Advertencias:
1.- Ningún personaje de One Piece me pertenece, todos son propiedad de Oda Eiichiro.
2.- Relación sexual explicita.
Capítulo 3: Sentimientos y Encuentros
Publicación original: (2011.01.09)
Luffy corría feliz ante la posibilidad de tener a su primer compañero de aventuras, y en menos de lo esperado había llegado al despacho de su abuelo. Una vez alcanzado su destino, se detuvo y tomó aire antes de llamar a la puerta, y al no recibir respuesta entró encontrándose con un curioso sujeto sentado frente al escritorio.
El tipo había logrado llamar en parte su atención, ya que no era la clase de persona que iban a ver a su abuelo, y motivado por la curiosidad le preguntó su nombre a lo que el sujeto se presentó como Marshall D. Teach.
—Ya veo, yo soy Luffy —el hombre era muy llamativo para el pelinegro, y estuvo a punto de preguntarle más cosas cuando recordó que estaba buscando las espadas de Zoro. —¿Sabes dónde está mi abuelo? Necesito que me regrese algo… ¡Oye! ¿Esa espada es tuya?
—No —el hombre llamado Teach le mostró el resto de las espadas. —la encontré aquí junto a estas dos.
—Él dijo que eran espadas… ¿Las tres serán suyas? —Luffy no sabía exactamente cuantas espadas tenía Zoro, suponía más que dos, pero ahí había tres… —¡Se las llevare todas!
Pero antes de que el pelinegro pudiera alcanzar las armas, el otro hombre las alejó de su alcance y esto lo había molestado, porque no quería perder tiempo y que Zoro se fuera.
—¿Y qué harás para que te la devuelva? —le preguntó el hombre sonriendo de manera extraña.
—¿Hacer algo? —Luffy no entendía de que le estaba hablando el extraño, pero había algo que lo hacía sentirse incómodo en la forma en que él lo miraba. —¿De qué hablas?
—Me refiero a lo que me darás para que yo te entregue las espadas —Teach se levantó del asiento y acortó la distancia que los separaba. —Yo las encontré primero, me pertenecen.
Aunque la presencia del mayor era amenazante, Luffy no mostró temor alguno y hasta llegó a sonreír.
—Ya entiendo —el pelinegro llevó una de sus manos a sus bolsillos traseros, siendo observado en todo momento por Teach. —Lo había guardado para la tarde pero si sirve de cambió puedes quedártelo.
Una vez que dio con lo que buscaba, Luffy tomó la gigante mano del hombre y dejó en su palma un pequeño dulce sabor fresa.
—Esto es… —el mayor lo miraba con los ojos abiertos. —¿Un dulce?
—Es el último así que disfrútelo —Luffy no le dio la oportunidad de hacer más preguntas y le quitó las espadas para después salir corriendo del despacho. —Ahora que tengo las espadas de Zoro puedo convencerlo para que sea mi compañero de aventuras.
Con toda la emoción que sentía en aquel momento, Luffy olvidó completamente su encuentro con Teach y menos prestó atención a la mirada depredadora de éste, pero el mayor se juró que llegaría el día en que el pelinegro se acordaría de él y lo lamentaría, después de todo, el destino ya había juntado sus caminos.
Nami entró a la cocina buscando a su jefe y no tardo mucho en localizar su objetivo que trataba de esconderse inútilmente debajo de una mesa. Al ver esto la chica levantó una ceja mientras avanzaba con paso firme hasta situarse al lado de Garp, cruzándose de brazos y mirándolo seriamente.
—¿No cree que es infantil de su parte actuar de esta manera y después castigar a su nieto por hacer lo mismo? —habló en tono de ultratumba la muchacha. —Señor Garp.
—¡No me asustes así Nami! Pensé que eras Bogart —le contestó el marine mientras probaba lo que se serviría en la cena de la noche —Además, no estoy haciendo nada malo, sólo pruebo la comida.
—Y si no hace nada malo… me puede decir… ¿Qué está haciendo escondido debajo de la mesa? —preguntó Nami con una venita latiendo en su frente.
—¡Es para que no me llegué el sol! —se excusó con torpeza Garp, pero eso sólo provocó que la chica le gritara y usara toda su fuerza para sacarlo a rastras su escondite hasta que fueron descubiertos por Bogart.
—Supongo que la señorita Nami ya conoce todas sus manías vicealmirante —comentó el marine en un tono neutro. —Compórtese por favor.
—Es una chica lista ¡Bwa Ha ha ha ha! —rió con ganas Garp.
—Gracias por el cumplido, pero eso no le ayudara a librarse de un castigo; hoy le serviré menos comida por andar robando en la cocina.
—¡No digas eso! —el anciano le mostró un rostro apenado para conmoverla, pero no obtuvo el resultado esperado por lo que se deprimió en un rincón.
—No se ponga así, sólo era una broma —Nami le sonrió guiñándole un ojo. —no he venido para castigarlo, sólo estoy aquí para informarle que un hombre llamado Marshall D. Teach le espera en su despacho.
—¿Teach? Ya era hora que llegara —el vicealmirante se acomodó el traje dispuesto a ir a atender sus deberes pero antes de salir de su escondite le surgió una duda. —Por cierto… ¿Dónde está Luffy?... ha estado muy callado.
—Yo no lo he visto desde la mañana cuando fui a despertarlo —mintió Nami.
—El joven Luffy debe estar jugando en el jardín —comentó con seguridad Bogart logrando un asentimiento de parte de Garp. —Vicealmirante, debo informarle que encerré al muchacho que ha venido con una misiva para usted en la bodega del primer piso; es el discípulo del señor Koushirou.
—¿Y eso por qué? —preguntó asombrado Garp. —¿Te tocó las narices?
—El chico quería enfrentarse a Dracule Mihawk y no tuve otra alternativa que detener aquella locura—confesó el hombre. —También he confiscado sus armas para después dejarlas en su despacho.
—Bueno, si es así no importa —Garp se levantó para dirigirse a su oficina. —Nami recuerda que en la noche vienen mis protegidos a cenar así que espero un gran banquete.
—Si deja de comerse las cosas antes de que las sirva no debería de haber problema —comentó la chica.
—¡Bwa Ha ha ha ha! Siempre tienes una respuesta rápida para todo —rió Garp mientras se dirigía con Bogart al despacho.
—Cómo usted ha dicho señor —Nami susurró una vez ambos hombres desaparecieron de la cocina. —Si quiero sobrevivir en este mundo debo pensar rápido y actuar de la misma forma.
Era la vida que a la chica le había tocado vivir y ya era algo tan natural que no se sentía atormentada por las acciones que cometía. Le quedaba muy poco para ser libre junto a aquella mujer.
El dulce que Luffy le había dado a Teach era lanzado al aire para ser atrapado por la gigante mano del hombre que sonreía viéndolo caer una y otra vez hasta que decidió quitarle el envoltorio para después lanzarlo en su boca.
—Espero que sepas tan bien como este caramelo —dijo al saborear el dulce cuando la puerta del despacho se abrió dándole paso a un serio vicealmirante y a su mano derecha.
