LA LLAVE DE CRONOS
CAPÍTULO III
La verdad del corazón
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El salón Cristal del Palacio estaba dispuesto con sus mejores galas. Toda la corte estaba presente junto a los visitantes externos que reverenciaban a la Reina y a su hija que en ese momento ingresaban a paso calmo. Años tuvieron que pasar para que la Reina Serenity volviese a entablar relaciones diplomáticas con los habitantes del Cinturón de Orión. Por aquellas fechas la leyenda del poder inimaginable del Cristal de Plata había llegado a rincones impensables de la galaxia siendo de primordial importancia el que se construyeran lazos fuertes con posibles aliados en caso de que la paz que reinaba en la Vía Láctea quisiese verse afectada.
Por todos eran bien conocido la afición de la Reina por extenderse en sus discursos de bienvenida. Elocuente como solía ser, sus finas y pensadas palabras lograban inspirar a cuantos la escuchasen sin reparar en el tiempo que le llevaba dirigirse a su pueblo e invitados. Serenity, sabedora de aquello, aprovechó la oportunidad en que su madre subió al estrado y entre la distracción del momento salió presurosa hacia uno de los pasillos del Palacio.
—Ya no tarda en venir, no te preocupes que nuestra Princesa es muy bondadosa y seguramente podrá ayudarte —había dicho Lady Venus al ver a Terry dando vueltas con ansiedad—. ¡Mira!, no me equivoqué, allá viene.
Escoltada por Lady Júpiter, la delicada figura de Serenity apareció de entre los pilares del fondo. Terry se acercó y haciendo una reverencia agradeció que las otras dos guardianas no estuviesen presentes, de esa forma le sería más fácil solicitar hablar en privado. La Princesa que lo entendió de inmediato pidió que los dejasen solos.
—Y bien, ¿cómo puedo ayudarle a regresar a su casa? —preguntó Serenity con mucha curiosidad.
Terry se refregaba la mano derecha sobre el jubón que le hubiese proporcionado Lady Júpiter, pues dentro estaba la famosa llave que de alguna u otra forma lo había metido en aquel dilema. Tenía que encontrar las palabras exactas para no asustarla y además sonar convincente.
—¿Acaso, no va a decir nada?
—Discúlpeme, es que verá… la historia es un tanto extraña y no sé cómo comenzar.
—Tal vez el principio sea una buena opción.
—Desde luego —contestó Terry decidido—. Sabe, he recorrido una gran distancia gracias a este artefacto —dijo sacando al fin la llave.
Estupefacta, Serenity reparó en la hermosa pieza que descansaba sobre la palma del castaño y una línea profunda apareció en su entrecejo.
—¿De dónde sacó eso?
Terry pudo notar que el timbre de su voz dejaba de ser dulce y apacible y de inmediato volvió a guardar la llave. Al menos ahora sabía que no le era indiferente.
—Me la dio un caballero.
—¡Miente! ¡La ha robado! —farfulló alzando un poco la voz.
—¡Por favor! Le suplico que no suba tanto el tono, puedo explicarlo, por favor.
—Lo escucho, pero de una buena vez le digo que eso que tiene consigo le pertenece a una de nuestras guardianas.
Las cosas se estaban complicando para Terrence que seguía sin comprender del todo las situaciones inconexas.
—Esta llave me trajo aquí luego de que me la entregase un joven que la tenía en su poder —comenzó a decir—. El pobre hombre estaba herido y yo lo auxilié. Princesa, creo que esa persona quería llegar a usted, aunque la llamaba por el nombre de Serena, y no Serenity como me ha dicho.
Serenity le observó dudosa, consciente de las historias de amor que se creaba en la cabeza con cierta estrella, por un momento se preguntó si acaso el Príncipe con el que soñaba se había decidido al fin en buscarla.
—Dice que un hombre, ¿me llamaba?... es decir, a Serena…
—Se veía bastante desesperado, tenía tanta fiebre que quedó inconsciente.
"Será posible…" pensaba Serenity, mientras seguía escuchando.
—Su semblante era pésimo, parecía estar en un estupor constante y, sin embargo, dentro de su inconsciencia no dejaba de llamarle. Estoy seguro de que deseaba venir aquí, de otra forma no me explico cómo fue que yo terminé en este lugar.
