Capítulo 3. La injusticia o el desorden

Marsella, 1831

La tormenta sacudía la bahía con la furia de un titán. Parecía que el mar se estaba evaporando. La lámpara de cristales volvió a tintinear cuando retumbó otro trueno.

―Yo sólo digo que veinte personas no son precisamente un ejército ―estaba diciendo Courfeyrac; Henri de Courfeyrac, para entendernos.

Combeferre estaba rodeado de Courfeyracs.

Sentados a la mesa estaban madame de Courfeyrac, monsieur de Courfeyrac y tres de sus siete hijos. Todos parecían exactamente eso: Courfeyracs hasta la punta de los dedos. Invitado a aquella cena, Beau Brummell en su época dorada habría parecido un indigente piojoso.

―Eso es evidente, pero en algún punto hay que establecer el límite ―repuso André de Courfeyrac, que ostentaba el privilegio de presidir la mesa en la cabecera opuesta a su padre en ausencia del primogénito.

André tenía veintisiete años. Era el más apuesto de sus hermanos, el más alto y probablemente el más inteligente. También era un ganador. En toda su vida había perdido en una sola cosa: en nacer el primero. De niños, él y Henri habían estado muy unidos. Tanto que solía tener que separarlos para que no se sacaran los ojos.

―La tía Flesselles organiza reuniones todas las tardes ―dijo Henri con indiferencia. Había encontrado algo misterioso en su plato y parecía estar decidiendo si se sentía aventurero.

―No la llames tía Flesselles, es vulgar ―le riñó su hermana sin levantar la voz ni la vista. Se llamaba Annabelle, tenía quince años y ya no quería que la llamasen Annie.

Henri se comió la sorpresa. Descubrió que era una molleja y puso mala cara.

―Toman té y pastelitos y juegan al lansquenete ―siguió después―. ¿Deberían detenerlas e interrogarlas? ¿Tú qué crees, André?

―Creía que estábamos manteniendo una conversación de adultos.

―A lo mejor deberían. Tengo entendido que a veces se sirven un chorrito de coñac en el té y ponen verde a todo el mundo. ¿Y si han dicho algo feo del rey? ¿Las guillotinamos?

―Eso es demagogia, Henri, o no conoces la ley que tanto criticas. ¿Qué haces en París además de despilfarrar la renta? Estudiar leyes, seguro que no.

―Te prometo, amado hermano, que algunas veces asisto a la cátedra y de cuando en cuando hasta presto atención. Por eso sé que el código penal es un anacronismo y que atenta contra el derecho natural. La persecución que sufren a diario los periodistas es intolerable, y es el sistema erróneo el que permite que tales cosas sucedan legalmente; el sistema y el rey cada día más realista. Está a esto de firmar con números romanos, el muy rey-de-los-franceses-que-no-de-Francia.

―Tu rey de las barricadas, por cierto. Cabría preguntarse quién tiene la culpa.

En realidad, André estaba bastante satisfecho con el nuevo rey y el nuevo gobierno, igual que su padre. Combeferre sabía que sólo lo llamaba así para molestar a su hermano.

―Y no hablemos de la ley electoral ―continuó Henri como si nada―. Pero atiende: ¿No era que "ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aun por sus ideas religiosas"?

―"...siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público". Si vas a citar, por lo menos hazlo hasta el final.

―¿Seríais tan amables de no hablar de política en la mesa? Tenemos un invitado ―volvió a intervenir la muchacha. Combeferre le devolvió la sonrisa pero sus hermanos la ignoraron.

―Del orden público establecido por la ley. De eso se trata. A la libre asociación se la llama asociación ilícita e incitación a la rebelión ―siguió Henri.

Están incitando a la rebelión.

―Están predicando un sistema que creen que es más justo para todos.

―Entonces, ¿los defiendes?

―¿Cómo Julio César y nuestro último Louis? ¿"Todo el que no está contra mí, está conmigo"? Pues en ciertos aspectos, sí. Son un poco mojigatos, eso te lo concedo, pero yo no pienso que todo el que no comulgue con mis principios deba ser declarado un criminal.

