Bueno, para que no haya problemas: decir que personajes, lugares/emplazamientos , la idea de la historia original, etc etc pertenecen a J. y el uso corporativo de sus personajes a esta historia va sin ningún ánimo de lucro.
Tan solo hay un personaje salido de mi imaginación, y que me pertenece en toda su totalidad :P Lydia .
A los que se están leyendo la historia.... Gracias, de verdad, significa mucho para mí. Agradecería reviews ya sean para bien o para mal, serian opiniones igual de válidas.
Saludooos.
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Habían pasado ya dos meses desde el primer día de clase. Ya habían realizado algunos exámenes y habían echo dos visitas a Hogsmeade. Todo era estupendo, aunque Harry lloraba algunas noches por la muerte de Sirius, aun así su visión de la vida había mejorado notablemente. Se había cruzado varias veces con el profesor Snape, y no habían podido evitar que salieran chispas de amos pares de ojos, pero tuvieron que evitar enfrentamientos.
Harry aun no había olvidado su ataque, y al parecer Snape tampoco. Tenía muy claro que en cuanto tuviera una oportunidad se vengaría de el, pero no, no se la daría tan fácilmente. Harry seguía dispuesto a matar a todo a aquel mortífago que se cruzara en su camino, Snape no iba a ser menos, habiendo matado a Dumbledore; la única arma que tenían contra el lord. Harry sabía del lado oscuro de Snape desde hacía mucho tiempo, pero no había podido actuar. Había visto su marca en el antebrazo izquierdo, le había visto gimotear de dolor, para él, la cacería solo acababa de comenzar.
Por suerte contaba con una mano amiga; Remus Lupin era de nuevo profesor de defensa contra las artes oscuras y amigo leal, como lo era de Sirius. Harry iba todas las noches a su despacho para contarle sus planes, sus sentimientos y sus temores.
La Orden del Fénix todavía seguía en pie, solo habían matado a un miembro, el mayor y el mas importante, pero aun quedaba el resto, todos dispuestos a luchar.
Remus estaba informado de lo de Snape, pero advirtió a Harry de que se andase con cuidado con el, ya que no había pruebas suficientes para tacharle de mortífago, aunque Harry lo vio con sus propios ojos. No entendía como había tenido la osadía de volver a pisar este colegio, y sabía que con el aquí, nadie estaba a salvo.
A Remus también le preocupaba bastante ese aspecto, pero sostenía que había que ser prudentes y esperar a tener oportunidades y pruebas suficientes, a lo mejor con un poco de suerte le encerraban en Azkaban.
Harry tuvo que conformarse con eso. Pasaba muchos de sus ratos libres haciendo planes y estrategias para la Orden, y eso le daba fuerzas.
Ese día la mañana empezó dura para Harry.
Había tenido una pesadilla con Sirius y Lord Voldemort que le pareció tremendamente real. Cuando se despertó estaba sudando y tenía mantas y sabanas tiradas por el suelo, arremolinadas y desperdigadas.
Se incorporó y miró a su alrededor, no había nadie en el dormitorio, pero las camas estaban aún sin hacer.
Miró el reloj de muñeca y vio que llegaba tarde a clases así que se apresuró a vestirse, se mojó la cara y el pelo, y salió disparado de su sala común.
"Joder con Ron… podría haberme despertado" pensó molesto mientras corría hacia las mazmorras.
Llegaría tarde a clase de pociones con Snape, ¿acaso nadie lo había pensado?
Consiguió llegar en tan solo 5 minutos pero llegaba demasiado tarde como para que Snape lo dejara pasar.
Con la respiración entrecortada y aún jadeando llamó a la puerta y entró.
Notó que el profesor Snape se quedaba callado y le dirigía rayos con la mirada, fue a sentarse al lado de Hermione, pero al pasar al lado de Malfoy escuchó unas risitas y se dio la vuelta, viendo como Draco, Pansy y Zabini le decían algo a Lydia que era la única que no se reía del grupo.
