Capítulo III: Despedidas inesperadas
Me estremezco al pensar que probablemente en unas semanas estaré de vuelta al distrito, pero inerte en una caja de madera, como tantos otros antes de mí, como mi propia tía. Y extrañamente lo que más me preocupa es la suerte de quienes se quedarán aquí, de quienes deberán continuar su vida cuando yo ya no esté. Si bien no estoy resignada, justo ahora mi futuro es bastante predecible, en cambio no tengo idea de qué será de papá luego del desastre en que se convirtió la cosecha.
Conforme pasan los minutos la espera se vuelve angustiosa, no tener idea de qué vendrá luego me ofusca y el miedo no tarda nada en apoderarse de mí. Sé que no debo desesperarme, pero no tengo más alternativa.
Camino de un lado al otro de la sala, sumida en pensamientos bastantes pesimistas, consciente de que los minutos que me quedan en el Doce se agotan rápidamente, o al menos eso parece, dado mi estado de ansiedad. Resuelvo sentarme y poner todo mi empeño en tratar de serenarme, a partir de ahora debo cuidar mi apariencia y cómo me muestro ante el resto, cuando salga de aquí se acabará mi privacidad, todos los momentos que me quedan de vida quedarán registrados por los periodistas del Capitolio y nadie querrá apoyar a un tributo llorón.
Me siento en el suelo, quitándome antes las zapatillas, y abrazo con fuerza mis piernas contra mi regazo, tratando de mantenerme entera. Independientemente de mis propósitos las lágrimas acuden rápidamente a mis ojos al sentirme tan sola y desvalida, estoy convencida de que no volveré a verlos, que no podré decirles cuanto los quiero; no poder despedirme me está matando por dentro. Sé que a mamá le será imposible pasar por esto de nuevo, pero mi papá es quien más me preocupa…
Mi vida perfecta se ha terminado y esta es la antesala… Esta habitación vacía, esta soledad inmensa. Respiro hondo, convenciéndome con esfuerzo de que no puedo darme el lujo de llorar. Finalmente, tras la larga espera alguien toca la puerta.
―Adelante ―repongo, y me hace gracia notar que mi voz no delata la turba de sentimientos que se debate en mi interior. Si papá me viera en estos momentos estoy segura que se enorgullecería de mí.
En el umbral de la puerta aparece Delly, quien con una timidez inusitada se acerca a mí y me abraza. Ella no es de las que le faltan las palabras, pero esta vez no dice nada. Soy yo quien al cabo de unos instantes rompe el silencio:
―¡Al fin conoceré el Capitolio! ―Le digo separándome de ella y hablando con un tono bastante parecido al de Effie Trinket, incluso me atrevo a hacer una cómica reverencia.
―¡Madge! ―Me reprende, desconcertada por mi actitud bromista, aunque no tanto como yo. ―Por favor, cuídate. Mantente junto a Gale… él te ayudará.
Asiento, aunque no tengo intención de seguir su consejo. No tendría cara para pedirle semejante favor a Gale, de los dos es quien más posibilidades tiene de regresar y no querrá cargar con el lastre que representa la caprichosa hija del alcalde.
―Además, en la plataforma noté que se ven muy monos juntos ustedes dos… ―señala luego con su picardía característica― Te quiero, Madge… ―Añade luego, abrazándome nuevamente.
El nudo en mi garganta es totalmente opresivo, pero consigo sonreírle y decirle adiós, notando que al salir de la habitación tiene los ojos húmedos.
Deambulo nuevamente de un lado al otro hasta que, minutos después Peeta Mellark entra a la habitación, hemos sido compañeros de clase desde niños, además es quien prepara los pastelitos de fresas que papá trae para mí las tardes de los viernes. A pesar de ello, me parece extraño verlo aquí. Él y yo no solemos intercambiar más que saludos corteses, pero siempre ha demostrado ser una persona confiable; su mirada es honesta, su sonrisa, aunque apagada, es genuina.
―No vine aquí a despedirme sino a recordarte que tú tienes la fortaleza para enfrentarte a esto y sé que no eres de las que se rinden. Tú volverás.
―Creo que olvidas a dónde voy, Peeta― repongo con calma mirándolo a los ojos, tratando de ver cómo le hace para parecer tan sincero cuando ni yo creo lo que me está diciendo.
Me siento cómoda para contradecirle, cosa que no habría podido hacer con Delly, ella es incapaz de ver las cosas desde la perspectiva de los otros.
―Sé que eres buena, que será una prueba dura, pero confío en que sabrás salir adelante sin perder tu esencia. Y ten en cuenta que no siempre gana el más fuerte…
―Gracias ―suspiro―, por venir… por darme ánimos, Peeta.