―Yo no sabría si poner la mano en el fuego por la inocencia de unos fanáticos. Si los dejáramos, nos quitarían todo lo que tenemos. Pero aquí está mi hermano, ejerciendo de abogado antes de tiempo. De verdad que eres un inconsciente. Esa gente no subirá al cadalso pero es muy posible que vayan a la cárcel.

Eso era indiscutible. Pero lejos de amedrentarse, Henri fue y dijo:

―Un sello de presidio es una condecoración con el tiempo. No hay para tanto.

André soltó aparatosamente los cubiertos.

―¡Por el amor de Dios! ¿Pero tú te oyes? Decid algo, padre. ¡Vuestro hijo es un sansimoniano!

Henri sonrió como sólo él sabía.

―¿Qué es un sansimoniano? ¿Una raza de perro de caza? Yo no sé qué es eso aunque tú pareces muy bien informado. A lo mejor eres un sansimoniano.

―Nadie es un sansimoniaaano ―medió monsieur de Courfeyrac como si tuvieran cinco años. Ni siquiera había levantado la vista de su plato.

Combeferre sabía que Henri, de hecho, no era un sansimoniano. Su cruzada era contra el infame artículo 291 que prohibía las reuniones de más de veinte personas.

La sociedad de Les Amis de l´ABC actuaba en la clandestinidad pero había sido una sociedad legalmente constituida desde el ascenso al poder del nuevo gobierno. Aquello fue poco más que un espejismo. Se habían constituido legalmente a primeros de agosto del año anterior y, a finales de octubre, ya eran otra vez ilegales. La policía había irrumpido una tarde en la sala interior del Musain y, sobre las armas y "en nombre de la ley y del artículo 291 del Código Penal", los había detenido a todos. Enjolras estuvo a medio paso de acabar en prisión.

Lo mismo les había sucedido a muchas otras sociedades liberales, como la de Les Amis du Peuple.

―Con permiso del doctor.

Combeferre alzó la mirada para descubrir a su lado a la doncella, que le llenó la copa. Se llamaba Lucie y se empecinaba en llamarlo a él "doctor" aunque Combeferre le hubiese dicho que aun no lo era.

Henri y André seguían discutiendo. Cuando la joven fue a servirles más vino, madame de Courfeyrac negó con discreción y la despidió. Su marido no notó nada de aquello. Parecía más interesado en las perdices en salsa de uvas que en los modales de sus hijos.

No era que monsieur de Courfeyrac no sospechara que su hijo menor y los asuntos turbios de la capital se estaban acostando juntos un poco demasiado a menudo. También sabía que había tomado parte en los altercados del año anterior que habían acabado con Louis Philippe en el trono de Francia.

Lo que sucedía era que monsieur de Courfeyrac era uno de esos raros casos de personas que llegan a la madurez recordando cómo era ser joven. Tenía veintidós años cuando estalló la Revolución. Aquellos sí habían sido tiempos convulsos, y él era entonces más joven que Henri ahora. También él había sido un idealista con la mirada en el horizonte y la corbata negra al cuello.

Después, resultó que en el horizonte sólo había más sangre, más fratricidio y más miseria. Nunca le dijo eso a Henri porque, a diferencia de muchos hombres de su generación, no era de los que se echaban las manos a la cabeza diciendo "¡El noventa y tres!", y porque, como recordaba cómo era ser joven, sabía a dónde irían a parar sus consejos paternales. Un revés era una lección aprendida, pensaba. Era un empírico en casi todos los sentidos. Como tenía confianza en sí mismo, confiaba en haber criado unos hijos con dos dedos de frente. Le gustaban mucho las perdices.

