Hola de nuevo! Sé que los capítulos no están siendo muy largos, son bastante más cortos de lo que me gustaría, pero no tengo mucho tiempo para escribir, y es la única forma de que pueda hacer unas actualizaciones más o menos regulares. Además, mis otros fics en proceso también me están quitando tiempo, aunque a un par les daré la brocha final muy pronto, y así me los quito ya de encima T.T.
Espero que os guste este capítulo. El salseo no tardará en llegar. No demasiado, al menos ;)
Tradiciones
Fili y Kili entraron en los aposentos con pasos rápidos. Se habían enterado del despertar de Bilbo cuando, vagando por las estancias en obras de Erebor, cerca de la enfermería donde Oin y unos cuantos enanos duchos en la sanción trabajaban en los cuidados de los pocos heridos que se habían registrado por accidentes en las viejas minas, inestables tras los movimientos de dragón dentro de la montaña, encontraron a un soldado que traía la noticia.
Fue Fili, con la cabeza vendada, quien avisó a su hermano, que se recuperaba de la viga que le había atravesado un hombro, de cómo un soldado de la Guardia Real tocaba el hombro del sanador de la compañía y este hacía aspavientos, recogiendo sus bártulos y unos cuantos medicamento y hierbas del pequeño almacén donde las tenían guardadas, preparadas para los usos de emergencia. Se cargó el viejo petate al hombro, hecho de cuero de wargo, y soldado y médico partieron raudos en dirección al ala de las Estancias Principales, siguiendo los estables caminos de piedra verdosa del reino.
Fili y Kili los siguieron a una distancia prudencial, intentando mantenerse en silencio y discreción. No obstante, cuando vieron como la puerta de los aposentos de su bisabuelo, las habitaciones donde Bilbo había estado descansando, se abrían de par en par para permitir el paso al interior, no pudieron contenerse.
Ambos hermanos saltaron de emoción, olvidando sus heridas, y empujaron a Oín sin ningún tipo de consideración, irrumpiendo en la amplia estancia al grito del nombre del hobbit, que se irguió detrás de la imponente figura de su tío, con los ojos abiertos en una expresión de horror cuando comprendió que la trayectoria de los descendientes de Durin solo podía llevarles a un lugar. Thorin, que había estado sentado en su lugar habitual, junto a la cama donde Bilbo había estado yaciendo inconsciente todo ese tiempo, aún estaba por decidir si mostrarse contento del afecto de sus sobrinos al hobbit, de su preocupación por su bienestar, o ponerse furioso porque se estuvieran lanzando sin ningún tipo de consideración sobre la cama de Bilbo, moviéndola con violencia y agitándola con sus brincos de alegría, atosigando al mediano con su presencia.
Finalmente, decidió que estaría bien hacerles bajar antes de que Bilbo pudiera salir nuevamente herido ahora que ya parecía estar recuperándose a buen ritmo. Oin, parado en la puerta, parecía mostrarse ligeramente contrariado por el comportamiento de los herederos de Erebor, pero no dijo nada. Thorin estaba a punto de replicar y mandar a Fili y a Kili a cumplir con sus tareas, pero no llegó a decir nada. Bilbo se incorporó y cogió las orejas de sus sobrinos, dando un fuerte tirón de ellas, sujetándolas. Fili y Kili empezaron a quejarse y retorcerse intentando liberarse antes de comprobar que huir de Bilbo no iba a ser tan sencillo. Se quedaron muy quietos, con caras de molestia. Bilbo había aprendido a lo largo de su viaje por las tierras salvajes, que los enanos eran mil veces más resistentes que cualquier criatura de Arda, así que sabía que si quería sujetar a esos dos revoltosos de la manera en que lo hacía con los desobedientes niños de la comarca que se metían en líos, tenia que hacer bastante más fuerza de la acostumbrada, o podían llegar a pensar que era una caricia.
Bilbo no pretendía hacerles daño, solo que se estuvieran quietos.
— Vosotros dos —dijo el hobbit, con mucha tranquilidad—, quedaos quietos un rato.
— Bilbo... Nosotros solo...
— ... queríamos saludarte —completó Kili, intentando mirarle sin tener que retorcerse demasiado, intentando evitar el tirón de orejas.
— Y yo lo agradezco. Pero esas no son maneras, Kili.
