Disclaimer: los Juegos del Hambre no nos pertenecen. La idea de la Academia de Vigilantes, por otro lado, es propiedad de Elenear28, Coraline T y HikariCaelum.


3. Mi casa

Cherise Rainbow, 17 años.

Abro los ojos con pereza. Estaba soñando, ya no recuerdo el qué, pero sí la sensación placentera de soñar. Toda una historia imaginada que yo no controlo, que me cuenta alguna parte de mí que parece de otro mundo.

Taurus se remueve un poco y es entonces cuando abro los ojos de una forma más figurada.

Me giro hacia él, está de costado, con el brazo en mi cintura. El despertador marca una hora muy cerrada de la madrugada. Pero es casi la hora de que despierte mi bello durmiente. Tiene que llegar hasta su casa de Eden Garden, cambiarse de ropa, prepararse para sus clases de Historia del Arte, desayunar con sus padres fingiendo que ha pasado la noche allí…

No quiero ni pensar cómo reaccionarían si supiera que duerme conmigo desde que comenzó esto. "¡Pecado!" gritarían. Se alegraron mucho cuando supieron que me iba a estudiar lejos de ellos. Lejos de su hijo, sin poder influir en él, sin que esta loca artista le muestre cosas del mundo que su iglesia no aprueba.

La única vez que he visto realmente enfadado a Taurus, tan imponente como su nombre, aprovechando toda su estatura y sus músculos para intimidar… fue cuando su madre le dijo aquellas palabras.

—No te acerques mucho a Cherise. Tiene buena mano con las flores, pero solo droga en la cabeza, como todos los demás artistas. La Diosa no aprueba las locuras que opina, ni su mundo de pecado.

Por aquel entonces yo tenía quince años. No me molestó su comentario, sobre todo porque nunca me he drogado, pero sí me sorprendió que me tratara tan bien cuando lo que realmente pensaba era eso.

¿El arte es un pecado? Si es así, llévenme de cabeza al infierno. Sufriré eternamente si es necesario.

El despertador suena, aunque fuera siga siendo de noche. Taurus apenas tiene que estirarse para alcanzar la mesilla y apagarlo. Después sonríe, sin haber abierto aún los ojos, y me aprieta contra él. Sus enormes brazos son el mejor sitio del mundo.

—Buenas madrugadas, mi amor —me susurra en la oreja. A mí me recorre un escalofrío, antes de reír.

—¿Madrugadas?

—Es pronto para buenos días. Y es raro decir buenas noches cuando nos vamos a levantar ya.

Le beso el cuello y se revuelve porque le hago cosquillas. Voy yo primero al baño, cuando vuelvo ya ha hecho la cama y está calentando leche para el café. Es para él, a mí la cafeína me sienta mal. No me pongo nerviosa o activa, como debería, sino que empiezo a pensar más rápido y me aíslo mucho del mundo … más aún de lo normal.

Para mí leche sola, fresquita. Con galletas en forma de animales. Mordisqueo un elefante, mientras Taurus vuelve del baño sin camiseta y con el pelo goteando.

No sé si sus padres fueron adivinos (bueno, sé que no, y que les molestaría que los relacionara con esa absurdez) pero cuando lo bautizaron, parecieron predecir cómo sería. Taurus, el hombre del escudo con la imagen de un toro, el gran guerrero de las escrituras sagradas, quien ganó batallas contra infieles solo con sus manos, el que tenía el cuerpo a imagen y semejanza de un dios.

Si creyera en dioses, desde luego tendría ese cuerpo. Y esa mirada bondadosa.

—¿Tienes muchas clases hoy? —me pregunta, sentándose frente a mí.

—No lo sé, ¿es miércoles?

—Es lunes, princesa.

—Oh, entonces solo tengo dos clases.

Decido que estoy incómoda sin tocarlo, me levanto y me siento en su regazo. Él me acaricia la pierna mientras seguimos comiendo.

—¿Tú tienes muchas clases? —Acabo de darme cuenta de que no le he devuelto la pregunta.

—La mañana completa. Y después hay un evento en la iglesia. Hoy llegaré tarde, porque la cena es allí.

—¿Prefieres dormir en tu casa?

—Prefiero no dormir que no verte.