Monsieur de Courfeyrac tenía opiniones políticas lo mismo que corbatas: de todos los colores. Llevaba la corbata maravillosamente anudada, muy alta pero no muy ceñida. Nunca había sido realista, había hecho su fortuna con Napoleón y ya no era republicano. Ahora era un hombre de su tiempo, por lema el de Guizot: "enrichissez-vous". Se había curado de esa afección tan contagiosa llamada idealismo y, como una mariposa, había renacido convertido en veleta. Sabía siempre en qué dirección soplaba el viento, y sabía mucho de vientos porque construía barcos. Poseía la mitad de los astilleros de Marsella y le habían concedido el contrato para la construcción del Puerto Nuevo. Su padre había sido un capataz con deudas de juego.

Como no había tenido hermanos, tuvo siete hijos, "como un vulgar rústico", decían sus vecinos de noble casta. Como nunca había tenido nada, se lo había dado todo a su familia. Había aprendido una cosa: que el horizonte de la humanidad es humo y niebla e incertidumbre y que las personas sentadas alrededor de aquella mesa eran una certeza.

Huelga decir que poseía una cantidad indecente de dinero, pero si algo le sobraba era afecto. Adoraba a su esposa y a sus siete hijos, y aun le quedaba amor para sus nosecuántas queridas y los bastardos que hubiera engendrado.

Henri conocía por lo menos a dos de sus medio hermanos: a uno, ocho años mayor que él, porque trabajaba para su padre en las oficinas del puerto; a otra, porque la había llevado del brazo al teatro una noche. Gracias a Dios que su padre (¡el de los dos!) los estaba esperando en la calle cuando acabó la representación, preocupado más que por la eterna condenación de sus almas, por la inconveniencia de que una turba fanática se organizara para prender fuego a su casa. Las tragedias griegas estaban bien... para el teatro. Cuando Henri le habló a Combeferre de la muchacha, le dijo: "Qué pena, porque tenía sentido del humor". Y aunque no la volvió a ver, se las arregló para regalarle un adorable cachorro de Épagneul Papillón al que ella llamó "Casi".

Monsieur de Courfeyrac era generoso en todo salvo en lo tocante al dinero; en eso, era manirroto. El ejército de ponis de sus hijas hubiera puesto celoso a Gengis Khan, y sus guardarropas y sus joyeros hubieran hecho rabiar a Madame de Pompadour. Por eso de enseñarles el valor del esfuerzo y la perseverancia, a sus hijos varones había intentado no consentirlos tanto; por lo menos, lo había intentado. A Henri, su niñito del alma, le hubiera bajado la luna del cielo si se la hubiera señalado con el dedo.

Nadie sabía muy bien cómo aquellos siete hijos suyos no habían crecido para convertirse en una colección de ingratos petulantes y vagos vividores. Si alguien les hubiera preguntado cómo lo habían hecho, madame y monsieur de Courfeyrac se hubieran encogido de hombros porque es lo que suele suceder cuando se alcanza la maestría en algún arte: que ya no se sabe cómo se hace lo que se hace.

En realidad, lo que había sucedido era tan sencillo como esto: amaban a sus hijos y los habían enseñado a amar. Lo que no debe ser tan sencillo cuando sucede tan poco a menudo.

Eran tan diferentes sus tres familias...

El padre de Enjolras fue padre y a los nueve días ya era viudo. Temía el oprobio y la deshonra de su apellido, pero más miedo le daban los gorros frigios, la guillotina y las farolas (decía mucho "¡El noventa y tres!"), y auténtico terror las escarapelas verdes de los realistas como él, la cadena de reos y los cuchillos en plena noche. Había tenido un hermano que en 1815 había muerto acuchillado en su propia cama. Su único hijo, que era todo lo que tenía en el mundo, se le fue con una maldición en los ojos y respondía a sus cartas con frialdad o no respondía.

Un día de 1828, Courfeyrac había recibido una carta de monsieur Enjolras. Se la mostró a Combeferre, y lo mismo hizo con las que llegaron después, pero Enjolras nunca supo nada. Courfeyrac no podía negar el rencor que sentía hacia aquel hombre que tan cruelmente los había separado de su amigo, pero tenía un corazón grande y sus palabras lo conmovieron. Desde entonces, trataba de convencer a Enjolras para que lo acompañara a Marsella, pero aquel verano tampoco había tenido éxito. Quizá el próximo verano, pensaría. Pero ya no habría otro verano. Monsieur Enjolras nunca volvería a ver a su hijo.

