Ni la historia, ni los personajes me pertenecen.

CAPITULO 2

Los invitados empezaron a llegar a la residencia de la calle 69 Este poco después de las ocho. Algunos eran personajes conocidos. Había un príncipe ruso con una chica inglesa y las compañeras de bridge de Renée, y el director del banco donde trabajaba Charlie había venido con su mujer, camareros de esmoquin ofrecían copas de champán en bandejas de plata a los invitados que iban llegando. Isabella, entretanto, los observaba desde lo alto de la escalera. Le encantaba ver llegar a los invitados a las fiestas que organizaban sus padres.

Su madre estaba preciosa con su vestido de raso negro y su padre se veía elegantísimo con su esmoquin. Los vestidos de las mujeres refulgían en el vestíbulo y sus joyas emitían destellos bajo la luz de las velas. Luego desaparecían atraídas por la música y las voces. A Renée y Charlie les encantaba ofrecer fiestas. Ahora eran menos frecuentes, pero todavía les gustaba divertirse a todo lujo de tanto en tanto. Isabella adoraba ver la llegada de los invitados y tumbarse luego en la cama para escuchar la música.

Era septiembre, el comienzo de la temporada social de Nueva York, y ella acababa de cumplir siete años. La fiesta no se debía a ningún motivo especial, sólo pretendía reunir a algunos amigos, y Bella reconoció a unos cuantos. La mayoría siempre había sido amable con ella las pocas veces que la habían visto. Sus padres nunca la presentaban en sociedad, y ella siempre estaba allí, oculta en lo alto de la escalera, olvidada por todos. Renée opinaba que los niños no debían aparecer en las reuniones sociales, y para ella la existencia de Isabella carecía de toda importancia. De tanto en tanto alguna amiga le preguntaba por su hija, sobre todo en el club de bridge, y Renée hacía un gesto airado con la mano, como si Isabella fuera un insecto fastidioso que se había cruzado en su camino. No había fotografías de ella en la casa, pero había un montón de Renée y Charlie en marcos de plata. Ella jamás aparecía en las fotos. Dejar constancia de su infancia no era importante para sus padres.

Isabella sonrió cuando en el vestíbulo entró una mujer rubia muy bonita. Marianne Marks lucía un vestido de gasa blanca que parecía flotar y estaba hablando con su marido. Era una amiga íntima de los padres de Isabella y su esposo trabajaba con Charlie. De su cuello pendía un collar de diamantes, y sus manos aceptaron con elegancia la copa de champán que le ofrecía el camarero. En ese momento alzó instintivamente la vista y vio a ella. Una aureola fulgurante rodeaba la cabeza de Marianne. Entonces la niña se dio cuenta de que los destellos provenían de una pequeña diadema de diamantes. Marianne Marks parecía la reina de las hadas.

-¡Isabella! ¿Qué haces ahí arriba? –preguntó la mujer con una dulce sonrisa a la niña del camisón de franela rosa oculta en el último escalón.

-Shhh… -se llevó un dedo a los labios y frunció el entrecejo. Si sus padres la descubrían, tendría serios problemas.

-Oh… -Marianne Marks comprendió la situación, o por lo menos eso creía, y echó a correr escaleras arriba. Llevaba unas sandalias de raso blanco con tacón y no hizo ningún ruido. Su marido esperaba abajo contemplando sonriente a su mujer y a la hermosa niña que ahora susurraba algo a Marianne mientras ésta le daba un abrazo-. ¿Qué haces aquí? ¿Contemplando a los invitados?

-¡Estás guapísima! –exclamó Isabella al tiempo que respondía con un asentimiento de la cabeza.

