Capitulo tres. Compañía forzada.
El olor de Bella había desaparecido de la habitación, hacía más de dos horas que se había marchado. Observaba la televisión sin ningún tipo de interés. Tan solo veía una y otra vez las cosas que me había perdido en tres años. Realmente no había pasado nada en aquella ciudad. Las cosas del mundo, eran aparte. El mando estaba apretado entre mis dedos, de vez en cuando cambiaba el canal.
No me di cuenta que era la hora de comer hasta que una mujer apareció por la puerta con una bandeja y una sonrisa estúpida. Intenté contestarle aquella sonrisa, pero realmente de mis labios no salió nada. Ella me observó mientras acercaba la mesa a la cama. En cuanto posó la bandeja y la abrió, se marchó de la habitación con un simple vuelvo en una hora.
Miré detenidamente lo que contenía aquella gris bandeja. Suspiré y cogí la cuchara. La sopa tenía buena pinta, ahora debía saber si el sabor era también bueno. Mi pulso temblaba cuando llené la cuchara de sopa. Mientras trataba de llevar la cuchara a mi boca, el líquido caliente se derramó en mi pecho. Aquello quemó. Por un impulso de rabia, volqué la bandeja al suelo.
Unos pasos acelerados entraron en la habitación y unos ojos azules, observaron lo que acababa de organizar en el suelo. Su cabeza se alzó hasta mi rostro y lo observé mientras en sus labios se dibujaba una mueca de disconformidad. Salió por la puerta de nuevo y una chica morena y pequeña, entró para recoger aquello. Cuando la chica termino, escuché la voz de mi padre ordenarle que trajera otra bandeja.
Mientras la chica volvía con una nueva, este se sentó a mi lado en una silla y esperó sin decir nada. Mis manos estaban apoyadas en mi regazo y mis dedos se apretaban unos contra otros. Su voz tan solo había llenado la habitación, para dirigirse a la muchacha. Un escalofrío recorrió mi columna cuando posó la bandeja en la mesilla y la acercó de nuevo hasta mi cama.
-Coge la cuchara.- Me ordenó con la voz demasiado fría.
-No puedo.- Le dije sin tan siquiera mirarlo a la cara.- Se me cae.
-Coge la cuchara.- Me volvió a ordenar.
No sé porque, mi mano obedeció ante la dureza de su tono y la cogí entre mis dedos. La acerqué de nuevo al tazón de la sopa y cuando alcé el líquido en ella, esta volvió a temblar y el líquido caliente se volvió a derramar en mi pecho. La solté a un lado y observé sus orbes azules.
-Lo siento.- Susurré hacía mi padre.
-¿El que sientes?- Me preguntó acercándose a la cama.- ¿Qué no puedas comer tu solo? Ese no es motivo para tirar una bandeja repleta de comida al suelo. Tan solo has de avisarme.
Mi padre cogió su cuchara y la llenó de nuevo acercándola a mis labios. Giré mi cara hacía la ventana.
-Tu deber de medico, no es darle de comer a un paciente.- Le dije sabiendo que un médico, no da de comer a sus pacientes. Si no hay un familiar, es la enfermera de piso la que se ocupa.
-No, como médico no es mi deber. Como padre, si lo es.
Giré mi rostro de nuevo a sus orbes azules y vi como tenía una sonrisa en sus labios. La cuchara rozó mis labios y la abrí esperando la comida ansioso, tenía demasiada hambre. Una cuchara fue detrás de otra hasta que se acabó la sopa, acto seguido, mi padre cortó la carne y la llevó a mis labios de nuevo. Al acabar, una manzana adornaba la esquina de la bandeja. La cogió entre sus dedos y la cortó a pedazos bastante pequeños, acto seguido, la dejó en un plato y me miró.
-Coge uno por uno Edward. Vamos, sé que tú puedes hijo.- Me miró con un brillo extraño en sus ojos.
Estiré mi brazo y alcé un trozo en la boca hasta llevarlo a mi boca. Uno detrás de otro hasta que el plato quedó vacío.
El problema no es ese.- Dije al terminar la manzana.- El problema es cuando llevo algo en la mano y ese algo debe contener algo.- Lo miré al rostro.
