Disclaimmer: Los personajes le perteneces a la grandiosa mente de stephanie Meyer y la historia pertenece a la genial Nicole Jordan
CAPITULO 3
Cruzaron las miradas, desafiantes.
— ¿Es un precio demasiado elevado, encanto? —preguntó Edward lánguidamente.
Bella tragó saliva ante aquella pregunta. Lo que él le sugería arruinaría su reputación. Pero ¿sería esa ruina un precio excesivo para salvar a su familia?
— ¿Qué... se exigiría que yo hiciera en calidad de amante suya? —inquirió tratando de ganar tiempo.
Él enarcó una ceja.
— ¿No lo puede imaginar?
—Supongo que esperará que tengamos... relaciones carnales.
—Sí, es lo acostumbrado. —Curvó la boca con seco regocijo—. Pero creo que sus obligaciones no le resultarán demasiado pesadas. Visitaré su lecho siempre que lo desee, como es natural, y usted debe aprender a complacerme.
—Es probable que le decepcione. No tengo talento en ese terreno.
—No lo sabré hasta que no la tenga debajo de mí.
Aunque sus audaces palabras la dejaban sin aliento, sus continuos intentos de intimidarla sólo la enfurecían.
—No tengo experiencia como amante, sólo como esposa. Mi única... intimidad con un hombre fue con mi marido. Y esa parte del matrimonio me resultó... en extremo desagradable. Ciertamente, no puedo comprender que su género considere tan grata la lujuria.
Al finalizar, su tono era despectivo y mordaz. Sin embargo Edwardno logró discernir si estaba enojada con él, con su difunto esposo o con los hombres en general.
—Pero según se dice su marido era un patán. Y según usted misma ha admitido, nunca ha disfrutado de un amante adecuado. Con el riesgo de parecer inmodesto, soy lo bastante experto como para enseñarle lo que necesite saber. Creo poder vaticinar con toda confianza que disfrutará con su educación.
Bella alzó la barbilla con aire majestuoso.
— ¿Cómo cree posible adivinar si yo disfruté o no? No sabe nada de mí.
—Pero conozco a las mujeres, querida. Y comprendo los placeres de la carne. No puede ser usted tan diferente de la vasta mayoría de su sexo. Una noche en mis brazos y la tendré temblando por mí.
—Tenía razón, milord. Es un arrogante diablo.
Él sonrió.
—Mis crímenes son múltiples.
Al ver que ella guardaba silencio, Edward la examinó con curiosidad preguntándose si su despectiva altanería era una farsa. Si estaba fingiendo desgana con el fin de excitar su interés, su táctica estaba funcionando. No podía recordar la última vez que se había sentido tan excitado con la simple presencia de una mujer.
¿Y por qué vacilaría ella en aceptar su oferta en extremo generosa? Ninguna amante, por magnífica que fuera, valía cien mil libras, y él le estaba dando a ella tanto la oportunidad de rescatar aquella suma enorme como de salvar a su despreciable hermano. Sería una necia si se negaba.
Dudaba que Bella Black fuera una necia. Era evidente que estaba acostumbrada al escándalo, y que debía de ser experta, sofisticada y lo bastante mundana para utilizar su cuerpo a fin de conseguir sus objetivos; como tantas de las codiciosas y superficiales bellezas que conocía.
Suponía que también era posible que realmente fuera fría e insensible, incapaz de verdadera pasión. Asimismo, podían impulsarla el orgullo o el temor. ¿Sería genuina aquella cautela y la vulnerable expresión de sus negros ojos?
— ¿Me teme, lady Black? —le preguntó muy gravemente.
—Considerando cuanto se dice de usted, sería muy imprudente por mi parte no hacerlo, no temer a un hombre para el que ninguna regla es sagrada y del que ninguna mujer se halla a salvo.
—No tiene razones para tenerme miedo.
—Le dijo el lobo al cordero.
Él sonrió ante su afilada lengua. Resultaba singularmente refrescante encontrar una belleza enérgica que no temiera ganarse su rechazo por expresarse con libertad.