-Llegas tarde, Potter… -Severus estaba molesto – Y para no ser menos, as interrumpido mi clase. 50 puntos menos para tu casa, y no quiero quejas de ningún tipo.
-Pero…
-He dicho que no quiero quejas.
Severus continuó escribiendo en la pizarra, dándole la espalda a la clase.
Harry, indignado, miró a Hermione hecho una furia. La chica, al igual que el resto de los de su casa, también estaban indignados. De pronto un murmullo entre los Gryffindor comenzó a llenar la clase.
El profesor les dirigió una mirada de odio para que se callasen, pero en lugar de eso los murmullos crecieron más y más.
-No quiero escuchar mas murmullos en mi clase – dijo Severus dejando la tiza de mala manera en la mesa.
-Profesor Snape- de pronto Lydia levantó la mano, en señal de que quería hablar. Harry la miró, al igual que el profesor Snape.
-No me parece justo que haga eso –todos los murmullos cesaron y todos los pares de ojos que había en la clase se dirigieron hacia ella.
-¿Perdón? ¿Cómo dice, señorita Luxure? –Severus no daba crédito a lo que oía, al igual que todos los alumnos de Slytherin que la miraba como si estuviera demente.
-Pues que no me parece justo, Blaise Zabini también ha llegado tarde y ni siquiera ha tenido que interrumpir la clase para decirle nada. –
El aludido hizo una mueca. Ni Harry ni el resto podrían haberse imaginado alguna vez esta escena. Una Slytherin defendiendo a un Gryffindor. El corazón de Harry bombeaba tan fuerte que parecía que en cualquier momento se le saldría, no cabía en sí de felicidad.
-El señor Potter – continuó diciendo Severus – ha llegado mucho mas tarde que el señor Zabini, cosa que no es de su incumbencia, al igual que lo que yo haga o deje de hacer en mi clase. Y si quiere saber lo que es realmente una injusticia, se lo haré saber. Queda castigada de momento para hoy. Hablaremos de eso después de la clase.
La chica bajó la cabeza, apenada. Harry en ese momento se sintió culpable. Le había defendido pero había salido perjudicada. Aún así le agradeció todo con la mirada y obtuvo de la chica una sonrisa y un guiño, eso le hizo estar mas tranquilo.
Ni siquiera sus propios amigos hubieran dado la cara por el como lo había echo ella.
El profesor Snape se había cabreado tanto que se negó en rotundo a seguir explicando, así que mandó una desmesurada tarea y se puso a leer un libro mientras los alumnos rasgaban la pluma en el papel.
Y así transcurrió la clase, hasta que sonó el timbre y todos se marcharon, menos Lydia, que se quedó sentada en la mesa.
El profesor Snape dejó con un ruido sordo el libro encima de la mesa y se levantó hacia la muchacha.
-Y bien…- dijo- ¿Qué es lo que le molesta de mis clases? ¿Acaso no me he portado lo suficientemente bien con usted?
Snape comenzaba a elevar el tono de voz.
-Aprenda a mantener la boca cerrada. Esta vida está llena de injusticias, de usted depende si quiere seguir saliendo perjudicada o no.
-Bueno, yo lo siento mucho, pero me parecía que era lo que tenía que hacer.
-Nadie va ha tener en cuenta sus actos de gratitud, que quede claro que usted no ha venido aquí a hacerse la heroína, y no voy a consentir que alguien de mi propia casa haga la estupidez que ha hecho usted antes.
-Muy bien.- Lydia mantuvo la compostura, dijera lo que dijera Snape, en su conciencia estaba la buena acción, y se sentía bien.
-¿Comprendes entonces que ha sido una estupidez? –Severus la miraba con severidad.
-Comprendo.
-No tendrás inconveniente entonces en… limpiar unos cuantos calderos esta noche, ¿cierto? Como prueba de que no se va a repetir.
-¿Eso es un castigo?
-Lo es…
Severus volvió a sentarse en su silla y a coger su libro.
-Interpretaré su silencio como que está de acuerdo. Muy bien, la espero en mi despacho esta noche a las nueve. Puede irse.