Marianne Marks era todo lo que su madre no era: guapa y rubia, de ojos grandes y chocolates como los suyos y una sonrisa que iluminaba cuanto había a su alrededor. Para Isabella era casi mágica y a veces se preguntaba por qué no podía tener una madre como ella. Marianne tenía aproximadamente la misma edad que Renée y su rostro se entristecía cada vez que explicaba que no tenía hijos. A lo mejor todo era un error, a lo mejor Isabella estaba destinaba a una mujer como Marianne pero había ido a parar con sus padres porque era muy mala y merecía que la castigaran. No podía imaginarse a Marianne castigando a nadie. Era demasiado dulce y amable y siempre parecía feliz. Y cuando se inclinó para besarla, Isabella pudo oler el delicioso aroma de su perfume. Odiaba el perfume de su madre.

-¿Por qué no bajas un rato? –le preguntó Marianne, deseosa de cogerla en brazos y llevársela abajo.

La pequeña le tenía conquistado el corazón. Todo en ella le hacía querer amarla y protegerla. Isabella era una de esas almas frágiles que conmovían, y cuando Marianne le cogió la mano, sus dedos menudos y fríos le dieron un tirón fuerte e implorante.

-No, no… no puedo bajar… -susurró-. Mamá se enfadaría mucho. Debería estar en la cama. –Isabella conocía el castigo por levantarse en contra de las órdenes de su madre, pero la tentación de observar a los invitados era demasiado grande. Y de tanto en tanto le caía un premio como éste-. ¿Es una corona de verdad?

Marianne parecía el hada madrina de Cenicienta, y Robert Marks, que la esperaba pacientemente al pie de la escalera, estaba guapísimo.

-Es una diadema –rió Marianne. Isabella tenía que llamarla tía Marianne o señora Marks. El castigo por dirigirse a los adultos por su nombre de pila era severo-. Pertenecía a mi abuela.

-¿Tu abuela era reina? –preguntó Isabella con aquellos enormes ojos avispados que tanto enternecían el corazón de Marianne Marks.

-No, mi abuela sólo era una vieja dama de Boston. Pero conoció a la reina de Inglaterra en una ocasión y fue cuando lució esta diadema. Pensé que sería divertido ponérmela esta noche. –se la quitó con cuidado y la colocó sobre los marrones tirabuzones de Isabella-. Ahora pareces una princesa.

-¿De verdad? –preguntó la niña con cara de pasmo. ¿Cómo alguien tan malo como ella podía parecer una princesa?

-Ahora lo verás.

Marianne la condujo hasta un espejo antiguo que había en el pasillo. Isabella se quedó boquiabierta. La hermosa mujer estaba junto a ella mirándola con una tierna sonrisa, y la diadema de diamantes refulgía sobre su cabeza.

-Oh, es preciosa… y tú también.

Fue uno de los momentos más mágicos de su corta vida, un momento que quedó grabado en su corazón. ¿Por qué Marianne era siempre tan amable con ella? ¿Por qué ella y su madre eran tan diferentes? Para Isabella constituía un misterio inescrutable, salvo que en el fondo sabía que nunca había hecho nada para merecer una madre como Marianne.

-Eres una niña muy especial, Isabella –dijo suavemente Marianne, y se inclinó a besarla. Luego levantó la diadema con cuidado, la prendió de nuevo en su cabeza y echó una última mirada al espejo-. Tus padres son muy afortunados de tenerte. –en ese momento la mirada de Isabella se entristeció. Si Marianne supiera lo mala que era no diría esas cosas-. Será mejor que baje. El pobre Robert lleva rato esperándome.

Isabella asintió con la cabeza, todavía abrumada por el comportamiento de Marianne, por el beso, la diadema, las caricias, las dulces palabras. Nunca lo olvidaría. La mujer no podía imaginar el valioso regalo que acababa de hacerle.

-Ojalá viviera contigo –barboteó Isabella cuando regresaban a la escalera cogidas de la mano.

A Marianne le extrañaron aquellas palabras.

-A mí también me gustaría –respondió. Detestaba tener que dejarla. Notaba cómo la criatura tiraba de su corazón, y la tristeza de sus ojos le encogía el estómago-. Pero mamá y papá se quedarían muy tristes.