—Aun cuando fuiste el primero en responder la solicitud de la marina, has sido el último en llegar —le recriminó Garp. —Teach.
—Buenas tardes para usted también vicealmirante Garp —saludó el pirata con mucha felicidad.
—Veo que estás muy feliz —comentó Garp con un tono de sospecha en su voz mientras tomaba asiento frente al pirata. —¿Se puede saber el por qué?
—Ahora que soy Shishibukai las cosas han sido muy agradables para mí y parece que cada día serán mejor.
En el pasado, a Teach no le había interesado el puesto de Shishibukai y mucho menos beneficiarse de su posición, ya que en la tripulación de Barbablanca él tenía todo lo necesario para vivir en libertad.
Pero ahora su destino le había dado la posibilidad de cumplir sus sueños, porque él apuntaba a una meta mucho más grande, y si ahora aceptaba estar bajo las ordenes de la marina era únicamente para lograr sus objetivos.
Con gusto aceptaría el nombre de "Perro del Gobierno" y hasta soportaría las miradas desconfiadas de los marines, la cual era la misma mirada que le mostraba el vicealmirante en aquel momento.
—Me alegra escuchar que disfrutas de las ventajas de tu puesto —a Teach le daba mucha risa al ver como Garp se mantenía lo más políticamente correcto frente a él cuando claramente el marine no lo quería en ese lugar. —Pero espero que también sepas cumplir con tus responsabilidades, por algo se te ha llamado.
—No se preocupe —aseguró Teach. —Si Akagami pone un pie en el palacio lo detendré.
—La seguridad en el interior del palacio estará a cargo de Dracule Mihawk y Donquixote Doflamingo así como de un grupo de elite de marines—le reveló Bogart custodiando la puerta de la habitación. —Usted se encargará de los alrededores del carnaval que se realiza en la ciudad. Los puertos y los pueblos cercanos serán vigilados por marines.
Una vez Bogart terminó de hablar, la sonrisa de Teach comenzó a desaparecer hasta que en su rostro sólo se podía ver una mueca de molestia.
—El mensaje que me enviaron decía claramente que estaría custodiando el palacio —habló Teach apretando los dientes.
—¿Acaso querías ir a la fiesta en palacio? —preguntó Bogart sin cambiar su expresión en ningún momento.
—Por algo vine.
—Lamento informarte esto. —le interrumpió Garp y al pirata le pareció que el anciano estaba disfrutando del momento. —Pero hemos estudiado la situación y llegamos a la conclusión de que la gente se puede asustar un poco al ver a alguien con el aspecto de un pirata y por eso preferimos encomendar la seguridad interior a gente que pase más desapercibida.
Teach se tuvo que tragar toda la rabia que amenazaba hacer explotar su cabeza cuando vio la mirada divertida de Garp. No le gustaba que se burlaran de él pero aún necesitaba el puesto de shishibukai. Así que simplemente recuperó su alegría y aceptó el cambió en la misión.
—Bueno, el carnaval será más divertido —el pirata se levantó de su asiento. —si eso era todo lo que tenían que decirme me retiro.
Se despidió de los marines mostrándole su gigante sonrisa y se dirigió a la salida de la propiedad contemplando por última vez la casa en busca de algún rastro del chico o la sirvienta, pero al no ver a ninguno de los dos se concentró en caminar hasta llegar al portón de entrada.
—Hablando de la sirvienta… ella nunca me trajo la tarta que le pedí —Teach comenzó a reír a carcajadas al notar aquel detalle. —tendré que buscar mis pasteles por otra parte.
Aún cuando sus planes para entrar al palacio no habían salido como él esperaba, Teach no se sintió derrotado, al contrario, el pirata era un hombre de fuerte voluntad y que estaba decidido a superar cualquier obstáculo que la vida le pusiera. Sus planes ya estaban en movimiento, y él estaba decidido a ir aquella fiesta.
Después de correr por varios pasillos y abrir muchas puertas Zoro llegó al jardín de la casa que estaba en la parte más profunda de la propiedad. Toda aquella zona al aire libre estaba rodeada por árboles, plantas que él nunca había visto y un pequeño estanque al medio de todo.
—¿Cómo llegue aquí? —Zoro se permitió un pequeño descanso para recuperar el aliento y así poder seguir su camino, pero antes de llegar a otra de las puertas que le permitía volver a la casa esta se abrió dándole de lleno en la cara. —¿Pero qué demonios?
—¡Te encontré! —le gritó una voz en el oído haciendo que diera un salto hacia atrás.
—¿Qué carajos pasa contigo? —le reprendió Zoro.
—Mira lo que traje —le dijo Luffy con una gran sonrisa mientras mostraba las katanas. —No sabía cuál era la tuya así que traje todas las que encontré.
—¿Fuiste por mis katanas? —se asombró Zoro. —¡Gracias! me has salvado otra vez y no te preocupes que todas son mías, puedo usar tres espadas para pelear —le habló el peliverde mientras acercaba su mano para coger las espadas, pero Luffy se lo impidió.
—Si quieres que te devuelva tus espadas tendrás que unirte a mi tripulación —le exigió Luffy mientras reía con las espadas pegadas a su cuerpo.
—¡Eso es sucio! —gritó Zoro indignado.
—Si te unes a mi tripulación podrías navegar por muchos lugares y enfrentarte a los más fuertes —comentó entusiasmado el pelinegro. —¡Ven conmigo!
—¿En que idioma tengo que hablarte para que entiendas? —Zoro se consideraba un hombre testarudo, pero Luffy era fácilmente más cabezota que él. —¿Qué te hace pensar que nosotros tendremos aventuras como piratas?
—Hace tiempo conocí a un pirata y él me contó algunas de sus aventuras —los ojos del pelinegro comenzaron a brillar con emoción al recordar aquellas historias. —Él me dijo que en cada viaje siempre se enfrentaba a tipos fuertes ¡Para nosotros será lo mismo!
—¿Estás seguro de que lo que te dijo ese pirata era cierto? —Luffy hizo rodar sus ojos con desesperación al escuchar su pregunta y Zoro se molestó por eso. —¡Los piratas mienten! ¿Cómo sabes que ese tipo era un pirata?
—Pero él no mentía y era un pirata de verdad — el menor elevó su voz molesto. —¡Se reconocer a uno cuando lo veo!
—¿Tan importante es esto para ti? —le preguntó Zoro con algo de curiosidad al ver tanta seguridad en los ojos de Luffy. —¿Si quiera ese tipo te dijo su nombre?
—Si es importante —el pelinegro le entregó las espadas a Zoro mientras le daba una sonrisa. —Él me hizo entender que la gente tiene que ser libre y seguir sus sueños, por eso quiero salir al mar y convertirme en el rey de los piratas… además de encontrarme con él otra vez, aunque no tengo idea de como se llama, ¡Shishishishi!