Lydia recogió sus cosas y salió a toda prisa del aula, cerrando la puerta al salir con un portazo. Realmente si era injusto y no podía evitar pensar que algo de razón si que tenía al decir que era una estupidez dar la cara por cada injusticia que haya. ¿Acaso alguien había dado la cara por ella?
A la hora de comer apenas probó bocado alguno, y Malfoy había optado por pasar de ella, sin siquiera mirarla. Lydia se sintió ofendida, y se lo hizo saber.
-Malfoy, ¿te ocurre algo? –dijo.
-No, es solo que no me gusta la gente que defiende a Potter.
-Entiendo. –la chica estaba realmente molesta, sus ojos grises se volvieron
fríos – entonces quizá tenga que mandarte a la mierda a ti también.
Malfoy la miró con desprecio. Lydia no fue menos y le dirigió su mejor mirada ofensiva. La chica se puso a cenar rápido para no llegar tarde al castigo impuesto por Snape. Cada vez se sentía más furiosa con todo el mundo, definitivamente, no estaba siendo un gran día para ella. Cuando hubo terminado se despidió y no obtuvo respuesta de nadie.
Desconcertada, salió del Gran Comedor como una exhalación, dirección a las mazmorras. No se encontraba de un humor especial para poder soportar los comentarios ofensivos del profesor Snape, así que temió por otro castigo.
Cuando llegó a la puerta, llamó tres veces y esperó.
-Adelante… - la voz de Snape sonó amortiguada detrás de la puerta.
La chica entró con cara de pocos amigos. Vio que Snape estaba corrigiendo los trabajos mandados anteriormente en la clase, y que tenía el suyo en la mano. Se acercó y se sentó enfrente del escritorio. Snape miraba atentamente el trabajo, y después de unos interminables minutos, dibujó algo rápido en el pergamino y lo dejó en la mesa. La chica no pudo evitar mirar de reojo el garabato rojo que había puesto y su mirada se encendió de rabia.
-¿¡Un cero ¡? ¿Por qué un cero? Si el trabajo está bi…
-¿Desde cuándo es usted la que decide que nota merece un trabajo? Aquí soy yo el profesor, señorita Luxure… Y le advierto que no está en disposición de provocarme más.
Lydia agachó la cabeza, intentando contenerse. Pensó que nunca había estado tan furiosa.
-Bueno…-Snape se levantó de su asiento y se dirigió al aula, donde le esperaban un montón de calderos cubiertos de porquería y pociones resecas de hacía ya tiempo.
-Espero que tenga suficiente por hoy, no me gusta ver alumnos a estas horas. Ah, y sin magia. La estaré vigilando.
Haciendo caso omiso Lydia cogió el trapo y el limpiacalderos y comenzó a limpiar, contra antes terminara antes saldría de esa pesadilla.
Le resultaba difícil concentrarse en lo que hacía, ya que el profesor Snape no paraba de ir de un lado para otro, mirando cada uno de sus movimientos con gran atención, y eso la incomodaba muchísimo. Empezó a limpiar los calderos bruscamente cuando de pronto Snape se encontraba a su espalda y había agarrado su mano, con fuerza. Oyó su voz en su nuca.
-Limpia los calderos con más cuidado, las cosas mal hechas te pueden llevar a otra magnifica noche aquí.
-No se preocupe, lo haré lo mejor posible- dijo intentando aparentar una sonrisa.
Dicho esto Snape soltó su mano y volvió a caminar de un lado para otro.
Lydia resopló y siguió limpiando. Todo aquello le parecía tan absurdo… ¿Qué había hecho mal? Tan solo había querido ser agradable y de repente estaba ahí… limpiando calderos.
Vio como el profesor Snape volvía a su mesa de trabajo y seguía corrigiendo, toqueteando pergaminos aquí y allá.
Una hora… Dos…
Los minutos se hacían realmente insoportables y los calderos no parecían acabarse ni quedar limpios del todo. Llevaba horas de pie, moviendo los brazos, se sentía cansada y mareada a causa del fuerte olor que emanaba de los calderos. Un calor extraño le había empezado a invadir y sintió que sus parpados ya no podían sostenerse solos. Sus piernas no querían sostenerla y de pronto cayó al suelo sin poder evitarlo.
