Capítulo III. La cruda realidad.
I
Dos y media de la tarde.
Katherine bajó de su automóvil de forma automática y practicada de hacía tres meses, cargando consigo su arco negro y sus flechas, andando con prisa en dirección al edificio departamental no sin antes colocar la alarma al Cruze por aquello de las dudas; ahora ya no tenía necesidad de buscar dónde esconder su vehículo para evitarse alguna multa, puesto que tenía la autorización para entrar al estacionamiento privado del edificio. El día actual estaba nublado y bastante fresco.
-Buenas tardes, Bip. –Saludó al portero con toda la confianza del mundo, apenas mirándole al pasar por la puerta.
-Señorita Kate. –El sujeto se vio un poco preocupado. –El señor…
-Lo sé, lo sé, descuida. –Hizo una curiosa mueca con los labios al entrar al elevador, que ahora SI estaba de servicio y no fingiendo descomponerse como se supone que los elevadores hacen. –Ya me encargaré de eso.
-Es lo que me temo. –Había susurrado el portero, obsequiándole una sonrisa afectuosa antes de que las puertas se cerraran frente a la chica.
Aquella niña con ojos de zafiro, sin duda, había traído un poco de luz a aquél departamento; se había mostrado como una chiquilla obstinada, presuntuosa, bastante desconfiada en temática propensa al doble sentido… pero era noble y terriblemente sincera, algo inusual en su clase económica. Kate, en esos meses entrenando junto a su maestro, había hecho lo que los otros arqueros que entrenaban con él no hacían; se esmeraba en darle gusto a pesar de su usual escándalo de reproches infantiles, y él, por su parte, se esmeraba en hacer parecer que todo en su vida de adulto era perfecto. Sin embargo, como en toda relación en las que dos personas convivían demasiado, las situaciones más profundas solían salir a flote por si solas.
Kate pasó la llave que le había pasado su maestro por la cerradura de abajo, segura que el muy vago no había siquiera puesto la alarma ya que no le había contestado las diez llamadas reglamentarias para despertarlo del denso sueño en el que se sumergía tras una intensa madrugada trabajando.
-Viejo. –Abrió la puerta con cuidado y despacio, demasiado precavida. –No me digas que sigues dormido a las tres de la tarde…
Había penumbra en el departamento, pues las cortinas no habían sido abiertas para recibir el sol otoñal clásico de esas horas de la tarde; pasó con mucho cuidado a través de los desacomodados muebles, la penumbra misma, ropa y otras cosas indescifrables (de las que realmente no quería saber, por su bienestar mental); se detuvo abruptamente justo antes de pasar el arco hacia la sala, esperando sinceramente que la visión que esperaba de su maestro no fuese peor que la ocasión en que lo encontró besándose con una chica desconocida a la que tenía contra la pared… el horror. Tras ese espantoso incidente, que la mantuvo sin apetito durante una semana, Clint la convenció de regresar bajo muchas llamadas y disculpas, por lo que terminó ganándose el prefijo de "viejo pervertido".
-Clint. –Volvió a llamar en la penumbra, sintiendo un espantoso hormigueo en el estómago al recordar aquello, una horrible punzada que la hacía sentirse furiosa y temerosa al mismo tiempo. –Clint, ¿estás en casa?
-Estoy. –Dijo una muy grave voz entre la oscuridad.
Pegó un grito de susto al verse sorprendida por aquella voz traída desde lo más profundo de la penumbra, retrocediendo hasta que perdió el equilibrio estúpidamente con algo que parecía una bota, tropezándose con ella y cayendo sentada al suelo contra la pared; aquella acción provocó que se corriera un poco la cortina que cubría parte del amplio ventanal, dejando pasar un poco de intensa luz solar. Clint se encontraba tirado boca abajo en el sofá más amplio vistiendo un ajustado pantalón negro y solamente una de las botas puestas, el torso descubierto y parcialmente dormido. Tan pronto le dio de lleno la luz solar en la cara, levantó la cabeza un poco y abrió uno de sus ojos claros, contemplando a la niña vestida en mezclilla oscura y blusa blanca de tirante ancho, el negro cabello lacio sobre los hombros hasta donde debería haber pechos, la cual tenía cara de susto, el arco y las flechas tirados en direcciones opuestas perdidas entre el caos de prendas sobre el suelo.
