Derechos de Copia: *llorando* No... No me pertenece LoL, ni Sona, ni Lee... ¡Ni siquiera los poros! *sollozo*

Chapter 3: Incertidumbres.

Noté algo extraño en la muchacha a mi lado, su corazón se aceleró y tensó sus músculos, a la par que el trueno que resonó en el cielo.

- Al parecer Karma y Sona no podrán usar la cápsula hoy, ya sabemos lo que provócan los truenos en la magia Arcana que usan los teletransportadores. Es peligroso. - Escuché decir a Bälle. Quizás Sona estába incómoda por quedarse a dormir en el templo pero... Algo me dijo que era otra cosa...

Persiví como abrazaba su Etwahl, casi con desesperación. Podía oler su miedo. Literalmente. Escuché algo muy bajo, casi imperceptible, salir desde el interior de la Virtuosa de las Cuerdas: un grito. Palidecí, toqué despacio su hombro y le pregunté: ¿Sona, estás bien?

Ella se sobresaltó, y noté como todos en la mesa la acosaban con sus miradas. Olí el liquído salado acoplarse en sus parpados, siendo detenidos con esfuerzo. Me limité a actuar rápido: - No te procupes, yo te muestro el baño...

La tomé de la mano haciendo que se levantara, una vez de pie la solté, para no intranquilizarla más, pero ella se aferró firmemente con una de sus manos, mientras que con la otra sostenía apegado a su pecho, su fiel instrumento. Y practicamente la arrastré fuera de la habitación. Con varias miradas clavadas en la espalda.

¿Habría sido demasiada presión, quizás? Lo dudaba, ella estaba acostumbrada a las miradas curiosas, selectivas e incluso insolentes, que las demás personas le dedicaban.

¿Le habrían incomodado los comentarios un tanto pesados que hacían los demás? Eso quizás. Las palabras, en ocaciones, son más dolorosas que las miradas de reproche. Pero tampoco era muy factible: Sona y su gran personalidad no serían apagadas por habladuría ajena. Aunque tampoco es que yo la conociera tan a fondo, pero, los años traen consigo la sabiduría además de la experiencia. Estaba casi seguro de que era algo diferente lo que la estaba afectando.

- Vamos, ¿estas bien? - Insistí, ahora en el pasillo, fuera del alcance de las miradas curiosas.

- Sí, estoy bien... Todo esta bien... - El murmullo de una voz que parecía estar hablando sola, se instaló en mi cabeza. Haciendo que algo en mi corazón se apretara, ligera y dolorosamente.

Me detuve, y por primera vez toqué su rostro, debía sacarla del extraño estado en el que estaba sumida... - Niña, reaccióna ya. - Le supliqué, ahora yo -sin entender por qué- también asustado.

Hubo un momento de silencio, que me pareció eterno. - ¿Lee, eres tú? - Preguntó, con voz confusa y asustada. - ¿Lee Sin...? - Parpadeó, varias veces, dejándo a las lágrimas salir. Liberó de su fuerte agarre el Etwahl, tocó mi rostro y... Me dió un abrazo.

Quedé completamente paralizado, mientras ella agarraba mi espalda y hundía su rostro en mi pecho. Me perdí en la suavidad de sus manos, y en la calidéz que irradeaba toda ella. Reaccioné sólo cuándo la sentí sacudirse un poco. Estaba sollozando.

Correspondí al abrazo, la apegué a mi. Rodeé con un brazo su cintura, y con el otro me dí el santo lujo de tocar un poco su cabello, teniendo por fin una "imagen" casi completa de ella. ¿Por qué lloraba de esa manera? Me desesperé... Pero la falta de paciencia me había costado caro varias veces ya, así que respiré profundo y la dejé desahogarse con tranquilidad. Desee ver su cabello, que según sabía era celeste, cuyas puntas se sumergían en el dorado. Acaricié más profundamente, un poco frustrado por no poder contemplarla con claridad... Y hundí mi mano en su nuca, toqué con mis dedos las hebras delgadas y dóciles.

Escuché como alguien se dirigía a gran velocidad hacia el pasillo en el que estabamos. Y yo -de manera un tanto egoísta y tal vez sobreprotectora-, sin romper el agarre, la guié unos pocos pasos hacia la izquierda, entrando a una de las grandes mamparas de bambú seco que habían en el primer piso del templo. La muchacha, a quién reconocí como Tethree, había pasado de largo sin perder el ritmo de la caminata.