Los padres de Combeferre habían tenido un hijo que había muerto de unas fiebres a los cuatro años. Para cuando su segundo hijo vino al mundo, la pérdida del primero había causado estragos irreparables en su matrimonio y ellos ya no compartían la cama ni el aposento ni la mesa tan siquiera. Combeferre se había criado con una nodriza y se le permitía ver a sus padres un domingo al mes. A los seis años, lo enviaron al internado y los vio todavía menos.

Su padre era un hombre gris que no leía más que la prensa económica. Un buen día, se había cansado de la luz del sol y había abandonado Marsella. Su esposa, una criatura lánguida y decorativa que vivía en estado de tristeza permanente, lo había seguido sin decir nada porque hacía mucho que había renunciado a toda opinión propia. Combeferre supo por una desafortunada casualidad que, por lo visto, su madre había tenido un amante de toda la vida que había muerto. Y, por lo visto, a su marido no le importaba que hubiera existido ni que ya no existiera. A quienes concernía el asunto era a sus vecinas y amigas, que le habían retirado el saludo. Desde que se había hecho público el escándalo, su madre ya no salía de casa ni para ir a misa. Le gustaban los pájaros, y Combeferre logró convencerla una vez para que lo acompañara a una exposición de aves exóticas, pero a medio camino ella quiso regresar.

Combeferre ni siquiera pensó en preguntárselo, y ella nunca le respondió a la pregunta que no le había hecho. De todas maneras, a Combeferre aquello no podría robarle el sueño. Si acaso, arrojaba sobre su alma un rayo de esperanza incierta. Miraba a aquel hombre cuyo apellido llevaba de nacimiento, que quizá fuera su padre o quizá no, y se preguntaba vagamente si sería él tan ceniciento en el fondo, si envejecería para descubrirse convertido en esa cáscara de hombre que, si alguna vez lo miraba a los ojos, parecía que no lo viera a él sino a través de él. El día que Combeferre partía para Londres, su padre le dijo: "¿Has cogido un paraguas?" Cuando en septiembre cumplió veinticinco años, que era la edad a la que un joven podía ejercer el derecho de sufragio y casarse sin permiso, le dijo en el mismo tono: "¿Has escogido una mujer?" Combeferre lo llamó señor toda la vida.

La casa que sus padres habían comprado a las afueras de París tenía un precioso jardín que, a los seis meses, ya se había secado. La última flor que quedó, mustia y macilenta junto a la verja de hierro, Combeferre la puso en un tiesto y se la llevó a Jean Prouvaire.

Eran los días que visitaba aquella casa cuando más necesitaba a Courfeyrac a su lado.

El favoritismo de monsieur de Courfeyrac no estaba exento de un punto de narcisismo. Amaba a todos sus hijos, pero miraba a Henri y se veía a sí mismo de joven. De joven, había caminado entre las llamas sin quemarse, y debió pensar que su hijo daría sus mismos pasos. Ignoraba que, aunque las llamas de su tiempo habían ardido más altas, Henri se sentía atraído por el fuego más que él.

Monsieur Enjolras había tenido una revelación del futuro: "Todo esto es terrible, pero necesario", se había dicho como Saint-Just, y así obró.

Combeferre estaba seguro de que su padre ni siquiera sabía que tenía opiniones políticas. De haberlo sabido, ¿qué hubiese hecho? ¿Había algo que hacer?

Sus tres padres se encontrarían dentro de no mucho tiempo, con atuendo de luto, y se culparían a sí mismos. Dirían: "¡Ay, fui demasiado indulgente, demasiado estricto, demasiado indiferente!" ¿Cuál de los tres estaría en lo cierto?

Ninguno.

Los vientos del cambio esculpen corazones idénticos en lugares muy dispares, los corazones se encuentran nadie sabe cómo y un día, de improviso, estalla el relámpago.