-¿Sábado? ¿Qué hora es? –Cuestionó con la mayor calma del mundo.
-Las tres, anciano. Y deja de llamarme Sábado, soy Kate. Kate. –Frunció el ceño, sumamente molesta y con un leve sonrojo de vergüenza sobre las mejillas. -¿Qué no se supone que los adultos mayores duermen menos horas y madrugan como los gallos?
-No cuando llegas a las cuatro de la mañana. –Susurró, debiendo incorporarse en ese momento sin remedio hasta tomar asiento sobre el dichoso sofá, visiblemente dolorido. Notó entonces que no llevaba camisa alguna encima. -¿De verdad son las tres de la tarde?
-Dos y media. Igual son demasiadas horas durmiendo, desde las cuatro hasta ahora. –Kate se incorporó también, ya más recuperada del susto y de sus ideas paranoicas, dejando pulcramente a un lado su arco y sus flechas por sobre la repisa de cristal, alzando un poco las manos en la penumbra. -¿Al menos fue productiva tu noche?
-Exitosa, si. Pero muy cansada.
Como normal para ella, Kate abrió todas las cortinas para dejar entrar la luz solar, fulminando a su desvelado maestro; antes de que pudiese recuperarse de aquél ataque tan traicionero, la chica se había acercado a él en una especie de costumbre adquirida y le había tomado del mentón para verle la cara con toda la delicadeza que puede tener una niña enojada en busca de heridas. Ante las quejas de él mismo por tan cruel trato y por las heridas que si tenía en el rostro (unos cuantos cortes que él consideraba insignificantes), la chica se dirigió hacia la cocina en su plan de enfermera improvisada para sacar de arriba del cromado refrigerador un botiquín gris, el cual tenía bastante uso desde que ella había llegado y se había acostumbrado a usar al verlo llegar en tan lastimera condición. Contempló finalmente con nitidez a aquella chiquilla justo cuando el distintivo olor a alcohol le daba de golpe en la nariz, y le llenaba de un intenso dolor por sobre la ceja, donde había un corte de tamaño interesante.
-Agh, maldición. –Susurró con levedad, intentando mover el rostro sin mucho éxito como reacción.
-Es tu culpa por no tener cuidado contigo mismo. –Reclamó la chica como si estuviese hablando con un chiquillo necio.
-Kate, ¿podrías ser más sutil? –Bromeó con ella, mientras la chica se empeñaba en pasarle el antiséptico por otro corte en la cara, tras haber cubierto el primero con una venda adhesiva. –Me estás lastimando de más.
-Estoy siendo muy sutil, tú eres el viejo quejumbroso. –Le pegó otra cinta más sobre aquella herida, haciendo una suave presión con la yema de los dedos para evitar que lloriqueara nuevamente. –Bueno, ya está. ¿Has comido algo?
-Honestamente…
La chica se había incorporado antes de que él pudiese decir algo más, sabiéndose la respuesta de memoria, y se dirigió hacia la cocina nuevamente con el botiquín en la mano para así colocarlo en su usual lugar sobre el refrigerador; acto y seguido comenzó a levantar todas las cosas que se encontraban tiradas en su paso, así como ordenar en parte la cocina, que parecía haber sobrevivido a un terremoto de niveles catastróficos durante su ausencia. Clint tuvo que sonreír al ver cómo la chica se movía con bastante naturalidad por sobre ésta, teniendo que levantarse del sofá por completo (escuchando literal sus huesos tronar por falta de movimiento), colocándose una camiseta interior sin mangas color gris al estar poco complacido de que ella viese su torso cicatrizado… nuevamente.
