Capítulo Dos: The sound of you walking away
—Son veinte dólares.
La voz gruesa del conductor del taxi la hizo salir de sus pensamientos. Sin mucha prisa metió la mano en su bolso sacando el dinero necesario para pagarle al hombre, quien tomó los billetes de manera bruta y rápidamente le dio con mala cara el vuelto.
La expresión, ni el tono de voz del conductor la hicieron prestarle mucha atención. Nada le importaba. Nada excepto la casa frente a ella.
En pocos minutos se vio a sí misma fuera del automóvil que al instante rugió para luego arrancar y doblar hacia la esquina más cercana, desapareciendo completamente. Sentía en sus desnudos brazos el calor que los rayos del sol causaban, mientras que la brisa primaveral desordenaba su cabello una y otra vez. Se detuvo allí durante lo que podrían haber sido horas, sin saber bien qué hacer, sólo observando la casa blanca de aspecto viejo del otro lado de la calle. Aquella era la casa en la que se había criado de niña, había vivido allí durante diecinueve años.
Y ahora que estaba ahí, sentía que nada había cambiado con el pasar del tiempo. Flores de fresas plantadas frente a la casa, el llamador de ángeles colgado en la puerta, el pasto verde cortado a la misma medida de siempre. Todo se encontraba igual.
¿Cuánto había pasado desde la última vez que había estado allí? Meses, años tal vez. Honestamente no podía recordar el último momento en que había pisado aquel lugar. Y ahora se sentía aterrada de hacerlo de nuevo. No sabía cómo hacer para que sus piernas comenzaran a moverse para cruzar la calle. Humedeció sus labios y fijó su mirada en un niño que pasaba frente a ella en bicicleta, intentando olvidarse por un instante en dónde se encontraba.
Era una actitud muy cobarde de su parte, lo sabía perfectamente, pero no sabía qué otra cosa podía hacer. Podría quedarse allí, parada como una estúpida sin moverse con tal de no hacer llegar el momento que tanto temía.
Cerró los ojos, incómoda con la potente luz del sol. Era un hermoso día para estar allí. La brisa volvió a jugar con su pelo y su corazón se aceleró ante la expectación.
Había vuelto a San Francisco.
Había vuelto a Charlie.
Todavía no entendía qué le había pasado por la cabeza para tomar tal decisión. Los dedos de las manos le sobrarían si tenía que contar las veces que había viajado para visitar a su padre desde que se había ido de la casa. Amaba a Charlie pero vivir con él no había sido la mejor experiencia de su vida. Él había sido un padre soltero que había tenido que lidiar con una hija sin la ayuda de nadie, y ella comprendía aquello, pero fueron muchas las veces en que deseó desaparecer de allí y jamás volver. Charlie podía ser demasiado sobre protector cuando quería, y ella siempre había sido una persona con un perfil bastante independiente. O, al menos, eso quería creer.
Había sentido la necesidad de volver y lo había hecho. Se suponía que debía ir allí, llamar a la puerta y abrazar a su padre cuando éste le abriera, pero sabía que no podría hacer nunca eso. Ella no era así. Nunca lo había sido.
— ¿Cariño, te encuentras perdida?
Bella giró el rostro al escuchar una fina voz tras ella. Contemplándola extrañadamente se encontraba una anciana con bolsas de compras en sus manos. Las arrugas de su rostro se intensificaron al notar que Bella se había quedado en silencio y las gruesas gafas que adornaban sus ojos se movieron fugazmente al cambiar su expresión por una preocupada.
— ¿Querida, estás bien? — volvió a preguntar con tono intranquilo mientras daba unos lentos pasos hacia ella.
Bella rápidamente colocó una sonrisa falsa en su rostro y dio un paso hacia atrás para alejarse de la señora.
—No se preocupe, estoy bien sólo algo… indecisa — respondió alzando las esquinas de sus labios.
La anciana cabeceó al entender y la volvió a mirar sin antes sonreírle amablemente.
—No hace bien estar bajo el sol a estas horas.
Bella asintió y dirigió su mirada nuevamente hacia la casa frente a ella, escuchando los pausados pasos de la señora alejarse con lentitud.
Estaba llamando la atención y tenía que moverse de allí sino quería que alguien terminara llamando a la policía. Sabía lo que tenía que hacer, pero, simplemente, no quería hacerlo.
Un suspiro escapó de sus labios antes de mover sus piernas y comenzar a caminar hacia la que alguna vez había sido su casa.
¿Y si Charlie no estaba? Después de todo, no había llamado para avisarle sobre su visita y la parte más cobarde de ella deseaba que eso fuera cierto. Sin embargo, la posibilidad de que su padre no se encontrara en la casa era casi imposible. Tenía que tener mucha suerte para que aquello sucediera, y precisamente ella no era una persona a la que se la podía llamar suertuda.
El canto de los pájaros penetró sus oídos. ¿Por qué todo en aquel lugar daba la sensación de felicidad? ¿Por qué todo parecía tan feliz y sencillo? Apretó su bolso contra el costado de la cintura con fuerza, mientras observaba la casa cada vez más cerca de ella.
