Esta historia esta inspirada en los personajes de CCS que pertenece a Clamp

y en la obra de Johanna Lindsey


El presente fic se realiza sin fines de lucro

El relato se ubica en un universo alterno, por lo que las personalidades de los personajes, varíen según el desarrollo de la trama.


Capítulo 3: Cambio de rumbo

-Wei, despierta. ¡Wei! –Marusia le sacudió el hombro con fuerza hasta que finalmente él abrió un ojo-. Ya es hora. Lida lo ha oído andar por su habitación. Será mejor que te ocupes de enviar de vuelta a la pobre muchacha.

-¿Pobre muchacha¿Después de las que me ha hecho pasar?

-Sí, pero ¿por cuáles la hemos hecho pasar nosotros? Mira afuera, esposo mío. Amanece.

En efecto, el cielo estaba teñido de violeta. Instantáneamente Wei despertó del todo y apartó el cubrecama con que lo había cubierto Marusia antes de bajar a la cocina para encender el fuego. Había permanecido en pie la mitad de la noche, aguardando a que el príncipe saliera de la habitación de la mujer. No había pensado quedarse dormido ni mucho menos; sólo reposar unos instantes en la cama.

-Es probable que se esté levantando temprano, nada más –dijo Wei-. Sabes que no necesita dormir mucho. No es posible que se haya quedado con ella toda la noche.

-Se haya quedado o no, dice Lida que está despierto y más vale que saques a esa mujer de la casa antes de que él salga de su habitación. Ya sabes que no le gusta tropezarse con esas mujeres ocasionales una vez que se sacia de ellas.

Wei le echó una mirada que decía "No hace falta que me lo digas" antes de recoger un fardo de ropas y subir las escaleras hacia la planta alta. El pasillo estaba desierto. Los guardias habían sido licenciados la noche anterior, antes de llegar Shaoran. Había sido imprescindible que él no sospechara nada hasta que viera a la mujer. Si la moza, sin custodia, había logrado marcharse por su cuenta, a Wei no le parecería mal, aunque le debía algo por sus molestias.

Sin ruido, abrió la puerta. Era posible que Lida estuviese equivocada, y que sólo hubiese oído andar por su cuarto al valet de Shaoran. Empero, tan remotas eran las posibilidades de encontrar todavía allí al príncipe, que Wei se reprochó el ser tan cuidadoso. Y la habitación estaba vacía, salvo por la mujer. Ella estaba allí todavía, profundamente dormida bajo el cubrecama de raso.

Dejando caer las ropas de la joven sobre una silla, se acercó a la cama y la sacudió.

-Basta –gimió ella.

Wei sintió un momentáneo escozor de piedad. Ella había sido verdaderamente usada. En la habitación cerrada, el olor de las actividades de la noche era abrumador. Por cierto, eso era lo primero: dejar que entrara algo de aire puro.

Empujando, apartó de la ventana el pesado ropero, jadeante por el esfuerzo; luego recibió con agrado la brisa del amanecer, que entró flotando.

-Gracias, Wei –dijo el príncipe a sus espaldas.

-¡Mi señor! –exclamó Wei, volviéndose con presteza-. Discúlpeme. Tan sólo iba a despertarla y...

-No lo hagas.

-Pero...

-Déjala dormir. Lo necesita. Y tengo ganas de ver cómo es cuando está en su sano juicio.

-No... no lo recomiendo –respondió Wei, vacilante-. No es una joven muy tratable.

-¿No lo es? Vaya, eso me parece fascinantes, considerando cuán tratable ha sido durante toda la noche. A decir verdad, no puedo recordar la última vez que disfruté tanto.

Wei se tranquilizó. El príncipe no estaba jugando con las palabras, como a veces lo hacía en su estilo sardónico, sino que estaba verdaderamente complacido. El ardid había dado resultado. Ahora, con tal de que pudieran zarpar sin que ningún contratiempo alterara ese buen talante. Pero la mujer... no, seguramente Shaoran la había cautivado, y esta mañana no resultaría intratable.

Shaoran se volvió hacia el lecho, donde sólo eran visibles sobre la almohada un delgado brazo y una pálida mejilla, ya que sus abundantes bucles castaños, en absoluto desorden, ocultaban todo lo demás. Se había visto obligado a regresar a esa habitación. Había decidido bañarse y dormir algunas horas, antes de que se iniciaran los turbulentos preparativos para la partida. Se había bañado, sí, pero no había podido desalojar de sus pensamientos a la mujer.

Había dicho la verdad a Wei. No creía haber pasado jamás una noche tan insólita y, sin embargo, tan deliciosa. Por lógica, debería estar tan exhausto como la mujer. Pero claro que él se había controlado, había contenido su propio placer, conservando deliberadamente su fuerza al satisfacerla de otras maneras. La idea de tener que llamar a varios de sus hombres para reemplazarlo si él se cansaba le había repugnado. Y además, simplemente, no había querido compartir ese tesoro.

Era increíble, pero realmente se había desilusionado cuando ella sucumbió finalmente al sueño. No estaba cansado todavía; a decir verdad, se sentía muy vigoroso.

-¿Sabías que era virgen, Wei?

