Rapunzel miró al hombre, tendido en el suelo por el sartenazo recibido, y se acercó a él con cautela, con su maniquí como escudo y la sartén en ristre. Pascal también estaba alerta junto a los pies descalzos de la joven. Con sigilo y aún con miedo, Rapunzel salió de su escondite y tocó un par de veces la nuca del intruso, no se movió. La muchacha miró al camaleón, quien ladeó la cabeza, confuso. Volvió a tocar al chico y esta vez le movió ligeramente la cabeza, un mechón de pelo le tapaba el rostro. Pascal se aproximó al dibujo aterrador del hombre del saco, pintado en el suelo, y se puso rojo, indicando que ese individuo podría ser el monstruo. Asustada, Rapunzel separó el cabello de la cara del joven y le miró. Por un minuto, se quedó embobada con el atractivo del muchacho y se preguntó qué color de ojos ocultaban aquellos párpados. Pero la magia se disolvió en cuanto el chico los abrió y ella, impulsada por el miedo, le golpeó otra vez la nuca con la sartén. Al poco tiempo, se dio cuenta del gran problema que tenía delante: Tenía a un desconocido inconsciente en su casa, ¡y Gothel podría llegar en cualquier momento! ¿Qué haría ahora? Durante un buen rato estuvo pensando y al final se le ocurrió una idea. Con la ayuda de su pelo, Rapunzel arrastró al joven hasta el armario y, tras muchos intentos, logró meterlo dentro (causándole unos cuantos moratones en el proceso).
-Piensa, piensa. Tengo a un hombre en el armario, tengo a un hombre en el armario- se decía la chica con los nervios de punta, luego se miró al espejo y se dio cuenta de lo bien que se había defendido, para después hablar con más entusiasmo- Tengo a un hombre en el armario. ¡Ja! Demasiado indefensa para ir fuera, ¿eh, madre? Díselo a mi sartén.
La chica blandió el objeto, dándose sin querer en el ojo con él. Luego se fijó en la alforja que había traído el muchacho y la abrió, descubriendo varias cosas que le resultaron muy interesantes: Un trozo de tarta, un par de manzanas; un papel arrugado y un extraño objeto brillante. Rapunzel cogió el papel: Era un cartel de Se busca y en él aparecía dibujado el mismo tipo al que acababa de dejar K.O, pero con la nariz el doble de grande, lo leyó detenidamente: Se llamaba Flynn Rider y era un ladrón.
-Genial.-pensó ella con sarcasmo, el primer hombre que aparecía en su vida y era un delincuente, lo que le faltaba.
Metió el papel en su sitio y sacó la cosa brillante, supuso que era una especie de complemento de moda y se la probó en el brazo a modo de pulsera y como monóculo en los ojos, pero Pascal le negaba con la cabeza. Después se lo puso sobre la cabeza, ahí sí que encajaba. El reptil la observó sorprendido, pero volvió a sacudir la cabeza.
-¡Rapunzel! ¡Deja caer tu pelo!- le gritó desde fuera Gothel.
La joven escondió la corona en la bolsa y luego ésta la metió en un jarrón cercano.
-Ahora voy, madre.-le respondió la chica, soltando su larga melena rubia por la ventana.
Gothel se agarró a ella y Rapunzel la subió lentamente.
-Te tengo una sorpresa.-le informó la mujer a su hija mientras ésta le ascendía.
-Eh… yo… también te tengo una.
-Pero seguro que la mía te impresiona más.
-Eso lo dudo.
-Voy a hacer crema de avellanas para cenar, ¡sorpresa!- le dijo sonriente Gothel una vez dentro.
-Gracias, madre. De hecho, quería hablarte de una cosilla.-le contestó Rapunzel acercándose al armario.
-Espero que no sea otra vez el tema de las estrellas.
-Luces flotantes-la corrigió la joven- Y sí, porque tú siempre me dices que no soy capaz de valerme sola ahí fuera, ¿no?
-Es que no eres capaz de hacerlo.
-Pues me gustaría decirte que…
-Rapunzel, se acabó el hablar de esto.
-Pero…
-¡Olvida esas luces! ¡Tú no saldrás de aquí NUNCA!