Con aire despreocupado Edward fue hacia el aparador de palo de rosa y buscó algo en un cajón. Retiró una baraja de cartas que le mostró.
—Le ruego que rectifique, milady. No soy ningún lobo, pero como ha dicho, soy un jugador, por lo que le propongo darle una oportunidad deportiva. Ambos sacaremos una carta, y ganará la mayor. Si resulta victoriosa, perdono a cambio de nada la deuda de su hermano; si pierde, será mi amante durante este verano.
Ella lo miró con ojos muy abiertos y expresión insegura. Edward imaginó que podía verse en sus brillantes profundidades aún desde el otro lado de la sala.
— ¿Qué responde, milady?
Bella cerró los ojos mientras luchaba con el imposible dilema. Era escandaloso comerciar con su honor en un desesperado intento de conseguir la ayuda de Cullen. Ya se había vendido una vez, en matrimonio, y había jurado no volver a hacerlo jamás.
No obstante, ¿sería más repugnante entregar su cuerpo a aquel hombre de lo que lo había sido en su matrimonio? Muchas mujeres brincarían de contento ante la oportunidad de compartir el lecho de Edward Cullen. Poseía una reputación legendaria en las relaciones sexuales. Las mujeres lo encontraban innegablemente deseable... y ella no era diferente. Que Dios la ayudara.
Incluso le estaba ofreciendo una oportunidad para triunfar. En realidad, podía ganar. Pero ¿y si perdía? Su reputación se vería arruinada.
Aquella propuesta era deshonrosa, incluso cruel. Pero su pasión era el precio que él pedía por otorgar su misericordia. Y para proteger a su familia de su cólera, ella negociaría con el diablo.
—Me deja escasa elección —contestó en tono quedo y sin inflexiones.
Reconoció en favor de él que no mostraba ningún regocijo.
—Haga los honores. Baraje las cartas y saque primero la suya.
Bella avanzó de mala gana hacia él y aceptó la baraja. Había jugado a whist y a los cientos lo suficiente como para barajar con competencia, pero le temblaban las manos, y la tarea le costó unos momentos.
—Escoja su carta, querida —la animó lord Cullen.
Ella extendió la baraja sobre la mesa y sacó una carta que volvió hacia arriba. Una sota de corazones. La esperanza inundó su pecho. Era posible que una sota superara al contrario. Bella contuvo el aliento, sintiendo los latidos de su corazón.
Lord Cullen escogió entonces su carta y la volvió con sus dedos largos y elegantes.
Bella se quedó mirando el rey de espadas, incapaz de ocultar su desesperación: había perdido.
—Aún está a tiempo de cambiar de idea —murmuró él.
Curiosamente, él le daba una última oportunidad de retirarse. Ella negó estupefacta. Cumpliría el acuerdo.
— ¿Cerramos entonces el trato?
Bella exhaló un suspiro controlado esforzándose por mantenerse serena. No era una cobarde. Y su familia estaría salvada. Tenía que conformarse con eso.
Desde luego, su salvación era mucho más de lo que se había atrevido a esperar cuando acudió a implorar ante lord Cullen.
—Sí, acepto.
Se sobresaltó cuando él levantó lentamente la mano para tocarle la mejilla. Hizo lo que pudo para no estremecerse.
—Bella. —Sinclair pronunció su nombre con suavidad, en un tono que era como una caricia.
Ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron por un segundo.
— ¿Me honrarás con un beso para sellar nuestro acuerdo?
Bella miró sus labios. Tenía una hermosa boca, pensó de modo incongruente. Sintió que el pulso se aceleraba de modo peligroso.
Se quedó rígida mientras él se inclinaba ligeramente para posar su boca con delicadeza sobre la de ella. Fue un levísimo roce de carne contra carne, apenas eso, y sin embargo ella lo sintió como si fuera una marca candente. Se estremeció sin poderlo evitar.
Cuando él levantó la cabeza, ella pudo leer la satisfacción en sus ojos grises.
