¿QUÉ PASÓ CON HELGA G. PATAKI?

Capítulo 3:PROPUESTA

Cuando Helga salió de la biblioteca, Arnold ya estaba afuera, estacionado en el antiguo automóvil del abuelo. Se acercó curiosa y mientras se acercaba vio al rubio quitándole el seguro a la puerta del copiloto. La abrió y desde adentro le habló.

— Hola Helga. Ya he venido ¿A dónde quieres ir? –preguntó amablemente. La chica entró y miró a su viejo amigo con las cejas curvas.

— Bueno… primero debo ir al supermercado, debo de cocinar. Mi madre está… está en un grupo de A.A. porque tenía serios problemas, lleva ya seis meses y voy por ella todas las tardes.

— No me lo esperaba ¿Se está recuperando?

— Bueno, lleva cinco meses sin beber, creo que le ha ayuda. Le han recomendado salir más seguido así que constantemente va con Bob por ahí. Mañana van a salir al museo.

Arnold prendió el coche y fueron directo al supermercado. Helga no daba tema de conversación pero respondía bastamente a todas las preguntas del rubio. Cuando llegaron a la tienda, el chico se dedicó a seguirla mientras ella escogía ingredientes económicos. Se dedicaba a checar con cuidado los precios, como si tuviera el dinero contado, eso inquietó al muchacho.

— ¿Y Bob qué hace actualmente?

— Un trabajo de oficina, regresa por las noches. Miriam trabaja por las mañanas. Todos hacemos algo.

— Si trabajan tanto porque te preocupas tanto por el precio de todo.

Helga miró a Arnold directamente a los ojos.

— Qué observador –de nuevo volteó hacia los embutidos. – Yo pago todos los alimentos. Y además hoy no me han pagado, me queda poco dinero para este día. Debo de ser cuidadosa ¿Sabes? Es vergonzoso tener que regresar algo porque no me alcanza.

— No te preocupes por eso, yo te puedo completar si es que necesitas dinero.

Arnold nunca olvidaría esa típica postura de Helga. Con la espalda recta, sacando el pecho, con las manos en la cintura y fulminándolo con la mirada.

— Por eso no quería venir contigo. Ibas a venir a hacer caridad conmigo, como si estuvieras ayudando a un indigente. Si vas a restregarme tu éxito debo decirte que prefiero viajar en el colectivo –respondió molesta.

— No sé de qué hablas, no quiero hacerte sentir menos, simplemente me inquietas. Quiero ayudarte.

La chica empezó a caminar y Arnold la siguió, él jalaba el carrito de supermercado mientras ella escogía lo que llevaría a casa.

— ¿Ayudarme a qué?

— A que sigas estudiando.

— ¿Estudiar?

Arnold soltó el carrito y se paró frente a Helga.

— Siempre creí que serías una persona exitosa, no veo porque no debas de serlo. Tú no naciste para ser una simple bibliotecaria, eres inteligente y capaz.

La chica se sorprendió ante el halago.

— ¿Enserio crees en mí? No sé por qué es así, no entiendo porque siempre me has tenido tan buena fe. Ya no veo futuro en mí, ya no hay algo que quiera rescatar, Arnold. Sólo déjame ser feliz con lo que tengo.

— Pero no lo eres.

— Pues lo seré.

— Lo dudo. Ni siquiera te llevas bien con tus padres ¿Qué haces viviendo aun con ellos?

— Arnold basta.

Hubo silencio hasta la caja. Definitivamente, Helga no compró más de lo que podía pagar y llevó poco. En el estacionamiento echaron todo en el asiento trasero y fueron directo a la casa de los Pataki.

— Voy a cocinar, me dijiste que querías acompañarme un buen rato así que ¿Quieres pasar o tienes algo qué hacer? –preguntó la rubia a Shortman.

— Si me permites acompañarte.

Ambos entraron.

Arnold notó los muebles viejos y gastados. Cuando Helga empezó a cocinar vio el refrigerador vacío y la alacena llena de botes con polvo.

— Tú eres más que esto. Si estudias en unos meses podrás entrar a la universidad y terminar una carrera.

— ¡No tengo dinero Arnold! –gritó ella histérica. – Debo de trabajar, es una pérdida de tiempo. No necesito de ti.

El rubio se quedó en silencio.

Arnold pensó por un buen rato, buscaba una manera de convencerla pero su necedad ya estaba empezando a desesperarlo. Trató una vez más.

— Yo te podría ayudar, no lo veas como un acto de caridad, velo como algo entre amigos. Cuando termines de estudiar y te vaya bien me podrás pagar todo en lo que te he ayudado… —

— ¡¿Y SI NO PUEDO?! –Gritó la rubia histérica. Arnold se molestó y por primera vez desde que regresó se puso serio.