-No, mi señor. ¿Ha tenido importancia?

-Creo que para ella sí. ¿Cuánto ibas a pagarle?

Teniendo en cuenta esa nueva información, Wei duplicó la cifra que tenía pensada.

Cien libras inglesas.

Shaoran lo miró de reojo.

-Que sean mil... no, dos mil. Quiero que ella pueda derrochar en algunas ropas elegantes. Ese trapo que llevaba puesto era atroz. Por cierto ¿no tenemos nada más adecuado que pueda ponerse cuando despierte?

Wei no debería haberse sorprendido, en realidad. La generosidad del príncipe era famosa. Y sin embargo, aquella mujer no era más que una simple campesina inglesa.

-Casi todas las pertenencias de las criadas fueron llevadas ayer al barco, mi señor.

-Y supongo que Anastasia no accedería a ceder uno de sus vestidos. No, por supuesto que no lo haría. Estuvo toda la noche enfurruñada porque no le permití salir de parranda en Londres anoche. Creo que en este momento disfrutaría de cualquier motivo para mortificarme.

-Enviaré a una de las mujeres en busca de algo adecuado cuando abran las tiendas –sugirió Wei, pero agregó-: Si cree usted que ella permanecerá aquí tanto tiempo.

-No, no te molestes. Fue tan sólo una idea, y el placer de ordenar que desechen ese trapo –respondió Shaoran con un ademán de despedida-. Te llamará cuando ella esté lista para marcharse.

¿Entonces el príncipe se quedaría con ella en la habitación¿Tan interesado estaba? Wei vaciló de nuevo. Nunca había antepuesto sus deseos a los del maestro, como lo acababa de hacer. Empero, no tenía que apaciguar al príncipe. Shaoran estaba todavía de excelente humor. Pero a Wei le desagradaba demasiado esa mujer, después de toda la frustración y ansiedad que había causado con su tozudez, aunque al final hubiera complacido a Shaoran. En su opinión, ya se le estaba dando demasiado. Si él podía evitarlo, ella no recibiría nada más.

-Como usted quiera, mi señor.

Wei salió, cerrando con suavidad la puerta, y bajó para contar a Marusia el más reciente capricho del príncipe. Pero lo más probable era que ella se riera, recordándole que también el padre de Shaoran había sido fascinado por una inglesa, al punto de casarse con ella. Gracias a Dios que esta moza inglesa no era de la nobleza, como lo fuera lady Anne.

Mientras tanto, en la habitación, Shaoran apagó las lámparas que habían estado encendidas toda la noche; luego se estiró en la cama de donde había salido apenas unas horas antes. Sakura yacía boca abajo, con el rostro vuelto hacia él. Shaoran le apartó el cabello de la mejilla para verla mejor. Ella no se movió siquiera.

En el sueño, las severas líneas de su rostro se suavizaban, tal como antes, en su pasión. Shaoran no podía olvidar esa pasión. Por supuesto, no la había producido él, sino la droga... por cuyo motivo él quería poseerla una vez más, sin que la droga la dominara. En parte se veía ante un desafío, un deseo de ver si podía estimular en ella esas mismas cimas de pasión. Pero, perversamente, sentía también una necesidad de probar que, en realidad, no era posible que ella fuese tan increíblemente atractiva y sensual como lo había sido bajo la influencia de la cantárida.

Por el momento, sin embargo, ella necesitaba unas horas más de sueño para recuperar fuerzas. Tener que esperar era inconveniente; la paciencia no era una de las mejores cualidades de Shaoran Alexandrov. Pero no tenía nada más que hacer esa mañana antes de zarpar.

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La actividad en la casa iba en aumento, pues al príncipe le gustaba dejar un sitio tal como lo había encontrado. Los sirvientes del duque de Albemarle, libres de sus obligaciones desde el día anterior porque al príncipe le gustaba tener únicamente a su propio personal a su alrededor, no encontrarían nada fuera de lugar cuando volvieran ese día, más tarde. Pero en la habitación de la planta superior, todo estaba silencioso aún.

Wei, que al fondo del pasillo aguardaba pacientemente que lo llamaran, supuso que el príncipe se había quedado dormido. Había pasado tres horas más con la mujer; debía estar dormido. Pero aún quedaba tiempo antes de que tuvieran que estar en el embarcadero. Esperaría antes de molestarlo.

Shaoran estaba bien despierto, nada fatigado todavía. Estaba él mismo sorprendido por su paciencia, ya que la mañana transcurría con diabólica lentitud. Y había logrado abstenerse de tocar a Sakura hasta entonces. Pero al fin la tomo en sus brazos y empezó a despertarla con caricias. Ella luchó contra él, malhumorada.

-¡Ahora no, Lucy¡Anda, vete!

Shaoran sonrió, preguntándose sólo vagamente quién podría ser Lucy.

La noche anterior, Sakura le había hablado en francés porque él la había interpelado antes en ese idioma, y ella lo hablaba de manera excelente. Pero el inglés le cuadraba mucho mejor, y el tono imperioso que utilizaba era casi gracioso. Con todo, no era el inglés el idioma que él prefería, por lo cual no se molestó en usarlo.