— ¿Ha sido tan difícil?
—Supongo que no —reconoció sombría.
Con ademán descuidado, Edward dio un golpecito al alto cuello de su capa.
—Debes de tener calor con tanta ropa, querida. No necesitas esto, ¿verdad?
Se expresaba con voz ronca, como una suave caricia.
Ella lo miró confusa, incapaz de comprender la pregunta.
— ¿Te quitarías la capa por mí?
— ¿Por qué?
—Porque deseo verte.
Edward debió de advertir que ella sentía crecer la alarma en su interior. La miró fijamente.
—Te hago una promesaBella. No te tomaré contra tu voluntad. Te doy mi palabra.
Ella no sabía si podía creerle, si podía confiar en las promesas de un famoso libertino, pero en realidad eso suponía poca diferencia, Edward había pagado por el privilegio de desvestirla si lo deseaba.
Con dedos temblorosos, desabrochó los botones de su capa. Al ver que dudaba, él cogió la prenda de sus hombros y la dejó suavemente sobre la mesa.
—Confieso mi decepción —murmuró mientras examinaba su sencillo vestido de lana merina color castaño—. Prefiero mucho más el traje que llevabas anoche. Este no hace justicia a tu hermosa silueta, aunque destaca el rico color de tus ojos.-Ven, siéntate conmigo un momento —añadió.
La cogió de la mano y la condujo al chaise longue. Ella se esforzó por no resistirse, mientras él hacía que se sentara a su lado con la fría seguridad de aquel que inevitablemente se sale con la suya. Bella tomó asiento rígida, contuvo el aliento y sintió que el corazón le latía agitado. ¿Se propondría seducirla allí mismo, en aquellos momentos?
El rostro del barón estaba cerca del suyo de modo inquietante. Se encontró mirándole la boca, aquella boca increíblemente sensual y de hermosa forma.
Edward advirtió a dónde dirigía ella la mirada, y se sintió excitado. No obstante, no hizo movimiento alguno para tocarla.
Reconocía sinceramente que la deseaba, pero era demasiado riesgo, una acción precipitada. Se alegraba de haber ganado la apuesta, y no por la enorme suma que se hallaba en juego. Era lo bastante rico como para no echar de menos ni siquiera una cantidad tan elevada. Pero ahora tendría la oportunidad de explorar las ocultas profundidades de aquella mujer intrigante y enérgica.
Su refinado instinto varonil le decía que ella no se estaba comportando con afectación. Tenía miedo... y era muy vulnerable. Sospechaba que alguien la había herido gravemente. Tendría que utilizar hasta el último ápice del control que poseía para avanzar despacio con ella, para aguardar hasta que le respondiera con libertad. Sin embargo, el tesoro que descubriría al final bien valdría el esfuerzo.
No podía permitir que se marchara entonces; no hasta que comenzara su campaña para vencer el temor que le inspiraba y ganar su confianza. Una vez lejos de su presencia, ella sólo se atormentaría con sombrías imaginaciones, representándoselo en su mente como un monstruo malvado.
No, deseaba que ella probara primero una pizca del placer que podía darle, de modo que comenzara a ver que, en realidad, no era tan temible.
El dulce aroma de Bella invadió su olfato, pero con férreo dominio se obligó a controlar sus deseos.
— ¿Quieres mirarme, querida?
Ella accedió de mala gana y él prosiguió en aquel tono que la desarmaba.
—Me crees un libertino, lo sé. Pero ¿soy un ogro?
—Yo... no le conozco bastante para emitir tal juicio.
Él sonrió.
—Cierto. Y al igual que tú, nunca me he enfrentado a una circunstancia tan particular. Tendremos que improvisar.
Bella no podía desviar la mirada: había algo cálido y tierno en los ojos de él que mitigaba su pánico.
—Quisiera volver a besarte. ¿Me negarías un beso?
Ella sintió latir el pulso con fuerza en su garganta.
— ¿Me da alguna opción, milord?