Sona dejó de sollozar, pero no me soltó. De hecho, se apretó más contra mí, como si temiera soltarme... - Yo... Esto-Amph, Disculpa por la escenita. - Me decía una voz trémula por el reciente llanto, con la cara hundida aún en mi pecho, forzando a terminar el agarre. La detuve.

- No tienes por qué disculparte, Sona. - Le contesté, atrayéndola nuevamente hacia mí. -Pero, por favor dime, ¿qué te ocurre?

Se están tardando mucho... Pensé, mientras acababa mi plato. Y yo había sido la última en terminar.

La mayoría se había retirado a sus aposentos, pues la temperatura empezaba a bajar. Sólo quedabamos yo, Khali, Bälle y un par de monjes (quienes hacían sobremesa mientras tomaban el té), en el comedor del Templo Shojin, al interior más alejado de las islas jonianas. ¿Por qué se tardan tanto...? Reiteré, para mis adentros, un tanto procupada por Sona y otro tanto... (¿Perpleja?, sí, perpleja) por la actitud de repentina de Lee...

Es decir, yo no les quité el ojo de encima desde aquel extraño suceso: la chimenea espiritual en el centro del Templo Shojin, que a su vez -según antiguas leyendas y mitos lugareños- era el centro de Jonia, había sido encendida en menos de una hora. Y quién lo había hecho era nada más y nada menos que la Virtuosa de las Cuerdas, la nueva amiga de Lee Sin. Me pregunté que clase de magia habría usado para lograr esa hazaña en tan poco tiempo... Ni las chispas de fuego reales podían prender fuego allí, también habían provado con magia sencilla (pues crear fuego no suponía mayor dificultad para ningun mago), y hasta con encantamientos de oraciones variadas, o incluso en lengua Arcana, pero nada. Hasta ese día, la única manera que había de prender el fuego de *Dragones Gemelos en aquella chimenea, era meditando y logrando la paz interior, para luego canalizarla, gracias a una concentración absoluta, y así, finalmente, lograr que esta se encendiera.

- Maestra Bälle, la tormenta parece ser más fuerte de lo que las cabañas puedan aguantar sin inundarse. - Escuché decir a Tethree, sacándome de mis pensamientos. - Los lugareños y turistas alojados a los alrededores están teniendo problemas similares...

- Entiendo lo que intentas pedir, muchacha: por supuesto, esto ha pasado un par de veces antes. Diles a todos que las puertas están abiertas para todo aquel que necesite resguardo de la tormenta. - Bälle se puso de pie, los monjes presentes -incluyendo a Khali-, actuaron con rapidéz, saliendo de la habitación. La segunda al mando en el Templo Shojin debía organizar la ayuda y las habitaciones, preparar todo para alojar al gentío afectado por esta inusual tormenta.

- Hija, por favor habisale a Lee Sin, nececitaremos su ayuda. - Me pidió, saliendo ambas del comedor.

- Por supuesto, Bälle. - Conteste de inmediato. - Nos dirigiremos a la puerta norte, para ayudar a los civiles a entrar sin complicaciones.

Me dirigí con rapidéz hacia los baños, los llamé. Nada. Así que simplemente entré... Y no había nadie allí... ¿En dónde se habían metido? Me desesperé un poco: los civiles no tardarían en llegar y... ¿Qué hacían?

Una vez en el pasillo, escuché su voz y me acerqué hacia una de las mamparas. Lee, quien obviamente me escuchó llegar, se volteó hacia mí pero... Sin dejar de abrazar a Sona. Antes de que yo pudiera articular palabra, el Monje habló. - Gracias por habisarme, Karma. Como pensé, la tormenta es muy fuerte y... - Sona me miró: estaba llorando. ¿Por qué lloraba...? La mano de Lee Sin secó con delicadeza sus lágrimas, sin dejar de hablar. Ella puso la misma cara de sorpresa que seguramente yo tenía en ese momento. - ...los civiles necesitarán alojarse aquí.

El Monje Ciego, sin soltar a la muchacha de su sobreprotector agarre, le comunicaba indirectamente lo que ocurría. Sona tomo aire, avergonzada y con angustia de sobra, pero en aquel momento solo penso en una cosa: los civiles que se estaban mojado afuera.