―Nos volveremos a ver… Y te recibiré con una docena de tus pastelillos favoritos.
Peeta me da un abrazo y un casto beso en la mejilla antes de retirarse. Al salir tropieza con Katniss que levantaba su puño para tocar la puerta. Realmente me sorprende mucho verla aquí, su cariño por Gale es incuestionable y ella y no somos precisamente cercanas...
Aunque todavía no lo queramos aceptar sólo uno de nosotros regresará, suponiendo que corramos con suerte, por ende, no resulta comprensible que esté aquí. A menos que quiera pedirme que me rinda… pero, ella no es así…
―Eres inteligente, ¿verdad? ―Me cuestiona, algo agresivamente, apenas cierra la puerta tras de sí. Yo, aún confundida, sólo atino a afirmar con la cabeza, aparentando justo lo contrario― Entonces mantente con Gale, ayúdalo a que no se deje llevar por sus impulsos, contenlo, él necesita un poco de buen juicio... Juntos harán un gran equipo, pero tienen que separarse antes de llegar a los últimos seis… ¿De acuerdo, Madge?
Estoy anonadada ante el hecho de que ella se haya puesto a planear estrategias, aunque se queda aquí, en cambio yo sigo aferrada a lo que dejaré atrás. Definitivamente somos muy diferentes y estamos en circunstancias distintas, en lados opuestos, como siempre.
―Kat, Gale apenas me soporta… no hay manera de que hagamos equipo… ―le confieso con un hilo de voz.
―¡Bah! Ya hablé con ese cabezota… y espero que tú no seas tan tonta como para llevarme la contraria…
―Él querrá regresar a ti ―le digo, abrazándola. Supongo que Katniss no esperaba el gesto pues se tensa un poco y luego algo rígida me devuelve el abrazo, supongo que por compromiso.
Esto no es algo que haría normalmente, pero mis dos anteriores visitantes fueron derribando mis defensas, si es que tenía alguna, y sentí la necesidad de hacerlo.
―No seas pesimista, tú también tienes motivos para regresar.
No sé si lo dice de la boca para afuera, porque estoy segura que ella prefiere que vuelva Gale. Es decir, si yo muero sólo mis padres sufrirán, pero si Gale no vuelve toda su familia la va a pasar muy mal: sus hermanitos, tres niños pequeños que ya perdieron a su padre, y su mamá que quizá no pueda resistirlo.
Cuando se va me siento totalmente extrañada, siempre me he sentido solitaria e incomprendida, no comparto un nexo cercano con nadie fuera de mi familia, pero indudablemente Delly, Peeta y Katniss me aprecian lo suficiente como para venir a darme consejos y buenos deseos. Es algo de lo que no me habría enterado de no estar pasando por esto.
Ya doy por sentado que no vendrá nadie más cuando Darius entra sin tocar. No me dice nada, tan sólo se acerca a mí y me estrecha entre sus brazos. Es extraño el contraste de su afectuoso gesto con la dureza de las protecciones de su uniforme, pese a ello me hace sentir segura. Al punto que, totalmente rebasada por mis sentimientos, las indeseables lágrimas recorren por mis mejillas sin que pueda hacer algo por contenerlas.
―No llores, princesa―susurra quedamente, limpiando con el dorso de su mano la trayectoria de mis lágrimas.
Y yo sonrío ante el mote que ha utilizado, que justo ahora me parece de lo más tierno.
Cuando Darius fue asignado al Distrito apenas tenía 19 años y mi padre, algo escéptico respecto a sus habilidades, le asignó ser mi guarda personal, prácticamente le degradó a ser mi niñero. Yo, molesta por la imposición, le hacía cuantos desplantes se me ocurrían para evitar su compañía; él enfurecía y al buscarme me llamaba así tan sólo para molestarme. Con el tiempo me acostumbré a él y luego llegué a extrañarlo cuando papá lo designó a vigilar que no se presentaran motines en el mercado ilegal. Desde entonces casi no lo veo.
―Prométeme que no dejarás que le hagan nada malo, Darius. Protégelo… y no dejes que pierda la fe sea lo que sea que me pase ―le ruego entre hipidos y más lágrimas.
―Promete tú que regresarás, pequeña. Que te esforzarás, que no te dejarás vencer.
―P-pero es que yo… no creo…
―Tú te los meterás en el bolsillo con tan sólo batir tus pestañas, Madge. Demuestra que ya no eres una niña y cállale la boca a medio Distrito. Promételo y te juro que mantendré a tu familia a salvo. De hecho, para que sepas que no miento, el alcalde Osbert ya viene en camino. Para conseguirlo acordé con Craig permanecer con ustedes durante su despedida, pero los dejaré a solas.