—Claro que sí. La elección siempre será tuya.
Bella escudriñó su rostro en busca de señales de engaño, pero no encontró ninguna. Él había prometido no tomarla contra su voluntad. Tal vez había sido sincero.
Al ver que no respondía, le acarició de nuevo la mejilla.
—Tienes un cutis suave como la seda.
Le pasó el pulgar por la mandíbula en un toque persistente y provocativo. Ella deseaba moverse, huir de su inquietante proximidad, pero se sentía cautivada por la intensidad de su mirada, por la ruda y poderosa sexualidad que emanaba de él.
Edward le pasó los nudillos por los labios húmedos y separados, provocándole un estremecimiento de ardiente sensación.
— ¿Qué respondes, dulce Bella? —Ladeó el rostro de la muchacha hacia él—. ¿Me besarás?
Su voz acariciaba sus sentidos como terciopelo, debilitando sus defensas. Tenía la firme necesidad de protegerse de aquel hombre y sin embargo... deseaba que no dejara de tocarla.
—Sí... — murmuró con apenas un susurro.
Fue suficiente. Cullen le cogió el rostro con suavidad, con infinita ternura. Bella observó embelesada cómo sus negras pestañas ensombrecían sus sensuales ojos. Su aliento resbaló cálido contra los labios de ella y luego su boca se posó en la de Bella con la lenta y segura presión de la experiencia.
Se sintió asaltada por una cálida oleada de sentimientos. El beso era un lánguido e íntimo conocimiento de su boca que le robaba la respiración. Al ver que ella no protestaba, Edward introdujo la lengua entre sus dientes en sensual invasión. El sabor de él era turbador. Ella presionó ligeramente el pecho del hombre con las manos aunque, en realidad, no deseaba rechazarlo. Sintió la consistencia de sus firmes músculos bajo los dedos, el calor de su potente torso, y percibió el aroma excitante que él despedía, cálido y tenuemente almizclado.
Su lengua jugaba una danza lenta y erótica mientras proseguía el tierno asalto con los dedos. Bella advirtió vagamente que volvía a acariciar con suave delicadeza su garganta, su desnuda clavícula, su hombro...
Unos momentos después curvaba sus largos dedos sobre el escote cuadrado de su vestido. Ella se puso en tensión cuando él empujó el corpiño hacia abajo, dejando al descubierto el pleno y redondo contorno de sus senos sobre su camisa y corsé. Como si se hallara a una gran distancia, le oyó murmurar:
—No temas, ángel...
El insinuante murmullo de su ronca voz tranquilizó su alarma.
Cullen inclinó lentamente la cabeza, siguió con sus labios el sendero que habían recorrido sus dedos, y sus suaves caricias la hechizaron. Se agitó temblorosa mientras él bajaba el borde de su camisa. Sintió el suave roce de su respiración sobre su pecho... Y de pronto se quedó rígida. ¡Él se proponía besarle los senos desnudos!
Se quedó sin aliento, no tanto ante las escandalosas intenciones del hombre como por las primitivas sensaciones que despertaba en ella. Exhaló un suspiro al ver que él destapaba su pecho. No pudo evitar el vergonzoso cosquilleo de sus senos, el descarado calor que se retorcía en ella y, no obstante... le asaltó el horroroso descubrimiento de que deseaba que él se los besara.
Cuando el hombre rozó con su lengua el sensible pezón, Bella se estremeció, pero no de dolor. La excitada respuesta que latía entre sus muslos la sobresaltó y la hizo temblar. Él recorrió con suma destreza la suave y henchida carne del seno de ella con sus labios, capturando la provocadora cumbre. Bella se estremeció ante tan descarada sensualidad.
Edward siguió excitándola, jugueteando con el tenso botón con su aterciopelada y roja lengua, chupando suavemente con su cálida boca. Bellaa se arqueó hacia él aturdida, deseando el abrasador placer que encendía en su cuerpo.