-No es verdad –aseguró Isabella, y Marianne la miró preguntándose si sus padres la habían regañado. Ella sería incapaz de regañar a una niña como Isabella.

-Dentro de un rato volveré para saludarte –dijo Marianne-. ¿Quieres que suba a verte a tu cuarto?

Una promesa era la única manera de tranquilizar su conciencia por abandonar a esa criatura de mirada implorante que le desgarraba el corazón. Pero Isabella sacudió la cabeza.

-No puedes venir a verme –dijo con voz seria. si su madre las descubría, el precio que tendría que pagar sería altísimo. Renée no soportaba que sus amigas hablaran con ella y todavía menos que subieran expresamente a verla. Ella sabía que la furia de su madre no tendría límite-. No te dejarán.

-Intentaré escaparme dentro de un rato… -le aseguró Marianne. Empezó a bajar y le envió un último beso por encima de su elegante hombro. Luego, cuando se hallaba a medio tramo, se volvió hacia la pequeña-. Volveré Isabella… te lo prometo.

Llegó al vestíbulo con un desasosiego en el corazón que no alcanzaba a comprender. Su marido iba por la segunda copa de champán y estaba hablando con un apuesto conde polaco. Los ojos del conde se iluminaron al ver a Marianne, Isabella vio cómo le besaba la mano. Luego se alejaron para reunirse con los demás invitados. A Isabella le dieron ganas de bajar corriendo y agarrarse a Marianne, de buscar en ella seguridad y protección. Sintiendo la mirada de la pequeña todavía clavada en ella, Marianne levantó la vista, agitó una mano y desapareció cogida del brazo de su marido. Isabella cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la barandilla. Todavía podía ver la diadema sobre su cabeza y recordar la mirada de la mujer y el delicioso aroma de su perfume.

Transcurrió otra hora antes de que llegaran los últimos invitados, y ninguno de ellos reparó en Isabella. Sonrientes y charlatanes, dejaban sus abrigos al entrar, cogían su copa de champán y se dirigían al salón para reunirse con los demás invitados. Eran más de las diez y ella sabía que su madre no subiría a verla. Daba por sentado que estaba en la cama. A sus padres no se les ocurría que pudiera estar espiando a los invitados desde lo alto de la escalera.

-No te muevas de la cama. No respires siquiera –habían sido las últimas palabras de su madre.

Pero la magia que tenía lugar abajo era demasiado tentadora para Isabella. Le habría gustado bajar y comer algo. Cuando llegaron los últimos invitados estaba hambrienta. En la cocina había mucha comida tatas, pasteles, bombones, galletas. Por la tarde había visto cómo preparaban un enorme jamón, un tajo redondo y un pavo. Como siempre, había caviar, pero a Isabella no le gustaba. Sabía demasiado a pescado y en cualquier caso su madre tampoco le dejaba comerlo. Tenía prohibido tocar la comida que se servía en las fiestas. Isabella, no obstante, habría dado cualquier cosa por un pastelito. Había relámpagos de chocolate, tartaletas de fresa y petisú, su dulce favorito. Pero todo el mundo andaba tan ocupado que habían olvidado darle de cenar. Y no era una buena idea pedirle a su madre algo de comida cuando se estaba preparando para una fiesta. Renée se había pasado horas en el lavabo bañándose, arreglándose el pelo y maquillándose. No tenía tiempo para pensar en la niña y ella sabía que más le valía pasar desapercibida. Su madre se ponía muy nerviosa antes de las fiestas.

