¡He vuelto! ¡Y traigo otro capítulo conmigo!

Discraimer: Rachel y Quinn pertenecen al Calvo de Ryan Murphy. El resto de los personajes son míos. No hay Glee, así que FOX puede joderse.

Contestando a los reviews:

monse monse: Que bien que te gustó.

fabii de santana: Gracias, que bien que te gustó.

Guest: ¡Sabía que en Buenos Aires había! Aunque día iré. No soy de Buenos Aires, ojalá lo fuera.

Guess: Gracias.

Faberry-Dianna: Gracias (?. Eres mala, Sabri. Igual te amo.

AnonymousGirl: Gracias por leer mis fics, prometo hacer capítulos más largos(?

Akasha96: Exacto, los libros y el café son la mejor combinación. Igual yo(?. Que bueno que te gustó la historia.

MiriamHudson: Gracias por leer. Que bien que te gustó, dude en el hecho de que se conocieran o no pero creo que si no se conocen es todo más interesante(?

AlittleHeart: Ya actualice, gracias por esperar. Las librerías/café son la nueva moda(?

spyireland: Me alegra que te haya gustado y gracias por leer.

Ju4n1ta: Gracias por leer, alargaré los capítulos (?.

Y esos son todos, ¡disfruten el capítulo!


Quinn trabajaba cuatro turnos a la semana en « Harmonious Contrast », haciendo de mesera y algunas veces, atendiendo la caja. Hoy le tocaba el turno de medio día, entraba a las doce y salía a las dos; era el más corto de los turnos y el que menos remuneraba; no solía tomarlo por eso, pero tenía una prueba parcial en la tarde y no le quedaba más opción.
El aire soplaba fuerte en Boston camino a la cafetería/librería; ella ya se había acostumbrado, por algo había vivido casi toda su vida en Boston. Recordaba haberse mudado cuando tenía tres años a una gran casa por el trabajo de su padre, la había pasado la mar de bien desde entonces. Desde pequeña siempre le gustaron los libros, los encontraba fascinantes; desde los más cortos, hasta los más anchos; desde los románticos, hasta los de misterio, los de historia e incluso los de matemática. En la escuela le decían bicho raro y no tenía muchos amigos, pero no le importaba. Leía para no sentirse sola; de todos modos, los libros podían ser sus amigos, ¿no? Además, ellos no la traicionarían nunca. No la engañarían, ni la acusarían y, más importante, nunca morirían. Los libros eran eternos, y le recordaban a su hermana.
Siguió su camino hasta la conocida fachada de su trabajo. Quinn amaba su trabajo; le gustaba el hecho de caminar un par de cuadras desde el campus para encontrarse con gente amigable, clientes respetuosos y, lo mejor de todo, el exquisito olor de los libros mezclado con el suave aroma del café.

—Buen día —saludó, entrando al local.
—¡Quinn! Al fin haz llegado para salvarnos —gritó Gary, el chico que atendía la barra, al verla entrar.
—¿Salvarlos?
—De Sophie —le contestó—. No es ni medio día pero ella ya está limpiando todas las mesas. No sabe que este lugar está siempre vacío a estas horas.
—No seas así de grosero con la nueva, Gary —lo reprendió Quinn. Ella aún recordaba cuando el nuevo había sido él, atendiendo la barra por las noches, cuando el entretenimiento llegaba y los comensales comenzaban a pedir más que café.
—De acuerdo, de acuerdo, pero debes admitir que esa chica no está bien de la cabeza —le contestó, viendo como Sophie limpiaba mesas con la determinación de una fiera. Sin más se volteó y continuó acomodando botellas en la barra.

Quinn dejó su bolsa y su chaqueta en la sección de los empleados, se colocó el delantal, y luego de dirigir una mirada fugaz a Sophie entró en la cocina.