Gimió suavemente ante su tentadora y endiablada brujería. Al oírla, él dejó de saborear su pezón y de pronto volvió a centrarse en su boca con un beso cálido y ávido cuya inesperada furia provocó en Bella un seco y hondo gemido desde la profundidad de su garganta.
Apoyó de modo involuntario las manos contra los hombros de Cullen. Luego, súbitamente, el hechizo se rompió y, de repente, lord Cullen pareció pensarlo mejor y, de modo inexplicable, interrumpió el beso.
Oprimió su frente contra la de ella con brusquedad y soltó una áspera carcajada, como si se esforzara por recobrar su fuerza de voluntad. Una oleada de decepción invadió a Bella. Ella no había deseado que aquello concluyese y, al parecer, tampoco él.
Cullen inspiró profundamente, pero su voz ronca surgió con un tono frío.
—Perdóname. Por un momento me he dejado llevar.
Su hermoso y bien cincelado rostro le llegó en un suave miró entre la consternación y el deseo. Nunca había experimentado tan primaria sensación ante un simple beso.
—Creo que subestimas en mucho tus encantos, querida. Si puedes excitarme sin intentarlo, no tengo ninguna duda de que serás una pupila capaz.
Bella sintió una oleada de vergüenza ante la desconcertante e inexplicable respuesta que él había obtenido de ella. Sólo una ramera podía desear a semejante hombre.
Le era imposible recuperar de golpe sus aturdidos sentidos, pero hizo un esfuerzo para recobrar su autodominio. No pudo mirar a lord Cullen mientras batallaba con su desordenado corpiño ni cuando él le retiró suavemente las manos a un lado y, con solicitud, la ayudó a cubrir sus desnudos senos.
Bella aceptó su ayuda a regañadientes. Debía agradecerle que concluyera su abrazo antes de llegar demasiado lejos, porque ella hubiera sido incapaz de resistirse. Habría dejado que se saliera con la suya y le habría entregado lo que le hubiese pedido.
Sin embargo, Cullen debió de percibir su incomodidad, porque se levantó de su asiento y se trasladó a prudente distancia.
—Quizá deberíamos discutir los detalles de nuestro acuerdo —dijo con aire despreocupado—. Confío partir para el campo esta semana, en cuanto pueda contratar a una acompañante para mi hermana. Me gustaría que vinieras conmigo.
Bella se esforzó por devolver su atención a la cuestión que se debatía entre ellos. Había accedido a ser la amante de lord Cullen.
— ¿Dónde te propones que yo viva? —preguntó en voz baja, aunque era reacia a considerar un paso tan irrevocable.
—Puedo instalarte en una casa a conveniente distancia de mi finca.
Al verla vacilar, sonrió con cinismo.
—Desde luego, te facilitaré coche y caballos y asumiré cualquier otro gasto.
Bella comprendió que él creía que ella estaba negociando para obtener mayor remuneración.
—No me preocupaba tener un coche, milord.
— ¿No?
—Pensaba en las apariencias. Si me facilitas una casa y un coche, todo el mundo sabrá que soy tu amante.
—Así lo imagino —murmuró Cullen cauteloso—. Es el sistema habitual en estos casos. Pero si tienes alguna sugerencia mejor, estoy dispuesto a escucharla.
—No debo considerar únicamente mi reputación, sino también la de mis hermanas. Ellas tan sólo sufrirían, tal vez de modo irreparable, por causa de mí... relación contigo.
Cuando él la miró, sus verdes ojos habían perdido calidez.
— ¿Ya deseas renegar de nuestro trato, ángel? De ser así aún no es demasiado tarde para que cambies de idea. Sólo tienes que salir por esa puerta.
—No tengo intención de renegar, milord, pero quisiera repetir mi anterior oferta. Estoy dispuesta a servir de acompañante a tu hermana. Ello facilitaría una excusa, aunque leve, de mi presencia en tu entorno. Y creo que podría serle de verdadera ayuda.