—Espera un momento —el peliverde no pudo evitar parpadear incrédulo cuando recibió las espadas de mano de Luffy. —¿Tu sueño es ser el rey de los piratas y encontrar a un tipo del que no sabes el nombre?
—No, pero sé que lleva un sombrero de paja y también recuerdo un poco su voz, pero estoy seguro qué lo encontrare, jamás me doy por vencido —le aseguró Luffy con gran convicción lo que lo asombro un poco. —De todos modos, tú también tienes un sueño ¿No?
Un sueño. Claro que Zoro tenía uno y él no dejaría que nada se interpusiera en su camino.
—Mi sueño es ser el mejor espadachín del mundo… —el peliverde acomodó sus espadas en su cintura. —No estoy jugando.
—¡Yo tampoco estoy jugando! —respondió Luffy emocionado. —¡Si tú quieres ser el mejor espadachín del mundo, entonces tienes que unirte a mí!
—Estás loco —de todas las personas que Zoro conocía el pelinegro era el más demente de todos. —Pero es cierto que sí zarpo contigo podré conocer gente fuerte, ser perseguido por la marina es lo de menos si puedo cumplir mi promesa.
—¡Así se habla! Si no llegas a conseguirlo me sentiría muy avergonzado —comentó con una sonrisa Luffy.
—Bien dicho —habló Zoro. —Además… estoy seguro qué Dracule Mihawk ya debe haberse ido, así que la única forma de encontrarlo será en el océano ¿Cuándo piensas irte?
—Pues cuando encuentre un barco —rió Luffy
—Espera ¿Cuántas personas además de mí se te han unido? —preguntó Zoro ya temiendo la respuesta.
—Eres el primero a bordo, pero en el carnaval conoceré a unos protegidos de mi abuelo y espero poder convencerlos.
—¿Pero ellos no son Marines? —Zoro había comenzado a preguntarse si hacía bien al seguir a un chico tan loco, pero ya le había dado su palabra y no era de los que se retractaban. —Ríndete con ellos y mejor busca en otra parte ¿Y tienes alguna idea de donde sacaras un barco?
—Pensaba ir al puerto a ver que hay, pero no me dejan salir solo de casa —comentó Luffy mientras colocaba sus manos cruzadas detrás de su cabeza. —¡Pero tú me puedes ayudar a salir!
—Déjamelo a mí, capitán —le aseguró Zoro con una sonrisa.
Cuando Nami terminó de elegir los platos que prepararía en la noche, se sirvió un vaso de frío jugo de naranja. La deliciosa sensación del liquido bajando por su garganta logró relajarla. Para ella no había nada mejor que aquel elixir para calmarse y enfocar su mente.
Pero no pudo liberarse de la tensión que la estaba ahogando ¿Cómo podía haberse encariñado con gente a la que sabía que traicionaría? Se le partía el corazón al imaginar la cara que pondría Luffy al saberlo, de seguro se ganaría su odio y el de su abuelo que también había sido muy bueno con ella.
—Me gustaría quedarme con ellos —dijo mientras sacaba de su bolsillo la llave que le había quitado al vicealmirante cuando lo arrastraba de su escondite. —pero ya no hay marcha atrás.
—¡Nami! —la voz de Luffy hizo que el corazón de la chica casi se detuviera por el susto. —¿Dónde estás?
—¡En la cocina! —Nami escondió la llave en su delantal y esperó a que Luffy entrara.
—¡Te encontré! —le dijo el chico con su característica sonrisa. —Necesito que me ayudes con algo.
—Si quiere escapar no cuente conmigo —le gritó la chica aterrada. —¡Su abuelo ya me advirtió que me despedirá si lo hago!
—No voy a escapar Nami, sólo quiero ir al puerto con Zoro—aclaró Luffy. —pero no podremos pasar por los guardias si vamos solos y ninguno sabe cómo llegar, así que tú serás quien nos guíe.
—Espera ¿Quién es Zoro? ¿Qué les hizo pensar que yo quería ir?
—Él es un espadachín que nos acompañara a la fiesta de mañana —el nieto del vicealmirante le tomó las manos apretándolas entre las suyas. —¡Por favor Nami!
Para desgracia de la pelinaranja, Luffy recurrió a su mejor truco para convencerla cuando vio que ella lo mandaría por donde había llegado; infló sus mejillas lo que significaba que comenzaría a aguantar la respiración hasta las últimas consecuencias.
—¡Está bien! —accedió Nami. —De todos modos tenía que ir a comprar porque me faltan algunos ingredientes para la cena de esta noche.
—¡Genial! Muchas gracias Nami —dijo Luffy mientras abrazaba a la chica.
—¡Se-señorito! —le regañó Nami, aunque agradecía el gesto al chico. —Le he dicho que no haga eso.
—¡Vamos Nami! Zoro nos está esperando —el joven sonrió y tomó la mano de Nami sacándola de la cocina.
La chica sabía que su tiempo con ellos se estaba acabando, pero se permitió un momento de felicidad ya que al estar con Luffy era imposible no divertirse y en cierta forma el chico le recordaba a una persona que era muy importante para ella. La única persona que sabiendo quien era la había tratado con cariño, aquella mujer con ojos azules.
Mil años. Luffy juraría que habían pasado mil años desde que salía de la casa sin sentir la mirada de su abuelo o de Bogart pegada en la nuca. Respirar el aire de la libertad era simplemente glorioso y a cada paso que daba acompañado de los otros dos jóvenes hacía que su corazón enloqueciera de felicidad.
Pero el pelinegro era el único que sentía aquel jubilo. A su lado derecho avanzaba Zoro con una expresión severa mientras que en algunas ocasiones miraba de reojo a Nami con mucha desconfianza y la chica hacía lo mismo con él.
Así los tres jóvenes fueron avanzando hasta llegar a la entrada de la ciudad portuaria, y aunque Nami y Zoro no tenían una buena opinión uno del otro, lograron sincronizarse a la perfección para agarrar al menor de sus brazos antes que éste saliera disparado al puerto.
—¡Oigan! —Luffy trató de librarse del agarrare. —¿Qué hacen?
—Señorito, se lo repetiré y espero que me entienda —la mirada de la pelinaranja fue tan siniestra que Luffy no pudo evitar en asentir con fuerza. —Yo iré a comprar y ustedes irán al puerto pero no puede ir a otro lugar ¿Entiende?
—Tranquila Nami —el menor de los chicos comenzó a trotar en su lugar mientras seguía apresado por sus amigos. —Quiero ir a ver unos barcos al puerto y volveré pronto.
Una vez Luffy se vio libre de aquellas manos, corrió en línea directa hasta el puerto, seguido por Zoro quien le gritaba que se detuviera, pero el moreno no detuvo su carrera y apenas escuchó cuando Nami le gritó.
—¡Recuerden volver en treinta minutos! ¡Estaré esperando!
—¡Está bien! —fue lo último que respondió Luffy mientras corría seguido de Zoro rumbo a la costa.