Que fácil que resultaba la idea de salir corriendo lejos de ahí. Muy fácil para su gusto. Pero ella misma había decidido ir hacia aquel lugar. Tal vez había estado demasiado ocupada pensando en lo que tendría que decirle a Charlie que no se preocupó por pensar en lo que sentiría al llegar allí. Se había olvidado ese detalle.
Estaba nerviosa. ¿Qué se suponía que debía hacer al tenerlo en frente? ¿Qué se suponía que debía decir al verlo? Quería mentirle, deseaba mentirle. Por dios, era su propio padre del que estaba hablando, era Charlie al que le tiraría toda esa basura a la cara como una hipócrita. Seguramente, le sonreiría, le contaría de lo emocionante y genial que era su vida, de lo feliz que se sentía al verlo de nuevo, le hablaría sobre sus planes a futuro y cosas como esas. No se preocuparía en contarle detalles de los que él no se tenía que enterar, ni se preocuparía en lagrimar frente a él.
No se molestaría en serle sincera.
Pintaría su vida de muchos colores, le pondría algo de emoción a sus palabras, quizás una que otra sonrisa también, y luego cambiaría la conversación para que él volcara toda su atención en cualquier cosa emocionante que le haya sucedido en los últimos años. Tomarían un té, comerían un pedazo de pastel de limón cada uno, luego ella lo miraría y le diría cuánto lo había extrañado para luego caminar junto a él hacia la puerta, abrazarlo suavemente y desaparecer en algún camino que la llevara lejos de allí.
Levantó la mirada y ésta chocó con una gruesa puerta marrón. Casi en cámara lenta observó su brazo derecho alzarse y golpear la puerta tres veces con la fuerza suficiente para ser escuchada. Cerró los ojos y pudo escuchar unos pasos acercarse del otro lado de la madera. Sabía que era él, reconocía el sonido de sus pasos al caminar.
No habían pasado seis segundos cuando escuchó la manija de bronce de la puerta moverse hacia un costado, para luego comenzar a abrirse.
Abrió los ojos.
Las idénticas miradas chocolate colisionaron al instante.
OOO
—Y… ¿Cómo has estado?
Había llegado el momento de las preguntas, podía sentir la tensión en el aire. Ahora tendría que comenzar a responder como siempre había hecho. Pero aún así no se sentía cómoda con eso. No quería hablar sobre nada que tuviera que ver con su vida, mas sabía que era inminente que aquello sucediera. Tarde o temprano tendría que abrir la boca y comenzar a largar palabras vacías sólo para mantener en gusto la mente de su padre.
No sentía nada de culpa, ya lo había hecho antes durante las casuales llamadas telefónicas. Nunca había sentido remordimiento por mentirle a Charlie, ¿entonces por qué debía sentirlo ahora, justo ahora? Él no tenía por qué saber sobre sus problemas, él no tenía por qué preocuparse por algo que no necesitaba su preocupación. Charlie debía estar lejos de la línea que unía sus vidas. Debía estar lejos de la realidad.
Inconcientemente sus ojos se posaron en la figura de su padre, quien se encontraba sentado frente a ella en la mesa de la pequeña cocina. Cada uno con una taza de té caliente en sus manos. A simple vista Charlie lucía igual que siempre; podía decir que, como a la casa, los años no le había afectado para nada, pero estaría mintiendo de nuevo.
Él estaba diferente, lo podía ver, incluso sentir. Tenía pequeñas arrugas a los costados de sus ojos y también unas cuantas en su frente. Su cuerpo parecía más delgado, lo notaba mucho en su rostro también. La última vez que lo había visto él había estado más relleno, sus mejillas habían parecido más redondeadas, pero ahora lucía consumido. Sus ojos castaños estaban opacos, casi negros mientras que debajo de ellos se distinguían unas gruesas sombras oscuras. Quizás lo único que seguía en su lugar era su bigote.
Dio un corto sorbo a su té, sintiendo el líquido caliente quemar su garganta a su paso. Necesitaba aquello para poder comenzar a hablar sin interrupciones.
—Como siempre — respondió suavemente, sin dar mucha información. Sus ojos se posaron en Charlie—. ¿Tú?
Él le sonrió y, por alguna razón, aquello movió algo en su interior. No le gustaba ver sonreír a su padre por más raro que parezca. Se sentía incómoda al ver su sonrisa ya que él no era una persona que acostumbraba a sonreír a cada segundo, sólo lo hacía cuando verdaderamente lo sentía.
Tal vez no era la única que había cambiado, después de todo.
—Bien — eso fue lo único que salió de sus labios.
Bella lo contempló y llenó su boca con té caliente, quemándose otra vez pero sin largar quejido alguno.
Su cabeza buscaba algún tema de conversación, mas nada se le ocurría. Era como si el destino quisiera mantener aquel tenso clima entre ellos. Aunque, verdaderamente, no se sorprendía de nada, desde que tenía memoria su relación había sido algo como eso. Muy pocas veces habían sido las que había disfrutado con él.
Y ahora que lo pensaba, comprendía lo débil que había sido el lazo que la unía a Charlie.
Otra cosa más a su lista de errores.