Thorin intentó que la sorpresa por cómo había conseguido dominar Bilbo a sus sobrinos no se le viera en la cara, pero fue un completo desastre. Oín estaba del mismo modo. Toda la compañía había estado con esos niños desde que nacieron, y los habían visto crecer. Sabían que eran expertos en hacer diabluras y nunca ser atrapados, como si el mismo Bofur, experto en el arte del escatimo, les hubiera enseñado como hacerse invisibles. Solo su madre, Dís, había sido capaz de atraparlos y amonestarlos de una forma convincente y que tuviera repercusiones en el comportamiento de los jóvenes enanos. Thorin no pudo evitar reírse por la estampa. Si hubiera sabido que para castigarles por sus actos lo único necesario era tirarles de las orejas, su educación hubiera sido muchísimo más sencilla.
— Parece mentira ¿Es que vuestra madre no os educó? Porque estoy seguro de que sí lo hizo.
Ambos enanos bajaron la cabeza. Oín, que había entrado en la habitación, empezó a desempaquetar sus cosas en una esquina, sobre un escritorio de madera tallada. Fili se acomodó en su lugar, sabiendo que tenían para largo. Su madre solía sujetarles por las orejas allá, en las Montañas Azules, cuando eran unos críos con no más de cincuenta años, y en esa posición podían permanecer durante largos e interminables minutos, inmovilizados por tan absurdo movimiento. Sabía que no tenía por qué permanecer allí, pues un hobbit nunca tendría la fuerza de un enano, pero era mejor no tentar a la suerte, con su tío allí observando la situación. Además, Bilbo aún estaba convaleciente y lo último que querían ninguno de los dos era herirle.
— Pero Bilbo...
— Pero nada, Kili. ¿Y qué se supone que es eso de el Mataorcos? Y Golpe Certero, y qué se yo.
Fili suspiró. A menudo solía olvidar que los hobbits eran tan distintos a los enanos, que incluso en la fama or las gestas se les distinguía. Cualquier enano habría estado halagado hasta el extremo al despertar de una convalecencia y encontrarse con su historia circulando y con títulos y nombres sobre su persona, pero al parecer los medianos no gustaban de tanta difusión de sus heroicidades. El problema era que los herederos de Durin no habían sido los únicos en estar en la Colina del Cuervo cuando Azog perdió la vida a manos de tan sencilla criatura. Legolas, el hijo del rey del bosque verde, había llegado al campamento del valle poco después de que lo hicieran Bilbo y Thorin, y había solicitado audiencia con su padre. Kili, que tenía pequeñas nociones de Sindarin y estaba con Tauriel, discutiendo sobre su "relación", cuando ambos captaron fragmentos aislados de la conversación. Finalmente, la elfa tuvo que traducirle las palabras de Legolas, pero para entonces, estas ya corrían como la pólvora por el campamento, campando entre los elfos del bosque, que miraban la tienda de mando con curiosidad. Se necesitó la intervención de dos de los guardias personales de Thranduil y de los miembros de la Compañía de Thorin para evitar que los curiosos entraran en la tienda y perturbaran el descanso del hobbit durante el día y medio que el campamento ocupó la aún yerma explanada de la Desolación de Smaug.
Una vez los enanos se trasladaron al interior de Erebor y comenzaron las remodelaciones con efecto inmediato para convertir la montaña en un lugar nuevamente habitable (había toneladas de deshechos de dragón que eliminar, y algunas de las zonas más afectadas tuvieron que ser derruidas por cuestiones higiénicas ya que se consideraron insalvables), se hizo instalar a Bilbo en los aposentos de Thráin, con un par de guardias en la entrada (los enanos más jóvenes que no podían ayudar en las reformas pero que tenían amplias nociones de lucha). Fili y Kili, tan pronto como se recuperaron de sus heridas más graves, empezaron a participar en las tareas de limpieza, aunque muy a menudo eran requeridos para entablar discusiones diplomáticas con los representantes de las Colinas de Hierro, el comerciante jefe de la nueva ciudad de Valle — en vías de reconstrucción —, los asesores de las Montañas Nubladas, y el único representante del escaso comercio que ejercía el reino del bosque con el reino enano. Sus iguales habían llegado poco después de que la montaña fuera repoblada, advertidos por los cuervos que recorrieron la Tierra media portando consigo las buenas nuevas. Toda su primera obsesión se había centrado en contemplar la Piedra del Arca, pero Thorin se había negado a entregarla. No obstante, ante las reticencias de los mercaderes a establecer relaciones de comercio sanas con el nuevo reino a menos que la Joya del Rey fuera mostrada, Thorin tuvo que enseñarla en una breve exposición. Tan pronto como su brillo tentador iluminó la mirada de los enanos, se la hizo cerrar en una caja y ser custodiada hasta decidir qué hacer con ella pues todos sabían de sobra que aquella gema extraña había sido la causante de la enfermedad que en los últimos tiempos, había asolado la casa de Durin.