La música sonaba con más fuerza. Había parejas bailando en el enorme salón y el comedor y la biblioteca estaban abarrotados de gente. Isabella les oía hablar y reír y durante mucho tiempo estuvo aguardando a Marianne, si bien sabía que no tenía derecho a esperar que volviera. Probablemente se había olvidado. Y mientras permanecía allí sentada, confiando en volver a verla, su madre apareció en el vestíbulo y enseguida intuyó la presencia de Isabella. Levantó la vista hacia la araña de luces y luego hacia lo alto de la escalera. Isabella se levantó de un salto y al intentar recular tropezó con el último escalón y cayó al suelo sobre sus delgadas nalgas. Y al ver la expresión de su madre comprendió lo que le esperaba.

Sin decir palabra, Renée subió cual mensajero del diablo. Lucía un ajustado vestido de raso negro que realzaba su espectacular figura, unos pendientes alargados de diamantes y un collar también de diamantes. Pero a diferencia de Marianne, a quien el vestido y las joyas la envolvían con un halo de luz y dulzura, el atuendo de su madre acentuaba su dureza y le daba un aspecto terrorífico.

-¿Qué haces aquí? –le espetó Renée con auténtica virulencia-. Te dije que no salieras de tu cuarto.

-Lo siento, sólo…

Su comportamiento no tenía excusa, y todavía menos el hecho de haber atraído a Marianne hasta allí haberse probado su diadema, pero afortunadamente su madre ignoraba esto último.

-No mientas, Isabella –replicó Renée, estrujándole el brazo con fuerza-. ¡Será mejor que no hables! –la arrastró por el pasillo para evitar las miradas de los invitados. Si alguno hubiese visto lo que estaba ocurriendo, se habría quedado espantado-. Si haces un solo ruido, pequeño monstruo, te arranco el brazo.

Isabella sabía que su madre no bromeaba. Con siete años había aprendido que siempre cumplía los castigos que prometía. Era una de las cosas en que Renée nunca decepcionaba.

Los pies de Isabella apenas tocaban el suelo cuando su madre la arrastró hacia el cuarto y la metió de un empujón. Isabella cayó al suelo y se torció el tobillo, pero sabía que más le valía no quejarse.

-No quiero volver a verte fuera de esta habitación ¿entendido? Si me desobedeces otra vez lo lamentarás. La gente detesta verte sentada en la escalera como una huérfana patética. No eres más que una niña y tu sitio está en tu cuarto, donde nadie esté obligado a verte ¿Me oyes?

Isabella seguía en el suelo, llorando en silencio por el tobillo y el brazo doloridos, pero era demasiado inteligente y orgullosa para quejarse.

-¡Contesta!

-Lo siento, mami –susurró Isabella.

-Deja de lloriquear y vuelve a la cama.

Renée se marchó del cuarto dando un portazo. Todavía tenía el rostro desencajado cuando alcanzó la escalera pero en cuanto empezó a bajar éste se transformó y el recuerdo de Isabella y de lo que le había hecho se había desvanecido por completo para cuando llegó al vestíbulo. Tres de sus invitados estaban poniéndose el abrigo para marcharse. Renée los despidió con un beso afectuoso y luego regresó al salón para reunirse con los demás. Era como si Isabella nunca hubiera existido.

Antes de marcharse Marianne Marks pidió a Renée que le diera un beso a Isabella de su parte.

-Le prometí que subiría a verla antes de irme, pero supongo que ya estará dormida –se lamentó.

Renée frunció el entrecejo.

-¡Eso espero! –dijo con dureza-. ¿La has visto esta noche? –preguntó sorprendida.

-Sí –advirtió Marianne, sin dar importancia a lo que Isabella le había dicho de que tenía prohibido observar a los invitados. ¿Quién podía enfadarse con un ángel como Isabella? Pero había muchas cosas que Marianne no sabía de Renée -. Es una criatura adorable. Estaba sentada en lo alto de la escalera cuando llegamos. Subí a darle un beso y hablamos durante un rato.

-Cuánto lo siento –repuso Renée -. No debió hacerlo.

