Me hiciste creer que yo era tu mundo. Deberías de recordarlo. Me llamabas tu todo. Era tu musa. Terminé creyéndote, admiré eso de ti, me hiciste hacerte mío: te convertiste en mi todo.
―El ser humano está lleno de necesidades. Desde el inicio de nuestra vida necesitamos comer, dormir, bañarnos, llorar para expresarnos, o reír. También estamos hechos de sentimientos y ellos no se separan de las necesidades. Es lógico que al sentirnos solos terminemos necesitando a alguien que llene el vacío. El amor es imprescindible.
Lo dijiste al frente de la entrada a la casa. Tenías unos tragos encima y sabes cómo te pones cuando bebes, la lengua se te dispara y casi es imposible callarte. Te pedí que me ayudaras a buscar las llaves, porque la prioridad en ese instante era entrar a casa y no morirnos del frío.
―Mi necesidad eres tú ―respondiste― Así tenga frío, calor, esté sediento o hambriento. Lo que necesito eres tú.
Me ruboricé, no sé si te diste cuenta. Ahora que lo menciono, debiste de haberlo hecho: te acercaste a mí y me abrazaste.
―Eres mi musa, Hikari. En realidad, eres mi todo.
Te creí, te creí mil veces. Me convenciste de ser tu necesidad y comencé a verte como la mía.
¿Y me detienes aun?
Se supone que debes entender. No me detengas. No tengo nada que perder.
Suéltame, aléjate. Me dejaste sola. Vete. Déjame ir. Qué sentido tiene todo, si no estás. Si yo significaba tu todo, tú significabas mi vida. Solo estoy dando el paso para volver a encontrarme con ella. Realmente, no estoy muriendo, busco vivir.
―¿Qué haces?
―Ya te lo dije. Quiero vivir una vez más. Voy por ti, TK.
―¿Y yo qué?
―Hermano.
―¿Me dejaras a mí?
―Intenta comprender.
―No le abandones.
―Cállate, Takeru, Cállate. Eres el menos indicado para hablar de abandonos.
―Hikari, yo nunca te he abandonado.
―Moriste. Te rendiste.
―Mi musa, eres tú quien se ha ido.
Las luces se golpean sobre mis parpados. Escucho murmullos. Gente va y vienen. Taichi. Taichi llora. Grita. ¿Qué le hacen? ¿Por qué no haces nada? ¡Sé que estás con él!
¡Ayúdale!
Hermano.
Se ha marchado.
¿Por qué me miras así? ¿Realmente estás a mi lado?
Te veo negar con la cabeza. Brillas un poco. Pareces más joven. Es cierto, estás muerto.
•
⁞
No despertaré, así que no vuelvas a pedir que lo haga. Esta vez yo no he inducido mi sueño para buscarte, no sé qué pasó, pero debe ser una señal. Debemos estar juntos. El único que no lo ve, que no lo entiende eres tú.
¿Acaso ya no me amas?
―¿A dónde fui?
―No lo sé.
―¿A dónde fue mi hermano?
―Está esperándote. También preocupado.
―¿Podría quedarme un momento más contigo?
―Solo si prometes que despertaras para no regresar.
Asiento. Me acerco hasta ti y tomo de tu mano. Se siente real cuando mis manos tocan las tuyas y cuando el viento choca contra mis mejillas.
―Siempre me ha gustado como se forma un camino rosado por las flores que arrojan los cerezos.
―Lo sé ―respondes―. Imposible olvidarlo. Sé que adoras cuando eso pasa.
Aprieto tu mano y me pego a tu cuerpo. Caminar a tu lado por última vez me entristece, y no sé por qué, creo que estoy lista para decir adiós.
―Me gusta cómo queda el colgante en tu cuello.
―Es hermoso. Olvidé darte las gracias.
Tu sonrisa. Me esmero para recordarla así: tan fina y larga. El momento es cálido. Casi puedo sentir como tu sangre fluye a través de tus venas. Es perfecto.