Finalmente, el Corazón de la Montaña descansó bajo el lecho de Bilbo, segura allá donde nadie pensaría en buscarla. Al menos, hasta que encontraran un lugar apropiado para ella.
— Son títulos, Bilbo. Deberías estar orgulloso, pues ahora eres respetado entre nuestra gente. Empiezan a nacer canciones con tu nombre en ellas. A nuestros niños se les cuenta ya la Batalla de los Cinco Ejércitos, y como un hobbit acabó con Azog, el Profanador. El Pálido Orco. Eres el héroe del pueblo de Durin. Eres el paladín de Erebor. Bilbo Bolsón, hijo de Bungo Bolsón, el Castigador —explicó Fili, que siempre había tenido un talante más diplomático que su hermano a la hora de clamar los ánimos.
Bilbo suspiró y liberó a los dos enanos, cubriéndose la cara con las manos, colorado hasta la raíz del cabello dorado.
Oin, que ya tenía sus aparatos médicos y los emplastes listos, decidió que era el momento de interrumpir y cumplir con su deber.
— Bueno, muchachos. Ya be siendo hora de que uno atienda al herido. Fuera, los dos. Seguro que tenéis algo mejor que hacer que molestar al Señor Bolsón. Bilbo, necesito examinarte. Será rápido, pronto podrás volver a descansar.
Fili y Kili miraron a Bilbo un momento, que espiaba entre los dedos, y sonrieron.
— Está bien. Volveremos con comida cuando Bombur la tenga preparada. Debes de estar hambriento.
Bilbo pareció reaccionar a la mención de la comida, peor para cuando levantó la cabeza, ambos muchachos habían desaparecido de su vista, atravesando la gran puerta dorada. Thorin era el único que permanecía en la habitación y, aunque no le molestaba que viera sus heridas, el que estuviera presente durante el examen médico le hacía sentirse incómodo y violento, repentinamente consciente de su desnudez. No era como si durante el año que llevaban viajando juntos la compañía hubiera sido completamente pudorosa, sobre todo teniendo en cuenta las escasas y preciadas ocasiones en las que arribaban a un arroyo donde fuera seguro detenerse a reponer fuerzas y asearse (momento en el que la intimidad era nula y olvidada en favor de la idea de limpieza), pero había algo íntimo en la idea de estar desnudo en una habitación que no era la suya, y más si Thorin le estaba mirando. Al fin y al cabo, Óin no era más que un sanador ejerciendo como tal.
El susodicho, al advertir la reticencia de Bilbo a deshacerse de la holgada camisa que le cubría, miró a su rey, que observaba la escena sentado en su lugar, sin intenciones de moverse de allí.
— Thorin, será solo un momento. Debo examinarle.
El rey no pareció muy conforme con la idea de tener que abandonar los aposentos, pero una mirada al hobbit fue suficiente para convencerle. Se levantó en silencio, y abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Oin dejó su maletín a los pies de la enorme cama, y sacó una especie de corneta para los oídos.
— Bien, Bilbo. Sácate la camisa. ¿Cómo te sientes? ¿Tienes mareos? ¿Notas nauseas o pérdidas de visión? ¿Te duele al respirar?
Bilbo hizo lo que le ordenaron y quedó completamente expuesto, con las suaves mantas del lecho cubriéndole la parte inferior del cuerpo. Descubrió que llevaba el pecho cubierto de vendas blancas, suaves y tan parecidas a la seda, que sintió pena por estar manchándolas con sangre. Pensó en tocarse, buscando daños, pero reprimió el impulso.
— No. Estoy un poco mareado, pero debe de ser por estar tanto tiempo durmiendo. Con la gripe de hace tres años me pasó igual. Es la misma sensación.
Oin tomó unas tijeras y empezó a partir el nudo que enganchaba la gasa que le envolvía. Cuando ésta empezó a caer, las retiró con cuidado, liberando su piel, y depositándolas en un cuenco lleno de agua humeante. El líquido cristalino no tardó en tomar un tono rojizo, y el olor ferroso tomó buena cuenta del aire de la habitación. El enano le hizo enderezarse y tomar profundas respiraciones mientras apoyaba el extremo más pequeño de la corneta contra su pecho, escuchando sus pulmones.
