CAPÍTULO 1
CANDICE
Una pincelada más y... ¡listo! Admiro mi última obra de arte y sonrío feliz. Me encanta. Ha quedado perfecta.
—Vamos, Candy, deja de mirar las palmeritas y metámoslas al horno. Me muero de hambre.
Dejo en el fregadero el pincel con el que he untado el huevo y el azúcar y pongo la bandeja en el horno. Tras ello, me vuelvo para mirar a Annie o, como yo la he llamado siempre, Any. Me mira sonriente, con sus ojos azul intenso brillando tras las gafas y su pelo negro recogido en una coleta.
Parece mentira que hayan pasado casi trece años desde que su madre Esperanza y su padre Anselmo me acogieron como una más de la familia al encontrarme perdida en las ruinas. Tras ello, me trajeron a su casa y el médico determinó que no me pasaba nada, pero me contó Any que yo no dejaba de llorar y no sabía quién era, y si al final supieron mi nombre fue tan solo porque estaba grabado en letras muy floridas y llamativas en mi colgante. Es un collar de cobre oscuro que representa un pequeño fruto en forma de corazón con cuatro hojas, una a cada lado, y en todo este tiempo no ha sufrido cambio alguno; sigue como el primer día que lo cogí con mis pequeñas manos y me pregunté por qué lo llevaba alrededor del cuello y por qué sentía que no debía quitármelo por nada del mundo. Aparte de eso, nadie me estaba buscando. Las autoridades no tenían constancia de ninguna niña desaparecida con mis características así que, tras meses de búsqueda, dieron mi caso por cerrado y los padres de Any pudieron hacerse finalmente con mi custodia.
Tenía cinco años cuando me encontraron, pero era como si acabara de nacer, pues no recordaba nada de mi vida anterior. A veces, trato de esforzarme para recordar, para hallar alguna pista que explique qué sucedió. Aunque todos creen que ya no me importa saber quién era mi familia, lo cierto es que no dejo de buscar, tal vez porque siento que eso, saber de dónde vengo, dará explicación a mi problema y podré ser una chica normal... O casi normal, pues el que Esperanza me encontrara dentro del suelo sagrado solo hizo que todos en el pueblo me miraran con miedo. Para ellos soy la joven maldita y temen que si se acercan a mí les pueda pasar algo malo. Siempre han temido ese círculo sagrado, y las leyendas que circulan sobre una maldición lanzada hace años en ese lugar no ayuda a que se abran más a mí. De hecho, se han inventado historias sobre mí en las que profetizan la destrucción del pueblo. La gente tiende a creérselas y a darme de lado, y cuando esto no sucede, se inventan una nueva historia y vuelven a tener miedo de que los antiguos brujos me utilicen para acabar con todos ellos.
«Estúpidos supersticiosos...».
Pero a pesar de todo, soy feliz. Tengo una familia que me quiere y Any es para mí como una hermana. Ella es la persona que mejor me conoce y en quien más confío. Desde que llegué a su casa me ha demostrado su lealtad y ha hecho que me sienta menos sola. Lo peor es que, pese a sus esfuerzos por hacerme sentir una más, desde que aparecí en este pueblo me siento incompleta, como si una parte de mí se hubiese perdido a la vez que mi memoria, y en el fondo creo que es porque mi subconsciente recuerda a mi familia de verdad y ansía encontrarla. «Esa que me abandonó», me recuerdo a mí misma, pues solo eso explica que no me buscaran. Ese pensamiento hace que prefiera sentir este vacío a ponerles cara a unas personas que me abandonaron a mi suerte y aceptar que mis padres no me querían.
Any se agacha a mirar el horno y yo hago otro tanto. Nos gusta ver cómo sube el hojaldre y cómo se derrite el azúcar. Casi puedo saborearlas...
