Howard bajó la mirada.

Sentía un peso más vivo que el propio en la mano, y no se sorprendió el ver que se aferraba al Ninjanomicon. Con la mente en blanco, observó el brillo rojo y verde que emanaba del libro, y se preguntó si no habría un ninja de repuesto allí dentro. Sentado sobre la tapa del inodoro, colocó el lomo del libro sobre sus piernas y separó una tapa de la otra.

Las páginas estaban amarillentas, y crujían al darlas vuelta.

Poco a poco, las páginas comenzaron a llenarse de dibujos al estilo japonés, kanjis varios y garabatos de colores. Howard, con aire ausente, pasó las páginas hasta encontrarse con la historia de la máscara del Ninja. Y del resto de su traje. Con las palabras y las imágenes reflejándose en sus ojos, Howard comenzó a pensar otra vez. Como la primera vez que se escribe en un cuaderno nuevo y lleno de hojas que no han sido usadas.

-No entiendo- dijo el muchacho al leer las crípticas frases del libro.

"Quien más peligro corre ahora eres tú" escribió el Ninjanomicon "Serena tu mente, piensa, y luego actúa".

Luego de lo que le pareció una eternidad, cerró el libro y lo colocó de costado sobre sus piernas. Se quedó allí pensando, como si no lo hubiese hecho nunca, como la primera tiza de un paquete escribiendo sobre un pizarrón nunca antes escrito. O como si hubiese subido a un piso que no pensó que llegaría a ver, o que siquiera existiese.

Y entonces Howard entendió que el libro se había abierto a él.

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La primera oleada de robosimios destruyó todo lo que había en el estacionamiento, comenzando por el auto del director. Un auto con pedales para pies, y no aletas. La segunda oleada empezó a derribar paredes, romper vidrios y azotar bancos. La tercera oleada fueron robolagartijas: atrapaban a los estudiantes que intentaban escapar nadando y los dejaban atados por la cintura a las astas de las banderas, las lámparas de luz, o los árboles que rodeaban la escuela.

Randy fue uno de los últimos en ser atrapado.

Bash también, más que nada por golpear a todo robot que se le acercase, destrozando algunos, hasta que cinco robosimios se le echaron encima y se lo llevaron vendado de pies a cabeza.

Randy se había escondido en todos los sitios que se le ocurrieron, pasando de uno al otro sin ser visto. Casi llegó a penar que podría escapar, cuando dos robolagartijas invisibles lo atraparon en los conductos de ventilación y lo arrastraron hacia afuera.

-Bien, niños- dijo una voz en el aire, acallando los lamentos y lloriqueos de todas las sirenas y sirenos a la vez –Ya podemos empezar.

Una nube de humo verde apareció en el techo de la secundaria.

Era el Hechicero.

Y Howard no estaba en ningún lado.

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Los robosimios aún estaban rondando los pasillos, con aire aburrido. Howard agradeció que no prestasen la mínima atención indispensable a ése muchachito que se deslizaba despacio, en tanto silencio como le era posible, hacia su objetivo. El taller del profesor Forja había sido saqueado, pero no habían descubierto la verdadera forja.

Howard tiró de la palanca, luego de comprobar cinco veces que no hubiese robosimios en los alrededores. Al ver todas las espadas ninja rotas, se sintió algo cohibido. Randy no estaba allí. Y había dejado el Ninjanomicon escondido en el baño de chicas (nadie lo buscaría ahí, siendo que el Ninja era varón). Forja tampoco estaba.

El par de sai que habían dejado al salir corriendo (aquélla vez en que asaban malvaviscos sobre el fuego sagrado) aún estaban allí, colocados sobre un estante. Eran las únicas armas en buen estado. Howard subió, despacio, escuchando cada sonido e imaginándose un robosimio detrás, ignorando el calor de la pileta de fuego del centro y el cementerio de armas a su alrededor.

Tomó un sai por el mango.