La hermosa costa. El color del mar era tan azul que hasta daba miedo, era demasiado ideal pero al mismo tiempo era lo más increíble que Luffy había visto en mucho tiempo. Si el olor del mar desde su casa era magnifico, al estar tan cerca de la costa sintió que se derretiría por la dicha.
—Oye Luffy ¿Es seguro confiar en esa chica? —cuestionó Zoro una vez él detuvo su carrera. —Se me hace sospechosa.
—Por supuesto que Nami es de confianza, es una buena persona —le aseguró Luffy avanzando hacia la zona de atraque de los barcos. —Además ella también será miembro de mi tripulación, cocina muy bien y sabe algo de navegación.
—¿Navegación? Eso la hace más sospechosa —comentó Zoro caminando un poco más alejado de él. —Hay algo que no me gusta de ella.
—Está bien, ya te dije que Nami es buena persona ¡Mira este barco! —gritó con alegría el menor mientras corría hacia un buque mercante con proa de gallina. —¡Que cara más curiosa! ¡Shishishishi! ¿Te gusta Zoro?
El menor estaba casi baboso por el barco que le tomó un poco de tiempo darse cuenta qué su amigo no había respondido su pregunta, y cuando se giró para buscarlo, no lo vio por ninguna parte. Luffy sintió un nudo en el estómago cuando se dio cuenta que su amigo se había perdido.
Sin perder tiempo Luffy comenzó a caminar por los distintos embarcaderos tratando de encontrar al espadachín, pero al final él también terminó perdiéndose y comenzó a preguntarle a algunas personas por si había visto a su amigo pero sólo recibió respuestas negativas.
Cuando el tiempo comenzó a pasar Luffy entró en pánico ¿Y si Zoro lo había dejado solo para regresar a su villa? ¡No! Zoro le había dado su palabra y tenía que tener fe de que lo encontraría ¡No era tiempo de dudar! Con esa idea en mente siguió caminando hasta llegar a la playa.
—Tal vez ha ido a caminar por la orilla —pensó Luffy, aunque eso era sólo una excusa para poder bajar y caminar por la blanca arena o mojar sus pies en el agua fría.
El menor tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no adentrarse al mar y nadar hasta llegar lo más lejos posible, pero sabía que no tenía tiempo que perder. Zoro pudo haber regresado al lugar donde Nami los esperaría y de seguro ya habían pasado los treinta minutos, así que comenzó a regresar por donde había llegado pero se detuvo para observar por última vez el mar.
—Es increíble —susurró Luffy encantado al ver como el cielo iba cambiando de color como si fuera magia.
—¿Verdad? —le dijo una voz a su lado. —Lo más hermoso del mundo.
—¿Qué? —Luffy se dio la vuelta para enfrentar al hombre que estaba a su espalda.
Cuando el pelinegro cruzó su mirada con la persona frente a él, sintió que todo se detenía. Dejó de escuchar el sonido del mar o de sentir el aire frío. Parpadeó varias veces viendo al hombre que era mucho más alto que él, cubierto por una larga capa negra, de vivaz cabello rojo y una sonrisa contagiosa. Pero lo que más llamó su atención eran las tres cicatrices que el tipo tenía en su ojo izquierdo.
—Hablabas del atardecer —respondió el hombre y aunque Luffy estaba seguro de que jamás lo había visto, su voz le pareció conocida. —¿no es así?
—Si —el menor comenzó a sentirse nervioso y aunque volvió a mirar al mar, no pudo evitar observar de vez en cuando las cicatrices del hombre.
—¿Sucede algo? —preguntó alarmado el pelirrojo mientras se tocaba el rostro. —¿Tengo algo en la cara?
—¡No!... —a juicio del menor, las cicatrices del hombre eran geniales, pero dudaba de decirle eso y por suerte la voz de Zoro lo salvó. —… Es que-
—¡Luffy! —le gritó su amigo quien era seguido por Nami la cual se veía molesta, caminando ambos con varias bolsas de compras en las manos.
—¡Señorito! —Nami estaba prácticamente tirando humo por las orejas. —Menos mal que lo encontramos ¡me preocupe mucho cuando el joven Zoro dijo que se había perdido desde que llegamos.
—¿Qué? —el pelinegro miró al espadachín totalmente cabreado. —¡Eso no es cierto!
—¿Te perdiste? —ahora era el pelirrojo quien lo miraba fijamente hasta que comenzó a reír al ver como él se sonrojaba. —¡Dahahahahaha!
—¡Eso no es verdad! —trató de defenderse el menor sintiendo como su cara ardía por la vergüenza. —¡Fue Zoro quien se perdió!
—No tienes que avergonzarte pequeño —seguía burlándose el adulto. —es natural que los críos se pierdan.
—¡No soy un niño! —gritó Luffy sintiéndose idiota por pensar que aquel hombre era genial. —¡Vámonos!
Luffy estaba tan furioso que tomó de las manos a sus amigos y comenzó a arrastrarlos de vuelta al puerto, sin escucharlos cuando estos le preguntaban que había sucedido y porque estaba molesto.
Los gritos del pelinegro eran cada vez más lejanos hasta el punto de que el sonido del mar los ocultaba completamente y una vez los jóvenes desaparecieron de la vista del pelirrojo, éste volvió a mirar al océano con una radiante sonrisa de pura felicidad.
—Te encontré —fue lo último que dijo el pirata antes de comenzar a caminar por la orilla de la playa.
Después de abandonar el puerto los tres jóvenes regresaban rápidamente al hogar de Luffy, quien cargaba algunas bolsas mientras los guiaba con cara de pocos amigos, hablando en contra del pelirrojo e insultándolo varias veces.
—¿Qué se ha creído ese tipo? —decía indignado el menor. —¿Acaso por qué es mayor puede andar criticando a los demás? ¡Le voy a patear el trasero!
—Oye Luffy —le llamó Zoro ya cansado de la rabieta de su capitán. —no es para tanto.
—¿Cómo que no es para tanto? ¡Se burló en mí cara! ¡Yo soy el hombre que será el Rey de los Piratas y no estoy jugando! —continuó quejándose el pelinegro ignorando completamente a su nuevo amigo. —¡No dejaré que él me hable así!
—¡Señorito! —le gritó Nami llamando por fin su atención. —Al hacer este espectáculo se comporta como un niño y con eso le da la razón, además no debe importarle lo que ese hombre le dijo, no volverá a verlo.
—¿Y por qué no? —preguntó Luffy con sorpresa.
—Por supuesto que no lo volverá a ver—prosiguió la chica dándole una sonrisa. —Por la forma en que vestía se notaba que era un viajero y lo más probable es que esté de paso.
—En eso ella tiene razón Luffy —Zoro tomó el hombre de su amigo para que éste fijara su atención en él. —Ya no le des más vuelta.
—Lo mejor es olvidarnos de ese sujeto y mejor nos concentramos en llegar pronto a la casa, después de todo, salimos sin pedirle permiso a su abuelo.
—Pero si salimos contigo ¿Eso no cuenta? —preguntó Luffy asustado.
