- Alas, gritos desesperados -

El viento se sentía nauseabundo, como un olor podrido que llevaba mucho tiempo escondido. Apreté mis manos en el barandal, observando cómo los coches corrían bajo mis pies. El tono rojizo de la tarde parecía ceñido de sangre.

-¡Córtalo!- Un grito desesperado que casi tronaba mi mente.

-¡Me duele!, ¡Detenlo!, ¡Ayuda!, ¡No quiero morir!, ¡Me estoy quemando!- Un sin fin de voces que gritaban en mi cabeza y alrededor de ella, palabras desagradables y desesperadas que no me dejaban en paz. Gritos tormentosos que me daban dolores de cabeza.

-¡Mátalo!- Decía otro.

-¡Asfíxialo!- Le reclamaba alguno.

-¡Acuchíllalo!- Suplicaba otro.

Voces desordenadas y grotescas que me gritaban una y otra vez desde que tenía memoria. Noches con pesadillas de manchas rojas, de desencarnados fantasmas, fuego, dolor, almas podridas. Esa era mi vida y yo...

-¡Estoy hasta la madre de esto!- Grité desesperado, sintiendo como la garganta me ardía como fuego que pasaba por ella.

-Quiero morir- Susurré vagamente

-Quiero morir, quiero morir, quiero morir, ¡Quiero morir!- Mis orbitas estaban totalmente abiertas y algo de saliva salía por mi boca.

-¡Termínalo ya!- Decía una estridente voz.

Sólo era necesario un brinco y todo terminaría, al fin acallaría esas jodidas voces que no me dejaban en paz, al fin sería tragado por la maldita oscuridad y mi alma sería llevada al silencio eterno.

-Ayu..da..- Escuché en un susurro ligero, dulce, amable, tierno, como algo ya conocido que había olvidado hace tiempo.

Una mariposa plateada casi transparente se figuró por el rabillo de mi ojo izquierdo, volteé con intensidad buscando aquello. Allí estaba bailando, apareciendo y desapareciendo, dejando un pequeño destello diamantado.

-Sígueme- Escuchaba de aquella mariposa -Sálvame- Escuchaba intensamente -Protégeme- Sentía su dolor.

Caminé siguiéndola, un pequeño fantasma que nunca había visto.

-Su hijo presenta un problema psicológico de desfase, alucinaciones en su histeria y psicosis- Escuchaba llorando con tan sólo 9 años.

-¡Papá te digo la verdad!- Gritaba ante aquel hombre al que amaba -¡Cree en mi!- Le decía suplicando.

-Es su forma de protegerse ante aquel incidente, no es más que una protección de su mente, aquí le ayudaremos-

-¡Papá!, ¡Papá!, ¡No me dejes aquí!, ¡Papá!- Un niño era arrastrado y consumido en un cuarto.

-Me estoy volviendo loco- Sonreí irónicamente para mi, siguiendo aquello que nadie más podía ver.

La oscuridad estaba ganando paso hacía la noche, corría hacia aquel manto y dejaba atrás la escasa luz que aún quedaba.

-Perdóname- Susurraba a lo lejos -Lo siento- Decía una y otra vez, como una luz descompuesta que brillaba en instantes y en otras desaparecía.

Caminé por un buen rato, aún perdido en aquella voz casi silenciosa.

-No es mi imaginación- Me repetí miles de veces

-¡Escuche, no estoy loco!, ¡Allí está!, ¡Escúchelas!- Gritaba ante aquel hombre que me había encerrado un año atrás.

-No hay mejorías en su hijo, lamentamos decirle que su estadía tendrá que prolongarse-

La tortura de los químicos comenzó a enloquecerme, tan sólo empeorando aquellas voces, dejando de ser susurros, ganando fuerza, hasta convertirse en gritos desesperados. Pero no había forma de que nadie se diera cuenta de lo que escuchaba, y así un día, tan sólo me callé, esperando, suplicando, que si me negaba a esa realidad dejaría de escucharlas, anhelando que si hacía caso a esos flamantes "doctores" yo encontraría la paz que necesitaba.

Y así fue, por tan sólo un instante, pero la vida tiene ciertas formas de hacerte pagar por tus errores. Después de 5 años de excesiva luz tenebrosa, al fin logré convencer al mundo de lo que todos me querían hacer creer.

-Estoy loco- Esa fue la conclusión -Si el doctor viera esto, definitivamente me metería en ese estúpido cuarto- Me costaba respirar, pero seguía caminando, buscando aquello que nadie podía ver.

-¿Te sientes mejor?- Dijo mi hermana pequeña, después de una vigorosa bienvenida que no me había sentado bien -¿Ichi?- Mis lágrimas fluían con una sonrisa torcida, asintiendo amargamente. Una figura grotesca se asomaba por la ventana, golpeándola una y otra vez, mientras los gritos se retorcían de dolor y alegría.

-Yo haré que esos susurros desaparezcan- Dijo aquel hombre de bata blanca, poniendo una mano sobre mi hombro.