—No esperaba tu visita.
Alzó la mirada para encontrarse con los ojos de su padre.
—Lo siento, no pensé si estarías ocupado — musitó en forma de disculpa, aunque interiormente, había deseado que así fuera.
Charlie negó con la cabeza.
—No tenía nada que hacer — dijo con su voz gruesa—, sólo que me sorprendió verte aquí. La última vez que viniste fue para decirme que te casarías.
Bella sintió como si un balde de agua helada fuera arrogado en su espalda.
Era cierto, ahora que él lo había dicho recordaba ese día, pero no había pensado que ese había sido la última vez que ella lo había visitado. Y hubiese sido mejor jamás recordarlo.
No sabía si reír o llorar. Todo parecía querer terminar en el tema que tanto había tratado de evadir durante días. No quería hablarlo, con nadie y mucho menos con su propio padre. Él era la última persona con quien lo hablaría.
O eso creía.
Dirigió su mirada a su taza de té, esperando que su mirada no la delatara. No quería que él se diera cuenta de lo que sucedía con ella.
—No recordaba aquello — mintió, disfrazando la verdad por ignorancia.
Charlie la contempló sin decir nada, mientras llevaba la taza a su boca. Bella sintió que él quería adentrarse en un tema en especial, y tenía una leve sospecha sobre cuál era aquel. Le sonrió y movió su mirada hacia la ventana que daba al jardín trasero, tratando de no cruzarse con los ojos de su padre.
—Estás más delgada de lo que recuerdo.
Bella observó por última vez el jardín antes de posar su mirada en Charlie.
—Sigo igual que siempre — comentó serenamente mientras se colocaba un mechón de pelo tras la oreja—. Pero tú luces cansado, ¿está todo bien?
Ella notó como el cuerpo de Charlie se tensaba casi indescriptiblemente luego de decirle aquello. Por dentro se preguntó cuánto se había perdido en la vida de su padre, y eso la hizo sentir culpable. ¿Qué clase de hija había sido? Desde que había decidido alejarse de él no había pensado en las consecuencias de su decisión. Había comenzado a vivir en otra parte lejos de su presencia y cuando conoció a Edward la distancia entre ella y su padre se incrementó muchísimo más. Pero ahora que había vuelto a la vida de Charlie, se sentía una completa desconocida. Era como si el tiempo se hubiese encargado de borrar todo rastro de afecto entre ellos.
Su padre se alzó del asiento inesperadamente y se dirigió hacia la alacena. Comenzó a abrir las puertas del mueble como si se encontraba buscando algo y ella notó como sacaba unos platos pequeños de allí.
Dándole la espalda él le habló.
—Está todo bien — respondió sin girarse a verla, y caminando hacia la heladera—. Tú sabes, el trabajo y el estrés a veces me tienen algo sofocado.
Bella observó la espalda de su padre que se movía distraídamente mientras él cortaba un pastel.
En ese instante, ella sintió aquel nudo tan conocido comenzar a formarse en el medio de su garganta, oprimiéndola suavemente. Cerró los ojos, sintiendo como estos se humedecían tras los párpados. Sabía que Charlie no podía verla, él se encontraba concentrado en su tarea, pero aún así rogó a su interior porque no se viniera a bajo frente a él.
Sintió sus manos empezar a temblar levemente, por lo que abandonó la taza de té sobre la mesa y las escondió en su regazo, lejos de la posible mirada de su padre. Volvió a abrir los ojos, y la sensación de picazón y ardor en ellos la hizo inquietar completamente. Poco a poco, el nudo en su garganta comenzó a debilitar su opresión, pero el daño ya había sido hecho.
Lo sabía, no podía explicar cómo, pero lo hacía. Charlie mentía. No le costó mucho esfuerzo notarlo, pero él le mentía. Había algo que no estaba bien y no se lo había dicho, y ella había preferido quedarse callada.
Un mentiroso siempre reconoce a otro mentiroso.
—Debes cuidarte — dijo Bella sin saber de dónde sacó la fuerza para hablar de manera normal.
—Lo sé, he estado pensando en tomarme unas vacaciones. Creo que debo aceptar el peso de la edad.
— ¿Has pensado en algún lugar?
Charlie volteó y caminó de regreso hacia Bella con dos porciones de pastel. Colocó un plato frente a ella y otro en su lado de la mesa mientras volvía a tomar asiento.
—Si, pero no he encontrado ninguno de mi gusto — mencionó distraídamente—. Supongo que disfrutaré de mis vacaciones en ésta casa.
Bella asintió y comenzó a mover el pastel con el tenedor, sin tener mucha hambre y aún con la sensación de ahogo en ella.
— ¿Y Edward cómo se encuentra?
Su mano detuvo su movimiento mientras que sus ojos se estancaron en el pedazo de pastel sin tocar.
Desde que llegó a ese lugar había deseado que esa pregunta jamás saliera de los labios de Charlie. Había deseado nunca escucharla, ni siquiera imaginarla. Pero en algún lugar, muy en las profundidades de su interior, sabía que era inevitable que su padre preguntara aquello. ¿Por qué no lo haría? Ella, ante los ojos de Charlie, aún continuaba casada con Edward, aún seguía siendo su esposa. Y, legalmente, todavía lo estaba. No podía culpar a su padre por preguntar algo que en algún momento pasado hubiese sonado tan común, y que ella sin dudas hubiese respondido fácilmente.
