Holasssssss! Sip, es viernes, no digan que no. Son las 0:00 AM del viernes 18 de abril acá en Argentina. Es viernes, punto. Jajaja.

Quería agradecerles muchísimo, porque a pesar de que este fic es una continuación de otro, y que no trata sobre los personajes principales de la historia de One Piece, sino netamente de personajes creados por mi, siguen al pie del cañón, dándome ánimos para continuar escribiendo y divirtiéndome con las aventuras y locuras de la demente tripulación pirata de la hija de Luffy.

Agradecer también a Suave bolígrafo, por prestarme parte de su intelecto y por compartir este fic y su fic conmigo. Ya se irá dejando ver el entramado que estamos haciendo en las dos historias (La pasión de Pierna Negra Sanji: SEVEN DAYS OF GLORY e Isla Victoria).

Ya sin más preámbulo, los dejo con el capítulo tres. ¡Nos vemos! ¡Felices Pascuas!

Candy: Estamos esperando ansiosos para hablar con vos ^^ Espero llegues a convencerte que el intercambio de ideas a través del los mensajes privados enriquecen al lector tanto como dejar reviews :) ¡Pobre de Gio! Jajaja ¡Y todavía no viste nada! =P Son tentadoras las nuevas leyes jajajaja Ahora tendrán que ser respecto al navegante =P Y sip, Ryu se las verá negras, pero no más negras que Gio y tal vez Sora jejejeje. Lo de la brújula es un secreto jiji. Lo de la bandera es tal cual lo decís. Seguramente encontrarán su distintivo muy pronto ;) ¡Nos leemos! ¡Gracias por estar siempre ahí!


Tal como había anunciado Giovanni Vittorio Denti, a la tarde del siguiente día en que Umi lo proclamó su nuevo navegante, llegaron a la isla. El puerto estaba minado de marines, lo que alertó sobremanera a todos. ¿Sería correcto desembarcar allí? Ryu, que era consciente de la realidad en la que vivían, no estaba de acuerdo con acercarse al muelle. Podría jurar que aquellos marines dispararían todos y cada uno de los cañones a su pequeña carabela y terminarían en el fondo del East Blue. Pero, muy por el contrario de los deseos de Ryu −que eran exactamente los mismos que el resto de la tripulación−, Umi ordenó acercarse al muelle.

Gio fue el que dio las órdenes fuertes y claras para maniobrar en puerto, con una soltura y calidad digna de admiración. Si bien el joven no le daba buena espina a Ryu, debía reconocer que sabía muy bien lo que hacía. Lo había mantenido vigilado durante todo el tiempo, y podía jurar por su honor que el culo del tal Gio no estaba muy limpio. Estaba seguro que el significado del objeto que debía entregar no era algo del todo transparente. Y definitivamente no le gustaba su personalidad.

Un marine de mediana edad, alto y delgado, se acercó a ellos con timidez. Podía ver ondeando su bandera, que no era un gran distintivo ya que no tenía características propias, y el que más destacaba entre los seis que habían bajado del barco, era el que traía las espadas en su cinturón. Su mirada realmente intimidaba.

− Capitán − se dirigió a Ryu, que volteó a verlo irritado. ¿Tanto trabajo le costaba a la gente notar que Umi era la capitana? El hombre tragó saliva, miró al espadachín de arriba abajo, que traía una camiseta blanca ceñida al cuerpo, pantalones azules y botas.

− Quizá usted quiere hablar con nuestra Capitana, señor − fue Gio el que habló, en un rápido reflejo, silenciando al espadachín. El aura calma y señorial que trasmitía el navegante era notable. Además, su atuendo ayudaba mucho. Traía unos pantalones de vestir negros y una camisa blanca, con dos botones desabrochados y arremangado hasta los codos. Tomó a Umi por la mano, que traía una bermuda celeste y una camiseta de tiritas roja ajustada que dejaba ver su ombligo y la guió hasta el marine que los observaba con curiosidad. Hizo una reverencia y dejó que ella se adelantara un par de pasos delante de ellos, soltándola. Umi sonreía descuidadamente mientras se dejaba hacer y se acomodaba el broche de mariposa que sostenía un mechón de cabello rebelde.

− Monkey D. Umi − se presentó ella, cruzándose de brazos, perdiendo toda la apariencia femenina que había mostrado hasta entonces. − ¿Qué pasa, viejo? − el marine abrió los ojos desmesuradamente.

− No − soltó, balbuceaba. − No pueden dejar su barco aquí − logró decir al fin.

− ¿Y por qué no, viejo? − Umi se notaba molesta. Arrugó su entrecejo.

− La Marina cerró este puerto por asuntos oficiales − el marine quiso despejar su mente poniéndose firme cuando sintió una mano sobre su hombro.