Al oír el ruido el profesor Snape se levantó rápidamente de su silla, y vio a la chica en el suelo, con la cabeza entre sus piernas, sin moverse. Arqueó una ceja y habló.
-Señorita Luxure, ¿se puede saber qué hace?- el profesor se acercó más a ella.
-Lydia, que…
Al ver que no contestaba, levantó su cabeza. La chica estaba pálida y sus pupilas tremendamente dilatadas, apenas respiraba y luchaba por responder. Snape dio un resoplido y la cogió en brazos. Se dirigió lo más rápido que pudo hacia la enfermería y al pasar varios alumnos se quedaron mirando, preocupados.
-¿Qué le ha pasado a Lydia? – preguntó una chica de Ravenclaw.
Snape hizo caso omiso y siguió andando. La chica empezaba a pesarle en sus brazos. Echó un vistazo a su rostro, cada vez estaba más pálida y tenía los ojos cerrados. Caminando con ella en sus brazos le vino un aroma que le quitó el aliento unos segundos y un minuto después estaba en la enfermería.
-¡Oh, por Merlín! ¿Qué le ha pasado a esta chica? –Madame Pomfrey había acudido rápidamente en su ayuda.
-Buena pregunta- respondió Snape, intentando recobrar el aliento – estaba limpiando calderos y de pronto cayó al suelo.
-¿Así? ¿Sin más? – Pomfrey examinó a la chica minuciosamente, mientras le hacía preguntas a Snape.
-Esto parece cosa de alguna alergia… - Severus miró a Lydia. – ¿Limpiando calderos has dicho? – Severus asintió – Debe de ser esa la razón. – ¿Puede incorporarla un segundo mientras le saco sangre?
Severus hizo lo que decía la mujer. Vio como introducía una aguja en el brazo de Lydia y como salía la sangre. Le recorrió un escalofrío.
-Bien… Ya puede dejarla tumbada de nuevo. Me llevará toda la noche examinarla.
-¿Me necesita para algo más?
Pomfrey miró a Lydia, que empezaba a recuperarse poco a poco y abría los ojos, confusa.
-En teoría no… Pero esta chica va a tener que pasarse aquí unos días, quédese un rato con ella y…
-Usted delira, tengo cosas que hacer. No puedo quedarme con ella, ¿desde cuándo son los profesores los que se quedan con los alumnos cuando están enfermos? ¿Tengo cara de niñera acaso?
El profesor Snape miraba con desprecio a la mujer que tenía delante, notablemente más bajita que el. Estaba empezando a perder la paciencia.
-Solo era una sugerencia.
El profesor Snape no esperó a más explicaciones, y antes de que le pudieran retener se marchó como una exhalación.
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El día siguiente no se presentó mucho mejor para nadie. Harry se sentía tremendamente culpable con el incidente anterior, y no había encontrado a Lydia en todo el día para poder disculparse. Severus Snape estuvo de un especial mal humor ese día, y se había cancelado el entrenamiento de Quidithc.
Al medio día, se enteró gracias a Luna de que Lydia estaba en la enfermería, así que decidió hacerle una visita y de paso disculparse.
Cuando llegó miró a la joven, que al contrario de lo que había pensado, estaba sola, sin ningún grupo de admiradores rodeando su cama, sin ningún ramo de flores en su mesilla.
-Hola Lydia, ¿cómo te encuentras? – Harry la miró, y sintió pena. Su rostro estaba un poco demacrado, tenía ojeras y los labios cortados… Aun así, a Harry le seguía pareciendo un ángel.
-Pues mejor que ayer, muchas gracias por preguntar – la chica esbozó una ligera sonrisa, y Harry sentía que se le debía caer la cara de vergüenza.
-Oye… Lydia, te agradezco mucho que dieras la cara por mí, nadie lo habría hecho, muchísimas gracias.
-No hay de que – la chica desvió la mirada al cristal de la ventana.