Rapunzel calló, asustada y deprimida, alejó la mano de la puerta del armario. Su ilusión quedó sumida en una espiral de tristeza y confusión, su madre iba en serio. ¿Y qué haría entonces? Daba igual lo bien que se hubiera defendido de un desconocido, Gothel jamás le dejaría marcharse de la torre.
-Oh, lo siento, hija. Te quiero mucho.-le dijo la mujer abrazándola.
-Y yo a ti más.
-Y yo a ti mucho, mucho más.
Así pasó la noche, Rapunzel miró al techo de su cuarto con tristeza. Pascal le acarició la mejilla con la cabeza, tratando de consolarla. La joven le sonrió agradecida y después trató de dormir, aún con el pesar en su cuerpo. No se dio cuenta de que afuera, al pie de la torre, un caballo blanco salía de un gran arbusto y miraba hacia la ventana, preocupado.
A la mañana siguiente, Gothel avisó a Rapunzel de que debía hacer un largo viaje para conseguir provisiones. La joven le preparó el cesto y se despidió de ella con un fuerte abrazo. Cuando la mujer se marchó, la chica se acordó del muchacho que aún seguía encerrado en su armario y decidió sacarlo de allí. Con la sartén en la mano y el maniquí como defensa de nuevo, abrió la puerta con un mechón de su cabello y Flynn cayó de narices al suelo. Rapunzel pensó un poco, ¿dónde lo pondría para que no huyese o le atacase? Miró a su alrededor y vio la silla verde de su madre, lo ató de manos y pies a ella y lo acercó al centro de la sala. Pascal se subió al hombro del chico y le dio un toque con la pata, no se movió; con la cola, tampoco. El camaleón pensó un segundo y después metió su lengua en la oreja del ladrón.
-¡Ahhhhh!-gritó Flynn, lanzando al reptil fuera de su hombro.
El muchacho miró a su alrededor, estaba bien atado a la silla con… ¿pelo?
-¿Pero qué…?-dijo sorprendido.
-No te muevas… es… es inútil resistirse.-le dijo una voz femenina con cierta inseguridad.-Sé por qué estás aquí y no… t… te tengo miedo.
-¿Qué?- respondió el ladrón, confuso, tratando de distinguir la silueta que tenía enfrente.
La figura avanzó y salió a la luz una hermosa joven de larga cabellera rubia y ojos verdes, con una sartén en sus manos. Flynn se quedó boquiabierto.
-¿Quién eres y cómo me has encontrado?-le preguntó suavemente.
El chico no respondió más que con un suspiro.
-¿Quién eres y cómo me has encontrado?-le repitió Rapunzel, esta vez con más seriedad.
Flynn siguió mirándola embobado unos segundos y después se decidió a responder.
-No sé quién sois vos ni cómo os he encontrado, pero dejadme que os diga...-el joven cambió su seria expresión por una pícara- Hola.
Rapunzel frunció el ceño, confundida, ¿por qué la miraba así?
-¿Cómo vas? Me llamo Flynn Rider.-le contestó, aún con la expresión seductora en el rostro.
Durante una milésima de segundo, la joven le quiso devolver la sonrisa, pero reaccionó y le gruñó.
-¿Quién más sabe dónde estoy, Flynn Rider?-le preguntó firmemente, empuñando su sartén.
-Tranquila, rubita…
-Rapunzel.
-Pues eso. Yo estaba huyendo por el bosque, me topé con esta torre y…- Flynn se dio cuenta de que le faltaba algo y lo buscó por todos lados-¿Dónde está mi bolsa?
-Escondida.
El chico miró por las zonas visibles y se fijó en una muy sospechosa.
-Está en ese jarrón, ¿no?
Rapunzel soltó un gruñido para sí misma, ¡lo había descubierto! Le arreó otro sartenazo a Flynn y escondió la alforja bajo una escalera hueca, ahí nunca la encontraría, ni siquiera su madre sabía de la existencia de aquel rincón secreto. Pascal se subió de nuevo al hombro del joven bandido y le metió la lengua en el oído. Éste se despertó y miró al camaleón.
-¡Ahhhh!- el reptil salió volando de allí- ¿Quieres parar?
-Ahora sí que no encontrarás la alforja.
El muchacho suspiró frustrado.