-Ya he visto lo que tenía que ver.- Me contestó con una sonrisa.- Luego te llevarán a mi despacho y hablaremos.
Se levantó de la silla, cogió la bandeja entre sus manos y salió pro la puerta. Volví a observar la tele. Estuve un buen rato viendo Los Simpson. Al ver la tele con detenimiento, me percaté de que había momentos en que me perdía aquello que dijeran. Como si me distrajera de lo que decían sin apartar mi mirada de la pantalla.
Terminaron los dibujos y terminó el telediario. Dos horas habían pasado desde que vi a mi padre salir de la habitación. Sentí un gran peso en mi bajo vientre. Sabía que me estaba orinando. Sin pensármelo dos veces, me destapé el cuerpo y saqué las piernas fuera de la cama. Observé cuan de lejos estaba el armario y tracé una línea invisible hasta el. Estiré mis brazos para llegar al picaporte. Suspiré profundamente y me dejé caer hasta tocar el suelo. Mis brazos se sujetaron en el cristal del armario y mis piernas temblaron.
Sentí como mi peso ganaba y empezaba a flaquear. Miré la puerta del baño, estaba a tan solo tres pasos. Apoyé mi mano en el respaldo de la silla y traté de mover una pierna. El éxito fue nulo. Sentí como mi peso me vencía y mis manos chocaban contra el frío suelo. Mis brazos se doblaron haciéndome chocar la cabeza contra este.
-Wow- Solté sin pensármelo.
-¿Edward?- La voz de mi madre sonó tras la puerta.- ¿estas bien hijo?
Sentí su tacto acariciar mi espalda desnuda. En ese instante, recordé que tan solo llevaba un pantalón azul. Alcé mi vista y la observé. Tendió sus brazos y me cogió por mis axilas tirando hacía arriba. Traté de apoyar el pie en el suelo y cogiéndome a sus hombros me alcé. Mis piernas volvieron a temblar de nuevo. Parecía un niño pequeño cuando aprende a andar. Miré la puerta del baño y mi madre me sonrió. La abrió con un ágil giro de muñeca y tiró de mí con cuidado hasta el baño. Encendió la luz como pudo y me acercó al váter.
Levantó la tapa de este, tiró suavemente de mis pantalones y me empujó hasta que quedé sentado en la taza. Acto seguido, se abrazó a mi cuerpo para sujetarme sentado y esperó. Mis manos estaban aferradas a sus hombros desde que me había levantado del suelo. Sentí como mis manos se aferraban a su camiseta. El olor que desprendía, su calor. Todo aquello lo había echado mucho de menos.
Sentí mis mejillas colorearse cuando terminé de mear. Me sentí un niño pequeño en ese instante. Mi madre, se separó un poco de mi cuerpo y buscó algo en su bolso. Después de unos segundos, sacó unas toallitas húmedas y me tendió una.
-Límpiate con esto, tu piel ahora esta muy sensible y se puede irritar si esta mojada.- No me miró en ningún momento, cosa que agradecí.
Obedecí sus órdenes y cuando acabé, ella tiró de mi y mis pantalones. Acto seguido, salimos del cuarto y me arrastró hasta mi cama. Una vez en el borde, la puerta se abrió y entró una enfermera con una silla de ruedas. Mi madre me sentó en ella y me sonrió. Abrió al puerta del armario y sacó una camiseta azul a juego con el pantalón. La pasó por mi cabeza y después me ayudó a meter mis brazos. Acto seguido, una pequeña manta azul, salió de una bolsa y me la colocó por encima de las piernas. La reconocí enseguida. En el centro, estaba bordado mi nombre completo. Esa manta era de cuando yo era un niño.
-Vamos a hablar con papá. Debes empezar con al recuperación cuanto antes.- Acarició mis alborotados cabellos.
-Esme.- Susurré mientras me empujaba por el pasillo.- No deberías estar aquí.- Volví a susurrar.
Paró la silla enfrente de la puerta del despacho del Doctor Carlisle Cullen. Apoyó sus manos en mis rodillas cuando se volteó. Su mirada penetró en la mía. Sus manos acariciaron mis piernas mientras ella cogía aire. Supuse que para contestarme.