-No, solo llegué y me tiré a dormir en el sofá. –Se recargó en la barra, ignorando su punzante dolor por cada una de sus heridas, así como de aquellos golpes que todavía no eran visibles, mientras observaba danzar a aquella niña por la cocina con toda la naturalidad del mundo. Eso de caerse no era cosa suya. –No tienes por qué hacer esto, Kate.
-No tengo por qué, pero me da gana hacerlo. –Le miró apenas de reojo, cerrando el refrigerador con el pie tras haber sacado algunos ingredientes que seguían vivos. –Me siento cómoda haciéndolo en realidad, además de que en casa no me dejan mover un dedo con toda calma. En todo caso, deberías estar contento ya que te conviene, no te estés quejando.
-¡Pero si no me he quejado!
-Eres un sinvergüenza, Clint.
-Quién te entiende, mujer. –Pero sonreía con tranquilidad sin dejar de mirarla.
Ella levantó la mirada tan solo una fracción de segundo, cruzándose con la grisácea mirada de él, sintiendo un chispazo de certeza en el pecho; dejó una taza de café sobre la barra frente a él, y bajó la mirada de nuevo para seguir en su labor de preparar emparedados. Miraba sus manos moverse tal como lo hacía nana Vivi en la cocina, y se sonrió con levedad.
-No me conviene que estés dormido mientras me entrenas, aun tengo en mente cuando sucedió la masacre de las palomas, anciano.
-No estaba dormido. –Se quejó a medias, llevándose la taza con el café a los labios.
-Estabas ebrio, que es peor. –Le puso el plato en frente con varios emparedados preparados de forma sencilla, y volvió a mirarle intensamente. –Y no quiero tener el mismo destino que todas esas pobres aves.
-Tampoco es mi culpa, ¿sabes? –Inclinó la cabeza, pero sonreía. –Los blancos móviles se parecían mucho a esas palomas, habrá que pintarlos de otro color.
-Solo come, ¿quieres?
Lo hizo, porque si estaba muriéndose de hambre… y si estaba ebrio en esa ocasión, algo que ella, estaba seguro, no olvidaría jamás y se encargaría de recordárselo a cada instante; mientras almorzaba, Kate, estresada por el caos en el que su desaliñado maestro estaba viviendo, comenzó a levantar cosas del suelo y a abrir ventanas para ventilar, doblando ropa por sobre el sofá, juntando zapatos y botas que atentaban contra su libre andar… ¿en qué momento había sucedido todo esto? De forma inexplicable se había generado confianza entre ambos, una confianza de amigos cercanos a pesar de que el viejo le llevaba catorce años de diferencia. ¿Qué era lo que ella sabía de él hasta ese momento? Que era policía, si, y que tenía muy poco cuidado en sus rondas nocturnas a la hora de cazar delincuentes, por eso el setenta por cien de las veces venía golpeado. También sabía que era un desobligado hasta decir basta. Sabía que era divorciado, que tenía un niño pequeño, que su ex esposa se llamaba Bárbara y lo había dejado por irresponsable. Sabía que bebía un poco más de la cuenta los fines de semana. Sabía que era un mujeriego empedernido, o al menos eso parecía ya que las mujeres le sobraban. Sabía que tenía un amigo muy íntimo llamado Steven… sonó el teléfono fijo en ese momento, interrumpiendo todos aquellos pensamientos en los que estaba profundamente sumida. Antes de que su torpe maestro interrumpiera su desayuno-almuerzo, se lanzó a contestarlo ya que estaba en el mueble bajo la tv, despegando el aparato inalámbrico de la base y se lo llevó al oído, recibiendo una mirada desaprobatoria por parte de él, aunque tampoco es que haya inmutado demasiado.
-¿Diga? –Exclamó ella, mientras escuchaba de fondo a su maestro susurrar "¡sábado!" como reclamo.
