Aquellos ojos verde esmeralda brillaban con intensidad, observando todo a su alrededor. Pero su mirada se centraba, sobre todo, en las pequeñas escobas de madera, las cuales no dejaban de girar sobre su cabeza, a modo de móvil.
Harry esgrimía una infantil sonrisa, desprovista aún de algunos dientes, y balbuceaba palabras sin sentido, provocando que el semblante de James se iluminara.
—Te has vuelto un blando, cornamenta —afirmé con suficiencia.
—Bueno, no es algo que me avergüence admitir ¿Sabes? —respondió, mientras jugueteaba con la pequeña mano de su vástago.
Suspiré, pero no pude evitar ocultar mi sonrisa cuando Harry agarró el dedo de James y se lo metió en la boca.
—Creo que… Tiene hambre.
— ¿Has vuelto a meter los dedos en el tarro de miel? — pregunté con malicia. James abrió la boca, preparado para desmentir mi acusación, cuando un gruñido de dolor sustituyó sus palabras. Sacó el dedo con rapidez, airándolo, y miró a su hijo con rencor infantil —. ¡Gracias ahijado! —exclamé, acariciando la mata de pelo negro del niño.
Entonces la puerta se abrió, inundando la habitación con una fragancia fresca y conocida. Lily Evans entró, cargando un biberón de gran capacidad.
—Hola Sirius —saludó con cariño, después miró a su marido, el cual seguía soplándose el dedo —. James… ¿Qué haces?
— ¡Me ha mordido! —exclamó, señalando al niño.
Lily sonrió, acercándose a la cuna para cargar al pequeño. Harry sonrió, balbuceando otra sarta de sonidos incomprensibles.
— ¿Es eso cierto, cielo? ¿Has mordido a papi? —El niño cogió uno de los rojos mechones en respuesta, se lo metió en la boca y volvió a sonreír. Lily le quitó el pelo de la boca y lo sustituyó por la boquilla de plástico del biberón —Sólo estaba hambriento, James. No pasa nada.
—Pero es que… ¡Es mi hijo! ¡Y me ha mordido, Lily!
—Míralo por el lado bueno, podrías usar esos dientes afilados como arma contra los mortífagos… —añadí. Ambos me miraron con enfado —. ¡Bueno, tranquilos! ¡Sólo era una propuesta, tortolitos!
Lily suspiró, palmeando ligeramente la espalda de Harry, el cual seguía atiborrándose con el contenido del biberón.
—En fin, James. No creo que sea para tanto, sólo es un bebé ¿Sabes? No lo ha hecho con malicia —aseguró ella.
—Bueno, espera a que te muerda y verás —contraatacó James.
Antes de que Lily respondiera y comenzaran de nuevo aquella estúpida discusión, me levanté. Susurré un rápido "Hasta luego" y desaparecí por detrás de la puerta.
ooOOoo
Caminé por los pasillos enmoquetados de Grimmauld Place. Agradecía el hecho de que mi "viejo hogar" estuviera lleno de gente. La verdad es que había sido un golpe de suerte que Dumbledore me hubiera propuesto hacer de esta casa el Cuartel de la Orden. El murmullo de voces, procedente del salón del primer piso, reverberó en las paredes y ascendió por la escalera.
Bajé uno a uno los escalones, teniendo especial cuidado al acercarme al enorme cuadro, tapado por una cortina negra, del cual no dejaban salir maldiciones y palabras malsonantes hacia los "traidores y sangre sucia" .
Aquel salón siempre había sido punto de reunión de la Orden. Porque, a pesar de que la casa estaba siempre dispuesta para aquellos que quisieran pasar una temporada (Como James y Lily), las reuniones sólo se efectuaban en estas cuatro paredes. ¿La razón? Era el único sitio dónde cabíamos todos, debido a la extensa mesa de madera oscura y a los sillones de terciopelo verde, apostados enfrente de la chimenea, lo cual permitía un aforo de treinta personas.
En cuanto atravesé el marco de madera, las voces se interrumpieron. Moody, Caradoc Dearborn y ambos hermanos Prewett se encontraban en la mesa. En los sillones estaban Hestia Jones, Marlene McKinnon y Olimpe Maxime. Pude ver los surcos en las mejillas de Hestia, su mirada vacía y su gesto apesadumbrado. El resto me observaba, con demasiada fijación, diría yo.