Lo beso. Despacio, sin prisa, más consciente de mi cuerpo que en cualquier otro momento. El desayuno queda olvidado bastante rato, al final tiene que comer rápido para marcharse casi corriendo.

Tenemos suerte de que nadie diga nada de sus llegadas y salidas. Ni la mujer que lleva el edificio, ni el guardia que suele vigilar, ni los avox que limpian. Me encargué personalmente de hablar con todos, de contarles nuestra historia, y ahora siempre nos saludan con amabilidad. Algunos compañeros que viven cerca de mí comentan que han visto a un chico entrar a pasar la noche, pero no me importan esos rumores, siempre que no lleguen a oídos de sus padres.

Algún día… dejaremos de vivir con ese miedo. Tendremos dinero para vivir juntos.

Miro el reloj y me doy cuenta de que he pasado demasiado rato en mi cabeza, dibujando distraídamente en mi tableta. Me doy una ducha, me seco, me visto y me pongo por el pelo nieve artificial. Me encanta el brillo que refleja y la sensación de algo etéreo.

Así se llamó mi primera poesía: "Etéreo".

Era horrible, mal construida y pomposa, pero siempre será la poesía más especial del mundo. Porque una pequeña de nueve años descubrió una manera de expresarse, además del dibujo. Poco después llegó la danza, también.

—¡Row!

Giro la cabeza, buscando entre la multitud. Un par de chicas de llamativo maquillaje me saludan. No recuerdo ahora mismo sus nombres, pero han empezado a sentarse a mi lado en las clases y charlar conmigo. Son simpáticas, aunque algo simples, y a veces desconecto.

Supongo que por eso la gente (en especial, los padres de Taurus) creen que mi cabeza está llena de droga.

Sigo sin poder sentirme insultada por ello. No me importa lo que piense la gente. Solo él. Y, a veces, mi familia.

Hablando de familia… Recuerdo que tenía una llamada perdida de mi hermano. Me preocupo de nuevo, Lysander no me ha llamado nunca que yo recuerde.

Así que paso las dos clases del día algo preocupada. Mis dos "amigas" parlotean acerca de lo guapo que es un profesor, se quejan de que sus dibujos de un edificio sean peores que los míos y me piden que las ayude a mejorar. Me comprometo a quedar con ellas, me lo anoto en mi agenda porque si no seguro que se me olvida.

Nos sentamos a comer en una mesa grande con más chicas que sé que conozco de vista. Hablo poco, pero sonrío a todo, como siempre. Me preguntan por la nieve de mi pelo, por mis pintalabios siempre oscuros, y digo la verdad: no hay una razón para que use estas cosas, simplemente me gustan.

Cuando termino mi plato, me despido de todas y decido llamar a mi hermano.

Él contesta demasiado rápido como para que no me preocupe.

—¿Cherise?

—Soy yo.

—Hola.

—Hola, Lys.

—¿Qué tal todo en la Academia?

—No me puedo quejar. Las clases a veces son interesantes, otras veces no tanto… Pero no me está resultando complicado de momento, así que bien.

—Genial.

—¿Y tú? —no quiero decirle lo raro que es que me llame. Llevamos sin hablar varios meses, desde que vino a casa por Año Nuevo.

—Yo… no estoy bien. —Se queda callado, pero espero pacientemente. Al cabo de un minuto, sigue—. Hay muchos prejuicios con Venice, ¿sabes? Al menos en el mundo de la política. Me cuesta que me tomen en serio, separar de dónde vengo de quién soy. Es como si llevara un estigma en la piel.

—Pensaba que te iba bien.

—Eso les dije, porque ya he acabado los estudios y debería estar empezando a conseguir cosas… pero no. Creo que tendré que trabajar con papá. Gestionar alguno de sus restaurantes no suena tan mal, se me daba bien.

—Sí, pero no es lo que quieres.

—A veces no conseguimos lo que queremos.

—Si dejas de intentarlo, desde luego —lo digo con suavidad, pero hasta a mí me suena duro. Él suspira.

—¿Y qué hago? No puedo vivir para siempre dependiendo de nuestros padres y fingiendo que estoy consiguiendo algo.

—Pues no finjas, consíguelo. Demuestra que eres quien quieres ser. Papá ha abierto un restaurante en Capitolium, ¿no?