―¿Qué opinas de las bodas en la playa? ¿Te hubiese gustado?
En la playa, en la ciudad, cerca de un pantano, en donde sea me hubiese gustado casarme contigo. Ya no se puede, es tonto, una lágrima se me escapa, pero ha sido solo una y ya la he borrado.
―Te noto más tranquila, ¿qué ha cambiado?
No lo preguntes más. No quiero volver a mentir. Pero si preguntas es porque lo sabes y quieres convencerme de lo contrario.
―Cuando despiertes harás las cosas que siempre quisiste hacer. Quiero que me prometas que continuarás y serás feliz. ¿Saltarías en parapente por mí? Nunca reuní el valor suficiente. Me gustaría que lo hicieras. No. Eso sería peligroso.
―Lo haré. Quiero hacerlo. Saltaré
Sonries.
Otra vez me quedo mirando cómo se forman tus hoyuelos. Es mi parte favorita del día, cuando me pierdo en ellos.
―¿Volverás a enseñar? Los niños te extrañan.
―Volveré a enseñar ―miento, me he vuelto una experta en ello, parece.
¿Cómo y cuándo fue que llegamos al puente Rainbow? No importa. Me siento más a gusto aquí. No sé, algo tiene el sonido de las olas del mar y de la brisa salada que logra relajarme.
¿Recuerdas cuando veníamos con las bicicletas aquí? Pasábamos horas en silencio contemplando las luces de los barcos, de Tokio y del mismísimo puente. Son hermosos, como ahora. Pero tengo frío. Me abrazo al cuerpo y froto. Sí, hace mucho frío.
Lo ves. No dices nada cuando colocas la sudadera sobre mis hombros. Qué calidez, huele también a ti.
―¿Regresarás?
Me has atrapado. Niego con la cabeza. Ojalá hubiésemos disfrutado más de nuestra caminada.
―Tienes que regresar, por mí.
―Por ti es que no lo hago.
―Estás débil, no has comido, dormido bien o movido en un tiempo demasiado prolongado. Si decides irte y luego te arrepientes…
―Estaré bien. Lo sé.
―Una vez que cruces el túnel…
―Estaremos juntos para siempre.
―Lo siento ―dices―. No puedo dejar que te hagas esto.
Suelto tu nombre. Intento forcejar contigo. Eres más fuerte, mucho más que antes y yo estoy débil. No me sueltes. No me hagas caer al agua. El puente Rainbow es muy alto, si caigo despertaré y si vuelvo a ver a mi hermano no volveré a ser tan valiente, no podré irme.
No me dejes caer.
Mi pecho late fuertemente. Veo pasar ante mí las imágenes de todo lo que vivimos, de lo que fuimos juntos. Si me sueltas, si caigo, seguirán siendo recuerdos dolorosos que abrirán más el vacío en mi corazón. Deberías de entenderme, yo fui tu todo, tú eres el mío.
―Nadie puede depender emocionalmente de una sola persona ―dices sin más.
Eres un hipócrita.
Aprietas mis manos con mayor fuerza.
Si pierdo el equilibrio, si aflojas el agarre solo un poco, caeré. No me dejes caer. Aférrate a mí como yo lo hago con tu recuerdo.
―Fui un idiota. No debí tomar el auto de Taichi. Por mi culpa todo esto pasó, espero que me perdones y puedas despertar pronto.
El que se ha ido eres tú. Quien no podrá despertar serás tú. Nunca más. ¿De qué hablas entonces? Al final no serás quien sufra. Déjame aquí, yo puedo elegir, como lo hiciste cuando decidiste partir.
Déjame elegir.
―No sabes cómo me sentí cuando te vi de ese modo. Casi desee ser yo. Te quejabas mucho, lloraste tanto.