-Espero que Snape no te lo hiciera pasar muy mal…
-Bueno, en realidad por el estoy aquí. – sin quererlo, su voz sonó indiferente, borde.
-Lo siento mucho, de veras.
Harry le dejó un ramo de flores en la mesilla, que Lydia apenas se molestó en mirar. Se sintió dolido y apenado, y se marchó. En realidad no la culpaba, ni le asombraba su reacción, el tampoco le devolvió el favor, y había salido impune.
Al salir de la enfermería se encontró de lleno con Draco Malfoy. Harry estaba tan abrumado, que no encontró ni siquiera fuerzas para contestar al comentario que le dirigió al pasar a su lado. Simplemente anduvo, y se dejó tragar por la multitud…
Severus Snape hoy no había acudido a comer. Los dolores y el tremendo malestar volvieron atenazando todos sus músculos. Pasó el día reflexionando… pensando en la dificultosa situación en la que se encontraba desde hacía días. Harry Potter había sentido su marca y sabía que no descansaría hasta vengarse de todo aquel mortifago que encontrase por su camino.
Salió ya entrada la noche hacia los terrenos del castillo, pensó que el aire fresco no le sentaría mal.
Hacía frío, aunque no corría nada de viento. Anduvo largo rato hasta que le pareció ver, sentada en un banco, una figura. Se acercó sigilosamente para ver quién era.
Draco Malfoy estaba sentado, mirando las estrellas, sin percatarse de la presencia de su profesor de pociones, absorto...
-Malfoy.
El aludido dio un respingo y se dio la vuelta para ver quién había hablado, y había interrumpido su tranquilidad.
-Malfoy, ¿qué haces aquí a estas horas? Sabes que si te pillan...
-Me da igual, profesor.
-No seas idiota, no quiero represalias contra mí si te ven aquí... no para Slytherin.
El chico no parecía escucharle, ni que le importaran nada las palabras de Severus. Tenía la manga de la túnica remangada y en su brazo, a la luz de la luna, brillaba la marca tenebrosa.
Severus dio cuenta de ello y le agarró fuertemente del hombro, en tono amenazante.
-No hagas estupideces ahora, Malfoy... o las pagarás caro. ¡Vuelve a tu sala común!
El chico soltó un bufido de protesta, pero obedeció y se marchó sin decir nada.
Severus respiró hondo cuando se hubo marchado. Se sentó en el banco en el que un instante antes había estado el rubio. Y ahí se quedó largo rato, toda la noche, pensando...
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-¡¡Harry!!
Hermione había aparecido de pronto en su habitación, sin saber cómo ni por qué, despertándole de un sueño maravilloso.
-Her...mmmm....
-¡¡Harry!! ¡Harry, levantate!
Harry ni siquiera reparó en que se encontraba solo en la habitación de la torre.
-Harry, Lydia quiere hablar contigo.
Se despertó del todo. Las palabras de Hermione fueron como una bofetada. Se incorporó y se sentó en la cama, cogiendo las gafas.
-¿Te lo ha dicho ella?
-Sí, está esperando fuera, Harry, y no te preocupes... parece contenta.
Se levantó rápidamente, se vistió y salió como una exhalación. Y allí estaba, esperando.
-Hola Harry.
-Hola Lydia... ¿Cómo estás?- su voz sonaba nerviosa. Temía que le reprochara algo más.
-Mucho mejor, gracias.
Aun así, la chica le hablaba radiante, con una sonrisa.
-
Quiero pedirte perdón -dijo- el otro día estuve muy borde contigo, lo siento, no tuve un buen día.
-Ah... No te preocupes, lo entendí perfectamente.
Lydia sonrió y se marchó. Era consciente de que se había comportado muy borde, pero la situación que había vivido con Snape, días atrás, le había cambiado el humor radicalmente.
Empezó a pensar que verdaderamente, había personas que como Severus Snape, eran así por suma naturaleza y no sentían ningún remordimiento al respecto.