-¿Quién habla? –Cuestionó una voz femenina al otro lado de la línea, la cual tenía un acento bastante fuerte y golpeado.
-Está hablando usted con la asistenta personal del señor B. –Comenzó ella, provocando que Clint ahogara una risa por eso, convenciéndolo de que a veces estaba más loca que una cabra. –En este momento no puede atenderle, si gusta dejar un mensaje yo…
-¿Puedes pasarme a Clint, por favor? –Ordenó con frialdad aquella voz, que pareció no hacerle gracia el comentario (o no se creyó lo de la asistenta, que era lo más probable).
Sintió una horrible punzada en la boca del estómago al escuchar aquello, cortando de golpe las palabras que estaban por escapar de sus labios. Se levantó con bastante seriedad del sofá, el teléfono en la mano derecha, ante la mirada curiosa y extrañada de Clint, acercándose a él para extenderle el aparato mientras sorbía un poco de café, y pudo notar que se miraba entre avergonzada y molesta.
-¿Qué pasa, Kate? –Susurró con levedad, frunciendo levemente el ceño. A pesar del tiempo, no estaba acostumbrado a verla tan seria, como una niña regañada.
-Una mujer con muy mala actitud te llama. –Dijo en el mismo tono de voz que él, intentando que no se le notara que estaba a punto de quebrársele. –N-no sé, tal vez porque tiene la voz algo fuerte.
-¿Fuerte? Oh, ya veo. –Tomó el aparato y le dirigió una sonrisa calmada. –Descuida, ella es así. –Se llevó el auricular al oído y desvió la grisácea mirada de ella. –Diga… ah, hola Nat, ¿pasa algo?
En ese instante Kate pudo contemplar algo distinto en su maestro, algo que jamás le había visto a pesar del tiempo que tenían conociéndose; observó cómo su rostro tranquilo había cambiado radicalmente al escuchar la voz de aquella mujer a través del aparato, sonriendo como si fuese un adolescente retrasado enamorado… por dios, tenía treinta años, debía comportarse como un anciano de su edad. Nat. Esa chica le gustaba, ¿no? Descubrió que esa "Nat" le caía bastante mal.
-Es Kate. –Continuó hablando él, jugando con la taza de café. Incapaz de seguir escuchando eso, la chica se dio media vuelta y se dirigió hacia el vitral. –Sí… ¡Claro que no! Es una niña, por Dios. ¿En qué concepto me tienes, Nat? Tú bien sabes que…
Tomó su arco y sus flechas con cierta impetuosidad, dirigiéndose hacia la terraza, sin querer escuchar un minuto más de aquella estúpida plática de colegial enamorado que tenía; abrió la puerta corrediza, sintiendo la brisa revolverle el cabello, y la cerró tras ella con algo de fuerza sin que lo deseara completamente, sin que por ello se interrumpiera la absurda cháchara de su maestro.
II
Se dejó caer suavemente sobre el barandal transparente que rodeaba el perímetro de la amplia terraza, cuyo suelo era color terracota, sintiendo que aquella brisa se estaba volviendo un poco más fría que antes; se sentía harta, asqueada, ¿celosa? Bah, ¿por qué habría de estar celosa? No era su novio o algo por el estilo, solo un maldito viejo pervertido. Tomó su arco y lo alzó, contemplando la loma adyacente así como los troncos de los olivos, y pensó que a esa distancia serían un buen blanco para ella; tomó una de las flechas sin mirarla del todo, colocándola en su arco para lanzarla… percatándose de que no eran las suyas, pues tenían vistosas plumas cortas color naranja y amarillo. Convencida de que sería una grandiosa venganza contra él el hacer que fuera por ellas en plena tarde, comenzó a lanzar una tras otra sobre los troncos de los olivos a más de 20 metros de ella.
-Viejo idiota. –Susurró para sí, sintiendo algo anudado sobre su pecho.