Eres un idiota. Yo no sentí dolor. Yo no salí lastimada. Fue un milagro, me salvé y salí ilesa sin un rasguño, pero tú…
―Jamás me lo perdonaré, pero quiero que sepas que si hubiese sabido…
―Para, por favor.
―Es hora de que regreses a casa.
―No. No me sueltes.
―No lo estoy haciendo, Hikari.
Tus manos se abren y el vértigo surca mi interior. Caigo. Grito tu nombre. De repente todo duele.
•
⁞
Cuando despierto te veo, otra vez. Ya no estás en el puente, ni estas en el camino que dejaron las flores de los cerezos. Me veo, estoy a tu lado, riendo. ¿De qué podría reírme?
¿Qué hago aquí y allá al mismo tiempo?
Todo es confuso. Pero las risas de la Hikari que veo me parecen conocidas. He estado aquí antes.
Mi otro yo hace que le sigas.
¿Habré viajado al pasado?
Todo el parque está vacío. El Palette Town está vacío. No ha y personas aquí. Debe ser por la noche, está fría y oscura. Los faroles no son suficientes para alumbrar. Se siente la humedad y la nostalgia se muestra como una nube gris sobre nosotros.
―¿A dónde me llevas? ―te hala de la mano, da la impresión de que soy más fuerte, que te arrastro y que caerás en cualquier momento.
Es ilusorio.
Eras de los que se dejaban llevar. Estas divirtiéndote. Seguro es por ello. Amas las sorpresas.
Miro como suelto tu mano y corro para ponerme a varios metros delante de ti. Tengo una sonrisa imborrable. Creo empezar a recordar qué hacíamos aquí. Sí, es un recuerdo, esto ya lo vivimos: éramos TK y Hikari felices.
Nada había pasado aun.
―Mira ―alzo los brazos y te muestro… nada.
O todo. Desde esa noche dejé de creer en lo grandioso y me sumí en la negatividad. Todo me parece negro y oscuro. El cielo gris, qué bizarro, los pétalos de los cerezos rosados se tiñen de negro. Nada es hermoso. Nada es como antes.
Tu yo del pasado está confundido, mi yo del ahora igual. ¿Qué quiero mostrarte?
No entiendes nada.
Mis labios en la otra Hikari caen hacia abajo, mis hombros también. Parezco desilusionada. La otra Hikari pone un gesto de fastidio. ¿Se ofendió por algo?
―Es la noria ―dice―. Aquí nos dimos nuestro primer beso. Fue aquí. Vamos, no lo pudiste olvidar.
Miro alrededor.
Sí, puedo recordarlo. Se trata de esa noche.
Había llovido, por eso todo Palette Town estaba casi desierto. El suelo aún está húmedo, hay charcos de agua por todas partes. Busco en estacionamiento que no está muy lejos, está allí. Es el Camaro de Taichi.
Regreso la vista hacia nosotros. Tk, nos estamos besando. Sé que pasará luego, iremos a ver si podemos subir a la noria, nos dirán que no. Regresaremos al Camaro, y en la curva de regreso, los cauchos se deslizarán en el asfalto mojado, frenarás, pero no podrás dominar el auto y chocaremos contra el árbol de cerezos.
Morirás.
No.
No dejaré que los pétalos del cerezo se vuelvan rojo, no. Tu sangre no puede volver a derramarse. No me pintaré de luto otra vez. No permitiré que se me escape la vida de las manos.
No puedes morir. No puedo ver cómo vuelves a dejarme sola.
Regreso la vista hacia los nosotros del pasado. Grito, me detengo delante de ellos y les prohíbo el paso. Pasan a través de mí todos sonrientes.
No intuíamos que algo malo nos pasaría. Solo regresaríamos al complejo de edificios, en el camino escucharíamos a nuestra banda favorita de música, cantaríamos, te quejarías de mi voz, la misma voz de cantante que mi hermano heredó, me acompañarías hasta la puerta de la casa, hablaríamos todo el rato, me despedirías con un beso y tu sonrisa con hoyuelos, dejaríamos el auto que robamos, regresaría para volver a besarme y yo reiría por tu locura. Nos prometeríamos escribirnos esa noche para vernos al día siguiente.
