Capítulo 2
Serena estaba sentada en el coche frente al restaurante italiano en el que habían quedado. Se había retocado el maquillaje, odiándose un poco por hacerlo. Era una mujer valiente, muy a gusto consigo misma, pero Darien le hacía sentir inferior. Detestaba verse así. Pero debía reconocer que la culpa era exclusivamente suya. Él nunca había dicho o hecho nada que alentara esos sentimientos destructivos. Era la propia Serena la que los alimentaba con sus tonterías.
"Sé tú misma, concéntrate en ti y no en él". Llevaba toda la tarde repitiéndoselo. Respiró hondo, abrió la puerta del coche y se encaminó hacia el restaurante. Lo vio enseguida. Vestía unos vaqueros oscuros que potenciaban la musculatura de sus piernas, y un suéter de cuello de cisne beige que hacía lo propio con su torso. Estaba para comérselo. "Mejor te comes la lasaña y te dejas de bobadas", se amonestó. Él se levantó al verla y le apartó la silla, galante. Le besó la mejilla y se sentó de nuevo. Serena sintió que perdía el control ante su proximidad. Cogió la carta e hizo como que la leía, tratando de calmarse. Él la convertía en un manojo de nervios con sólo un beso. Si se acostaran juntos, ardería. Quizá se habían acostado juntos aquella noche, y ella no lo recordaba. Tal vez su mente había bloqueado el recuerdo porque ella no había estado a la altura, pensó con pánico. O, peor, se le había declarado después de hacerlo. Agobiada por el camino que seguía su superlativa imaginación se alegró como nunca de que llegara el camarero. Pidió una lasaña y agua natural, y dejó que él eligiera los entrantes y el vino. No solía gustarle que decidieran por ella, y menos aún la comida, pero estaba demasiado tensa para pedir nada. Una vez solos, él le sonrió con cautela y empezó a hablar.
— Ayer a primera hora fui a recoger mi expediente de matrimonio, y me encontré con que me lo habían denegado porque llevaba once años casado. – Ella no dijo nada. Ante su silencio, él presionó.— Contigo.
Vaya, así que la cosa iba en serio. Realmente se había casado. Llevaba todo el día pensando en ello, y no lograba dar con la explicación correcta. Había pedido al registro una nota telemática sobre su propio estado, pero no la recibiría hasta el lunes. Su única esperanza de que fuera un error residía en esa nota. Quizá ella estuviera soltera, y todo fuera una equivocación. "Si, y quizá Palestina e Israel firmen la paz mañana. Sé realista, por favor".
— Serena –la devolvió a la conversación, mirándola interrogante. –Me caso en dieciséis días.
— Sabes que no.
Él la miró con espanto. Ella deseó haberse mantenido callada. Cuando la presionaban, se olvidaba de la diplomacia y decía aquello que pensaba sin ambages. Y en ese momento se sentía muy presionada.
— Lo siento. He sido demasiado franca. Estoy molesta con todo esto, y el día ha sido muy largo.
"Y tú me haces sentir inferior. Y no sé cómo manejar esta situación Y me encantaría tumbarte sobre la mesa y arrancarte la ropa.".
— No te preocupes. Tienes razón, supongo. Salvo que todo esto sea una broma de mal gusto, me temo que tendremos que anular la boda. Esmeralda está destrozada. Anoche se pasó horas llorando. Todo está planeado al milímetro, las flores, el vestido…
Serena pensó que le importaba bien poco lo que Esmeralda sintiera, aún a riesgo de convertirse en una zorra insensible. No le gustaba esa chica. Sabía que no le iba a gustar nadie para él, pero esa peliverde de bote le disgustaba especialmente. Creía que bajo su apariencia frágil se escondía una arpía más interesada en el dinero de Darien que en él mismo. "Claro, porque si no fuera rico no gustaría a nadie ¿no?". Pero ella se ganaba la vida juzgando a la gente, y Esmeralda no le gustaba en absoluto. Él seguía hablando de los preparativos de la boda. Deseaba cortarle, pero sería de pésima educación hacerlo. Aunque también era de pésimo gusto contarle a la mujer que te amaba desde siempre cosas sobre tu boda con otra. Y más si esa mujer que te amaba era tu esposa, aunque fuera por error. "Qué demonios, haz que se calle".
— Darien –le interrumpió cuando el camarero dejó sus platos sobre la mesa. –No me has citado para contarme cuántos pisos tendrá la tarta nupcial ¿verdad?
Él se sonrojó, visiblemente azorado. Negó con la cabeza, y volvió al tema que les incumbía a ambos.
— ¿Se te ocurre alguna explicación al hecho de que estemos casados?
— Ninguna. He estado dándole vueltas a lo de Las Vegas –notó que se sonrojaba, mientras su mente volvía a su supuesta noche de bodas. Ya se veía arrodillada, jurándole amor eterno. "Dios, Dios, deja de pensar". – Por treinta dólares nadie tramita un expediente matrimonial.
— ¿Treinta dólares? – él había levantado la voz.