-Vamos Sakura, acompáñame –la instó mientras sus dedos jugaban con la sedosa piel del hombro de ella-. Me aburro esperando a que despiertes.

Ella abrió los ojos. Pestañeó una sola vez, pero, al parecer no lograba enfocar la mirada con claridad. No dio ninguna señal de reconocerlo, tampoco ninguna de sorpresa, ni siquiera de confusión. Era como si no lo viese siquiera. Pero lo veía. Lentamente se apartó hasta quedar a la distancia de un brazo estirado. Entre tanto su mirada se desplazaba sobre él, hasta los mismos dedos de los pies; luego volvió a subirla de un modo que era muy desalentador, ya que Shaoran tuvo la clara impresión de que ella lo encontraba menguado.

A decir verdad, Sakura tenía dificultades para aceptar que él era real. "Otra vez Adonis", había sido su primer e irritante pensamiento. El príncipe de cuento de hadas. Su mirada práctica dudaba verdaderamente de lo que estaba viendo, ya que la realidad no creaba hombres como ese.

-¿Acaso desapareces al llegar la medianoche?

Shaoran rió encantado.

-Si dices que me has olvidado tan pronto, pequeña, con gusto te refrescaré la memoria.

Sakura enrojeció con llameante color desde las raíces del cabello hasta el cobertor, que apretaba fuertemente sobre sus pechos, al sentarse en la cama. Sí que recordaba.

-¡Oh, Dios! –gimió para luego preguntar-¿Por qué estás aquí todavía¡Al menos podrías haber tenido la decencia de dejarme hacer frente sola a mi vergüenza!

-Pero ¿por qué habrías de sentirte avergonzada? No has hecho nada malo.

-Bien lo sé yo –admitió ella con amargura-. Me han hecho daño a mí... Y tú... oh, Dios¡vete y basta!

Deslizó las manos por el rostro para cubrirse los ojos. Tenía los hombros encorvados de abatimiento. Se mecía inquieta, dando a Shaoran una tentadora visión de su lisa espalda y una pequeña parte de su trasero.

-No estará llorando¿o sí? –preguntó él con naturalidad.

Sakura calló, pero no bajó las manos, de modo que su voz brotó en un murmullo.

-No lloro¿y tú, por qué no te marchas?

-¿Por eso te ocultas, esperando a que me marche? Si es así, más vale que te des por vencida. Me quedo.

Las manos de la joven se apartaron revelando unos ojos entrecerrados que centelleaban de ira.

-¡Pues me iré yo!

Y empezó a hacerlo, aunque no pudo mover el cobertor que intentó arrastrar consigo. Shaoran, que estaba estirado encima de él, ni siquiera hizo ademán de moverse. Sakura se retorció para hacerle frente.

-¡Levántate!

-No –repuso él simplemente, cruzando los brazos en la nuca de un modo absolutamente tranquilo.

-Ya ha pasado la hora de los juegos, Alexandrov – le advirtió Sakura en tono helado-. ¿Qué diablos quieres decir?

-Sakura, por favor, pensé que habíamos dejado a un lado las formalidades –le regañó él con dulzura.

-¿Debo recordarte que no hemos sido presentados?

-¡Cuánto decoro! Muy bien –suspiró él-. Shaoran Petrovich Alexandrov.

-Olvidas tu título –se mofó ella, desdeñosa-. Príncipe¿verdad?

Una sola ceja se alzó inquisitivamente.

-¿Eso te agrada?

-No me importa en lo más mínimo, ni en un sentido ni en otro. Y ahora agradecería un poco de intimidad para poder vestirme y salir de este sitio, si no tienes inconveniente.

-Pero ¿qué prisa tienes? Tengo tiempo de sobra...

-¡Yo no! Dios santo, se me ha tenido aquí la noche entera. ¡Mi padre estará enloquecido de preocupación!

-Un asunto sencillo. Enviaré a alguien para informarle que estás a salvo, si tan sólo me das la dirección.

-No pienso darte los medios para que me vuelvas a encontrar. Cuando me vaya de aquí, me verás por última vez.

Shaoran deseó que ella no hubiera dicho eso. Causó en él una sensación de pesar, totalmente inesperada. Comprendió que, si tuviera tiempo, le encantaría llegar a conocer mejor a esa joven. Era tan estimulante... la primera mujer con la cual se había tropezado que parecía genuinamente indiferente a su título, su riqueza y su hechizo. Y dicho sin exagerar, sabía que él atraía físicamente a las mujeres.

Impulsivamente Shaoran se volvió hacia ella y preguntó:

-¿Te gustaría visitar Rusia?

Sakura lanzó un resoplido.

-Eso no merece respuesta.

-Cuidado, Sakura, o empezaré a pensar que no te agrado.

-¡No te conozco!

-Me conoces muy bien.

-Familiarizarme con tu cuerpo no es conocerte. Sé tu nombre y sé que hoy te marchas de Inglaterra. Es todo lo que sé de ti... no, retiro eso. ¡También sé que tus criados llegan a cometer actos criminales para complacerte!