Pero el auto no tenía los frenos buenos, los cauchos estaban muy lisos y viejos como para no deslizarse por la carretera mojada, el árbol de cerezos se atravesaría y terminarías tiñendo los pétalos del cerezo de luto.
¿Qué sentido tiene estar aquí, si no puedo detener esto para impedir que mueras otra vez? Corro, lejos, no quiero ver como ignorante huíamos hacia la muerte.
Despierta.
Despierta.
Despierta.
Me obligo a hacerlo. No quiero verte morir.
La música suena a través de la radio vieja. Te quejas a modo de broma de mi voz. Lucimos felices y yo voy de pasajera en el asiento trasero, sabiendo que las risas acabaran y solo quedará el sonido chirriante de neumáticos y asfalto.
Tomas de mi mano, susurras que me amas.
Recuerdo eso. Comienzo a llorar, ya viene la curva.
El auto gana velocidad, tú no corres duro, siempre eres prevenido, pero aunque no eres veloz, el movimiento del auto ahora es suficiente para que pierdas el control.
Se escucha como frena. Todo gira. El auto está descontrolado. Aprieto tu mano y suelto tu nombre.
Lo veo todo. Soy espectadora. Veo cómo te miro vivo por última vez. Tienes miedo, no de morir, sino de que me pase algo. Aprieto los dientes, cierro los ojos.
Y chocamos los tres.
.
Recupero el conocimiento. Nos veos sobre el pavimento. Estas manchado de rojo. Gritas una y otra vez mi nombre.
―Despierta, Hikari, despierta. No me dejes solo. No te vayas. No te mueras. No te mueras. No me dejes. Hikari.
No lo entiendo. No es cómo sucedió todo.
¿Qué hago entre tus brazos? ¿Por qué es mi sangre la que se derrama? ¿Por qué lloras y temes por mí?
¡Tú fuiste quien murió!
Yo te vi, cerré los ojos y cuando los abrí estábamos en el hospital. Todos me miraron con lastima y me ocultaron tu muerte. Moriste en el quirófano. Me dijeron que moriste.
¿Por qué estoy entre tus brazos?
―¡No, no, Hikari, no!
Te apartan de mi lado, no quieres dejarme.
Mi vientre está desbordando sangre. Estoy herida.
Toco mi propio cuerpo, el de ahora. Tengo una cicatriz.
Yo no sufrí lesión. Yo fui un milagro.
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⁞
Uno, dos, tres… despejen.
La luz.
Uno, dos, tres, despejen.
Un chasquido eléctrico.
Corro, corro lejos. Corro, corro con fuerzas.
No. No morí.
Resbalo, las rodillas sangran, pero no duele más que el pecho, no duele más que el abdomen. Me pongo de pie, corro… vuelvo a caer, esta vez raspo mis codos.
Uno, dos, tres, despejen. No Responde. No responde. Intenten de nuevo.
Me pongo de pie. Duele, el pecho duele.
―Hikari, despierta.
Te vuelvo a escuchar, no debajo de la cama, ni en el closet, te escucho a mi lado.
―Hermana, no me dejes.
Tai, Taichi, hermano.
Corro, pero mi cuerpo está débil, vuelvo a tropezar y me doy de bruces contra el suelo. Hay una pendiente, ruedo por ella. Mi cuerpo se machuca, se aporrea, se corta y duele. No puedo detenerme, sigo rodando, cayendo. Es el fin.
•
⁞
La luna está brillante, los pétalos del cerezo acarician mi piel cuando caen. Se ha despejado, el cielo se ha despejado.
¿Este es mi cielo? ¿Mi infierno?
―Tienes que escucharme, por favor, regresa a mí.