Suena el móvil de Any. Se va a hablar con Archie, un compañero del instituto; son muy amigos y van juntos a todas partes. Yo no he hablado mucho con él, pero me parece un buen tío. Sigo mirando las palmeritas mientras la oigo hablar sobre trabajos de clase; me gusta escucharla, no sentirme sola, aprovechar estos instantes que sé que son efímeros porque la soledad no tardará en llamar de nuevo a mi puerta.
Cuando las palmeras están listas, las saco y las dejo en la rejilla metálica para que se enfríen con cuidado de no quemarme, y del horno sale una humarada que huele a mantequilla y a azúcar quemada. Estoy deseando hincarle el diente, se me hace la boca agua... De repente, siento un intenso escalofrío que me recorre entera. Miro a Any, y sabe por mi expresión lo que me está pasando.
—¡No, ahora no! Íbamos a ver una peli...
Antes de que Any acabe de hablar, he desaparecido de allí; todo se torna negro y se desvanece para mí... Todo salvo un cosquilleo constante.
Cuando se detiene, abro los ojos harta de esta situación. Estoy en el círculo sagrado, y el paisaje que me rodea es casi idéntico al que conozco... salvo porque sé que ahora mismo estoy en el pasado; exactamente, a doscientos años de distancia.
Salgo del círculo sagrado, compuesto por cuatro grandes piedras perfectamente alineadas con los cuatro puntos cardinales y en cuya superficie aparecen representados los cuatro elementos —agua, aire, tierra y fuego— Fue en el centro de ese círculo donde aparecí yo siendo tan solo una niña y es donde aparezco cada vez que viajo atrás en el tiempo, y cada vez que regreso de vuelta a mi época.
Recuerdo la primera vez que me pasó, a las pocas semanas de que me encontraran. Estaba durmiendo cuando me vi sacudida por un millar de escalofríos y sentí cómo mi cuerpo se estiraba y se encogía a la vez; luego todo se volvió negro y, al abrir los ojos, estaba en el centro del suelo sagrado. Asustada, corrí hacia mi casa, pero al llegar al pueblo, este no era como lo recordaba. En lugar de coches, en las calles había carruajes, el aire apestaba a heces de caballo y orines, y la casa de Esperanza y Anselmo estaba habitada por otros señores. Les pedí ayuda, pero era invisible para ellos; traté de tocarlos, pero al invadir su espacio, salía despedida hacia atrás. Me hice un ovillo en un rincón y grité y lloré desconsoladamente; solo quería despertar de esa pesadilla. Al poco sentí como si alguien me observara y alcé la vista, pero nada. Nadie allí podía verme ni oírme, para ellos era como un fantasma. Me levanté para irme y, sin darme cuenta, aparecí de vuelta en el círculo sagrado. Corrí hacia mi casa y cuando vi que todo estaba como recordaba, me abracé a Esperanza temblando.
Lo peor fue descubrir que ella no había notado mi ausencia. Era como si en ese tiempo nadie hubiera buscado mi compañía ni le hubiera extrañado que no anduviese cerca. Es curioso, pero cuando viajo al pasado la gente no nota que desaparezco, aunque lo haga delante de ellos; piensan o bien que no estaba allí o bien que me he escabullido para irme a dar un paseo. Solo Any, Espe y Armando, cuando me ven aparecer tras un viaje, saben que lo que han sentido no era real, pues ellos conocen mi secreto.
Estaba muy asustada, me aterraba eso que me estaba sucediendo. Había escuchado a la gente gritarme maldita y había comenzado a preguntarme si tendrían razón, si en verdad habría sido maldecida como ellos aseguraban. Cuando me sucedió la tercera vez, se lo conté a Esperanza, a Anselmo y a Any. Al principio no me creyeron, pero cuando les relaté lo que veía, cómo era el pueblo hace doscientos años, Anselmo, como buen profesor de historia en el colegio del pueblo que es, sabía que lo que le contaba era cierto. Les costaba creerlo, pero lo hicieron, y me hicieron jurar que nadie más lo sabría, pues era mejor que la gente no tuviera constancia de esto.