-Ah, ya llegamos al centro de la cuestión. Objetas el modo en que nos conocimos... Eso es razonable. No tuviste muchas opciones al respecto. Pero, Sakura, tampoco yo. En fin, eso no es exactamente verdad. Sí tuve una opción. Podría haberte dejado sola para que sufrieras.

La joven lo miró con furia por el intencionado comentario.

-Si esperas que te dé las gracias por tu ayuda de anoche, debo desengañarte. No soy estúpida. Sé exactamente por qué se me dio esa droga inmunda. Fue en beneficio tuyo, porque me había negado a aceptar tus planes para la noche. Y eso me recuerda algo: quiero que tu criado sea juzgado. No se saldrá con la suya.

-Vamos, mujer, no ha habido ningún daño. Es cierto que ya no eres virgen, pero eso debe causar regocijo y no lamentos.

Si no hubiera sido una situación tan horrenda, y ella la víctima, tal vez Sakura se hubiese reído de semejante absurdo, pues no tenía duda de que Shaoran era sincero. Estaba realmente convencido de que ella no había sufrido ninguna gran pérdida, lo cual evidenciaba con claridad los alcances de su conducta libertina. Pero si ella trataba esa actitud como le habría gustado, no haría más que confundirlo, teniendo en cuanta quién creía él que era ella, o mejor dicho, lo que ella era. Y sin embargo, tenía la sensación de que él no opinaría otra cosa si supiera la verdad.

Tuvo que controlar su ira.

-Pasa, convenientemente por alto el hecho de que fui secuestrada, literalmente arrastrada de la calle, arrojada dentro de un carruaje, amordazada y luego introducida furtivamente en esta casa, donde estuve todo el día encerrada. Se abusó de mí, fui amenazada...

-¿Amenazada? –repitió Shaoran con gesto ceñudo.

-Sí, amenazada. Estaba a punto de gritar a pleno pulmón cuando se me dijo que los guardias apostados junto a la puerta no vacilarían en impedírmelo si lo hacía. De igual modo se me advirtió que se usaría la fuerza si no me bañaba ni comía.

-Fruslerías –dijo el ruso con un ademán de indiferencia-. No has sufrido ningún daño en realidad¿o sí?

-¡Eso nada tiene que ver¡Wei no tenía derecho a traerme aquí, ni a mantenerme cautiva!

-Ya estás protestando demasiado, pequeña, teniendo en cuenta que, en definitiva, has disfrutado. Deja pasar esto. Si alborotas será inútil. Y Wei ha recibido instrucciones de tratarte con generosidad ahora.

-¿Otra vez dinero? –inquirió ella en un tono engañosamente suave.

-Por supuesto. Yo pago por mis placeres...

-¡Oh, Dios! –chilló la joven con furia-. ¿Cuántas veces debo decirlo¡No estaba, no estoy ni estaré jamás en venta!

-¿Rechazarías dos mil libras?

Si él pensaba que la medida de su generosidad causaría en ella un cambio inmediato, pronto salió de su error.

-No solamente las rechazo, sino que con gusto te diría que puedes hacer con ellas.

-No, por favor –repuso él, disgustado.

-Tampoco podrás comprar mi silencio, de modo que no te molestes en seguir insultándome.

-¿Silencio?

-Dios santo¿acaso no me has oído?

-Cada palabra – le aseguró él, sonriendo-. Y ahora¿podemos acabar con esto? Ven, Sakura.

Cuando él se estiró hacia ella, Sakura se apartó, alarmada.

-¡No¡Por favor!

El tono implorante de su propia voz la enfureció, mas no pudo evitarlo. Después de la noche anterior, la aterraba su propia reacción si él llegaba a tocarla. Nunca había conocido un hombre tan apuesto como él. Había en su belleza algo casi hipnótico. Que él la hubiera deseado, qué le hubiese hecho el amor toda la noche, era asombroso, le costaba un esfuerzo deliberado concentrarse, protegerse con su justificada ira, y no tan sólo simplemente mirarlo.

En vez de fastidiarse por la respuesta de Sakura, Shaoran quedó complacido. Estaba demasiado familiarizado con que las mujeres no pudiesen resistirlo, para interpretar mal el dilema de Sakura. Debía aprovechar su ventaja, pero vaciló. Pese a que aún la deseaba, ella estaba demasiado agitada en ese momento y no era probable que se calmara enseguida.

Con un suspiro, bajó la mano.

-Muy bien, pequeña. Tenía esperanzas... en fin. –Se sentó en la orilla de la cama, pero la miró con una sonrisa cautivante, devastadora-. ¿Estás segura?

Sakura gimió por dentro. Le habría gustado fingir ignorancia de lo que él sugería, pero no pudo hacerlo. La mirada del ruso era explicativa de por sí. ¡Dios santo¿Cómo era posible que aún quisiese hacer el amor después de los excesos de la noche anterior?

-Muy segura –repuso Sakura, rogando que él se marchara.

Shaoran se incorporó, pero no para irse todavía. Se acercó a la silla donde estaban colgadas las ropas de la joven y volvió al pie de la cama para entregárselas.

-Deberías aceptar el dinero, Sakura, lo quieras o no.

Ella miraba con desagrado el vestido negro. El observaba las enaguas, pensando que ella tenía mejor gusto, al menos, en cuanto a ropa interior.