Era más pesado de lo que recordaba, y le pareció mucho más puntiaguda. Envolvió el arma en uno de los tantos trapos del taller, y luego en otro y otro más, hasta dejar las puntas bien cubiertas. Luego asió el mango, la pegó al costado del cuerpo con una mano, escondiéndola bajo su ropa, y se dirigió hacia su destino.

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-Tú no- dijo el Hechicero, tomando a Theresa del brazo y arrojándola al suelo. Un robosimio la agarró, y llevó a la asustada muchacha hacia el bosque que rodeaba la escuela –Tú puede que sí- apartó a Stevens del asta en el que estaba atado y uno de los robosimios se lo llevó, atándolo a un asta que emanaba energía verde y pútrida, que el Hechicero había hecho aparecer en el medio del patio –Tú, tú y tú, fuera- dijo, tomando a Mayaso, Bucky y Brent –Tú te quedas- dijo, mirando a Morgan.

Poco a poco, fue separando a los estudiantes en dos grupos. Todos los que habían sido poseídos fueron apartados, y sólo quedaban aquéllos que no habían sentido en carne propia los poderes del Hechicero, amarrados a ésa verdosa asta.

-Y tú… - hizo una pausa al tomar a Julian –Tú no puedes quedarte.

-¿Por qué no?- contra el sentido común, el muchacho parecía muy interesado en toda la situación. Pese a que el Hechicero ahora era del tamaño del edificio y su mano rodeaba por completo el cuerpo de Julian.

-No necesito un competidor.

Julian se iluminó.

-¿En serio cree que podría llegar a competir con usted?

-No pienso darte la oportunidad- dijo el Hechicero, y arrojó a Julian hacia un robosimio –Nunca te daré el poder que te falta para eso.

Randy, mientras tanto, buscaba una forma de escapar.

La cinta con la que estaba atado no cedía: parecía no tener sustancia cuando intentaba tocarla, pese a no dejar de amarrarlo. Sus procesos mentales estaba allí, pero sus alrededores parecían simplificarse. No podía ver más allá de la calle que pasaba frente a la escuela, y la niebla había rodeado todo el edificio y parte del bosque. Más allá no se percibía nada: no se escuchaba sonido alguno, más allá de los que había en la zona inmediata.

-Tú, fuera- dijo el Hechicero, tomando a Bash y su pandilla, envolviéndolos con las cintas a todos hasta formar algo similar a una pelota, y arrojándolos hacia un grupo de robosimios. Se los llevaron al bosque y volvieron poco después, sin el grupo de humanos.

Faltaban pocas personas antes que llegase a Randy.

-Te quedas, te vas, tú te vas, te quedas, te quedas…

Se escondió tras un grupo de chicos gordos, pero el Hechicero tiró de la cinta que lo mantenía atado y lo sacó de su escondite. Tomándolo con una gigantesca y esquelética mano, acercó el verde rostro y lo examinó con detenimiento.

Randy se quedó muy quieto.

Si era lo suficientemente rápido, podría pegarle un puñetazo, tomar una de las cadenas rotas que colgaban de los brazaletes del Hechicero, arrojar sus eslabones hasta desarmar un robosimio, tomar su arma, disparar al poste (esperaba que las cintas no resistiesen), hacer que escapasen todos los que quedaban, ir a por el Ninjanomicon, buscar su máscara y…

Intentó moverse, pero estaba paralizado.

No de miedo, o por la presencia del Hechicero, sino porque el contacto con ésa verdosa piel entumecía su cuerpo, aunque no de forma visible para quien no hubiese pasado por ello.

-Tú te quedas- dijo el Hechicero, mirándolo de arriba abajo, sin estar del todo convencido.

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Howard tuvo que esconderse más de una vez, con el corazón a mil por hora.

En una de ésas ocasiones, pudo vislumbrar lo que sucedía fuera de la escuela, y se le cortó la respiración.

Parecía que todo lo que estaba fuera de la burbuja había desaparecido.