Esperanza investigó en los libros más antiguos de la biblioteca y encontró un dibujo de una planta que se parecía a la que yo tenía entre las manos cuando me encontró, y que era además como la de mi colgante. Al mostrármela, alcé la cadena y la puse al lado: ambas iguales pero carentes de color —la mía era de bronce y el dibujo, un grabado en blanco y negro— sin embargo, en mi mente podía verlo con una gran intensidad de colores. Recuerdo que les pedí pinturas y papel y me senté a dibujar la planta con todo lujo de detalles: creciendo a ras del suelo, con unas hojas de un verde tan vivo que no parece real y, en el centro, un fruto rojo intenso con destellos dorados y, lo más significativo, en forma de corazón. No había duda de que me lo había comido, que él era el causante de lo que me sucedía y que, aunque a Espe le doliera admitirlo, de alguna forma sí me habían maldecido, pues esa planta, citaba ese viejo libro de leyendas, fue creada por los brujos para viajar en el tiempo. No decía qué cura tenía, ni los efectos secundarios, solo que se habían encargado de extinguirla —o eso creían, pues yo había probado ese fruto maldito— y que esa planta había sido lo que había traído la destrucción a nuestro pueblo.
Desde entonces, Espe recorre los campos en busca de esa flor, para cortarla antes de que otro niño se vea seducido por su jugoso fruto, pero en todos estos años no ha encontrado ninguna igual. Al parecer, yo me tomé la última. Cómo llegó a formarse y por qué estaba allí ese día para que yo la comiera es algo que desconozco.
Desde que entendí que lo que me pasaba era debido la planta, traté de aceptarlo y de adaptarme a mi vida, porque cada dos o tres días hago un viaje en el tiempo. Cuando era pequeña solo duraban unas horas, pero conforme me fui haciendo mayor, eran más prolongados y ahora puedo pasarme aquí perfectamente varios días seguidos.
Decidí saber más sobre la época a la que viajaba, pues siempre me encontraba a la misma gente. Descubrí que siempre aparecía doscientos años antes, en el mismo día y a la misma hora en los que me encontraba en mi tiempo. Es decir, que veía cambiar el pasado en cada uno de mis viajes, como si viviera dos épocas a la vez. Como nadie podía verme, no podía comunicarme con ellos, pero, en contrapartida, podía satisfacer mi curiosidad a mis anchas.
La belleza de las mansiones, por ejemplo, me fascinaba. Me colaba en esos inmensos caserones antiguos para descubrir sus entresijos y acudía a las fiestas que se celebraban en ellas, donde no era más que una espectadora, como si asistiera a un teatro, con la diferencia de que eso era real.
Cuando regreso a mi época, me encanta pasear por el centro del pueblo y ver que el paso del tiempo no ha borrado la majestuosidad de sus edificios, aunque los cambios son evidentes. Es un pueblo muy hermoso, donde la modernidad convive en armonía con la antigüedad.
Pero ni siquiera esas fantásticas fiestas lograban mitigar la soledad. Para sentirme menos aislada, me sentaba a comer con los adinerados del pueblo, ya que sus mesas siempre estaban repletas de comida, y no tardé en descubrir que lo que yo comía o cogía ellos no lo echaban en falta. Aprendí a comportarme en la mesa, asistí a clases de canto con las hijas del marqués del pueblo —ellas no sabían que yo las espiaba— e incluso aprendí a tocar el piano —siempre me pareció absurda la instrucción que recibían las mujeres para cazar marido—. Me sé los nombres de casi todos y me he encariñado con algunos. Me he reído con ellos y he llorado con ellos. Por eso siento impotencia cuando les ocurre algo malo y no puedo hacer nada por ayudarlos. No puedo cambiar nada. Y eso que lo he intentado. He llegado a robar ropa y comida a los ricos y dejarla en las zonas pobres, porque cuando veo a los niños llorar de hambre o de frío, se me desgarra el alma, pero no sirve de nada, porque no lo ven y, además, en mi siguiente viaje, descubro que las cosas han vuelto al lugar de donde las tomé.
