NOTAS: Muchísimas gracias por la respuesta recibida, pues aqui esta el capitulo como lo prometi y así seguiremos con el trato ;) Por cuestiones de metidas de pata (Eche a perder la lap esta tarde) no alcancé a contestar aquí sus reviews pero no quise ser yo quien rompa el trato ;) en el siguiente capitulo contestaré a todos. Y reitero gracias por su apoyo, no se decepcionarán. Que lo disfruten

t e r c e r a t e m p o r a d a

"En el Silencio"

TRES

Aunque Haruka estuvo tres años de la primaria en una escuela pública no quería Ayame fuera a una y la mejor razón se trataba de la imagen que la niña daba al mundo, se parecía un poco, si no es que mucho a Belinda. Se moriría si iba a una escuela pública. Estaba en el primero de primaria, podía sobrellevar los costos, sobretodo cuando Hitori ganara la demanda de divorcio. Haruka agradecía a la clase de Economía Doméstica, ahora sabía todo para divorcios ¿Eso era bueno? En este caso sí. Por lo pronto empezó a exigir más dinero en sus competencias, accedió a los patrocinadores y hasta hacer comerciales volviéndose más un icono del deporte que en corredor profesional.

- No le des dinero a esa mujer, ya volverá suplicando – decía su padre esa mañana mientras Haruka hacía sándwiches

- Pues dudo regrese… O suplique, además cómo puedo darle dinero si no me das nada… ¿O crees tengo un arbolito de euros?

- Yo que sé, eres mañosa y eso es lo interesante… ¿Y qué has pensado del chico que te presenté?

- Me cae bien, es muy simpático, aunque un poco competitivo.

- Pero te agrada

- Claro – terminaba de preparar su sándwich. Su padre extendió la mano esperando que uno de ellos fuera para él como cada mañana – Oh creo no llenaré con los dos – se guardó el otro en la mochila y a la mano extendida de su padre la palmeó como a un amigo – Nos vemos pa

- ¿Y mi desayuno?

- ¿Soy tu criada sin salario? Digo ni para el gasto diario me das entonces no esperes nada de mí – abandonó la cocina riendo

- ¡Mocosa insolente!

Se levantaba temprano, más de lo que imaginó hacer algún día por la escuela. Estudiaba, hacía tareas a plena madrugada y ahora que Michiru le preguntó por la universidad su único pensamiento era no. Se convertiría en corredor, necesitaba dinero urgentemente, los estudiosos solamente se lo quitaban. Claro que eran una gran inversión pero ella no podía seguir durmiendo unas horas. Se acomodó en la banca del parque, seguramente su cita llegaría tarde. Se quedó dormida en seguida

- Hola – le susurró al oído Sydney acariciando sus cabellos delgados

- Hola preciosa

- Te vi tan a gusto durmiendo que no me animaba a levantarte

- Me dormí muy tarde – se frotó el arco de la nariz – ¿A dónde quieres ir?

- Quedamos al cine – reía, la joven corredora siempre era despistada – Pero si quieres vete a dormir

- No, quiero salir contigo – sonrió. Claro que en un cine no se notaría mucho si se dormía

- Andrea está en la ciudad – emitió un suspiro para después tomar la mano de la chica rubia – Sabes, me odia… Por lo de… tú sabes quién

- Es difícil asimilar cuando una persona se ha ido para siempre, no te pongas triste – tomó su mentón – Y no hagas conjeturas

Salía con Sydney algunas veces. Sentía lástima por la niña, pues la muerte de su hermana la hizo madurar de la forma más ruin. Ahora estaba muy sola, no había nadie que la guiara un poco en su búsqueda por ser un poco más humana y menos una chiquilla malcriada con la maldición de la familia, como ella misma decía. Para Haruka se trataba de tonterías, las maldiciones no existían. No le molestaba hacerle un favor a la memoria de Jessica y así escuchar a Sydney o salir con ella alguna vez, si fuera ella quien se murió regresaría del más allá para pedirles a sus amigos ayudaran a Ayame…

Michiru la había llamado en la tarde. No podía salir porque estaba castigada. Esta vez Haruka no preguntó el porqué, con tantas cervezas que se tomó el viernes por la noche y como era su madre de seguro lo notó. Tenía la impresión algo le ocurría a su bella sirena, estaba un poco fuera de sí y hasta de control. Si no podían verla podía ocasionar un encuentro casual. El domingo Taichi se la llevaría al club para una reunión con los socios, así que ya tenía dónde verla. En la noche sacó de la cartera de su padre la tarjeta del club junto con la tarjeta de crédito, luego de mucho pensarlo y ya que estaba en ello también se llevó un par de billetes, con tantos que tenía no lo notaría. Eso esperaba.