— ¿Ocurre algo? —pregunté, incómodo por esa situación.
—Me alegra verte, muchacho.
Esa voz… Grave y calmada, como si deseara guardar cada instante. Sí, reconocería esa voz en cualquier lugar.
Moody se hizo a un lado, descubriendo un ocupante que antes había estado tapado por él. Albus Dumbledore esgrimió una pequeña sonrisa. Su pelo, antaño castaño, estaba comenzando a volverse blanquecino. Bajo aquellos ojos, azules como zafiros, destacaban unas gruesas ojeras. Todo su semblante parecía haber adquirido una decena de años de repente.
—Lo mismo digo, Dumbledore. Aunque tengas una pinta tan…
— ¿Deprimente? —preguntó él, alzando las cejas —. Lo que ves es el resultado de pasarse dos semanas intentando descubrir la guarida de los mortífagos.
— ¿Y bien? ¿Ha habido suerte?
—Es lo que les estaba comentando. Coge asiento.
Asentí, sentándome a la derecha de Caradoc.
—Creo que estoy cerca de descubrirlo y, por lo que me ha comentado Severus, no voy mal desencaminado.
—No sé cómo sigues confiando en él —gruñí, ganándome una mirada de reproche por parte de Moody —. Y ya que nos "ayuda" tanto, ¿Por qué no te dice la localización exacta?
—Sirius, no te metas… —afirmó Moody.
—Deja al chico, Alastor —concedió Dumbledore —. Está en la edad de cuestionarse las cosas y de no conformarse.
—También está en la edad de cometer estupideces… —gruñó en respuesta.
—El motivo por el que no me lo dice, Sirius, es porque cambia de sede cada poco tiempo. Así que aunque me la diera, no tendríamos tiempo de trazar un plan y deshacernos de sus protecciones. Lo que busco no es su posición de ahora ¿Entiendes? Intento saber su siguiente desplazamiento, para así poder tenderles una emboscada.
—Está bien —asentí, tragándome el orgullo a regañadientes —. Pero, si es así, ¿Cómo estás seguro de que tus sospechas son certeras?
—Es sencillo, cada vez que Él se va a asentar en un lugar, suceden una serie de cosas un par de días antes.
—¿Cosas? ¿Cómo cuales?
Dumbledore sonrió, al menos él tenía más paciencia con respecto a mi curiosidad que la que me solía brindar Moody.
—Pues primero desaparecen las protecciones básicas que el Ministerio pone en cada población. Por eso suelen ir a lugares apartados, dónde los encantamientos son más sencillos de deshacer. Después las autoridades pertinentes sufren un "cambio", desaparecen, se sustituyen o, cuando hay pocas personas, se utiliza el hechizo Imperio. Por último también disminuye la población muggle y aumentan los "presuntos asesinatos"
—Entonces ¿Has visto algunos de esos factores?
—Así es, las protecciones han desaparecido en un pueblo, cerca de la costa. Está muy alejado de cualquier ciudad o puerto y no vive ningún mago o bruja en él.
— ¡Pues hay que pensar en un plan! —exclamé.
—No es seguro que vaya a ser ahí, Sirius. Tal vez usan varias opciones para confundirnos —afirmó Moody.
— ¡Pero no podemos quedarnos sin hacer…! —No pude terminar de quejarme, pues unos golpes secos resonaron en el vestíbulo, provenientes de la puerta.
Todos nos levantamos, con las articulaciones tensas. A excepción de Dumbledore, cuya mirada calmada se fijó en mi persona.
—Será mejor que vayas a ver quién es, muchacho.
Asentí, caminando con cuidado hacia el vestíbulo, donde estaban colgadas las siniestras cabezas de elfos domésticos. Saqué mi varita del bolsillo de la pernera. Aquellos golpes volvieron a sonar, esta vez con más fuerza.
Inspiré hondo, antes de acercar la oreja a la puerta y susurrar.
—Cuando matas a un fénix…
Al otro lado de a puerta reinó el silencio. Apreté la varita con más fuerza, esperando. Entonces una voz, chillona y llorosa, respondió al otro lado.
