Capítulo 2: Una propuesta de trabajo II
Al traer el whisky de casa, nunca pensó que sería ella quien terminaría rememorando su historia de vida. No estaba segura de que su ex profesor estuviese prestando atención, pero no se sentía precisamente mal el desahogarse.
- Conocí a Mark una noche en York, tras mi ruptura con Ron. Visitaba una librería muggle y por accidente, la cajera confundió nuestros libros y terminamos pagando la cuenta del otro. Lo más extraño de todo el asunto, es que teníamos casi los mismos gustos literarios y nos tomó un poco el darnos cuenta de que lo que pasaba. – sonrió a la nada con la vista fija sobre la pared, intentando encontrar un solo error que hubiera cometido, para justificar su terrible reacción. – Esa noche en la que nos encontró en el callejón, habíamos tenido otra de nuestras citas y de verdad me sentía lo suficientemente confiada como para contarle la verdad acerca de mi magia. Salimos durante 3 meses y debí haberlo sabido, tan pronto comenzamos a hablar de planes a futuro. Mudarnos juntos… amaba la fotografía. Compró una preciosa cámara y comenzó a fotografiarme. – hizo una pausa, fijando su vista en el fondo de un vaso de whisky que jamás pensó probar en su vida. Sintió un pequeño dolor de cabeza y creyó prudente el dejar de beber, aunque ya llevaba la cuenta de los vasos que Snape se había bebido y no creyó siquiera poder igualarlo. – Debí haberme dado cuenta de que era demasiado perfecto como para ser cierto.
- Suena como otro muggle más. – respondió el hombre, dándole la vuelta al vaso y como si estuviera catando el whisky que bebía. – Con palabras bonitas, una encantadora sonrisa de seguro y con gustos "misteriosamente similares".
- Dijo que tenía una casa cómoda y espaciosa para los dos. Que su familia era muy unida y que sin duda me aceptarían en ella, ya que era la mujer perfecta. Inteligente, bonita, sencilla…
- Y bruja también. – no supo si Severus lo decía como un insulto o si simplemente recalcaba lo obvio, pero decidió ignorarlo y continuar.
- Incluso se encontraba a gusto con mi gato.
- De todos modos, si no le decía la verdad acerca de su magia, su gato habría sido suficiente prueba como para exponerla.
Parpadeó extrañada, pero su ex profesor de pociones se veía confiado y seguro de sus palabras, sonriendo sarcásticamente y continuando con la vista fija sobre su vaso de whisky, cuyo líquido ámbar, brillaba bajo las llamas de la chimenea a pocos centímetros de ellos.
- Creí que lo había deducido antes, señorita Granger
- ¿Deducir qué cosa, pro… señor Snape?
- Su gato de seguro que fue el familiar de algún mago o bruja, que quizá falleció y terminó en esa tienda de mascotas en donde usted lo compró. Es mucho más inteligente que un gato promedio y parece decidir por sí mismo, qué hacer o qué no. Otros gatos comunes también pueden hacerlo, pero su gato parece tener un propósito. Como cuidarla a usted, por ejemplo.
- ¿Y cómo se supone que mi gato me habría delatado?
- Quizá su gato habría notado que ese muggle no era de fiar y hubiese tratado de sabotear su relación.
No pudo evitar reír y de hecho estuvo a punto de agradecerle el feliz momento, hasta que recordó lo que sucedió después.
- Y entonces, usted me salvó la vida… - hizo una pequeña pausa, tragando incómodamente. – Quisiera poder volver en el tiempo y encontrar una forma de remediarlo, para evitarle todas las molestias.
- Ya es tarde para eso, señorita Granger. – al escuchar sus palabras, no pudo evitar bajar su vista hasta su viejo reloj de muñeca.
Las diez y media. Realmente tarde como para estar a solas en el hogar de un hombre.
Aunque estaba hablando de Severus Snape.
Llevaban media botella en una hora y media de conversación, aunque podía decir que su ex profesor de pociones había bebido la mayor parte, puesto que ella todavía conservaba su primer trago en mano. Ya el hielo era agua y a pesar de que se diluía con los minutos, todavía conservaba ese quemante sabor que le repugnaba.
- Casi nunca lo digo de un whisky muggle, pero éste no está del todo mal. – Severus sostenía la botella frente a sus ojos y mantenía su vista fija en la etiqueta, seguramente leyendo los ingredientes y jactándose mentalmente, de sus dotes como pocionista.