Cada pensamiento se volvió más pesado mientras los segundos continuaban corriendo. Cada sonido se volvió más lejano mientras sus ojos se mantenían perdidos en ese pastel frente a ella. Cada emoción se escondió detrás de invisibles paredes en alguna parte dentro suyo.
Y el deseo de mentir se incrementó violentamente.
Sus labios se movieron solos.
—Supongo que se encuentra bien.
Su voz sonó lejana, vacía y Charlie clavó su mirada chocolate en su hija.
— ¿Supones? — inquirió con desconcierto mal disimulado.
Bella alzó sus ojos y los fijó en los de su padre, preguntándose si aquella era la decisión correcta, preguntándose si valía la pena mover la tierra bajo sus pies otra vez… si importaba sentirse perdida nuevamente. Comenzó a cuestionarse cuántas palabras bastarían para quebrar las barreras que había construido durante las últimas semanas.
Charlie la contempló y en su delgado rostro lentamente comenzó a formarse un ceño, acentuando unas finas arrugas alrededor de la cara. El silencio de su hija sólo lo inquietaba más y algo le decía que había más de lo que él podría saber, e, incluso, intuir.
—Bella qu—
—Edward y yo ya no estamos juntos.
Aquellas palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas o pensarlas. En el instante en que aquella oración retumbó en las paredes celestes de la cocina, todo pareció perder importancia y quedar estancado en su lugar. Todo se sintió más denso y el aire cayó a su alrededor.
Lo había dicho, después de darle tantas vueltas, lo había hecho. No se sentía diferente, no era como si un peso hubiese desaparecido de su espalda. Su interior se sintió igual, notaba el dolor en el mismo lugar en el que había estado desde que todo había comenzado. Tal vez repetirse esas mismas palabras a sí misma no había funcionado para nada.
No sabía cuánto había pasado desde que habló. Ni Charlie ni ella dieron señales de querer agregar algo, los dos se mantenían en sus lugares y sin moverse. Como si no quisieran arruinar el momento. Bella había corrido su mirada de la figura de su padre, no quería ver su expresión ni sus ojos diciéndole te lo dije. Sinceramente no quería saber lo que él pensaba. Aunque la verdad era que ella ya lo sabía, no necesitaba que Charlie lo expresara con palabras porque era indiscutible lo que su silencio hablaba.
Contempló a su alrededor, evitando la mirada de su padre. Registró cada detalle de la cocina, la textura de los muebles y el polvo en alguno de ellos, los adornos en la heladera, una pobre plata muerta en una esquina. Jamás había prestado tanta atención al que había sido su propio hogar como lo hacía ahora.
— ¿De qué hablas? — fue lo primero que escuchó de su padre.
Su voz sonó extraña, como si no pudiera creer lo que ella le había acabado de decir. El sólo tono de voz le dio a Bella un vistazo de lo que vendría.
—Le pedí el divorcio y él accedió.
Por el costado de sus ojos pudo distinguir el rostro petrificado de Charlie.
— ¿Por qué has hecho eso?
Bella contuvo el deseo de sonreír con frialdad. Le sorprendió que fuera de él de donde viniera aquella pregunta, después de todo, la historia de sus padres parecía repetirse en ella aunque con algunas pequeñas diferencias.
¿Por qué Charlie no comenzaba a saltar feliz por la noticia? ¿Por qué no comenzaba a reír contento por haber tenido razón años atrás? ¿Por qué, simplemente, no decía algo?
—Lo nuestro no llevaba a ningún lado… hace tiempo dejó de hacerlo — respondió Bella casi de forma monótona.
Aquello había sonado tan casual, como si fuera un discurso que ya sabía de memoria. Esas eran las palabras que, se suponía, tendrían que salir de su boca cada vez que le preguntasen el por qué de su separación. Pero en parte eso era cierto, lo que le acababa de decir a Charlie era verdad de algún modo. Era la mitad de todas las razones de su decisión.
—Creí que lo amabas.
Ella asintió pausadamente, mientras que las palabras de su padre se cavaban dolorosamente en ella.
—Lo hice — admitió con la mirada estancada en la esquina de la cocina donde se encontraba aquella planta muerta—. Pero las cosas cambian, y tienes que adaptarte a ello.
Hubo un largo silencio luego de aquellas palabras.
Sentía la mirada de su padre clavarse en ella, como si estuviera esperando por más. Como si su respuesta no hubiera sido suficiente. ¿Pero qué más debía agregar? ¿Qué más debía decir para que Charlie detuviera sus preguntas?
— ¿Te engañó?
Bella quiso reír.
Después de todo, la cruel realidad era que ella no sabía la respuesta a aquella pregunta.
¿La habría engañado? ¿Edward habría dormido con otra mujer mientras que su matrimonio se desintegraba lentamente? Era doloroso imaginar a su propio esposo manteniendo relaciones con alguna mujer cuando ella jamás lo hubiera podido traicionar de esa manera. Nunca a pesar de sus problemas.
