Capítulo lll
En el lago, Natori se levantó un poco aturdido luego del empujón, seguido de un colazo, que el gatito le había dado. Por un par de minutos estuvo furioso y le habría lanzado un hechizo para atraparlo de no haberse elevado tan alto, ido tan lejos en tan poco tiempo, pero después comenzó a entrar en razón y se dio cuenta de que era lo mejor.
De que incluso tendría que agradecerle por lo que hizo cuando lo volviera a ver.
Natsume era hermoso, sí, pero no quería follárselo. No al menos en lo que admitía para sí mismo, y mucho menos en lo que admitiría delante de él o de Seiji. Además, no quería serle infiel. Lo amaba, y aunque tampoco lo admitiría delante de nadie, tenía suerte de estar con él y que le correspondiera. Por él estaba ahí esa noche, para darle una sorpresa, y no solo se le había escapado de las manos sino que podría haberle dado un disgusto. Por qué se habría enterado. No sabría cómo, pero lo habría hecho y se habría puesto furioso, así que si hubiera llegado a pasar se lo diría él primero.
Es más, se lo diría de todos modos, porque aunque esa bomba adolescente de feromonas ya se había ido el rastro de su olor en su ropa, lo que lamio de su piel, bastaban para mantenerlo alterado por unas horas y no quería encargarse solo cuando podía ir con una belleza de piel seda, esbelta y flexible como un junco.
No le sorprendió demasiado encontrarlo esperándolo, lo había llamado por teléfono para avisarle que llegaría tarde por que iba de cacería, ni que de inmediato frunciera su encantadora naricilla y le preguntara que pasó.
-Natsume-kun estaba junto con el ave.-explicó.-Natsume, en los primero minutos luego de comenzar su primer celo.
Para su sorpresa, Seiji asintió. Lo sospechaba desde antes, que no tardaría mucho antes de que ese chico pasara por eso. Era así en los de su clase, los donceles con un fuerte poder espiritual, una broma del destino para que le resultaran más apetitosos, irresistibles, a los youkai que podrían intentar violarlos para preñarlos o solo para consumir su poder en esa época…
A él le había pasado incluso más joven. Calculaba que Natsume debía tener cerca de dieciséis años y él apenas cumplía los quince cuando le pasó. Pero eso no significaba que lo aprobara, y ya se las cobraría por salir en ese estado dependiendo de lo que hubiera pasado…
-No llegamos a nada. Su gato lo salvó cuando apenas intentaba desvestirlo.
Tampoco creía en el nada de Suuichi-san, pero no podía culparlo. De hecho le mandaría unos manjus al gato como agradecimiento, porque en ese estado, ningún varón que se preciara podría haber evitado sucumbir a sus encantos.
-Está bien. Pero no quiero que te alejes de mí hasta que su celo pase.
Seiji estaba particularmente comprensivo, así qué acepto. No podía confiar en sí mismo y que, sabiendo donde vivía, no iría a buscarlo.
-Vamos adentro…-ni siquiera lo delicado de la situación bastaba para disminuir su excitación, pero no creía apropiado hacerlo en el jardín frontal de la propiedad.
Seiji sonrió, enigmático como solía, y avanzó dentro.
De momento lo dejaría creer que harían lo que deseaba, pero en realidad lo haría esperar un par de horas. Era lo menos que podía hacer cuando él incluso había retrasado su celo, tomando horrorosos supresores, para coordinarlo con el de ese chico, pues lo iba a espiar cada tanto y esa semana, el lunes cuando pasó por su escuela, había notado que se acercaba el momento.
Además, Suuichi-san también tenía que inyectarse, pues un bebé no estaba en los planes de ninguno de los dos por el momento.
Seiji gemía, apoyando su cabeza contra el árbol donde Suuichi lo tenía detenido, ladeando su cuello, sus preciosos ojos cerrados. Estaba muy cerca, y sentirlo entrando una y otra vez, sosteniéndolo con fuerza de los muslos para cargarlo y jadeando cerca de oído era maravilloso; poder abrazarlo, rodeando su cuello con sus brazos, sentirse a su merced… no lo diría en voz en alta, pero le gustaba sentirse así con él, y sabía que él lo sabía, pero tenía la delicadeza de no mencionarlo.