―Ta-keru ―suelto tu nombre.
Las lágrimas brotan. El cielo sigue despejado. Todo está en calma.
―No te dejaré pero solo si tú no lo haces.
Siento frío. Pero el dolor no me deja moverme. Me he dado con fuerza, la caída ha roto mis huesos, están pesados, nada responde.
―Recuerdas la vez en la plaza, cuando hice de estatua humana. Recuerdas nuestro beso sobre la noria. Estábamos en el punto más alto.
Estoy muriendo.
―Sé que quizá no podrás escucharme…
Te escucho.
―Dicen que no saben si despertarás. No eres alguien que te rindes tan fácil. Sé que pondrás todo tu empeño y regresaras. Te extrañamos. No te vayas, regresa…
Iría, pero no tengo fuerzas.
―Taichi estuvo hasta hace poco. Tuviste una recaída. No lo soportó, tuvieron que sedarle. Estaba hecho nada. Yo también lo estoy, pero no lo suficiente como para dejar que me seden y alejarme de tu lado. No puedo dejar que eso pase.
Mi hermano. Lo recuerdo. Hace poco lo escuché. Lo escuché tan quebrado, cansado.
Lo siento, hermano.
―Tus padres están al lado. Tu mamá se ha desconectado de todos. No hace más que desvariar. Sora le acompaña, por eso no ha podido venir a verte tan regular. Solo Taichi y yo estamos siempre junto a ti. Los demás no pueden verte así: entre tubos y maquinas.
Mamá, papá. Chicos.
―No debería decirte esto. Lo siento. No debo decirte cosas malas. Se supone que mientras estás ausente debemos recordarte momentos buenos. ¿Puedes creer que han publicado mi nuevo libro? Sí. Me he enterado ayer. Solo espero a que despiertes para hacer mi aparición en público. Se rumorea que he vendido muchas copias en tan poco tiempo.
Mi Takeru. Estás llorando. No llores.
―Por favor ―dices, entre hipidos―. Te lo ruego, por favor.
Es hora de irme.
―Mi Kari.
El cielo desaparece frente a mis ojos.
―Mi vida.
Los pétalos vuelven a ser rosados. Hacen cosquillas. Siento que vuelo, aunque ya no escucho el susurro del viento ni de tu voz.
―Despierta.
•
Final.
⁞
Takeru sigue hablando.
Tiene la barba crecida y no ha dormido por días. Tiene tomada una mano de Hikari, quien descansa sobre la camilla del hospital. Con la otra acaricia la mejilla de la muchacha en coma.
Dentro de sí, mantiene la esperanza de que su Musa abra los ojos y le sonría en cualquier momento. No ha dormido, ni se ha alejado de ella. Le cuenta historias, le recuerda momentos a su lado.
Ella tiene puesto la chaqueta de TK. Él la colocó para darle calor.
Los ojos de Takeru observan la cadena con el dije de pájaro que él colocó el otro día.
Una de las maquinas hace un sonido extraño. Se pone alerta. Deja de hablar por un segundo, asustado.
Expande sus pupilas, desorbita sus azulados orbes.
Entre su mano siente un ligero movimiento.
Desvía la mirada del aparato que sigue chillando hacía Hikari.
Tiene los ojos abiertos, ella lo mira.
―Hikari ―pronuncia su nombre con las lágrimas desbordándoseles―. Despertaste.
Felicidades otra vez, HikariCaelum. Espero que te haya gustado el final. Este fue el primer capítulo que escribí, por eso se lee diferente. Ojalá los demás hubiesen quedado como este. Aunque no sé, pueda que no te guste. Espero que no sea así.
Mis mejores deseos en tus nuevos momentos. Que este año se te multipliquen los éxitos.
¿Entendiste la trama?
Sé que sí, o ¿no?
Bueno, por lo menos tuvo un final feliz.
Abrazos.
Ciao~