Se relajó notoriamente tras unos quince minutos de perder flechas entre los troncos, atinando a dibujar una tenue sonrisa cuando se fuera y las dejara todas regadas por el lugar; no tenía motivo alguno para sentirse furiosa en contra de él, era su maestro y solo eso… aunque personalmente prefería a su decidido maestro, ese que aparecía cuando estaba entrenando con ella, atento, firme, serio pero relajado, no a ese deprimido idiota que aparecía tras las llamadas de su ex… y de esa mujer. Su simplicidad le daba asco.
-Odio a los hombres. –Susurró para sí misma.
Apuntó en dirección a la parte más alta de la loma, donde se encontraba un pequeño pino vistoso entre los olivos, al parecer un árbol que había crecido caprichosamente a diferencia de sus compañeros sembrados por la empresa encargada del campo; en línea recta eran 35 metros, quizá un poco menos del máximo que podía con su arco pre fabricado. "Nat." La punta de la flecha tembló un poco, sintiendo un rubor subir hasta sus mejillas de forma inexplicable. ¿Qué es lo que estaba pasando con ella?
-Espera, Kate.
No se había dado cuenta en qué momento Clint había terminado aquella melosa llamada y había salido a la terraza, ni mucho menos sabía cuánto tiempo tendría el muy malvado tras ella, observándola; sintió sus manos sobre los brazos de ella, estando justo detrás de su cuerpo, acomodándolos correctamente para tirar. Involuntariamente comenzó a temblar, como si la hubiese atrapado haciendo una avería, como si hubiese sabido cuáles eran sus pensamientos en ese momento…
-Mal –Exclamó él, dándose cuenta como siempre, mientras se colocaba a su lado. Allí era cuando Kate lo admiraba en secreto, cuando entraba en su papel de maestro y se comportaba completamente diferente, como si aquél sujeto al que le importaba un carajo el mundo se desvaneciera, dejando al arquero. –Tienes que estar al pendiente de tu alrededor, aleja cualquier pensamiento distractor de ti. Enfócate en tu objetivo.
-Es difícil contigo a un lado, anciano. –Se le escapó decir, aun sosteniendo el arco tenso con la flecha.
-¿Qué quieres decir con eso? –Se extrañó un tanto.
Soltó la flecha en ese momento, y ésta cruzó limpiamente el cielo en una bella parábola. Hubiese sido un tiro excepcional, pero una ráfaga de viento más fuerte que la brisa normal la desvió sin que pudiese evitarlo, provocando que se perdiera entre el mar de olivos.
-Diablos. –Susurró.
-No dejes que las emociones te nublen.
-Lo dije un sujeto que besa el suelo de quien no le corresponde.
Kate había tomado otra flecha, esta vez de las suyas para evitar que el anciano se diese cuenta, y tiró casi sin esperar en dirección al pequeño pino; fue ligeramente más recta, pero no alcanzó su objetivo por mero descuido de ella misma, pues estaba temblando de forma incontrolada. Clint, al escucharla, sintió una intensa punzada en el pecho… la niña no era tan ajena a su vida, después de todo.
-Aun eres muy joven para comprender lo que es el amor no correspondido. –Contestó él, intentando verse sereno, aunque había en él un extraño nerviosismo. Se sintió descubierto y vulnerable bruscamente.
-Sí, es verdad. –Tomó otra flecha de forma inmediata, tras un suspiro cansado, tratando de no verlo fijamente; apuntó nuevamente, contemplando un leve destello al lado del pino. –Ya me tocará algún día sentir eso, ahora tengo otras prioridades.
-Realmente espero que no conozcas ese sentimiento, Kate.