Shaoran agregó con dulzura:

-Si te he ofendido al ofrecer demasiado, ha sido sólo con la idea de que te gustaría mejorar tu vestuario. Lo pensé como un regalo, nada más.

La mirada de la joven subió y subió hasta encontrar la de él. ¿Por qué no había notado la noche anterior cuan increíblemente alto era él?

-Tampoco puedo aceptar regalos tuyos.

-¿Por qué?

-Porque no puedo; eso es todo.

Finalmente Shaoran se fastidió.¡Ella era imposible¿Quién era esa mujer para rechazar su generosidad?

-Pues lo aceptarás y no quiero oír hablar más de esto –afirmó en tono imperativo-. Ahora pediré que venga una doncella para que te ayude, y después Wei te llevará...

-No te atrevas a enviar de nuevo a esa bestia aquí –lo interrumpió la joven con brusquedad-. Ya vez, no me has escuchado para nada. Te he dicho que haré arrestar a Wei.

-Lamento no poder aplacar tu sensibilidad herida permitiendo eso, querida mía. No dejaré a mi servidor en Inglaterra.

-No tendrás otra alternativa, como no la tuve yo –repuso Sakura. Cómo le encantaba poder decir eso.

La sonrisa del príncipe fue condescendiente.

-Olvidas que partiremos hoy.

-Se puede demorar tu barco –replicó ella.

Los labios de Shaoran se apretaron en gesto amenazador.

-A ti también, hasta que sea demasiado tarde para que causes cualquier molestia.

-Hazlo, pues – repuso ella con temeridad-. Pero me subestimas si piensas que la cosa terminará ahí.

Shaoran se negó a seguir con sutilezas. Le sorprendía haberse quedado a discutir tanto tiempo. ¿Qué podía hacer ella, de cualquier manera? Las autoridades inglesas no se atreverían a detenerlo por lo que afirmara una mera criada. Era una idea risible.

Con un brusco movimiento de cabeza, Shaoran salió de la habitación. Pero en la mitad del pasillo se detuvo. Se estaba olvidando que aquello no era Rusia. Las leyes rusas estaban hechas para la aristocracia. Las leyes inglesas tomaban en cuenta el bienestar de la plebe. Allí no se desoía la opinión pública. Esa moza podía causar una alarma pública que bien podría llegar a oídos de la reina.

-¿Ya se marcha ella, príncipe Shaoran?

-¿Qué? –Cuando alzó la vista, el príncipe vio a Wei de pie frente a él-. No, me temo que no. Tenías razón, amigo mío. Es una joven muy antipática, y con su sinrazón ha causado cierto problema.

-¿Mi señor?

Súbitamente Shaoran rió.

-Quiere ver que te pudras en alguna prisión inglesa.

La falta de preocupación de Wei por esta noticia evidenció la capacidad de Shaoran para proteger a su gente.

-¿Cuál es el problema?

-No creo que ella piense ceder, ni aun después de partir nosotros.

-Pero la visita del zar...

-Exactamente. Salvo por eso, no importaría. Entonces¿qué piensas, Wei¿Tienes alguna sugerencia?

Wei tenía una en particular, pero sabía que Shaoran no aprobaría eliminar a la impertinente muchacha.

-No es posible persuadirla... –dijo. Al ver que Shaoran alzaba una ceja, gimió por dentro-. No, no lo creo. Supongo que será necesario detenerla.

-Lo mismo pienso yo –replicó Shaoran, y luego, perversamente, sonrió, como si de pronto la solución le agradara-. Sí, temo que deberemos retenerla con nosotros, al menos durante unos meses

Wei apretó los dientes, enfadado. No había pensado en pasarse meses tratando con aquella enfurecedora mujer... Allí, en Inglaterra, se podría encontrar alguien que la tuviese encerrada. No hacía falta que se la llevaran consigo... Pero si Shaoran ni siquiera pensaba en esa posibilidad, quería decir que, evidentemente, no había terminado con ella. ¿Qué fascinación hallaba en esa muchacha en particular?

Aunque supuso que no hacía falta preguntar en calidad de que se la retendría, no podía permitirse el lujo de cometer más errores.

-¿Y su situación, señor?

-Criada, por supuesto. No veo razón alguna para desperdiciar sus talentos, cualesquiera que sean. Eso se podrá verificar más tarde... Por ahora, llévala a bordo del barco con la menor conmoción posible. Bastará con utilizar uno de mis baúles de ropa. Es tan diminuta que cabrá. Y después de todo, tendrás que ocuparte de conseguirle ropa, al menos lo suficiente para el viaje.

Wei asintió con presteza, ya que el cargo que desempeñaría la mujer, después de lo que él había creído antes, hacía mucho más aceptable la situación.

-¿Algo más, mi príncipe?

-Sí; no se le debe hacer daño –observó Shaoran, ahora en tono de clara advertencia-. Ni siquiera un minúsculo rasguño, Wei, así que ten cuidado con ella.

¿Y cómo iba él a lograrlo, si tenía que meterla en un baúl?, se preguntó Wei, mientras Shaoran se alejaba. Lo dominó el mal humor. ¡Así que criada! En ese momento, el príncipe estaba simplemente irritado con la descarada muchacha. Su fascinación era intensa todavía.