—Yo les mentí a los guardias de la entrada al decirles que el vicealmirante nos había mandado a los tres a comprar los ingredientes —la pelinaranja se encogió de hombros lo que aumento el miedo de Luffy. —No pude pedirle permiso al señor Garp porque estaba en una reunión con un shishibukai, y no quise interrumpir.
—¡Espera un momento! —Zoro se adelantó a la chica, plantándose frente a ella con los ojos desorbitados. —¿Había un shishibukai en la casa? ¡Dracule Mihawk aún estaba ahí y yo dando vueltas como un idiota!
—No era él —Nami soltó una pequeña risa por la expresión de Zoro. —Dracule Mihawk se fue a los minutos de llegar, pero después llegó otro shishibukai, uno muy distinto al señor Ojos de Halcón.
—¿Ojos de Halcón? —preguntó Luffy intrigado por la conversación. —¿Quién es ese?
—Ya te hablé de él Luffy, es el mejor espadachín del mundo y ese es su apodo.
—¿Tiene cara de pájaro? —en la mente del joven una caricaturesca imagen de un ave con espadas apareció en su mente. —Qué tipo más raro.
—¡No! —le gritaron sus acompañantes sobresaltando al pelinegro.
—¡No me griten!
—Le dicen así porque sus "ojos" parecen los de un halcón ¡Si el mismo apodo lo dice! —le señaló Zoro sintiéndose ofendido, aunque sin saber la razón.
—Ya entendí, es como… —Luffy se calló bruscamente cuando vio a su abuelo frente a ellos. —Estoy muerto.
—¿Quién es él? —preguntó Zoro al ver al anciano de aspecto feroz que prácticamente echaba humo por la nariz. —Se ve peligroso.
—E-es el vicealmirante —dijo Nami con temor en su voz. —Yo también estoy acabada.
A cada paso que su abuelo daba, Luffy intentaba retroceder, pero la mirada del anciano lo había congelado en su puesto, al igual que Nami que no paraba de temblar. El único que se mantenía en calma pero listo para sacar su espada en cualquier momento era Zoro.
—¡Luuuffy! ¿Se puede saber dónde diablos andabas? —le gritó Garp y sin darle tiempo de contestar se abalanzó sobre el pequeño y lo tomó por la chamarra. —¿Pensabas en escapar otra vez?
—¡Nooo! ¡Lo siento! —gritó Luffy molesto.
—¡Señor! es mi culpa —intentó calmarlo Nami al ver el peligro en los ojos de su jefe. —Yo le pedí que me acompañara a comprar unas cosas para la cena de esta noche y se me fue el tiempo.
—¿Y por qué no me lo comunicaste? —le preguntó con enfado el marine.
—Se que cometí un error al no avisarle —Nami se inclinó un poco en señal de arrepentimiento. —Pero no me atreví a buscarlo porque no quería volver a ver al hombre que estaba en su despacho.
—Entiendo Nami —se tranquilizó el marine al comprender la razón de la chica. —Está bien, pero que no se repita otra vez ¿y tú quién eres muchacho?
—¡Cierto! —Luffy se soltó del agarre de su abuelo y se acercó al peliverde. —él es Zoro y es mi nuevo amigo. Viene de un dojo.
—¿Así que tú eres el discípulo de Koshiro? —preguntó Garp con una sonrisa que contrastaba mucho con su expresión de hace un momento. —Es un gusto conocerte.
—El gusto es mío – dijo el espadachín inclinando un poco su cabeza.
—Bien, si es así no hay problema, espero que te sientas como en casa durante el tiempo que te quedes —habló con alegría el mayor. —¡Oye Nami! Mis protegidos ya llegaron así que puedes ir preparando la cena, por favor.
—En seguida señor —la chica hizo una reverencia y se dirigió rápidamente a la casa.
—Abuelo —cuestionó Luffy con curiosidad antes de que éste se fuera. —¿Cómo son tus protegidos?
—Pues míralos por ti mismo ¡Coby!¡Helmeppo! —llamó Garp y de la nada aparecieron dos jóvenes.
El primero era alto, vestía un traje verde, largo cabello dorado adornado con unas gafas de sol. Pero lo más peculiar del hombre era su gran mentón partido en dos.
El segundo de los discípulos del anciano era más bajo, casi de la misma estatura de Luffy, con un corto cabello rosado, gafas de lectura sobre un pañuelo con estampados. Vestía un uniforme con los colores de la Marina y lo más característico era una cicatriz en forma de cruz en la frente.
—Soy el Sargento Mayor Coby —habló el pelirrosa algo colorado saludando en una postura firme y mano en la frente. —¡Mucho gusto!
—Yo soy el Sargento Helmeppo —se presentó el rubio cruzado de brazos.
—Yo soy Luffy —saludó el pelinegro —Llevémonos bien.
—Zoro —se presentó el espadachín con cara de poco amigos y cruzando sus brazos de una forma más marcada que Helmeppo.
—Para mí es un gusto conocerlo señorito Luffy – mencionó Coby estando aún más rojo y evitando el contacto de su mirada con la de Luffy. —¡Y a usted también señorito Zoro!
—¿Señorito? —Luffy comenzó a reír cuando la mandíbula de Zoro casi llega al suelo al escuchar cómo se dirigían a él. —No es necesario tanta formalidad con ninguno de los dos.
—Pero no es correcto, el vicealmirante podría… —preguntó Coby buscando a su superior. —¿y el vicealmirante?
—Mi abuelo se fue detrás de Nami después de que ustedes llegaron.
—En ese caso me retirare también —comunicó Helmeppo en un tono de superioridad. —Tú, el chico de pelo verde, lleva mi equipaje.
—¿Qué? —preguntó Zoro con molestia. —Son tuyas así que llévalas tú.
—¡Pero qué grosero! —se exaltó el rubio. —¿Acaso no sabes quién soy?
—Ni idea —respondieron Zoro y Luffy al mismo tiempo.
—¡Yo soy el hijo del Capitán Morgan! —se glorificó Helmeppo. —Es un marine muy famoso.
—¿Y ese quién es? —volvieron a preguntar los muchachos.
—Cálmate Helmeppo –dijo Coby mientras retenía a su molesto compañero que se había indignado ante la ignorancia de los otros jóvenes. —Disculpe a Helmeppo… joven Luffy, es algo sensible.
—No importa —le dijo el pelinegro dándole una gran sonrisa. —Será mejor que nos vayamos ya ¡Tengo hambre!
Así Luffy partió corriendo seguido por Zoro que le gritaba que tuviera cuidado con las bolsas que el menor movía sin cuidado, dejando a los jóvenes marines que los miraban asombrados.
—Esos chicos están locos —habló Helmeppo mientras tomaba sus maletas y comenzaba a caminar a la casa de su maestro. —Muévete Coby.
—Es verdad, pero el joven Luffy me pareció alguien muy amable—declaró Coby en voz baja.
—¿Qué has dicho Coby?
—Nada. —el más bajo trató de cambiar el tema, empujando a Helmeppo y así evitar ser interrogado por su amigo. —Vamos a la casa que ya deben estar esperándonos.