No puedo cambiar el pasado. Eso es algo que sé muy bien y que mi padre adoptivo me ha recalcado infinidad de veces. Dice que si un día me vuelvo visible, tengo que ser muy consciente de que el pasado ya está escrito y que cambiarlo puede traer consecuencias letales. Me lo ha repetido tantas veces que hasta me he llegado a preguntar si es por eso por lo que estoy maldita, si no es el destino el que quiere que cambie el futuro y tenga el poder de destruir con mis decisiones a las personas de mi pueblo. Pero, por suerte o por desgracia, nadie puede verme.
De momento, yo he encontrado mi casa aquí. Un sitio al que llamar hogar y en el que las cosas que dejo siguen estando a mi vuelta. En cuanto supe esto, empecé a limpiarla y a decorarla a mi gusto con algunos muebles que cogí «prestados» de mis adinerados vecinos —como ellos no notan que les faltan, no hay problema—. También me agencié un ropero completo, pues, aunque nadie me vea, me gusta ir vestida como las jóvenes de esta época —sobre todo cuando hay alguna fiesta, me acicalo para estar hermosa—. Claro que tuve que hacer algunos arreglos a la ropa para poder ponérmela y quitármela sola sin necesidad de doncellas y, eso sí, me he confeccionado yo misma unos sujetadores parecidos a los de mi época —los corsés están bien, pero solo para un rato.
Un día le dije a Any que el hecho de que fuera invisible en el pasado no refrenaba mis ganas de formar de alguna manera parte de mi entorno. Que para bien o para mal, esa es la mitad de mi vida, que no podía pasarme las horas encerrada en casa y que eso hacía que la soledad por no poder entablar relación con nadie fuera menos dura. Any se rio y me dijo: «Y también lo haces para encontrarte al fin con él». Ambas nos giramos hacia el cuadro que tengo sobre mi cama. En él se ve a un joven de unos veintipocos años que te mira de forma dura y desafiante, como si no se fiara de nadie, como si siempre tuviera que estar alerta. Sus ojos son de un intenso azul oscuro y el pelo, castaño oscuro, lo lleva recogido en una coleta. Es increíblemente guapo y varonil; desde que lo vi, me quedé prendada de él.
Lo encontré cuando tenía ocho años, cuando quise comprobar si, al igual que ocurría en el pasado, las cosas que había dejado en la que consideraba mi casa seguían estando allí cuando volvía al presente, pero no fue así. Sin embargo, al entrar en el cuarto que había tomado por mío, me quedé de piedra al ver un lienzo sobre la chimenea. Fui hacia él, presa de esa severa mirada azul. Me quedé tan impactada con el retrato que no sé las horas que pasé delante de él simplemente mirándolo, con el corazón acelerado. No quería dejarlo allí, así que regresé a por Any y juntas nos trajimos el cuadro a mi habitación. Desde ese día es lo primero que veo al despertar y al acostarme. Me sé de memoria cada pincelada y cada trazo de ese bello rostro.
Desde entonces lo busco. No sé quién es, ni cómo se llama. Pero cada vez que acudo a una fiesta, lo busco entre los asistentes; cada vez que escucho que alguien nuevo va a venir al pueblo, lo espero con ansias de que sea él. Por las ropas que lleva, sé que pertenece a la época a la que yo viajo, pero no sé si el cuadro está en la casa que yo considero mía porque vivió en ella o porque alguien a lo largo de estos doscientos años lo dejó allí. Muchas noches he soñado con él y le he preguntado qué era lo que oscurecía su mirada. Puede que ese joven misterioso no sea más que una invención mía, que de conocerlo, su verdadera personalidad me desencante y acabe con mis locos deseos de encontrarlo, pero, aun sabiendo que esa posibilidad existe, no hay día que viaje en el tiempo que no desee encontrarme con él.