—Usted me había dicho que quería que lo ayudara a regresar con una dama, ¿por qué me ha mentido?
Terry se mordió el labio, esa aparente excusa había sido lo primero que le viniese a la mente para salir pronto del paso. Pero de excusa no tenía nada, hacía mucho tiempo que el joven inglés sentía una irremediable atracción por una rubia que le robase el sueño desde la primera vez que la vio en un barco, y no existía mayor verdad hasta ese momento en él, que la imperante necesidad de regresar a su lado. En un principio Terry llegó a pensar que Candy sería el arquetipo de niña rica que es enviada a estudiar al extranjero para convertirse en una dama de sociedad y futura esposa abnegada. Le había dado esa impresión a pesar de la rebeldía con que le hubiese hecho frente a sus comentarios burlones que escondían la vergüenza de ser descubierto en un punto vulnerable de su existencia.
Terrence lloraba el rechazo de la mujer de su vida: su madre, y Candy había sido testigo de ello. ¡Qué más podía hacer, sino poner alguna de sus recurrentes barreras! Aquellas que utilizaba a menudo con su padre y en general con cuanta persona intentase adentrarse en las espinosas maneras de su ser. Pero la pequeña pecosa, como la nombró, resultó ser todo lo contrario a sus suposiciones. La americana era todo menos una abnegada y con el paso del tiempo, Terry comenzó a descubrir la magnificencia de Candy en los pequeños detalles que iluminaban sus días. Pasó a ser su motivo para despertar, para entrar a las clases que tanto odiaba; no por el contenido, sino por la impartición y a ser la efímera alegría de un roce involuntario o un cruce de miradas que decía más que cualquier palabra. Y era precisamente durante su escapada de la realidad en Escocia, que Terrence había estado decidido a abrirle el magullado corazón a su Tarzán como amaba nombrarla pues al hacerlo, los puntitos que adornaban como constelaciones la nívea faz de su verdad, danzaban dentro de las miles de expresiones que sólo el rostro de Candy podía representar. Quería decirle que moría por ella, que podía sentir tocar el cielo mientras la escuchaba relatar su vida en el Hogar de Pony, y al mismo tiempo convertirle la existencia en un infierno, presa de los celos al saberse un competidor más dentro de su corazón.
Anthony.
¡Cuánto tuvo Terry que contenerse ante la expresión muda de un amor infantil que parecía seguir latente en la vida de su Candy! Apenas el día anterior al sueño que le parecía ahora su presente en ese extraño y hermoso lugar, él había utilizado la confrontación para liberar el corazón de Candy, para hacerle ver que el presente era ella y era él, y ahora que sabía tenía la auténtica oportunidad de ganarse su amor estaba perdido en una dimensión que desconocía, y entonces no, aquel ruego a la Princesa no era una excusa, era un grito genuino y desesperado de ayuda.
Él quería y tenía que regresar.
—No le mentí, no hay nada que deseé más que volver al lado de quien le mencioné, e imagino que lo mismo que estoy sintiendo en este instante es lo que aquel muchacho vivió al llamarla con semejante vehemencia.
Serenity alzó la mirada, su rostro ahora reflejaba una melancolía que hasta al mismo Terry conmovió.
—¿Será posible que sea mi estrella quien me llama? —susurró para sí—. Terry, si acaso lo que me cuenta es verdad, entonces tenemos que poner las cosas en su lugar. Desafortunadamente yo no poseo la capacidad para hacer eso, pero sé de alguien que podría ayudarnos.
El joven asintió, no tenía más opción que dejarse conducir por las circunstancias.
—Lady Venus —llamó la Princesa—. Mi madre pronto se preguntará en donde me he metido, por favor regresa al Salón Cristal e inventa una excusa, la que sea.
—Pero…
—Anda, prometo que no pasará nada, Lady Júpiter estará conmigo. Este joven y yo tenemos que hacer una visita.
Sin decir más, Venus se perdió entre los pilares.
—Acompáñeme, Terry. Lady Júpiter tendrás que quedarte a vigilar que nadie nos siga.
—Princesa, pero usted dijo que yo iría con usted y…
—Por favor, si la lealtad que me juraste es cierta deberás confiar en mí y en este joven. Prometo que nada malo ocurrirá.