Y así fue, los susurros se callaron de pronto un día, y entonces comenzaron las palabras, luego los gritos, las pesadillas, las sombras que se volvieron figuras, que tomaron formas asquerosas y horrendas. Y sí, efectivamente el terminó por callar los susurros, y todo empeoró.

-¿Dónde está?- Volteé hacía un lado y otro, tratando de desaparecer esos recuerdos. Allí estaba el susurro, suplicando con ese hilo de voz quebrado.

-Es una enfermedad- Veía los labios del doctor, repitiendo lo mismo que me había dicho los últimos 5 años, sin embargo no le prestaba atención, tan sólo leía por la forma en que se movía lo que me intentaba decir. Mis oídos estaban tapados por esos gritos acechantes de 24 horas sin parar.

-¡No estoy loco!- Grité en medio del bosque al que había llegado, la ciudad se figuraba un poco lejos, dejando el rastro de luces artificiales.

Mi respiración se volvía pesada, casi quemando mis pulmones.

-No estoy loco, no, no- Movía la cabeza de un lado a otro.

-Por aquí- Escuché de nuevo, en ese tono. Me levanté apresurado, temiendo que se volviera a escapar, pero allí estaba brillante moviéndose y desapareciendo entre las sombras de los arboles.

-Una pastilla antes de levantarte y una antes de dormir- Sonreía el tipo desgraciado y yo sólo asentía.

-Lo harás de maravilla, tan sólo recuerda Ichigo, todo esto es parte de tu mente- Y asentí de nuevo, guardando en mi interior todo aquello que no podía decir, todo aquello que no podía gritar.

Así me mantuve durante un año, drogado con los químicos permitidos por aquellos ilustres "doctores".

-Aquí- Escuché detrás de mí, volteando de un lado y otro.

-Entiendo- Murmuré con una sonrisa -Si, esto es de lo que estaba hablando- Un acantilado se asomaba tras unas robustas ramas, una gran altura que acabaría con toda esta mierda.

-¡Dónde estabas!- Gritó mi padre.

-¿Qué?- Fue lo único que alcancé a decir antes de recibir un fuerte golpe en la mejilla que me tiró al suelo.

-Ese maldito anciano sí que pega- Me sobé recordando aquello.

Pero me lo merecía, en este instante mis dos hermanas estaban metidas en el hospital siendo atendidas de emergencia y nadie sabía si saldrían vivas de allí.

Toda mi vida había escuchado gritos de personas muertas, de alucinaciones o de lo que fueran esas malditas bestias, pero no había podido escuchar los gritos de dolor de mis hermanas menores quienes me pedían ayuda, quienes suplicaban por mí para que fuera a rescatarlas.

Estaba tan drogado poniendo atención en lo que gritaban aquellas almas atormentadas, que cuando desperté de mi estupor la casa ya estaba completamente en llamas.

-Aquí Ichigo, aquí- El suave susurro me regresaba a la realidad y yo estaba caminando en dirección al filo del acantilado.

-Un poco más, si, un poco más, pronto se van a callar malditas- Sonreía casi triunfante, lo podía sentir, el corazón me latía veloz, entusiasmado, asfixiado por la adrenalina de la emoción.

-¡Al fin se van a callar!-

-In pectore e in animo- Un tronido del cielo que lo dividió en dos, partiendo la oscuridad en un gran halo de luz, como un espectacular eclipse lunar.

Veía la escena en shock, una figura poderosa que descendía del mismo cielo y en la tierra una abertura del tamaño de un gran hueco, allí intentando salir unas manos monstruosas, que desprendían un olor aún más fuerte que el azufre.

Un sonido estridente y una gran ola de polvo negro cubrió la zona, cubriendo mis ojos para que no los dañara. El sonido desapareció dejando paso a una luz intensa.

-Si abres los ojos no habrá vuelta atrás- Escuché atrás de mi.

-Él está loco-

-¿Escuchaste? Ese tipo viene de un manicomio-

-Escuché que vio como mataban a su madre y no hizo nada-

-Seguro es un cobarde-

-Es un imbécil que sólo está loco-

Abrí los ojos con asco de aquellos recuerdos. La luz al principio era cegadora, lastimaba enormemente mis pupilas, pero debía verlo con mis propios ojos, debía asegurarme de algo que me había sido negado durante años.

Una figura alada estaba frente a mí, observándome ingenua, con una poderosa mirada magenta y una espada brillante plateada.

Con lágrimas en los ojos la miré, era tan hermosa, era como algo sacado de un cuento, de esos estúpidos libros que mis hermanas menores amaban.

-Y entonces los ángeles descendieron, con un gran rugido que partía el cielo, con sus armas celestiales, batiendo sus alas, para acabar con los demonios y regresarlos al abismo-

-Y sus armas clamaban, rasgaban, destruían, y a su paso nada quedaba, sólo un polvo fino color tornasol que brillaba intensamente como el sol-

-No- Me emocioné al ver aquello, observándolo detenidamente -¡No estoy loco!-

-Y los ángeles, quienes no pueden bajar del cielo, sólo lo harán cuando el día final sea venidero, y el día llegó, y ellos bajaron, con sus poderosas armas para destruir todo aquello, bienvenidos aquellos que sean elegidos, pues caminarán junto a ellos-