—De… De sus cenizas renacerá… La victoria…
ooOOoo
Dejé que el aire volviera a llenar mis pulmones. Sólo los de la Orden conocíamos la clave, la cual cambiaba cada pocos días, para asegurarnos de que no nos suplantaban.
Abrí la puerta sin perder un segundo. En el umbral se encontraba Augusta Longbottom, abrazando un bulto lloroso y con el semblante descompuesto.
— ¡¿Pero qué demonios?! ¡Augusta! ¡Entra, por Merlín! —farfulló Moody a mi espalda, haciendo entrar a la temblorosa señora.
Ella no emitió palabra hasta que llegó al salón. Entonces soltó un chillido agudo, seguido de unos temblorosos hipidos.
—Yo… Yo no pude… No pude — farfulló, abrazando con más fuerza al bulto, el cual no dejaba de llorar.
— ¿A quién llevas ahí, Augusta? —preguntó Olimpe con dulzura, intentando apartar al bebé de ella. Augusta se relajó, mostrando al pequeño bebé, de cara regordeta y pelo oscuro, cuyas mejillas estaban coloradas de tanto llorar —. Pero… ¿Éste no es el pequeño Neville?
Olimpe cogió al niño en brazos, arrullándolo hasta conseguir que se calmara. Moody le ofreció una silla a Augusta y todos nos alejamos un poco, para darle espacio. Fue Dumbledore quien formuló la pregunta que todos nos hacíamos.
—Augusta ¿Dónde están Frank y Alice?
Ella lo miró con dolor, tragándose la congoja para poder dejar de temblar.
—Todo fue muy rápido… —comenzó a relatar —. Yo estaba con ellos cuando sucedió… Llegaron muchos… Muchos de esos despreciables y... Y atacaron. Al principio pensé que nos querían a nosotros pero entonces… Uno de ellos agarró a Neville e intentó desaparecerse con él… Fui rápida y le lancé un confundus pero… Cuando me volví hacia mi hijo y su esposa… Ellos estaban tirados en el suelo… Rodeados de mortífagos… Vi que no podría con ellos, así que cogí a Neville y me desaparecí… No sé si los mataron o… —interrumpió su relato, amenazada con las lágrimas que comenzaban a desbordar sus ojos —. ¡No tendría que haberme ido! ¡Tendría que haber luchado! —lloriqueó, tapándose la cara con las manos.
Dumbledore se acercó a ella, poniendo la mano sobre su hombro.
—Has hecho lo que tu hijo y nuera hubieran deseado. Poner a salvo a su hijo —afirmó con templanza.
Noté cómo algo en mi pecho se encogía. Al fin y al cabo, Alice siempre había sido una compañera dulce y divertida, cuya sonrisa siempre apaciguaba las peleas entre James y Lily. Con Frank no tenía tanta confianza, pero siempre había sido un hombre valiente.
— ¿Y sí no han muerto? —preguntó una voz aguda, cerca de la puerta. Alcé la mirada para ver a Lily, la cual miraba con decisión a Dumbledore. A su espalda estaba James, con una mueca de dolor marcada en la cara.
Sabía que aquello era prácticamente imposible, pero en cuanto esas palabras salieron de sus labios, quise creerlas, con todo mi corazón.
—No es probable —afirmó Moody.
Lily le hizo caso omiso, entrando en el salón hasta acercarse a Augusta. Se puso de cuclillas, quedando ambas a la misma altura.
—Tú misma dijiste que intentaron llevarse a Neville ¿No? —Augusta asintió débilmente —. ¿Por qué querrían llevarse a un bebé de poco más de un año?
—Aunque no sepamos las razones, eso no confirma que estén vivos, Lily —susurró Olimpe.
— ¡Te equivocas! ¡Eso es justo lo que confirma que estén vivos! —exclamó —. ¡Pues si quieren a Neville necesitarán a alguien que les diga dónde está!
Moody no desmintió sus palabras. Tampoco lo hizo Dumbledore, ni nadie del salón. En mi interior quise que Lily no se equivocara, que sus sospechas se cumplieran. Aunque, por mucho que ella pudiera estar en lo cierto, podrían estar torturándoles para sacarle la información…
No quise exponer mis dudas y permanecí en silencio. Sabiendo que, de estar vivos, no les sacarían la información a base de fórmulas de cortesía.