El rubio no insistió en preguntar y juntos caminaron al hogar del vicealmirante. Coby pensando en lo agradable que le parecía Luffy y Helmeppo disfrutando la compañía de su amigo, por el que no sentía precisamente amistad.
Cuando la noche se hizo presente, los comandantes de la primera y segunda división de Barbablanca se preparaban para dormir después de un cansador pero divertido día.
—Marco —Ace estaba recostado de espalda sobre unas cómodas y mullidas mantas, tapando apenas su torso descubierto con una suave sabanilla. —Ten buena noches.
—Tú también —por su lado, Marco estaba sentado sobre las mantas mientras leí un pequeño libro que mostraba algunos mapas de la zona.
—¿Cuánto más piensas leer? —el pecoso cambió de posición apoyándose en su costado izquierdo para así mirar a Marco. —No deberías trasnocharte.
—Soy uno de los últimos en quedarse dormido y uno de los primeros en despertar, al contrario de ti —el de piel morena le dedicó una mirada divertida al menor. —Mejor duérmete ya.
El segundo comandante lo miró molestó por un segundo, pero se tranquilizó cuando aceptó que Marco tenía razón. Bueno, el mayor sabía lo que hacía, por eso volvió a su posición anterior quedándose dormido en menos de un segundo.
No pasaron muchos minutos cuando Marco se rindió de su lectura debido a los ronquidos de Ace. Pero esto no era una molestia para el rubio, aquel libro se lo sabía de memoria y la única razón por la que se quería mantener despierto era para observar a Ace sin que éste lo descubriera.
Desde el primer día en que compartían habitación para dormir en aquel peligroso viaje, Marco apenas había logrado descansar, porque no podía dejar de mirar al menor. Observaba cada detalle del sereno rostro que estaba a unos metros de él. Hasta había llegado a contar las pecas del joven o se perdía mirando los labios de Ace usando toda su fuerza de voluntad para no besarlo.
—Eres una fruta prohibida Ace… —ese era el mantra que Marco se repetía para contener los deseos que el menor despertaban en él. —maldita sea.
Para evitar la tortura que era mirarlo, el rubio le dio la espalda y cerró los ojos con fuerza con la esperanza de quedarse dormido pronto. No transcurrió mucho tiempo hasta que se rindió al cansancio, pero para su desgracia, su sueño no le dio la paz que él buscaba.
—Ace…
El moreno sabía que estaba soñando, pero no podía detenerse por más que quisiera. Simplemente se dejó llevar, imaginando como entre medio de las penumbras su cuerpo se movía al mismo ritmo que el de Ace, susurrando palabras de amor y frotando sus cuerpos logrando que sus pieles comenzaran a arder como si se estuvieran quemando.
—¡M-mar-co! —la voz de Ace estaba cargada de deseo. —Por-por favor…
El pecoso siempre dejaba que el rubio lo devoraba en aquellas fantasías, como lo hacía ahora que lo había acallado sellando los dulces labios del joven con hambrientos besos, sin parar de degustarlos mientras sus manos arrasaban el cuerpo de éste con caricias salvajes.
—Me enloqueces Ace —susurró Marco muy cerca del oído del menor mientras. —¿Qué me has hecho?
—¿Eres mío Marco? —preguntó desesperado el pecoso aferrándose al cuerpo de su amante. —¿Lo eres?
—Sólo tuyo —el mayor volvió a devorarle la boca hasta dejar los labios del pelinegro ardiendo. —Como tú eres mío.
—Entonces no me dejes —le rogó su compañero iniciando él otro beso demandante. —Nunca.
—¡Jamás! —Marco rompió el beso para mirar fijamente a los ojos negros que lo miraban con placer. —Ace…
—Marco —dijo el chico en un débil susurro. —Mío.
—Mi Ace... —el primer comandante estaba embrujado por aquella voz, se había vuelto adicto a su cuerpo y a su sonrisa. Y sus pecas… si fuera posible besaría cada una de ellas.
—¿Marco?
—Ace... —Ya no podía negarlo, Marco se había enamorado del más reciente miembro de la tripulación de su padre. —Ace…
—¡Oye! —su fantasía terminó cuando un fuerte grito resonó directo en su oído, despertándolo en el acto.
—¿Qué? —rugió Marco al ser traído a la realidad de tan maravilloso sueño y lo que era peor, con un no tan pequeño problema entre sus piernas. —¿Qué sucede?
—¿Estás bien? —le preguntó Ace que estaba a su lado con cara de preocupación. —Estabas hablando en sueño y pensé que tenías una pesadilla.
—Estoy bien —dijo el rubio mientras se acomodaba en la improvisada cama dándole la espalda a su compañero. —No es nada, duérmete.
—¿Estás seguro? —el menor tocó su rígido hombro con su cálida mano. —Te estabas quejando y me-
—¡Ace! —lo que menos necesitaba en esos momentos el moreno era que el otro lo tocara. —Sólo fue un sueño.
Marco se levantó para dirigirse a la ventana y tomar un poco de aire con la esperanza de calmar su cuerpo con el aire frío, él no quería gritarle al menor, no le gustaba gritarle a nadie a menos que lo mereciera, pero Ace no tardó en seguirlo y colocarse como una estatua detrás de él para su fastidio.
—Me estabas llamando... —comentó Ace con algo de nerviosismo. —¿Soñabas conmigo? ¿Era algo malo?
—B-bueno —¿Cómo iba a ser un mal sueño si te estaba haciendo mío? —Marco sentía la presencia de Ace demasiado cerca, y su cuerpo comenzó a temblar ¡Y la maldita erección no se iba! —Ya no recuerdo que estaba soñando.
—¿Puedes al menos mirarme?
La voz fastidiada del pecoso lo hizo saltar y se asombró cuando éste lo tomó del brazo para darle vuelta y enfrentar sus miradas. Si sólo hubiera sido ese movimiento Marco hubiera podido disimular y librarse lo mejor posible de aquella situación.
Pero el dulce y tarado de Ace no se le ocurrió una mejor idea que acercar su cuerpo al de él con tanta rapidez que sus cuerpos chocaron. El rostro de Marco se prendió en rojo cuando vio como Ace se congelaba y después dirigía su mirada a su entrepierna. Si tan sólo la erección hubiera desaparecido, el menor no la hubiera notado cuando chocó con él.
—Ace... no es lo que piensas —trató de defenderse Marco.
—Estás cachondo —el menor se alejó de él con pena en su voz. —¿Estabas soñando con…conmigo?
—¡No soñaba contigo! ¡Soñaba con otra persona! —sentía que con cada palabra metía más la pata y no pudo seguir mirando al otro a los ojos. —Les sucede a todos los adultos. —¡Cállate Marco! ¡Cierra el puto pico!
Ace parpadeó confuso por un momento hasta que una pequeña sonrisa apareció en sus labios y Marco maldijo en su mente cuando sintió como el menor volvía a acercarse peligrosamente a él.
—Por favor… —con aquella simple petición los ojos de Marco observaron al chico frente a él. —… mírame.
