Uzushiogakure. Con toda seguridad era un extranjero quien había matado al dragón: pero ¿vivía aún?
Kushina, Haru y Mikoto le buscaron largo rato; por último, entre las hierbas del pantano, Mikoto vio brillar el yelmo del valiente. Respiraba aún, Haru lo montó en su caballo y lo llevó secretamente a la cámara de las mujeres. Allí Kushina contó la aventura a su madre, y le confió el extranjero. Cuando la reina le despojaba de su armadura, la lengua envenenada del dragón cayó de entre las ropas. Entonces la reina de Uzushiogakure hizo volver en sí al herido por la virtud de una hierba y le dijo:
—Extranjero, yo sé que tú eres el verdadero matador del dragón. Pero nuestro senescal, un felón, un cobarde, le ha cortado la cabeza y reclama a mi hija Kushina la Pelirroja en recompensa. ¿Sabrás dentro de dos días probarle su injusticia en batalla?
—Reina —dijo Minato —, el plazo es corto. Pero sin duda vos podéis curarme en dos días. He conquistado a Kushina luchando con el dragón; tal vez la conquistaré luchando con el senescal.
Entonces la reina le alojó espléndidamente y preparó para él remedios eficaces. Al día siguiente Kushina la Pelirroja le preparó un baño y ungió dulcemente su cuerpo con un bálsamo que su madre había compuesto. Deteniendo la mirada sobre el rostro del herido, vio que era hermoso y sumergióse con placer en estos pensamientos:
«Ciertamente, si su valentía es tanta como su hermosura, mi campeón librará ruda batalla»
Minato , reanimado por el calor del agua y la fuerza de los aromas, la miraba y, pensando qua había conquistado a la Reina de los cabellos de seda, inició una sonrisa. Kushina lo notó y dijo para sí:
«¿Por qué ha sonreído este extranjero? ¿He cometido alguna inconveniencia? ¿He olvidado alguno as los servicios que una doncella debe prestar a su huésped? Habrá reído porque he olvidado pulir sus armas empañadas por el veneno»
Fue, pues, adonde la armadura de Minato estaba guardada:
«Este yelmo es de buen acero —pensó—; no cederá en lo mejor del combate. Y esta cota es fuerte, ligera y muy digna de ser ceñida por un valiente»
Asió la espada por la empuñadura:
«He aquí una hermosa espada, como tan intrépido caballero requiere»
Saca de la rica vaina, para enjugarla, la hoja ensangrentada. Pero ve que tiene mellas profundas. Repara en la forma del mellado: ¿no sería aquella la hoja que se rompió en la cabeza de Takuma? Vacila, mira una y otra vez para cerciorarse de lo que imagina. Corre a la cámara donde guarda el fragmento de acero extraído en otro tiempo del cráneo de Takuma. Junta el fragmento al mellado; apenas se perfila señal de rotura.
Entonces se precipitó hacia Minato y, blandiendo sobre la cabeza del herido la enorme espada, le gritó:
—Tú eres Minato de Kaminari, el matador de Takuma, mí tío amado. ¡Muere, pues, tú también!
Minato hizo un esfuerzo para detener su brazo: pero fue en vano; su cuerpo estaba tullido aunque su espíritu se conservara ágil. Habló, pues, ingeniosamente, de esta manera:
—Sea, moriré, pero para ahorrarte eternos remordimientos, escucha, hija de rey: sabe que no solamente tienes el poder sino el derecho cíe matarme. Sí, tú tienes derecho sobre mi vida pues por dos veces me la has conservado y devuelto. La primera vez, no ha mucho; yo era el juglar herido que tú salvaste al expulsar de mi cuerpo el virus con que el venablo de Takuma lo había emponzoñado. No te sonrojes, doncella, por haber curado estas heridas, ¿Acaso no las recibí en leal combate? ¿Acaso he matado a Takuma a traición? ¿No me había desafiado? ¿No había de defender mi cuerpo? Yendo a recogerme al pantano me has salvado por segunda vez. ¡Ah! Es por ti, doncella, por quien he combatido al dragón... Pero dejemos estas cosas: quería probarte solamente que habiéndome librado del peligro de la muerte por dos veces, tienes derecho sobre mi vida. Mátame, pues, si piensas ganar con ello loor y gloria. Acaso cuando estés en brazos del valeroso senescal, te será dulce pensar en tu huésped herido, el que arriesgó su vida para conquistarte y al que habrás matado, indefenso, en este baño.
Kushina exclamó:
—Oigo palabras maravillosas. ¿Por qué el matador de Takuma ha querido conquistarme? ¡Ah! Ya que Takuma había intentado arrebatar en su nave a las doncellas de Konohagakure, quieres tomar hermosas represalias y te jactarías llevándote como sierva aquella a quien Takuma amaba por encima de todas...
—No, hija del rey —dijo Minato —. Un día, dos golondrinas volaron hasta Meiji llevando allí uno de tus cabellos de seda. Creí que venían a anunciarme paz y amor. Por esto he venido a buscarte al otro lado del mar. Por esto he afrontado al monstruo y su veneno. Mira este cabello cosido entre los hilos de oro de mi brial; el oro de los hilos se ha desvanecido; el oro del cabello brilla con toda su hermosura.