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-Aquí –Wei Wei sostenía abierta la portezuela del camarote para los dos lacayos que llevaban el baúl del príncipe-. ¡Cuidado! Por amor de Dios, no lo dejen caer. Muy bien. Pueden retirarse.

Wei se acercó al baúl y contempló la cerradura. Tenía la llave en el bolsillo de su chaqueta, pero no la sacó. En realidad, no había ninguna razón para liberar a esa mujer todavía. Faltaba una hora más para que zarparan. Y sólo para estar seguros, a ella no le haría daño permanecer donde estaba hasta que fuese demasiado tarde para una posible fuga.

Oyó un ruido dentro del baúl; sin duda ella golpeaba los costados con sus pies. Sonrió sin compadecerla en lo más mínimo por su situación. No debía estar nada cómoda, como se lo merecía por su temeridad. ¡Pretender que él fuera a la cárcel, vaya¿Y por qué motivo? No se le había hecho ningún daño real.

Sakura era de opinión diferente. Ahora tenía un agravio más que sumar a los otros contra esos rusos bárbaros. Amarrarla y meterla en un baúl, sólo para sacarla de la casa, era intolerable. Pero qué debía esperar, después de haber sido tan irreflexiva como para advertir al príncipe qué se proponía hacer. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

No tenía duda alguna de que él era responsable de ese último insulto. Le había advertido que no le volviese a enviar a Wei, y sin embargo, fue esa bestia quien entró en la habitación poco después de marcharse el príncipe, antes de que ella estuviese siquiera completamente vestida. Debió haberla puesto sobre aviso el hecho de que no estuviese solo. El corpulento sujeto que lo acompañaba, no uno de los guardias del día anterior, sino vestido con la librea negra y dorada de un lacayo, había dado la vuelta tras ella y, antes de darse cuenta, Sakura fue atacada y amordazada otra vez, con las muñecas atadas a la espalda y hasta los tobillos ligados.

Después, el lacayo, que no había dicho una sola palabra (ninguno de los dos lo hizo a decir verdad), la había alzado como si no pesara nada y la llevó abajo. Pero, en vez de salir de la casa, como ella había supuesto que estarían haciendo, la habían llevado a otra habitación, y antes de que ella lo hubiese vislumbrado siquiera, la depositaron en un baúl, con las rodillas alzadas, y cerraron la tapa.

La joven estaba increíblemente apretada. Doblada por la cintura, con la cabeza tocando apenas un extremo del baúl, estaba tendida sobre las manos, que habían perdido toda sensibilidad mucho tiempo atrás, y apenas podía mover los pies. Pero de nada le servia patalear. Era obvio que no iban a soltarla hasta que les diera la gana.

No tenía idea de dónde podía hallarse en ese momento. Le había parecido que viajaban en coche por los traqueteos que la sacudían, y sabía que después el baúl había sido trasladado otra vez, pero no se imaginaba dónde lo habían depositado, ya que poca cosa podía oír, salvo su propia trabajosa respiración. Se le estaba haciendo cada vez más difícil respirar, pues el aire era caliente y pesado, ya que apenas se veía una leve abertura de la tapa.

Pensaba que si permanecía allí mucho tiempo más, bien podría asfixiarse. Pero si meditaba sobre esa posibilidad, sentiría pánico, y le parecía juicioso conservar la calma, para que el aire durara más. No obstante, al transcurrir los minutos convirtiéndose en horas, tuvo que considerar la posibilidad de que esa fuera la solución de los rusos para el problema que ella había suscitado. Si pensaban que ella cumpliría su amenaza¿cómo podían permitirse liberarla? No podían, y era muy factible entonces que ese baúl estuviera destinado a ser su ataúd. Pero acaso el príncipe Shaoran podría realmente hacerle eso después de... después... no, ella no quería, no podía creerlo. Pero Wei lo haría, sin duda alguna. Sakura no se equivocaba en cuanto a la antipatía que sentía por ella.

-¿Qué has hecho con la inglesita? –preguntó Marusia a su marido.

Fastidiado a su vez, Wei replicó:

-La he dejado en el camarote, con los baúles de ropa sobrantes. Supongo que tendré que colgar una hamaca para ella.

-¿Cómo reaccionó?

-Me pareció mejor esperar hasta que estemos lejos de Londres antes de soltarla.

-¿Y bien?

-No he tenido tiempo aún.

-Entonces ¿hiciste agujeros en el baúl? Ya sabes que los baúles de Shaoran son herméticos.

Wei palideció. No se le había ocurrido pensar en agujeros... hasta entonces, nunca había encerrado a nadie en un baúl.

Marusia lanzó una exclamación, interpretando correctamente la expresión de Wei.

-¿Estás loco¡Ve y reza por que no sea demasiado tarde!¡Ve!

Antes de que Marusia hubiera silenciado su grito, Wei salió corriendo de la cocina. Recordaba las palabras del príncipe y repiqueteaban en su cerebro. Ella no debía sufrir daño alguno, ni siquiera un minúsculo rasguño. Y si un diminuto rasguño iba a causar un alboroto¿qué locura se iba a provocar si él, con su mezquina venganza, había matado a la mujer? Pensarlo era intolerable.