Edward frunció el entrecejo, pero contuvo su primera inclinación a desechar la oferta de modo terminante. Era cierto que había estado buscando urgentemente una acompañante para Rosalie, pero confiaba en silenciar lo más posible el escándalo de su fuga abortada. Con tal fin en su mente se proponía contratar a la más respetable y estricta institutriz que pudiera encontrar, con una reputación impecable. No obstante una mujer más mundana podría resultar más simpática y aceptable para Rosalie en sus circunstancias. Y Bella Black ya estaba al corriente de los sórdidos detalles.
—No estoy seguro de que comprendas las dificultades a que te enfrentarías —dijo escéptico—. Rosalie está completamente postrada en el lecho. Sufre parálisis así como desesperación. Actuar como su acompañante requeriría la paciencia de una santa.
—Comprendo, milord, y te aseguro que he aprendido a tener paciencia en el curso de los años. Como te dije, tengo experiencia de cuidar a mi madre, así como a mis hermanas. Y —añadió quedamente— si puede resultar en algún consuelo para ti, me gustaría tratar de reparar las viles acciones de mi hermano.
Edward fue hacia la ventana y contempló la elegante avenida que discurría frente a su mansión londinense. Su hermana era lo único que había realmente bueno en su hastiado mundo. Sin embargo, él le había fallado confiando su educación a la solícita merced de sirvientes. Se proponía tratar de compensarla por sus años de descuido. Y haría todo, todo lo posible por ayudarla a recuperarse de su destructor accidente.
Tal vez la encantadora lady Black tuviera razón. Quizá pudiera ser realmente capaz de ayudar a Rosalie. Y si conseguía salvar su reputación en aquel proceso, tanto mejor. No podía censurarla porque deseara proteger a sus hermanas. Siendo honrado consigo mismo, su disposición de defender a su familia, incluso a costa de un gran sacrificio personal, era la principal razón que lo atraía hacia ella.
—Supongo que podríamos hacer una prueba —dijo lentamente—. Puedes permanecer en Rosewood como acompañante de Rosalie durante un período de prueba, tal vez una semana o dos. Si descubrimos que no funciona, siempre podemos cambiar el acuerdo.
Bella suspiró instintivamente. Si podía esconder una vergonzosa relación con lord Cullen tras la decorosa apariencia de acompañante, conservaría por lo menos un ápice de reputación.
—Naturalmente, lo mejor sería ocultar el hecho de que eres la hermana de Swan —añadió él tras pensar unos momentos—. Sin duda Rosalie no necesita que le recordemos al causante de su desgracia.
—Desde luego. Pero no creo que esté al corriente de mi parentesco con él. Emmet dice que nunca hablaron de su familia con detalle y mi apellido de casada es distinto del suyo. No obstante, algunos de tus vecinos podrían establecer la relación y decírselo.
—No tendrían oportunidad —repuso Cullen—.Rosalie está postrada en el lecho y se niega a recibir a nadie.
—Tal vez entonces podría decirle simplemente que soy una viuda de medios limitados, lo que me obliga a buscar un empleo.
Observó que Cullen consultaba el reloj de bronce dorado que había sobre la repisa de la chimenea.
—Esto me recuerda... que llego tarde a la cita con la agencia de empleo donde me tienen preparadas varias candidatas para que las examine. Me disponía a salir cuando llegaste.
Ella lo miró con el entrecejo fruncido.
—Creí que habías dicho que tenías una cita con el sastre.
—Admito que busqué un subterfugio.
— ¿Lo haces a menudo?
Él esbozó una seca sonrisa, no exenta de un instintivo encanto varonil.
—No deseaba empañar tu firme opinión de mí como libertino.
Incapaz de permitirse seguir sintiéndose hechizada por aquel hombre, Bella comprendió que había llegado el momento de despedirse.
—Te ruego pues que no me retengas por más tiempo —dijo, mientras se ponía en pie.
—Llamaré a un criado para que te acompañe —ofreció él.
—Puedo encontrar perfectamente la salida, milord.
—Dadas las circunstancias creo que podríamos prescindir de los títulos, ¿no te parece? Me llamo Edward.