No quería continuar hablando. No quería seguir escuchando las preguntas que su padre se encargaba de incrustar en su cabeza. Deseaba por un minuto poder poner su mente en blanco y desaparecer de la realidad.
El deseo de cerrar los ojos y olvidar su existencia.
—Detente, por favor — pidió casi con cansancio y sus ojos se movieron hacia los de su padre—. Deja de preguntarme qué sucedió cuando, honestamente, yo continuó preguntándome lo mismo.
Charlie quedó en silencio, pero en su mirada se notaba una tormenta de sentimientos.
—Yo no quiero que te quedes sola — musitó el hombre colocando una mano sobre la de su hija.
—Papá yo no es—
—Escúchame, Bella — Charlie la interrumpió antes de que ella pudiera continuar—. Sabes que en un principio no estaba de acuerdo con tu decisión, eras demasiado joven para saber lo que realmente querías pero yo estaba asustado. Tuve que dejarte ir porque pensé que debías entender como era el mundo, pero olvidé que ya lo sabías. La vida está llena de cosas como estas y tienes que saber cómo manejarlas; creo que en mi interior no quería que terminaras como tu madre y yo — Bella sintió cada palabra como un golpe en el pecho, mientras que los ojos exhaustos de su padre no dejaban de observarla—. Te conozco quizás mejor que tú misma y por eso sé lo que sucederá luego. Te quedarás estancada, Bella. Estarás asustada y con miedo de seguir adelante, y estarás sola. Yo sé lo que es estar solo y no quiero eso para ti… te destruiría.
Ella negó con la cabeza y alejó su mano de la de su padre.
— ¿Qué estás insinuando? Seguir al lado de Edward incluso si ya no lo amo, tener hijos y pretender que todo está bien. Me estoy separando, papá, eso no es el fin del mundo.
— ¡Pero lo es para ti! — exclamó Charlie elevando la voz, como si quisiera hacer recapacitar a su hija sobre su decisión—. ¿Tú crees que soy estúpido? ¿Crees que no sé por qué estás aquí? Siete años… Siete años desde la última vez que te vi y luego no volviste. Necesitas superarlo, Bella, continuar y olvidar. No puedes seguir volviendo siempre.
Bella se alzó de golpe del asiento y sus ojos reflejaron el enojo y la desesperación que sentía.
— ¡¿Quién crees que eres para decirme esto? ¡Por Dios, papá! ¡Fuiste miserable toda tu vida y te quedaste aquí, esperando por una mujer que nunca volverá! Te dejó, pero tú continuaste viviendo de recuerdos y me heriste… Dios, papá… Cada vez que me miro al espejo te veo a ti, no a mí sino a ti y en esos momentos es cuando me digo a mi misma que no quiero ser como tú, pero no te atrevas a decirme que no vuelva cuando todo lo que me has dicho en la vida fue que nunca me vaya.
Charlie lució desencajado, sus ojos quedaron fijos en su hija. Su alma parecía haberse alejado de su cuerpo.
Bella continuó en su lugar, su respiración se encontraba irregular y su mente intentando comprender lo que acababa de suceder. Todo fue tan rápido y tantas emociones se desencadenaron al mismo tiempo. Sintió que, por primera vez después de mucho tiempo, permitió que su interior se liberara.
Sus ojos chocolate se enfocaron en el rostro de Charlie y por dentro sintió todo caer de nuevo.
—No quiero ser esto… Ésta persona no soy yo — murmuró con angustia mientras volvía a sentarse en la silla pesadamente—. Yo siento que me estoy volviendo loca… soy tan miserable como tú. Y lo peor de todo es que tienes razón… — contempló a su padre cerrar los ojos como si no quisiera escuchar lo que vendría a continuación—. Siempre volveré... Tú me hiciste esto y te odio por eso, pero a pesar de todo eres mi papá, Charlie, y te extraño incluso si ahora siento que eres un completo desconocido para mí. Sólo… por favor, déjame quedarme aquí hasta comprender que no estoy perdiendo la cabeza.
Bella lo observó con súplica. Necesitaba quedarse allí para poder volver a ser la misma que había sido tiempo atrás. Tenía que superar todo el dolor, la tristeza y soledad.
Ella esperó en un silencio tenso la respuesta de su padre, pero él parecía estar muy lejos de allí. Su rostro de pronto lució mucho más viejo y demacrado que antes y una expresión de desolación se pintó en él. Sus flácidas y temblorosas manos cubrieron su cara y entonces lo escuchó.
—No — Charlie habló sin observarla—. Vete, Bella… y no regreses.
Su hija lo contempló durante segundos, estática y con la desesperanza brillando en su mirada. No supo qué hacer… qué pensar. Sólo quedó allí, escuchando como una a una las paredes de su interior se derrumbaban. Quiso correr, escapar, esconderse en algún lugar en donde nadie pudiera encontrarla, mas no se movió.
Sintió la amargura comenzar a llenarla, tan lentamente que se sintió ahogarse en ella. Y en ese instante comprendió lo que debía hacer.