Combeferre había pensado en ello la primera vez que habían tomado las armas. Hacía ya un año de aquello pero parte de la sensación de desasosiego y culpa había permanecido con el tiempo. Con el tiempo, diría a los treinta y siete de la barricada:

Pero no estáis solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y no debemos ser egoístas.

Pensaría algo en su madre, nada en el padre que había tenido y más en el que le hubiera gustado tener, que había leído todos los libros de su maravillosa biblioteca y que tenía un telescopio, que había viajado a Egipto, que dominaba cualquier tema de conversación y que muy bien podría haber sido pobre y no dejar de ser amable y afectuoso. Envidiaba a Courfeyrac más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Y, en el fondo, quizá no pensaría mucho en nadie que estuviera al otro lado de la barricada.

Dejó que le volvieran a llenar la copa. Llevaba un buen rato en silencio porque la conversación entre Henri y su hermano había ido más allá de lo que un invitado se puede permitir sin faltar a la prudencia, y el silencio se llena con vino cuando uno se descuida. Era vagamente consciente de que se estaba descuidando, pero ya desde aquella tarde era vagamente consciente de todo lo demás. Tenía más sed que de costumbre.

París, 1830

―Aquí, ciudadano, toma un trago ―le había dicho Bahorel, y le ofreció una botella de aguardiente.

―Los heridos van a necesitar eso ―respondió Combeferre con la mirada ausente. Se quitó las gafas y las limpió en el bajo de su camisa pero sólo consiguió hacer un estropicio aun mayor.

―Bien, porque tú pareces un muerto. Tienes la prioridad.

Combeferre aceptó el trago. Se le fue directo a la cabeza porque no tenía nada en el estómago; le sentó bien.

Les Amis de l'ABC, ya plenamente activos en 1830, habían figurado en los disturbios de los jardines del Palais-Royal y, después de que se alzaran las barricadas, en los enfrentamientos con el ejército real. Tres días y dos noches pasaron en la barricada del mercado de los Inocentes.

La tarde del 29 de julio ya se habían perdido muchas vidas, pero se había logrado que la Cámara de los Diputados se reuniera para abolir las ordenanzas. Gran parte del ejército había desertado.

En las barricadas se esperaba un nuevo ataque y se resistía, se recibían refuerzos, armas y hasta dinero dentro de sobres cuyos remitentes firmaban como "Un ciudadano". El pueblo de París estaba en las calles y la Guardia Nacional, que volvía a vestir el uniforme, se había unido al pueblo y repartía armas. En todas partes gritaban: "¡Lafayette!" y "¡Viva Francia!". Reinaba el optimismo, se cantaban canciones y se hablaba de república. De cuando en cuando, alguna garganta entusiasta entonaba un grito de "¡Viva la Constitución!" o "¡Abajo los Borbones!" que era coreado con alegría y furia.

Mientras aquello sucedía fuera, en el interior de una casa se atendía a los heridos. Unos pocos estudiantes de medicina, Joly y Combeferre entre ellos, se habían puesto a las órdenes de un médico de cierta reputación que se había unido a la barricada la madrugada anterior. Para entonces, ya se les había endurecido el estómago y había sido fácil, durante aquellas horas sin descanso, no pensar en nada.

Lo peor vino después, cuando no hubo nada más que hacer. En ese momento, con las manos cubiertas de sangre hasta los codos y el regusto del aguardiente quemándole la garganta, Combeferre miró a su alrededor...

No supo muy bien cómo acabó en aquel cuarto ni durante cuánto tiempo. Cuando levantó la vista y el silencio que había en su cabeza se disipó como una niebla espesa, oyó que fuera estaban cantando. Alguien que calzaba botas de camino estaba de pie frente a él.

Courfeyrac se arrodilló en el suelo. Tenía la cara manchada de hollín y los rizos oscuros se le arremolinaban en la frente brillante de sudor. Sin decir nada, se sacó el pañuelo del bolsillo y lo presionó contra la sien de Combeferre. Escocía.

―Creo que he matado a un hombre ―se oyó decir Combeferre, y de repente supo que era cierto.