— Bueno, si te sientes tan incompetente como para lograrlo seguramente es porque eso eres, por qué te preocupa estar debajo de los demás si en este momento ya lo estás, en especial con esa forma de hablar tan típica de un perdedor. Hasta luego Helga, te deseo mucha suerte.

El joven hombre dio media vuelta y decidido se fue.

Por su parte, ella estaba ensimismada y sorprendida ante lo crudo de esas palabras. Miró a Shortman salir y una vez se fue bajó la mirada y se miró a si misma con tristeza. Estaba por llorar pero se contuvo, seguía fingiendo ser alguien que no era. Por supuesto que odiaba correr tras el autobús cada mañana y llegar a veces sudada al trabajo, tener que esconderse de vez en cuando para no saludar a conocidos como Lila o Harold. Cuanta envidia sentía al verlos vestidos con ropas caras, al ver a la pelirroja en televisión o la voz de Phoebe en la radio.

Envidia, sólo envidia.

Por supuesto que quería estudiar, a veces por las noches y en sus ratos libres se dedicaba a escribir. Tenía libretas llenas de poemas, ahora tan sólo de odio y pena, algunas novelas dramáticas e incluso dibujaba. Siempre se sintió capaz de todo y ahora era una simple bibliotecaria. Helga G. Pataki, una total desconocida, la única forma de que recibiera un trato amable con los demás era mencionando que era hermana de Olga Pataki.

Sin duda a quien más envidiaba era a su hermana mayor, ya tenía un hijo pequeño y vivía en Europa con él en una lujosa mansión con su apuesto esposo. Ella mandaba mucho dinero cuando lo hacía y con él pagaban muchas cosas, por eso es que aún no estaban en la calle sin embargo las deudas de Bob eran tan grandes que seguían viviendo en total pobreza.

Alguien tocó la puerta de repente. Helga se exaltó y se asomó por la ventana, era Arnold. La chica sonrió, una parte de ella estaba deseosa de verlo volver. No tardo en abrirle y en cuanto lo miró vio sus ojos de arrepentimiento, afligido.

— Lo siento Helga, no quería ser brusco, grosero o antipático. Espero me disculpes.

— No te preocupes, tienes razón, soy un fracaso. Todos lo saben ¿A quién quiero engañar? Cualquiera que me viera se daría cuenta de lo arruinada que estoy.

— Entonces déjame ayudarte, no busco nada más que…

— ¿Más qué? ¿Qué es lo que quieres?

— Quiero que seas feliz –contestó sonriente. –Quiero que te vaya bien y volver a verte hasta arriba, altanera, todo lo que Helga G. Pataki significaba para mí.

— Bueno Arnold, espero no causarte muchas molestias. – Le dijo apenada. El rubio sintió una pulsación muy fuerte al verla algo doblegada y apenada, nunca se la imaginó de esa manera por lo cual le pareció algo bastante tierno.

— Claro que no, sólo permíteme acompañarte un rato más. Podemos pasar por Miriam si eso quieres y en la noche déjame invitarte a cenar.

Y así fue, hablaron por horas, la madre de Helga quedó sorprendido al ver a Arnold por ahí y también Bob, ambos notaron el interés de él hacia su hija y lo tomaron de una manera bastante positiva.

Cuando llegó la noche, los dos subieron al viejo automóvil del abuelo y fueron a un restaurante.

— No me dijiste que vendríamos a un lugar así, me veo realmente mal –renegó la rubia.

— Vamos, no es un lugar muy elegante.

— Pero tampoco es como ir a un puesto de Hot Dogs, incluso llevo una chamarra de mezclilla sin mangas, todos mis tatuajes están al descubierto —dijo mientras los miraba y se los mostraba a él. Arnold tomó el brazo de ella y observó detenidamente a cada uno de ellos.

— ¿Cuánto tiempo tienen? –preguntó.

— Bueno, el último me lo hice hace dos años. Tuve un gusto por ellos y me hice unos cuantos, tengo este en el brazo y otro en la nuca y… otro en una pierna –contestó.

Arnold animó a Helga a entrar al restaurante y así lo hicieron.

— ¿Por qué ese look?

— Bueno, entré en una etapa rebelde o no sé. Me quería ver diferente, sentía que esta ropa combinaba con mi estilo de vida.

Él rio.

— ¿Y te gusta vestir así?

— Una vez traté de volver a tener el pelo largo y utilizar ropa que tapara mis tatuajes porque me sentía muy disgustada conmigo misma pero después lo dejé porque… porque ésta ahora soy yo.

— Ya veo.

— Espero no cambiar mucho con esto de los estudios… ¿Sabes? Si me va bien, en unos años seré otra, quiero tener éxito y dejar a un lado esto. Entonces ya nadie se preguntará qué demonios pasó conmigo, todos sabrán quien es Helga G. Pataki.

CONTINUARÁ…