Tras unas cuantas respiraciones, asintió con la cabeza para sí, y guardó el artefacto de nuevo en su sitio. Tomó un cuenco cerrado y lo abrió, revelando una masa verdosa que olía a menta y a hojas de reyes machacadas. Era un olor ciertamente más reconfortante que el de la sangre.
— ¿Seguro que no notas nada? ¿Ninguna molestia? Cualquier cosa es susceptible de ser importante ahora.
Bilbo suspiró e hizo una mueca.
— Tal vez un poco. Noto pinchazos cuando respiro muy profundamente. Ahora, por ejemplo. Aquí —dijo, con un mohín, señalándose la mitad superior del pecho con la mano, también cubierta de vendas. Había quedado medio cerrada por la presión de los vendajes, y por mucho que luchara por extenderla, no podía.
—Hum... Bueno. No hay mucho que podamos hacer al respecto. Puedo prepararte adormideras para las noches, que te alivien la molestia. Me temo que eso es algo que solo el tiempo puede curar. Aún con la medicina élfica, tus costillas no volverán a ser lo que eran...
Bilbo omitió el contenido de la conversación cuando escuchó aquello último de los labios del enano.
— Espera, ¿medicina élfica? ¿Hay elfos en Erebor?
Oin rió.
— ¡Por Mahal, muchacho! ¡Sí que debió de ser un fuerte golpe en la cabeza! Haría falta un milagro para que Thorin permitiera la entrada de esos comehierbas a la Montaña. No. Thranduil te trató en primer lugar. Sin su atención, probablemente estarías en el Salón de Mandos para este momento. Ahora déjame examinar esa cabeza. No queremos que se nos pase nada.
Bilbo dejó que los dedos de Óin apartaran los mechones de su pelo para ver la herida creada por el impacto de la piedra sobre su cabeza, y notó cierto dolor cuando sus dedos se posaron sobre el creciente bulto en su coronilla. No obstante, notó la reticencia y el cuidado con el que se movían sobre él, como si el mismo gesto fuer algo impúdico que mereciera ser hecho con el máximo cuidado para no ser interpretado como algo más. Entonces, Bilbo recordó las numerosas e intrincadas trenzas que decoraban los cabellos de los enanos y el aparente cuidado con el que lo trataban. No entendía cual era el punto de los enanos con el pelo, y le pareció que quizá era el momento de preguntar, ya que iba a pasar tanto tiempo entre ellos, al parecer.
— ¿Pasa algo malo? Puedes tocarme el pelo, ¿sabes? Sea lo que sea lo que los enanos os traéis con el pelo ajeno, los hobbits no lo tenemos. El pelo es solo eso... Pelo.
Oin rezongó, y Bilbo pensó que quizá había metido la pata, hasta que notó los temblores del enano y se dio cuenta de que los gruñidos eran una risa contenida.
— Eso es cuanto más interesante, Señor Bolsón. Pero no puedo evitar los años de enseñanzas de mi raza. Para nosotros el pelo es muy importante. Para lo sanadores como yo es un poco violento tratar heridas en la cabeza.
— ¿Por qué? Es decir, si no es una grosería por mi parte preguntarlo, ¿qué tiene para vosotros el pelo de especial? ¿Por qué tanta trenza?
Oin decidió que aquél era un mal modo de observar y atender las heridas del hobbit a su cargo, y volvió a su petate en busca de algo con lo que sujetar su cabello.
— Es más un aspecto tradicional que nada. Nuestro pelo es un símbolo de nuestra reputación y poder. Cuantos más abalorios lleves en el pelo y en la barba, más rico eres, o en una mejor posición estás. Además, los pequeños detalles también cuentan. En la antigüedad, cuando solo había unas cuantas casas importantes, cada Gran Casa tenía una piedra asignada, una gema representativa. Podíamos saber con facilidad quién pertenecía a qué familia solo mirando los diseños de las cuentas en su cabello. Y las cuentas conmemoran momentos importantes en la vida del enano. Todos tenemos una cuando nacemos donde figura nuestro nombre escrito en runas, y generalmente es entregado por nuestros padres —dijo, mientras encontraba una pinza con la que sujetar los salvajes y cortos rizos de Bilbo lejos de la zona herida—, o en su defecto, por los parientes cercanos del niño o niña si los padres han fallecido. Tenemos otra cuando alcanzamos la mayoría de edad, y otra cuando nos unimos. A partir de ahí, las cuentas son más personales. Pero todas son diferentes. Es fácil diferenciar la cuenta hecha para un cortejo de la de una unión establecida o la de un nacimiento, aunque sean entregadas tiempo después.