—Llamarlo restaurante es ser muy bueno. Es un minúsculo local.

—¿Por qué importaría eso? Trabaja allí para costearte nuevos cursos, para conocer a clientes, para organizar charlas políticas… Haz cosas, Lysander. Inténtalo. Consíguelo.

Vuelve a haber un silencio. Pero sé que este no es triste, como el anterior. No necesito ver a mi hermano para saber que sonríe.

—Gracias —dice, con un nuevo tono de voz, con nuevas energías—. Sabía que tú eras la única que podría convencerme.

—Nunca te he convencido de nada antes.

—Eso es lo que crees. Y, dime, ¿qué tal todo? No hablo de estudios, si no de lo demás.

—Como siempre.

—Eso es bueno. ¿Sigues en contacto con tu amigo Taurus? ¿Qué tal está? Siempre me cayó bien.

—Está muy bien y… —De repente, después de que me haya confesado todo eso, me siento mal mintiéndole—. No es solo mi amigo.

—Eso ya lo sé.

—¿Ah, sí?

—Cualquiera que haya visto cómo se miran, lo sabe. —Me hace sonreír, antes de recordar que no es algo bueno.

—Sus padres no pueden enterarse, ellos no…

—Lo sé, también. No diré nada.

—Vale, gracias.

—¿Cherise?

—¿Sí?

—Lo siento, yo…

Sé por qué pide disculpas. Por la distancia, no solo física, que ha habido siempre entre nosotros. Por pensar lo mismo que los padres de Taurus a veces. Por echarnos, en parte, la culpa a mamá y a mí de que haya crecido en un ambiente tan caótico, tan poco sensato, tan excéntrico. Por ser juzgado. Por no haber estado ahí, por no ser un hermano mayor.

—No tienes que decirlo —le interrumpo—. No importa. Llámame cuando seas un político exitoso.

—Te llamaré la semana que viene, para charlar. Que me cuentes sobre tu amigo, la nueva idea que te ronde la cabeza, me leas alguna poesía… ¿Te parece bien?

—Me parece genial.

Ambos colgamos y siento un extraño revoltijo en el pecho. Pocas veces las cosas consiguen afectarme, romper mi tranquilidad, pero esta conversación me ha revuelto algo.

Siento paz y alegría, por Lys. Siento guerra y tristeza, por los padres de Taurus.

No me doy cuenta de cómo llego a mi habitación. Pero aquí estoy, mirando por la ventana, perdiéndome en el azul del cielo. Ese color que nunca parece lo bastante real en mis pinturas.

No quiero pensar, y solo hay dos cosas en el mundo que lo consiguen: Taurus y bailar.

Así que pongo una música suave, lenta, que hace que el ambiente claree y se vuelva más ligero. Yo me vuelvo ligera, como una pluma. Floto con cada nota, mis brazos acarician el aire, mi cuerpo gira sobre sí mismo como si fuera un planeta y buscara mi estrella. El pelo me hace cosquillas en la espalda, mis ojos dejan de ver y mi voz interior es lo único que escucho cuando la canción acaba.

Estoy tumbada en el suelo, mirando al techo, sabiendo que tengo que recordar una historia.

Nuestra historia.

Desde pequeña, me sentí diferente. Hay muchísimas personas que se sienten así, porque de hecho lo son, todos lo somos. Pero para mí, era un diferente distinto. Raro, de otro mundo. Casi podía palpar las cosas que imaginaba, me constaba dejar de soñar (despierta y dormida). Mi madre decía que tenía alma de artista y yo me negaba a reducir mi sensación a eso. Mi padre adoraba nuestro "punto de locura e irrealidad" sin saber que yo para nada veía las cosas como mamá. Mi hermano rodaba los ojos cada vez que yo decía algo excéntrico, algo extraño para alguien tan joven.

Tuve muchos amigos, no digo que me sintiera sola, siempre se me dio bien saber qué necesitaban los demás. Solo eran historias que aprender a leer. Esa chica que quería ser popular, aquel chico que se sentía un enclenque, aquel otro que temía que lo rechazara el amigo que tanto le atraía.