—Hola, Quinn —la saludó Ruby, la cocinera de ese turno. Parecía de unos treinta, de buen cuerpo y buenas facciones; era de ese tipo de chicas que la vida les va y les viene, pero había vivido más que Quinn y en los descansos siempre contaba muy buenas historias.
—Hola —la saludó y solo tuvo un minuto para mirar alrededor antes de que Sophie llegara con una cara de susto increíble.
—¡Quinn! —la llamó— Necesito ayuda allá afuera. Hay una chica que creo que he ofendido. No sé que hacer y ella está viendo como sí estuviera loca.

Quinn pensó que la chica no se había equivocado mucho juzgando a Sophie.

—Vale, vale —la calmó—. Ya voy.

Tomó su libreta de pedidos y siguió a Sophie hasta la mesa de la chica. Quinn no podría asegurar con certeza que fue lo que le paso en ese instante; sintió como que su mundo se detuvo al ver a aquella chica sentada frente a ella. Era la chica más hermosa que ella hubiera visto, incluso más hermosa que Lily. Tenía un largo cabello castaño que se le curvaba ligeramente en las puntas, unos profundos ojos pardos que reflejaban sinceridad, una delicada piel que parecía muy suave —y Quinn se moría por comprobar si lo era—, unas piernas que harían babear a cualquiera y unos labios que lucían tan apetecibles como agua en medio del desierto.
Quinn contuvo el aliento y alejó los pensamientos poco decentes antes de dirigirse a la castaña.

—Disculpe, —fue lo primero dijo— Sophie es nueva y aún es algo temprano para clientes. ¿Se le ofrece algo en específico?
—Es la primera vez que vengo —contestó ella—, no sé muy bien como funciona esto.
—Oh, claro —Quinn sonrió y trato de no tartamudear—, primero podría ver las cartillas de opción.
—Osea, los menús —dijo la chica y exhibió una bella sonrisa que robó el aliento de Quinn.
—Bueno, algo así —rió ella y se sintió tonta sin motivo—, estás cartillas tienen los nombres de todos los libros registrados aquí, puede elegir uno y sé lo traeremos.
—¿Libros? —preguntó la chica, ciertamente confundida— ¿no hay comida?
—Oh, sí, los precios de la comida están allí —contestó y señaló al viejo panel sobre la barra. Deseo que Ralf, el dueño, lo hubiera renovado o algo así.
—Ya los veo.
—Le daré un minuto para que piense que pedir —le dijo, tomando el poco valor que tenía—, por cierto, me llamó Quinn y puedes pedirme lo que quieras.

Miro una vez más a la chica y luego se volteó hacia la sección de empleados.


Rachel estaba verdaderamente impresionada por la rubia. La rubia de la que ahora sabía el nombre, y —por fortuna de Rachel— se lo había dicho ella misma voluntariamente. Quinn. Rachel creyó que aunque lo dijera un vagabundo sucio y demacrado seguiría sonando hermoso.
Repaso con la vista la cartilla de libros que Quinn —decidió que tutearla en su mente estaba bien— le había dado. Austen, Brontë, Dahl, Dickens, Du Maurier, Doyle, Frank, Meyer, Wilde... Autores. Todos con uno o más títulos bajo sus nombres. Novelas. Novelas que ellos habían escrito y seguramente era maravillosas. Rachel nunca había tenido una opinión clara sobre los libros, le gustaba leer y leyó mucho en la escuela por sus trabajos y proyectos, pero nunca le había parecido una pasión ni mucho menos. Y ahora estaba sentada en una librería/café que por las noches tenía espectáculos de música en vivo y una isla de licores abierta al público.
El mundo daba unas vueltas extrañas y ella había terminado en Boston, viviendo de arrimada en casa de una prima que no veía desde que tenía siete años, buscando a su madre y paralelamente soñando con ser cantante y conquistar la industria musical. Y si veíamos más a fondo, ella había terminado vagando por las calles de Boston, siguiendo a una rubia que le pareció guapa, para terminar leyendo nombres de novelas en una librería/café/bar o algo así.
Tomó aire y pensó en cualquier número. El doce fue el primero que se le vino a la mente y lo busco con la mirada en la lista.

« El Gran Gigante Bonachón », leyó, « Roald Dahl ».