Marusia lo seguía de cerca, y ambos corriendo con tan loca prisa se pusieron en evidencia en el barco. Cuando pasaron a la carrera frente al camarote de Shaoran, se les habían sumado cinco criados curiosos y varios tripulantes. Shaoran, que se había despertado pocos minutos antes, envió a Maxim, su valet, a averiguar a qué se debía tal conmoción.

Tan pronto como salió, Maxim vio que todos se apretujaban en un camarote cercano.

-Han entrado en la despensa, Alteza –informó. El príncipe viajaba con tantas posesiones personales, hasta ropa de cama y vajilla, que hacía falta un camarote adicional sólo para acomodar sus baúles. Sin duda, alguno se habría caído-. Tardarán apenas un momento.

-Aguarda –lo detuvo Shaoran, dándose cuenta de que probablemente hubieran puesto en la despensa a Sakura, quien estaría ahora causando un disturbio-. Debe ser la inglesa. Tráemela aquí.

Maxim asintió, sin pensar siquiera en preguntar qué inglesa. No estaba enterado de todos los asuntos del príncipe, como Wei, sino que tenía que esperar a oírlos de Marusia, quien no era capaz de guardar un secreto. No se le ocurriría interrogar a Shaoran directamente. Nadie interrogaba al príncipe.

Dentro de la despensa, Wei estaba demasiado alterado para percibir siquiera que tenía público cuando abrió el baúl y levantó la tapa. Ella tenía los ojos cerrados. No hubo ningún movimiento, ni siquiera un sobresalto por el repentino aflujo de luz. Wei sintió que el pánico iba en aumento y lo ahogaba. Pero luego el pecho de la joven se expandió al llenarse de aire, y entonces, una y otra vez, ella aspiró profundamente, entre jadeos, para llenar sus pulmones.

En ese momento Wei la amó realmente, por no estar muerta. Poco duró tal sentimiento. Cuando ella abrió los ojos y los clavó en los ojos del ruso, él vio que una furia asesina se acumulaba en esas esferas de color esmeralda. Lo dominó de nuevo el deseo de dejarla simplemente allí, pero Marusia le dio un codazo para recordarle que no podía hacer eso.

Con un gruñido, Wei se inclinó para alzar del baúl a Sakura y ponerla de pie. De inmediato la joven se desplomó, cayendo hacia delante, contra él.

-¿Ves lo que ha hecho tu ligereza, marido mío? Es probable que la pobrecita tenga los pies entumecidos –dijo Marusia, mientras bajaba la tapa del baúl, ya que no había sillas-. Y bien, acuéstala aquí y ayúdame a quitarle estos cordeles.

Sakura tenía entumecidos no solamente los pies, sino las piernas enteras. Lo descubrió cuando se le entrechocaron las rodillas al ser depositadas encima del baúl. También en las manos había perdido toda sensación mucho tiempo atrás. Y no ignoraba qué pasaría cuando empezara a recobrar la sensibilidad. No sería agradable.

Wei le desató las muñecas mientras Marusia se afanaba a sus pies, diligente. Sus zapatos habían quedado olvidados, una de las cosas que ella no había llegado a ponerse cuando Wei entró en su habitación. Tampoco había tenido tiempo para arreglarse el cabello, que colgaba suelto y enmarañado en su espalda y sus hombros. Pero lo más embarazoso era su vestido, que estaba parcialmente desabotonado delante, mostrando el fino corpiño de su camisa blanca que resaltaba contra el negro del vestido. Y cuando advirtió el gentío que desde la puerta la observaba con fijeza y curiosidad, un vivo color le inundó las mejillas. Nadie la había visto jamás con semejante aspecto, y en esa diminuta habitación había más de seis personas con ella.

¿Quiénes eran todas esas personas? A decir verdad¿dónde estaba ella, en nombre de Dios? Y entonces, al sentir el balanceo, comprendió. Lo había presentido en el baúl, pero había suplicado estar equivocada. Oyó que junto a la puerta hablaban en ruso (ya podía reconocer el idioma con facilidad) y supo que estaba en un barco ruso.

Liberó los brazos del cordel y los puso por delante con un gemido mientras flexionaba con cuidado los hombros y los codos. Detrás de ella, Wei fue a quitarle la mordaza, pero ella sintió que sus dedos vacilaban en el cabello de ella. Era muy perspicaz, debía saber que ella no aceptaría en silencio esta última fechoría. Le tenía preparada tal reprimenda que a él le arderían las orejas antes de que ella terminara. Pero Wei vacilaba todavía y Sakura aún no podía mover los dedos para quitarse sola la mordaza. A sus espaldas oyó un torrente de palabras en ruso, y el grupo que estaba frente a la puerta se dispersó con rapidez. Cayó la mordaza, pero Sakura tenía la boca demasiado seca y no pudo hacer más que graznar la palabra "agua". Marusia fue por una jarra mientras Wei daba la vuelta y empezaba a masajear los pies de Sakura. A ella nada le habría gustado más que derribarlo de un sólido puntapié, pero todavía no podía mover las piernas.