— ¿Y qué hay de las trenzas?
Oin sonrió.
— Las trenzas, Maese Bolsón, son algo bastante... privado. Son símbolo de respeto y de estatus, pero sobre todo de amor. Las trenzas solo se las puede hacer uno mismo o un miembro muy cercano de la familia. La pareja de ese enano es quien suele hacerlas, pues peinar el pelo ajeno es símbolo y muestras de confianza e intimidad, pero en ausencia de la pareja, podría hacerlo un hermano o hermana, o incluso un compañero de batalla o un primo. Es común que los guerreros enanos, antes de la guerra, nos trencemos el pelo entre nosotros. Es por comodidad y por camaradería. Es saber que alguien ha pensado en ti.
— Oh.
Ahora podía entender algunas de las reticencias de la compañía cuando vieron su pelo salvaje, corto y sin recoger. Desnudo de trenzas. Ahora entendía la incomodidad de Oin.
— Sí, bueno. Es algo un tanto ambiguo para los extranjeros, que piensan que son simples abalorios. Es difícil de explicar para aquellos que no son enanos. Y, a pesar de nuestras grandes manos, somos seres hábiles con ellas. A nuestros niños les enseñamos a hacer trenzas cuando son pequeños para entrenar sus dedos y prepararlos para los finos trabajos de la joyería y la fragua.
Bilbo sintió el frío de un trapo húmedo pasando con suavidad sobre la piel lastimada de su cráneo y contuvo un siseo al notar el escozor del jabón sobre la herida.
— ¿Y qué hay de las barbas? Ni Thorin, ni Fili o Kili tienen. ¿Es también por moda?
Oin soltó su pelo y le liberó. Bilbo vio la mueca que hizo y se apresuró a disculparse, pensando que de nuevo, su curiosidad de Tuk había ido demasiado lejos.
— No. Es normal que preguntes. Fili está empezando a tener la barba propia de su edad, y Kili aún es joven como para empezar a desarrollar una buena mata de pelo que trenzar, pero Thorin es otra historia. Antes de la llegada de Smaug, tenía una barba portentosa. La envidia de muchos de nosotros. Con largas trenzas de diseños propios de la casa de Durin. Con la llegada del dragón, sus trenzas desaparecieron, cortadas por la deshonra de haber perdido la Montaña y la Piedra del Arca. Igual que pasó con las de su padre y su abuelo, que Mahal los tenga en sus Salones. Su barba desapareció al mismo tiempo que su pare lo hizo, tras la muerte del rey. Thorin lleva de duelo casi sesenta años, sin permitirse la barba digna de su posición.
Después de eso, se quedaron en un silencio incómodo, el enano atendiendo a las heridas en su torso, y Bilbo pensando en toda la nueva información que acababa de recibir. Finalmente, tras aplicarle con dedos cuidadosos el empaste y envolverle el cuerpo en las suaves vendas nuevas que había traído en su bolsa, le recomendó reposar.
— Esa mano —dijo, refiriéndose a la ya limpia mano derecha de Bilbo, y vuelta a vendar—, necesitará ejercitarse, pero nunca volverá a ser la misma. Por suerte, los huesos están intactos. Es probable que no puedas volver a estirarla por completo, ni mover los dedos con la misma facilidad. A veces pasa, en las fraguas. Son cortes muy habituales. Con el tiempo aprenderás a usar la izquierda con la misma destreza que la derecha. Mientras tanto, deberás usar una bola de tela para entrenar los dedos a abrirse y cerrarse de nuevo tanto como te sea posible. Si te sientes muy mareado, puedes salir a dar una vuelta por los pasillos. Caminar te hará bien. Pero no hagas esfuerzos y no te canses, o las costillas fracturadas podrían dar problemas. Además, es imperativo que salgas siempre acompañado. Si ninguno de nosotros trece está disponible, los guardias de la entrada te escoltarán allá a donde quieras ir.
Bilbo se pasó la camisa por encima de la cabeza de nuevo, con cuidado de no mover los vendajes y mucho más consciente de la molestia en todo su cuerpo, tenso por el esfuerzo de los últimos días.
— ¿Es que no puedo ir yo solo? Soy un adulto, puedo cuidarme a mí mismo.
Oin cerró su petate y se lo colgó a la espalda, recogiendo las vendas húmedas del cuenco y vertiendo el agua con sangre por un agujero en la pared. Una pequeña ventana para la ventilación, supuso Bilbo.