-Edward, sé que cometí un gran error cuando te separé así de la familia.- Unas lágrimas empezaron a desbordarse pro sus ojos.- Seguramente no merezco tu perdón.- No pude evitarlo y alcé mi mano hasta su rostro, limpiando sus lágrimas.- Pero aquel día, cuando te pusiste delante de aquellas balas que iban a mi…- Cerró las manos atrapando la manta entre sus dedos.- Yo no merecía aquello. Yo soy la que debería estar aquí en esta silla o muerta.
-No podía permitirlo.- Dije mirándole al rostro.- Yo soy el que merecía esto. Yo soy el asesino.- La miré de nuevo a sus ojos.- No podía dejar que te perdieran.
-Edward, no voy a pedir tu perdón por que no lo merezco, pero si me gustaría estar aquí.
El dolor se formó en mi pecho. Había deseando tantas veces tenerla a mi lado. Estar junto a ella. Acaricié su rostro nuevamente secando sus lágrimas. Respiré profundamente y observé como se levantaba abriendo la puerta y arrastrando mi silla dentro de aquel despacho.
-Hola amor.- Mi madre se acercó y depositó un beso en los labios de mi padre.
-Hola cielo.- le contestó este con una gran sonrisa.
Eran tan perfectos ellos dos juntos. Había hecho bien colocarme entre aquellas balas y ella. Mi familia se hubiese roto si ella hubiese… Tragué profundamente, no podía ni pronunciarlo en mi mente. Mi padre se sentó en una silla al lado de mi y mi madre a su lado.
-Veamos. Después de las pruebas hechas nada más despertarte, puedo observar que neurológicamente estas bien. Tal vez, por lapsus de tiempo pierdas la concentración, pero nada más. Respecto a tu cuerpo, has perdido masa musculas de estar tanto tiempo tumbado sin moverte. Eso no es una cosa grave.- Miró los papeles, después sus manos y después se levantó.
Pude observar como paseaba pro la habitación pensando mientras deslizaba sus dedos por su barbilla. Miró por la ventana, luego a mi madre y de nuevo se dirigió a mi persona.
-Cariño.- Susurró mi madre acariciándole la mano.- ¿pasa algo?
-Tranquila Esme, pero un año no se lo va a quitar nadie aquí encerrado.
-Un…- No pude terminar. Un año aquí era demasiado.
-Sí, a no ser que quieras volver así a casa y tener que venir todos los días al hospital.
-No.- Solté serio.
No quería ser una carga para nadie. Si volvía a su casa, estarían mis hermanos allí todo el tiempo. Mis sobrinos. Violet, Sthel y Jazzi. Por supuesto también estaría mi pequeño Anthony. No, cuando volviera debería hacerlo por mi mismo.
-Bien, tendremos que empezar con la rehabilitación mañana lunes. Empezaremos con las manos y los brazos. Es un punto importante para qué empieces a moverte por ti mismo.- Mi padre habló muy seguro.
-¿Estas seguro que será un año?- Le dije mirándolo insistentemente.
-Puede ser menos, según lo que tú mismo te esfuerces Edward.- Sentí la mano de mi madre pasearse por mis alborotados cabellos.
-Bien, es hora de ir a tu habitación. Van a pasar a dar la merienda y supongo que Bella estará allí esperándote.
Cuando escuché aquello temblé. No deseaba que ella estuviera allí, ella debería estar con su hijo. Mi madre empujó la silla hasta la puerta de la habitación, esta estaba entornada y pude sentir enseguida el olor de mi Bella dentro. Empujé la puerta y mi madre me adentró. Bella se dio la vuelta y amé ese instante. Su rostro había mejorado desde la mañana. Sus ojeras ya no eran tan oscuras y llevaba una fina capa de pintalabios rosado. Mordí mi labio al descubrir que deseaba besarla de nuevo.
Sentí como mi madre tiraba de mi brazo, aun que negué con la cabeza. Deseaba acercarme a la ventana. Ellas debían marcharse de allí, no tenían que cargar con un inútil como yo. Miré la ventana insistentemente. Bella pareció entenderme, ya que cogió la silla y la empujó hasta allí.
