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Cuando la noche arrastre cenizas
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Un ladrón, siete infinitos y una diva
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El tintineo de las llaves contra la cerámica resonó al dejarlas caer. El bol había sido un regalo de su madre cuando se independizó y, aunque no le gustaba nada, por educación lo había puesto en la entrada de su apartamento. Recogió algo de propaganda que habían colado por debajo de su puerta. En solo una semana ya tenía ofertas para cursos de vendedora de cosméticos casa por casa, clases de equitación y jerséis de punto hechos a mano. Tal vez si ofreciesen algo original podría interesarle.
Dejó los papeles en la mesa baja del salón y se sentó en el sofá estirando las piernas. La luz parpadeante de su teléfono fijo le advirtió de que tenía un mensaje. La observó durante un largo minuto antes de apretar el botón para escucharlo.
—Ichijouji, me han dicho que te daban hoy el alta así que llámame cuando llegues. Menudo trabajo he tenido que tragar por tu culpa. Ah, por cierto, me toca decirte que me alegro de que no fuera nada grave aunque no sea cierto del todo. Venga, adiós.
Un pitido anunció el final del mensaje. El ambiente quedó extraño cuando desapareció la voz ronca del compañero de trabajo de Ken. Como si hubiera estado allí en persona y se hubiera esfumado de pronto. Como cuando un globo se explota y de él solo quedan restos. Al joven le parecía poder ver los vestigios de la amargura del otro, de la acusación en su voz y del cansancio por la vida.
Se dijo que era un pobre infeliz, no sabía vivir.
Cogió el auricular y marcó el número de la oficina. Casi pudo sentir el frío del aire acondicionado, que trataba de aliviar el ambiente cargado por el sudor del secretario. Imaginó la forma en que su espeso bigote blanco se movía mientras le decía que en un momento se podría su compañero.
—Ya era hora —dijo el hombre a modo de saludo.
—¿Qué querías? —preguntó Ken con aburrimiento.
—Decirte cuatro cosas. Estás mal de la cabeza, chico. Mira que entrar de esa manera al incendio. Deberías estar mucho peor, igual te serviría de escarmiento. No sé qué pretendías haciéndote el héroe pero casi te cuesta la vida y a mí el cuello por permitírtelo, los de arriba querían mi cabeza...
—No me hacía el héroe.
—Pues entonces no sé por qué lo hiciste.
—No preguntes, tu pequeño cerebro empapado de alcohol no lo entendería —cortó el joven.
Hubo un tenso silencio. Lo cortó una socarrona carcajada impregnada de amargura. El pobre infeliz no se dejaba llevar por insultos, había soportado muchos en su vida.
—Parece que el fuego te ha vuelto peleón. Bueno, no tengo tiempo para tonterías. Según el informe del médico que nos mandaron tienes que descansar una semana, por posibles secuelas o no sé qué. Así que dentro de siete días te quiero aquí el primero. ¿Entendido?
—Sí. —Ken lo había comprendido, aunque hacer caso era una cosa bien distinta.
—Y mírate también la cabeza con un buen psicólogo, parece que algo se te ha descolocado ahí dentro.
El chico colgó sin despedirse, aunque le dieron igual las palabras de su compañero. Pensó que un par de semanas de vacaciones estarían bien y decidió que se las tomaba sin preguntar a nadie. Se recostó en el respaldo del asiento con gesto inexpresivo. Nadie podría haber imaginado todo lo que había en su mente en ese momento.
Recordó el fuego y el color negro. Sintió el dolor en cada cicatriz de las quemaduras y la humedad del mar en su niñez. Saboreó el camino hacia la muerte y el regreso llevándose algo de ella. Nunca imaginó que le gustaría tanto convertirse en ladrón.
Su corazón palpitaba con fuerza desde que había estado a punto de apagarse. Le decía que solo merecía la pena vivir si era de la forma adecuada.
Pensó en los rostros que había visto esa semana en el hospital. El cansancio en doctores y enfermeras, la preocupación en sus padres, los miedos escondidos en sus amigos. Solo había una persona que no le visitó más que el primer día y ello le intrigaba. Casi pudo ver ante él a Hikari, con su mirada brillante. Ella le rehuía. Y Ken sabía la razón.
Se incorporó un poco y miró hacia la entrada. Sus ojos se posaron de nuevo en el feo bol de cerámica. Su color sepia desentonaba con los muebles oscuros, su forma redondeaba no encajaba en la encimera rectangular. Se puso en pie y caminó hacia allí, sacó las llaves y sostuvo el regalo de su madre con la mano derecha. Sintiendo una extraña adrenalina, lo estrelló con todas sus fuerzas contra el suelo. Los pedazos de cerámica se esparcieron en formas desiguales y puntiagudas.
Ken sonrió. Se le ocurrió que le apetecía hacer una visita.
~ · ~
El vaho que despedía el agua hirviendo la hipnotizó. Vapor sin control que ascendía y desaparecía, al menos a simple vista. Como las sensaciones, que son tan fuertes que parecen estar vivas y ser tangibles, aunque ello solo queda en ilusión.