- Entonces, vamos a la puerta norte, debemos ayudar a esas personas. - Dijo una voz segura en la mente de ambos Campeones. Soltó -sin muchas ganas que digamos- a su amigo del extraño abrazo en el que estaban, acarició a su compañero y se dirigió con él al frente, a la salida de la mampara. Dejando a la Iluminada y al Monje Ciego un tanto perplejos por su cambio de actitud.

Sin más dilación, llegaron el trío de jonianos a la entrada del templo. Antes de salir, un trueno insolente hizo a Sona flaquear, sobre salir a la tormenta. Pero su compañero no dejaría que nada la dañara, avanzó antes que ella. La Virtuosa de las Cuerdas sonrió, era tiempo de enfrentar los miedos del pasado, y no había mejor forma de hacerlo que esa: ayudando a otras personas a guarecerse de las inclemencias del clima.

Frente a la entrada estaban solo los Campeones y Khali. Sona no perdió un segundo más en la cobardía y usó Canción de la Celeridad (E). Llegaron notablemente más rápido a la entrada, donde ya habían algunas personas.

Fueron tres largas horas en donde todos los lugareños que necesitaban refugio fueron acogidos sin problemas en el Templo Shojin. Desde familias completas hasta un turista perdido. Lee ayudó cargando algunas pertenencias valiosas y a niños que lo necesitaran, a las personas que iban entrando. Karma dirigía con seguridad el camino hacia el templo, mientras que la Virtuosa de las Cuerdas no se movió de la entrada, usando una y otra vez Canción de la Celeridad, y en algunas ocaciones esporádicas, Aria de la Perseverancia (W), pues algunas personas resultaron heridas en el trayecto, o estaban fatigadas por el peso de las pertenencias, mascotas o niños pequeños que cargaban, intentando protegerlas de la lluvia incesante. Aunque ella y sus compañeron lo hacían con creciente ímpetu: las caras de alivio, los agradecimientos y la fraternidad que recibían los motivaba a no detenerse.

La Virtuosa de las Cuerdas, el Monje Ciego y la Iluminada, irónicamente, fueron los ultimos en entrar. Aliviados, pues ya habían hecho su parte del trabajo: los demás se encargarían de distribuír el centenar de personas en las habitaciones del Templo. Lee Sin se fue junto con el otro monje, seguramente a ponerse algo adecuado al frío. Karma y Sona fueron al comedor, -toalla en mano- para tomar un poco de té verde. Habían muchas personas, algunas estaban realmente en mal estado fisico y emocional: habían perdido algunas de sus cosas, y el frío sin duda alguna, desmoraliza a los humanos -exceptuando, quizá, a los habitantes de Freljord-.

Varios niños pequeños estaban llorando, haciendo casi imposible charlar con fluidéz, sin mencionar las agrias caras que ponían la mayoría de los presentes, ante el ruido. Sona no era la excepción: el lloriqueo de los pequeños le ponía los pelos de punta.

Eran cuatro años y medio sin escuchar llantos de niños. Más recuerdos fluyeron... Tanto buenos como desagradables. Acarició a su Etwahl, y entonces, recordó la magia que ella solía usar cuando los menores en el orfanato, lloraban. Se puso de pie, dejando el vasito de té verde en la mesa, y se acercó al rincón más alejado de la sala, en donde habían un grupo de jóvenes madres, un tanto desesperadas por no poder calmar a sus hijos.

Tocó una nota alta, llamando la atención de los húmedos ojos infantiles. -De acuerdo... ¡Es hora del show! - Sus manos se movieron con rapidéz, simulando el sonido de un tambor haciendo un interludeo.

Varios se voltearon a mirar con curiosidad. La Virtuosa de las Cuerdas hizo honor a su apodo, tocando de manera habilidosa una melodía alegre. Su plan no tardó en funcionar: todos los niños habían parado de llorar... Ahora el problema consistía en mantenerlos ocupados. Dio un giro de manera teatral, haciendo ondear el -ahora libre de coletas- largo cabello celeste -que se enredó en ella-, y fingió una caída. Los niños y hasta algunos adultos rieron, y su Etwahl tocó la fanfarrea "huehuehue".