Sonrío y lo vuelvo a abrazar, pero antes de separarnos él se agacha y con delicadeza posa sus labios en los míos suavemente.
―Te quiero mucho, Madge.
No sé qué me lleva a refugiarme en sus brazos, en sus besos. Él es mucho más alto y más corpulento, por lo que, aunque se agacha yo debo ponerme en puntillas, mis brazos viajan hacia sus hombros y luego a su pelo, aferrándome a él, que me estrecha contra sí, como si no pudiera dejarme ir.
Ante mis ojos sólo había sido un amigo, pero se siente tan bien saberse querida, con cada latido se esfuman mis oportunidades de cometer los errores propios de una chica de mi edad y si esto es un error ahora carece de importancia.
Nos besamos y nos besamos, hasta que un toque en la puerta nos obliga a separarnos. Me deleita su apariencia, con sus pecas destacando en sus mejillas arreboladas y el cabello rojo fuego ligeramente despeinado. A pesar de su edad, aún tiene cara de niño. Por mi parte siento los labios hinchados y llenos de su sabor. Darius se apresura a abrir la puerta, mientras yo aliso mi vestido y me vuelvo a colocar las zapatillas, en un intento de ocultar lo que ha ocurrido. Es papá, mi joven amigo me dedica una mirada tierna antes de irse. La oportunidad de aclarar lo que ha ocurrido entre nosotros se esfuma, pero no importa, ha conseguido que pueda despedirme de papá y eso es algo que jamás podré agradecerle.
En tanto nos quedamos a solas corro a abrazarlo, como cuando era una niña pequeña.
―¡Papá!
―Mi dulce niña, esto nunca debió pasar.
―Tienes que hacer algo para remediar lo que pasó allá afuera…―apunto de inmediato, asustada por las represalias que tendrá que afrontar.
―Ya pensaré en ello. Ahora quiero que me jures que te esforzarás por regresar ―intento contrariarlo, pero no lo permite ―, sin excusas, Madge. Siempre te he dicho que estás destinada a la grandeza y este pequeño obstáculo no te detendrá. Nena, eres muy inteligente, hermosa, carismática… hay una reputación que te precede. Evidentemente no será fácil, pero eres capaz de asumir el reto.
―¿Cuántos otros saldrán hoy de su Distrito escuchando las mismas palabras de aliento, papá?
―Estoy seguro que de los 24 al menos 23 estarán dispuestos a luchar para volver. Pero la que me importa eres tú y no pareces convencida, Madgie… ¿Qué necesito decir para que decidas luchar?
―Sabes tan bien como yo que no podré dañar a ninguno, que todos son inocentes, escogidos al azar para vengar en nosotros los crímenes de nuestros abuelos.
―Tan sólo el pensar eso te convierte en una traidora…
―Entonces hay dos traidores en esta habitación… ―replico casi sin respirar, esto se parece tanto a las mil discusiones que hemos tenido siempre, a esas lecciones que solía darme mientras crecía, con vistas a prepararme para ocupar su lugar… sólo que esta vez esa posibilidad parece muy remota― O explícame qué fue lo que te pasó durante la cosecha.
―Vamos, Madgie… no puedes pedirme que me resigne a perderte ―solloza―. Eres todo cuanto me queda en la vida.
Ver a mi papá sucumbir a las lágrimas, mostrándome su vulnerabilidad, y dejar de argumentar a favor de una ideología que no nos convence a ninguno de los dos, activa algo en mí que me impele a intentarlo, a esforzarme para regresar.
―No llores, papá ―reculo con arrepentimiento―. Disculpa, es que sigo muy impactada con todo esto, pero no me dejaré sobrepasar por la situación. Pondré todo de mí para volver con ustedes. Y tú prométeme que intentarás arreglar las cosas y evitarás que mamá sepa lo que ha pasado. Y si, por un infortunio, no regreso a casa, jura que serás fuerte y seguirás adelante sin darte por vencido.
―Mi niña… mi dulce niñita…
Y permanecemos unos pocos instantes así… refugiados en el otro, hasta que Darius entra anunciando que ya vienen por mí.
Le sonrío a mi padre, vuelvo a acomodar mi vestido y espero, derechita e impecable, a la escolta que me acompañará hasta el tren.
NdeA: Hola, hola… Darkmatter Black, no sé si sigues por aquí, no hay excusas que pueda darte para semejante abandono de la historia. Lo único a mi favor es que ya sé cómo continuarla, puesto que estaba en un hueco, así que espero poder llevarla a buen término con mayor celeridad…
Gracias por leer,
Cariños.
SS.