Su cara de espanto le dio la clave.
— Darien, recuerdo perfectamente que te dije que pagaras mientras yo recogía la foto del enlace. – Lo recordaba muy bien, pues aún tenía aquella foto escondida en un cajón del trastero. — ¿No pagarías más, verdad? Algo así como… dos mil pavos.
Él se mostró contrito. Estaba adorable, tan hecho polvo.
— Dos mil trescientos cincuenta dólares.
Su carcajada hizo que varios comensales se giraran hacia ellos. Darien la taladró con la mirada.
— Lo siento, chico, pero la cagaste. – Su mente iba a mil, repasando consecuencias y buscando una solución rápida. Pero ella no era abogada, nunca había ejercido, e intuía que haría falta un especialista para solucionar aquel embrollo. –Bien, la buena noticia es que ya sabemos qué paso. La mala noticia es que realmente estamos casados.
Vio cómo él se desmoronaba. Sintió verdadera lástima. Por más que le doliera, él estaba enamorado de otra, y se le veía destrozado. Sin pensar, le tomó la mano y se la apretó. Él no rehuyó el contacto.
— Darien, esto se solucionará.
Él la miró, esperanzado. Parecía querer aferrarse a un clavo ardiendo.
— ¿Sabes cómo?
Ella soltó su mano y le miró con tristeza. Negó con la cabeza. Ambos pasaron unos minutos concentrados en sus platos. Así que él había legitimado el matrimonio por error. Bueno, en aquel entonces ya había ganado un montón de dinero. Imaginó que le pudo parecer hasta divertido que la broma le saliera tan cara. No podía solucionar el tema legal, pero sí su boda. Ella era una experta solucionando problemas ajenos.
— Darien, cásate igualmente. Ya sé que jurídicamente no es posible, pero hazlo. Contrata a algún actor que simule una ceremonia civil, haced la fiesta y seguid con vuestros planes. Y cuando esto se arregle, casaos en la intimidad. –Su mirada seguía partiéndole el alma. –Incluso me ofrezco como testigo.
Él sonrió sin ganas.
— Serena, soy católico.
Y eso lo explicaba todo. En días como ése se alegraba de ser atea. El resto de la cena transcurrió en silencio. Darien estaba abatido, apenas comió, y ella no quiso interrumpir sus pensamientos. Cuando pidió la cuenta, dejó que pagara él y salieron. La acompañó al coche y le sostuvo la puerta. Antes de cerrarla la miró, abstraído.
— Serena, lo lamento.
A ella no le cupo ninguna duda de lo mucho que lo lamentaba.
En un impulso –y ya eran muchos en día y medio— se desabrochó el cinturón, salió del coche y le abrazó.
— Todo se solucionará. Te prometo que algún día nos reiremos de eso.
Él se separó y la miró, sin soltarla.
— Mi eterna optimista.
Y sin más, la besó en la mejilla y se marchó.
De vuelta a casa no pudo dejar de acariciarse la cara, justo donde él la había besado. Le quemaba. "Mi eterna optimista".
Era sábado por la mañana. Hacía menos de dos días que había cenado con Darien, e iban a verse de nuevo. Habían quedado con un abogado para pedir juntos la nulidad matrimonial. Serena había desempolvado sus libros de derecho la tarde anterior y se había dado cuenta de un detalle fundamental. Darien y ella se habían casado en gananciales, antes de que él hiciera su fortuna. Así que en ese momento ella era la feliz propietaria de la mitad de un montón de millones de euros. Sonrió al pensar en hacer creer a Darien que quería una compensación económica. Pero desechó la idea. Habría que hacer algo con el sentido del humor de él.
La tarde anterior había hablado con su madre, pues era absurdo postergar lo inevitable. Había habido gritos, exigencias, y más gritos. Pero Serena no esperaba menos. Su madre tenía un carácter de mil demonios, y explotaba con facilidad. Quizá por eso ella procuraba mantenerse siempre fría. Se había criado en una casa que tendía al drama en cuanto se presentaba la ocasión.
Llegó a Valencia, aparcó en un parking en el centro, y de nuevo se miró al espejo. Estaba blanca y tenía ojeras, después de la juerga de la noche anterior. No había contado a sus compañeras nada de su flamante esposo. Nunca les había hablado de él, ni de la boda ficticia –bueno, no tan ficticia— y tampoco le apetecía hablar ahora. Darien era un tema privado. Muy, muy privado.
Salió a la calle, torció a la derecha, saludó al portero y entró en el edificio de oficinas que se alzaba hasta el cielo. Pulsó el botón de la decimoquinta planta y esperó. Cuando las puertas se abrieron tuvo la sensación de haber bajado quince plantas en vez de subirlas, pues ante ella se mostraba el mismísimo infierno. En la sala de espera estaba Darien, por supuesto, pero también sus padres, y los de ella, y las cuatro hermanas de Gabriel, y su propia hermana con su esposo y la niña, y la prometida de Darien. Todos los ojos se posaron sobre ella. "Elegí un mal día para ir de resaca", pensó con fastidio.