Sin regalarle una última mirada a Charlie, se alzó del asiento tomando su bolso y se dirigió hacia la salida. No espero que su padre la llamara, pidiéndole que volviera mientras se disculpaba por su actitud. Ella sabía que aquello no iba a pasar. Dejó de formar ilusiones en su cabeza y sólo permitió que sus piernas se movieran lejos de él, lejos de la persona a la que era tan diferente pero tan idéntica al mismo tiempo. Se alejó como tantas veces había hecho.
Abrió la puerta y salió.
Los rayos del sol deslumbraron su vista al instante, pero eso no impidió que siguiera su camino lejos de aquel lugar.
Mientras que dentro de la antigua casa, un hombre se derrumbaba en su soledad.
OOO
—Tenemos un gran patrimonio, pero lo que necesitamos es colocar nuestras inversiones en los lugares correctos. Y tenemos que pensar también en los próximos cinco años; las empresas con las que estamos asociadas no llegarán a lograr ni un veinticinco por ciento en un año de lo que nosotros logramos en seis meses.
Un silencio abrumador llenó la sala. Los diez hombres vestidos con trajes negros se observaron entre sí, luego de escuchar aquella crítica de uno de los hombres más jóvenes en el lugar.
— ¿Acaso está sugiriendo que eliminemos nuestras asociaciones con estas empresas, Señor Dommit? — preguntó uno de los hombres con tono incrédulo y casi sarcástico—. Creo que usted, con todo respeto, no tiene ni una mínima noción sobre cómo hacer negocios. Lo que está sugiriendo es simplemente inaudito. ¿Tiene una idea de la cantidad de dinero que perderíamos? Millones, señor Dommit, muchos millones.
La mayor parte de los empresarios que se encontraban reunidos allí asintieron con la cabeza dándole la razón al hombre que acababa de hablar y luego comenzaron los murmullos.
—Yo entiendo su punto, señor Burrew, pero según tengo entendido los negocios se hacen pensando a futuro y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Ahora podrían ser muchos millones, como usted mismo acaba de decir, pero dentro de pocos años serán mucho más, tanto que la organización podría correr peligro e incluso llegar a la quiebra. Supongo que ninguno de los presentes desea eso, ¿no es así?
Más y más murmullos se escucharon, y ahora la sala se encontraba dividida en dos partes. Cuando los murmullos se convirtieron en discusiones una gruesa y fornida voz se oyó entre las voces.
—Seguiremos el plan del señor Dommit. Quiero que se ocupen de eliminar las asociaciones que nos afectarán a largo plazo y quiero un balance general de principio de año hasta el día de hoy… Eso es todo.
Cada una de las personas en la sala observaron y escucharon atentamente al director y dueño de CullenCraft Inc., una de las empresas automotrices más poderosas de América, antes de retirarse del lugar.
Edward Cullen era conocido entre los empresarios por ser una de las personas más frías y calculadoras en el momento de tomar una decisión, pero estas jamás fallaban. De alguna manera, siempre eran acertadas. Muchos decían que él había nacido con aquel don que cualquier hombre interesado en negocios querría tener. Pero la única verdad era que sus decisiones fueron las causantes de llevarlo a donde se encontraba hoy.
Los hombres a su alrededor salían de la sala no sin antes contemplarlo rápidamente con respeto y admiración. Todos lo observaban de esa manera, y él lo disfrutaba.
Aquel era su imperio.
Había trabajado tan duro para crearlo, y ahora que lo tenía sentía que nadie podía quitárselo. Nadie le arrebataría su dicha. Le gustaba el poder, siempre lo deseó; era algo iba más allá de un simple capricho. Necesitaba el poder, necesitaba saber que él dominaba su propio destino.
La primera vez que había sentido el gusto del poder había sido el día en que se sintió más completo que nunca. Nadie lo entendería jamás, pero la sensación que le otorgaba tener en sus manos las cuerdas para manejar su vida era indescriptible, pero al mismo tiempo demasiado frágil. Aquella sensación se podía quebrar tan fácilmente.
Y se quebró.
Se rompió como una taza de porcelana. Pedazo por pedazo comenzó a caer en la infinidad de su mente. Nada importó. Fue como si hubiesen arrancado una parte de su ser, dejándolo indefenso en el suelo. Había tenido todo durante años, y lo perdió en pocos minutos.
Quiero el divorcio. Quiero que nos separemos.
— ¿Señor Cullen?
Alzó la mirada y la figura de su asistente se formó a un lado de la puerta. En ese momento notó que ya no quedaba nadie en la sala de juntas.
— ¿Se han ido todos? — preguntó, alzándose del asiento con una elegancia envidiable.
La mujer de mediana edad asintió.
—Se encuentran almorzando.
Edward no agregó más nada, sólo pasó por su lado y salió de la habitación. La mujer lo siguió rápidamente por detrás.
—Quiero que la reunión de hoy a las cinco la pases para las dos y nadie puede faltar — ordenó mientras se dirigía por los pasillos del gran edificio hacia su oficina.