Vale, eso sonaba a cuento para niños. Pensó rápido en otro número, uno más grande, quizá... Doscientos veinte. Busco al final de la lista y se sorprendió al ver que habían cerca de quinientos libros en listados.

« New Moon », leyó de nuevo, « Stephenie Meyer ».

Rachel entendió algo, si seguía buscando números al azar nunca hallaría un libro que sonara medianamente normal y pudiera impresionar a Quinn o si quiera demostrar que ella tenía algo de cultura. Recordó uno de los libros que había leído en la escuela, alzó la mano y llamó a Quinn.

—¿Ya sabes lo que pedirás? —preguntó Quinn, con una sonrisa.
—Sí. Tráeme un café simple —pidió y tomó aire—, y « Les Miserables » de... de...
—Victor Hugo —completó Quinn y se alejó con una sonrisa.

Rachel sintió todo su rostro enrojecer y la vergüenza saltando en su estómago. Maldita sea su falta de memoria.


Quinn se contuvo la risa cuando la chica no pudo recordar el autor. No le pareció tonto, sino que la conmovió de una extraña forma.
Se dirigió a las estanterías y busco la novela para la chica... Cayó en cuenta de que no sabía su nombre y se preguntó si se vería raro el preguntar cual era.
Sí. Sería raro preguntar considerando que ella nunca volviera a venir. Se la había pasado viéndola desde la sección de empleados mientras ella pensaba que pedir y le picaba por ir a hablarle, no como camarera, sino como amiga. Ok, le interesaba y eso no era muy común.
Tomó el libro del estante y el café de la ventanilla de la cocina. Vio como Ruby le guiñó el ojo. Oh, con que ella lo había notado. Ruby era una de las pocas personas que sabían sobre las preferencias de Quinn y obviamente también sabía —de alguna forma— sobre la nueva preferencia de Quinn respecto a la chica.


Rachel ojeó el mural frente a ella, decía que si te gustaba el libro podrías comprarlo. Obviamente el alquilar el ejemplar sumaba un cargo a la boleta y si lo dañabas, también debías pagar más; pero el comprarlo tenía un precio distinto. Recordó que no había traído ningún libro de Lima y se sintió algo mal, considerando que « Les Miserables » en serio le había gustado y leerlo de nuevo no le molestaría nada.

Se volvió para ver como Quinn se acercaba a ella, con el libro en una mano y el café en la otra. Se perdió mientras la veía, su cabello rubio, sus ojos hazel y su magnífico cuerpo que en serio le atraían.
No sabía cuales eran las preferencias de Quinn, pero las suyas las tenía bastante claras y todas apuntaban a la rubia.

—Aquí tienes —dijo ella y dejo ambas cosas sobre la mesa.
—Gracias —logró decir—. He leído que puedo comprar el libro, ¿no?
—Oh, sí —sonrió Quinn—, ¿desea hacerlo?
—No me trates de usted —le reclamo Rachel y ella misma se sorprendió de su atrevimiento—, y sí, compraré el libro.

Quinn le sonrió mientras escribía en su libreta.

—Sabe, no la trataría de usted si supiera su nombre —le dijo y Rachel sintió como la emoción se expandía por su cuerpo.
—Rachel —dijo—. Me llamo Rachel y creo que nos veremos bastante más seguido de lo que esperas.
—¿En serio? —Quinn rió y Rachel cayó en cuenta de que estaban flirteando.
—Esto... Supongo. De pronto me he dado cuenta que me atrae la lectura.

« Y también tú. » pensó.
Quinn rió una vez más y luego se alejó hacia la sección de empleados. Rachel supuso que ella correspondía a la atracción.


Rachel se arrebató.

Y eso fue todo. ¿Qué tal? ¿Merece sus reviews? Ojalá.

El nombre del capítulo es por el libro "Atracción" de la trilogía "Buscadores de Rosas", por Connie Brockway. Los otros dos libros son:

02- Placer - Connie Brockway.

03 -Rendición - Connie Brockway.

Repito, la trama de los libros no tiene nada que ver con la trama del fic. La idea es mía originalmente.

Gracias por los reviews y por leer.