Saludó a todo el mundo con una sonrisa. Casi providencialmente apareció un hombre de unos cincuenta años, trajeado, que se presentó y tras el protocolario apretón de manos los invitó a pasar a una sala donde poder hablar. Todos los presentes se desplazaron en bloque hacia allí. Ah, no. Lo suyo con Darien era algo privado. ¿Acaso habían publicado la convocatoria en el BOE?
Entró la última, pero no cerró la puerta ni se sentó. Habló con engañosa calma.
— Todos los miembros de la familia Tsukino pueden salir. Esto no es el circo, ni yo soy un maldito mono de feria.
Su madre iba a montar un número cuando su hermana, bendita fuera, la tomó del brazo, la hizo callar y la sacó de allí. La familia de Darien, tan correcta como siempre, tomó ejemplo y salió detrás. El abogado le sonrió. Parecía sentirse aliviado también. Darien apenas la miró. Seguía sentado tranquilamente, con la peliteñida al lado. La taladró con la mirada. Ella miró a Darien, suplicante. "Patética, ni siquiera sabe defenderse sola".
— Serena, a Esmeralda este asunto le atañe directamente. –La voz de él sonaba hastiada.
Ella cedió, con la sonrisa torcida. Sabía que él no tenía sentido del humor, pero veríamos que tal andaba ella. Se sentó y escuchó al abogado resumir su historia y explicar cómo iba a funcionar el proceso de nulidad. Apenas escuchaba. Esmeralda tenía las uñas perfectas, el cutis divino y llevaba ropa carísima. Se maldijo a sí misma por sus uñas cortas, su falta de maquillaje y sus vaqueros. Vio que le ponían delante una pila de papeles para que los firmara. Echó un vistazo rápido, comprobando que todo estaba en orden, tomó el bolígrafo… y lo volvió a soltar.
— Dado que mi esposo ha hecho toda su fortuna durante nuestro matrimonio, creo que merezco una compensación.
La reacción no se hizo esperar. La peliverde gritó, la insultó, pataleó, e incluso trató de darle una bofetada. Fue Darien quien detuvo el golpe, pues ella andaba escueta de reflejos. "Así que yo tenía razón, y de frágil nada de nada". Aún le cayó peor.
— Esmeralda, estoy convencido de que Serena sólo bromeaba. –Él seguía tranquilo.
La mujer no se aplacó. Siguió insultándola. Cuando los improperios afectaron a su madre sintió que su autocontrol cedía. Prefirió pasar a la acción antes de que la situación se le fuera de las manos. Cogió el bolso de ella, separó la cremallera, abrió la puerta y lo lanzó cual jabalina, dejando a su paso un reguero de pintalabios, pañuelos de papel, tampones, llaves…. Se apartó de la trayectoria de la peliverde, que gritó más fuerte y salió corriendo para recoger sus pertenencias. Con la mejor de sus sonrisas, ella cerró la puerta y pasó el pestillo. La mirada de Darien mostraba un disgusto patente. "Bueno, ha sido divertido, y al menos ahora tengo toda su atención".
— No me mires así. Ella debió salir con los demás. Corrijo. Nadie debió venir.
— Serena, mi familia estaba preocupada por la situación. He tenido que anular una boda de seiscientos invitados, todo el mundo está muy nervioso. Cuando me pidieron venir, no pude decirles que no.
— A mí tampoco pudiste decirme que no, y mira la que se ha liado. Quizá debiera aprender a decir que no. N—O. –Vocalizó como si fuera un inepto, al tiempo que tomaba los papeles y los firmaba. Guiñó un ojo al abogado. – Se lo pedí yo ¿sabe?
El letrado simuló una sonrisilla carraspeando. Darien, de nuevo, no reaccionó. ¿Qué le pasaba a ese tío? ¿Qué tenía en las venas, horchata? ¿Y por qué ella seguía pensando que era el hombre más maravilloso del mundo, si era un soso? No debía haber una gota de pasión en sus venas, y aún así su cuerpo cosquilleaba de deseo por él. Se levantó, tratando de aliviar su propia pasión, y estrechó de nuevo la mano del abogado, besó la mejilla de Darien, frivolidad que le pareció absolutamente necesaria, y salió sonriente.
Fuera la esperaban en silencio. Se despidió de la familia de él, e invitó a la suya a comer para celebrar que en breve volvería a ser una mujer soltera y pobre. Todos sonrieron ante el comentario. Todos excepto Esmeralda. Ya en el ascensor, y justo antes de que se cerraran las puertas, se dirigió precisamente a ella.
— Ah. Y te equivocaste, Esmeralda. Mi madre es maestra. Maestra, no puta.
Se cerró la puerta. Adoraba las salidas a lo grande. Sonriendo, tomó a su sobrina en brazos y la abrazó.
— Tía, ¿qué es una puta?
Mierda. Afortunadamente su hermana Mina se lo tomó a risa.