La asistente que había quedado escribiendo en su anotador al ver que su jefe se alejaba caminó rápido para detenerlo.
— ¡Señor Cullen! — exclamó con algo de fuerza en la voz.
Edward giró para observarla fijamente.
— ¿Qué?
La mujer se estremeció ante la potencia de la orden.
—Su hermano está aquí.
OOO
— ¿Ya no saludas más a tu hermano, Edward?
El susodicho alzó la mirada y vio entrar a su oficina a su hermano mayor, Emmett. Lo escruto rápidamente con la vista; se encontraba igual que siempre. Seguía siendo robusto e igual de alto que él; su cabello rizado estaba peinado hacia atrás dándole una extraña sensación de formalidad que era demasiado incompatible con su personalidad.
— ¿Qué haces aquí? — fue lo primero que salió de la boca de Edward, pero al notar que su pregunta había sonado brusca, agregó rápido—. Pensé que no te gustaba viajar a la ciudad.
Emmett contempló a su hermano y por dentro se preguntó dónde estaba la persona con la que había crecido. Apenas había entrado a su oficina lo notó, Edward ya no era el mismo. Había algo en él, algo que no reconocía… que no le era familiar. Quizás era su mirada distante y gélida, o, tal vez era su expresión que lo hacia ver como alguien realmente insensible, alguien a quien no le importaba nada a su alrededor.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Ahora entendía a Bella; cuando ella lo había llamado le había hablado sobre su hermano y lo mucho que extrañaba al Edward de siempre. Él había intentado comprender lo que ella había querido decir con eso, pero la idea simplemente le resultaba inconcebible.
No es el mismo, Emmett. No soporto más estar con él… me hace mal.
Quizás lo que necesitaba era verlo con sus propios ojos, y ahora que lo hizo no sabía cómo seguir.
Lo observó una vez más antes de acercarse a su escritorio y sentarse frente a él.
—Todavía puedo hacer sacrificios, ¿sabes? Además alguien tenía que visitarte ya que tú pareces encerrado entre estas cuatro paredes — mencionó Emmett sonriendo e intentando esconder la incomodidad que sentía.
Por el rostro de Edward cruzó algo que lució más como una pobre mueca que una sonrisa.
—Hay mucho trabajo, pero ¿cómo están los demás?
—Bueno… todos se encuentran bien — Emmett no agregó más.
Edward bufó sarcástico ante la poca información que recibía de su hermano.
—Es bueno saber que todos están bien — dijo con la ironía incrustada en cada palabra.
El rostro de Emmett en un segundo cambió por completo, ya no tenía esa expresión de tranquilidad que tanto lo definía, sino que ahora mantenía una seria y sus ojos mostraron la realidad de sus emociones.
— ¿Edward, qué sucede? — Emmett fue tan directo como siempre, no espero horas para preguntar lo que realmente quería saber—. Todos estamos preocupados.
—Creo que estás exagerando porque no sucede nada conmigo — la voz de Edward sonó harta por el sermón de su hermano—. Y la próxima vez que necesites saber qué me pasa por favor llama y no te molestes en venir hasta aquí.
El silencio reinó en la habitación.
Emmett lo miró sin creerlo.
—Demonios, Edward, qué rayos te está pasando. No eras así, hermano… actúas como si la vida ahora te valiera una mierda. No llamas a mamá ni a papá, todos estamos preocupados por ti — Emmett no decía nada que no fuera cierto, mientras que Edward se mantenía impasible, sin ninguna expresión en el rostro. Y aquello hizo que el enojo en su hermano comenzara a crecer—. Maldita sea, Edward, Alice no puede tener alteraciones y lo sabes, pero ella piensa todos los días en ti y lo peor es que tú no te molestas en contestar al teléfono cuando llama… nadie sabe qué hacer para calmarla. Así que, por favor, deja de comportarte de ésta manera porque no sólo te estás destruyendo a ti mismo sino a toda la familia.
Edward lo observó como si lo que acababa de decir le hubiera entrado por un oído y salido por el otro.
—La llamaré si tant—
— ¡Esto no es por una estúpida llamada! —el mayor de los Cullen exclamó indignado e interrumpiéndolo en el camino—. ¡Esto es sobre lo que te está sucediendo a ti, hermano! ¡Qué le sucedió al chico que siempre llamaba a sus padres para decirles que estaba bien, qué le sucedió al chico que hacía bromas, dime qué rayos le sucedió!
—No sé qué mierda quieres saber, Emmett, pero éste no es el lugar para discutir.
La frialdad de aquellas palabras molestó aún más a Emmett, quien resopló en un intento de calmar su ira.
—Yo no quiero discutir sólo quiero que me digas qué te hizo cambiar.
Edward no contestó y entonces Emmett decidió levantarse de asiento y dirigirse hacia la puerta. La situación lo había cansado y al ver que no iba a sacar más nada de la boca de su hermano tomó la decisión de largarse de aquel lugar.
—Soy la misma persona de siempre.
La gruesa voz de su hermano detuvo los pasos de Emmett. Él no se giró, continuó allí antes de hablar.
—No, no lo eres — musitó en respuesta y con amargura, pero sin voltearse a observarlo—. Después de todo, Bella tenía razón.