No compartía sus preocupaciones, me parecían simplezas, pero sí las comprendía y ayudaba en lo que podía. Nunca me he sentido despreciada o sola, más bien yo me aislaba. Porque no me identificaba con nadie, me sentía de otro planeta.

Hasta que lo conocí.

La primera vez que lo vi, estábamos bajo un sauce y rodeados de flores. Su madre es dueña del jardín botánico, se había hecho un esguince y necesitaba ayuda para cuidarlo. Vi un cartel con la oferta de trabajo y me dio el empleo porque le dije que no quería que me pagara nada. Solo tenía quince años, no podía contratarme, y yo solo quería sentirme cerca de la naturaleza.

La primera tarde, mientras mi cabeza estaba perdida en un sueño sobre ballenas, él me habló.

—Cuidado con esa flor —me dijo—. Si la riegas demasiado, se ahogará. Y las mariposas tendrán menos que comer.

Palabras extrañas viniendo de un chico con su aspecto, tan grande. Le pregunté su edad, tenía quince, como yo, pero no los aparentaba.

No hablamos mucho más aquel día, ni la primera semana. Pero la segunda sí.

Yo estaba sentada en un rincón, dibujando en mi tableta. Una sombra me tapó el sol y al mirar para arriba me di cuenta de que Taurus miraba la pantalla. No me molestó, nunca he sido de esconder mi arte ni mis pensamientos.

Era una pequeña historia en imagen. Un mundo de altas montañas, profundos mares, árboles retorcidos y escaleras hacia el cielo. Con seres extraños de plumas y escamas, que tenían ojos oscuros capaces de ver cosas invisibles.

—¿Cómo se llama? —me preguntó.

—¿El dibujo? No le he puesto título.

—No, el mundo. —Me sorprendió—. ¿Qué mundo es?

—Todavía no lo sé.

A partir de ese día hablamos mucho. Y, por una vez, no había alguien mirándome de forma extraña cuando mis palabras viajaban más allá de las convenciones sociales.

—Los mundos que imaginamos, de alguna manera existen —dije una tarde—. Hay algo que conecta nuestros subconscientes. Los sueños hablan por nosotros, tienen alcance a algo más allá.

Me quedé callada, esperando que riera, que dijera que tengo demasiada imaginación, cualquier cosa excepto su verdadera reacción. Miró con gesto soñador al cielo antes de sonreírme.

—Siempre he pensado que no somos más que el… ¿contenedor? De la mente. De algo que solo se ve a través del arte. No soy bueno ni pintando, ni escribiendo ni nada… pero me gustaría estudiarlo.

Con sus palabras, algo se calentó dentro de mí. Fue como si apareciera un nuevo color, una nueva luz, una nueva sensación.

Tardé unos días en darme cuenta de que eso era aquella palabra que nunca entendí: amor.

Su madre se recuperó, pero como trabajaba gratis me dejó seguir yendo. Siempre fue agradable conmigo, como con todo el mundo, tal vez porque su religión se lo decía. Por eso me sorprendió tanto que le dijera a Taurus, estando yo delante, que era una drogadicta y se mantuviera alejado.

Quizá tuvo que ver que nos escuchó hablando de la filosofía espiritual, de esas creencias que teníamos y a las que encontramos nombre. De almas conectadas. De si estábamos conectados.

Taurus, por primera vez, no hizo caso a su madre. Me siguió hasta mi casa y me pidió que no me alejara de él. Dijo que por fin se sentía comprendido. Y me besó.

Yo nunca me había sentido con los pies tan en la tierra.

Es demasiado bueno como para querer decepcionar o hacer daño a alguien, por eso nos vimos a escondidas de sus padres desde entonces. Esperando el momento en que no dependiera de ellos y pudiéramos estar siempre juntos.

Todavía en el suelo después de mi pequeña danza, donde he recordado todo el principio de nuestra historia, decido mandarle un mensaje a Taurus preguntándole si no prefiere quedarse en su casa esta noche.

"Mi casa eres tú" me responde.

Y yo sé que nunca nada podrá hacerme sentir como él.


¡Hola! Aquí el tercer capítulo, primera ronda cumplida y ya conocen un poco mejor a Cherise.

Esperamos que les guste y no duden en dejar sus críticas, siempre y cuando sean constructivas.

Saludos!