La entrada del lugar al que Serenity le condujo le heló el cuerpo. Aquel sitio parecía una ruina perdida dentro de la belleza que se apreciaba por cada rincón del llamado Milenio de Plata y Terrence titubeó. Un colosal portón de hierro forjado los recibió imponente. Las puertas se abrieron de par en par dejando escapar una bruma tan espesa que le recordó a Terry sus mañanas por Baker Street. Un brillo carmesí se apreciaba a lo lejos como una invitación a pasar o a salir corriendo de ahí sin tocar nada.
—Guardiana de Cronos, ¡muéstrate! —ordenó Serenity.
Tres veces la llamó y tres veces la bruma y el silencio fueron toda la respuesta a sus palabras.
—Tenemos que entrar —pidió Serenity.
—Yo iré primero —se ofreció Terry.
Acostumbrándose a la oscuridad que imperaba en aquel lugar, Terry ingresó seguido de la Princesa. La luz rojiza que viesen anteriormente se acrecentaba a medida que avanzaban. El joven aferraba con fuerza la llave que tenía por única prueba de su viaje, mientras Serenity sin darse cuenta del todo se re pegaba a su ancha espalda como protección. Un grito ahogado salió de los labios de la Princesa cuando al fin entraron en una cámara más iluminada. Sobre uno de los pilares descansaba un báculo que en su punta llevaba una piedra grana tan brillante y hermosa que al parecer no era otra cosa más que la luz que los hubiese guiado.
—No es posible, aquí debería estar Sailor Plut —masculló Serenity anonadada.
—¿Sailor Plut?
—La guardiana de Cronos, la dueña de la llave. Ella… ella tiene prohibido abandonar este lugar.
—Debe de estar por aquí —apuntó Terry con algo de desesperación al pensar que su única oportunidad de regresar se estaba esfumando.
Caminaron por el lugar llamando a la guardiana de vez en cuando, pero nadie respondió. Entonces, Terry divisó algo que llamó su atención. Sobre un pilar derrumbado descansaba un pergamino tal vez cuidadosamente dejado para ser observado. Sin decir más se acercó hasta él y desenrollándolo se apresuró a averiguar su contenido.
La caligrafía imperfecta le dio a Terry la sensación de que quien escribió aquello estaba apresurado.
—¿Qué es eso?
—No, no lo sé, no entiendo lo que dice.
Serenity extendió la mano para recibir aquel misterioso papel y en el acto comprendió que estaba escrito en selenita, antigua lengua de los habitantes del Milenio de Plata, y que prácticamente ya nadie usaba exceptuando a la familia real que debía aprenderlo desde la niñez.
—Es selenita…
Aguzando la mirada y la mente la Princesa comenzó a leer.
Pensad en la verdad que el corazón oculta y el camino recobrarás.
La arena en su infinita historia
Mil llaves contendrá
Abrid las puertas del alma, y el tiempo girará
—No entiendo, esto no dice nada y Sailor Plut… Dioses, si mi madre se entera…
Terry repetía las primeras palabras como intentando comprender. "Pensad en la verdad del corazón", se decía una y otra vez. "Y el camino recobrarás".
Y ¿cuál era esa verdad en su corazón?, ¿qué era eso que ocultaba y que no le permitía regresar?
Mientras tanto, en otro espacio y tiempo, Candy escuchaba sin dar crédito a la historia que Seiya le relataba.
Era imposible que ella y Terry tuviesen ese final. Cuántas veces no había intentado en vano olvidarse de los ojos de mar que la torturaban por las noches y que le arrugaban el corazón al apreciarlo tan cerrado y a veces hasta distante.
—Pues, créelo o no, ese hombre te amó o mejor dicho te ama y por la cara que has puesto estoy seguro de que tú también sientes algo —le dijo Seiya.
Candy se llevó las manos al rostro ruborizado y una lágrima asomó indiscreta.
—Pero ahora, se ha ido —sollozó la rubia.
—Si es tan osado como el Duque de Grandchester que me contaron, va a regresar, tiene que regresar —afirmó Seiya con una profunda desazón en el pecho.
Ahora todo estaba en manos de Terrence Grandchester, todo.