"Seguro que puedo preparar un whisky, mucho mejor que este". Pensó Hermione que podía estar diciéndose él mismo, mentalmente, mientras componía esas sonrisas cínicas tan típicas de él, al mirar los ingredientes.
- ¿Le apetece comer algo, señor? No es saludable que beba tanto y que no pruebe un solo bocado. Además, tampoco es que haya comprado mucho hoy y me temo que si no se alimenta apropiadamente…
- Tampoco es mi madre, así que no actúe como tal.
- ¿Y le parece poco, con todo lo que ocurrió? Profesor… señor… por favor…
- Escuche, señorita Granger… han pasado semanas ya, desde el "incidente", así que creo que debería aprender a vivir con lo que ocurrió. El ministerio de magia ya tomó una decisión al respecto y fueron lo suficientemente benevolentes, como para no haberme encerrado en una celda en Azkaban. No hay forma de que podamos remediarlo, sin importar lo mucho que nos disguste la idea. – eso último lo dijo de manera muy resentida, observando el vaso con una expresión de ira que no tardó en hacerle recordar aquella terrible noche, bebiéndose el whisky restante en el fondo, de un solo trago.
Ese iba a ser un recuerdo que no estaba segura de poder olvidar. La tensión de aquel momento, acompañada del desconcierto de encontrarse cara a cara con su antiguo profesor de pociones, tras prácticamente no saber nada de él durante largo tiempo, para darse cuenta de que había sido su salvador aquella noche y a punto de terminar encarcelado en Azkaban, de por vida.
Tenía que admitirlo, había estado muy ocupada con sus asuntos personales como para haber siquiera preguntado por el estado de salud del hombre y ahora se sentía terriblemente culpable del destino al que lo había sumido, por su estúpida decisión de volver a enamorarse. Siempre había tenido una especie de plan de vida armado en su cabeza, pero quizá no estaba tan destinado a cumplirse como siempre había esperado.
Aunque no perdía las esperanzas de que mejorara y de que pudiera cooperar para que la suerte de su ex profesor de pociones, también cambiase.
Debía ser realmente cansino estar siempre del lado equivocado de dicha suerte.
- Esa noche, ha quedado grabada en mi mente como a fuego. – comenzó Hermione, con voz suave. – Todos esos magos a nuestro alrededor y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el ministerio de magia, frente al ministro, escupiendo a gritos la peor de las sentencias. No sabía qué hacer, qué decir, para salvarle la vida. No podía concebir que terminara en Azkaban por mi culpa y todavía considero un milagro, que hubiesen tomado en cuenta mi opinión.
- Los milagros no existen, señorita Granger. Tampoco la suerte. Simplemente existen los argumentos convincentes.
- Entonces me alegro de que así fuera. De vez en cuando tengo pesadillas con todos esos rostros pétreos, diciendo lo peor de usted como si fuera cierto.
- ¿No lo es?
- ¡Por supuesto que no! Todos fuimos partícipes del relato de Harry. De las pruebas contundentes en su defensa. ¿Cómo podían ser capaces de enjuiciar a un hombre tan valiente como usted?
- No estoy seguro de que sea valentía precisamente, señorita Granger. Lo considero más bien como una estupidez y mis intentos por enmendar dicha estupidez.
Snape parecía ponerse cada vez más y más sarcástico y depresivo de lo normal, así que supuso que la bebida comenzaba a calar en cada uno de sus huesos. Aunque no podía olvidar la legendaria tolerancia al alcohol, que muchos decían que tenía.
- Creo que debería cenar algo. – se puso en pie, con la intención de dirigirse a su cocina y en la que había dispuesto un poco de la cena que se había preparado a sí misma. La casa de Snape estaba en condiciones poco habitables, así que era mejor si cocinaba la comida en casa y simplemente la traía hecha. – Debería limpiar un poco por aquí. ¿No lo cree, señor?
- ¿Y con qué objeto? Además, ya no tengo magia y dicha tarea me llevaría meses. Quizá años.
- No exagere, tampoco es para tanto. – negó con la cabeza y miró a su alrededor, poniendo ambas manos sobre su cadera y suspirando profundamente. – Es más…
Sacó su varita y sin decir una sola palabra, la punta de la madera se iluminó y ambos presenciaron una limpieza en cámara rápida. Cojines sacudiéndose por sí solos y enmendando sus propios hilos, de igual manera que el sofá y los viejos sillones del salón. La chimenea prácticamente reluciendo de limpio, así como el tapizado en el suelo y las piezas de la cocina. Gabinetes casi como nuevos, con todas sus piezas en su lugar y los cristales de la ventana, mostrando una visión más clara del exterior.