Se sentó flectando las piernas, como los indios, e hizo un pequeño gesto con la mano, invitando a los niños que no eran parte del rincón, quienes estaban sentados en el comedor, junto con sus familias. Sona hizo el clásico circulo infantil, compuesto por madres con niños en brazos y preadolescentes, todos atentos a su concierto. Procuró no tocar muy fuerte, haciendo de "música de acompañamiento" para los adultos cansados y de "distracción" para los niños conmocionados por la tormenta. Después de un par de segundos de iniciado el "show", la muchacha sintió como alguien se acomodaba a su lado, dispuesta a saludar al nuevo pequeño, se volteó.

- Era de esperarse que armaras jaleo, niña. - Dijo suavemente el Monje Ciego, logrando gastarle una broma al fin. Sona tocó con mayor cuidado, dispuesta a demostrarle que merecía la pena prestarle atención, mientras sonreía de manera traviesa.

El pequeño show, -que parecía más una orquesta sinfónica de una sola persona-, recorrió desde melodías infantiles, dando un salto a la música clásica y hasta finalizar, tal y como ella lo deseó, con una suave canción de cuna. Haciendo que los bebés se durmieran con una pequeña sonrisa en los labios y logrando adormecer a los infantes restantes.

Las madres -y todos los demás, aunque no directamente- le agradecieron, los más jovenes de la sala estaban en paz. Sona observó divertida a Lee, esperando su elogio. - Mmmm... He escuchado mejores... - La muchacha iba a protestar, pero el Monje simplemente le revolvió el cabello.

- Fue impresionante, Sona. Swain no exageró al decir que tocas maravilloso. - La chica lo miró fijamente, dándole las gracias, nuevamente roja como un tomate.

- Deberías cambiarte la ropa mojada. - La Virtuosa de las Cuerdas recordó que estaba húmedo su atuendo. Cayendo en cuenta de que Lee ya se había cambiado de ropa... Un swetar, unas botas negras de tela, pantalones largos...

E-es solo ropa, Sona, cálmate. Pensé para mi misma. Era extraño ver a Lee sin su usual pantalón... Pero el swetear de lana marrón ajustado a su musculoso torso, con un ligero "escote" en V, sumado a las botas de tela, lo hacían ver... ¿Guapo?, Sí, de todas maneras. Pero era otra cosa, aún más fuerte. La palabra "sexy" llegó a mi mente con un sonrojo y una afirmación personal. Lee, se veía jodidamente bien. Y me dí un puñetazo mentalmente por pensar de esa manera.

- ¿Crees que la señora Bälle me pueda prestar un poco de ropa...? - Pregunté, ahora un tanto nerviosa. Él asintió, con su agradable sonrisa aún en los labios.

Me puse de pie y yo y mi compañero nos acercamos a la señora Bälle, dudando si preguntarle o no. Ya había encendido la chimenea sin permiso y comido de su cena, además, se veía un tanto ocupada y...

Lee, que parecía leer mi mente, me dió un ligero empujón. Incitándome a hacerlo, diciéndome que él mismo lo haría, pues estaba temblando de frío. Cosa de la que ni yo misma me había dado cuenta. Torpe, torpe Sona, pensé.

Le toqué el hombro, antes de que se marchara de la habitación, y le pregunté. - ¡Por supuesto, niña! Que Lee Sin te muestre donde cambiarte. - Respondió amable y calurosamente. Le di las gracias, luego él y yo nos fuimos del comedor.

Caminamos en silencio hasta el pasillo donde anteriormente estábamos, y la mampara -en donde yo cometí la idiotéz de llorar como una niña pequeña- ahora se encontraba cerrada. Seguramente se estaba ocupando como un dormitorio provisional.

- Sona... - Empezó a decir Lee, con una voz en la que fácilmente se leía la duda. - ¿Puedo saber por qué llorabas de esa manera?

Me quedé estática -aunque no lo note hasta que él se detuvo-. ¿Debería contarle...? Era algo que ni Lestara sabía, sólo mi Etwahl y yo fuimos testigos de aquella noche. Yo sentía una extraña y fuerte complicidad con Lee, desde que charlamos por primera vez. Pero esto era demasiado... Díficil de recordar si quiera.

- Si no quieres decírmelo no hay...

- No sé si decirlo, Lee Sin... - Lo interrumpí. No quería ocultarle nada. Y menos que él pudiera pensar que yo no quería decírselo... Pero no sabía que es lo que él podría pensar, o si yo me quebraría nuevamente. - Es... Algo horrendo... Temo lo que puedas pensar sí...

