Mientras los anteriores acontecimientos se desarrollaban, un joven pecoso de apellido poderoso y nombre guerrero deambulaba entre las serpenteantes calles parisinas con la mirada ligeramente descentrada, o eso mismo parecía por su mirada hacia el cielo y sus ligeros choques con alguna que otra persona, pero realmente tenía la mente muy centrada, no tanto como tal vez lo estuviesen sus pies en el suelo.
Desde hacía unos meses observaba en la lejanía a una joven muchacha de rubio pelo y dulce mirada. Esa joven había robado su corazón desde un inicio y lo había mantenido como su mayor tesoro (O eso era lo que solía pensar el joven chico), le gustaba imaginarse cómo sería su vida al lado de tal bella dama, e incluso había intentado usar sus cualidades para descubrir cuántas posibilidades existían para su unión, pero el futuro es algo que ni las ánimas conocen, o que ni ellas quieren contar.
Durante los últimos días lo único que cubría sus pensamientos y sus palabras eran ella: La bella chica de rubio pelo, sonrosada mejilla y fina figura, la chiquilla que desafiaba a la misma Afrodita en belleza y que a Sol la hubiese cubierto con su maravilloso esplendor. Sus amigos ya tenían conocimiento acerca de este amor, aunque el joven fuese rehúso a ello en un primer momento. Las respuestas que recibió fueron algo dispares: Courfeyrac se reía de su enamorado amigo (Segundos antes de darle un beso al que era su novio); Enjolras gritaba cosas sobre el deber, la justicia y la igualdad; Grantaire, medio borracho, comentó como en una alucinación (Estado posiblemente entregado por el opio y el alcohol) lo sorprendido que estaba de que el pequeño nuevo miembro se hubiese enamorado de tal manera; por último, Jehan comentó una extraña broma que solo el pilló, o al menos solo a él le hizo gracia, la broma fue algo así como: "¡Deberíamos cambiarte el nombre a Marius de la Vega!", posiblemente la broma estuviese relacionado con algo de la literatura.
Estos traspiés descentrados lo llevaron a una de las calles menos transitadas de toda la zona, o mejor dicho, una de las zonas menos transitadas por mutantes como él de toda la ciudad. Si algo debían tener claro los mutantes si querían evitar ciertos problemas, palizas, heridas serias, e incluso la muerte, era acercarse a ese distrito. El distrito era uno de los más ricos de todo París, todo estaba lleno de mansiones lujosas, grandes y preciosas lámparas, tiendas de glamour y bares o restaurantes en los que una cena "barata" salía por mayor precio que la comida de una familia durante un par de semanas. En inicio no sería un lugar peligroso. En inicio.
Marius, el de despistada cabeza, escuchó de pronto unas risas a su espalda, a la vez que voces gritando insultos poco decentes en referencia a sus cualidades especiales, su aspecto y al oficio de su madre, entre otras muchas cosas. Dio los primeros pasos de su carrera, pero era demasiado tarde para huir. Aquellos chicos eran mucho más rápidos y salieron a correr segundos después a que él lo hiciese.
Cuando giró la primera esquina, tropezó de manera desafortunada, acabando así en el suelo en una posición nada cómoda para ninguna persona. Intentó levantarse repetidamente, pero de nuevo cayó al suelo. Los matones llegaron, sujetando cada uno palos, bates…, tomando más parecido a un grupo de aldeanos del siglo XIV enfurecidos que unas personas supuestamente civilizadas del siglo XXI.
Los golpes empezaron con un aviso previo: Los gritos de simio que emitió uno de los chicos. Tras eso, chicas y chicos empezaron a cubrir a golpes al pobre desgraciado. Le llovieron, patadas, puñetazos, golpes de palos de distintas formas y tamaños. Estaba tirado en el suelo, vapuleado y con heridas y sangre cubriendo gran parte de su cara y algunas zonas de su espalda cuando sucedió.
Los ojos parecían salirse de su cuenca y sus brazos corrieron a abrazar a su propio estómago, como intentando controlar un fuerte dolor que estaba surgiendo desde lo más interno de su ser, un dolor comparable al de un cerdo cualquiera en un matadero o al de un torturado toro en el ruedo fatal. Soltó un fuerte grito que cubrió todo el aire parisino, todo el aire francés, y levantó la cabeza lentamente.