-Bien, ¿qué quieres hacerle a mi pelo? ¿Cortarlo? ¿Venderlo?- le interrogó la chica mientras le rodeaba con la sartén en la mano.
-¿Cómo?- Flynn la miró confuso, ¿para qué querría él su cabello?- No, lo único que quiero es que me lo quites… literalmente.
-¿No quieres mi pelo?
-¿Y qué demonios iba a hacer yo con él? Yo sólo huía porque me perseguían, vi la torre, subí y ya está.
-¿Dices la verdad?
-Sí.
Rapunzel no sabía si fiarse de la palabra de aquel hombre, y Pascal tampoco, que se asomó tras el hombro de su dueña, mirando al joven con sospecha.
-No parece peligroso-dijo Rapunzel al reptil.
Pascal le respondió en su lenguaje animal, que ella comprendía desde hacía años.
-Alguien debe guiarme por ahí fuera.
El camaleón volvió a contestar.
-Sólo faltan tres meses, ¿qué otra alternativa le ves?
Flynn observaba la escena incrédulo, ¿acaso aquella chica podía ser más extravagante?
-Está bien, Flynn Rider. Estoy dispuesta a llegar a un acuerdo contigo.-le dijo al fin ella.
-¿Un acuerdo?
-Mira esto- Rapunzel tiró del montón de pelo que mantenía preso al joven y sin querer le hizo caer al suelo-¿Sabes lo que son estas luces?
La muchacha separó un trozo de tela que cubría un hermoso mural en el aparecía ella subida sobre un árbol, mirando al cielo nocturno, en el cual las luces flotantes brillaban con vivos colores.
-¿Te refieres a los faroles que encienden cada año para la princesa?-le contestó Flynn, estampado aún contra las baldosas.
-Faroles, sabía que no podían ser estrellas-la cara de Rapunzel volvió a iluminarse con una amplia sonrisa- Bien, dentro de tres meses, esos farolillos iluminarán el cielo. Tú serás mi guía: me enseñarás todo lo que debo saber sobre el mundo exterior y cómo debo defenderme de sus peligros; y después me llevarás a ver los faroles y me traerás a casa sana y salva. Entonces, te devolveré la bolsa. Ese es mi trato.
El ladrón se movió un poco, con dificultad.
-Siento decirte que no podrá ser. Por desgracia mis relaciones con el reino no son muy "cordiales" que digamos, así que no te llevaré a ningún lado-le respondió.
La chica miró a Pascal, que le dio a entender que pensaba lo mismo que ella. Entonces bajó del escalón e irguió la silla.
-Escúchame bien, Flynn Rider- Rapunzel acercó al chico y sus rostros quedaron a pocos centímetros el uno del otro-No me importa que remuevas esta torre de arriba abajo; pero sin mi ayuda, nunca podrás hallar tu querida alforja.
-A ver si lo he entendido: Durante los tres meses siguientes te ayudo a valerte en las afueras, te llevo a ver esos farolillos, te traigo aquí y… ¿me devuelves la bolsa?
-Lo prometo.
Flynn arqueó una ceja, no se fiaba mucho, ya le habían engañado anteriormente de manera similar y no pensaba caer de nuevo.
-Y cuando hago una promesa nunca la incumplo, tenlo por seguro.-le dijo ella con toda seguridad.-Nunca.
El chico se quedó callado un minuto y le vino a la cabeza una idea.
-Vale, no quería hacer esto pero no me dejas elección. Voy a tener que poner la pose.
El joven bajó la cabeza y luego miró a Rapunzel con ojos de corderito. La chica no reaccionó.
-Vaya, esto no me suele pasar-admitió relajando el rostro.-Está bien, acepto el trato.
-¿En serio?- dijo ella felizmente, sin darse cuenta de que había soltado a Flynn.
-¡Auch! Me has roto la pose-dijo el chico con la cara aplastada contra el piso.
-Perdón.-se disculpó la joven levantándolo y destándole las manos y los pies.
El ladrón se estiró para desentumecer los músculos, que le dolían una barbaridad.
-¿Vives aquí sola?-le preguntó Flynn mirando la estancia.
-No, vivo con mi madre y con Pascal.-la muchacha señaló al camaleón en su hombro.
-¿Así se llama tu rana?
-Es un camaleón.