Renée hablaba como si Isabella hubiese cometido una grave ofensa. Se había hecho ver y eso, para su madre, constituía un pecado imperdonable. Pero Marianne Marks no podía saberlo.

-Fue culpa mía. Me temo que no pude resistirme. Quería ver mi diadema.

-Supongo que no se la dejarías tocar ¿verdad?

Algo en los ojos de Renée hizo que Marianne prefiriera no contestar. Y una vez en la calle, Marianne le mencionó el asunto a Robert.

- Renée es muy dura con su hija ¿no te parece? Reaccionó como si Isabella hubiese intentado robarme la diadema de haber tenido ocasión.

-Quizá sea un poco chapada a la antigua a la hora de educarla. Probablemente temía que Isabella te hubiese molestado.

-Isabella nunca podría molestarme –repuso ella. Estaban en el coche y se dirigían a casa con el chófer-. Es la criatura más dulce que he conocido en mi vida. Y es tan seria y tan bonita. Nunca había visto una mirada tan triste. Ojalá tuviéramos una niñita como ella.

-Lo sé –dijo Robert mientras acariciaba la mano de su esposa y desviaba la mirada para no ver la decepción en sus ojos.

Sabía lo duro que resultaba para ella no haber tenido hijos tras nueve años de matrimonio, pero era preciso aceptarlo.

-También es muy dura con Charlie –prosiguió Marianne tras pensar en los hijos que nunca tendría y en la preciosa niña con la que había hablado esa noche.

-¿Quién?

Robert había apartado de su mente a los Swan. Había tenido un día duro en la oficina y ya estaba pensando en el siguiente.

- Renée –Marianne le devolvió al presente y Robert asintió-. Cada vez que Charlie bailaba con la acompañante del príncipe Orlovsky, Renée le miraba como si quisiera matarlo.

Robert Marks sonrió.

-¿Y supongo que a ti no te habría importado que yo hubiese bailado con ella? –enarcó una ceja y su mujer sonrió-. Esa mujer iba casi desnuda.

La chica inglesa llevaba un vestido de raso beige que se le pegaba a la piel y no dejaba nada para la imaginación. Tenía un cuerpo espectacular y era evidente que Charlie Swan la había encontrad muy atractiva ¿Y quién no?

-Supongo que la reacción de Renée es comprensible –reconoció Marianne. Luego mirando inocentemente a su marido con sus grandes ojos chocolates, preguntó-. ¿Te parecía bonita?

Robert sabía que era preferible no decir la verdad.

-¡No pienso picar, señorita! La chica esa me pareció un petardo y una auténtica arpía, y no entiendo cómo se atrevió a llevar ese vestido con semejante cuerpo. No me explico qué le ve Orlobvsky.

Ambos se echaron a reír. Sabían que la muchacha inglesa era despampanante y atrevida, pero a Robert Marks no le interesaban las demás mujeres. Sólo tenía ojos para su preciosa esposa y no le importaba que no pudiera tener hijos. La adoraba. Y lo único que deseaba ahora era llevarla al dormitorio. Le traía sin cuidado la nueva amante de Orlovsky.

Pero no a Charlie Swan, que se hallaba en su cuarto enfrascado en una conversación parecida pero mucho más acalorada.

-¿Por qué no la desnudaste directamente? –espetó Renée.

Charlie había bailado varias veces con la polémica inglesita del vestido de raso ajustado, y ni Renée ni Orlovsky habían pasado por alto sus carantoñas.

-Maldita sea, Renée, sólo pretendía ser educado. La chica había bebido mucho y no sabía lo que hacía.

-¿No me digas? Y ahora me dirás que fue pura casualidad que la estuvieras besando y que el tirante del vestido se le cayera dejándole el pecho al descubierto.

-No la estaba besando y lo sabes muy bien. Sólo estábamos bailando.

-Prácticamente le estabas haciendo el amor en medio del salón. Me has humillado delante de nuestros amigos.

Y en opinión de Renée, debía ser castigado.

