III


A veces te habías permitido fantasear con la idea de besarle, de tenerle entre tus brazos como ahora, sin embargo, tu amigo, Harry, es mucho más apasionado y decidido de lo que nunca imaginaste. Giráis, enzarzados en una pelea por deshaceros de las prendas que os estorban. No hay espacio para el miedo o las dudas, esas vendrán mañana, el terror es la guerra, lo que ahora os envuelve es pura y simple vida. Te pones de puntillas y hundes los dígitos en los mechones renegridos, apartándolos de su rostro para poder mirarle bien. Sonríes y le quitas las gafas, te acercas y su aliento ardiente y apresurado te baña las mejillas. Los iris verdes parecen más intensos, más oscuros, te pierdes en ellos un momento. El corazón te late fuerte en el pecho mientras dejas rodar las yemas por la línea oscura que divide su vientre hasta perderse en la cinturilla de los vaqueros. Su piel está salada y puedes percibir el pulso acelerado bajo los labios. Gime, tirando de ti, sus dedos abren con cierta torpeza el broche del sujetador, cierras los ojos al observar el modo casi reverente en que te contempla, inclina la cabeza y te prueba, su lengua caliente y juguetona dibuja arabescos mientras las palmas acunan las curvas de tus senos. Le aprietas contra ti, su boca jugosa devorándote, mientras el calor pulsa y se hace intolerable; estás húmeda, necesitada, te armas de valor para desabrochar ese último botón, entonces observas la ropa interior de color azul, abres la mano e intentas abarcar toda esa inquietante dureza. Es tan raro, por un instante no concilias esta apabullante virilidad con la imagen de Harry, porque él siempre fue el niño, el amigo, el hermano, te negaste a verle como ahora le ves, como un hombre... un hombre que te sujeta, que te ciñe a su cuerpo elástico con una fuerza hasta entonces desconocida.

—Te quiero... —te susurra en el oído—, no lo dudes nunca, Mione.

—Yo también —respondes, jadeas con fuerza mientras tiras de la prenda y la apartas. Paseas los ojos hambrientos por su anatomía, deleitada por sus formas, por el modo en que su pecho decrece, hasta llegar a las caderas nervudas. Sientes un deseo irreverente por saborear, morder, explorar con labios y lengua toda esa belleza. El oscuro sendero debajo de su vientre es áspero bajo tus yemas, abres los dedos y le arrullas.

—Eres preciosa —continúa, sus manos se han colado debajo de la tela de tu braguitas y están amasando con lentitud la zona, su sexo roza el tuyo, y tiemblas mientras le permites desnudarte. Es algo casi irreal, estar de pie, frente a él, que se ha deshecho de todo y se detiene a centímetros. Alza el índice y te roza los labios, el cuello, los senos, y te derrites, porque su toque es cariño, es amor, es hambre, es lujuria. Le imitas y con la decisión que te da el ansia de tenerle más próximo, recorres una última cicatriz que casi se pierde en el espeso vello púbico.

—Abrázame... —pides, deslizando la lengua por la mandíbula áspera—, abrázame Harry.

Caéis, un confuso montón de miembros entrelazados, tus piernas rodean su cintura, mientras notas el peso sobre tus huesos, te abres, le inundas la boca, gimiendo en su calidez, sentirle encima es lo más estremecedor que has experimento en tu vida. Su espalda ondula mientras se mueve, buscando más de ti, y tú anhelas dárselo todo, le sujetas y alzas las caderas, sus manos te recorren mientras el beso se vuelve voraz, intenso. El flujo de la sangre parece haberse concentrado en ese único punto donde su dureza se frota contra tu humedad, y es tan correcto, tan placentero, que quieres llorar.

Doblas las rodillas, sus brazos te sostienen, piel sudada y caliente, olor a almizcle, su saliva se mezcla con la tuya mientras se cierne sobre ti, oscuro, hambriento, desatado.

—Merlín... tengo... quiero... —resuella en tu oído, te estremeces, notas su pelvis anclándote sobre el colchón, te es imposible pensar, pero tampoco quieres hacerlo, sólo deseas sentir. El roce contra su pene es inquietante, te hace arquearte buscando más, tienes que conseguir que aquel ardor se calme, es casi doloroso, lloriqueas al sentir una de sus yemas explorándote, tentativa, excitante. La suavidad de su boca sobre tus pechos, su calor, las piernas enredadas, esa solícita mano creando círculos, tiemblas, quieres cerrar las rodillas, y el clímax te azota violentamente. Le escuchas gemir, sus dientes han apresado tu carne, la succión parece amplificar los latidos que te recorren y que parecen no tener fin. Le notas respirar sobre tu garganta, te está mirando con los párpados entornados, gotas de sudor se deslizan por su frente y tú no puedes hacer más que atraerle y besarle, con toda el alma y todas las ganas, ríe y rodáis, tan cerca como nunca antes has estado de alguien. Le quieres dentro y con hambre, atacas toda esa tenue piel disponible, le guías con determinación sin apartar tus ojos de los suyos.

Es grueso, y te vulnera de formas que van más allá de lo físico, al principio tenerle en tu cuerpo duele, os acopláis con torpeza, pero sus jadeos percuten en lo más hondo de tus entrañas, deseas eso, estar así, entregada, vulnerable, expuesta... es erótico descubrir el poder que pese a todo posees sobre él. Su gesto desvalido te eriza entera, es caliente, hiere y a pesar de eso, tu vientre vibra de placer con cada una de sus embestidas. Te besa, jura, corcovea con un ritmo frenético, el ardor te lleva lejos mientras alzas el trasero y respondes, te dejas atrapar por la fuerza de su orgasmo, por el olor de vuestros cuerpos enredados, por el sonido de sus lamentos. Quieres que sea eterno, los dos enlazados, unidos, sudada piel juvenil, su semen escurriéndose por tus muslos, su carne húmeda, tu sexo empapado. Besos cada vez más lentos, roces de nuevo tímidos, sus labios en tu cuello, sus ojos verdes. Le quieres.


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