Había disparado contra sus atacantes. Un guardia real que estaba con una rodilla en tierra y la carabina apoyada en el hombro para apuntar había caído sin que llegara a salir el tiro. Combeferre lo había perdido de vista en medio del humo y el caos pero se imaginaba que no se había movido más.

Courfeyrac, que no había dejado de limpiarle amorosamente la sangre del rostro, tenía ahora una mirada consternada en sus ojos.

―¿Y a cuántos has salvado? ―le dijo con la calidez que siempre tenía en la voz, pero él negó con la cabeza.

―Esos hombres no quieren luchar. Sólo están aquí porque deben.

―Como nosotros.

Combeferre lo miró a los ojos y supo que creía en lo que acababa de decir. Él también, por eso estaba allí. Pero a veces... en aquel momento...

―No llores, Étienne.

Combeferre lo miró sin entender, pero entonces se tocó la cara y maldijo en silencio. Se secó las lágrimas de forma obsesiva, como si le hubieran ofendido personalmente.

―O yo mismo desmontaré esta barricada y nos iremos todos a casa ―dijo Courfeyrac.

Si tú no crees..., decían sus ojos.

Había, en el loco mundo que habitaban, fuerzas nuevas como el magnetismo, como la termodinámica, y otras que eran ya viejas, como la atracción de los cuerpos.

Courfeyrac no llegó a moverse pero su cuerpo se tensó como si se resistiera a hacerlo, y de pronto parecía que estaba más cerca y que el aliento se entrecortaba entre aquellos labios suyos. El pulso que latía en sus manos era tan vivo como una llamarada.

Combeferre estaba conteniendo el aliento pero sentía el suyo en los labios, tan cerca estaba y de pronto quería besarlo: impulsivamente, irracionalmente, ciegamente.

No lo hizo.

No así; no allí. No estaban solos y no se atrevieron.

Courfeyrac estrechó con fuerza sus manos, se las llevó a los labios y le besó los nudillos. Combeferre vio brillar las lágrimas entre sus espesas pestañas. Sus dedos reaccionaron solos y se aferraron a aquellas manos que eran su línea de vida. Era él o el vacío; él o nada.

―¿Y preferir... la injusticia al desorden? ―dijo en mitad de la niebla de irrealidad que le susurraba, además, otra cosa: nunca lo había amado más que en ese momento―. No, Henri, no nos vamos a casa.

Marsella, 1831

La primera vez que lo besó fue un arrebato adolescente, la loca pasión de la juventud que nada teme y poco duda; la segunda, fruto de la tempestuosa alegría del reencuentro; la tercera vez, la que nunca fue y que fue por eso más real que las otras dos, nació de la pena indescriptible, del miedo inconfesable, de la culpa que pierde el norte y busca a ciegas la expiación.

Entonces, ¿qué había pasado aquella tarde en el jardín? ¿Qué había tenido de diferente aquel beso despreocupado y dulce que habían compartido cuando empezó a llover?

Que había sucedido sin ningún motivo. Porque querían, porque lo deseaban, porque no importaba.

Combeferre había sentido cómo a él se le erizaba el fino vello de la nuca. Sus labios eran cálidos como el beso del sol. Courfeyrac tenía un pequeño lunar en la mejilla izquierda, muy alto en el pómulo. Combeferre no recordaba la primera vez que había reparado en aquel detalle encantador, pero estaba tan prendado de él que, algunas veces, se había descubierto a punto de acariciarlo sin pensar en lo que hacía. Sabía que Courfeyrac se lo hubiera permitido pero, por alguna razón, Combeferre nunca se había atrevido. Ni siquiera aquella tarde, cuando...

―¿Y qué opináis vos?

Combeferre volvió en sí de golpe. Se había hecho un silencio muy extraño.

―¿Monsieur? ―André lo estaba mirando. Todos los miraban y de pronto no se oía nada más que la lluvia golpeando los cristales. Combeferre palideció.

¿De qué estaban hablando? ¿Qué le había preguntado? Algo sobre Argelia...

―Perdonadme... ―no le quedó más remedio que decir.