A pesar de que el lugar era prácticamente como una cómoda prisión, por lo menos en aquel momento lucía más presentable.
Y se sentía ligeramente mejor al hacer algo por el hombre al cual había condenado a vivir entre muggles y sin magia alguna, para hacerlo aunque fuese un poco más llevadero.
- ¿Satisfecha, señorita Granger?
- No realmente, pero por algo se empieza.
- Ahora que lo pienso, sigo sin comprender la razón por la que usted y el señor Weasley, no son compatibles. ¿Quién no querría a una esposa que hiciera todas esas tediosas tareas por uno?
- Es mucho más complicado que eso, señor. Para ser compatibles, hace falta más que hacer los quehaceres por el otro. Debe haber amor en la relación. Comprensión, camaradería… - respondió con cierta amargura, regresando a su asiento en uno de los ahora restaurados sillones.
- ¿Y no había amor entre ustedes, señorita Granger? De verdad lo creí cuando todos no paraban de hablar acerca de lo perfectos que eran como pareja.
- Al principio lo pensé, pero muy pronto nos dimos cuenta de que no teníamos mucho en común. En verdad lo intentamos, pero comenzábamos a discutir casi por cualquier cosa y aquello que disfrutaba hacer uno, era detestable para el otro. O bueno… no tanto como detestable, pero poco placentero.
- Quizá deba ahorrarme mi opinión al respecto. – la sonrisa sarcástica del hombre se ensanchó más y más, así que Hermione no pudo evitar estar de acuerdo en que prefería no escuchar lo que tuviera que decir al respecto. – Puesto que terminaré dándole la razón.
- Como sea, estoy segura de que esperaré un tiempo bastante prudente antes de volver a entablar otra relación con algún otro hombre. Sea muggle o no.
- Estar solo tiene sus ventajas. Por ejemplo, estando solo, este insufrible destino solo lo padezco yo y no tengo que arrastrar a nadie más conmigo. Finalmente sufro el castigo por mí mismo y nadie más muere por mi culpa. A excepción de ese asqueroso muggle, pero al menos no es el mismo caso de Potter. No he dejado a nadie huérfano y no he condenado a la mujer que amo, al sufrimiento eterno.
Sintió una incómoda puntada en el pecho y a pesar de que hizo un gran esfuerzo, no pudo evitar mirarlo con una expresión de tristeza tan grande, que el hombre comenzó a sentirse incómodo de solo verlo.
- Nunca me dijo cómo fue que sobrevivió a la mordida de Nagini.
- ¿Y por qué tendría que decírselo, señorita Granger?
- ¿Para saciar mi molesta e insaciable búsqueda del conocimiento?
- Si lo pone de esa forma… cómo negarse. – parecía mentira pero con el tiempo y la madurez emocional que ello significaba, hasta había aprendido a soportar las respuestas cortantes del cuerpo totalmente vestido de negro, que se encontraba sentado frente a ella y cuyos ojos no dejaban de estudiar cada uno de sus movimientos, como un felino estudiando a su presa. – Fue durante la batalla de Hogwarts. Minerva McGonagall y yo, tuvimos un duelo antes de verme obligado a escapar. En condiciones normales soy capaz de manejarlo… - hizo una breve pausa y Hermione pudo percibir un poco de orgullo en su tono de voz, así que pensó que lo mejor era no contradecirlo y esperar a que terminara la historia. - Pero le había prometido a Albus Dumbledore que protegería a la escuela y a los que residieran en ella, así que eso también la incluía. Minerva es un gran duelista y por supuesto que no iba a escapar sin algún tipo de daño.
- ¿A qué se refiere?
- Pude esquivar la mayoría de sus hechizos, excepto uno de ellos. Al momento en el que me envolvía en mi túnica y me preparaba para escapar por una de las ventanas del gran comedor, apenas y había esquivado una gran cantidad de dagas que ella había decidido arrojarme al convertir el fuego de mi varita en eso. Oportunamente pude mover una de las armaduras oxidadas del castillo y utilizarla como escudo, pero no contaba con que una de ellas me perseguiría y mientras me preparaba para saltar, sentí su fría navaja clavándose en mi espalda.
- ¡Merlín santísimo!
- De inmediato sentí cómo mi cuerpo se adormecía poco a poco, mientras caía. Escuché su grito mientras me llamaba cobarde, pero al aterrizar tuve mucha dificultad para respirar.