Serenity había avanzado hasta la salida, Terry le siguió los pasos hasta encontrarla en el punto más alto de aquella ruina.
—Si nunca le he contado a nadie que estoy enamorada, ¿estoy ocultando algo? —preguntó sin darse vuelta.
—No me lo parece, Princesa. En ocasiones omitimos los sentimientos para no mostrarnos vulnerables, eso es todo.
—Vulnerables… Tal vez temo verme vulnerable ante mi madre o ante esta loca e irracional idea de creer que existe alguien más allá de mi imaginación amándome aun sin conocerme. ¿Y usted Terry? —continúo—. ¿Usted qué oculta?
Los labios le quemaron y a su mente sólo acudieron dos imágenes. Sacó luego la llave, y elevándola en dirección al cielo pensó primero en su madre y en todo lo que nunca le había dicho, en el rencor ahogado que a pesar de sentir era demasiado, jamás podría sobrepasar al amor de hijo que profesaba aun contra su voluntad, y pensó también en ella, en su Candy.
—Quiero regresar, quiero verlas, quiero abrazar a mi madre. Quiero decirle a Candy que me gusta, que la quiero desde el primer momento en que la vi… quiero regresar.
Terry se dejó caer de rodillas agotado y abatido con ese sueño que ahora le parecía pesadilla. Sin la supuesta guardiana presente y con la Princesa más confundida que él, el regreso a casa parecía imposible. De pronto, la llave pareció vibrar y Terry en un último intento desesperado leyó nuevamente el grabado.
Candy curaba la herida de Seiya mientras seguía escuchando apenada la historia de su amor con Terry cuando un golpe seco proveniente de la estancia los hizo sobresaltar. Ambos corrieron hacia el salón, el fuego de la chimenea crujía e iluminaba parcialmente la habitación. Unos leves quejidos se escucharon al fondo y Candy sin pensarlo se pescó del brazo de Seiya.
—Más te vale que ese abrazo tuyo con él dure menos que el vas a darme a mí —se escuchó.
—¡Terry! —gritó emocionada Candy al darse cuenta que sobre el suelo estaba tumbado el chico.
Seiya le hizo segunda en la carrera emprendida hasta el muchacho. Con dificultad Terry se puso de pie, los brazos de Candy lo rodearon con firmeza y en ese momento el mundo volvió a tener sentido, estaba en casa.
—Candy, mi Candy, tuve tanto miedo de no volverte a ver.
—Terry yo también creí que te perdería, pero no hables, tienes que descansar —gimoteó.
—Candy, tengo tanto que decirte, pero antes tengo que ayudarlo —dijo dirigiendo la mirada hacia Seiya—. Al parecer una Princesa te está esperando.
Una sonrisa de esperanza cubrió el rostro del pelinegro que había observado el reencuentro en silencio.
—Bombón…
—Le gustó el mote, aunque dice llamarse Serenity.
—Tú estuviste en…
—En el Milenio de Plata —completó—. ¡Que si lo estuve!, y anda apresúrate que le queda poco tiempo antes de tener que regresar al palacio.
—Pero yo… ¿Cómo voy a decirle que?
—Terry, Seiya viene del futuro, allá conoció a Serena la reencarnación de quien mencionas —apuntó Candy.
—Pues por alguna extraña razón ella espera a una estrella y casi puedo jurar que esa estrella eres tú. ¡Ten! —dijo extendiendo en su dirección la preciada llave.
Seiya la tomó llevándosela al pecho que comenzó a golpetearle con fuerza. La vería, la vería de nuevo y su sueño de conocerle antes al fin se haría realidad.
—¡Buena suerte! —desearon Candy y Terry.
—Gracias, y Terrence —dijo Seiya antes de desaparecer—. Nunca la dejes ir, las mujeres auténticas son joyas difíciles de encontrar.
Serenity estaba a punto de regresar, el misterioso extranjero había desaparecido justo frente a ella y después de salir de su asombro, pensó que lo más sensato era volver y anunciarle a su madre que Sailor Plut no estaba. Descendió desde donde estaba y antes de entrar al camino que la llevaba de vuelta al jardín una silueta llamó su atención.
—¿Quién anda ahí? Lady Júpiter, ¿eres tú?