Le dio un beso fugaz en la mejilla y lo apretó con fuerza, sus piernas bien ceñidas alrededor de su cadera, un brazo cruzando su espalda… abrió los ojos para verlo, pues eso también le encantaba, tenerlo a su lado, ya fuera vestido o desnudo, como en esos momentos, donde solo él estaba usando una camisa, la misma que se quitara Suuichi hacia un par de días, cuando comenzaron lo que ahora hacían, y que solo tomaron porque su piel podría lastimarse al hacerlo contra su árbol favorito de su jardín privado.
Con el resto del jardín no había problema. Una gran, suave manta estaba extendida cerca de ellos, entre el árbol y el pequeño estanque que tenía para sus peces de colores, y en el resto, el césped se mantenía suave o las hojas formaban mullidos montones, que dado el caso, tendrían contacto con la espalda de Suuichi cuando él se decidiera volver a montarlo.
Pero por ahora no pasaría eso, le gustaba mucho lo que le estaba haciendo.
Se apretó contra él al momento de correrse y lo miró mohíno cuando casi enseguida se separó… no era algo que usualmente le molestara, pero cuando estaba en celo no solía ser exactamente razonable… y aunque ya no era tan joven para que éste lo obnubilara por completo, y ya se encontraba en el último día, su humor mejoro drásticamente cuando él lo echo al suelo y le levantó las piernas, hincándose frente a él para seguirlo follando.
Esta vez se dejó hacer sin poner nada de su parte, solo mirándolo, dejándose empujar por un muslo con su mano mientras que la otra se afanaba en masturbarlo, aunque ambos sabían que no era por ahí por donde necesitaba sentir en esos momentos… pero Suuichi-san siempre era tan considerado…
Sus primeros celos habían sido horribles. Dos antes de conocerlo, y uno después, o más bien, solo el primer día, pero había bastado para que sintiera que era peor que los previos. Por qué ahora tenía alguien que no solo había decidido amar, sino que su cuerpo se esforzaba en reclamarle que era el indicado… de hecho creía que su celo, aun no demasiado regular, se había adelantado por él, por haberlo conocido y las ganas de que tenía de que él lo notara y estuviera estar a su lado.
Y para él también fue especial conocerlo.
Ya antes, en el colegio, se había topado con chicos que estaban en los días previos y no había pasado de que llamaran su atención mientras estaban en el mismo lugar, pero cuando le pasó a Seiji no pudo sacárselo de cabeza en días, y cuando pensó que no podría soportar más sin verlo al menos un momento y se coló en su mansión, del modo que él mismo le había mostrado una vez que se fueron juntos de noche a buscar un youkai, no pudo evitar saltar a besarlo a pesar de que se encontrará llorando y retorciéndose en el suelo.
Eso había pasado hacia años, en esa misma casa, pensó Suuichi, mirando la belleza que estaba a punto de venirse en su mano, y cuando su padre había aparecido en la puerta apenas un rato después de que él llegara, extrañado sin duda de que los habituales lloriqueos de su hijo ahora fueran gemidos, había creído que lo matarían ahí mismo, aunque en esos momentos no le importo demasiado. No le habría importado a menos que hubieran intentado separarlo de Seiji sin terminar…
Pero no había pasado nada. Se fue y un par de días después, cuando ambos volvieron a estar en condiciones de hablar con alguien, se encontraron con que sus padres ya habían arreglado el asunto, que dejarían pasar si no había consecuencias, pero que si no, solucionarían haciéndolos casarse de inmediato.
Lo miró, salpicado de gotitas blancas en su vientre, apenas curveadito, y en su pecho, sonrojado, jadeante, absolutamente hermoso con su cabello negro extendido debajo suyo, y mientras se dejaba ir, no pudo evitar preguntarse de nuevo qué habría pasado si se hubieran casado después de las primeras veces que estuvieron juntos, hubiera habido o no bebé, porque ahora ya no era tan fácil…
Seiji se mordió la boca cuando lo sintió correrse, esa inigualable sensación de sentirlo vaciarse dentro suyo, pero en vez de quedarse ahí, dejándolo aprovechar al máximo mientras aún estaba duro, se quitó y se dejó caer a su lado para recuperar el aliento, girándole el rostro para besarlo.
Pero eso solo estaba bien cuando no eran esos días, así que con cierta renuencia, porque no era algo que a él le correspondía hacer, pero entendía que Suuichi ya estuviera algo cansado, se dispuso a atenderse con sus dedos, sonriéndole cuando con sus ruiditos logró que abriera los ojos y lo mirara, pues sabía que aunque no pudiera más, su ego no resistiría la provocación.