—… —¿Me está sonriendo? —¿Ace?
—Me gustas mucho —le confesó el pecoso. —Desde hace demasiado tiempo.
Las finas cejas de Marco se alzaron con el asombro de la noticia y no tuvo tiempo de contestar cuando el menor lo tomó de la camisa y le robó un beso tímido pero que le supo a gloria.
—Tú... —di algo… no te quedes callado como un idiota. —… tú…
—¿Soñabas con esto? —le preguntó el moreno con una sonrisa tímida. —¿Me estabas follando?
—Ace… —maldita juventud de hoy en día que no sabe de modales… ¡Aunque él si quería follárselo, le daba algo de vergüenza escuchar a Ace decir eso, porque se endurecía más! —y el muy desgraciado sonríe, que no se arrepienta después.
Al diablo con todo. Marco tomó al pelinegro por la cintura, logrando que sus cuerpos se juntaran y lo que le permitió frotar su erección para que el menor la volviera a sentir. Para que sintiera lo que él le provocaba.
Un fuerte sonrojo apareció en el rostro de Ace quien cerró los ojos para después reclamar un nuevo beso pero esta vez más profundo y demandante que Marco no tardó en aceptar y seguir el ritmo.
Al rubio le fascinó descubrir que esos labios sabían tan bien y se estaba haciendo adicto a ese sabor. Sus lenguas se unieron a la entrega acariciándose con pasión y explorándose sin límites. Así fue como entre besos húmedos y caricias ardientes regresaron al lugar donde habían estado durmiendo. Con cuidado ambos hombres se recostaron sobre las desordenadas mantas.
—Eres perfecto Marco.
—Mentiroso —contestó con la respiración agitada. —Tú si eres perfecto.
—Gracias —el primer comandante sonrió ante la modestia del menor. —¿Qué?
Las mejillas de Ace se volvieron más rojas al ver la mirada divertida de Marco y con algo de vergüenza levantó sus manos para tomar el rostro de éste para volver a besarlo por un largo tiempo hasta que el rubio rompió el beso para descender por el cuello del pecoso, ganándose pequeños suspiros de la boca de su amante, y se iba prendiendo más y más.
—Delicioso —el moreno se relamió los labios antes de empezar a bajar por el cuerpo desnudo del más joven, besando cada rincón que encontró, enloqueciendo al chico que comenzaba a moverse bajo él buscando ser acariciando con más fuerza. —Lo quiero todo.
—Marco por-por favor —le suplicó Ace moviendo con más fuerza sus caderas para hacer contacto con el cuerpo del otro. —Apúrate.
—Déjame disfrutarte Ace —le rogó Marco lamiendo otra vez sus labios al contemplar el estado en que se encontraba el joven. Totalmente rojo, luchando por aire y con el cabello algo alborotado. Quería ver qué más podía provocar en ese cuerpo.
Por su parte, Ace estaba en el cielo. Ni en sus sueños más locos pensó que Marco le correspondiera ni menos que pudiera sentir tanto placer con unos simples besos y caricias. Los ojos negros del pecoso se llenaron de deseo cuando vio como el mayor se separaba de él para después quitarse su ropa y luego la del menor, quedando ambos desnudos.
—Marco.
El segundo comandante ya se había besado con otros hombres antes y claro que había visto a muchos hombres desnudos ¡vamos que él también lo era! Pero observar el cuerpo completamente desnudo de Marco hizo que su libido se disparara y comenzara a devorar al rubio con la mirada, mirando con admiración el enorme tatuaje azul oscuro que el rubio tenía en el torso.
—¿Estás seguro de esto Ace? —por mucho que el mayor quisiera hacerlo suyo y de la obvia mirada de deseo del otro, él no quería obligarlo.
—Quiero hacerlo... —el chico no tenía dudas de que quería llegar hasta el final y no tenía miedo de que Marco descubriera que era virgen. Le daba vergüenza que el otro lo notara, pero lo deseaba demasiado como para detenerse por eso. —pero jamás… ¿entiendes?
—No te preocupes —con delicadeza el rubio acarició la mejilla del chico pecoso. —vamos a disfrutarlo mucho.
Ace le entregó una sonrisa para darle permiso y Marco no perdió el tiempo. Con firmeza, el rubio tomó una de las piernas del menor y comenzó a besar la piel de los muslos mirando de reojo al pecoso que ahora se cubría el rostro con el brazo.
Los besos por las firmes piernas de Ace continuaron por un tiempo hasta que éste dejó escapar un gemido contenido cuando sintió la mano de Marco atrapar sus sexo.
—Mmm… —los siguientes segundos se hacían eternos para el pobre chico que comenzó a aferrarse a las sábanas buscando algo que lo distrajera de la tortura que Marco le daba a su cuerpo. —Aaahh…
—Eres mío Ace —Marco se dedicó a respirar sobre el miembro del chico para después usar su lengua para acariciar el rígido órgano. —y yo soy tuyo.
Cuando Marco tomó el pene del chico en su boca, éste no pudo evitar un gemido gutural que retumbó por todo el lugar. Fue una simple y húmeda caricia antes de que las manos del primer comandante tomaran el relevo y comenzara a bombear su miembro.
—¡Marco!
—Tranquilo —los ojos del rubio no perdían detalle del cuerpo o del rostro del menor. El deseo que Ace le mostraba en su mirada lo hizo estremecer y con lentitud se llevó algunos dedos a su boca para humedecerlos. —No te haré daño.
Cuando sus dedos estuvieron listos los introdujo lentamente en la entrada del pecoso que se tensó al sentir la intrusión y al ver el gesto de molestia que deformó aquel hermoso rostro, Marco se inclinó para besarlo.
El beso funcionó, y el rubio pudo mover sus dedos con mayor facilidad por el estrecho canal, abriéndose paso hasta encontrar el punto que hizo a Ace dar un grito de placer lo que terminó por enloquecerlo.
Con una sola mirada el primer comandante le hizo entender a su compañero lo que vendría y éste colocó sus rodillas sobre su pecho totalmente expectante por lo que vendría. La vista maravilló a Marco y con movimientos torpes se posicionó cerca de la palpitante cavidad del menor donde se adentró apretando sus dientes por el placer.
—Ahh… —el sentir como las paredes de Ace le abrazaban con deseo lo superó y llevó sus manos a las caderas de éste, enterrando las uñas en la piel y reclamando un nuevo beso antes de empezar un vaivén.
Una mezcla de dolor y deseo recorrió el cuerpo del pecoso al sentirse invadido, y aunque no quisiera reconocerlo, la molestia superaba por mucho al placer y para calmarse comenzó a respirar arrítmicamente, lo que le dio a entender a Marco la incomodidad del otro y por esto redujo la velocidad de las estocadas.
El pelinegro suspiró despacio al sentir el cambió de ritmo y poco a poco el placer fue ganando terreno hasta ser la única sensación que sentía por todo su cuerpo. Con el deseo ya palpitando con fuerza en su interior, Ace abrió un poco más las piernas lo que le permitió a Marco un mejor acceso y acariciarlo con estocadas más profundas y rápidas.