—Muy bien...,Edward.
—Me gusta ese sonido en tus labios.
Ella dibujó una penetrante sonrisa ante su tono provocativo. Cullen le recordaba intencionadamente su reciente intimidad.
A continuación se impuso una severa sanción mental, pues no deseaba evocar el sabor del beso recibido ni la sensación de la cálida boca en sus senos. Tal lascivo comportamiento era impropio de ella. Nunca, ni una sola vez, había sido excitada por su marido durante su interminable año de matrimonio. Las relaciones carnales habían sido un deber en extremo desagradable. Y estaba segura de que le resultaría igual de poco grato entregarse a un libertino disoluto como lord Cullen, por muy experto que fuera en las artes amatorias y encantador con el sexo débil.
Su mente estaba tan ocupada mientras se disponía a recoger su capa que cuando él llegó tras ella se estremeció.
—Tranquila, querida —murmuró en un tono que podía haber utilizado para calmar a una yegua asustada.
Aceptó de mala gana su ayuda para ponerse la prenda, y cuando Cullen, con las manos ligeramente apoyadas en sus hombros, la hizo volverse para enfrentarse a él se quedó tensa.
Deseaba huir, escapar de su abrumadora proximidad, pero él no le permitió alejarse. En lugar de ello se quedó mirándola, cautivándola con sus penetrantes ojos.
—Ten la seguridad de que no intento causarte daño, Bella —murmuró suavemente—. Sólo voy a seducirte.
Bella se sintió enrojecer. Tenía pocas dudas de que causarle daño y seducirla fueran una y la misma cosa. Lord Cullen era un hombre audazmente sensual, peligroso y fascinante.
Temía que todo aquello resultara su ruina.
Se preguntó si él le pediría otro beso o algo peor, pero afortunadamente la soltó. Ella escapó sin responder.
Al quedarse a solas, Edward regresó a la ventana y observó pensativo. Al cabo de unos momentos vio salir de la casa a lady Black y descender por la escalera principal con la capucha cubriéndole el rostro para proteger su anonimato.
El conductor la ayudó a subir al coche y luego se situó al pescante y puso el vehículo en movimiento. Sin embargo, mucho después de que el vehículo se hubiera perdido de vista, Edward seguía en su puesto con expresión meditativa y una extraña confusión en sus pensamientos.
¿En qué lío se había metido? No era su propósito que los acontecimientos se desarrollaran de aquel modo. Lo último que necesitaba en esos momentos era una amante que le complicara la vida. Y, desde luego, aún menos la resuelta y recelosa hermana mayor del hombre a quien había jurado destruir.
Había dado a la dama todas las oportunidades de rechazar su oferta esperando que ella se volviera atrás de su escandalosa proposición. Con todo, debía confesar su placer ante la perspectiva de que ella cumpliera la apuesta, un placer intenso.
Edward agitó la cabeza atónito. ¿Cuándo fue la última vez que había sentido tal expectación? ¿La última vez que su pulso se había desbocado ante el solo pensamiento de tener a una mujer en sus brazos tal como le sucedía con Bella Black?
—Una eternidad —murmuró para sí.
Hacía una eternidad desde que alguien había causado tal impresión en él, si tal cosa había sucedido. Había saboreado los encantos de las más hermosas mujeres de Europa y ninguna lo había intrigado tanto como Bella con su pasmosa combinación de desafío, vulnerabilidad y belleza. Resultaba notable el ansia que despertaba en él tan fácilmente.
Cerró un momento los ojos mientras recordaba el sabor de ella, la deliciosa sensación de sus delicados senos, tensos ante su contacto... y su propia salvaje reacción. Un simple abrazo le había excitado de modo irracional. Casi había perdido la cabeza, y su sangre se había vuelto densa y caliente. Incluso el recuerdo le afectaba en aquellos momentos.