Quitó la cacerola del fuego y sirvió el líquido en una gran taza. Sumergió una bolsita de té y removió. Cogió la cucharilla y se dispuso a hacer siete veces el mismo movimiento. Un ocho repetitivo, la marca del infinito si se imaginaba tumbado. ¿Cómo un mismo símbolo podía significar cosas tan distintas? Temía pensar en números más allá del diez. Era la cantidad de errores que creía poder soportar cada día.
Hikari removía sus bebidas de esa misma manera, un tío suyo solía decir que era la forma correcta, que así el azúcar se mezclaba bien. Tal vez seguía demasiado las directrices de los demás, porque siempre se estresaba al pensar en el infinito pero sentía que defraudaba a su tío si no lo dibujaba en su té.
Siete infinitos en su bebida. Siete infinitos que se tragaba.
¿Serían también en realidad siete los errores que soportaría? Solía pensar que los demás no temían tanto como ella, aunque quizás el problema era que pensaba demasiado. Los infinitos podían ser ochos si se lo proponía. Pero no tenía suficiente fuerza de voluntad como para llevar la contraria.
Cuando llamaron al timbre se sintió aliviada. Solo había dibujado un infinito en su té, pensó que podía soportar mejor uno que siente. Dejó la taza en la mesa de la cocina y caminó hasta la puerta. Se preguntó si no debería al menos mirarse en el espejo pero acabó encogiéndose de hombros, nunca fue la persona más coqueta del mundo. Se peinó un poco el pelo con los dedos porque tampoco era demasiado descuidada.
La mirilla no le reveló quién había al otro lado. Sin ser prudente decidió abrir. No sabía lo que acababa de desatar en su pequeño hogar.
—Hola, Hikari.
Los ojos de Ken, más oscuros de lo que los recordaba, entraron en su campo de visión y avanzó un paso involuntario. Se reprendió porque debería querer huir. No es bueno sentirse cercano a lo oscuro, puedes perderte si no ves el camino.
—Oh, qué sorpresa, hola —dijo la chica cuando pudo reaccionar—. Pasa, por favor.
En cuanto él cruzó el umbral pareció que el aire se enrarecía. Todo estaba cargado de un extraño olor que acariciaba las paredes para impregnarse en ellas. El techo estaba más bajo y el suelo temblaba un poco. Como si temieran lo que se avecinaba. ¿Quién dice que los objetos, a pesar de carecer de vida, no puedan percibir el peligro? Hay señales que nadie quiere ver hasta que no es tarde. Hikari era de las que prefería guardarse lo que el instinto le decía.
Se sentaron en el estrecho sofá que había en el amplio salón. Tal vez no era tan pequeño el asiento, solo daba esa impresión porque el brazo de Ken se empeñaba en rozar el de ella.
—He venido a verte porque me tenías preocupado. —La mentira era evidente, tanto que hizo que le recorriera un escalofrío—. No has venido a verme al hospital y temía que te pasara algo.
—Lo siento, he estado ocupada.
—Claro.
El silencio que se formó era pesado. Hikari sentía que podría hundirla contra el suelo si se despistaba. Apretó los dedos de la mano izquierda y miró sus nudillos, solo para no tener que pensar en por qué los ojos de Ken no se apartaban de ella, en la razón de que le gustase tanto esa mirada que debería aterrarla.
—¿Quieres tomar algo?
—No —respondió él—. Mi compañero de trabajo cree que debería ir a un psicólogo por todo lo del incendio. ¿Tú qué crees?
—No lo sé, tienes que saber tú si lo necesitas. ¿Te sientes diferente?
La joven se obligó a mirarle. Su intento de seguir las directrices de los demás, de demostrar educación, fue lo que la condujo a ello. Y ahí estaba ese error infinito que había dibujado en su té. Ese del que tal vez no habría escapatoria.
—Cuando estamos a punto de morir, hay algo que se despierta en nosotros. —La voz de Ken parecía llegar de un lugar muy profundo—. Nos susurra que nos levantemos, que caminemos hacia el precipicio y nos tiremos por él si nos apetece. Nos canta odas a cada error deleitándose en el placer que se siente al cometerlos. Nos baila danzas terroríficas con las que comprendemos que nuestra alma se ha manchado para siempre y que ello nos encanta.
Hikari tragó saliva. No sabría nunca cuál de los dos fue el que se encargó de unir sus bocas. En realidad no tenía importancia, no te equivocas menos por haber permitido que alguien haga algo.
Esencias contrarias se encontraron ese día entre sábanas. Blanco y negro, como en una lucha, aunque el gris no llegó nunca. Luz que se apagaba intentando contener las sombras, oscuridad que no dejaba que el brillo la aclarase. No hay explicación alguna de por qué los extremos tienden a buscarse el uno al otro. Es inevitable que batallen por el control.
Las épocas de aparente equilibrio son más peligrosas que las de guerra.