- ¿Confías lo suficiente en mí? - Se acercó, tendiéndome la mano. La cogí sin pensarlo un segundo, cálida, reconfortante y segura. Empezó a caminar lentamente, aún volteado hacia mí. - Todo se trata de eso en estos momentos, Sona. Sea lo que sea que puedas decirme, yo no te juzgaré. Y de todos modos yo no tengo el derecho de juzgar a nadie. - Su voz segura además de las palabras directas y sabias me recordaron algo que parecía haber olvidado... - Quizás sea un secreto que no le haz dicho a nadie, o que pocos saben... Pero tengo la sensación de que era algo importante... y doloroso para ti, por eso tuve el atrevimiento de preguntar.

Lee... Lee Sin era un adulto, uno maduro, perceptivo e inteligente. Él era... Un hombre, y bastante sabio por lo demás.

Antes de que yo pudiera procesar sus palabras -y lo que acababa de "recordar"- él me soltó, habíamos llegado. Entramos a una habitación amplia con algunos muebles y un futón en el suelo. - Esta es la habitación de Bälle, busca por favor, en sus cajones algo que te quede bien...

- Gracias... - Me limité a decir, antes brincar hasta la puerta y cerrarla con pestillo, para quitarme con rapidéz la tunica húmeda y muy fría. Suspiré, aliviada.

La dejé en un rincón, para no humedecer nada en la habitación. Caminé hasta el armario, y abrí con delicadeza la puerta. La señora Bälle era de mi estatura, más o menos... Pero nuestras contexturas físicas eran distintas...

Luego de un par de minutos había encontrado una camiseta adecuada, unos pantalones de tela de mi talla y ropa interior inferior, aunque se ajustaba demasiado... El problema era la superior... Suspiré, un tanto avergonzada.

- ¿No hay de tu talla? - Casi me pre-infarté cuando lo escuché hablar. Se había sentado con las piernas cruzadas en un pequeño sofá, desde que llegamos. Había olvidado completamente su don para persivir perfectamente el movimiento y las dimenciones del espacio que lo rodeaba. Mi cara completa ardió.

- No... - Le contesté. Mientras me quitaba las bragas -sí, después de tres horas bajo la lluvia tenía empapado absolutamente todo-, reemplazandolas por las secas. - ¿Alguna sugerencia, por favor? - Lee tenía el semblante serio, quizás me estaba demorando demasiado en vestirme y él se aburría. Apresuré un poco mi ritmo.

- Mmmm... Podrías ponerte algún chaleco sobre la camiseta... - Me contestó.

- ¡Buena idea! Quizás se esconda mi falta de sostén... - Volví al armario, rebuscando con cuidado.

Encontré casi en seguida lo que buscaba. Me puse las calcetas, luego los pantalones, pero hubo un ligero problema con el cierre de mi top azul. Jalé con fuerza, pero nada. Ni un centímetro sedió, el aguacero debió afectarle. Bufé.

- ¿Crees que la señora Bälle tenga tijeras...?

- Lo dudo. ¿Se atascó el cierre?

- Sí...

- Ven aquí.

Y así lo hice... Él parecía estar al tanto de todos mis movimientos, e incluso de los detalles a mi alrededor... Me entristeció un poco que no estuviera ni un poco nervioso, soy una niña a su parecer...

Me hubiese esperanzado un poco si por lo menos se iba de la habitación, pero parecía darle igual. Volví a golpearme en la cara mentalmente por desear que él sintiera lo que yo siento al acercarme a él o al tomar su mano...

Una vez frente a Lee, dudé sobre que debía hacer con exactitud. Él se puso de pie, me tomó la cintura con delicadeza y me volteó con suavidad, luego sentí como quitaba mi cabello de mi espalda, haciéndolo caer sobre mis hombros. Me paralicé completamente. Sus manos estaban tibias, y su cercanía me ponía aún más nerviosa.

- No cede ni un poco, Sona. Pero si te lo dejas puesto, humedecerás la ropa y el 70% de posibilidades que tienes de coger gripe aumentaran a 95%. - Me "reí" un poco. Ahora menos tensa.

- ¿Puedes romperlo, por favor? - Le pedí, él accedió. Contrario a lo que esperé, con delicadeza, tomó los dos bordes del cierre, y razgó lentamente la tela.