Se detuvo un momento, respirando con calma. Detestaba a esa mujer, detestaba incluso a esa tal Bárbara, su ex esposa. Se percató de que había nacido en ella un aprecio por su maestro muy parecido al que tenía con nana Vivi, y en cierta forma le enojaba el destino en el que había sido empujado por aquellas mujeres, que no parecían comprenderlo… ¿lo comprendía ella? Odiaba también a las mujeres, manipuladoras como eran. Soltó la flecha, y ésta voló limpiamente a través del cielo en dirección hacia el pino… desviándose ligeramente para ir a estamparse contra un amplio ventanal escondido detrás de aquél pino, el ventanal de una casa vecina escondida en la loma y entre los árboles de olivo; el estrepitoso ruido fue audible para ambos a pesar de la distancia, haciéndoles ver que era un ventanal de interesante tamaño, provocando una mueca de horror a ambos arqueros.
-No creo que se hayan dado cuenta de que ha venido desde acá. –Susurró ella, sin dejar de mirar el caos que debió haber pasado por culpa de su flecha. –Está bastante retirado.
-Creo que recuerdas que soy el único arquero por este lugar, el dueño del parque lo sabe. –Contestó él, helado, convencido de que esa mujer, molesta, era toda una calamidad.
-Finjamos que esto nunca pasó. –Alzó los hombros suavemente.
-Mejor… apunta a otra dirección mientras afinas tu puntería. Ya me las veré con las consecuencias de tus actos.
-No hables como si fueras mi padre.
-Soy tu maestro, literal soy responsable de tu caos.
El resto de la tarde fue una discusión que más bien parecía una pelea infantil de quién tiene la razón y quién no.
III
El próximo sábado, cuando le tocó volver a entrenar, Kate tuvo una grave desdicha, y no fue por el usual caos en el que encontraba a Clint atrapado, ni siquiera por aquella lluvia que la había tomado desapercibida en cuanto se bajó del vehículo, por lo que terminó frente a la puerta de su maestro hecha una completa sopa… y arrancándole una sonora carcajada tan pronto la miró escurriendo sobre su suelo. No, no fue eso.
-No es gracioso. –Susurró con levedad Kate, tiritando de frío.
-Tienes una suerte de gato negro. –Soltó el rubio maestro, conteniendo su deseo de seguir riendo. –Pero como ya se ha agotado tu mala suerte del día, no creo que pueda empeorar. Ven, te prestaré algo seco mientras tanto.
Y así, Katherine estuvo sentada en el sofá de Clint, mirando llover por el gran ventanal que daba hacia la terraza, usando una larga camiseta color azul cobalto que le pertenecía a su maestro, después, claro, de haber limpiado los rastros de humedad que había dejado a su paso desde la entrada hasta el baño, que estaba justo al lado del dormitorio. Su maestro se encontraba en éste, tomando una ducha tras haber terminado hecho un caos desde la noche anterior, y ella tan solo estaba esperando si la entrenaría ese día con todo y lluvia o… harían algo más, tal como él había especificado. Se sonrojó intensamente sin motivo aparente, pero antes de que pudiese siquiera formular un pensamiento, el timbre de la puerta sonó, incesante.
-Yo atiendo. –Exclamó en voz alta, alzándose para ir hacia donde la puerta con bastante calma.
Si, grave desdicha.
Abrió la puerta con bastante calma, convencida de que Bip no iba a dejar entrar a cualquier persona… y lo que estaba parado frente a ella casi la hace caer sentada en el suelo de la impresión: parada en la entrada del departamento se encontraba una hermosísima mujer que llevaba encima una elegante gabardina gris hasta medio muslo, atada con un cinto del mismo color, el rubio cabello pulcramente arreglado en ondas suaves y estéticas, las botas negras de piel con un alto y fino tacón, guantes para el frío del color del saco, el impecable maquillaje… contrastando con la adolescente de negro cabello aun remojado, y para más inri, con la camiseta holgada prestada por su maestro, bajo la cual tan solo llevaba su ropa interior, y descalza ya que sus zapatos se habían mojado sin más.
-Hola, buenas tardes. –Saludó aquella hermosa mujer, sonriéndole con amabilidad.
-Buenas tardes. –Contestó ella, cordial, sumamente avergonzada.
-Disculpa, ¿está Clint en casa?