- Buenos días Señor Kaioh

- Tenohocito ¿Juegas tenis? No lo sabía

- Sí, me encanta y lo practico mucho – era verdad, lo practicaba pero nunca allí

- Michiru ven – le habló a su hija que estaba jugando tenis con uno de los socios de su padre – Mira ya tienes con quién jugar… Tenohocito

- Haruka – sonrió llena de alegría – Papá ¿Podemos ir por un jugo? Tengo mucha sed

- Anda

Haruka la miró extrañadísima. Iba preguntar cómo se hizo los rasguños pero Michiru no le dio oportunidad, la acorraló contra la pared de la cancha de tenis y comenzó a besarla con pasión, como si tuvieran años de no verse. Haruka emitió un profundo suspiro apenas le dejó tiempo para respirar.

- Te extrañaba – sonrió la rubia

- Bien vamos por el jugo o no nos creerá – tomó del suelo la raqueta de tenis

- Te ves lindísima – se fijaba en sus piernas – ¿Quién te arañó? ¿El amante del fin de semana? – la respuesta fue una gran carcajada

- Algo así

- ¿Sí? – la tomó del mentó para ver sus ojos pero como ella lo evitó supo algo andaba mal – ¿Sucedió algo malo?

- No exactamente – le besó en los labios pero cuando intentó seguir caminando la joven rubia se lo impidió sujetándola del brazo – Fue mi madre – bajó la mirada – Son tonterías, creo se volvió loca

- ¿Todavía te maltrata Eloísa? Creí lo dejó de hacer

- No lo hacía… Y nunca me maltrató ¿o yo te he dicho algo así? – estaba enojada

- ¿Y crees se necesita lo digas? Vamos tienes o tenías todos los síntomas de un niño maltratado

- ¡Pues no! – se soltó de un golpe de la mano de Haruka – Estás loca

- Lo siento – le cerró el paso – No quería enfadarte más… Es que no quiero verte triste o que sufras. Te amo tanto que no puedo evitar, preocuparme… – ya no pudo decir más besaba esos labios hermosos

Ser joven no era fácil, tanto que decidir, tanto que aprender, poco para poder ser uno mismo y al final se está tan solo y abandonado. Haruka tenía a Michiru, nada resultaba ya pues en vano, porque su vida tenía sentido, tenía una pasión encaminada. Y de alguna forma quería darle esa misma razón y pasión a su sirenita ¿Cómo hacerlo cuando la evitaba? La vio de lejos en la escuela. Estaba con Lacrost y por lo bajo gruñía, pero había algo más raro y anormal, algo que no lograba comprender del todo. Si no conociera bien a Michiru podía asegurar tenía un romance, o por lo menos hacía intentos por uno, lo curioso era saber que no se trataba de Lacrost, él era la pantalla… ¿Con quién podría estar saliendo? Le daba igual. Era así porque se trataban de suposiciones en su mente trastornada por los celos. Mejor olvidar, por lo menos la parte de querer masacrarla. Su sirenita necesitaba ayuda, necesitaba ser salvada de algo que ella no quería. De alguien que no se daba cuenta la lastimaba

- Te amo – le susurró por detrás mientras la punta de su nariz recorría aquellos hermosos cabellos rizados aguamarino

- ¿Dónde estabas anoche?

- Intentado estudiar – rió – En la biblioteca, pero creo este semestre no apruebo mate

- ¿Te ayudo? – por fin volteó para observar esos ojos llenos de pasión

- Mejor me besas

No había salidas, necesitaba abrirle los ojos a la verdad. A una que ni ella misma comprendía. Sació su deseo en aquellos abrazos y besos. Su pensamiento siguió en ella, en cómo ayudarla cuando no lo quería. Quizá lo mejor era dejarla y cuando ella lo necesitara supiera estaría allí para ayudarla… o por lo menos escucharla.