- Ya esta. - Concluyó. Alejándose hacia la salida. Sonreí con un poco de amargura y le dí las gracias. Luego me terminé de vestir, muy agradecida y aliviada a la vez. Las telas de las sencillas -y hermosas- vestimentas eran muy cómodas, además de que gracias al nerviosismo y al calor del ambiente mi temperatura había subido un poco.

Salimos rumbo al comedor, charlando amenamente sobre lo que acababa de ocurrir. Eran extrañas las lluvias demasiado fuertes al inicio del invierno.

Y eran aún más raras las tormentas eléctricas.

Lee sintió una punzada cuando la chica le dijo que era algo horrendo. Deseó con más intensidad saber el motivo de aquel tormento. Al parecer, no estaba segura de decirle por temor a la opinión que él se formulara... ¡Como si unas palabras pudieran cambiar la perspectiva que tenía sobre ella!

Al entrar en la habitación de Bälle, él se sentó en el sofá y ella cerró con pestillo. Lee Sin quería comprobar algo que sospechaba, para poder quitar de su cabeza todo pensamiento impropio con respecto a la bella muchacha, que revivía a su "antiguo yo" con su alegre comportamiento.

Sona lo concideraba "inofensivo". Se desnudó con él dentro de la habitación. Lee Sin puso esos veinticinco minutos en su larga lista de castigos para expiar la culpa que aún lo atormenta: se quitó la túnica -que parecía molestarle por su húmedad-, dejando apreciar una cintura diminuta, luego se dirigió a paso relajado hacia el armario, -que se encontraba a la izquierda del sillón- con el cabello suelto, el cual ondeaba con delicadeza, esparciendo el aroma sutil y femenino de Sona, por toda la habitación.

Había encontrado todo menos un brassier, y era de esperarse. La Virtuosa de las Cuerdas se sobresaltó enormemente al escuchar a Lee Sin romper el silencio. El Monje Ciego escuchó como delicadamente las bragas de Sona se deslizaban hasta tocar el suelo. Apretó la mandíbula y el brazo del sofá -soltándolo antes de quebrarlo-. Persivió como ponía las prestadas en su lugar, para luego vestirse con lo restante. Pero antes de quitar el top que protegía sus senos, ambos se dieron cuenta de que no sedía ni un poco el cierre.

- ¿Crees que la señora Bälle tenga tijeras...? - Eso era poco probable, Lee Sin -de manera un tanto masoquista-, le pidió que se acercara, debía ayudarla, aunque ella no se lo hubiera pedido. Solo gracias a los años de meditación logró mantener la serenidad, hablando con naturalidad y actuándo de manera normal.

Hubo un momento en el que tuvo unos deseos imperiosos de tocar un poco más de lo que debía: la chica le pidió de manera casual si podía romper su top. Lo único que -en esos momentos- cubría sus senos. Lee tragó en seco, deleitándose con él mínimo toque de sus dedos en la piel de la muchacha, una vez terminada la tarea se alejó completamente, buscándo la serenidad que estuvo a punto de perder, al estar tan cerca de la chica.

Cuando ambos campeones llegaron al comedor, fueron recibidos con más agradecimientos y miradas curiosas. Tomaron más té, y comieron bocadillos -muy, según Sona, aunque no lo comentó y se comió varios- salados.

Karma estaba en trance. No procesaba aquella amistad espontánea entre ellos. Miraba atónita la comunicación y gesticulación coordinada que ambos sostenían. Parecían saber lo que el otro pensaba o necesitaba -por ejemplo, cuando estaban sentados en la mesa, luego de todo el agetreo, Lee acercó a Sona los bocadillos, mientras esta le pasaba los aderesos que a él le gustaban, ignorándo los que no eran de su preferencia, y todo esto sin ninguna palabra cruzada-.

Luego de unos momentos, había llegado el momento de dormir. Karma, Sona y la señora Bälle dormirían en la habitación de esta última. Lee Sin compartiría la habitación con tres monjes...

Pero algunos no dormirían mucho que digamos, aquella noche.

Espero disfrutáran de la lectura, estimados usuarios y visitantes de fanfiction.

Disculpen la demora, pero en fin...

Nos leemos luego :D

PD: Tirenme tomates, naranjas, poros y todo lo que quieran, pero con AMORSH plz (?)

PD2: Acepto todo tipo de consejos y los agradezco. Es un placer para mi hacer más grata su lectura.

PD3: El fuego de Dragones Gemelos es el símbolo de Jonia...