-Bueno, me voy a ir a casa. Nos vemos a la noche Bella.- Mi madre besó mi cabeza y después a Bella.
-Hasta al noche Esme. Procura que Anthony haga su deber.- Bella la abrazó.
Mi madre salió pro la puerta y ella se acercó de nuevo a mi lado. Se sentó en la silla que había a mi derecha y me observó pro un rato. No giré mi rostro en ningún momento, ni tan siquiera cuando escuché a la chica entrar con la merienda. Bella se levantó de la silla y fue a buscar el vaso de leche y las galletas.
-¿Quieres una?- Me dijo mordiendo ella una.
-No.- Le contesté con la vista clavada en el cristal.
Tras la ventana, podía ver su perfecto reflejo. Ella mordía suavemente la galleta mientras sujetaba el vaso de leche con al otra mano. Lo observó durante un rato y después, mojó al galleta en el. Se acercó despacio hasta mí y me rozo los labios con ella.
-Debes comer. Si no lo haces no cogerás fuerzas.- Me susurró en el oído.
Me estremecí ante su contacto. Ella lo sintió, ya que sonrió. Mordí la galleta y la observé.
-Gracias.- Le susurré.- Pero deberías estar con Anthony y no conmigo encerrada aquí.
-Ya te dije que no me iba a rendir esta vez. Además, tengo que quitarse esa barba, te hace mayor.- Rió mientras pasaba los dedos por mi desgarbada barba.
Sentir su tacto sobre mi piel me quemó. Ella era demasiado para estar junto a mi. Sin poder evitarlo, ladeé mi cabeza y la apoyé contra su mano. Me sentí bien en ese instante, me sentí yo mismo. Mis ojos se cerraron para guardar ese gesto en mi memoria. Necesitaba guardarlo para cuando se cansara y se marchara.
Ella sonrió y sacó de su bolso una maquinilla de afeitar, gel y unas toallitas hidratantes. Acto seguido, se levantó y se fue al baño trayendo con ella un cacharro con agua. Se sentó de nuevo a mi lado y me dio otra galleta. Esta vez, alcé mi brazo y la cogí entre mis dedos. Poco a poco, la acerqué a mi boca y le di un mordisco. Al acabarla, ella colocó el vaso en mi mano. Al sentir su peso, mi mano tembló, pero ella no separó sus dedos de mi mano. Acerqué el vaso a mis labios y sentí la tibieza de la leche. Cuando bebí el contenido, sentí mi garganta relajarse.
Una vez terminé la leche, ella giró mi silla y me dejó bajo la ventana, pero en una posición donde ella podía acceder a mi rostro sin problema. Cerré mis ojos. Sentí como abría el bote de gel y ponía un poco en su mano. Acto seguido, Bella, esparció por mi cara el liquido y mojó mi áspera barba. Sentí como hacía círculos en mi rostro y después, como acercaba la cuchilla a mi barbilla.
Un escalofrío me recorrió cuando sentí deslizarse la hoja de afeitar por mi mejilla. Ella rió y se separó de mi cuerpo. Abrí mis ojos y la observé. Estaba enjuagando la maquinilla en el agua del cacharro. La sacudió y se acercó de nuevo a mí.
-Voy a tener que cortarte el pelo con las tijeras primero. Hacía tres meses que no te afeitaba. Lo siento.- Tres meses. Ella me afeitaba ¿había estado siempre a mi lado? Asentí.- Vengo enseguida.
No tardó más de dos minutos. Apareció pro la puerta con unas tijeras y con esa sonrisa suya en sus labios. Se acercó de nuevo a mi y sentí sus dedos estirar los pelos y luego cortar con als tijeras. Después de un rato así, cogió al cuchilla de nuevo entre sus dedos y se acercó a mi.
-Tendrás que poner más gel.- Le recordé.
-Cierto.- Y volvió a reír.- Te pongo enseguida.- Sentí como volvía a poner sobre mi rostro el gel con sus delicadas manos.