Y tuvo razón. Suuichi lo miró por unos segundos, sentándose a su lado, y después deslizó su mano por el interior de su muslo hasta alcanzar la curva de su trasero, rozando sus dedos con los suyos y aprovechando la abundante lubricación para meter uno, y después dos, al mismo tiempo que él hacía lo mismo.
Era increíble de ver como su pequeño agujerito era capaz de recibir cuatro dedos, pero no era eso lo que quería ver, y ahora que ya tenía elección, Suuichi quería aprovecharla. Se estiró y de un dobles de la manta sacó un vibrador, uno de tantos que había tenido para usar con él, solo durante su celo, pues el resto del tiempo Seiji parecía odiarlos y estos desaparecían sin explicación.
Seiji lo miró con un destello en sus ojos, y sabiendo que era una suerte de revancha por todas las veces en que lo forzaba a lograr otra erección solo minutos después de haberse corrido, -algunas veces, siendo más joven, incluso lo había llegado a morder al chuparlo cuando no lo lograba tan rápido como quería- se lo dejo acercar a la boca para lubricarlo, pero al ver su gesto complacido se negó a seguir después de solo haberle dado una lamidita.
Divertido, Suuichi fue quien lo lamió. Sabía que no le gustaban, pero su celo era el único momento en que lograba convencerlo y podía ver algo fálico penetrándolo en primer plano. Y él era alguien muy visual, después de todo, y no estaba pidiéndole algo que no fuera a disfrutar. Seiji mismo lo sabía, y por eso, tras unos segundos de negativa, mirándolo censurante, se le ofreció con las piernas graciosamente separadas, sostenidas en alto con sus propias manos.
Seiji ahogó un gemidito cuando se lo empezó a meter y cerró los ojos, para que no se fuera a dar cuenta de cuál era el verdadero motivo por el que lo dejaba hacer eso. Que era porque a él le gustaba y no por lo que pasaba… que no soportaba que lamiera ese estúpido pedazo de plástico cuando solo debería lamerlo a él y que los odiaba desde que había tenido que usarlos, por necesidad, no porque él quisiera, durante sus primero celos.
Aun así empezó a gemir, pero decidido a no quedarse atrás, se movió un poco para acomodarse y rozar con su pie la entrepierna de Suuichi, sorprendiéndose gratamente con lo que encontró, aunque después de todo, lo estaba mirando y le estaba haciendo lo que quería, ¿qué más podía necesitar?
Suuichi nada, pero él sí. Si ya estaba listo lo quería a él, no ese estúpido juguete, y se movió de modo incitante para que creyera que era su idea, aunque no hacía falta, como se dio cuenta cuando de inmediato se lo sacó con un ruidito obsceno y una inquietante sensación de vacío, y se le fue encima de un modo que hubiera apreciado mejor hacia un par de días.
Natori sonrió y le besó un pie, el más cerca de su cara, apoyados ambos, juntos, sobre unos de sus hombros. Eran increíble lo complicado que podía ser Seiji, deseándolo pero al mismo tiempo poniendo trabas, haciendo gestos tanto si iba muy rápido como muy lento conforme su personalidad volvía luego de esos días de frenesí, aunque para él fuera un poco más complicado, pues su olor persistía, la costumbre de hacer las cosas como en días, horas pasadas.
Era el cansancio y no la falta de excitación lo que le ponía un freno por momentos, pero era joven, y estaba acostumbrado a trabajar duro por lo que quería, así que aprovecharía todo el tiempo restante…
Lo sostuvo con fuerza por los muslos, suaves, delgados, un poco más anchos hacia sus caderas, y continuo hundiéndose en él a un ritmo cada vez más rápido, profundo, empujándolo hasta que se los tuvo contra el pecho y su respiración se volvió superficial, ahogada, y se dio cuenta que le estaba cargando demasiado su peso, que podía estarlo lastimando…
Era difícil contenerse cuando sabía que después de esos días volvería a ser mal visto que se desapareciera para estar con él, pero lo amaba y no quería lastimarlo, así que se detuvo y lo dejó respirar por un momento, esperando a ver si hacía o le decía algo… pero no, lo miraba, con las piernas recogidas, un poco de lado. Lo que decidiera estaba bien, le decían sus ojos y él continúo en esa nueva posición, encima de él cargando su propio peso en su brazo para no incomodarlo y besándolo su hombro expuesto, lo alto de su brazo, su mano, cuando él la estiro intentando tocarlo, hasta que lo sintió, apretándolo más fuerte, de un modo rítmico, y gimiendo de un modo que casi por sí mismo bastaría para hacerlo llegar a él también, como si las sensaciones que le brindaba no fueran suficientes.