-Si tuvieras más ganas de acostarte conmigo, Renée, a lo mejor no necesitaría bailar así con una extraña.

Pero Charlie ya no deseaba a Renée. ¿Cómo podía desearla después de lo que le había visto hacer a Isabella? Estaban hablando a gritos, pero por una vez la niña se hallaba en su cuarto profundamente dormida y no podía oírles. El último invitado se había ido a las dos de la madrugada y eran cerca de las tres. Llevaban discutiendo casi una hora y cada vez estaban más alterados.

-Me das asco –espetó Renée.

Lo cierto era que a Charlie le habría encantado robarle la chica a Vladimir Orlovsky, y aún estaba a tiempo de hacerlo. Sus sentimientos por Renée y su deseo de serle fiel habían muerto hacía años. Teniendo en cuenta la crueldad que empleaba con su hija y lo fría que era con él, se lo merecía.

-¡Eres un cabrón y ella una zorra! –aulló Renée, deseosa de humillar a su marido. Pero ya no podía. A Charlie ya no le importaba lo que su esposa pensara o dijera. La detestaba, y ella lo sabía.

-Y tú, Renée, eres una bruja. Ya no es ningún secreto. Todo el mundo lo sabe. Ni un solo hombre de esta ciudad querría estar contigo.

Esta vez Renée no respondió con palabras, sino que abofeteó a su marido con la misma fuerza.

-No desperdicies tus energías, cariño, yo no soy Isabella –dijo Charlie y le asestó un empujón.

Renée cayó al suelo y derribó una silla. Todavía estaba levantándose cuando Charlie salió de la habitación dando un portazo. No miró atrás, le daba igual, y por un instante deseó haber hecho daño a su mujer. Se lo merecía, por todo el dolor que le había causado a él y a su pequeña. No sabía adónde ir, pero tampoco le importaba. A esas horas la inglesa ya estaría en la cama con Orlovsky, así que no podía recurrir a ella. pero había muchas otras mujeres jóvenes a las que llamaba de vez en cuando, profesionales, esposas hastiadas que siempre se alegraban de poder pasar una tarde con él, e ilusas solteras que esperaban que Charlie dejara algún día a Renée y que no daban tanta importancia a su ingestión de alcohol. Eran muchas las mujeres que deseaban acostarse con Charlie y él se aprovechaba de ello. Nunca dejaba escapar la oportunidad de engañar a Renée. ¿Por qué iba a hacerlo?

Salió de la casa y detuvo un taxi. Renée se acercó a la ventana calzando un solo zapato y le vio marchar. No había tristeza en sus ojos, ni arrepentimiento por lo que había dicho o hecho. Sólo había rabia y odio. Se había lastimado el labio al caer y estaba furiosa con Charlie. Tan furiosa que tenía que descargar su rabia de algún modo y únicamente existía un lugar donde hacerlo. Con la mirada encendida, se quitó el zapato, lo arrojó contra la pared y salió descalza al pasillo. Todo lo que sentía por Charlie aparecía reflejado en sus ojos cuando llegó a la puerta que tan bien conocía, y lo único que sabía cuando se adentró en la oscuridad del cuarto era que quería hacerle daño.

Encendió la luz para poder ver lo que hacía y tiró de las sábanas de la camita. No le desanimó el hecho de que pareciera vacía. Renée sabía que estaba allí, escondida, tan maligna y repulsiva como su padre, y la odió con toda su alma cuando dejó al descubierto su cuerpecito rosa hecho un ovillo a los pies de la cama, abrazado a su muñeca (la estúpida muñeca que su abuela le había regalado y que no soltaba ni un momento). Cegada por la ira, agarró a Meredith y empezó a golpearla contra la pared hasta arrancarle la cabeza. En ese momento Isabella despertó.

-¡No, mami, Meredith no…! No, mami, por favor… -lloraba mientras su madre destrozaba la muñeca que tanto quería.