− ¿Qué es lo que desea la Princesa Pirata en este humilde puerto? − fue suficiente para Umi escuchar de la boca de ese tipo aquella palabra que la enloquecía. El señor de unos sesenta años, presentaba una calva reluciente, anchos bigotes negros que terminaban en punta, una gran barriga apenas cubierta con una camisa con palmeras y una bermuda negra. Le sonreía amablemente sin quitarle los ojos de encima.

− No soy princesa − dijo con los dientes apretados.

− Sólo queremos abastecernos y continuar nuestro viaje − se atrevió a continuar Gio, dando un par de pasos hacia delante, quedando junto a Umi. Ryu apretaba los puños, sin decir nada, mientras que Mitty, Rabí y Sora se habían quedado un poco más alejados, abrazándose entre ellos.

− Muy bien, pero sólo dos de ustedes pueden quedarse − afirmó el calvo. − Los demás retiren el barco a unos doscientos metros de la costa y esperen allí. Les prestaré un bote para que lleven la mercadería − estiró su brazo y extendió su mano frente a Gio. Este la estrechó. − Espero colaboración de su parte. Tienen una hora − soltó su saludo y se retiró, siendo seguido por el marine.

Ryu se acercó a Umi y la giró tomándola por el hombro. Ella lo miró desconcertada. Era evidente que no tenían que quedarse allí, ninguno de ellos. Había algo sospechoso en esa isla, y no tenían intensiones −al menos no Ryu− de tener problemas con la Marina.

− No es necesario recargar provisiones, vayamos a la siguiente isla − dijo, muy seriamente. Umi estaba igual.

− Roronoa, la siguiente isla está a una semana de aquí − dijo Gio, metiéndose en la conversación. − Sería prudente − no pudo continuar.

− Sería prudente que cerraras la puta boca y me dejaras hablar con mi capitana − Ryu clavaba su mirada ardiente en los ojos miel de Gio, que optó por hacer lo que el espadachín decía. Se acercó a los otros tres y volvieron al barco.

− Ryu, tenemos una hora, ¡veamos qué hay aquí! − sonrió, con una gran y refrescante sonrisa. Él la soltó.

− Está bien − dijo. − Sora irá contigo − anunció.


− ¡Oi, Sora! ¡Quiero comer! − llorisqueaba Umi mientras caminaban por una calle repleta de gente y comercios.

− No hay tiempo, te prepararé algo en el barco − dijo él, apurando el paso. Tenía sus infaltables jeans gastados y una camisa color uva de mangas cortas.

− ¡Eso no es justo! − ella corrió un poco para quedar junto a él. − Dijiste que compraríamos lo que hacía falta para una semana más de viaje − se cruzó de brazos. − ¡Yo quiero algo ya! − se detuvo frente a la vidriera de una dulcería. − ¡Quiero uno de esos! − los ojos le brillaban como a una niña pequeña frente a una figura de chocolate que asemejaba a una mariposa. Sora volvió sobre sus pasos, con el rostro lleno de resignación. Sacó el monedero de su bolsillo, comprobando que tenía el dinero justo para comprar lo necesario.

− No se puede, no tengo dinero − la voz le temblaba un poco, temiendo la reacción de la capitana, que como era de esperarse, volteó enfurecida.

− ¡Sora! − gritó y él echó a correr.

Sora jadeaba cuando se detuvo en una calle que ascendía. Arriba había lo que parecía un templo, que en la pared tenía pintado el logo de la Marina. Se quedó parado frente a la enorme estructura y fue embestido por Umi que lo había seguido a toda velocidad. Ambos cayeron al piso. Sora dio de lleno contra la piedra de la calle y ella estaba sobre su espalda, quejándose.

− ¿Por qué demonios te detuviste? − preguntó, sobándose la frente al tiempo que se ponía de pie.

− Mira eso − él se paró y señaló algo frente a la puerta del templo. Había un grupo de personas vestidas completamente de azul enfrentándose con algunos marines, diciéndose palabras a los gritos. No podían escuchar bien, pero sabían que había problemas. − Regresemos − dijo Sora, comenzando a temblar.

− ¿Qué estará sucediendo? − susurró ella mientras comenzaba a caminar para acercarse. Sora la tomó de la mano y se sonrojó.

− No vayas Umi san − le dijo, ella volteó. − Es peligroso, mejor regresemos al barco

− Tonterías − dijo ella, soltándose del agarre de Sora y volviendo a caminar hacia el barullo. Él, resignado, la siguió.

Se detuvieron cuando uno de los hombres fue golpeado brutalmente por uno de los marines, que tenía el cabello azul, largo y atado en una coleta desprolija. Llevaba una capa de Capitán de la Marina y una espada en la cintura. Umi apretó los puños y se detuvo a unos cuantos metros.