- ¿Nunca te has preguntado por qué no tengo tiempo?

- ¿A qué te refieres?

- Bueno – sonrió apenada la rubia – Es que Belinda me insinuó que te engañaba

- Ah… Belinda – contestó sin importancia – Belinda y sus ideas – rió esta vez

- ¿Y no crees te engaño? – Michiru la miró fijamente a los ojos para reír alegremente

- No y si lo haces qué hacerle… En verdad me parece que te conozco demasiado bien y para tu información sé más cosas de ti de las que te imaginas – besó sus labios tiernamente mientras la piel de la rubia e enchinaba sintiendo que el suspiro de amor moría antes de poder salir

Trabajaba intensamente, estudiaba y a su manera estaba al frente de la casa. Paulatinamente se convirtió en el padre de familia, adquirió para sí los deberes y las obligaciones. Estaba en festivales, juntas y demás de Ayame era más que su hermana mayor y para Hitori guardó el amor que tantos años de niña se negó si quiera a admitir. Borraba el dolor en su vida, pues entendía que el amor lo era todo, por lo menos en la vida de su madrastra.

- Hola – saludó a la mujer – Traje despensa – mostraba contenta las bolsas

-¡Haruka! – gritaba la niña emocionada – Ven, mira quiero me compres unas zapatillas… todas mis compañera… – Y antes que siguiera con sus ideas Haruka contestó

- ¿Y si todas tus compañeras se tiran al pozo también tú lo harás?

- Sí – contestó enfada – Eres mala conmigo y ya no te quiero… ¡Necesito mis zapatillas! Yo quiero verme bonita

- ¡Eres bonita! – la tomó en sus brazos – Eres muy bonita… De verdad

Verificó la hora. Tiempo de marchar a su citas clandestinas, así la llamaba Belinda ¿De verdad hacía algo tan malo? La respuesta la tenía solamente ella. Como le dijo Belinda si lo escondía es porque algo de malo tenía. Si salía con Sydney era por fraternidad, por un mero sentido de deber y protección, hasta por el mismo cariño a Jessica que dejó se reflejara en esa pobre niña. Pero no se atrevía a decirle nada a Michiru, tenía miedo de ocasionar la guerra. Su sirena la odiaba y la chiquilla estaba consciente de ello. Más de una vez se vieron después del funeral de Jessica y Michiru siempre hacía gala de su prepotencia, sarcasmo y el odio contenido para terminar con cualquier mínima ilusión en Sydney. No escogería, ni permitiría que nadie la acorralara para decidir por alguien.

La película estaba lo bastante divertida como para que Sydney siguiera en esa postura tiesa y reservada, tenía la impresión algo le sucedía a la niña, pero hoy no era la primera vez veía algo así. Abrió la boca pero prefirió callar, había cosas que debía permitir al tiempo. Y al final de la película, cuando Sydney fue por unos dulces ella se animó a preguntarle, así que la siguió al pasillo. Negó todo pero sus ojos no podían mentirle, no a ella. Hizo una mueca de enfado y regresó adentro. Si no quería decirle podía sacar mejores excusas que la escuela o simplemente decírselo claramente

- ¿Estas molesta?

- No – agarró un puño de cacahuates – ¿O tengo alguna razón para estarlo?

- No sé – frunció el ceño Sydney – Si supiera no te preguntaba… Olvídalo, eres imposible

- Lo mismo digo – masculló enfadada

- ¿Y Michiru?

- ¿El qué?

- Nada – se encogió de hombros la chiquilla

- ¿Por qué me preguntas por ella?

- No sé ¿Por cambiar de tema?

- Pues dijo algo de salir con Lacrost… No puse atención…

- ¿Lacrost? – rió con cierta ironía que sonaba a burla perversa

- Sabes – tomó otro puñado de cacahuates – A veces das miedo

- Lo mismo decía Jessi – masculló para sí – ¿Por? – preguntó a Haruka. Esta vez fue ella quien rió era una pregunta muy torpe.