Ahora, el pueblo está revolucionado ante la inminente llegada de un soldado que salvó al rey de morir a manos de su enemigo y por eso fue condecorado con el título de duque de Terry Dark. Se rumorea que Terry no es su verdadero nombre, pero la gente lo conoce por Terry el Oscuro, de ahí que el rey le diera ese título. Hay mucho misterio en torno a este nuevo duque, y muchas habladurías, pues al ser de origen humilde, la clase alta del pueblo dice que será como sentarse a la mesa con los sirvientes. Sin embargo, ya solo por eso, a mí me cae bien. No se puede juzgar a las personas por su procedencia..., bueno, y también porque me pregunto, como siempre que llega alguien nuevo al pueblo, si esta vez será él. Según dicen, es un héroe de guerra, un soldado de gran valía que ha dedicado toda su vida a la milicia, pero que ahora solo quiere retirarse y dejar de lado esa vida, y que se va a establecer en las tierras que el rey le ha dado en el pueblo, aunque desconozco cuáles serán. Tal vez hoy pueda enterarme de algo más.
Llego hasta mi casa. Para mí es mi casa, aunque no haya papeles que así lo acrediten. Tiene tres plantas y se nota que hace años perteneció a una familia adinerada, pero la abandonaron a su suerte. Cuando la descubrí estaba totalmente echada a perder. Durante estos años y con ayuda de internet, he ido reformándola poco a poco —no toda, pues es muy grande, solo las habitaciones necesarias para poder vivir— Al abrir la maciza puerta, una amplia escalinata me da la bienvenida. El silencio es pesado y denso, escalofriante, y en parte sé a qué se debe.
En nuestras investigaciones acerca de las leyendas que circulan sobre los brujos en busca de alguna pista sobre cómo revertir lo que me sucede, Espe y yo descubrimos que esta casa fue construida sobre lo que antaño era el asentamiento de los brujos, donde llevaban a cabo sus experimentos y donde seguramente inventaron la planta que me ha traído aquí. Debido a la superstición de los habitantes del pueblo, nadie se ha atrevido a vivir en ella ni a ocupar sus tierras cercanas, por lo que se ha mantenido intacta con el paso de los años. También averiguamos que bajo la casa hay pasadizos que llevan directamente al círculo sagrado, y los he usado muchas veces. Hoy, sin embargo, hace buen día pese a estar a finales de octubre y me apetecía venir andando. Además, por el camino he recogido unas flores para ponerlas en la cocina.
Hacia allí voy nada más cerrar la puerta, pues siempre que viajo me da mucha hambre y tengo una despensa llena de comida. Aquí es donde más tiempo paso. Aprendí a usar la cocina de leña, donde me preparo suculentos platos; además, cuando hace frío, la enciendo y me siento frente a ella. A un lado, tras un biombo, hay también una bañera enorme y que uso tras calentar varios cubos de agua —es una lástima que no haya grifería todavía—, pero hay que esperar a que se caliente el agua cogida directamente del pozo que hay en el jardín; está helada, pero es lo que hay.
Cojo un poco de pan de la despensa, pero como está algo duro —hace cuatro días que no viajo en el tiempo— decido ir a la pastelería, sin cambiarme de ropa ni nada. El pueblo no queda lejos, y el camino que lleva hasta él cruza los campos sin sembrar de la hacienda. Cuando alcanzo las primeras casas, un coche de caballos viene hacia mí y me aparto cuando pasa por mi lado. Puede que los animales no me vean, pero sí pueden atropellarme, o puedo acabar herida con los muchos peligros que hay a mi alrededor; eso lo descubrí de la peor manera posible. De hecho, no puedo evitar acariciarme el costado izquierdo cada vez que me acuerdo.
Ya frente a la pastelería, entro y voy directa a las cocinas. Aquí hacen unos dulces deliciosos. En mi época siguen regentándola sus descendientes: han mejorado algunas recetas, incluido otras y conservado las mejores. Yo las conozco todas, ya que he aprendido solo de verlos a ellos.