Ken abrió los ojos en medio de la noche. Salió de la cama y se marchó a medio vestir porque ya no le apetecía dormir. Hikari fingió no enterarse de nada pero su corazón seguía desbocado cuando la puerta se cerró.
Ninguno se arrepintió. Era lo que tenía que pasar. Y sabían que se repetiría.
~ · ~
Un poco de colorete en las mejillas. Una pizca de color en los labios. El rímel y el lápiz negro de ojos nunca estaban de más. Decidió dejarse el pelo, ondulado y largo, suelto. Se embutió en un top que le marcaba el escote. Terminó de arreglarse cuando los tacones a juego con su falda estuvieron bien puestos en sus pies. Sentía que podría caminar sobre un fino hilo sin caer, tenía práctica haciendo equilibrismos. No se planteó trabajar en un circo porque desde pequeña vio películas en las que sus caravanas eran viejas y malolientes. Los clichés televisivos están para instaurarse en la cabeza de las personas. Nadie mejor que Mimi para creer todos y cada uno de ellos.
Casi olvidó el bolso antes de marchar. Su tacto suave la reconfortó cuando tuvo que bajar en el ascensor con un vecino que tenía mal aspecto. No quería contagiarse, así que se tapó la cara con la mano descaradamente cuando el hombre estornudó.
Llegó al restaurante con sus habituales aires de diva. Las personas se daban la vuelta para mirarla, o al menos así era como ella lo creía. Los chicos con deseo, las chicas con envidia, y cada par de ojos posados en ella aumentaba su autoestima. Trabajaba mucho para estar siempre tan perfecta.
Se sentó en la mesa, no le sorprendió llegar la última. Se enfadó cuando le dijeron que ya habían pedido las bebidas sin esperarla pero se le olvidó cuando Miyako le contó un nuevo cotilleo.
—¡¿En serio?! —chilló, a medias por la sorpresa y a medias por querer llamar la atención—. Bueno, está claro que lo ha hecho para que no se le escape. Toma nota, Miya, si quieres cazar a un tío quédate embarazada de él. Al menos tendrá que pagarte una pensión y cuando pasa el tiempo siempre hay deslices con los ex.
Algunos de sus amigos negaron con la cabeza ante sus palabras. No le importaba que no aprobaran sus pensamientos, eso solo hacía que se convenciera más de ellos. Sora no le prestaba demasiada atención porque estaba pendiente de su teléfono. Como siempre, era una mujer ocupada. Se preguntó cómo alguien podía centrarse tanto en trabajar que olvidaba vivir.
La comida transcurrió tranquila. Se habían reunido para celebrar que Ken se encontraba bien y por ello el restaurante era algo más "pijo" de lo que estaban acostumbrados. Mimi bebía vino de su copa imaginando que formaba parte de una película antigua. Estaba acostumbrada al alcohol así que no se le subió demasiado, pero no todos lo toleraban igual. El letargo inundó la mesa cuando terminaron de comer. Ella se asustó porque no quería volver a su casa tan pronto, era joven para estar siempre encerrada.
—¡Ah! ¡No os lo he contado! Ya he decidido qué deporte de riesgo voy a hacer.
Hubo miradas cómplices que le dijeron que más de uno hablaba de ella a sus espaldas. No le importaba, ser el tema de conversación de los demás siempre era bueno, aunque lo que dijeran de ella no lo fuera. Las grandes estrellas son más populares cuando la gente no las soporta. Lo bueno se olvida pronto, las críticas se repiten tantas veces que se vuelven casi canciones populares.
—¿Cuál? —preguntó Jou, más por cortesía que otra cosa.
—Paracaidismo. ¿Os apuntáis?
Algún suspiro y ojos en blanco. Parecía que todas las palabras de Mimi provocaban reacciones en los demás, le gustaba sentirse poderosa.
Casi podía enumerar la lista de excusas que le dieron después: que era caro, que no podían por sus trabajos, que les daba miedo... No eran más que razones para vivir en su monotonía personal. Ahí estaban sus amigos. Encasillados en rutinas de las que no podían escapar, en roles por su personalidad que limitaban lo que hacer en su vida. Sin poder avanzar ni retroceder, paralizados por su prudencia.
Justo cuando iba a acusarles de aburridos, a decirles todas las cosas que se perdían por no tener algún atrevimiento, uno de ellos habló.
—Yo iré contigo.
Miró a Ken a los ojos y se sintió rara. Como si le costase respirar, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo funcionar. Había algo distinto en esa mirada azulada. La timidez habitual del joven había desaparecido y en el fondo de sus negras pupilas asomaba algo. No sabía qué era, pero siempre le gustaron las emociones fuertes.
No se dio cuenta del gesto de Hikari, aunque ello no cambió nada. No habría hecho caso de su advertencia silenciosa.
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He tardado en actualizar, voy algo lenta en todas mis historias, pero apliquemos lo de "despacio y con buena letra".
Dije que se entendería mejor lo de Ken y me equivoqué, el capítulo tiene vida propia, así que será en el siguiente (o eso espero).