―Os lo dije ―se enfadó Annabelle abiertamente―. Estáis aburriendo a nuestro invitado. ¿Por qué siempre tenéis que hablar de lo mismo? ―Alisó la servilleta sobre su regazo―. Qué vergüenza.

―Annie, querida, ¿quieres dejarnos hablar? ―le dijo André bebiendo un pequeño sorbo de agua―. Si fuera por ti, sólo hablaríamos de sombreros.

―¿Y ahora los sombreros? ¿Qué tienen de malo los sombreros? ―protestó Henri saliendo en defensa de su hermanita―. A mí me gustan los sombreros. Hablemos del que llevabas esta mañana: horrible, nefasto, la apoteosis de los sombreros feos. ¿Ésa es ahora la moda en Londres? Pero si todo el mundo sabe que los ingleses no tienen el menor gusto para vestir. Por eso exportan lana, para que los florentinos fabriquen tela y nosotros se la devolvamos convertida en sombreros respetables. Parece mentira que no lo sepas. Ay, Andrew...

Annabelle se echó a reír y Henri, aprovechando la distracción que él mismo había causado, levantó los ojos sobre el borde de su copa.

Y lo miró.

¿Cuántas cosas pueden detener un corazón? Las balas, los rayos...

Las miradas.

París, 1830

―No, Henri, no nos vamos a casa ―le había dicho.

Porque era el desorden o la injusticia, y negarse a elegir una u otra era como sentarse en una valla del camino y ver cómo los acontecimientos se sucedían sin más. En conciencia, Combeferre no podía permitirse eso.

―Vamos a hacer una república ―le dijo Courfeyrac. Tenía la luz de la revolución en los ojos―. Pronto, Étienne, ya lo verás...

Se sobresaltaron al oír un rugido terrible. Fuera, la gente había empezado a vociferar y se oían golpes.

Enjolras apareció en la puerta de repente. Su esbelta silueta ocultó la luz del exterior y su sombra cayó directamente sobre ellos. Estaba sin aliento.

También... estaba sonriendo.

En el puño cerrado sujetaba un papel arrugado. Se acercó y se lo entregó a Courfeyrac. Decía:

"Ciudadanos de París, franceses..."

Courfeyrac se cubrió el rostro con una mano. Parecía que sollozaba pero se había echado a reír.

―Los están repartiendo en las calles.

Pocas cosas hacían sonreír a Enjolras, pero cuando lo hacía su sonrisa era fácil, confiada y absolutamente cautivadora. Su belleza más divina que humana se iluminaba cada vez que sonreía, irradiaba su propia luz, quemaba. Más que una contradicción, era un equilibrio necesario: para compensar el poder de semejante sonrisa, la vida lo había hecho severo.

―Hemos ganado... ―dijo Courfeyrac en voz baja por si, al alzarla, aquello desaparecía. Se levantó y se abrazó a Enjolras riendo mientras fuera todo era confusión y caótica alegría.

―¡Viva el general Lafayette! ¡Viva la República! ¡Viva Francia! ―gritaban en todas partes.

―¡Lo hemos hecho! ¡Ganamos, ganamos, Julien!

Casi perdieron el equilibrio mientras giraban abrazados, tal era su loca felicidad. Cuando se volvieron hacia Combeferre, había lágrimas brillando en los ojos verdes de Courfeyrac, fuego ardiendo al rojo blanco en los azules de Enjolras. Ambos le tendieron la mano y Combeferre, mirándolos con infinito afecto, las tomó las dos.

Más tarde, mientras París celebraba la victoria con el sol poniéndose rojo tras los tejados, los nueve se sentaron en lo alto de la barricada que habían levantado con sus manos. Aquella tarde se sintieron gigantes.

•••

Diez días después, otro rey se sentaba en el trono de Francia. Demasiada sangre se había derramado para comprar una victoria que lo fue sólo a medias.

Enjolras los convocó a su lugar de reunión en el Musain, y les dijo:

―Hemos fracasado. Si alguien piensa otra cosa, que se vaya.

No se fue nadie.