— Imagino que sí, Maese Bolsón. Pero la compañía que se te ha asignado no es cosa mía. Si deseas discutir el asunto de los escoltas, deberás hablar con el rey.
Cuando Thorin volvió a entrar en los aposentos de Bilbo, un tiempo después de que Óin se marchara de nuevo a la enfermería, lo hizo junto con Bombur y su carro repleto de deliciosa comida cuyo olor llegaba flotando hasta las sensibles narices del hobbit hambriento, Bofur, Nori, Ori, Dwalin y Balin. Al parecer, Fili y Kili tenían tareas pendientes en las minas que requerían su atención.
Los enanos celebraron la rápida recuperación de Bilbo y trajeron sus instrumentos para comer con él en los aposentos reales. Las canciones se sucedían una detrás de otra, pero los festejos fueron ligeramente más comedidos que como el hobbit los recordaba, allá en Bolsón Cerrado. Pensar en su hogar, en los cálidos fuegos del hogar y las verdes colinas despertó la añoranza en el pequeño cuerpo del mediano, pero se le pasó rápidamente cuando Bofur hizo algo que provocó que los miembros de la compañía allí presentes fueran incapaces de detener sus risas.
No supo por qué, pero le pareció tan inédito que todos estuvieran allí reunidos, en el lujo y privacidad de las imponentes estancias... estaba seguro de que esa situación era tan insólita como el factor de un extranjero viviendo bajo la Montaña y alojándose, nada más y nada menos que en las estancias reales.
Entre los festejos y las celebraciones, Bilbo se fijó en Thorin, charlando animadamente con Dwalin y Balin en una esquina del cuarto. De vez en cuando le miraba fijamente, y no sabría decir si era porque estaba cuidando de él o porque el mediano realmente llamaba su atención. Se fijó en la barba de Thorin. Estaba ligeramente más larga que la primera vez que le vio, pero nada espectacular. Esperó, en el fondo de su pequeño y redondito ser, que pronto se la dejara crecer. Sentía mucha curiosidad por ver a Thorin con semejante mata de pelo... Su mente no podía conjurar la imagen.
En ese momento, en el que lo estaba contemplando, completamente embelesado y perdido en sus pensamientos, Thorin volvió la cabeza y lo miró fijamente, sonriendo cuando los enanos empezaron a tocas una melodía coordinada y Bofur empezó a cantar, y rápidamente lo siguieron los demás.
¡Bajo la Montaña tenebrosa y alta
el Rey ha regresado al palacio!
El enemigo ha muerto, el Gusano Terrible,
y así una vez y otra caerá el adversario.
La espada está afilada, y es larga la lanza,
veloz la flecha, y fuerte la Puerta,
osado el corazón que mira el oro;
ya nadie hará daño a los enanos.
Los enanos echaban hechizos poderosos,
mientras las mazas tañían como campanas,
en profundas simas donde duermen unos seres oscuros,
en salas huecas bajo las montañas.
En collares de plata entretejían
la luz de las estrellas, en coronas colgaban
el fuego del dragón; de alambres retorcidos
arrancaban música a las arpas.
¡El trono de la Montaña otra vez liberado!
¡Atended la llamada, oh pueblo aventurero!
El rey necesita amigos y parientes,
¡marchad de prisa en el desierto!
Hoy llamamos en montañas heladas:
¡regresad a las viejas cavernas!
Aquí a las Puertas el rey espera,
las manos colmadas de oro y gemas.
¡Bajo la Montaña tenebrosa y alta,
el rey ha regresado al palacio!
¡El Gusano Terrible ha caído y ha muerto,
y así una vez y otra caerá el adversario!
Bilbo sonrió ante las fiestas y la alegría que destilaba aquella canción. La última vez que la había oído había habido un deje de miedo en ella, temor a la enfermedad que tenía preso a Thorin y de la que al parecer se había liberado. A Bilbo le hubiera gustado tener tiempo para hablar con el rey con tranquilidad sobre el tema, pero no sabía cuando ni cómo sacar el asunto a colación. Tras la comida, los enanos fueron abandonando la habitación para volver a sus quehaceres en las obras, y solo Thorin restó en ella. Parecía el momento adecuando para ponerse a hablar largo y tendido de todo aquello que parecía haber quedado pendiente de ser dicho, pero una gran parte de Bilbo tenía miedo de estropearlo todo.