-Te debo mis disculpas –dijo Wei sin mirarla. Su tono era huraño, como si sus palabras fueran forzadas-. Debí haber perforado el baúl para que entrara aire, pero ni siquiera se me ocurrió, lo siento.

Sakura no le creyó. ¿Y que decir de haberla metido en ese baúl¿Dónde estaba su arrepentimiento por eso?

-Ese no ha sido... tu único... error, grandísimo... grandísimo...

Se dio por vencida. Simplemente le costaba demasiado hablar con la garganta reseca y la lengua que parecía un objeto hinchado en su boca. Y como estaba recobrando la sensibilidad en las piernas, la incomodidad aumentaba a cada segundo. Tuvo que apretar los dientes para no gemir.

Llegó el agua, y Marusia sostuvo la copa en los labios de Sakura. Bebió con avidez, sin pensar en el decoro. Al menos una parte de su cuerpo había hallado alivio inmediato. Pero el resto de su ser protestaba a gritos, ya que mil agujas atacaban sus piernas y sus manos hasta que creyó que no podría soportarlo. Pese a su voluntad de no hacerlo, lanzó un gemido.

-golpea los pies, pequeña angliiski. Eso ayudará.

La otra mujer dijo esto con bondad, pero Sakura estaba demasiado dolorida para apreciar su compasión.

-Yo... yo... ¡oh, al infierno contigo Wei¡Ya no descuartizan a los delincuentes, pero lograré que se reviva esa costumbre para ti!

Sin hacerle caso alguno, Wei siguió frotándole enérgicamente los tobillos y los pies, pero Marusia rió entre dientes mientras hacía lo mismo con las manos de la joven.

-Al menos sus bríos no se han ahogado en ese baúl.

-Es una lástima –gruñó Wei.

Sakura se encolerizó más aún por la grosería de ellos al hablarse en ruso.

-Hablo cinco idiomas. El de ustedes no es uno de ellos. Si no utilizan el francés, que yo entiendo, no me molestaré en decirles por qué la armada de la reina perseguirá a este barco hasta la mismísima Rusia si es necesario.

-Que disparate –se mofó Wei-. Ahora nos dirás que tu reina inglesa te escucha.

-No sólo eso –replicó Sakura-, también tengo su amistad, desde que serví un año en la corte como una de sus damas de compañía. Pero aun cuando así no fuera, bastaría la sola influencia del conde de Strafford.

-¿Tu patrón?

-No le sigas la corriente, Marusia –le advirtió Wei-. Un conde inglés no se preocuparía por el paradero de una de sus criadas. Ella no pertenece a su amo, como nosotros al nuestro.

Sakura percibió el desprecio con el que Wei decía esto, como si se enorgulleciera de ser propiedad de alguien. Pero la irritó el hecho de que, evidentemente, él no creyera nada más de lo que ella había dicho.

-Tu primer error, y el más atroz, fue creer que soy una criada. No te corregí porque no quería que se conociera mi verdadera identidad. Pero has llegado demasiado lejos con este asunto del secuestro. El conde no es mi patrón, sino mi padre. Soy Sakura Saint John, Lady Sakura Saint John.

Marido y mujer se miraron. Sakura no vio la expresión de Marusia, que parecía decir a su esposo "¿Ves? Ahora puedes entender esa imperiosa arrogancia, ese altanero desdén". Pero la expresión de Wei no evidenciaba un ápice de preocupación por lo que había revelado Sakura.

-Quienquiera que seas, desperdicias tu ira conmigo –dijo a Sakura con calma absoluta-. Esta vez no he actuado por mi propia cuenta. Me he atenido a órdenes, a órdenes específicas, incluso en cuanto al uso del baúl. No obstante, el descuido de no ventilarlo adecuadamente ha sido mío. No se te debía hacer daño. Y tal vez debería haberte dejado libre antes...

-¿Tal vez? –explotó Sakura, deseosa de asestarle un golpe en la cabeza.

Habría continuado, pero en ese momento recorrió sus piernas una oleada de dolor debilitante, que dispersó sus pensamientos y la hizo doblarse con un fuerte gemido. Con un tirón, apartó de Marusia sus manos y se clavó los dedos en los muslos, pero sin lograr efecto alguno. Sus piernas, con violencia, recuperaban plena vida.

Durante los últimos cinco minutos, Maxim había permanecido inmóvil en el vano de la puerta, escuchando en fascinado silencio la conversación entre aquellas tres personas, pero finalmente recordó su deber.

-Si ella es la inglesa, el príncipe quiere verla de inmediato.

Wei miró hacia atrás, otra vez presa del temor.

-Ella no está en condiciones de...

-El ha dicho ahora, Wei.

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Notas mías: Espero que la tardanza no haya sido mucha pero aquí me tienen con otro capitulo. Shaoran aquí es un prepotente como ninguno. El se cree el amo del mundo para creerse con la capacidad de decidir sobre Sakura.

Y la pobre casi muere en manos de Wei y ese baúl, pero que complicado se han puesto las cosas verdad???

Besos a todas y gracias por sus reviews.