En cuanto se despidió de ella fue a casa de su sirena. Quería verla, sentir su piel rozando la suya, sus besos y escuchar su voz susurrándole al oído. Pero la sorpresa se la llevó ella. La casa estaba sumida en la más misteriosa oscuridad. Tocó un buen rato hasta que cansada pensó en marcar el móvil de su amante. Por fin la puerta se abrió, entre tanta oscuridad no podía verla bien pero percibía muy bien su aroma. Sintió la pasión se desataba lentamente dentro de su ser.

- Ven – la pasó

Daba tropiezos en la oscuridad, hasta que la dejó contra la pared, su dedo índice estaba en sus labios, se acercó a ella sintiendo cómo su corazón latía acelerado, sus manos sudaban pero no podían hacer ruido o hablar por alguna extraña razón que no entendía. La besó en medio de la oscuridad, le abrazó del cuello besándole con pasión mientras las lágrimas se escapaban a su control

- Que – intentó separase para ver qué sucedía con su sirena

- Calla – siguió besándola

Se quedaron en silencio, en medio de la oscuridad tomadas de la mano hasta que el corazón de Michiru volvió a su ritmo normal. Oyó un leve suspiro, a pesar del tiempo que llevaba sumida en esa oscuridad no lograba distinguir nada, era como estar en la eterna tiniebla donde nada yace y anda existe. Su amante se recargó en su pecho como un niño pequeño buscando protección. Haruka besó su cabeza, intentó de nuevo hablar pero ella le susurró esperara un poco a estar segura ¿Segura de qué? La guió hasta la habitación donde cerró con llave. La rubia extendió la mano para prender la luz pero Michiru se lo impidió

- Es peligroso

- ¿Ya puedo hablar? – reía sintiéndose un poco tonta

- Sí – la escuchó buscando algo en los cajones

- ¿Te encuentras bien? – Silencio. Por fin se iluminó la habitación – ¿Te…? – preguntar o quedarse callada

- Está loca – se sentó frente al espejo para limpiarse la sangre de la ceja – Es todo – reía nerviosamente – Pero ahora duerme y es nuestra la noche

- Creo que – quería preguntar o por lo menos saber que Michiru no enloquecía con Eloísa – ¿Has intentado…? Creo – tartamudeaba con torpeza. Retiró los mechones de su rostro para observar con cuidado aquel bello rostro sobre el que hoy se cernía la tristeza y desgracia. Besó sus labios y dejó que fuera ella quien hablara

- Sólo abrázame… Sólo eso… no importa nada, ya se le pasará

Pero Haruka creía que conforme pasaba el tiempo esto empeoraría. Durmió es anoche con ella. Dejó que aquello pasara desapercibido, como haber despertado de un mal sueño en medio de la noche para encontrarse de nuevo a salvo, en los brazos de quien se ama. La protegería y la salvaría, aunque siguiera rehusándose a ser salvada. Sí, éste era su mayor defecto intentar salvar a personas que no querían ser salvadas como Michiru, Sydney, su padre, Hitori… Despertó a las tres de la madrugada un poco angustiada, su amante dormía plácidamente entre sus brazos. Se levantó en silencio para quedarse sentada en la orilla de la cama rodeada de la penumbra, sin salida, sin saber a dónde iba o cómo vivir.

Recogió a Ayame a la salida de al escuela. Su padre ni siquiera notó su ausencia y así terminaba felizmente su día. Por primera vez en mucho tiempo tenía oportunidad de dormir temprano, pero no tenía sueño, su cabeza estaba tan embotada que lo único lúcido en ella era la idea de salvar a su sirenita. Conforme el tiempo pasaba Eloísa enloquecía más. Presa del vicio que adquirió cuando su esposo la dejó en abandono se convirtió en una mortal bestia. Agredía a Michiru sin razones y a pesar que la chiquilla usaba todas las artimañas aprendidas para evitar tener enfrentamientos con ella, ya Eloísa no necesitaba un pretexto, solamente tener el suficiente valor para quererla matar. No importaba lo que pasara por la cabeza de su madre con o sin vicios siempre fue así con Michiru, era un instinto de supervivencia, una forma de eliminar lo indeseable que hoy escapaba por primera vez. Durante un tiempo Michiru lo toleró hasta que se volvió parte de su vida, ya no había que tolerar algo a lo que te acostumbras.