-Bueno, eso. ¿Y tu madre dónde está?
-Se fue de viaje unos días.
-Ah, ¿y sabe que estoy aquí?- le preguntó el joven, asustado por si la mujer sabía que él estaba siendo buscado por la ley.
-No. ¿Debería saberlo?
-No.
-¿Por qué?
-No tengo muy buena fama por estos lugares.
-Porque eres un ladrón, ¿no?
-¿Cómo sabes tú eso?
-Lo leí en ese papel que llevabas en la alforja.
-Oh, y… ¿no te doy miedo?
-¿Por qué? No pareces un monstruo ni nada parecido.
Flynn la miró sorprendido, él era un ladrón, un delincuente. Debía estar asustada, los bandidos no eran el tipo de gente con la que uno pasa de cerca sin el miedo en el cuerpo. Pero aquella joven no se mostraba en absoluto acongojada, sino que ahora le miraba con inocencia y tranquilidad, como si fuera un tipo normal. No supo por qué, pero en parte le gustó esa forma de actuar en ella; y por otra le pareció muy rara. Aún así, Flynn pensaba recuperar su bolsa, y si para ello necesitaba estar durante tres largos meses con aquella mujer tan extraña y llevarla a ver los farolillos, lo haría. Al caer la tarde, Flynn se dispuso a descender la torre.
-Espera.-le dijo Rapunzel.
-¿Qué quieres ahora, Rubita?
-Será mejor que bajes así.-la chica soltó su melena por la ventana.
-¿Qué? ¿Por tu pelo?-al ladrón le pareció una broma.-Es coña, ¿no?
-No, agárrate a él.
El muchacho obedeció dudoso y se aferró a la cabellera de la joven, para después descender con cautela por ella y tocar finalmente el suelo.
-Hasta mañana, Flynn.- se despidió Rapunzel con voz dulce tras recoger el cabello.
-Eh… chao.-le respondió el joven sacudiendo la mano.
La chica se metió en la torre y cerró la ventana. El ladrón suspiró hondamente y se apoyó en la pared de piedras.
-Esto es de locos.-se dijo mientras se llevaba la mano a la cabeza.
Apenas había acabado de asimilar lo ocurrido cuando se acordó de algo: Maximus. El día anterior le había dicho al caballo que se marchase si él no aparecía al ponerse el sol, así que supuso que estaría muy lejos de allí. Un gran pesar se adueñó de su cuerpo y mente, Max había sido su mejor amigo en mucho tiempo y le dolía pensar que no volvería a verle. Aquel animal había sido uno de los pocos que se habían ganado su amistad. Estaba a punto de buscar un sitio para dormir cuando de repente una figura blanca salió de un arbusto y se abalanzó sobre él.
-¡Max!-dijo Flynn con incredulidad.
El corcel le lamía la mejilla a la vez que movía la cola, loco de contento. Una vez que dejó erguirse a su amo, éste le acarició el cuello.
-¿No te dije ayer que te marcharas si no regresaba al atardecer, bobo?
Maximus relinchó a la vez que le tocaba la espalda con el belfo. Él era su amigo y no pensaba abandonarle por nada del mundo. Flynn agradecía eso por parte del animal, era tan leal.
-No te vas creer lo que me ha sucedido, chico-le informó una vez que dejó de abrazarlo.
El semental ladeó la cabeza en señal de curiosidad y el joven le explicó lo que había pasado en la torre. Una vez que terminó, el animal resopló sorprendido.
-Ya lo sé, y tendremos que pasar aquí tres meses con esa chica hasta que la llevemos a ver los faroles y nos dé la alforja con la corona.-le contestó el ladrón.
Por la noche Flynn desensilló a Maximus y usó la montura como almohada, como siempre hacía. No hacía frío esa noche, así que no necesitó la manta para taparse ni para dormir sobre ella, ya que la hierba era muy cómoda. Antes de dormirse, el chico se rió de una cosa bastante curiosa: Hacía unas horas le resultaba una locura que alguien hablase con una rana… o lo que fuera, y él acababa de explicarle todo lo ocurrido a un caballo.
Nota: Sí, es casi igual a la escena de la película, pero os prometemos que los próximos capítulos serán muy diferentes a ésta.
Un beso, queridos lectores! ;)