− Serán imbéciles − espetó el peliazul con una voz ronca. − Este sitio pertenece a la Marina − tomó al mismo hombre que había golpeado por la solapa, levantándolo del suelo. − Saca a tus hombres de aquí si no quieres que tiña el suelo de rojo − lo miraba intensamente.

− No dejaré que entres en el templo − la ira del Capitán marine aumentaba cada vez más. − ¡Esto es tierra sagrada! − gritó, empujando con ambos pies al marine, logrando zafarse del agarre. Cayó al suelo pesadamente. Se notaba que estaba muy lastimado.

− Basura inmunda − masculló el peliazul mientras cada vez había más y más marines rodeando el templo. − Será cuestión de tiempo para que dejen de molestar − se sacudió la ropa.

− ¡Oi! ¡Marine! − la voz de Umi hizo que todos los presentes voltearan. Nadie podía creer que una mocosa le estuviese hablando de aquella descarada forma al Capitán. Ni siquiera los hombres de azul se atrevían a dirigirle la palabra. − ¿Qué estás haciendo? − preguntó mientras se acercaba sin una sola pizca de temor. Sora, temblaba caminando detrás de ella. El peliazul sonrió de lado.

− Una mocosa insolente − comentó, colocando su mano derecha en su barbilla. − Quizá tenga que castigarla − cerró sus ojos. − ¿Qué debería hacer? − los abrió y se encontró con la intensa mirada de Umi, sorprendiéndose.

− Te pregunté qué estás haciendo − insistió la pirata sin mostrar una pizca de vacilación. Todos los marines los rodearon y les apuntaron. Sora giró y se colocó espalda con espalda con su capitana.

− Eso no te interesa − respondió al fin el Capitán. − Será mejor que vayas a jugar a otro lado, a ver si todavía tu amiguito se mea en los pantalones − soltó una carcajada. Sora, se tensó con el comentario. Definitivamente no iban a salir airosos de esa.

− Sora − lo llamó. − Hazlo − ordenó. El cocinero sabía que esa era una orden, no una sugerencia. Cerró sus ojos, se abrazó a si mismo. Umi podía ver cómo una sonrisa de satisfacción aparecía en el rostro del Capitán marine y luego cómo se desvanecía al ver que sus subordinados comenzaban a caer de rodillas, temblando, con sus ojos en blanco y algunos hasta gritaban endemoniadamente o salían corriendo. − Como ves, los que se mean son tus hombres − se mofó ella. − ¿Qué es lo que quieres con esta gente? − preguntó nuevamente. El Capitán, que estaba algo más que preocupado, miró de reojo y notó que los hombres de azul estaban en perfectas condiciones. Tragó saliva.

− ¿Quién mierda eres tu, mocosa? − espetó. Umi sonrió de lado.

− Monkey D. Umi − dijo su nombre con orgullo. El marine abrió sus ojos con impresión. − Vete − ordenó al notar que había causado lo que quería. − Déjalos en paz − el hombre de azul que parecía el jefe se acercó siendo seguido por los demás. Estaba muy asombrado y a la vez asustado, pero debía intervenir.

− ¡Déjanos en paz! − gritó. − ¡Abandonen la isla! − continuó.

− Esto no se quedará así − fue lo último que dijo antes de desaparecer corriendo colina abajo siendo seguido por los pocos marines que aún quedaban en pie.

− Muchas gracias, señorita − después de unos segundos de silencio fueron las primeras palabras que se escucharon. El hombre de azul, que era un anciano de barba y cabello blanco, se acercó a Umi con una débil sonrisa. La capitana sonrió abiertamente, colocando sus brazos en jarra.

− ¡No hay de qué, viejo! − dijo riendo. Sora, que se había mantenido callado, intervino.

− Se hace tarde, Umi san − le recordó. − Será mejor que busquemos lo que necesitamos y regresemos la barco − ella lo miró aún con su sonrisa y se dispuso a seguirlo. − ¡Nos vemos, viejo! − gritó agitando su brazo.


− ¿Dijo Monkey D. Umi? − la pregunta de uno de los jóvenes del grupo lo distrajo de sus pensamientos. El anciano, de tez blanca y piel arrugada, miró al chico con sorpresa en sus ojos.

− Si, eso dijo − afirmó, mirando fijamente al muchacho. − Deberíamos tener cuidado − comentó. − La jefa no debería enterarse de esto − sugirió, logrando que los demás se tensaran.

− Será inevitable que se entere − comentó otro joven, sumándose a la conversación. − La señorita Regina está dentro − el rostro delataba su preocupación. Miró de reojo la puerta del edificio.

− No se preocupen, yo hablaré con Regina sama − fue lo último que dijo el anciano antes de entrar al templo, no sin antes hacer una profunda reverencia.