Cuando llegó a la sala común de Slytherin, vio a Draco junto con Blaise y Pansy hablando en uno de los sofás de la estancia. Se acercó resueltamente hasta ellos, que al verla alzaron la mirada hacia arriba, y callaron inmediatamente.
-ah.. eh.. hola Lydia! ¿Ya estás recuperada? –preguntó Blaise.
-Sí-dijo la chica, no pudiendo esconder que se había percatado que estaban hablando de ella.
Draco al parecer, se dio cuenta de ello.
-Vamos, no te quedes con esa cara… claro que estábamos hablando de ti, de tu odiosa manía de defender a los Griffindors.
-Si… no sabía por qué, pero me lo estaba imaginando
-Claro… ¿qué esperabas?, ¿Qué a pesar de todo te recibamos como una heroína?-Draco estaba realmente ofendido con su acto.
-Bueno…- Lydia empezaba a estar molesta con la actitud de Malfoy- Ya tengo más que visto y comprobado que aquí no puedo salir en defensa de NADIE.
Y dicho esto, se marchó hacia su habitación.
Estaba empezando a hartarse en especial de Draco, que no paraba de reprocharle que defendiera causas que a ella le parecían realmente justas. Aún así, debía reconocer que algo de razón tenía, ya que todas las veces que había intentado defender a alguien había salido perdiendo.
Severus Snape, el profesor más odiado, estaba empezando a ser odiado por una alumna más.
Estaba cansada, necesitaba dormir en su propia cama, así que no esperó si quiera a quitarse la ropa, y se durmió sin más.
En otro lado del colegio, Severus no hacía más que pasear por su despacho, con los brazos cruzados, la angustia en el rostro y la desesperación saliendo por cada poro de su cuerpo. Dumbledore estaba a su lado, sentado en un sillón rojo, con las yemas de los dedos enlazadas a sus gafas de media luna y la determinación en sus ojos.
-Severus… Vas a tener que ponerle fin a esto. Yo no lo toleraré más.
La voz de Dumbledore sonaba tan serena, que a Severus se le erizaba el bello del cuerpo. El fantasma de Dumbledore le aterraba más que cuando estaña vivo.
-No voy a seguir consintiéndote que te encuentres con ellos, que sigas acatando sus órdenes, y a la vez las mías. Vas a tener que elegir de bando, y créeme cuando te digo… que si eliges mal, mi mano no temblará cuando tenga que acabar contigo.
-¿Eso haces? ¿Solo me das a elegir?
Severus quería aparentar tranquilidad.
-Estamos en guerra, no puedo consentir esto ni un momento más. Tú mejor que nadie sabes que yo soy hombre de oportunidades, pero estamos en una situación en la que tu acción depende de muchas cosas.
Severus no pudo aguantar más la tensión, se derrumbó sobre otro de sus sillones, esperando que su cerebro procesara toda la información. Era tan difícil… sería morir a manos de unos… o de otros.
-Por tu bien espero que esa marca que llevas en tu brazo, no vuelva a brillar jamás.
Y dicho esto, se levantó con porte majestuoso, le echó una rápida mirada de solsallo, y desapareció.
Severus hundió entonces la cabeza en sus manos. Se quitó la túnica a duras penas, la camisa, los pantalones… Se levantó mirándose al espejo. Se palpó las cicatrices que marcaban su torso, vio su cara demacrada por la angustia, y en ese momento… quiso desaparecer.
¿Realmente… esto estaba pasando? Sabía desde hacía tiempo que tarde o temprano Dumbledore le obligaría a elegir, pero nunca pensó que fuera tan difícil, pensaba que lo tenía tan seguro que apenas supondría esfuerzo.
Había aguantado con Voldemort, torturas y más torturas, aspiraba la maldad por cada rincón de su escondite. Pero Lucius tenía razón.
Llevaba el mal en cada ápice de su cuerpo, había elegido una vez con mucha determinación estar ahí, servir al señor oscuro con fervor, para él había sido una vez… un héroe al que estaba dispuesto a seguir hasta el final, pero todo se volvió oscuro, se había convertido en un traidor para ambos bandos, y sus manos estaban manchadas de sangre.