- Michiru – la sujetó de la muñeca mas ella no quería hablar de lo que pasaba… Necesitaba vivir en un mundo mejor, un mundo de ilusión

- Tengo clases

- ¿Quieres ir al cine?

- No. Invita a Sydney, tiene más tiempo libre que yo – sonrió. Haruka se quedó pasmada primero por sacar a colación a la niña y segundo porque en sus palabras no había nada de sarcasmo

- ¿No quieres salir conmigo?

- Tengo práctica y mucha tarea. Es todo… Y Sydney puede tener más tiempo y hasta divertirte más

- Creo yo decido con quién salgo

- Lo siento – besó sus labios casi por automatismo – No pretendía ofenderte, es que no puedo…

Lo peor no era la costumbre sobre un hecho tan indeseable, grotesco y monstruoso, sino el hecho que Michiru se enloquecía con Eloísa. Haruka intentaba convencerla que no se trataba de la luz o ideas quiméricas que ella guardaba sobre monstruos y demonios, pero en parte era la forma como lo explicaba, su madre presa de sus vicios se convertía en alguien monstruoso, un ser abominable que era capaz de las peores atrocidades. Convencida de un hecho real se animaba la pobre chiquilla a hacerle frente y decirle a su padre lo que sucedía debajo de ese techo, en el interior de la familia perfecta y entonces como si Eloísa predijera ya su fin, hacía promesas, daba regalos al por mayor y por unas horas Michiru de nuevo era su hija, su precioso tesoro para envolverla otra vez en sus redes y silenciarla.

Y es tener diecisiete creer al mundo tan cerca y verlo a la vez tan lejos, sentir que la vida vale. Pero simplemente vives esperando para que al final nada pase. La vida sigue siendo vida, igual, monótona en el sentido que se repiten las acciones como grabaciones sin remedio. Pero ahora había cambiado, no estaba sola, estaba con ella… con su sirena. Era ella quien le preocupaba, quería sacarla de esa casa pero como ella misma se negaba a dejar su tortura como si algo, un pecado callado en su cerebro, le impidiera escapar del tormento. Le creía a Eloísa cuado decía cambiaría y a pesar de lo que había unos minutos atrás sucedido o de promesas anteriores que no duraron ni veinticuatro horas. O por lo menos eso le parecía a Haruka. Le creía que cambiaría, le creía que la amaba, que la vida mejoraría pero lo único es que Michiru quería una ilusión, el amor la cegaba, un falso amor porque si a Sydney la odiaba por dejar que amor y las pasiones la dominaran qué era entonces ella. Hacía lo mismo. El amor mató a Jessica como estaba matando a su sirena. Debía confesar que cuando veía sus ojos y si cerraba los suyos escuchando esas promesas que recitaba tal cual su madre le dijo hasta la propia Haruka creía que el martirio terminaría. Daba igual si mentía o era parte del problema del que no quería escapar, se trataba de liberarse de esas ilusiones falsas.

Optó por pelear por abrirle los ojos a la verdad. Eloísa no cambiaría, el amor la tenía trastornada y con la razón atada, de seguir así un día la mataría sin remedio. Pero Michiru gritaba, se enfada y se aferraba a creerle, a ciegamente seguir esperando por una ilusión que nunca llegaría. Cerraba los ojos y dejaba que su madre la manipulara con chantajes amorosos pues descubrió la debilidad de su hija. Y con una palabra dulce o promesa tierna el mundo daba vueltas para su amante, cerraba los ojos y confiaba hasta el punto de llegar a no importar la verdad, daba igual si mentía. Necesitaba confiar, necesitaba creer en ago más que en sus propios sueños. Ella le repetía que si no se alejaba la hundiría más, necesitaba una ayuda que no recibía y tal parecía ni quería. Eloísa encontró que era más feliz viviendo entre sueños y mentiras. Ahora entendía por qué Michiru odiaba tanto a Sydney, la odiaba por venderle sueños imposible a Jessica, por hacer que un infierno pareciera el paraíso, por nublar su razón y hasta por cerrar sus ojos a la verdad, por matarla por amor… Porque convirtió algo hermoso y perfecto en la razón para destruir… Por amor la mató.