La sombra se acercó más hasta mostrar su rostro bajo el brillo de las estrellas.
—Tú…
Serenity le observó con extrañeza al tiempo que una calidez comenzaba a invadirla.
—Te ves más bella de cómo te recordaba —musitó Seiya con la garganta congestionada de emoción.
—Tú eres esa estrella.
—Vaya, ahora sí me recuerdas.
—No sé si yo te recuerdo, pero siento que siempre has brillado para mí.
—Siempre, Princesa. Mi brillo y mi voz te pertenecen desde el principio de los tiempos. Mi nombre es Seiya y el tuyo es…
—Bombón —interrumpió Serenity—. Sé que te gusta decirme Bombón.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Seiya, quien galante ofreció el guante a la Princesa. Justo cuando estaban por volver al palacio una tercera sombra emergió a su costado.
—¡Sailor Plut! —chilló Serenity—. Pensé que tú…
—Princesa —musitó hincando una rodilla al suelo—. Me alegro mucho de verlos, el viaje fue más largo de lo planeado, pero lo importante es que lograste llegar —terminó por decir dirigiendo la mirada al pelinegro.
—Todo fue gracias a ti, Plut —contestó Seiya—. Ahora, si nos permites me parece que un baile acaba de comenzar.
Serenity se colgó del brazo de su estrella quien no dejaba de observarle con profunda emoción y con miles de sentimientos guardados durante mucho tiempo. Quizá, después de todo, el destino realmente siempre había querido que ellos estuviesen juntos y al fin les otorgaría una oportunidad.
Año 2005
—¡Seiya! ¿Estás seguro de que es por aquí? Ya tengo mucha hambre.
—Te prometo que ya casi llegamos, aguanta un poquito más. Es más, ven acá —dijo acercándose.
Seiya se inclinó para que Serena subiera en su espalda y la rubia, juguetona como era, aceptó gustosa ser transportada de aquella manera.
Después de subir una colina, abajo, sobre el valle, se alzaba imponente una clásica villa escocesa de principios del siglo pasado.
—¡Es ahí!
—Seiya, es precioso —chilló la rubia emocionada.
—¡Ven! —le dijo él tomándola de la mano para correr colina abajo.
La estancia principal tenía una chimenea al fondo y colgadas en las paredes descansaban hermosos retratos con una pareja que inspiraba tranquilidad y amor a través de sus miradas al óleo. La casona si bien estaba vacía, tenía ese extraño calor de hogar que invitaba a quedarse.
—¿Te gusta, Bombón?
—¡¿Que si me gusta?! ¡Seiya, esto es un sueño! Si ya me sentía volar al convertirme en tu esposa, ahora casi siento que somos parte de un cuento.
—Pues me agrada que te guste, porque es tu nuevo hogar. ¡Feliz cumpleaños, señora Kou!
FIN
Conejitos, Territanas, mil gracias por sus muestras de amor. Sé que algunas de ustedes me pidieron continuarla, pero la verdad la idea ya estaba redondeada y prefiero dejarles esto cortito esperando que sea de su agrado a alargarlo y arruinarlo. Ya no lo pude terminar para el cumpleaños de Usako, pero bueno, más vale tarde que nunca
Aquí quiero hacer algunas acotaciones para cerrar bien la historia.
Primero, pues me decidí por este crossover gracias a mi amiga Kat que me metió la idea (espero que te haya gustado, lo hice especialmente para ti), y también porque encuentro muchas similitudes entre ambas parejas que tristemente no tuvieron su final feliz.
El amor fue el común denominador, así creo que cualquier historia se puede mezclar.
En el final, no ahondé mucho la historia de Serenity y preferí darles un final con ellos reencarnados en el "presente" en sus formas de Serena y Seiya, porque la verdad no simpatizo mucho con la solemnidad de la Princesa. Me gusta más la informalidad y comodidad de la otra pareja.
Creo que es todo, muchas gracias por darme la oportunidad de presentarles esta locura, agradezco cada review, follow, fav y lectura anónima. Ustedes son los que le dan vida a esta maquinaria.
No dejen de seguirme en mis otras historias, ya pronto sale la actualización de La Princesa de la Luna y la Era de la Perseida Roja.
¡Os adoro!
WRITE LIKE A MAGICAL GIRL!