Kushina tiró la gran espada y, tomando en sus manos el brial de Minato , vio el cabello de seda. Permaneció largo rato callada; después besó al huésped en los labios en señal de paz y le revistió de ricas prendas.
El día de la asamblea de los barones, Minato envió a Haru, el paje de Kushina, para ordenar a sus compañeros que se trasladaran a la corte, ataviados como correspondía a los mensajeros de un gran rey, porque esperaba conseguir aquel mismo día el término de la aventura. Jiraiya y los cien caballeros, que hacía cuatro días se hallaban desolados por la pérdida de Minato , se regocijaron con la noticia.
Entraron uno a uno en la sala donde se agolpaban, incontables, los barones de Uzushiogakure, y se sentaron en una sola hilera. Las pedrerías centelleaban a lo largo de sus ricas vestiduras de escarlata, de cendal y de púrpura. Los habitantes decían para sí:
—¿Quiénes son, estos magníficos señores? ¿Quién les conoce? ¡Ved esos mantos suntuosos adornados con ofre y cebellina! ¡Ved en el puño de las espadas, en el broche de las pellizas, rutilar los rubíes, los berilos, las esmeraldas y tantas piedras preciosas de las que ni siquiera sabemos el nombre! ¿Quién vio jamás semejante esplendor? ¿De dónde vendrán estos señores? ¿De quién son vasallos?
Pero los cien caballeros permanecían silenciosos, inmóviles en su sitio, sin levantarse por nadie.
Cuando el rey de Uzushiogakure se hubo sentado bajo el dosel, el senescal Shinnosuke el Rojo se ofreció a probar con testigos y a sostener en batalla eme había matado al monstruo y que en consecuencia Kushina la Pelirroja le debía ser entregada. Entonces Kushina se inclinó ante su padre, y dijo:
—Rey, ahí está un hombre que pretende convencer al senescal de mentira y felonía. A este hombre, dispuesto a probar que él ha librado a vuestra tierra del azote y que vuestra hija no debe ser abandonada a un cobarde, ¿prometéis perdonarle sus antiguos agravios, por grandes que sean, y concederle vuestro favor y vuestra paz?
El rey quedó pensativo, sin apresurarse a responder, tero sus barones gritaron á un tiempo:
—¡Otorgadlo, señor, otorgadlo!
Y el rey dijo:
—Otorgado.
Entonces Kushina se arrodilló a sus pies:
—Padre, dadme primero a mí el beso de gracia y de paz en señal de que lo daréis también a este hombre.
Cuando hubo recibido el beso, fue a buscar a Minato y lo llevó de la mano a la asamblea. A su vista, los cien caballeros se levantaron a la vez, le saludaron con los brazos en cruz sobre el pecho, alineáronse a su lado y los irlandeses comprendieron que era su señor. Muchos de ellos le reconocieron entonces y resonó un grito atronador:
—¡Es Minato de Kaminari, es el matador de Takuma!
Las espadas desnudas brillaron y voces furiosas repetían:
—¡Que muera!
Kushina exclamó:
—Rey, besa a este hombre en la boca como me has prometido.
El rey le besó en la boca. Y el clamor se aplacó.
Entonces Minato mostró la lengua del dragón y presentó batalla al senescal, que no osó aceptarla, reconociendo su impostura.
Minato habló así:
—Señores, yo he matado a Takuma, pero he cruzado el mar para ofreceros un hermoso desquite. A fin de compensar el desaguisado, he puesto mi cuerpo en peligro de muerte, librándoos del monstruo. De esta manera he conquistado a la bella y Pelirroja Kushina. Tengo, pues, derecho a llevarla en mi nave. Pero a fin de que en tierras de Uzushiogakure y de Konohagakure no reine jamás el odio sino el amor sabed que el rey Hashirama, mi caro señor, la tomará por esposa. Ved aquí cien caballeros de alta alcurnia dispuestos a jurar sobre las reliquias de los santos, que el rey Hashirama os envía paz y amor, que su deseo es honrar á Kushina como a su esposa amada y que todos los hombres de Konohagakure la servirán como a su reina y señora.
Trajeron los cuerpos santos, con gran júbilo, y los cien caballeros juraron que había dicho verdad.
El rey tomó a Kushina de la mano y preguntó a Minato si la conduciría lealmente a su señor. Y ante sus cien caballeros y ante los barones de Uzushiogakure, Minato lo juró.
Kushina la Pelirroja temblaba de vergüenza y de angustia. Una vez conquistada por Minato , éste la desdeñaba; el hermoso cuento del cabello de seda era una mentira y el triunfador la entregaba a otro... El rey puso la mano derecha de Kushina en la diestra de Minato , y éste la retuvo en señal de que se posesionaba de ella en nombre del rey de Konohagakure.
De este modo, por amor al rey Hashirama, con su ingenio y su bravura, Minato llevó a cabo la búsqueda de la Reina de los cabellos de seda.
Nota: mis disculpas de ante mano si se me olvido cambiarle los nombres a los personajes como por ejemplo si sale "Tristan" en vez de "Minato", o si sale "la rubia" en vez de "la pelirroja" o cualquier otro caso en que no coincidan los personajes. Son errores míos u.u así que atent s a los próximos capitulos y asi me avisan por favor.