Salió de la cama con cuidado y aceptó la mano que Thorin le ofreció cuando le vio tambalearse. Sus firmes pies ya no lo eran tanto, y sus piernas no parecían querer responder a la orden de su cerebro. Era exactamente la misma sensación que había tenido durante las gripes, como había pronosticado. El rey le tendió unos pantalones, sus pantalones, solo que limpios y zurzidos con tanta destreza que la existencia de raspaduras y agujeros en la tela era una mera ilusión del pasado. Se pasó los pantalones por las piernas y ató el suave lazo alrededor de su cintura sin apretar mucho, por miedo a abrir de nuevo sus heridas. Su mano derecha completamente inútil no permitió que el lazo quedara bien, así que Thorin retiró suavemente los dedos del hobbit, y fue él quién dio un par de lazadas a las cuerdas, para vergüenza de Bilbo. El rey posó una mano en su cadera, preparado para cogerle si caía, y fue poco después, mientras caminaban por los pasillos con el guardia que había estado vigilando sus aposentos caminando detrás, que se percató de la ligera cojera de Thorin.
— ¿Estás bien? Estás cojeando.
Thorin meneó la cabeza, y luego la agachó en un saludo cuando vio a un par de enanos con cascos de minería y guantes negros cargar una carreta con piedras de inmenso tamaño junto a ellos, en dirección, supuso Bilbo, a una de las zonas en reconstrucción. Le saludaron a él también, y se apresuró en hacer el mismo gesto, sin querer faltarles al respeto.
— Estoy bien, no es nada.
— Thorin...
El rey suspiró.
— Bilbo. Estoy bien.
Con la mosca tras la oreja, el hobbit se detuvo a recuperar el aliento. Le costaba respirar bastante más de lo que recordaba. A penas se habían alejado unos metros de los aposentos.
— ¿Hay algún lugar aquí desde el que salir fuera? Estaría bien... un poco de aire fresco —pidió. El aire caliente de la montaña estaba empezando a marearle. ¡Cuánto deseaba en ese momento poder salir al jardín de su casa en la Comarca, y tenderse sobre la fría hierba a refrescarse, notando la brisa en la cara!
Thorin asintió y los dirigió por unos amplios pasillos, donde se oía el repiqueteo de la piedra y el metal, hasta que la suave luz del sol tras las nubes de invierno llegó hasta ellos. Bilbo achinó los ojos, molesto por la repentina luz, pero suspiró cuando el aire frío de la tarde le dio de lleno, refrescando su cara y su cuerpo. tomó una larga inspiración, notando la humedad del aire entrar en us pulmones, pero hizo una mueca cuando las costillas se resintieron del movimiento.
El mirador era espléndido. Una de las pocas zonas exteriores que se había librado del ataque de Smaug, con una barandilla ancha y trabajada, con filigranas, dejando a la vista del sector noreste del Valle, con Esgaroth y el Lago Espejo brillando con el sol reflejado a lo lejos. Desde allí se divisaban, también, los blancos muros de lo que fue la ciudad de Valle, las paredes y las piedras pulidas y libres de la mácula del fuego del dragón. Los árboles quemados habían sido talados, y el campamento a los pies de la montaña donde los hombres del lago se habían establecido tras la destrucción de Smaug, había desaparecido por completo. Bilbo, aún desde aquella distancia, podía reconocer la mano de los enanos en las obras de la ciudad. Era bueno saber que la relación entre hombres y enanos no se había vuelto tóxica después de que Bilbo entregara el Corazón de la Montaña a Bardo y Thranduil en pos de generar una negociación.
Lo que le recordaba que había sido oficialmente desterrado de Erebor. Y aún no le habían dicho lo contrario.
Optó por el silencio como opción vital temporal. No podía permitirse abandonar el lugar, herido como estaba.
— ¿Estás mejor?
Asintió con suavidad, sin atreverse a hablar. Se apoyó en la barandilla, sabiendo que estaban a muchos pies de altura, pero seguro en la sólida roca verde de la montaña solitaria. Thorin se apoyó a su lado, y cuando le vio temblar, le puso su abrigo sobre los hombros, en silencio. las pieles le hicieron cosquillas a Bilbo en las mejillas, y la calidez de la tela, robada del cuerpo del enano, resultaba agradable y reconfortante.
— Supongo —empezó de nuevo el rey, con la vista clara perdida en el horizonte —, que volverás a tu hogar. Debes de añorarlo.
Bilbo sintió su corazón oprimirse en un puño. Sí. Esa tenía que ser la forma que tenía Thorin de pedirle de manera educada que se fuera en cuanto pudiera tenerse en pie. Que nadie le quería allí. Que seguía siendo un indeseable saqueador extranjero.