Una gigantesca burbuja rodeaba los terrenos de la escuela, y parte de los bosques. Fuera no se veía nada, como si estuviesen flotando en el espacio. Al mirarla con detenimiento, Howard notó que la burbuja ondulaba, como si estuviese hecha de agua, o como si estuviese rodeada de agua.

Y lo que más rodeado estaba ahora no era el edificio escolar, sino una gigantesca carpa frente al mismo. Rodeada de robosimios armados hasta los dientes. Viceroy salió, mirando un montón de papeles que tenía en una carpeta y anotando algo. Dos robosimios tiraron de los dos extremos de la entrada, dejando ver, por unos segundos, unas extrañas estructuras, similares a camas cuchetas, pero con espacio para cinco camas, una sobre la otra, en vez de las clásicas dos. Howard reconoció algunos alumnos del primer año de secundaria, y observó que la mayoría de las camas que veía estaban vacías.

Un robosimio pasó al lado, haciendo ruido, sin verlo.

Howard se escabulló en cuanto pudo.

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-Bien- dijo el Hechicero, frotándose las manos –Ahora, Ninja, vamos a jugar.

Pasó su mirada sobre la masa de alumnos, y tomó a la que le llamó más la atención: una de las chicas del grupo que entraba a la Jaula. La muchacha, de pelo largo y aspecto asiático, dejó escapar un grito al sentir que la elevaban por el aire, y empezó a temblar, paralizada ya por el contacto del Hechicero.

-Insulsa- dijo el mágico ser, y la arrojó al suelo.

La chica ya no tenía cola de sirena, sino dos piernas. Cayó como caería en el mundo real, chillando y dirigiéndose hacia el piso, pero no llegó a tocarlo. Se desvaneció cuando el impulso del Hechicero no venció más a la gravedad, como humo barrido por el viento. Y lo mismo les sucedió a todas las chicas que quedaban. Una a una las fue descartando, hasta que solo quedaban estudiantes de secundaria varones.

-No es una chica- dijo el Hechicero a lo que parecía ser un Smartphone.

A Randy le pareció que ésa escena era normal, en un escenario tan anormal como ése. Como si un ser de más de ochocientos años de edad hablando por un teléfono de última generación fuese lo único real en ése extraño mundo.

El Hechicero se volvió hacia el reducido grupo, ahora de cien alumnos, frotándose las manos y sonriendo.

-Voy a disfrutar tanto quebrándote- dijo, chorreando maldad.

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El mosaico de pez aún estaba allí.

Meses atrás, Randy y él habían dejado el sitio hecho un desastre, ése fatídico día en donde habían planeado arruinar todas las fotos posibles. De sólo recordar lo que había pasado entonces le daban escalofríos.

Pero no ahora.

Después de todo lo que había sucedido, se había quedado sin escalofríos.

Howard había investigado todo lo que había podido sobre los Tengu. Incluso había traducido páginas en japonés (con un traductor en línea, pero valía igual) que no habían visto la luz en su idioma. Sabía bien que, como muchos de los seres féericos, no podían clasificarse en buenos o malos, sino que dependía de cómo se levantaban ése día. Y que si se seguían unas reglas específicas, se podría llegar a lo que Howard deseaba, con una fría desesperación, que sucediese.

Los robosimios estaban agrupándose en otro lado, pero él sabía que, aunque entrasen todos en tropel en ése mismo momento, ya no podía echarse atrás.

Sacó el sai, lo tomó por el mango, y le dio golpecitos a la piedra que sobresalía en el ojo del pez.

-Tengu- dijo Howard.

Un ojo apareció en la piedra, rojo y muy, muy familiar. Se entrecerró con reconocimiento. Si el ave podía emitir sonidos audibles o no, Howard no lo sabía.

-Tengo un contrato que ofrecerte.

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Confieso que he enviado casi el veinte por ciento de todas las confesiones y cannons del tumblr de esta serie. Y no me arrepiento.

Nos leemos

Nakokun