-Claro, está en la ducha. –Se hizo a un lado levemente, considerando a aquella mujer inofensiva. -¿Es amiga de él?
-Oh, no, no lo creo. –Entró al departamento sin más, mirando a su alrededor con curiosidad. –Soy su ex esposa, Bárbara M.
Kate se quedó trabada en ese momento, volviendo a mirar con detenimiento a aquella exuberante mujer… ¿esa persona era la ex esposa de Clint? Parecía toda una modelo de pasarela, con sus ondas rubias, sus perfectos pechos, su cintura marcada y amplia cadera, las largas piernas, los ojos intensamente azules; cerró la puerta, comenzando a temblar de nerviosismo… ¿esa clase de mujeres eran las que a él le gustaban?
-Oh, ya veo, un placer. –Susurró con amabilidad, intentando no denotar su nerviosismo.
-¿Eres alumna de Clint? –Se giró parcialmente hacia ella, mirándola detenidamente.
-Sí, soy su alumna… perdone la finta en la que me encuentro. –Se abrazó asimismo, sintiéndose desnuda ante aquella mujer. –Cuando venía hacia acá me tomó desprevenida la lluvia y mi maestro me prestó esta ropa mientras se seca la mía.
-Muy típico de él, entiendo. –Tomó asiento en el descanso del sofá amplio, contemplándola fijamente. –De todos los alumnos que he conocido de él, eres el más cortés de todos. No dejes que Clint te mal influya demasiado.
-No me ha…
Se abrió la puerta del baño en ese momento, haciendo que ambas voltearan en dirección al ruido; por allí salió Clint con una toalla blanca rodeándole el cuello y un pantalón de mezclilla negro, descalzo y con el rubio cabello húmedo. Bárbara lo miró como quien ve llover, y Kate casi sufre un colapso mental ante semejante espectáculo… ¿por qué ese viejo la impresionaba de esa manera? ¿Qué diablos tenía él…?
-Kate, creo que tendremos que posponer por la lluvia, el pronóstico no es de lo más bueno. –Levantó la mirada tras cerrar la puerta tras de sí, a punto de abrir la de su habitación. –Podemos ir a… Bárbara. –Se cortó de golpe al verla, como quien mira un espanto.
-Buenas tardes, Clinton. –Saludó aquella beldad, serena. –Espero no haberte encontrado ocupado.
Hubo cierta tensión en el ambiente tras eso, pues él parecía haberse quedado congelado tras ver a aquella mujer, haciendo sentir a Kate que tal vez estaba de más en medio de ellos dos; sin decir una palabra, su maestro abrió la puerta de la habitación el tiempo suficiente para tomar una camiseta y colocársela encima, así como de meterse sus usuales botas de trabajo color café oscuro, y regresarse en un rápido andar en dirección a su ex esposa.
-C-creo que me iré ya a casa. –Dijo la adolescente, algo incómoda, notando esa nueva cara que tenía su maestro, una de temerosa incertidumbre.
-No, no. –Clint exclamó con inusual fuerza en la voz, algo que tomó por sorpresa a la chica. –Está demasiado fuerte la lluvia, no voy a dejar que te vayas así. Saldré yo unos momentos. –Miró a la rubia con el ceño levemente fruncido. -¿Me acompañas, Bárbara?
-Claro. –Exclamó la mujer con voz suave, incorporándose del sofá para hacerle compañía.
-Clint. –Susurró Kate, algo contrariada. Le sabía extraño llamarle por su nombre.
-Quédate y espérame, no demoraré demasiado. –Tomó por el brazo a Bárbara, como si la obligara a salir del departamento a tirones. –Es una orden.
Guardó silencio, sintiéndose bruscamente molesta. Observó cómo su maestro salía con rapidez con aquella esplendorosa mujer, dejándola completamente sola en el departamento tan pronto cerró la puerta tras ambos. Hubo un leve trueno que la estremeció intensamente.