Renée se volvió enfurecida hacia su hija y empezó a pegarle.

-Es una muñeca ridícula y tú eres una mocosa malvada… Pediste a Marianne que viniera a verte, ¿no es cierto? ¿Qué le contaste? ¿Le lloraste mucho? ¿le hablaste de esto? ¿Le dijiste que te lo mereces, que eres una zorra del demonio, que eres una puta y que papá y yo te odiamos porque no haces más que darnos problemas? ¿le dijiste que tenemos que castigarte porque te portas muy mal con nosotros? ¿Se lo dijiste? ¡Contesta!

Pero Isabella ya no podía responder. Su llanto había quedado ahogado por los gritos de su madre mientras la pegaba una y otra vez, primero con la muñeca y luego con los puños. Le golpeó el pecho, el cuerpo, las costillas. La agarró del pelo y le levantó la cabeza para abofetearla hasta que Isabella ya no pudo respirar. Los golpes eran continuos y brutales. Todo el odio que Renée sentía por Charlie, por lo mucho que la había humillado esa noche, se concentró en Isabella que ignoraba qué había hecho para recibir esa paliza, aunque sabía que una parte de ella era tan mala que merecía el odio de su madre.

Isabella estaba casi inconsciente cuando su madre salió del cuarto. Había sangre en la cama, y cada vez que intentaba respirar sentía una cuchillada en su interior. Ni ella ni su madre lo sabían, pero tenía dos costillas rotas. Isabella casi no podía respirar ni podía moverse y tenía unas ganas tremendas de orinar, pero sabía que si lo hacía en la cama su madre la mataría de verdad. Los restos de su muñeca habían desaparecido. Su madre los había tirado a la basura tras dejar el cuarto exhausta y saciada. Su rabia contra Charlie había disminuido. Renée había alimentado al monstruo que llevaba dentro, un monstruo que en lugar de a su marido había devorado a Isabella para luego escupir los restos. La pequeña tenía sangre incrustada en el pelo y las lesiones sufridas eran las peores hasta la fecha. Era la primera vez que su madre le rompía un hueso y ella sabía que no sería la última.

Permaneció tumbada en la cama sin poder llorar. Dolía demasiado. Estaba helada y el cuerpo le temblaba. Tenía los labios inflamados, le dolían la cabeza y cada centímetro de su ser, pero lo peor era el dolor que le desgarraba por dentro cada vez que intentaba respirar. Pensó que podría morir esa noche y rezó para que así fuera. Ya no tenía nada por lo que vivir. Su muñeca había muerto. Y sabía que un día seguiría sus pasos. Tarde o temprano su madre la mataría.

Demasiado cansada para quitarse la ropa, Renée durmió esa noche vestida mientras Isabella yacía esperando a que el ángel de la muerte fuese a buscarla. Trató de pensar en Marianne y en los momentos que había compartido con ella esa noche, pero no podía pensar en nada. El cuerpo le dolía demasiado, era algo apenas soportable. Y mientras yacía en su cama, su padre yacía en los brazos de una bonita prostituta italiana del Lower East Side. Tanto Isabella como Renée ignoraban su paradero, pero a ninguna de las dos les importaba ya. Renée se dijo que le traía sin cuidado dónde estuviese Charlie y le deseó el infierno. Isabella sabía que, estuviera donde estuviese, nunca la salvaría. Estaba sola en el mundo, sin salvadores, sin amigos, sin su muñeca. No tenía nada. Paralizada por el dolor, finalmente se orinó encima y supo que su madre la mataría cuando lo descubriera. Se imaginó su propio final, el dolor que le causaría, o quizá no le dolería en absoluto…y mientras daba la bienvenida a la muerte, se sumergió lentamente en una oscuridad profunda.

Segundo capitulo de esta nueva adaptación. Espero les guste. Mil gracias Diana por tus comentarios.