- ¿Por qué…?
- Minerva había utilizado una de mis fortalezas en mi propia contra. Siempre he dicho que las pociones pueden ser tan letales como un hechizo, pero tienen ciertas limitaciones. Deben ser ingeridas, la mayoría…
- ¿La profesora McGonagall lo envenenó esa noche?
- Sí, pero no de la forma común. Combinó sus habilidades para transformar la magia y los objetos, con mis pociones. Lo reconocí de inmediato, venenos que suelo destilar de las criaturas a las que pertenecen y convertirlos en antídotos.
- Pero supongo que la mayoría de los venenos que obtiene, son para que lo usemos en clase. Por lo tanto, han de ser inofensivos o al menos, fáciles de tratar.
- No todos, señorita Granger. Mientras estuve ese breve lapso de tiempo como director en Hogwarts, al parecer, Minerva había maquinado un plan. Era bastante consciente del afecto que sentía por Dumbledore, había sido su mentor durante mucho tiempo y a pesar de que le hubiese ocultado muchas cosas. Así que durante mi estancia allí y mientras estaba ocupado siguiendo órdenes, supongo que estuvo revisando mi armario privado.
- Entonces, si ya estaba muriendo a causa de un letal veneno… ¿cómo sobrevivió a eso y a la mordida de la serpiente de Voldemort?
- Curioso… - sonrió al decirlo y Hermione frunció el ceño. – Al Nagini morderme, el veneno que fluía por mis venas y que apenas de seguro me daba un par de horas de vida, tal vez minutos, se neutralizó con el de la serpiente y me permitió sobrevivir. Tan solo tuve que encontrar la fuerza para detener el sangrado y recuperar la sangre perdida.
- Así que el veneno que utilizó la profesora McGonagall era de acción lenta, pero igual de letal como para matarlo de todas maneras.
- De no haber sido por el señor tenebroso, mis órganos habrían comenzado a fallar y quizá habría muerto de un paro cardíaco.
- Supongo que es una incómoda conversación con la profesora McGonagall.
- Ya no hay resentimientos al respecto, en cuanto supo que Dumbledore lo había planificado todo. Aunque de vez en cuando esa cicatriz todavía me incomoda.
- Su magia…
- Les encontraron un muy buen uso a estas viejas marcas tenebrosas, además de poder decir que son vistosos tatuajes como las llamarían los muggles. El señor tenebroso podía tocarlas y llamarnos con ellas, sin importar el lugar en el que estuviésemos. – su voz se tornó sombría al decirlo, así que Hermione esperó lo peor. – Es un experimento que han estado haciendo con los mortífagos que quedan. Están utilizando sus marcas tenebrosas para sellar la magia en su interior. Hace unos meses, tras la muerte del señor tenebroso, era muy clara y casi podía decir que simplemente eran marcas rojas en mi brazo. Un desagradable recuerdo ya, hasta que el ministerio de magia selló nuestra magia en ellas.
- ¿Y eso qué significa?
- Cuando el señor tenebroso nos convocaba, podíamos sentir la quemazón en las marcas y así saberlo. Ahora, el dolor que sentimos, es totalmente diferente. Hasta el más mínimo de los hechizos resultaría en un malestar tan insoportable, que se supone nos privaría de volver a intentarlo. Además de que la varita, cuyo núcleo ahora roto, posee un hechizo que imposibilita su reparación.
- ¿Y no bastaría con comprar otra?
- No podemos hacer magia, esta nos rechaza y nos causa dolor. Comprar otra no mejoraría las cosas. He sido expulsado de la comunidad mágica. No podría entrar en ella ni por accidente.
Si pensaba que su vida era terrible, aquella historia prácticamente la había dejado helada en el sillón donde estaba sentada. No podía creer que ese hombre hubiese atravesado por todo eso y mantuviera la calma como si nada.
"Está demasiado tranquilo, yo ya me habría vuelto loca si todo eso me hubiese pasado. Desde una infancia triste, con padres peleándose todo el tiempo, hasta un romance trágico y una tortuosa vida como espía, para ahora terminar expulsado de la comunidad mágica y con su propia magia sellada en su vieja marca tenebrosa."
Una pesadilla de nunca acabar. De verdad que tenía una actitud estoica frente a la adversidad y comenzaba a desear el poder aprender a tener la misma entereza.
"Ojalá fuese tan fuerte como él". "En verdad que me resultaría muy útil para superar todo lo que ha acontecido recientemente".