Pasó la cuchilla una y otra vez por mi rostro. Me pareció gracioso verla indicándome que tenía que hacer o como poner mi cabeza para que ella lo tuviera más fácil. Cuando me quitó el pelo del bigote, sonrió y dejó la maquinilla en la mesita. Acto seguido, Bella, Sacó una toallita y la pasó por mi rostro quitando todo rastro de gel. En ese instante, sentí como si el tiempo no hubiese pasado. Nada se interponía entre nosotros, éramos los de antes.
Pude apreciar como poco a poco se acercaba a mi rostro y depositaba un dulce beso en mis labios. Aparté mi cara con brusquedad y pude ver como sus ojos se empañaban. Algo se encogió en mi pecho, pero no podía permitir aquello. Habían pasado cuatro años desde nuestro último contacto cariñoso.
-Lo siento.- Susurró mientras una lágrima surcaba su mejilla.- Lo siento, no debí de…
Bella salió corriendo hasta el baño. Me sentí un monstruo en ese momento, pero era lo mejor. Miré la silla con rabia. Necesitaba explicarme, necesitaba que dejara de llorar por mi culpa. El móvil de Bella sonó en ese instante. Me acerqué estirando mi brazo y alcancé su bolso. Lo saqué y observé la pantalla. Pude ver el nombre de quien la llamaba. En la pantalla estaba reflejado el nombre de casa.
No sé porque lo hice, pero descolgué el teléfono y me lo puse en el oído sin decir nada. En ese instante, deseé realmente haber muerto. Una dulce voz sonaba tras el auricular llamándola. La vocecilla le pedía que volviera a casa, que necesitaba que le contara su cuento antes de dormir. Mi corazón se encogió, mi alma se rompió en mil pedazos.
-¿Mami?- Dijo la dulce vocecita.- ¿Por qué no me hablas mami?
-Mamá ahora se pone pequeño.- Le contesté sin entender porque.
-¿Quién eres?- Dijo alterado.- ¿Dónde está mi mamá? Quiero hablar con ella. No sé quien eres tú.- Y volvió a romper en llanto.
Giré mi cuerpo y miré la silla. En ese instante, dejé el móvil en mi regazo y apreté mis manos contra las ruedas tratándola de hacerlas girar. No tenía suficiente fuerza, así que me agarré a la silla que tenía delante y me levanté haciendo la máxima fuerza que pude. Un grito se escuchó tras el teléfono. Pude distinguir que era uno de desesperación, esa vocecita era la de mi hijo aclamando a su madre. Estiré mi brazo y coloqué el móvil de nuevo en mi oído.
-Un segundo pequeño, ahora te paso con tu mamá.- Le dije sin pensar en como iba a llegar hasta ella.
Dejé el móvil en mi bolsillo y miré la cama. Estiré mi brazo y apoyé mi mano en ella. Traté de hacer la mayor fuerza que pude. Mis piernas temblaron y mis rodillas se doblaron dejándome en el suelo. Coloqué una mano delante de mi cuerpo e hice fuerza arrastrándome en el suelo. Poco a poco observé como la puerta del baño se iba haciendo más grande ante mis ojos. Cuando al fin sentí al madera de esta en mis dedos, toqué la puerta.
-Bella, anda sal.- Dije lo más fuerte que pude.- Tu hijo al teléfono.- pero no hubo respuesta, más que sollozos al otro lado de la puerta.
Me senté junto a la puerta y llamé de nuevo. Ella no contestaba, así que me apoyé en al pared y como pude me levanté un poco para coger el picaporte. Me apoyé en él e hice fuerza dejándome de pie apoyado en este. En el momento en que mis piernas volvieron a fallarme, la puerta se abrió ante mi peso y caí al suelo de nuevo. Sentí algo duro chocar contra mi frente.
-Ugh.- Un gemido se escapó de mis labios.- Tu hijo.- Conseguí articular mientras sacaba el teléfono de mi bolsillo.
-¡Edward!.- Gritó ella cuando alcé mi cabeza.- Llevas sangre ¡Dios! ¿Por qué has venido?
-Tu hijo.- Volví a repetir tendiéndole el teléfono.- Quiere que vayas, así que contéstale y vete.
No deseaba que se fuera, una parte de mi muy egoísta, tan solo deseaba que se quedara a mi lado siempre.