Pero resistió, y cuando Seiji al fin se dejó caer como una flor marchita, ahí, a la sombra del árbol, se salió de él y lo empujo por la cadera para que quedara bocabajo, bien expuesto su trasero carnosito y la curva deliciosa de su baja espalda, que como broche de oro para lo que acababan de hacer, salpico con su semen al momento de correrse, blancos y espesos goterones escurriendo lentamente sobre su piel un poco enrojecida.
-Depravado…-masculló Seiji, mirándolo de reojo y él apenas pudo contener la risa, pues solo se lo decía por estar ofendido. Ofendido por que no se le corriera dentro.
Le apartó el cabello de la espalda y se acostó junto a él, besándole lo alto de los hombros y escuchándolo respirar, complacido, con su rostro apoyado sobre sus brazos cruzados. Era hora de tomar un descanso. Le pasó un brazo por encima y se preguntó en cuanto tiempo, dos o tres años, hacer oficial su relación con él ya no haría mella en su carrera.
Cuando llegara el día se aseguraría de celebrarlo, pues eso significaría dejar de verse a escondidas y que podrían estar juntos cuando quisieran.
El martes, cerca de medio día, Natsume volvió a su casa acompañado por Tanuma.
Estaba tan avergonzado por lo que había hecho, por lo desmejorado que lucía su… novio, pues era lo que habían acordado ser esa mañana, después de que se levantara, varias horas más tarde que él, que no se atrevía a verlo a la cara. Ni siquiera se habría atrevido a darle la mano, pero no pudo rechazarlo cuando él lo hizo y le dijo que lo acompañaría a su casa.
Después de todo, su padre y los tíos de Natsume los estarían esperando allá, y aunque era algo por lo que ninguno de los dos deseaba pasar era inevitable, pues como le contara a Natsume más temprano, Touko-san lo había ido a buscar al no encontrarlo en su habitación y el último lugar que visitó, ya acompañada por Shigeru-san y después de hablar con sus amigos e ir a sus casas, fue el templo donde él vivía.
Por fortuna, ella llegó antes que su padre, se metió en su casa y los descubrió, -sin apenarlos aun porque ambos estaban dormidos, pero las señales de lo que había pasado eran inequívocas-, y cuando éste llegó, a prudente distancia, le informó, en compañía de Shigeru-san, lo que había pasado.
Luego entró de nuevo, lo despertó a él, le pidió que se vistiera y lo llevó aparte para que Shigeru-san le inyectara en el brazo algo que ya llevaba prevenido, diciéndole mientras lo hacían algo así como que "un bebe nunca es una desgracia, pero ustedes son muy jóvenes, y si hay manera de prevenir que lo tengan ahora hay que usarla", mientras su padre asentía, lo que lo dejo un poco confundido, aunque menos que cuando él y el tío de Natsume le dijeron que lo dejarían pasar su celo juntos, pero luego tendrían que hablar.
De verdad que creyó que eso había bastado para que no deseara volver a tocarlo, pero cuando volvió a su lado llevando la cesta con el desayuno que Touko-san les preparó y él se despertó y lo besó, se dio cuenta de que sin importar lo que había pasado, o pasaría, volvería a hacerlo con él.
Ahora ahí estaban, en la entrada de su casa, dudando si pasar hasta que Shigeru-san les abrió la puerta y les dijo que entraran, que Touko-san no podía recibirlos en ese momento.
Por qué, así como el hecho de que su tío se hubiera tomado el día libre, quedó explicado al pasar a la salita y verla sentada en el suelo, rodeada por una increíble cantidad de recortes de vestidos de novia y revistas de bodas, exultantemente feliz y sosteniendo en su mano un trozo de tela blanca que le mostraba al padre de Tanuma mientras le preguntaba si esa estaría bien para el kimono de boda de Takashi, la tradicional, claro, por qué para la otra, aunque fuera una extravagancia, quería una tela con un toque de rosa.
Sobrepasado por lo que veía, Natsume se desmayó, cayendo en brazos de quien, más pronto de lo que creían, sería su futuro esposo.