Edward se excitó mientras fogosas imágenes de la mujer fluctuaban ante los ojos de su mente. La imaginaba desnuda en su lecho, exuberante y lasciva, arqueándose en tanto él exploraba los misterios de su cuerpo de seda...
Aquella imagen sensual le enardeció.
—Ten cuidado —murmuró entre dientes. Y apretó con energía la mandíbula ante la repentina y dolorosa inflamación.
Pero su inesperada excitación tenía una explicación plausible. Hacía semanas que no disfrutaba de una mujer... semanas pasadas en su finca rural en Warwickshire cuidando de su tullida hermana. No estaba acostumbrado a la abstinencia. La exquisita Tanya había sido el último cuerpo cálido que lo había acompañado en su lecho, tras una prolongada sucesión de cuerpos cálidos, y se había visto obligado a abandonarla bruscamente cuando recibió la noticia de la desdichada caída de su hermana.
Como disculpa, dio órdenes a su secretario de que enviase a la actriz una gargantilla de esmeraldas que hiciera juego con el brazalete que ya le había entregado, y una delicada nota insinuando que debería encontrar otro protector. Él no había tenido la oportunidad —o francamente el deseo— de tocar a otra mujer hasta que había llegado su encantadora visita de aquella mañana.
De nuevo sus pensamientos reclamaban a Bella Black. Edward se apartó bruscamente de la ventana y tiró con energía de la campanilla para llamar a su secretario.
«¿Qué diablos hay de tan especial en ella?» ¿Por qué encontraría tan provocativa a la dama, tan atractiva, en especial considerando que el evidente desagrado —quizá incluso el temor— que ella sentía hacia él era poco menos que irracional?
Pero la deseaba. Y se proponía tenerla.
Reconoció que sus motivos no eran especialmente nobles. Su primer impulso básico había sido perjudicar a la hermana de Swan así como él mismo se había visto perjudicado. Obligar a lady Black a servirle de amante sería una adecuada —aunque incompleta— venganza.
Pero eso había sido antes de besarla, de saborearla...
Edward frunció el entrecejo preguntándose por qué de pronto le remordía la conciencia. ¿Debía realmente sentir arrepentimiento? Ante los ruegos de ella había renunciado a una fortuna y a la oportunidad de destruir al seductor de su hermana. Y, pese a su renuencia, ella había negociado como una cortesana, comerciando con su cuerpo por la oportunidad de salvar a su familia.
Las concesiones de él habían sido más que generosas.
Y aunque estaba más que deseoso de seducirla, no tenía intención de obligarla a compartir su lecho. En primer lugar la apariencia de lo sucedido a ojos de su hermano, era mucho más importante que la ruina real de la reputación de Bella. Por muy disoluto e imprudente que fuera el joven Swan no disfrutaría ante la idea de que su hermana desempeñara el papel de amante.
Por un segundo reflexionó que él nunca había tenido que esforzarse en sus atenciones a ninguna hembra. Estaba seguro de que conseguiría transformar la aversión de ella en embeleso, su reticencia en voluntaria rendición.
Y eso se había convertido de pronto para él en algo de vital importancia.
Deseaba su entrega, su pálido y perfecto cuerpo cálido y disponible bajo el suyo. Deseaba oír su nombre temblando en labios de ella. La deseaba...
Desde luego que habría dificultades según el insólito acuerdo que habían tomado, viviendo ella en su casa solariega junto con su joven hermana, inocente e inválida. Ciertamente, él no podría anunciar que ella era su amante. En realidad, su seducción de la dama sería más compleja que cualquier relación en que se hubiera embarcado antes. Pero todos sus instintos primarios le decían que el esfuerzo valdría la pena.
—Realmente eres un premio que vale la pena ganar, ángel mío.
Edward curvó su boca en una semi sonrisa. No tenía duda alguna de que habría una batalla de voluntades entre ambos. Pero esperaba ansioso el desafío de infiltrarse en la armadura defensiva de la encantadora Bella.
Encontraría sumo placer en enseñarle a satisfacer los deseos de un hombre... y en satisfacerse a sí misma.
