3
Es curioso cómo a veces los recuerdos me abofetean en el momento menos oportuno. Hace ya bastantes horas que Peeta desapareció de mi casa con un portazo, pero yo llevo el mismo rato con la mirada perdida en las brasas de la chimenea, donde su pan ardió hasta desaparecer. Este pan no estaba requemado, era perfecto y delicioso, no era como el que me lanzó en aquel día lluvioso, no era…, ambos estaban ahí para salvarme. Por primera vez en varios días, dos lágrimas recorren mis frías mejillas y me golpean como una onda expansiva. Lo echo de menos.
Con la misma decisión e intensidad con la que intentaba sobrevivir en la arena, tomo la vieja chaqueta de cuero de mi padre y salgo al exterior con la respiración entrecortada. Hace el suficiente frío para que mis pies descalzos se estremezcan de dolor al tener contacto con la nieve, pero la puerta de la casa de Peeta, frente a mí, es lo único que soy capaz de sentir. Sin pensármelo dos veces, aporreo la puerta con la escasa feminidad que poseo y grito su nombre como si un muto estuviera persiguiéndome. Casi caigo encima suya cuando abre la puerta con la expresión desencajada: no sé qué hora es, pero su pelo revuelto me indica que es noche cerrada y que he interrumpido su sueño con gritos desgarradores. Me sostiene rápidamente y me palpa la cara con nerviosismo, sus pupilas buscan cualquier rasguño y analiza qué posibles enemigos se esconden entre las sombras, incapaz de ver que el mayor enemigo lo tiene delante, soy yo. Entreabro los labios, algo sorprendida por su reacción, ya que hacía mucho tiempo que no veía a esas valientes pupilas quererle declarar la guerra al Capitolio, a cualquiera, por lastimarme.
- ¡¿Qué ocurre Katniss?!- me toma el rostro entre sus manos, buscando mis ojos.
- Entremos dentro…- susurro, sin soltarme de su abrazo, algo impactada por mi propia reacción.
Él cierra la puerta con cuidado y me lleva hasta el sofá de su salón. No deja de sostenerme en un abrazo protector hasta que me tumba sobre su mobiliario pero, cuando se marcha para encender una tenue luz y traerme una manta, mis labios pronuncian su nombre en silencio. No quiero que se marche, no quiero pasar las noches sola.
- ¿Tienes frío?, ¿qué ha ocurrido?
Dejo que me cubra con la manta y se siente a mi lado, incorporándome. Es fascinante cómo, sin importar lo mucho que lo hieras, él hace borrón y cuenta nueva, olvida todo e intenta ayudarte como si nada hubiera ocurrido.
- Katniss, ¿me estás escuchando?- su voz me saca de mis pensamientos. Me doy cuenta de que no he dejado de mirarlo desde que ha abierto la puerta.- ¿Qué ha ocurrido?, ¿pesadillas?- no hay reproches.
- Sí…- asiento. ¿Por qué miento?
- Pensaba que el Presidente Snow resucitado había venido para matarte.- deja escapar un suspiro sincero y me saca una sonrisa.- No te rías, me he asustado mucho al oírte gritar así.- se echa el pelo revuelto hacia atrás.- No, mejor, sigue sonriendo, hacía tiempo que no veía esa sonrisa.- me la devuelve, con tanta dulzura que desearía esconderme entre sus anchos brazos y no despertar jamás.
- Siento haber gritado así…, no sé qué ha ocurrido, quería salir a toda costa…- intento explicar mientras él juguetea con los mechones de mi cabello castaño, como en los viejos tiempos en los que caía dormida junto a él.
- Lo importante es que estés bien y no haya asesinos profesionales intentando matarte.- intenta tomarse la escena con humor, como si entendiera que no quiero que indague más.
- Ahora estamos en paz.
Me siento rara diciendo eso en voz alta. ¿En paz? Parece un sueño, peor aún, parece una pesadilla con apariencia de sueño. Nunca, da igual los años que pasen, viviré sintiéndome segura.
- Suena tan raro…- susurra, acercándome más contra su pecho.- Es como si en cualquier momento…
- Todo se rompiera y volviéramos a los Juegos y al hambre.- termino su frase. Ninguno de los dos deja de hablar en susurros, como si nos espiaran.- Nunca tendré hijos.
No sé por qué he dicho eso, ya que la última y única que vez que lo hice fue antes de la cosecha, mientras hablaba con Gale, pero el cuerpo de Peeta se tensa al oírlo, ignoro en base a qué.
- Serías muy buena madre, la mejor de todo Panem.
Pienso en Prim, en cómo la protegí…, pienso en Rue…, sé que Peeta está pensando lo mismo. ¿La mejor? Las dos están bajo tierra.
- Nunca tendré hijos.- repito. No es el momento para rebatirle, ahora yo tampoco quiero discutir. Siendo sincera, no quiero hablar de nada que conlleve un debate serio, quiero olvidarme de todo.
Volvemos a quedarnos en silencio, pero no es incómodo, está lleno de significado. Peeta me abraza, no me suelta por nada del mundo, y sus tímidas manos masajean mi cabello y me relajan. Me acurruco sobre su cuerpo, no me importa lo que piense, y cierro los ojos.
- No me iré. Estaré aquí si tienes pesadillas.- me cubre el hombro descubierto con la manta. Noto que observa mis pies descalzos enrojecidos por la nieve. Está muy preocupado, sabe que las pesadillas no han sido lo único que me ha llevado a su casa, pero no dice nada al respecto.
- Siento lo de la cena.- suelto al fin, entreabriendo los ojos.- No debería haber sido tan brusca contigo.
- Ya está olvidado.
- No deberías haber echado el pan a las brasas.- me río un poco.- ¿Por qué has dicho antes que veía más que un trozo de pan?
- Porque ves una segunda intención detrás de mi hospitalidad.
Tarda varios segundos en contestar, pero cuando lo hace, creo que es decepción lo que inunda mi corazón en milésimas de segundo. Prefiero entender a qué se refiere antes de sacar conclusiones precipitadas. Katniss, piensa con calma.
- ¿Segunda intención?- me incorporo un poco para mirarlo a los ojos.
- Desconfías, te sientes en deuda. Ojalá entendieras que es más simple de lo que crees: eres muy importante para mí, Katniss, no estoy mendigando por tu afecto, si te cuido y me preocupo es porque me importas, no hay más.- habla pausadamente, pero no reitera sus sentimientos. ¿Por qué debería? No puedo evitar sentirme como una adolescente caprichosa del Capitolio. ¿Por qué necesito, justo ahora, que me diga una vez más que me quiere?, ¿y si no lo hace?
No respondo, decido quedarme en silencio, porque ni yo misma sé qué estoy sintiendo o qué quiero. Vuelvo a acurrucarme en sus brazos y espero a que el sueño me lleve, me transporte lejos del distrito 12 y de Panem, donde el pasado no importa y sigo siendo una adolescente normal. Lo echo de menos, añoro al chico del pan.