Me tomo unos dulces ahí mismo, cojo unos cuantos más para llevarme y me los envuelvo como si trabajara aquí; luego me embolso también varias hogazas de pan y me marcho a casa.
Al doblar el último recodo del camino antes de enfilar hacia a la entrada, diviso algo que me hace detenerme de golpe. Cierro los ojos, como si fuera una alucinación que va a desaparecer cuando vuelva a abrirlos, pero no. Ante la puerta de mi casa hay un carro de caballos del que dos mozos están bajando baúles de viaje. «No puede ser.»
Me acerco hacia ellos, esperando que solo estén de paso, que no se queden en mi casa. Pero cuando veo el escudo en la puerta del carruaje que indica a quién pertenece, los dulces se me caen de la impresión, desparramándose por el suelo. Mi respiración se agita. ¿Qué clase de broma es esta? Lo miro una vez más y paso los dedos por él. No hay duda: en el centro del escudo está representada la planta que me trajo aquí. ¿Qué significa esto?
Miro hacia la casa, decidida a descubrir quiénes son estas personas y si tienen algo que ver con los antiguos brujos. Abro la puerta y nada más traspasar el umbral noto un cosquilleo en los dedos que se va intensificando con cada paso que doy. Tengo los pelos de punta y el corazón ha empezado a latir con intensidad. Algo está a punto de cambiar para siempre, lo presiento. Los pies me guían hacia el salón, me dejo llevar por ellos y abro la puerta con firmeza, tratando de ocultar mi miedo por todos los medios. Y es entonces cuando veo a alguien, un joven de pelo oscuro, en el centro mirando los cuadros de la pared. Me detengo y lo observo. No puedo moverme, estoy atrapada. Mis piernas no me sostienen, como si acabara de andar una larga caminata, y no ven el momento de rendirse y flaquear. ¿Qué demonios me ocurre?
El joven se vuelve como si sintiera observado, lo cual es imposible. Contengo la respiración y espero. Y cuando estoy a punto de entrelazar mis ojos con los suyos y ver al fin de quién se trata, las ventanas se abren con un gran estruendo, el aire entra a raudales y tengo que cerrar los párpados con fuerza. Noto que el aire tira de mí y escucho cristales caer al suelo y romperse. Grito cuando algo afilado me corta el brazo. Asustada, espero a que termine este vendaval que no entiendo cómo ha podido formarse tan de repente. Una última ráfaga está a punto de tirarme, pero entonces alguien me coge y me acerca al pecho protegiéndome; aun sin abrir los ojos, soy muy consciente de su presencia. Cuando el vendaval amaina, solo puedo oír mi respiración agitada y la de la otra persona. A medida que me voy relajando, voy siendo plenamente consciente de que alguien está a mi lado cubriéndome con su cuerpo. Su cercanía nubla mis sentidos.
Abro los ojos de golpe, y es entonces cuando todo deja de tener sentido, porque se encuentran con unos ojos azules que yo conozco muy bien y que tanto tiempo he buscado. Y esto no es lo peor; lo que más me inquieta es que me esté mirando y tenga la absoluta certeza de que puede verme con claridad. Y que no ha sido casualidad que me cubriera con su cuerpo para protegerme.
—Por fin te he encontrado. —Su voz grave penetra en mis oídos. Alza mi colgante y me lo muestra, como si fuera algo importante.
No entiendo nada. Esto no está pasando... no es más que un sueño... Camino de espaldas, hacia la puerta, despacio, sin perder de vista al joven de ojos azules, cuando esta se abre con fuerza y me golpea la cabeza, haciéndome perder el conocimiento. Si esto es un sueño, ¿por qué entonces me duele tanto? Me dejo llevar a la inconsciencia, ansiando y temiendo a un tiempo lo que pasará cuando despierte...
Continuara...