Aquello hizo que algo en el interior de Edward se encendiera al instante. Su rostro se tornó mucho más frío mientras que su cuerpo te tensó completamente. Todo a su alrededor pareció haber desaparecido, pero las palabras de su hermano continuaron entrando en él con fuerza, como si quisieran clavarse en algún lugar de su interior.
El ambiente se volvió denso de pronto.
— ¿Qué has dicho?
Emmett volteó y contempló a su hermano.
—Sé lo que está sucediendo entre tú y ella. Sabía que esto iba a terminar así, incluso mucho antes de que supiera lo que pasó — Emmett demostró la decepción en sus ojos—. Eres un completo imbécil por dejar ir lo mejor que te pasó en la vida por qué… ¿Por esto? — señaló con sus manos a su alrededor—. ¿Esta empresa? ¿Esta empresa es la razón por la que te comportas como una mierda con tu esposa?
—No sé de qué estás hablando, pero será mejor que cierres la boca antes de que deje de contenerme — gruñó Edward, alzándose de su asiento.
Emmett ignoró completamente la amenaza y continuó.
—Oh, Edward, por supuesto que sabes de qué hablo. Ella me llamó, sabes, me contó todo… lo enferma que se sentía a tu lado, lo miserable que era. ¿Tienes una maldita idea de lo que has hecho?... Estaba rota, Edward… ¡Maldición! Su voz… su voz me lo dijo todo — Emmett soltó una risa sin humor alguno—. ¿Siquiera sabes dónde se encuentra?
—Ese es un tema que nos concierne a ella y a mí, ¿entiendes?, tú no tienes por qué mierda meterte en esto — masculló Edward, oprimiendo los puños.
Emmett mordió su labio inferior con fuerza y furia.
—No, eso no es verdad porque tú no tienes una maldita idea sobre dónde está — el rostro de Edward estaba rojo de furia pero Emmett no se detuvo—. Lo jodiste en grande, ¿entiendes eso? Ya no hay vuelta atrás, hermano… ¿Tú crees que esto es un simple juego en el que tú puedes ir, buscarla y pedirle que vuelva contigo? Ella no va a volver, quiero que entien—
— ¡Piensas que no entiendo lo que eso significa! ¡Piensas que no sé lo que va a pasar! Quería el divorcio y se lo dí, ¿y quieres saber por qué? Porque no la amo, Emmett, no la amo más… Y ella lo sabe, yo se lo dije — las palabras salieron de Edward con una crueldad casi impensable y Emmett negó con la cabeza sin creerlo—. Si ella quiere desaparecer, está bien, que lo haga. No me interesa lo que haga con su vida, pero no voy a soportar que tú vengas aquí e intentes poner la culpa en mi cabeza como si yo la hubiese obligado a irse — bramó Edward luego de perder la paciencia.
Los dos hermanos se quedaron allí, observándose con diferentes emociones en la mirada.
No habían pasado más de diez segundos cuando Edward comprendió lo que había hecho. No había podido contenerse y las palabras salieron sin poder detenerlas, sin embargo, sabía que la gran mayoría de ellas no eran ciertas. En ese momento se sintió como la mierda más grande del universo por lo que acababa de hacer. Tenía bastante claro que arreglar lo que había dicho era imposible, alcanzó con observar a su hermano para notarlo, pero algo le decía que debía intentar enmendar el error.
Sus ojos verdes buscaron los de su hermano con la disculpa escrita en ellos, pero éste evadió su mirada y se giró para encaminarse a la salida nuevamente.
—Emmett, yo lo—
Nunca tuvo la oportunidad de continuar ya que el mayor de los Cullen cortó sus palabras.
—En dos semanas es el cumpleaños de Eliott y Rose quiere que vayas, pero si ya sabes que no irás al menos llámalo. Tiene derecho a saber por qué su padrino faltó… otra vez — Emmett abrió la puerta, pero antes de salir agregó—. Es una lastima que Bella no esté más para inventar excusas.
Él abandonó el lugar sin siquiera regalarle a su hermano una última mirada de decepción.
Edward quedó con la mirada estancada en el lugar que anteriormente había ocupado su hermano, perdido en su propia realidad… en su propio mundo.
Quiero el divorcio. Quiero que nos separemos.
Su cuerpo comenzó a temblar.
Porque no puedo soportar más estar junto a ti.
Un agujero se formó en su pecho.
Porque estoy cansada de todo esto.
Su vista se nubló.
Y porque lo quiero.
Él se quebró.
OOO
Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo juego con ellos.
Estuve bastante inspirada en el momento de escribir éste capítulo, así que espero que lo hayan disfrutado. Creo que se puede entender algo de la relación entre Bella y Charlie, aunque todavía quedan algunos puntos por aclarar. La inspiración para éste capítulo vino mientras escuchaba Walk Away de Franz Ferdinand, la recomiendo totalmente a la canción.
Gracias por sus comentarios del cap anterior, me emociona que les esté gustando la historia aún si tardo meses en continuarla.
Mucho más no tengo para decir, así que nos leemos en el próximo cap.
¡Saludos!