—¡Marco!
—Mmm… Ace.
El mayor entendió el mensaje y comenzó con un vaivén más rápido rozando con fuerza las terminaciones nerviosas de aquel túnel para después golpear la próstata lo que hacía que las paredes internas lo abrazaran aún más.
—¡M-marco! —volvió a gritar el menor. —Ya... por-por favor yo —pero no necesito terminar de hablar ya que su amante tomó su miembro y comenzó a masturbarlo al mismo tiempo que lo penetraba.
Las manos de Ace acariciaban con angustia la espalda, los brazos y el pecho de Marco grabando cada detalle de ese cuerpo queriendo fundirse con él una y otra vez. Quería disfrutar de estas emociones, de la compañía y del amor que el rubio le daba. Todo esto se reunió en su pecho, bajo a su abdomen y terminó explotando por su miembro al mismo tiempo que el pelinegro dejaba un beso el tatuaje en el pecho de Marco.
—¡Ah! —al eyacular el joven sus paredes se contrajeron estrujando el pene de Marco lo que provocó que éste terminara viniéndose con fuerza bañando el interior de su amado y cayendo exhausto sobre él. Se abrazaron con ternura y ambos se miraron con amor.
—Ace... —le susurró Marco mientras besaba su frente, respirando con fuerza lo que hizo que se movieran algunos de sus negros mechones. —te amo.
El cuerpo del más joven comenzó a temblar al escuchar esas palabras. Envolvió sus brazos en el cuello de Marco para pegar su rostro al cuello y que el otro no notara la pena en sus ojos. Él nunca creyó que alguien podía decirle aquellas palabras con tanto cariño… con tanta devoción.
—Yo también —claro que amaba a Marco… pero aún no era totalmente sincero con él. —aún no te he hablado de ese hombre… de quien soy en realidad. —Te amo mucho.
Ambos comenzaron a dedicarse palabras dulces y robando pequeños besos el uno al otro, y jurando que siempre, sin importar que, ellos estarian juntos.
El día del carnaval y por algún milagro o fuerza divina, Luffy se había despertado temprano y permaneció recostado en su cama sin sentir sueño, algo muy raro teniendo en cuenta que él caía dormido con sólo colocar la cabeza en la almohada. Pero él no podía parar de pensar en el sueño que había tenido aquella noche y se sentía confundido.
Luffy no entendía porque aun con todo lo que se esforzaba para ver el rostro del hombre de sombrero de paja, siempre despertaba antes de lograrlo. Con una mueca de decepción, el chico se levantó con lentitud ya cansado de pensar tanto y se dirigió al baño para tomar una ducha y así poder despertarse por completo.
Una vez salió de la ducha, se vistió y se acercó a la ventana para mirar el amplió cielo que estaba totalmente despejado. La fría brisa marina de la mañana acarició su rostro y eso le ayudo a relajarse y con renovadas energías salió de su habitación para bajar al comedor.
Una vez logró llegar a su destino, se encontró con Coby y Helmeppo que estaban por sentarse a la mesa para servirse los alimentos que Nami colocaba frente a ellos y cuando la chica notó su presencia se quedó petrificada.
—¡Señorito! ¿Pero qué hace despierto tan temprano? — habló la joven asombrada. —¡Si aún son las nueve de la mañana!
—No podía dormir y tengo hambre —dijo sentándose al lado de Coby y quitándole una tostada con mermelada. —¡Está delicioso Nami!
—Señorito no le quite comida al señor Coby y espere a que yo le sirva.
—Descuide señorita Nami —la interrumpió el joven marine. —por mí no hay problema.
—¡Gracias! —le respondió alegre Luffy mientras seguía sacando la comida del Sargento Mayor.
Nami no objetó nada más ya que eso significaba que no tendría que preparar más comida y se retiró para despertar al vicealmirante y a Zoro, siendo el último quien le hizo pasar un mal rato al no querer despertarse.
El resto de la mañana estuvo relativamente en calma. Nami comentaba emocionada de las cosas que podían ocurrir en el palacio, la gente que podían ver o de la ropa que usaría. Por su parte, Luffy y Zoro hablaban de aventuras, sus sueños y le hacían algunas bromas a Helmeppo cada vez que éste hablaba de su grandeza o de su padre, que ni Garp parecía conocer. Coby simplemente los miraba haciendo uno que otro comentario.
Después llegó la hora del almuerzo, un evento que Nami nombró como "la más ruidosa de las comidas que hubiera presenciado hasta ahora". A pesar del desorden que quedó en la mesa, la chica lo paso bien y no fue un gran problema porque Coby la ayudo, lo que animó a que Luffy los acompañara y más risa surgieron.
Ya avanzada la tarde, cada uno se fue a prepararse para asistir al carnaval y después ir al palacio. Los primeros en bajar fueron Coby y Helmeppo vestidos ambos con un terno blanco, camisas del mismo color, con decoraciones doradas y un pañuelo azul oscuro con el emblema de la marina. La segunda fue Nami, con un ajustado vestido azul claro, un echarpe y un pequeño bolso blanco.
—Cualquiera diría que no es la misma sirvienta de la mañana —le comentó sorprendido Helmeppo a Coby al oído. —Es muy bella.
Después de Nami fue el turno de Zoro para aparecer. El espadachín iba vistiendo un traje verde oscuro con una camisa y pañuelo de color blanco con adornos plateados. Había cambiado sus aretes dorados por unos del mismo color de sus ornamentos. Se veía elegante y muy guapo por lo que se ganó las miradas de los demás hasta que llegó Luffy un poco más atrás de él.
—Si no te conociera pasarías por noble —comentó con burla Zoro, lo que causo risa a Nami ya que podía decirse lo mismo de él. —¿Estás cómodo?
—¡Claro que no! cuesta caminar con esto... — se quejó el pequeño que vestía con un traje y pañuelo negro, camisa roja, y adornos dorados.
—S-se ve muy bien joven Luffy —habló Coby que no perdía de vista al pelinegro.
—Gracias, pero me siento raro —aseguró el pequeño. —siento que la ropa me asfixiara.
—Claro que te vez bien, después de todo eres mi nieto ¡Bwahahahaha! —exclamó Garp cuando llegó al vestíbulo de la casa. —Pero no hay tiempo que perder que el carnaval comenzará pronto.
—¡Cierto! ¡Vamos chicos! Quiero ver el desfile de carros, el baile de máscaras y los juegos artificiales —comentó Luffy con alegría mientras corría a la salida seguido de Zoro, Coby y Helmeppo.
—¿Llevan sus máscaras? —les preguntó Garp. —¡oigan!
—Descuide señor, las llevo yo —le habló Nami mientras se despedía del anciano. —pero mejor me doy prisa antes de que los pierda de vista
Así partieron los cinco jóvenes, sin que ninguno de ellos sospechara que aquella noche forzaría el inicio de su aventura, para bien y para mal.