— Volveré en algún momento, sí —dijo finalmente, recuperando la compostura —. Aunque me gustaría poder quedarme un poco más, pese a todo.
Si Bilbo se hubiera girado, si hubiera mirado a Thorin, habría visto el dolor cruzarle la cara un segundo, a penas un destello, antes de recomponerse. Pero Bilbo no se giró, sino que siguió mirando la blanca ciudad en el horizonte.
— Quédate todo el tiempo que desees. Las puertas de Erebor siempre estarán abiertas para ti, Bilbo.
Ahora sí, el hobbit se giró para mirarle. Vio como el Rey Bajo la Montaña movía algo entre los dedos. Una pequeña pieza de metal bruñido, brillando al sol.
— Pero tú...
— Sé lo que dije —replicó Thorin, y parecía incómodo, culpable—. Me gustaría decir que no recuerdo la mitad de lo que dije e hice mientras estaba consumido por la codicia, pero mentiría. Y sé que tal vez es demasiado tarde, pero me gustaría que aceptaras mis disculpas. Plenamente. Eres más que bienvenido aquí, saqueador. Nunca pienses lo contrario.
Bilbo suspiró de alivio, parpadeando. Mil veces Thorin lo había llamado saqueador en el viaje, y mil veces lo había dicho como si le molestara tener que cargar con él. Solo tres veces le había oído decirlo como si fuera algo bueno. Cuando le salvó la vida, cuando encontró el acceso a la montaña, y ahora. Y eso hacía que la calidez se instalara en su corazón.
— Te ofrezco esto, como muestra de mi profunda gratitud por devolvernos nuestro hogar aún a riesgo de tu vida, y mi amistad —añadió, tendiéndole la pieza con la que había estado jugando. Bilbo la tomó. Era una cuenta alargada, de metal parecido a la plata, suave y frío al tacto, bastante ligero. Tenía un cierre regulable en la parte de atrás, y estaba tallado con una montaña muy parecida, sino exacta, a Erebor. Frente a la montaña, con una piedra anaranjada similar a las llamas del fuego, había una bellota —. La he forjado para ti. La piedra es un ópalo de fuego. Una rareza en estas tierras.
Dicho esto, Thorin se acercó al mediano y, con dedos hábiles, tomó los mechones que caían desiguales a un lado de su frente, antes de empezar a trenzarlos con habilidad. Bilbo se quedó muy quieto. Sabía, por la conversación de esa mañana, que eso era algo bastante intimo. Que Thorin se lo estuviera haciendo era... irreal.
No tardó mucho en terminar, pues Bilbo era un hobbit, y los hobbits no se caracterizan por tener grandes cabelleras, de modo que en poco tiempo, la pieza dejó sus manos y se instaló en su pelo. Cuando Thorin le soltó y se apartó un poco, admirando su obra, notó el peso ligero de la pieza de metal en su pelo. Se llevó una mano al pelo para tocar a trenza. Era corta, ancha y plana, y el metal estaba frío al tacto, rozando su mejilla.
Bilbo notó la cara ardiendo.
— Esto... Pero tú no...
— No es una trenza de la que debas avergonzarte, si es lo que te estás preguntando. No osaría hacer algo así sin tu permiso. Ningún enano lo haría. Puede que no seas de mi familia, pero eres mi samman. Mi compañero de batalla. Tengo una doble deuda de vida contigo, Bilbo —se apresuró a recalcar, viendo lo azorado que parecía el mediano, con una sonrisa —. Con esta cuenta, eres uno de los nuestros. Tienes nuestra amistad. Así, vayas a donde vayas, podrás solicitar asilo en nuestros reinos. Llevas la marca de Durin contigo.
La conversación decayó, aunque las perspectivas de vida de Bilbo empezaban a ser mucho mejores que cuando despertó. Cuando volvió a sus habitaciones, necesitando un descanso, y Thorin le dejó al cuidado del guardia, se metió en la cama, soñoliento, y acarició la trenza en su pelo, su única trenza, Una trenza de siete hilos perfectamente hecha, con el broche ya cálido por el contacto con su piel.
La información sobre las costumbres enanas de las trenzas no es cien por cien fiel al libro, si bien si que el pelo para los enanos y sus barbas es muy importante. Me he tomado ciertas libertades artísticas al respecto.
La canción de los enanos figura originalmente en el libro del El Hobbit, poco antes de la Batalla de los Cinco Ejércitos.