Los monstruosos chicos miraban sin comprender lo que estaba sucediendo: sus ojos se habían abierto lo más posible, sus piernas temblaron ligeramente e incluso algunos dejaron caer las armas que portaban con intención de atacar al inocente chico. Aquellas mismas armas que habían caído al suelo se alzaron a vuelo al mismo tiempo que el herido Marius lo hacía. Cuando esto sucedió los anteriormente "valientes" capullos cambiaron sus sonrisas por completo y dejando todos sus utensilios de ataque, salieron en carrera de aquel lugar, totalmente atemorizados. Después el pecoso de belicoso nombre cayó al suelo, fuera de conciencia.
Cuando volvió a abrir los ojos una rosada perla de oro trenzado sobre su cumbre se encontraba observándole con mirada de desorbitada observándole a la vez que entonaba una dulce y relajante cantinela con la más dulce de todas las voces. Giró su cabeza ligeramente desorientado y parecía encontrarse en el palacio más elegante jamás creado, aunque ese efecto le duró pocos segundos, encontrándose así con la realidad: una habitación de clase media-alta, con algunos adornos de color rosa y una cama con un elegante dosel blanco. Giró de nuevo la cabeza y ahí estaba ella, su dulce ángel, su dulce diosa, su dulce salvadora.
—¿Se encuentra bien, mi señor? —La voz de la chiquilla sonó aún más dulce de lo que él mismo había imaginado siquiera en el mejor de sus sueños. Estaba tan centrado en el movimiento de sus labios, en el ligero movimiento que había hecho con la mano para apartar los revoltosos pelos del flequillo que se le habían soltado del cuidado peinado, que ni se dio cuenta de lo entrecortada que fue su voz y de lo preocupada que sonó a la vez.
—Sí, mi buena señora —Marius se sentó en la cama, apoyando la cabeza sobre la cabecera, esperando un intenso dolor, el cual solo apareció en su imaginación y en su rostro, el cual se transformó en maravillada sorpresa al ver que no estaban los dolores, ni los coágulos de sangre, ni la sangre, ni las heridas —¡Usted me ha salvado! ¿Cómo debería llamaros mi hermosos ángel salvador, mi heroína?
—No soy heroína de nadie, pues de así serlo le habría salvado antes de que aquellas personas os hiciesen esta calamidad —La muchacha tomó entre sus manos una de las de su compañero y le sonrió de nuevo, mostrando sus preciosas perlas al muchacho que parecía encontrarse en el cielo mismo.
—Pero me habéis salvado, quiero saber el precioso nombre que Dios os ha otorgado.
—El precioso nombre que mencionáis es simplemente Cosette, ¿Y el vuestro, mi herido caballero?
—Marius. Cosette, no estáis segura aquí, esos grupos podrían atacaros aquí en vuestra casa en cualquier momento, deberíais venir conmigo donde se os pueda entregar protección y seguridad.
—Este es mi hogar y padre dice que estamos a salvo aquí, no puedo irme. Descanse usted aquí y cuando se sienta preparado y quiera marche, pero yo me quedaré aquí. En esta casa tendrá usted un lugar abierto si en alguna ocasión le apeteciese descansar o simplemente charlas. Ahora descanse hasta el amanecer —Tras estas palabras que parecían sonar menos tajante con su dulce tono, Cosette se puso en pie, posando ligeramente sus labios sobre la frente del cansado chico—. Descanse, si necesita algo, llámeme.
Cuando la chica salió por la puerta, Marius soltó un aliviado suspiro. Una estúpida sonrisa se había posado sobre su rostro mientras un rojeado rubor cubría lentamente sus pecas y frente. Dejó caer la cabeza sobre la almohada de nuevo y cerró los ojos, a sabiendas de que lo único que soñaría aquella noche sería con la joven chica que le había salvado la vida y había tomado su corazón.
—Cosette… Cosette… Precioso nombre para precioso ángel.