-Dime mi amor.- Le dijo a mi niño con su voz ronca de haber llorado.- Mamá esta bien, volveré en un rato. No has de llorar.
-Vete.- Le volví a decir.- Él no debe de llorar por esto.- Señalé mi cuerpo tendido en el suelo.
-Hasta luego mi principito.- Ella colgó el teléfono.- ¿Te duele mucho?- Dijo tocando mi frente a lo que le contesté con un bufido.
-Vete, Bella.- Volví a repetirle.- Estoy bien.
Sus ojos estaban hinchados, sus mejillas sonrojadas y su jersey ahora estaba lleno de sangre. Pude ver como su rostro empalidecía. Se alzó del suelo y salió de la habitación. Poco tiempo después, apareció mi padre pro la puerta ya con su ropa sin la bata. Mi padre me alzó entre sus brazos y me dejó en la cama tumbado. Se levantó y volvió con una bandeja.
-Menudo golpe ¿Qué ha pasado?- Preguntó mirando a Bella.
-Me fui al baño, sonó mi teléfono y el muy loco me lo trajo hasta allí y se cayó.
-Era Anthony.- Dije fríamente.- Quiere a su madre a su lado.
-Esta bien, solo serán un par de puntos. No vuelvas a levantarte. Tus piernas no están fuertes, puedes romperte algo hijo. – Mi padre me miró muy serio.
Asentí con la cabeza. Cuando acabó, se despidió de mí y de Bella. La cena entró en ese instante por la puerta. Ella se acercó a la bandeja y sin dudar, me dio al cortada de pescado y después el plátano. Sentí como su mano acariciaba de nuevo mi mejilla cuando apartó la bandeja.
-Esta tan suave.- La oí murmurar.- Te quiero tanto.- Dijo de nuevo junto a mi pecho ahora.
-Bella.- Le llamé.- Tendrías que estar con tu hijo ahora y no aquí perdiendo tu tiempo.- Sentí por primera vez, como una lágrima se escapaba de mis ojos al decir aquellas palabras.
-Él esta bien cuidado. Tú, necesitas ahora más de mí.
-Siento lo de esta tarde.- Le dije, realmente me sentía mal haberme apartado de esa forma.
-Perdóname tú a mí. Ahora si me he de marchar. Te quiero, no lo olvides nunca.- Besó mi mejilla y salió con la cabeza agachada de la habitación.
Me sentí realmente mal. Debía conseguir que ella no volviera más. Dejaría que mi padre y mi madre se acercaran a mí, pero ella no podía ser. Mi hijo la necesitaba más que yo. Era muy pequeño todavía y extrañaba a su madre. Yo podía vivir solo. Debía hacerlo solo. Cerré mis ojos y caí en un sueño profundo.
Cuando los abrí, observé todo aquello que había a mi alrededor. Mi cuerpo me dolía como si me hubiesen pegado una gran paliza. Supe enseguida que se debía a los esfuerzos que había hecho el día anterior. Escuché como pasaban con las bandejas por los cuartos. Era la hora del desayuno. Relamí mis labios, tenía demasiada hambre.
Sentí como alguien acariciaba mi hombro y me sobresalté en ese instante. Unos ojos impresionantes me observaban y una sonrisa estaba formada en su rostro. Negué con al cabeza. Era lunes, solo eran las ocho de la mañana ¿Qué hacía ella allí? Intenté hablar, pero sentí mi garganta pesada.
-Necesitas hoy un baño principito. Ahora te ayudaré.- Su voz sonó en mi cabeza.
-Bella ¿Qué haces aquí?- Dije al fin.
-Es una historia un poco larga. Ahora, solo te has de preocupar por ti.- Acarició mi pelo y sonrió.
Tragué pesadamente ¿Qué había ocurrido? Sentí como Bella me destapaba y tiraba de mis piernas.
-¿Qué haces?- Le pregunté confuso.- Tengo hambre.- le afirmé.
-Primero vas a darte un buen baño. Ya es hora después de tatos meses lavándote solo con una toalla.- Sonrió.
No podía ser. Ella no podía ayudarme, pesaba mucho para ella ¿es que todos iban a hacer lo que les diera la gana, sin contar con mi opinión?
